Bernard-Henri Lévy | RED/ACCIÓN
Opinión | 17 de abril de 2019

“Que el sacrificio de Notre-Dame despierte nuestras conciencias”

Las imágenes de Notre Dame en llamas han provocado un torrente de emociones y recuerdos compartidos del mundo. De cara al futuro, la tragedia debe canalizarse hacia el esfuerzo no solo por reconstruir la catedral, sino también por proteger y defender el legado político y cultural de Europa.

Escribo esto desde Berlín, donde estoy postrado ante las imágenes de llamas, devastación y cenizas que envuelven a Notre Dame de París. Un tesoro de la civilización para quienes creen en el cielo y también para quienes no. La Europa de la belleza, de las santas esperanzas, de la grandeza y la dulzura. Como todo el mundo, estoy consternado..

Y nos podemos dejar llevar por los recuerdos. Por Victor Hugo, cómo no. Por Louis Aragon: «Nada es tan fuerte, ni el fuego ni el rayo / Como mi París desafiando a los peligros / Nada es tan hermoso como este París que yo tengo».

Uno también recuerda una frase de Baudelaire: «Soy hermosa, oh mortales, como un sueño en piedra». No se escribió sobre Nuestra Señora, pero ciertamente podría haberlo sido.

Los recuerdos se extienden mucho más allá de la palabra escrita. La catedral en sí es un monumento a la historia de la historia, que ahora es materia de leyenda. Se ha mantenido con su caballero místico, en su gloria y en su penumbra. Pienso en la misa en celebración de la liberación de París en 1944, y en la conversión de una hermana allí. Lloro con ella. Lloro con toda la cristiandad, herida en lo más profundo, que ve partir en el humo su iglesia visible y, quizá, con ella, también una parte de su iglesia invisible.

Los recuerdos se extienden mucho más allá de la palabra escrita. La catedral en sí es un monumento a la historia de la historia, que ahora es materia de leyenda. Se ha mantenido con su caballero místico, en su gloria y en su penumbra. Pienso en la misa en celebración de la liberación de París en 1944, y en la conversión de una hermana menor allí. Lloro con ella, tenemos a todos los cristianos que han ido a la iglesia de ellos, el penacho de la iglesia invisible.

A la mañana siguiente, pienso en Notre Dame como la Francia de la Resistencia. Ella encarna la santidad gótica y la tranquilidad del Sena. Ella es la fe y la belleza manifestada. Y, por supuesto, las palabras de Victor Hugo y Aragón siguen ahí, bailando en mi cabeza. Me pregunto cómo enfrentaré el día. ¿Cómo nos enfrentaremos mañana? Hugo da la respuesta: «El tiempo es el arquitecto, pero la gente es el albañil».

Al mediodía solo puedo esperar que el fuego esté completamente apagado. Para un parisino, es una tortura ver las imágenes en bucle de la ciudad atrapada por la violencia de las llamas. Más que una iglesia ha caído. En cierto modo, Nuestra Señora es el alma de la humanidad misma, y ​​una parte de ella ha sido marcada.

Los parisinos creíamos que nuestra venerable dama era inmortal. Sin embargo, allí se desploma, herida e indefensa contra el destino, hemos estado observando el infierno. Sin embargo, a raíz de esas imágenes ha surgido una oleada de sentimientos. Italianos, suecos, irlandeses, españoles, chinos, argelinos … todos se unieron con el pueblo de Francia. Como después de un ataque, todos dicen: «Soy París».

Finalmente, al arder, Nuestra Señora nos recuerda la fragilidad de nuestra historia y herencia, la precariedad de lo que hemos construido y la naturaleza finita de la Europa milenaria, la tierra natal de las artes, para la cual Notre Dame es una de las más elevadas. testamentos.

De cara al futuro, ¿qué vamos a pensar? ¿Qué debemos hacer? Debemos esperar que el sacrificio de nuestra Señora despierte conciencias dormidas; que, a través de este desastre, la gente se dará cuenta de que Europa es Notre Dame en toda su extensión. Más que una unión política, es una gran obra de arte, un brillante bastión de inteligencia compartida, pero también el hogar de un legado en peligro de extinción.

