La tierra empezaba a arder, comentado por Emilia Erbetta | RED/ACCIÓN

La tierra empezaba a arder, comentado por Emilia Erbetta

La tierra empezaba a arder
Cynthia Edul
Lumen

Uno (mi comentario)

En 2010, Cynthia Edul viajó a Siria con su mamá. Viajaban juntas pero iban a lugares distintos, porque Cynthia visitaba por primera vez ese país lejano y desértico, un poco mítico, del que había escuchado hablar muchas veces en Buenos Aires y en cambio su mamá volvía al país donde había nacido y al que ya había regresado algunas veces. Salieron desde Roma, pero el viaje no empezó cuando tocaron suelo sirio sino antes, en un área desangelada del aeropuerto de Fiumicino, reservada para los vuelos que van a Medio Oriente, un lugar que Edul describe como viejo y grisáceo, un galpón donde no hay ni heladerías de lujo ni tiendas de moda.

La tierra empezaba a arder (Lumen, 2019) es la historia de ese viaje y del encuentro de la autora, que además de escritora es dramaturga y directora de teatro, con su familia y con el mundo árabe, familiar y extraño a la vez, donde la esperan sus tíos maternos y su primo, nacido en Argentina pero ahora totalmente sirio, que mira mal sus brazos desnudos o su pelo  -una melena ensortijada y eléctrica- cuando no está cubierto por el pañuelo, que critica su educación occidental y le reprocha su vida argentina. Medio locales, medio turistas, Edul y su mamá recorren un país a punto de colapsar: visitan las ruinas de Palmira, caminan por Damasco, viajan hasta Yabrud.

Aunque por momentos cambie el registro e introduzca algunas explicaciones de especialistas sobre el conflicto en Medio Oriente y los modos de ser árabe hoy, Edul no hace periodismo, su mirada sobre Siria es a la vez íntima y extrañada, como si mirara un lugar conocido con ojos nuevos, porque no todo lo que encuentra es como se lo contaron. Mientras recorren un mercado, su mamá le dice que la última vez que ella había estado ahí, ninguna mujer iba tan cubierta. Cuando la leemos, nos acoplamos a ese vaivén: la comunidad siria en Argentina es grande y tiene su historia, pero al mismo tiempo esos territorios -sus olores, las texturas, el calor desértico y el peligro de la guerra siempre cerca- se nos aparecen familiarmente exóticos.

El relato está impregnado de una nostalgia por ese país narrado y por el futuro ya perdido: todos esos lugares van a desaparecer muy pronto, arrasados por la guerra civil que empezará un año más tarde. En ese recorrido, se cruzan con hombres, mujeres y niños. ¿Cuántas de esas personas se habrán lanzado al mar unos años después?

Dos (la selección)

“Las nubes dejaron paso a la noche. Las luces intermitentes de la ciudad, allá y a lo lejos. La ciudad milenaria, la capital más antigua del mundo. El aterrizaje fue parejo, casi no se sintió. Nos abrochamos los cinturones de seguridad y entre algunas instrucciones, el tiempo que pasó rápido con el movimiento, el avión haciendo contacto con la tierra, un toque, una leve detención. Bismillah, dijo mi madre. Era un rezo, que era a la vez un suspiro y que era también un agradecimiento a Dios, por haber llegado bien y por poder estar, de regreso, ahí”.

Tres

“Los que viajan a Arabia Saudita vuelven convertidos en religiosos ortodoxos, sentencia mi madre. El primo llegó a Siria en el año 1995, dos años después se fue a trabajar a Arabia Saudita para un empresario acomodado, como casi todos los sauditas. Al regresar era otra persona. Practicante riguroso de los principios del Islam, empezó a rechazar la educación “americana”, como me comentaba a mí en cualquier conversación. La educación tuya es muy mala, me repetiría unos días después. Yo no entendía si se refería a mis remeras de manga corta o al pelo suelto, a mi defensa de la igualdad de género o a la ausencia de la práctica religiosa en la vida cotidiana. La educación secular. Su discurso era categórico, como todo lo poco que decía cuando se dirigía a mí. Entre él y yo, un océano de sentidos, y por debajo de esas aguas, todos, pero definitivamente todos, confundidos”.

