Los muertos de nuestras guerras, comentado por Pablo Alabarces | RED/ACCIÓN

Los muertos de nuestras guerras, comentado por Pablo Alabarces

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

Los muertos de nuestras guerras
Federico Lorenz
Tusquets

Uno (mi comentario)

La Primera Guerra Mundial (Primera porque luego hubo Segunda: hasta entonces se limitó a llamarse la Gran Guerra) dejó entre 10 y 31 millones de muertos, según el mayor o menor optimismo del calculista. Esa cifra no toma en cuenta a los heridos, unos 23 millones, sin ser muy preciso, y empalidece (¿empalidece? ¿se disimula?) ante los 70 millones de la siguiente. No hay comparación posible que pueda hacernos entender esas cifras: ni siquiera que la población actual de la Argentina es inferior a la suma total de afectados entre 1914 y 1918 –¿podemos hacer ese esfuerzo: imaginar todo el país devastado y sin ningún habitante ileso? ¿ni uno ni una? Lorenz le da a la cifra una vuelta de tuerca y la vuelve cuerpos: cuerpos concretos, aunque muchas veces sean apenas sus fragmentos. Y esa concreción implica tres cuestiones: el duelo y el pesar, por supuesto; pero también el cuerpo y su sepultura; y en el comienzo y en el final, su identidad. ¿Se pueden sepultar treinta millones de cuerpos? ¿Y se pueden nombrar treinta millones de cuerpos? Sigamos con las comparaciones odiosas: no hemos podido nombrar ni sepultar a los 649 argentinos muertos en Malvinas; no hemos podido nombrar ni sepultar a los 30.000 desaparecidos en la masacre de la dictadura. Lorenz desplaza su relato entre esas preguntas con maestría, con desgarro, con dolor.

Dos (la selección)

Sir Fabian Ware, quien tanto tuvo que ver con esto, hizo un cálculo: si todos los muertos británicos de la guerra marcharan en filas de a cuatro en fondo, hubieran demorado tres días y medio en pasar frente al Cenotafio. El fotógrafo sabe de esa cuenta, y ahora el sendero rojizo, que Bawtree ve hacerse cada vez más pequeño en el cielo, parece la retaguardia de aquel ejército de fantasmas, alejándose una vez más rumbo a la batalla. 

Tres

Tras la matanza, habrá quien cargue culpa por sobrevivir. De todas estas cosas algún ruido llegará a la posteridad, aunque es una pena que los hombres no puedan elegir los ecos que sus gritos van a tener en la eternidad. Pues solo nos queda la posibilidad de que otros hablen por nosotros cuando llegue el momento de morir. 

Cuatro

Entre tantos muertos, ¿quién podría temer a los fantasmas? Si tuvieran algún poder, ¿hace cuánto habrían vengado las vejaciones de la guerra sobre ellos? Los muertos son hombres. Suponiendo que sus vidas hubieran continuado después de que un estallido aplastó sus pulmones, de ahogarse en el barro de un embudo, ¿por qué serían más humanos que los vivos, qué los llevaría a perdonar semejante ofensa sobre su condición?

Cinco

Tal vez, al morir, deberían borrarse todas las huellas de los idos en los vivos. Los funerales se parecen al fracaso de los ideales. La derrota solo es posible cuando bajo la tumba están sepultadas las historias, cuando lo que ha muerto son ellas, cuando se inscriben los nombres con la intención de apresurar la llegada del futuro. 

Seis

-No lo sé. Cómo saber si el muerto efectivamente desea descansar en Inglaterra, si no odia al país que lo envió tan joven a morir, si el poeta escribió eso para todos los caídos, o solo lo entenderán quienes tuvieron una educación semejante, quienes tuvieron su mismo pasar. No todos consiguieron cumplir con su destino. ¿Qué hacemos con los que fueron hechos pedazos? En ese caso el rincón de un campo extraño en realidad tendría que ser un archipiélago, disculpe la comparación. Quién sabe si no hubieran elegido vivir y avergonzar su tierra natal, en lugar de hacer seguido su destino tan jóvenes. 

Siete

No es posible navegar a dos aguas en este tipo de cosas, qué identidad puede construir un país que se precie de su identidad nacional en base a una ambigüedad. Estas son cuestiones puestas en juego a la hora de tomar decisiones como las que transformaron a Hooge en uno de los primeros cementerios en ser reformados. Es necesaria una explicación satisfactoria, convincente y, más que nada, moralmente aceptable. Los héroes mueren chillando como marranos o llorando en silencio, pero unos pocos trazos aguzados del cronista, unas pinceladas favorables del historiador, transformarán la agonía en desafío y la sobra de la muerte, en las nubes del Olimpo. El llanto de rabia por la vida que se va en los lamentos de una víctima y la muerte en batalla, la masacre sin sentido a manos de un perverso poder superior, al que un segundo antes hubiéramos matado de haber podido. 


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