Sobre el dolor, comentado por Marcelo Leiras | RED/ACCIÓN

Sobre el dolor, comentado por Marcelo Leiras

Cada día, un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elije los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

Sobre el dolor
Ernst Junger
Tusquets

Uno (mi comentario)

Hubo un tiempo, hace no mucho, en que el compromiso de Heidegger con el nazismo pudo ser motivo de una disputa intelectual, larga, muy poco fecunda, de respuestas fáciles. Sí, obviamente: Heidegger fue cómplice del régimen nazi. No, no es obvio, pero igual es fácil: leer a Heiddeger, acompañar el recorrido que proponen sus escritos, si podés, no te vuelve nazi. Aunque poco fecunda, a fines de los 80s la pregunta sobre el autor de Ser y Tiempo era importante para las pibas y pibes anti-autoritarios que leíamos fascinados a los grandes pensadores tardo-románticos alemanes: Heidegger, Schmitt y, un poco más abajo en el altarcito, Ernst Jünger. Entomólogo, novelista, ensayista y soldado en las dos grandes guerras, prolífico y longevo, educado con las pedagogías y las bibliotecas maravillosas del siglo XIX, Jünger se permite, por ejemplo, escribir con un aplomo que nosotros, que no sabemos admirar sin ser fans, no podríamos imitar, que el Fausto de Goethe está terminado de apuro. Este volumen reúne tres de sus ensayos de entreguerras. El más conocido, La movilización total, llama la atención sobre la novedad política de la Primera Guerra Mundial (que se confirmaría en la segunda) y la asocia con sus raíces espirituales: la fe en el progreso y el fervor nacionalista. El menos conocido, Fuego y movimiento, presenta a esa guerra como una transición en la historia de la táctica, un momento en el que el desplazamiento de los hombres y las máquinas todavía no sabe adaptarse a la eficacia de las artillerías. El mejor ensayo da título al volumen. Habla de lo que somos capaces de soportar y de infligir, de lo que los modos en que vivimos y combatimos nos permiten pensar y sentir. Como muchos textos de Jünger, Sobre el dolor tiene momentos sentenciosos, desmesurados. En un escritor menos diestro serían grandilocuentes. Pero alguna de esas sentencias, aunque lúgubres, sospecho que serán difíciles de olvidar. Por ejemplo: hay una astucia del dolor; si la sensación de bienestar es amplia, en algún otro lugar se está pagando. Todas las épocas parecen propicias para la crítica de la técnica, la alarma por el crecimiento en la capacidad de destrucción, el desasosiego por nuestra torpeza colectiva. La sorpresa y la inquietud de Jünger no son las nuestras pero su lucidez todavía irradia.

Dos (la selección)

“Hay algunos criterios grandes e inmutables en los cuales se hace patente el significado del ser humano. El dolor es uno de ellos; él es el examen más duro en esa cadena de exámenes que solemos llamar vida. De ahí que una consideración que se ocupe del dolor sea desde luego impopular; mas no sólo resulta instructiva en sí misma, sino que a la vez ilumina una serie de cuestiones en que nosotros estamos ocupándonos ahora. El dolor es una de esas llaves con que abrimos las puertas no sólo de los más íntimo, sino a la vez del mundo. Cuando nos acercamos a los puntos en que el ser humano se muestra a la altura del dolor o superior a él logramos acceder a las fuentes de que mana su poder y al secreto que se esconde tras su dominio. ¡Dime cuál es tu relación con el dolor y te diré quién eres!” (p. 13)

Tres

“(…) No hay ninguna situación humana que tenga un seguro contra el dolor. Nuestros cuentos populares finalizan con una frase que dice que el héroe, tras superar muchos peligros, vive feliz y contento largos años, y nos agrada oír tales cosas, pues ya el mero enterarnos de la existencia de un lugar sustraído al dolor nos proporciona tranquilidad. A la vida le falta propiamente una conclusión satisfactoria y ese hecho tiene su expresión en el carácter fragmentario de la mayoría de las grandes novelas, las cuales, o bien están inacabadas, o bien son recubiertas con un cielo raso artificial. Por cierto que un cielo raso artificial de ese género es el que, cual techo de emergencia, clausura también el Fausto.”