Cuatro

“En el camino a Palmira, el micro se detuvo. El guía agarró el micrófono. ¿Quieren ir a Bagdad? Miré por la ventana. Solo se veía la estepa árida de rocas amarillas. Ahí está la frontera, dijo el guía, y señaló un punto en el desierto. Yo incliné la cabeza varias veces para distinguir, en ese territorio plano, ese otro lado que conocía por dichos, cuentos, películas, noticieros, diarios. Bagdad. La cercanía me desconcertó y el problema de las fronteras emergió nítido. A Beirut iríamos en taxi, a tres horas de Damasco estaba la frontera con Bagdad, Tel Aviv no estaba lejos. Ciudades milenarias que estaban a un paso una de otra. Acá tirás un chasquibún y llega del otro lado, le dije a mi madre, que intentaba ver algo de ese otro lado también. El problema es la proximidad, pensé. El otro. Está al lado.”

Cinco

“Suena el teléfono, es mi madre. Habla fuerte como si yo estuviera lejos y la voz tuviera que cruzar el océano. Pero estoy cerca y acá es de noche. Dice que habló con Adela, que el régimen secuestra, tortura y mata, tan sintética la serie, tan sistemática, y que allá, donde ya es de día, no hay luz ni agua, y que si Estados Unidos ataca, todo va a estar perdido, porque si ahora las cosas están mal, entonces van a estar peor. Le pido que se calme, ella balbucea unas palabras en árabe. Un rezo o una plegaria. La lengua nos vuelve a separar y nos define. Yo soy de acá, de la rutina secular de estos días, y los nuestros, los de los días de allá, ahora se encomiendan a Allah, mientras la fuerza centrífuga de la violencia y el terror se lo traga todo”.

Seis

“¿Cómo había logrado salir viva, dos veces, de las cárceles del muhabarat? Uno de los relatos que más orgullo le daba contar era que la última vez que había caído presa, cuando intentaba escapar de noche a Beirut, en la misma celda estaba su novia, y que en la primera noche de cautiverio había tenido sexo, lo que se había convertido en un gesto decisivo de emancipación. En una sociedad sometida por esa dictadura opresiva, con un nivel de desigualdad de géneros y una segregación cada vez más ascendente, sin duda lo era. De hecho Lina, que tenía mi misma edad, no había conocido en su vida otro gobierno que no fuera la dictadura. Todos los jóvenes que componían el grupo más definido de la revolución habían nacido, crecido y estudiado bajo una de las dictaduras más extremas que se haya conocido”.

Siete

“Tengo un sueño y no puedo respirar. Me despierto abrumada por la nitidez de las imágenes. Desciendo con mi madre una montaña, los colores van cambiando del arena pálido y uniforme al marfil. Abajo es todo ruinas, como ruinas antiguas, esculturas tumbadas, pedazos de mármol perdidos. La secuencia que sigue es ominosa y me aterra. Es el cielo de un día luminoso y parejo y sin embargo se siente terrible. Bajamos escalones quebrados en sus bordes y llegamos a la orilla de un mar en el que hay botes y más botes llenos de gente que clama y se lamenta. El agua es tibia. Mi madre trae en brazos al hijo del primo. Los está rescatando, corre frenética mientras yo permanezco paralizada, el agua tibia sube y me cubre las rodillas. La gente llora, el niño duerme en brazos de mi madre y me doy cuenta de que en ese momento Siria se termina de desmoronar.”

Emilia Erbetta nació en Bahía Blanca en 1984 y vive en Buenos hace 12 años. Es periodista freelance y escribe para Rolling Stone Argentina, Brando, Red/Acción y Cosecha Roja. También ha colaborado con Página/12, Inrockuptibles y el diario La Nación. Es docente en la escuela de periodismo TEA, donde se formó, y es parte de la editorial Rosa Iceberg.


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