Aprendió a jugar en La Quiaca, se formó en la Villa 31 y es una de las primeras futbolistas profesionales del país- RED/ACCIÓN

Aprendió a jugar en La Quiaca, se formó en la Villa 31 y es una de las primeras futbolistas profesionales del país

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Anahí Martiarena tiene 23 años y juega de defensora en Excursionistas. Firmó su primer contrato, pero comparte el sueldo con sus compañeras. Para llegar a fin de mes, además trabaja siete horas en una financiera. ¿Cómo es la vida de una jugadora de la primera liga femenina de fútbol profesional?

Aprendió a jugar en La Quiaca, se formó en la Villa 31 y es una de las primeras futbolistas profesionales del país

Intervención: Pablo Domrose. Foto: Lucía Wei He

—¡Qué bien que juega tu changuito!

Anahí Martiarena tenía 12 años, el pelo atado con una colita, estaba vestida de futbolista y hacía jueguitos en el medio de una cancha de fútbol de Cangrejillos, un pueblo que no tiene más de mil habitantes, a 45 kilómetros de La Quiaca, en Jujuy. Samuel, su papá, escuchó el comentario de un hombre que la vio y saltó a defenderla con una sonrisa: “No tengo changuito, amigo, ella es mi nena”.

Once años después, Anahí se ríe de la anécdota en el bar de Excursionistas, el club con el que transformó en su trabajo aquel hobby que mamó en la Puna. Martiarena, la número 2 titular del equipo, la chica que se mudó con su familia a Buenos Aires para criarse en el Barrio 31, conocido como Villa 31, firmó su primer contrato como profesional. Es una de las futbolistas que fueron reconocidas como trabajadoras por primera vez en la historia de nuestro país.

“La única anécdota que me acuerdo de alguna discriminación es esa y en la escuela primaria, cuando me decían que era machona, pero por cómo me vestía, no por cómo jugaba porque no me animaba a patear ahí. En esa época me molestaban también porque soy negra”, cuenta.

Es jueves y Anahí, morocha, los rasgos jujeños a flor de piel, no entrena. Sus días están organizados con la rigurosidad de una agenda que tira avisos para salir corriendo de un lugar a otro. Vive en Wilde desde hace un año. Sale de su casa a las 8.30 para llegar al trabajo en el Microcentro a las 10. Durante siete horas es cadeta en una empresa financiera. Lleva papeles, hace trámites. “Estoy mucho en contacto con la gente, así que tengo que estar siempre sonriente, tratar a todos con respeto porque soy la cara de la firma”, dice.

Anahí (de izquierda a derecha, la tercera) sigue jugando en La Quiaca junto a su mamá, su tía, su hermana y varias amigas.

De lunes a viernes no regresa del trabajo a casa. Tres veces por semana entrena en el club, en el Bajo Belgrano, y cuatro días cursa las tres materias que le faltan para recibirse de profesora de Educación Física en el profesorado Romero Brest, en Núñez. A veces regresa a Wilde las 22.30, a veces un poco más tarde. A veces juega los fines de semana.

“El día que me dijeron que iba a firmar un contrato por jugar al fútbol mi cabeza empezó a imaginar cosas. Nunca lo había pensado. La primera pregunta que me hice fue ‘¿Podré vivir del fútbol en serio?’”

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Los días de las futbolistas profesionales son jornadas en las que el lujo es la vulgaridad. La AFA estableció un monto mensual a cada club con un plan: que firmaran contratos con un mínimo de 8 jugadoras y un máximo de once. Si querían profesionalizar a más futbolistas, los gastos corrían por su cuenta. Los salarios que ellas pueden obtener en base a este acuerdo es de alrededor de 15 mil pesos.

Boca firmó 23 contratos. San Lorenzo fue el que encabezó la nueva era: arrancó con 15 y terminó sellando 23 también. River y Racing también fueron más allá de la norma. La mayoría de los clubes firmó ocho y cada institución escribió su propia historia.

Villa San Carlos, por ejemplo, estuvo a punto de irse a la B por decisión de la propia dirigencia. El club de Berisso, que nunca tuvo a un plantel masculino en primera división en sus 94 años de historia, iba a mandar a la segunda categoría a las mujeres: consideraban la permanencia como un gasto y no como una inversión.

Las propias jugadoras consiguieron sponsors para juntar el dinero que hay que abonar para garantizar médico en cada partido, para los micros cuando hay que viajar, para pagar las cargas sociales que implican los contratos (un desembolso que corre por cuenta de los clubes). Así, remontaron un descenso a dedo.

Anahí (de pechera amarilla) jugó varios años en La Nuestra, la escuela de fútbol de la Villa 31, en Retiro.

En este contexto, hay equipos que eligieron funcionar como una cooperativa y repartir ese dinero que reciben entre todas las integrantes del plantel. Es el caso de Huracán, entre otros. Y es el de Excursionistas, el club en el que juega Anahí Martiarena.

Con la camiseta verde y blanca, la defensora que con sólo 23 años ya logró un ascenso y peleó para mantener la categoría el campeonato pasado, es una de las que firmó: podrá tener obra social y aportar a la jubilación por primera vez en su vida, pero el equipo decidió que todas cobraran aunque sea algo. Aquí, entonces, la plata se reparte y cada jugadora se lleva mensualmente alrededor de $ 3.000.

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Pese al comentario del amigo de su papá en Cangrejillos, para Anahí el fútbol de mujeres fue algo natural. Su mamá, Cali, juega desde que ella era chica. Primero en el pueblo y después en Buenos Aires, en los torneos que organiza la Asociación deportiva de la Puna. Ahí Cali tiene un equipo con sus hermanas, sus sobrinas y sus otras dos hijas. La familia la completa el hermano menor, que es varón.

