La Copa Mundial de la libertad de prensa

Hoy en Rusia hay menos libertad de prensa y más periodistas, comunicadores y blogueros en la cárcel que en cualquier momento tras el colapso de la Unión Soviética en 1991. La comunidad internacional debe aprovechar que los ojos del mundo están puestos en Putin y presionar para poner fin a los abusos.

Por Christophe Deloire

5 de julio de 2018

PutinWorldCup

El Presidente Vladimir Putin trabajó duro por la realización de la Copa Mundial de la FIFA de 2018 en Rusia, pero ahora que el espectáculo está vigente, su influencia se ha desvanecido. No puede controlar a los árbitros ni los resultados del seleccionado ruso, el Sbornaya, que está en el lugar 70 del mundo, el anfitrión con menor clasificación que haya habido en este torneo. Pero tiene mucho más control sobre cómo se cubre el evento, al menos por parte de los medios rusos.

En el Índice Mundial de Libertad de Prensa, compilado cada año por Reporteros Sin Fronteras (RSF), Rusia ocupa el lugar 148 de 180 países. En lugar de aceptar la competencia que acompaña al pluralismo, el Kremlin desea forzar las reglas de la política y amañar a su favor los “partidos” de los medios de comunicación.

Desde la criminalización de la difamación a prohibir noticias que ofendan los “sentimientos religiosos de los creyentes”, las leyes de Putin limitan cada vez más el periodismo. La vaguedad de su redacción permite que se las aplique de manera arbitraria y selectiva, y está aumentando la vigilancia sobre quienes promueven la libertad de expresión y buscan cambiar el statu quo.

Medios independientes son escasos y están en jaque

Como un sistema de transferencias de jugadores, los principales medios rusos están controlados por el Kremlin. El gobierno maneja las emisoras de televisión (la principal fuente noticiosa de Rusia) desde comienzos de los 2000, cuando arrebató ORT y NTV a los magnates Boris Berezovsky y Vladimir Gusinsky, respectivamente. Tras la revolución de 2014 en Ucrania, estas y otras emisoras nacionales elevaron sus niveles de propaganda a favor del gobierno.

Por ejemplo, un documental que emitió la emisora estatal Rossiya 1 en 2015 acusó falsamente a la activista de derechos humanos Nadezhda Kutepova de “espionaje industrial”, lo que acabó causando su exilio. Al año siguiente, el mismo canal usó documentos falsificados para acusar a Alexei Navalny, personaje crítico del gobierno, de ser un agente para la organización de inteligencia británica MI6. El control de Putin sobre los medios estatales se ha ido endureciendo desde diciembre de 2013, cuando los canales se reagruparon en el consorcio Rossiya Segodnya para mejorar la presentación de la “narración” de Rusia.

El Kremlin tiene la mira puesta en la internet

La televisión no es el único medio controlado por el Kremlin: también la Internet está sucumbiendo. Hay sitios web bloqueados, se vigila a blogueros, se censura a motores de búsqueda y agregadores de noticias, y las VPN están prohibidas. Este abril, Rusia cortó el acceso a la red de mensajería cifrada Telegram, uniéndose a países como China e Irán. Lo más preocupante de todo es que cada vez más usuarios de Internet están yendo a la cárcel por sus comentarios en las redes sociales, o por simplemente apoyar contenidos con un “me gusta”.

El premio Nobel Albert Camus escribió que lo poco que había aprendido en la vida había sido “en la cancha de fútbol” y que, como la adversidad, un tiro de pelota “nunca llega desde la dirección esperada”. Algo parecido puede decirse el terreno de juego de los medios de comunicación en Rusia. Desde 1999, cuando Putin se estrenó como primer ministro, 34 periodistas han sido asesinados mientras ejercían su profesión, incluido el periodista de investigación Nikolai Andrushchenko, golpeado hasta morir el año pasado en San Petersburgo. En la gran mayoría de estos casos, las investigaciones llegaron a un punto muerto y nunca se ha identificado los hechores.

Con tanto en juego, muchos propietarios de medios han optado por abandonar del todo la industria, vendiéndolos a oligarcas pro-Kremlin, a muchos de los cuales Putin ha pedido que compren clubes de fútbol. Algunos medios siguen ofreciendo periodismo de calidad, pero no se acercan ni de lejos a la cantidad de lectores o espectadores de las principales emisoras o publicaciones estatales.

La única emisora totalmente independiente, llamada Dozhd, fue eliminada de los servicios de cable y satélite en 2014. Galina Timchenko, editora de Lenta.ru, el sitio web noticioso más leído de Rusia, fue despedida en mismo año junto con la mayoría de su equipo. El equipo editorial del grupo mediático RBC tuvo un destino similar en 2016. También se han visto afectados canales regionales, como el siberiano TV-2 o el semanario independiente líder de Kaliningrado, Novye Kolesa. Cada uno de ellos recibió reconocimientos por su cobertura de historias complejas y delicadas, como el conflicto en Ucrania a la corrupción en las altas esferas.

La situación es comparable a la era soviética

Hoy Rusia tiene menos libertad de prensa y más periodistas, comunicadores y blogueros en la cárcel que en cualquier momento tras el colapso de la Unión Soviética en 1991. En Crimea y Chechenia no existen ni las más básicas garantías para el ejercicio del periodismo. Con la aquiescencia del Kremlin, estas regiones se han convertido en verdaderos “agujeros negros” en que las autoridades pueden actuar sin temor a las consecuencias.

En los partidos de su grupo en la Copa Mundial, Rusia jugó contra otros países con baja clasificación, como Egipto (que ocupa el lugar 45 en fútbol y el 161 en el índice de libertad de prensa de la RSF) y Arabia Saudita (67 y 169, respectivamente). En el papel, solo Uruguay (14 y 20) era un buen contendor. Y, sin embargo, si bien Rusia ha salido airosa en esta ronda eliminatoria, el entusiasmo por los juegos y la improbabilidad de que el país salga ganador hacen que esta sea una distracción pasajera.

Puede que esta no sea la Copa Mundial de la Libertad de Prensa, pero ya que Rusia está bajo la atención mundial, la comunidad internacional puede presionar para que se libere a los periodistas y activistas por los derechos humanos, la eliminación de las leyes draconianas, la reducción del control estatal sobre los medios de comunicación y el fin de la impunidad. Es poco probable que la oportunidad se repita. El mundo no debe perderla.

Traducido por David Meléndez Tormen

Christophe Deloire es Secretario General de Reporteros Sin Fronteras, organización conocida internacionalmente como Reporters Sans Frontières (RSF).

Project Syndicate 1995–2018 | Foto: Reuters

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