A 36 años de Malvinas: una red de veteranos y profesionales lucha por saldar la deuda histórica de la salud de los ex combatientes

En un nuevo aniversario de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Malvinas, Islas y Sector Antártico, aquellos que volvieron de la guerra buscan que el Estado y la sociedad reconozcan las secuelas emocionales que tomaron demasiado tiempo en ser tratadas y aún hoy siguen causando pérdidas.

Por Agustina López

10 de junio de 2018

Si alguien quiere saber cuántos ex combatientes se suicidaron después de la Guerra de Malvinas lo primero que probablemente hará sea googlear: “Suicidios+veteranos+Malvinas”. Enter. 77.100 resultados. La mayoría, notas periodísticas sobre el tema con datos dudosos.

RED/ACCIÓN intentó reconstruir esta estadística y pidió estos datos al ministerio de Salud, la Comisión Nacional de Ex Combatientes de Malvinas y al Centro de Salud de las Fuerzas Armadas de Veteranos, que engloba a las tres fuerzas. Todos respondieron que no contaban con los datos completos y actualizados.

Entonces, ¿Cuántos veteranos se suicidaron después de la guerra?, ¿Quiénes eran y por qué lo hicieron? Las estimaciones de varios centros de ex combatientes indican los fallecidos por esta causa serían entre 350 y 400. No hay exactitud. Tampoco hubo nunca un plan de alcance nacional para contener a esos 23.000 hombres y mujeres que regresaron de la guerra con heridas físicas pero, sobre todo, secuelas emocionales. Se suicidaron cientos de veteranos y miles murieron por enfermedades que, en muchos casos, se desencadenaron producto del estrés vivido en las islas. Otros conviven desde hace décadas con trastornos que nunca se trataron.

A fuerza de voluntad y movilizados por el padecimiento de los ex combatientes, distintas agrupaciones y centros de veteranos, asistidos por médicos y psiquiatras, formaron una red de contención para ellos y sus familias. No conformes con el trato que les dio la sociedad y el Estado durante las primeras décadas de la posguerra, ahora buscan revertir esa situación, devolverles calidad de vida a los ex combatientes y evitar más muertes. También, a través de estas acciones, los veteranos que se involucraron encontraron una forma de sanación, de jugarle una revancha a la Guerra.

Héctor Mastrulli tiene 55 años, es veterano de Malvinas, y hace diez que trabaja como captador en el “Programa de Salud del Veterano de Guerra Bonaerense” que funciona desde 1997 en el Hospital Ramón Carrillo, en Ciudadela, y recibe a 300 ex combatientes por mes.

Su trabajo consiste en contactarse con centros de ex combatientes y tratar de acercar al programa a los veteranos que necesitan ayuda psicológica o psiquiátrica. También es a quien llaman si tienen una situación de emergencia o de suicidio inminente de un compañero. Su trabajo es ese: acercarse, entrar en confianza y contactarlo con un profesional.

Héctor Mastrulli es ex combatiente y ahora dedica su vida a acercarle ayuda psicológica a otros veteranos que la necesitan. En la foto, exhibe su tatuaje en honor a las islas.
Héctor Mastrulli es ex combatiente y ahora dedica su vida a acercarle ayuda psicológica a otros veteranos que la necesitan. En la foto, exhibe su tatuaje en honor a las islas.

“Lo hago porque hay una necesidad. Tenés una necesidad de darle una mano a tu camarada. Si te sentís mentalmente bien, tenés que darle una mano al que no lo está”, cuenta Héctor en una charla en el Carrillo con RED/ACCIÓN.

El 11 de abril de 1982, a los 19 años, Héctor desembarcó en Malvinas con solo dos meses de instrucción militar. Permaneció en el conflicto hasta el 20 de junio, cuando regresó en el Almirante Irízar a tierra. De allí lo trasladaron a Campo de Mayo y le hicieron completar un test en donde sus superiores lo obligaron a decir que “todo estaba bien”.

Héctor volvió con su familia y a la fábrica metalúrgica en la que trabajaba antes del conflicto. En agosto empezó a sufrir dolores de cabeza insoportables y mucho malestar estomacal. No podía quedarse quieto y no entendía qué le pasaba. La empresa le puso un médico particular que detectó que lo que tenía era síndrome de abstinencia: durante su estadía en Malvinas sus superiores le habían dado metanfetaminas haciéndole creer que eran vitaminas para mantenerlo alerta. Le tomó dos años desintoxicarse.

Ya mayor, a los 30 años, Héctor empezó a agruparse con otros veteranos para tratar de conseguir algunos beneficios y reconocimientos. De a poco se fue metiendo más y se encontró con muchos compañeros que sufrían y cuyas familias no entendían por qué. Por eso dejó su trabajo, hizo un curso de formación para ser captador y se sumó al programa.

