Pueblos originarios de Argentina: su herencia | RED/ACCIÓN

El mito de la "nación blanca": por qué Argentina necesita repensar su identidad nacional

 Una iniciativa de Dircoms + RED/ACCION

De cada 10 argentinos, 6 tienen antepasados indígenas. ¿Cuándo y por qué comenzó la idea de que somos un país de europeos?

Una ilustración con una mujer indígena de Argentina.

Intervención: Denise Belluzzo.

El exabrupto del presidente Alberto Fernández durante la visita del presidente español, Pedro Sánchez, puso en evidencia que la Argentina necesita repensar o esclarecer su identidad nacional. ¿Es verdad que la mayoría de los argentinos descendemos de europeos?

El relato del argentino como blanco y europeo se desprende de la oleada inmigratoria que hubo a fines del siglo XIX y principio del siglo XX. Entre 1880 y 1915 llegaron a la Argentina cerca de 7 millones de europeos, según un estudio de la Universidad Tres de Febrero.

“Cuando uno mira el mapa de las migraciones europeas de los últimos dos siglos y medio, Argentina se destaca como aquel que más recibió como parte de su población total. Mucho más incluso que Estados Unidos. Hacia 1910, mientras EEUU tenía un 15% de población europea inmigrante, la Argentina tenía un 30%. En lugares como Buenos Aires, la mitad de la población era europea. Esto significa que la presencia inmigratoria europea fue masiva”, explica Roy Hora, doctor en Historia Moderna por la Universidad de Oxford y profesor en la Universidad de San Andrés.

Hora asegura que la idea de “nación blanca” se basa en dos pilares. Uno es la fuerte inmigración europea que hubo en el país. El otro, una suerte de “blanqueamiento cultural”. El primer componente fue un proceso natural, un movimiento físico de personas, mientras que el segundo fue una ideología que planteaba que la Argentina era un país blanco, un país europeo,  y que una nación moderna, integrada, progresista dependía fundamentalmente del reemplazo de la población nativa. Para Hora, esta idea estaba presente desde los comienzos de la Argentina, en Alberdi, Sarmiento, y las clases dirigentes del siglo XIX y en alguna medida del siglo XX.

Esta nota se desprende de un episodio de FOCO, el podcast de RED/ACCIÓN.

“Cuanto más arriba uno se mueve en la escala social, más presencia tiene la piel blanca. Y cuanto más abajo uno se mueve en la escala social, más presencia tiene la piel oscura. En la Argentina, un rasgo significativo es el hecho de que color de la piel y condición social tienden a coincidir. Y los grupos más privilegiados, de mayor poder económico, cultural y simbólico, tienen pieles más blancas. Y esto por supuesto se refleja en la manera en que la Argentina se representó y en cierta medida se sigue representando a sí misma, porque los que están ahí arriba tienen más posibilidades de exhibirse y de proyectar una imagen de nación. Basta ver una publicidad o prender la televisión, para observar una presencia desproporcionada de la argentina blanca con respecto a los otros colores de la sociedad argentina”, plantea Hora.

Según el último Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas de INDEC, hecho en 2010, la proporción de población indígena o descendientes de pueblos indígenas a nivel país es del 2,4%, o casi un millón de habitantes.

Considerando según región, la provincia y ciudad de Buenos Aires rondaban el 2%, y las provincias del litoral mostraban porcentajes similares o inferiores.

Pero en el norte y sur del país el escenario cambiaba. Neuquén, Chubut y Río Negro mostraron porcentajes de entre un 7% y un 9%. Jujuy y Salta, entre un 6% y un 8%.

Se entiende e interpreta de estos datos que existe un subregistro de los pueblos originarios y afrodescendientes, algo adjudicable a posibles sesgos como prejuicios personales o sociales, que llevan a que muchas personas no se autorreconozcan como pertenecientes a esa etnia. 

Diana Lenton, doctora en Antropología por la Universidad de Buenos Aires e investigadora del CONICET, indica que la composición en términos étnicos o raciales de una sociedad no se mide solamente en términos de genética. Señala que no solo importa el componente biológico, sino también el identitario: cómo se autoperciben y se reconocen las personas , y que la pertenencia tiene que ver con un nivel subjetivo y no es automática ni determinada por la biología.

“Una de las características de la población indígena de nuestro país es que es predominantemente urbana. Por distintos procesos económicos, sociales, históricos, políticos, los campos se han ido despoblando. Los procesos de inmigración del ámbito rural al urbano afectaron también a las poblaciones indígenas, porque las han echado de sus territorios, porque en sus territorios hoy en día se fumiga con glifosato y no hay forma de cultivar si no se usan semillas transgénicas, porque los pozos de agua quedan contaminados por petroleras o la minería. Hubo situaciones bastante violentas que los expulsaron de sus territorios. Hoy en día son los que forman ese cordón que vive alrededor de las grandes ciudades, lo que llamamos villa miseria y barrios humildes, son los jóvenes que nacieron en las ciudades cuyos padres vivieron en comunidades indígenas pero ellos nacieron fuera de esas comunidades y fuera de territorio indígena. Y esto trae un problema al nivel de identificación”, dice Lenton.

El mismo censo de 2010 reveló que hay casi 150.000 personas se reconocían como afrodescendientes, un 0,4% de la población total, la mitad ubicados en ciudad y provincia de Buenos Aires, y el resto distribuido bastante equitativamente en el interior del país.

También reveló que un 4,5% de la población había nacido en otros países, principalmente Paraguay y Bolivia.

