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Una italiana en buenos aires

Por Mori Ponsowy

Una italiana que vive en Buenos Aires le dice a un amigo mío: "En Buenos Aires hay mas italianos que en Roma." Aunque ella no lo dice abiertamente, lo que está diciendo es que Roma está llena de inmigrantes. Y aunque tampoco lo dice, está diciendo que eso le molesta. Le digo a mi amigo que su amiga está equivocada. Que en Italia todos los refugiados juntos no alcanzarían a llenar el Circo Massimo de Roma. Y que el porcentaje de inmigrantes es menor al de Alemania, Inglaterra, Francia y España. Le digo a mi amigo que se trata de una percepción errada compartida por muchos, pero no sigo hablando. Sé que no tiene sentido seguir: esa italiana que vive en Buenos Aires y que es, ella misma, una inmigrante, no cambiará de idea. Si alguien le muestra las cifras, pensará que son falsas. A ella nunca nadie la ha mirado mal en el colectivo porque tiene la suerte de ser blanca.

Aunque jamás lo dirá, de lo que se está quejando esa inmigrante italiana en Buenos Aires es de que en Roma, ahora, hay negros. En los años 90, con el colapso del bloque comunista, hubo una inmigración masiva de albaneses hacia Italia. Luego, durante la guerra de los Balcanes, llegaron miles de serbios y croatas. Llegaban por tierra y no habían tenido que atravesar el desierto ni el Mediterráneo, pero la razón por la que no molestaban a nadie era porque nadie los veía: eran blancos.

A los negros, en un país de blancos, todos los ven.

A los negros pobres, aún más.

Se los ve. Claro que en Roma se los ve. Están en las zonas turísticas vendiendo pulseras. Están en los alrededores del Foro Imperial vendiendo sombreros cuando hay sol, y cerca del Coliseo vendiendo paraguas cuando llueve. Pero no sólo están en el centro de la ciudad. También están en las zonas periféricas porque es allí donde viven. Y están en los autobuses, en los trenes, en el tranvía, y en el subte.

Durante mis primeros días en Roma intentaba hablar con cualquiera que me pareciera un inmigrante.

En la calle, esperando un autobús, hablé con Elvis, un chico de Ghana de veinte años que llevaba una escoba. "Vine para empezar una nueva vida," me dijo.

En la calle, esperando otro autobús, hablé con una chica de Etiopía de veintidós años que llegó a Italia hace seis meses. Dejó un hijito de dos años allá y espera conseguir trabajo para enviarle dinero a su hermana y que le traiga al niño.

En un tranvía hablé con un peruano de treinta años que vino porque en Perú le robaron tres veces el negocio. "Allá te matan para sacarte el celular," dice. Vino como turista hace once meses, no tiene trabajo, dice que aquí la vida es difícil, pero piensa quedarse porque "al menos hay seguridad y atención médica gratis."

En un vagón de subte hablé con Urmil, una adolescente de trece años que parece de diez. Es de Bangladesh y habla italiano con mucha dificultad. Llegó hace un año con la madre y sus cuatro hermanos para reunirse con su padre que ya encontró trabajo.

En un tranvía hablé con Omar, un chico de dieciocho de Senegal que me pregunta si tengo casa. En su país era pescador. Quiere saber a dónde voy y para qué vine. Quiere saber si en Argentina podría encontrar trabajo. Se fue de Senegal porque sus padres se separaron y, como es único hijo, quiere ayudar a su madre.

En un tren me siento frente a tres adolescentes negros. No me miran, aunque estoy segura de que debe extrañarles que una mujer blanca se siente ahí cuando el resto del vagón está vacío. Hablan entre ellos en una lengua que no reconozco. Van vestidos como cualquier chico occidental contemporáneo. Tienen celulares. Se muestran fotos de Instagram y ríen. Les pregunto de dónde son, cuándo llegaron, por qué vinieron. Me responden con amabilidad, sin temor. Dos de ellos son de Somalia y el otro de Eritrea. Uno tiene quince años, otro dieciséis, otro diecisiete. Van a la escuela media y viven en "casa famiglia". Todos viajaron solos hasta aquí. El de quince salió de Somalia cuando tenía trece. Dice que su familia pagó mucho dinero para que él pudiera hacer el viaje. Estuvo tres meses en una prisión en Libia. El de dieciséis habla seis idiomas: inglés, francés, italiano, somalí, árabe y oromo. También estuvo en Libia. El de diecisiete habla inglés, italiano, árabe y tigrinya, y está contando los meses que faltan para cumplir dieciocho para así poder empezar a trabajar y ganar dinero para traer a sus padres.

Pienso en la italiana amiga de mi amigo que vive en Buenos Aires. Quizás también ella piense traer aquí a sus padres blancos alguna vez.

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"Contigo encontré una familia"

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