Elogio de la docencia, comentado por Diego Igal | RED/ACCIÓN

Elogio de la docencia, comentado por Diego Igal

 Una iniciativa de Dircoms + RED/ACCION

Cada día, un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elije los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

Elogio de la docencia, comentado por Diego Igal

Elogio de la docencia
Federico Lorenz
Paidós

Uno (mi comentario)

Federico Lorenz (1970) es historiador, investigador adjunto del CONICET y tan especialista de la cuestión Malvinas que dirigió el Museo ídem por más de dos años y medio hasta que renunció por el ninguneo. También escribe -publicó dos novelas y libros de historia y no ficción- y enseña en establecimientos del nivel medio como el Colegio Nacional de Buenos Aires, cuyos pizarrones, pupitres, pasillos y patios centenarios había conocido como alumno.

En este ensayo que esquiva el tono académico -y la pretensión de hablarle a ese ámbito-, Lorenz viene a reivindicar el oficio de profesor "en tiempos de la desaparición del mundo del trabajo como lo conocimos" y en una era mediada por el ahora (presentismo), tecnología, posverdad y disrupción.

Lorenz, que se autodefine profesor anfibio, alienta recuperar la escucha y el diálogo desde "uno de los pocos espacios de sociabilidad que quedan: las escuelas"; advierte que "no hay educación sin empatía y sin épica" y opina que el docente no adoctrina, sino que "construye una reflexión" con les alumnes. También aborda de qué manera hablar del pasado reciente con adolescentes para los cuales la última dictadura militar es de un tiempo tan “antiguo" como el del Cruce de los Andes. “El profesor –postula- debe ser capaz de separar, con su acción, el pasado del tiempo por venir, para transformar el presente en un espacio para la acción. Así de fácil de escribir, así de difícil de actuar”.

En síntesis, el trabajo de Lorenz navega en reflexiones que pocas veces –quizás nunca- se abordan en la discusión pública sobre la educación, más dominada por la urgencia del reclamo salarial o gremial o alterada por fuegos de artificio como la llamada –y subjetiva- calidad o la inconclusa y vaciada de sentido revolución digital más que en cuestiones de largo plazo como reinterpretar el rol docente y adaptar la currícula a un presente urgente.

Dos (la selección)

La escala humana enfrenta dos enemigos formidables. El primero es la reducción de la realidad al presentismo, la instalación de la idea de que vivimos en un presente permanente, donde la barrera entre el presente y el pasado no existe, por lo que resulta difícil pensar la historia; tanto en términos de reflexión sobre el pasado como de imaginación de un futuro.

Tres

Nuestro trabajo tiene un fuerte componente épico. Estamos obligados a ser optimistas. Con orgullo digo que, de todas las profesiones, la del docente es sin duda la más utópica de todas. ¿Dónde está el mundo que prometemos? ¿Qué hacemos con toda esta realidad que nos contradice? ¿De dónde sacamos fuerzas frente a esta competencia? ¿Dónde está nuestra ballena blanca?

Cuatro

El oficio del docente, no obstante, es el de generar incomodidad y, en el mismo movimiento, producir la certeza de la propia capacidad para enfrentarla. El docente tiende la mano mientras dinamita puentes, invita a arriesgarse a explotar los límites de lo conocido, como aquellos exploradores que dibujaban los mapas del mundo a medida que lo recorrían. Dibujo el mapa porque he visto, he recorrido, he vivido. He experimentado.

Cinco

Un profesor no "ilumina" ni esclarece. Un profesor tiene la llave de un aula a oscuras; abre la puerta, enciende la luz mientras nos ubicamos para dialogar. Es como la luz que sale de la ventana de un hotel de viajantes al final del día, esos viejos carteles de neón en pueblos qiue apenas figuran en los mapas. Es la fogata de los caravaneros en la Ruta de la Seda. Es santo la señal de alarma como la invitación al descanso.

Seis

Nuestra única certeza, profesores, es que tenemos que enseñar a escuchar. Escuchar al semejante, al viajero que arriba con novedades; hacerle lugar en la mesa, partir un pan; brindar con desconocidos como si fuera amigos de toda la vida. "Escucha" para atender a la realidad, para poder interpretarla y modificarla y, en ese proceso, reconocer a los pares.

Siete

Nuestro trabajo, a escala humana, es esencialmente artesanal. Somos precapitalistas en un contexto de triunfo del capitalismo. Nuestra tarea requiere la personalización, porque cada destinatario es único, como lo es nuestro vínculo con él; y demanda el involucramiento de cuerpo y mente, la aplicación consciente de nuestros atributos más humanos. La negación de la conectividad 24/7. De allí que la perversión de los sueldos magros que obligan a multiplicar los cargos docentres para sobrevivir es funcional a la deshumanización. Y que cualquier mejora material sin la posibilidad de dedicación en cuanto a horas de trabajo, es en el mejor de los casos un retoque.

Diego Igal es periodista, docente e incipiente hacedor de libros.


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