“Para un veterano, nada mejor que otro veterano. Yo me puedo acercar a ellos porque estuve ahí, en las islas, se lo que se siente. Siempre trabajamos de a dos. Lo primero que hacemos es escuchar, dejar que se desahogue. Muchos se sienten mal porque creen que fallaron, otros porque no pudieron abatir al enemigo y les mataron al compañero que estaba al lado. Esos recuerdos en algún momento te tocan la croqueta”, explica Héctor.

El seguimiento, una vez que logran acercarlos al programa, es bastante personalizado: él llama a los veteranos con frecuencia, les pregunta cómo les está yendo con la medicación (si es que están tomando alguna) y los invita a charlar cuando necesitan.

El momento de mayor dolor para Héctor es enterarse de que ha fallecido un compañero. “Todo nos cuesta tanto, todo llega tan tarde que cuando alguien se muere decís “¿Para qué tanta lucha?. Es muy doloroso ver que no cumplieron sus sueños. ¿Cuál es el mío? Llegar a viejo”.

El síndrome de los veteranos olvidados

El programa se creó en la Provincia en 1997, 15 años después de finalizado el combate. Se logró gracias a la insistencia de los veteranos que veían cómo se acrecentaba el número de suicidios. Originalmente funcionaba en varios hospitales de Buenos Aires, pero ahora sólo está en el Carrillo y no cuenta con un presupuesto propio. Ni siquiera está en el organigrama del Ministerio de Salud.

Los médicos provinciales destinados a este programa recibieron en su momento asesoramiento de veteranos de las guerras de Vietnam y de Corea para tratar, principalmente, las secuelas de la guerra y el síndrome de estrés postraumático.

“Estrés postraumático tiene toda persona que haya sido expuesta a una situación en donde haya corrido peligro su vida o vio que estaba en peligro la vida de alguien más. Si ese estrés post traumático no es tratado inmediatamente, pasa de algo agudo a crónico. En el caso de los veteranos es crónico, porque no se los trató en su momento”, explica Lilia Marimón, psiquiatra a cargo del programa del Carrillo. Según la investigación que realizó la doctora Silvia Bentolila, otra profesional que participó del programa, a 15 años de finalizado el conflicto, el 88% de los ex combatientes nunca había recibido atención psicológica.

“A algunos se los llevó a Campo de Mayo si estaban muy mal y se los trató como psicóticos y nada que ver, porque ellos no alucinan, tienen flashbacks. Ante un estímulo, por cuestiones de segundos, vuelven a vivir la situación que les provocó el estrés. Un estímulo pueden ser los días grises y fríos, escuchar un avión, el sonido de los petardos a fin de año. Ellos se acuerdan de alguna situación de ellos en Malvinas”, dice Marimon.

Más allá del diagnóstico puntual del Síndrome del Estrés Post Traumático, cuya particularidad son los flashbacks, los veteranos tienen otro montón de síntomas como trastorno depresivo, problemas de atención y concentración, hipervigilancia (estar alertas permanentemente) y falta de control de los impulsos. Esto muchas veces los llevó a quitarse la vida.

Suicidios encubiertos

Con el tiempo, disminuyó la cantidad de suicidios pero los profesionales advierten sobre la cantidad de muertes por causas “naturales” que hay en la población de veteranos y que no son acordes a su edad.

“Toda enfermedad sobre la que se pueda accionar en forma inmediata tiene posibilidad de ser un caso de éxito. De hecho la mejor forma es la prevención. Acá hubo prevención nula porque no somos un país que históricamente haya tenido guerras. El segundo gran desastre y potenciador del primer trauma fue el después, el olvido. Un Estado que no estuvo presente, una sociedad que no estuvo presente”, explica a RED/ACCIÓN Martín Bourdieu, psiquiatra y Director Médico del Centro de Salud de las Fuerzas Armadas para Veteranos de Malvinas, que funciona desde 2012 en Palermo.

“Lo primero que te preguntaban cuando sabían que habías ido a la guerra era ‘¿Mataste a alguien?’. Solo eso. Te abrían la herida y después se iban”.

Bourdieu es veterano conscripto de Malvinas y una prueba viviente de cómo la guerra cambia a las personas: él era estudiante de veterinaria y cuando volvió de la guerra empezó medicina y se especializó luego en psiquiatría.

Martín Bourdieu es veterano pero también psiquiatra y director médico del Centro de Salud de las Fuerzas Armadas para Veteranos de Malvinas. | Foto: Télam
Martín Bourdieu es veterano pero también psiquiatra y director médico del Centro de Salud de las Fuerzas Armadas para Veteranos de Malvinas. | Foto: Télam

“Como no existió prevención ni atención temprana sobre los veteranos, la resultante es la cronicidad. Entonces, hoy los veteranos, a los 55 años, tienen las secuelas del estrés crónico. Cuando vos estás en combate, tu organismo se acondiciona para pelear: te libera hormonas como adrenalina que te produce vasodilatación y te agranda las pupilas. Tenés más cortisol en sangre, que te libera azúcar para tener energía. Eso durante mucho tiempo empieza a desgastarte y en la cronificación de la enfermedad esa respuesta es totalmente disfuncional. Empezás a tener diabéticos, cuadros hipertensivos. El cortisol te baja las defensas, así que hay muchos casos de cáncer”.