Ese legado es demasiado importante para perderlo. No podemos permitir que los pirómanos dividan a los pueblos de Europa. Debemos recordar que, juntos, somos constructores de templos y palacios, creadores de belleza. Esa es la lección de Nuestra Señora en esta Semana Santa.

El presidente francés, Emmanuel Macron, quien está aquí para reconstruir Europa, ahora apela a la unidad en la reconstrucción de Notre Dame. Juntos, debemos restaurar el corazón de Francia. Mi revisión literaria, La Regla del Juego, contribuirá al fondo nacional para ese propósito. Insto a todos los lectores a hacer lo mismo. Somos los albañiles.

Bernard-Henri Levy es uno de los fundadores del movimiento «Nuevos filósofos» (Nuevos filósofos).

© Project Syndicate 1995–2019.

Opinión | 13 de febrero de 2019

Foto: Lionel Bonaventure / AFP

Google, las noticias falsas y la crisis de la verdad

Bernard-Henri Lévy es uno de los filósofos y pensadores más influyentes del mundo. Polémico, provocador y también venerado.

Google Europe me invitó a participar en un seminario celebrado en París sobre la decadencia de la verdad, el ascenso de las noticias falsas y formas de contrarrestar ambos fenómenos. Comencé mi exposición poniendo el problema en su contexto histórico.

Cité para ello Recuerdos de la guerra de España, de George Orwell, donde el autor explica que para él, “la historia se detuvo en 1936”, porque fue allí, en España, donde encontró por primera vez “noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos”.

Fue allí donde percibió que “incluso la idea de verdad objetiva”, arruinada por el fascismo (el rojo y el pardo), estaba “desapareciendo del mundo”. Y fue allí, en efecto, donde se hicieron posibles hombres como Joseph Goebbels (“yo decido quién es judío y quién no lo es”) y más tarde Donald Trump (y sus “hechos alternativos”).

Pero (como señalé a continuación), antes y después del ascenso del totalitarismo hubo varias sacudidas intelectuales.

En primer lugar, la “crítica” kantiana, que separó el ámbito numénico del fenoménico, limitó nuestro conocimiento al segundo, y postuló que sólo podemos conocer los fenómenos en la medida en que nos lo permitan los sentidos, el entendimiento y la razón.

Esta crítica inyecta en nuestra relación con la verdad cierto grado de subjetividad, de la que tal vez hoy los partidarios del Brexit hayan sido voluntarias víctimas.

En segundo lugar, un “perspectivismo” nietzscheano que convirtió la verdad en “puntos de vista”, de los que es “verdadero” aquel que vuelve a un ser más fuerte y “falso” aquel que lo entristece o disminuye. Esto generó un segundo terremoto intelectual, cuyos remezones necesariamente habrían de sentirse en los sistemas políticos, dando lugar a la posibilidad metafísica de líderes como, por ejemplo, Vladimir Putin.

Y en tercer lugar, el “deconstruccionismo” de los postnietzscheanos, quienes al historificar la “voluntad de verdad” (Michel Foucault), poner la verdad “entre comillas” (Jacques Derrida), separar el signo de su referente (Louis Althusser) y oscurecer lo obvio en una confusión de diagramas y gráficos (Claude Lévi-Strauss) o de nudos borromeos (Jacques Lacan), probablemente nos hicieron perder contacto con los aspectos simples, sólidos e irrefutables de la verdad.

La responsabilidad de Silicon Valley

Luego me concentré en la responsabilidad que han tenido Internet y las GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) en la siguiente sucesión de eventos:

En primer lugar, la democracia digital liberó una cantidad casi infinita de discursos.

Luego la Web se transformó en un tumulto, un sálvese quien pueda, al que cada cual va armado con sus opiniones, convicciones y verdad personales.

Y al final, tras un deslizamiento que pasó casi inadvertido en el fragor virtual de los tuits, los retuits y los posts, exigimos para esta nueva verdad que acabábamos de afirmar la misma deferencia que se le tenía a la vieja.

Comenzamos pidiendo igual derecho a expresar nuestras creencias, y terminamos diciendo que todas las creencias expresadas tienen igual valor.

Comenzamos pidiendo nada más que nos escuchen, después exigimos a los oyentes respetar lo que dijéramos sin importar lo que pensaran, y terminamos prohibiéndoles colocar una afirmación por encima de otra o asegurar que pueda haber una jerarquía de verdades.