Cuatro

“No hay, sin embargo, exigencias más ciertas que las que el dolor hace a la vida. En los sitios donde se ahorra dolor el equilibrio se restablece de conformidad con las leyes de una economía enteramente precisa; y puede decirse, introduciendo una pequeña variación en una conocida frase, que existe una “astucia del dolor” que alcanza sus objetivos por todas las vías. De ahí que, al ver ante nuestros ojos una situación de amplio bienestar, nos sea lícito preguntar sin más dónde se halla el sitio en que se soportan las cargas. Por lo regular no habremos de ir muy lejos para descubrir la pista del dolor; así es como encontramos que tampoco aquí, en pleno disfrute de la seguridad, se halla completamente liberada del dolor la persona singular. La sofocación artificial de las fuerzas elementales es capaz de impedir ciertamente las fricciones groseras y de despejar las zonas de sombra muy densa, pero no la luz difusa con que el dolor comienza a llenar a cambio de eso el espacio. El recipiente que permanece cerrado a la corriente que afluye caudalosa va siendo llenado gota a gota. Así, el aburrimiento no es otra cosa que la disolución del dolor en el tiempo.”

Cinco

“(…) De ahí que tanto en el mundo heroico como en el mundo cultural encontremos una relación con el dolor en todo distinta de la que hallamos en el mundo de la sentimentalidad. Mientras que en este último mundo lo que importa es, como hemos visto, expulsar el dolor y excluirlo de la vida, de lo que se trata en el mundo heroico y en el cultural es incluirlo en la vida y de disponer ésta de tal manera que todo el tiempo se halle pertrechada para el encuentro con el dolor. (…) El secreto de la sentimentalidad moderna reside en que esa sentimentalidad corresponde a un mundo en el que el cuerpo es idéntico al valor. Lo dicho explica que la relación de tal mundo con el dolor sea una relación con un poder que ante todo hay que evitar, pues en él el dolor golpea al cuerpo no acaso como a un puesto avanzado, sino como al poder principal y núcleo esencial de la vida misma.”

Seis

“(…) Una de las características del parentesco entre el dinero, que es algo inconexo, y la masa, que es asimismo inconexa, es la siguiente: no sólo no garantizan, ni el uno ni la otra, protección alguna contra el ataque efectivo del dolor, sino que, por el contrario, atraen con fuerza magnética la desgracia tan pronto como las circunstancias se acercan a la zona de los elementos.”

Siete

P. 50. “Por cierto que durante aquella misma jornada tuve también la oportunidad de observar al lumpenproletariado; esto no pertenece en absoluto, como sí pertenece la masa, al mundo de los conceptos generales. De ahí que Bakunin tuviese razón al considerarlo una magnitud revolucionaria mucho más eficaz que la masa. Si contemplamos las cosas desde el otro lado podemos decir que basta con soplar sobre la masa para que se esfume, mientras que al lumpenproletariado hay que ir a buscarlo a sus guaridas. También apunta la mayor realidad efectiva del lumpenproletariado en el hecho de disponer de un estilo genuino de combate: la antiquísima forma de la horda. Y, además, su relación con el dolor, aunque negativa, es mucho más significativa. La masa mata de forma mecánica, despedaza y pisotea; el lumpenproletariado esta familiarizado, por el contrario, con los goces de la tortura. A la masa se la mueve con argumentos morales; se forma en estado de excitaciones e indignaciones y necesita estar convencida de que el adversario es malvado, o sea, de que ella hace justicia tratándolo como lo trata. El lumpenproletariado se halla fuera de las valoraciones morales; de ahí que esté dispuesto a intervenir, en todo momento y lugar, cada vez que se produce una perturbación, proceda de donde proceda. En consecuencia se halla también fuera del espacio propiamente político; al lumpenproletariado hay que considerarlo, antes bien, como a una especia de reserva subterránea que el propio orden de las cosas mantiene disponible. Ahí es donde se esconde también el origen del soplo infernal y paralizante que emerge súbitamente de las grietas causadas por las revoluciones y que constituye incluso la auténtica característica de la profundidad de éstas. Aún no está escrita su historia. Las breves jornadas durante las cuales la masa elimina a sus adversarios llenan de ruido las ciudades, pero después vienen unas situaciones diferentes, más peligrosas; en ellas reina el silencio. Entonces es cuando el dolor reclama los atrasos que se le deben.”

Marcelo Leiras es doctor en Ciencia Política, profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de San Andrés e investigador independiente del Conicet. Ha publicado trabajos sobre la organización interna de los partidos políticos, el funcionamiento de los sistemas federales y la independencia del poder judicial. Actualmente indaga en las causas y las consecuencias de la polarización política.


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