Una historia sencilla, comentado por Federico Lorenz | RED/ACCIÓN

Una historia sencilla, comentado por Federico Lorenz

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

Una historia sencilla
Leila Guerriero
Anagrama

Uno (mi comentario)

“Una historia sencilla” es una crónica a través de la cual conoceremos la vida y trabajos de Rodolfo González Alcántara, Campeón de Malambo 2012 consagrado en el Festival Nacional de Malambo Laborde. Guerriero reconstruye cómo un pueblo ignoto de la provincia de Córdoba se transforma en el epicentro de una gesta: hombres comunes, sometidos a exigencias que nada tienen que envidiarle a las delos atletas de alto rendimiento, se juegan en una noche los sacrificios de un año de una gloria que alcanza ribetes legendarios en el mundo del folklore. A partir de consagrarse, no podrán competir nunca más, en un acuerdo tácito entre campeones. El libro, entonces, es una descripción densa del mundo del malambo, de sus características, de sus exigencias, y de los valores asociados a él, lo que en alguna medida es preguntarse también por cuestiones consideras “esenciales” de la identidad nacional.

Las vidas de los competidores y sus familias, descriptas y entrelazadas en torno al momento mítico del Festival, conforman un catálogo de privaciones y sacrificios. Sorprende, en la lectura, el estoicismo y la sencillez con las que son narradas. Todo, en función de la gloria, porque como dice uno de los campeones “es muy difícil entrenarse sin un objetivo”. El objetivo es el de encarnar, de manera literal, los significados del malambo en cinco minutos que marcarán la diferencia entre el pase a la galería de los campeones o el regreso, al día siguiente, a extenuantes rutinas de ejercicios, clases, sacrificios, mientras se vive y se ama en ignotos pueblos de las provincias o rincones del conurbano bonaerense. 

El libro construye una épica de la sencillez que incomoda por los elementos con los que sus protagonistas la amasan, la viven, y la encarnan. Y es una herramienta, en tiempos de deconstrucción, para descentrar, también, las miradas sobre eso que llamamos “Argentina”. 

Dos (la selección)

Un hombre común con unos padres comunes luchando por tener una vida mejor en circunstancias de pobreza común o, en todo caso, no más extraordinaria que la de muchas familias pobres.¿Nos interesa leer historias de la gente como Rodolfo? ¿Gente que cree que la familia es algo bueno, que la bondad y Dios existen? ¿Nos interesa la pobreza cuando no es miseria extrema, cuando no rima con violencia, cuando está exenta de la brutalidad con que nos gusta verla -leerla- revestida?

Tres

-El malambo tiene partes lentas, medianas, rápidas. Empieza lento, y se va acelerando. A medida que se acelera, se te acortan las posibilidades de exhibir movimientos, pero sí podés exhibir más calidad. De la parte lenta a la media tenés que mostrar un cambio de actitud, y en la última parte cerrar los ojos, decir <<Que Dios me ampare>>, y empezar a mover las piernas. Mirá, fijate los hombros de este chico. ¿Ves cómo los levanta? Eso hay que evitarlo. El hombro no se tiene que levantar. Ahora la gente empezó a gritar y a aplaudir, y a él se le nota en la cara: empezó a sonreír. La idea es que no dejes que la gente te levante, sino que vos levantes a la gente. ¿Y ves esa respiración, ese resuello? Eso lo tenés que evitar. Cuando pegás el último golpe del malambo te hundís en el piso, para plantarte bien, el torso arriba, siempre respirando por la nariz. Si respirás por la boca sonaste, se descontroló todo, te ahogás y se empieza a notar que estás cansado, como a este chico. La nariz te mantiene sereno, para que el otro no sepa. El otro no se tiene que dar cuenta de lo que te pasa. 

Cuatro

-Ser campeón de Laborde tiene valor para un círculo muy chico de gente, pero para nosotros significa la gloria. El año en que sos campeón te piden fotos, entrevistas, autógrafos. Y está en vos aprovecharlo, porque después tus piernas no las vas a usar más. Cuando se te acaben las piernas tenés que usar otras herramientas. Laborde te da la posibilidad de ser un tipo hecho y derecho. No el tipo que ganó para levantarse minas ni llevarse el mundo por delante, sino para demostrar que trabajando en silencio, con humildad, todo se puede. Por eso me gustaría que Dios me dé la dicha de estar maduro, de ser un hombre, para llegar a Laborde bien y después dejar todo. Laborde me atrapó desde que puse el primer pie en el escenario. Y si Dios quiere que eso, que es lo máximo y se lo lleva todo. Pero no es que quiero ser campeón para asegurar mi futuro económico o para salir en un afiche. Quiero ser campeón porque desde los doce años quiero ser campeón  y cerrar mi carrera ahí sería maravilloso.

Cinco

La guitarra de Fernando Castro parece una tormenta de amenazas, un presagio. Suena como si un alud, como si las piedras, como si los truenos: como si el último día de la tierra. Rodolfo entra al escenario por el costado, hace unos pasos y se detiene para medir la magnitud de su tarea. Después, camina hasta el centro y avanza hacia el público con tres pasos sigilosos, como un animal al acecho. Y allí se queda, las piernas separadas, los brazos a los lados, las manos con los dedos tensos. La guitarra desgrana un acorde redondo, bien pulsado, y Rodolfo deja caer dos golpes sobre la mesa: tac tac. Y desde ese momento, el malambo transcurre en algún lugar entre la tierra y el cielo. Las piernas de Rodolfo parecen águilas encendidas y él, perdido en algún lugar que no es de este mundo, apuesto y fatal, altivo como un árbol, transparente como un aire de jazmines, se alza con brutalidad sobre la filigrana de los dedos, se derrumba, cocea, ruge con la astucia de un felino, se desliza con la gracia de un ciervo, es una avalancha y es el mar y es la espuma que corona y, al final, clava un pie sobre las tablas y se queda ahí, sereno y limpio, temible como una tormenta de sangre, y, con un gesto sobrador, se arregla la chaqueta -como quien dice aquí no pasó nada-, se inclina en una reverencia, se toca la galera con la punta de un dedo, da media vuelta y se va. 

Seis

-Pensá lo que te costó llegar. Tratá de imaginarte que estás en la final. Pensá cómo la luchaste. Pensá la emoción, la adrenalina. Pensá en el momento en que digan tu nombre y vos entres. Al principio, das lo justo y necesario. Y al final con el corazón, con toda la madurez. Imaginate que todo va lento y que vos vas rapidísimo. Ahora, vamos, desde la entrada. 

Rodolfo sale del cuarto y vuelve a entrar. echando fuego por los ojos. La planta desnuda del pie suela como un latigazo contra el piso. 

-¡Siéntase campeón, carajo!- grita Fernando.

Siete

Todavía es temprano pero, de todos modos, vamos hacia los camarines. Rodolfo entra en el número dos. Después, todo se repite como en un sueño que recurre: saca del bolso marrón el agua, la faja, la rastra, se desviste, se viste, se moja el pelo, comienza a moverse como un tigre enjaulado y rabioso, saca la Biblia, le abre, lee, susurra, la cierra, la besa, la guarda, enciende el celular y pone la canción <<Sé vos>>, de Almafuerte.
Son las doce y media.
¿Cuántas veces puede pasar un hombre por esto?
¿Cuántas veces puedo pasar yo?
¿Podría ser ésta una historia interminable?

Federico Lorenz, historiador y escritor. Nació en Buenos Aires, viaja a Patagonia toda vez que puede. Publicó ensayos, libros históricos y de ficción. Es profesor de Historia e investigador del CONICET.

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