Creíamos estar democratizando el “coraje de la verdad” tan caro al último Foucault; creíamos estar dando a cada amigo de la verdad medios técnicos con los que contribuir, con audacia y modestia, a las aventuras del conocimiento.

En vez de eso conjuramos un festín salvaje: dispuesto sobre la mesa el cuerpo de la Verdad, animados por un ansia caníbal, nos lanzamos a despedazarlo; y con los sangrientos, pútridos despojos, cada uno de nosotros se cosió un patchwork de certezas y sospechas.

Y enseguida este espectáculo dio paso (sin la elegancia helénica) a la perversidad de una nueva generación de sofistas que sostienen que la verdad es una sombra incierta, que el hombre es la medida de todas las cosas, y que la verdad de cada cual es exactamente igual a la de su vecino.

Mis propuestas concretas

A continuación de lo cual, y puesto que el evento se hacía bajo los auspicios de Google Europe, propuse a Carlo d’Asaro Biondo (presidente de la empresa para alianzas y relaciones estratégicas en Europa, Medio Oriente y África) tres ideas concretas y claramente estratégicas.

La primera propuesta: instituir un cuadro del deshonor donde, en alianza con los 50, 100 o 200 diarios más importantes del mundo, se expongan en tiempo real las noticias falsas más peligrosas del momento.

La segunda: celebrar un concurso (a la manera de las academias francesas del siglo XVIII, de las que surgieron nada menos que los dos Discursos de Rousseau) para que los ciudadanos digitales elijan un documento, un video u otra creación, cuya potencia de verdad o satírica sea capaz de neutralizar a las noticias falsas más dañinas; y que se financie al ganador del concurso para que produzca la obra propuesta.

Y finalmente: componer, dos siglos y medio después de Diderot, una nueva enciclopedia; sí, una enciclopedia, una real, lo opuesto a Wikipedia y sus oscuros artículos. ¿Quién, salvo una de las megatecnológicas globales, tiene el poder –si decidiera usarlo– de reunir a miles de académicos reales capaces de trazar un inventario del conocimiento actualmente disponible en cada disciplina?

  • La elección es clara: enciclopedia o ignorancia.
  • Remendar el tejido de la verdad o resignarnos a su desgarro definitivo.
  • Hundirnos más en la Caverna sombría y ruidosa, o empezar a buscar el modo de salir.

No quiero darle a un único evento convocado por Google más importancia de la que tiene. Pero ¿no podría ser un llamado de atención, una convocatoria a iniciar un proceso de cuestionamiento crítico? ¿Podría ser que los responsables de lo peor estén dispuestos a asumir también la responsabilidad de reparar el daño, de reconstruir después de haber destruido? Si no son ellos, ¿quién lo hará?

Traducción: Esteban Flamini

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 6 de diciembre de 2018

Bernard-Henri Lévy: «Los chalecos amarillos ganaron el primer round. Ahora, ¡a mostrar responsabilidad!»

El filósofo francés e influyente pensador dice que si el movimiento  permite que el odio apasionado se imponga a la fraternidad genuina y eligen el sabotaje por sobre la reforma, sólo generarán caos, no mejoras, en la vida de la gente humilde y vulnerable.

Desde el momento en que el gobierno francés canceló su planeado aumento del impuesto a los combustibles en respuesta a las protestas masivas, resultó evidente que la medida sería percibida como inadecuada, insignificante y, por sobre todas las cosas, incapaz de tener algún efecto tranquilizador. Honor a quien honor merece: los Chalecos Amarillos dicen ser una expresión del pueblo soberano. Pero ahora tienen una gran responsabilidad.

Por empezar, deben anunciar una suspensión de las manifestaciones y bloqueos durante un período lo suficientemente largo como para aceptar el diálogo propuesto por el primer ministro Édouard Philippe, si no más.

En particular, deberían renunciar al tan promovido “Acto IV” del movimiento el 8 de diciembre, que está fermentando en Facebook desde la noche del sábado y que, según todos esperan, será más violento, destructivo y trágico que los capítulos anteriores. Ha habido suficientes muertes, heridas y daño (incluidos algunos de los monumentos más famosos de París).