Grupo de tres mujeres y una niña indígenas.
Mujeres indígenas del Monte Chaqueño / Foto: INADI Salta

La realidad habla de un mestizaje que alcanza a prácticamente toda la población. En 2012, el laboratorio de Antropología Biológica de la Universidad Maimónides analizó el genoma de muestras de sangre de todo el país, y concluyó que el genoma argentino tiene, en promedio, un 30% de componente indígena americano, un 65% de componente europeo y un 5% africano. El linaje indígena se traspasa principalmente por vía materna y está más presente en el Norte y Sur del país.

“Si bien existe un relato acerca de la inmigración europea que habría prácticamente fundado la sociedad moderna argentina a partir de la Ley de Avellaneda a fines del siglo XIX, este relato oculta la base poblacional que viene ya de la colonia, donde el mestizaje es una realidad. Ignora la preexistencia pero también la supervivencia de los pueblos indígenas, y también de los descendientes de los africanos que fueron traídos esclavizados, y que no es cierto que hubieran desaparecido, sino que siguen en el país, y en este momento con un proceso de recuperación de la memoria y de la identidad muy importante. Y ese relato también ignora las otras inmigraciones, las que no vinieron de los otros europeos, las inmigraciones de otros países limítrofes y americanos, y en los años 80 y 90 del siglo pasado la inmigración asiática”, dice Lenton.

Otro estudio hecho por investigadores de distintos países y publicado en la revista PloS One Genetics en 2015, llegó a resultados muy similares. El estudio concluye que el 90% de la población argentina tiene una composición genética muy distinta de los europeos nativos, evidencia del mestizaje.

Y una investigación de Daniel Corach, que dirige el Servicio de Huellas Digitales Genéticas de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, mostró que “el 60 por ciento de los argentinos tienen antecedentes indígenas”.

La herencia de los pueblos originarios en Buenos Aires, una ciudad morocha

¿Qué se puede decir de la actual composición demográfica de la ciudad de Buenos Aires? ¿Es cierto que tiene más descendientes de europeos que el resto del país? 

“Cuando uno mira los barrios en la ciudad de Buenos Aires, es una ciudad morocha. Pasa que también espacialmente hay mosaicos, hay lugares donde por una cuestión de clase, de cómo se ha asociado la cuestión étnica con la cuestión de clase, el aspecto fenotípico de las personas tiende a ser diferentes. Pero esto no significa que la ciudad de Buenos Aires sea europea sino que en sí misma desde el principio de su historia la ciudad ha sido mestiza”, asegura Lenton.

Aunque no hay dudas de que en la década del 30 buena parte de la población de la ciudad de Buenos Aires y la pampa húmeda era nativa europea o descendiente inmediata de europeos, en los años subsiguientes hubo un importante proceso de mestizaje. A partir de la década del 40, la sustitución de importaciones llevó a una migración interna hacia las ciudades y también trajo inmigrantes de países limítrofes y eso cambió la composición demográfica de la ciudad.

Lenton explica también que las culturas de varios grupos indígenas estuvieron presentes en la ciudad desde su nacimiento. “Buenos Aires desde el momento que se funda es una ciudad donde dentro de las casas se hablaba guaraní y se tomaba mate. Los sitios arqueológicos que hay en la ciudad de Buenos Aires muestran la presencia de cerámica indígena y es guaraní, mezclada con la cerámica española. De hecho, la vajilla se compartía, y existía la vajilla de los dos tipos. Se trataba de una cultura híbrida. Desde el primer día, Buenos Aires fue una ciudad mestiza.

La población africana en Buenos Aires disminuyó muchísimo con los años. Se estima que el 25% de los 60.000 habitantes que tenía Buenos Aires antes de la inmigración masiva de fines del siglo XIX eran africanos.  Esta inmigración llevó a que se diluyera esta población, además de sufrir altas tasas de mortalidad y bajas tasas de fertilidad por la vulnerabilidad de su situación. Y la participación de hombres en guerras también colaboró a que hubiese una menor reproducción de este grupo.

En busca de una identidad nacional más representativa

¿De qué forma se podría mutar hacia una identidad nacional más representativa y acorde a la realidad, y que reivindique otras culturas igualmente importantes?

“El no reconocimiento de la diversidad interna de la sociedad argentina no solamente implica violencia simbólica contra aquellos que no son reconocidos, con todo su correlato de subjetividades heridas, humillaciones, discriminaciones, etc; sino que además impide que se puedan resolver en términos prácticos y materiales los problemas que aún persisten”, opina Lenton.

Por su parte, Hora habla de la importancia de dejar atrás la idea de construir una nación blanca y homogénea instalada por los dirigentes políticos argentinos durante los siglos XIX y XX.

“Eso está relacionado con el hecho de que veían a las sociedades europeas como las más desarrolladas. Y también porque percibían al proceso de construcción una nación como fenómenos de construcción de una sociedad homogénea. La idea era que construir una nación significaba que todos los argentinos se parezcan unos a otros. Esa visión comenzó a ser criticada e impugnada en el último medio siglo. Tanto la idea de que hay razas superiores y que los blancos están al tope de la evolución social como la idea de que una nación es el resultado de un proceso de construcción de una comunidad homogénea. Más bien, hoy tendemos a pensar que la diversidad es un valor positivo”, opina Hora.

Un primer paso podría ser dejar de pensar en términos de raza y empezar a hablar en términos de fenotipos. Y dejar de hablar de absolutos o categorías aisladas. El doctor Francisco Raúl Carnese, especialista en antropología biológica, dijo en una entrevista: “Las razas no existen. Hay fenotipos diferentes, pero no razas: la genética de poblaciones demostró claramente que no existe discontinuidad entre las poblaciones humanas. Las razas no reflejan una realidad biológica: son construcciones sociales”. Bajo este criterio, son muchas más las similitudes que las diferencias.

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