Salud y bienestar | RED/ACCIÓN - Part 2

Proyectos postergados: ¿cuándo nos tomamos vacaciones?

Muchas personas creen que pedirse días en cuarentena es un desperdicio. Otros piensan que sin descanso, ya no pueden seguir. A los empleados en relación de dependencia, ¿los pueden obligar a tomarse días? ¿Qué recomiendan psicólogos? ¿Qué expectativa tiene el sector turístico local?

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Jorge Aliaga es investigador del Conicet y todos los días publica un hilo de unos 20 tuits en el que muestra gráficos con la evolución de casos, testeos, muertos y otros indicadores. "Mucha gente pregunta cuándo llegará el pico, como si fuera un huracán, pero el huracán somos nosotros y lo armamos cada vez que nos juntamos sin distanciamiento", asegura.

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En lo que va de la cuarentena, la mayor dificultad que tienen es llegar hasta al hospital donde se atienden, que les den medicamentos suficientes para dos meses y que no haya faltantes que las obligue a cambiar de tratamiento. Mar Lucas, directora de Innovación Estratégica de la Fundación Huésped, advierte que por la crisis económica muchas personas que tenían prepaga u obra social consultan cómo sumarse al sistema público de salud.

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Imaginate que estás comprando un yogur o unas galletitas. ¿Cómo elegís cuál comprar? Más allá del precio, probablemente te guíes por lo que ves en el frente del paquete, el color, si la imagen te tienta, si es light o no, etcétera.

¿Lo que hay del lado de atrás del paquete? No nos importa tanto. 

Pero, casi siempre, atrás del paquete es donde está la información más importante: los ingredientes y el valor nutricional de lo que estamos comprando.

Y esto es clave, porque estar al tanto o no de esta información, tiene un impacto en nuestra salud.

Hoy en la Argentina, 4 de cada 10 niños y niñas en edad escolar tienen sobrepeso u obesidad. Y entre los adultos, el número aumenta a 6 de cada 10.

Es una de las tasas más altas de América Latina, y un problema fuertemente vinculado con el nivel socioeconómico. Los chicos de familias más vulnerables tienen un 31% más de riesgo de padecer obesidad.

¿Cuál es una posible solución?

"Nosotros vamos al supermercado y guiamos nuestras compras por el frente del paquete, lo que nos dice un paquete que tiene ahí adentro en forma de alimento. Y es información publicitaria", dice Soledad Barruti, periodista y autora de los libros Malcomidos y Mala Leche. "Si en lugar de ir a información publicitaria, nosotros fuéramos a información verídica, precisa, muy clara y muy concreta, del tipo “alto en azúcar”, lo pensaríamos dos veces".

Esto es lo que se llama etiquetado frontal. Es decir, que los alimentos tengan una etiqueta en el frente del paquete si lo que estás comprando tiene altos niveles de nutrientes críticos, como sodio, azúcares o grasas.

Según la Organización Mundial de la Salud, es una de las medidas más efectivas para prevenir la malnutrición, y países como Perú, Chile, Uruguay, Inglaterra, España y Australia ya implementaron el sistema. Y la evidencia es clara. 

Desde que Chile implementó el etiquetado frontal en 2016, bajó un 25% la compra de bebidas azucaradas y un 17% la compra de postres envasados. Al mismo tiempo, aumentó la capacidad de identificar alimentos saludables y la valoración de la información dada en las etiquetas frontales.

¿Pero qué pasa en la Argentina?

En los últimos años, legisladores de distintos partidos políticos presentaron numerosos proyectos de ley de etiquetado frontal, pero ninguno fue aprobado. El último fue presentado en junio de este año por la diputada nacional Florencia Lampreabe.

"Lo que tiene que hacer un Estado es garantizar una alimentación nutritiva y de calidad para todos y todas", dice Lampreabe. "Lo importante es instalar el tema suficientemente en la sociedad para que se entienda que se trata de una cuestión de salud pública y del derecho de los consumidores a saber qué consumen, y poder optar por alimentos de mejor calidad".