Según un relevamiento informal de la Comisión de Veteranos, el año pasado fallecieron 112 veteranos: a 34 les dio un infarto y 32 murieron de cáncer. Son cifras fuera de lo común si se considera que la población de ex combatientes, en su mayoría, es menor de 60 años. “Muchos veteranos también se van dañando a sí mismos, hay suicidios encubiertos, porque tienen enfermedades y no se las tratan. Te dicen: ‘Total, ya está, ya pasé por lo peor. Otros también desarrollaron adicciones para tratar de evadir el dolor”, cuenta Bourdieu.

Para empezar a remediar esta situación Bourdieu, junto con un equipo del centro y a través de la asistencia del PAMI está encarando un relevamiento a nivel nacional con el objetivo de tener datos exactos sobre la salud de los veteranos y sus causas de muerte.

Veteranos en el Centro de las Fuerzas Armadas, luego de un encuentro. | Foto: Gentileza teniente coronel Marcelo Pollicino.
Veteranos en el Centro de las Fuerzas Armadas, luego de un encuentro. | Foto: Gentileza teniente coronel Marcelo Pollicino.

Mientras, mantienen el acompañamiento terapéutico en el centro disponible para todos los ex combatientes y sus familias. Allí se atienden con psicólogos y psiquiatras pero también hacen actividades grupales con las familias e incluso se organizan grupos de asistencia para colaborar en inundaciones o incendios. “El punto es la calidad de vida. Que la persona aprenda sobre su enfermedad y que se corra de la posición de víctima para poder ser más actor de su propia existencia. Sos psiquiátrico, sí, pero aún así podés trasmutar esto en algo positivo”

El coronel Esteban Vilgré Lamadrid, ex combatiente de Malvinas,que también participó de conflictos bélicos en la ex Yugoslavia e Irak, estuvo al frente del Centro hasta hace algunas semanas. Es uno de los principales promotores de la importancia de la atención médica y cuidado de la salud mental de lo veteranos. Busca que todos los centros que trabajan individualmente puedan generar una red nacional e interconectada. Actualmente su lugar lo ocupa el teniente coronel Marcelo Pollicino.

“Estamos tratando de que Pami y el Ministerio de Defensa trabajen juntos en cumplir la ley 23.109 que dice que el Estado Nacional debe hacer un reconocimiento psicofísico de todos sus veteranos. Hay soldados que nunca en 36 años hablaron. Esa es la deuda que tiene el Estado con sus veteranos. No solo para darles dinero, sino salud”.

Lamadrid se ocupó de formarse mucho en estos temas. Hace apenas dos meses estuvo en Inglaterra, en un centro de ex combatientes, para compartir experiencias y aprender de ellos.

Su objetivo es, más allá de ayudar ahora, poder prevenir: “Queremos que quede algo permanente para las futuras generaciones. No sabemos si va a haber otro conflicto o incluso algo relacionado al narco-terrorismo. El objetivo es que si vos entraste al Ejército 100% apto, el Ejército te devuelva a tu casa 100% apto o al menos 70% y por ese 30% faltante, reconocértelo y ayudarte. Que no se discrimine más”.

Aprender de otros

Gran Bretaña volvió de la guerra con muchos menos muertos que Argentina (255 contra 650) pero también sus soldados vivieron experiencias traumáticas. Sin embargo, según un relevamiento que hizo el Ministerio de Defensa inglés en 2012, la tasa de suicidios de sus ex combatientes es menor a la de la población civil. Esto se debe en parte a que eran personal más entrenado pero también a que recibieron mejor contención al volver.

El Reino Unido, como Estados Unidos, tiene gran tradición en conflictos bélicos y, por lo tanto, desarrollaron un aparato más adecuado para cuidar la salud de sus veteranos. No hay un programa estatal pero sí una organización muy extendida, Combat Stress, que se financia con capitales mixtos.

“Debería haber una cultura de comprometerse más. Nosotros, en la organización, pedimos plata al Estado, le hacemos entender que estamos haciendo su trabajo y es una buena inversión, pero también a las empresas y a los ciudadanos”, explica a RED/ACCIÓN Geoffrey Cardozo, oficial inglés retirado que, además de tener un rol clave en la identificación de los soldados argentinos en Darwin, trabajó durante 15 años con soldados afectados psicológicamente.

Algo que le llamó la atención a Cardozo es que en la Argentina se pone el ojo exclusivamente en lo que el Estado debería hacer y no también la sociedad civil.

Hacia el final de charla, dio su opinión sobre la problemática de los veteranos que no conoce geografía. “El estrés post traumático no se puede curar pero sí controlar y con bastante éxito, sobre todo, si se lo agarra a tiempo. Es como un niño que se cae y su madre lo consuela de inmediato. Nunca olvidará la caída pero podrá lidiar con ella”.

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