Si los Chalecos Amarillos deciden que la máquina que han activado los ha superado, y que ya no pueden frenar el Acto IV, deben prepararse durante las protestas para ayudar a la policía a expulsar a los “camisas pardas” violentos que estarán circulando entre ellos.

Atento a los que no quieren diálogo

Porque los saboteadores de la extrema derecha y de la extrema izquierda sin duda reaparecerán para saquear, aterrorizar y profanar; está en los Chalecos Amarillos decir una vez más, esta vez como si realmente estuvieran convencidos: no en nuestro nombre. Si los Chalecos Amarillos declaran una suspensión o siguen protestando, nada beneficiaría más a su causa que disociarse –decisivamente y sin ambigüedades- de todos los especuladores políticos que sacarían provecho de su miseria.

El elenco de oportunistas es muy conocido. Por un lado está Jean-Luc Mélenchon que, habiendo terminado cuarto en las elecciones presidenciales de 2017 superado por Emmanuel Macron, busca desesperadamente nuevos seguidores.

Luego está François Ruffin, el líder el movimiento anti-austeridad Nuit Debout (Despiertos toda la noche), con sus reclamos antirrepublicanos irresponsables de “¡Macron, renuncie!” Y también está Marine Le Pen, que oscila cómicamente entre enorgullecerse o arrepentirse de su llamado a ocupar los Campos Elíseos el sábado pasado, volviéndose así responsable de lo peor de lo que allí se dijo y se hizo.

Y finalmente están los intelectuales que, como Luc Ferry y Emmanuel Todd, sugieren que tal vez no fue “por casualidad” que a los saboteadores les resultara tan fácil acercarse, asaltar y saquear el Arco de Triunfo. Esa retórica tiende la peor de todas las trampas para un movimiento popular: la trampa del pensamiento conspirativo.

El dilema de los líderes de la protesta

En otras palabras, los Chalecos Amarillos están en una encrucijada. O son lo suficientemente valientes como para parar y tomarse el tiempo necesario para organizarse, siguiendo un camino no muy diferente del propio La République en Marche! de Macron que, en retrospectiva, podría parecer el mellizo que nació antes que los Chalecos Amarillos.

El movimiento de Macron también tenía un ala derecha y un ala izquierda. Y sabía que era un nuevo espacio político, involucrado en un diálogo o inclusive en una confrontación que conduciría a una consideración honesta de la pobreza y el alto costo de vida. Si los Chalecos Amarillos construyen un movimiento que crezca a la altura del de Macron, pueden terminar escribiendo una página en la historia de Francia.

O pueden terminar careciendo de esa valentía y conformándose con el placer insignificante de ser vistos por televisión. Se dejarán conquistar hasta intoxicarse con el espectáculo de las luminarias y los expertos de la France d’en haut (la elite francesa) que parecen comer de su mano y aferrarse a cada una de sus palabras.

Pero si los Chalecos Amarillos permiten que el odio apasionado se imponga a la fraternidad genuina y eligen el sabotaje por sobre la reforma, sólo generarán caos, no mejoras, en la vida de la gente humilde y vulnerable. Se internarán a toda velocidad en el lado más oscuro de la noche política y terminarán en el basurero de la historia, donde podrán codearse con esos otros amarillos, los “Socialistas Amarillos” de comienzos del siglo XX del sindicalista proto-fascista Pierre Biétry.

Los Chalecos Amarillos deben elegir: reinvención democrática o una versión actualizada de las ligas nacional socialistas; voluntad de reparar o afán por destruir. La decisión dependerá de la esencia histórica del movimiento –si sus reflejos son buenos o malos y si, en el análisis final, posee coraje político y moral.

De manera que la pelota está en el terreno de los Chalecos Amarillos. Tienen iniciativa, tanta como Macron. ¿Dirán “Sí, creemos en la democracia republicana?” ¿Y lo dirán en voz alta y clara, sin equívocos? ¿O se ubicarán en la tradición del nihilismo paranoico y contaminarán sus filas con los vándalos políticos que Francia todavía produce en abundancia?

Bernard-Henri Lévy es uno de los fundadores del movimiento “Nuevos filósofos”. Sus libros incluyen Left in Dark Times: A Stand Against the New Barbarism, American Vertigo: Traveling America in the Footsteps of Tocqueville, y más recientemente, The Genius of Judaism.

© Project Syndicate 1995–2018