Pero más allá del etiquetado frontal, hay otras medidas necesarias para combatir las altas tasas de sobrepeso y obesidad.

Según Barruti, "hace falta limitar las publicidades y hacer un diagrama de precios diferenciados, entre los comestibles que duran años en las góndolas que no perecen, y los alimentos de verdad que sí lo hacen y que son producidos por productores que viven en condiciones bastante marginales. Hay que generar acceso a la comida de verdad".

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Después de meses de confinamiento, muchas ciudades alrededor del mundo están, de a poco, retomando sus actividades.

Son imágenes que nos traen esperanza, pero que también nos llevan a preguntarnos cómo evitamos exponernos al COVID-19 al volver a interactuar con el “mundo exterior”.

Principalmente son tres los factores que tenemos que tener en cuenta: la distancia, la duración y la ventilación. 

La distancia física mínima que hay que mantener con otras personas para evitar contagiarnos es un tema muy debatido. La Organización Mundial de la Salud y el Ministerio de Salud recomiendan un mínimo de 1 metro. Pero otros gobiernos y organizaciones recomiendan 2 metros. Lo que sí está claro, es que cuanto mayor sea la distancia, menor la probabilidad de contagiarnos.

Mientras que la probabilidad de contagiarnos aumenta cuanto más tiempo estemos expuestos al virus. Es decir, no es lo mismo cruzarte con una persona contagiada en la calle, que vivir con ella o trabajar en el mismo lugar.

Según un estudio de más de 2.000 casos de COVID-19, el mayor porcentaje de personas se había contagiado a través de alguien con quien compartía el hogar, seguido por contagios en el transporte público, los restaurantes y los espacios compartidos de trabajo o estudio. Todos lugares donde la gente interactúa por un tiempo prolongado.

Y el tercer factor clave es la ventilación.

En un espacio cerrado, la falta de circulación de aire fresco puede aumentar el riesgo de exposición al virus. Pero, al mismo tiempo, hay evidencia inicial que sugiere que el aire acondicionado puede propagar el virus al recircular aire infectado en un espacio cerrado.

Por eso, cada vez más expertos concuerdan que el riesgo de contagio es generalmente más alto cuando estamos en espacios encerrados que cuando estamos al aire libre.

Un estudio encontró que de las personas con COVID-19 que solamente interactuaron con gente al aire libre, el 12,5% le transmitió el virus a otros. Mientras tanto, de las personas con COVID-19 que interactuaron con gente en espacios cerrados, el 73% contagió a otros.

La explicación es simple. Al aire libre, el virus tiene más chances de dispersarse, especialmente si hay alguna brisa. Además, la luz del sol, el viento, la humedad, la lluvia y la temperatura son todos factores que afectan la transmisibilidad del virus. (Fuente: Angela Rasmussen, Columbia University)

Esto no quiere decir que no tengamos que mantener la distancia con otras personas al aire libre.

"Compartir espacios cerrados es un riesgo, y en el caso de los espacios abiertos, deben mantenerse las medidas de distanciamiento social", dice el doctor Daniel Stecher, jefe de la División Infectología del Hospital de Clínicas. "Esto es, más de 2 metros de distancia y eventualmente el uso del tapabocas".

¿Y qué pasa cuando hacemos actividad física al aire libre? La evidencia es mixta, pero cada vez más expertos concuerdan que el potencial de contagio es bajo, especialmente si se mantiene una distancia de por lo menos 2 metros y se evitan los espacios con mucha gente.

Entonces, acá van algunas recomendaciones para cuando empecemos a salir de nuestras casas:

1. No te quedes en espacios cerrados, especialmente espacios chicos, por más tiempo de lo necesario

2. Si querés salir a comer o tomar algo, tratá de sentarte afuera o cerca de una ventana abierta

3. Y si salís a hacer ejercicio, hacélo en lugares u horarios donde no haya mucha gente y mantené la distancia con otros, especialmente si estornudas o toses.


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