El fin del amor, comentado por Emilia Erbetta | RED/ACCIÓN

El fin del amor, comentado por Emilia Erbetta

Anclada en su propia historia -la de una chica nacida en una comunidad judío ortodoxa-, en su primer libro de ensayos Tamara Tenenbaum aprovecha la mirada extrañada de su salida al mundo para preguntarse por el amor.

El fin del amor
Tamara Tenenbaum
Paidós

Uno (mi comentario)

Anclada en su propia historia -la de una chica nacida en Once, en una comunidad judío ortodoxa-, en su primer libro de ensayos Tamara Tenenbaum aprovecha la mirada extrañada de su salida al mundo para preguntarse por el amor, el deseo, la amistad, el consentimiento, el sexo, la monogamia y los mandatos desde un lugar que es a la vez personal -por momentos casi en carne viva- e hiper formado: como si no hubiera esfuerzo en eso, Tamara articula sus experiencias de millennial con los textos de la socióloga Eva Illouz sobre el amor romántico o los planteos de Isabell Lorey sobre la precarización y de ahí pasa a la relación tormentosa de Brenda y Dylan en Beverly Hills 90210 y las canciones de Gilda sin que nada en ese pase haga ruido.

Comentar El fin del amor usando la tercera persona me parece artificial: la verdad es que me gustaría llevar el libro de Tamara a las cenas con mis amigas para que lo leamos juntas como hace unos años leíamos el I Ching. No es que el libro tenga otros poderes mágicos más que el que hay en ver bajo otra luz -política, colectiva, histórica, feminista- eso que nos pasa y que, hasta hace no tanto, pensábamos que era solo cosa nuestra.

Dos (la selección)

En la película Gilda, no me arrepiento de este amor (2016) dirigida por Lorena Muñoz y protagonizada por Natalia Oreiro, Gilda deja su trabajo de maestra jardinera para frecuentar bailantas a pesar de las resistencias (módicas) de su marido, de quien se terminan separando para seguir haciendo lo que le gusta: cantar. No es que enamorarse no sea valiente, pero Gilda hizo muchas más cosas (más) valientes además de enamorarse que no están en ninguna de las canciones hermosas que seguimos bailando. Más allá de las convenciones estilísticas de la cumbia, creo que  es obvio que miles de mujeres en todas las épocas hicieron cosas tanto o más valientes que luchan por amor: criaron hijos solas, se pelearon con sus familias para seguir sus deseos o para tener su propia plata, se escaparon de sus casas para vivir en sus propios términos. Pero la rebelión que el mundo les dejó contar y cantar fue esa: la de tener un corazón valiente, amar y perder. O en otras palabras, la libertad de entregarse a un varón.

Tres

Por un lado, cada vez más partes de nuestras existencias (incluyendo nuestras vidas sexoafectivas) se vuelven públicas, como si de pronto todos fuéramos celebrities que presentan a sus parejas en sociedad y anuncian sus separaciones en declaraciones solemnes a la prensa. Por el otro, la industria del wellness hace su negocio en convertir todo en una competencia, en algo que siempre se puede mejorar. Ahora, ni siquiera el ocio, el sexo o la amistad son espacios libres de obsesión por la medición y la productividad: hay que aprovechar el tiempo de relax, y no hacerlo es una especie de inmoralidad, un desperdicio imperdonable que se paga con culpa y angustia. Ninguno de estos dominios, además, aparece como un espacio para la disrupción: el sexo es salud, dormir la siesta es salud, tener una pareja feliz es salud. ¿Y hay algo en la vida mejor que la salud? ¿Vos no querés ser más feliz de lo que sos? ¿No querés vivir más? ¿No querés estar mejor? Es el imperativo del goce del que habla el filósofo Slavoj Zizek, la idea de que ser feliz hoy tiene que ver con la obligación más que con el deseo. ¿Es posible salir de esto? ¿Se puede querer otra cosa que ser cada vez más y más feliz?

Cuatro

Lo que entiendo por nuevo paradigma es todo esto: la apuesta por la amistad como política, la construcción de lazos afectivos consensuados y serios (en el sentido de importantes) que, sin embargo, tengan cierta flexibilidad, en los que haya responsabilidad pero también comprensión, en los que puede haber sexo o bien puede no haberlo. Construir comunidades de amor y amistad que sean contenedoras, sólidas, aunque acepten la condición precaria de la existencia y de los vínculos. La única salida que se me ocurre a esa mezcla de curiosa dependencia y solipsismo en el que nos depositó el énfasis contemporáneo en la pareja es una explosión del afecto: la pareja puede salvarse si la descentramos, si la corremos del podio de la vida como piedra de toque del éxito, la salud y la felicidad, incluso si dejamos de pensarla como piedra de toque del amor, como su fin o expresión última. Y lo más importante, porque en el fondo salvar a la pareja me da igual: con mucho amor, mucha amistad, mucha comunidad y mucha suerte quizás nos salvamos a nosotras.

Cinco

Si la economía política implica restaurar las relaciones invisibilizadas en los intercambios mercantiles, intentar una economía política del amor supone hacer lo mismo con nuestros vínculos: mostrar que detrás de ese aparente caos tal vez no haya un orden (en parte, la característica más saliente de nuestra época es el desorden) pero sí fuerzas operantes, asimetrías y dinámicas que se repiten. Dicho de otro modo, pasar del “¿por qué estas cosas me pasan siempre a mi?” a “¿por qué estas cosas nos están pasando a tantas?”.

Seis

Es en las grietas del patriarcado y del capitalismo donde es posible construir una cultura del consentimiento. No quiero exagerar mi entusiasmo, pero creo que una cultura del consentimiento puede ser ser explosiva y sumarle chispas al fuego que haga volar en pedazos a estos dos órdenes que nos rigen. Una cultura en la que imponerse sobre las mujeres y consumirlas ya no sea algo digno de admiración (antes bien, que cause rechazo), una cultura del reconocimiento del deseo de la persona que tengo enfrente más allá de su género, cultura en la que no tomo todo lo que está a mi disposición porque puedo o, como diría el mandato de la violación, porque debo, porque para constituirme como sujeto masculino tengo que mostrarme hiperdeseante hasta la violencia.

Siete

Creo que lo que estamos intentando las feministas es inventar una tercera opción: una ética de la otredad que no sea una ética del sacrificio, una idea de felicidad que sea colectiva sin ser opresiva. La sororidad consiste mucho más en eso que en una solidaridad teórica entre identidades feminizadas: en pensar comunidades elegidas, relaciones basadas en la posibilidad de compartir antes que de negociar. Tenemos un modelo y ese modelo es la amistad: un vínculo que se elige pero que, una vez elegido, también obliga, también nos pone en relaciones de vulnerabilidad con los demás.

Emilia Erbetta nació en Bahía Blanca en 1984 y vive en Buenos hace 12 años. Es periodista freelance y escribe para Rolling Stone Argentina, Brando, Red/Acción y Cosecha Roja. También ha colaborado con Página/12, Inrockuptibles y el diario La Nación. Es docente en la escuela de periodismo TEA, donde se formó, y es parte de la editorial Rosa Iceberg.


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