Martiarena dice que su mamá es su ídola. Y su papá también. Fue Samuel quien la empujó a acercarse a La Nuestra, la escuela de fútbol que tiene a Mónica Santino como referenta desde hace 12 años en la Villa 31, en Retiro.

La familia de Anahí vive frente a la canchita de Güemes, el espacio que La Nuestra conquistó frente a los varones que querían sacarlas de allí. Ahí todas juntas hicieron valer el derecho al juego para las mujeres.

“Me sumé en 2008 cuando la cancha era muy distinta a lo que es hoy. Era un potrero de tierra que tenía algunos troncos alrededor por si alguien quería sentarse a ver los partidos. Por el medio podían a llegar a pasar autos, perros, nenes que querían jugar. Ahí empecé, esquivando todo eso. Me acuerdo que yo era de las más chicas y cuando venía la pelota todas me gritaban: ‘¡Sacala, sacala!’. A mí me traumaba lo fuerte que gritaban, pero quería jugar, así que seguí yendo”, cuenta.

Por entonces juntaban para armar dos equipos de 7 u 8. Hoy, a La Nuestra asisten alrededor de 120 chicas dos veces por semana. “Creo que soy la primera jugadora de la Villa 31 en firmar un contrato como profesional”, dice Anahí, que anota a Santino también entre sus ídolas.

La conversación con RED/ACCIÓN fue en el estadio de Excursionistas. Foto: Lucía Wei He.

La Nuestra fue el lugar donde empezó a soltarse: “A hacer lo que de verdad quería. Nunca me animaba y ellas me hicieron dar cuenta de que hay que luchar por las cosas que querés. Me sacó la timidez, la verguenza, empecé a salir de mi casa. Mis papás me tenían adentro. Conocí un montón de pibas, otras historias. Yo no conocía la villa. Ahí con ellas empecé a conocerla. Y había muchos lugares lindos para jugar”, relata.

Ahí, dice, nadie fingía una falta: si alguna se caía era porque se había lastimado de verdad. “Ahí aprendí lo que es dar todo en la cancha. Hasta no terminar exhausta, no parás. Jugábamos por la Coca, nos matábamos. Al otro día no te podías mover. Pero la Coca no era cualquier cosa: te morías de risa, pero había que ganarla”, recuerda.

Por entonces, su mamá trabajaba en un hogar para niños y su papá era -sigue siendo- maniobrista en una empresa de colectivos. Anahí todavía ni soñaba con ser futbolista profesional.

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Antes de llegar a Excursionistas jugó en la Reserva de River. Y llegó a Primera, pero no se sintió cómoda en el grupo. Dejó. Y retomó en Excursio.

A veces tiene que acomodarse a las imposiciones de la AFA y la televisión, el nuevo actor en el deporte que ama. El torneo ahora es transmitido por la señal TNT Sports, que puede pasar hasta cuatro partidos por fecha. Para mirarlos, hay que abonar el pack fútbol.

En Excursionista juega de número 2 y es una de las jugadoras que tiene obra social.

Entre la entidad y la TV los partidos ya no se juegan sólo los fines de semana: ahora también hay choques en la semana y en horario laboral. A Anahí todavía no le coincidió con su trabajo, pero a otras jugadoras sí.

En la segunda fecha, Juliana Román Lozano, DT de Huracán y de La Nuestra en la 31, no pudo utilizar contra Villa San Carlos a su delantera titular, Nadia Guerrero, que también vive en el barrio: la atacante tuvo que cumplir su jornada en el call center que la emplea.

Esto es un problema también para las que son madres: en ese mismo partido, Leila Encina, de San Carlos, estaba preocupada porque no sabía si la persona que tenía que retirar a su hija del colegio había logrado llegar a tiempo.

El fixture no está programado desde el inicio del torneo: se elabora fecha tras fecha. Por ende, a las futbolistas les cuesta organizarse.

Además, tal como reflejó una nota del periodista Federico Frau Barros en el diario Perfil, cuando el presidente de AFA, Claudio Tapia, y el secretario general de Futbolistas Argentinos Agremiados, Sergio Marchi, anunciaron la profesionalización informaron que los contratos estarían dentro del marco del convenio colectivo de trabajo de los futbolistas varones, donde la maternidad no está contemplada. Ese punto todavía no está resuelto y en los 17 equipos que participan del torneo de Primera hay al menos 18 futbolistas que son madres o están embarazadas.

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“Cuando me dijeron que iba a firmar contrato, pensé: ‘¿Me iré de vacaciones?’. Hasta ahora nunca tuve unas buenas vacaciones. A veces me voy unos días a mi pueblo, Cangrejillos. ¿Imaginate si pudiera vivir de esto y dejar mi trabajo? Sería lo máximo. Descansar y jugar, estar en mi casa, poder cocinar, poder hacer trámites. Ahora no puedo ni ir al dentista o al médico, no tengo tiempo. Ya ni voy a visitar a mis papás, y hace un año que me fui del barrio”, dice Anahí.

Al mismo tiempo, observa ventajas: tener obra social, poder pagar las cargas sociales. “Si esto sigue creciendo va a haber más contratos”, se entusiasma.

¿Qué es el fútbol para vos?
—Primero fue el lugar donde estaba feliz y conocía personas. Después, una herramienta para salir del estrés, del trabajo, de las peleas en casa. Ahora quiero que sea mi forma de vida. Poder respirar fútbol, sentirlo, vivir de eso. O que mis hijas, si algún día tengo hijas, vivan de esto; que lo consigan las nenas que son chiquitas y ahora juegan como jugaba yo, en Cangrejillos o en La Nuestra.