Cruzó el Atlántico en velero para luchar contra el mal uso del plástico | RED/ACCIÓN

Cruzó el Atlántico en velero para luchar contra el mal uso del plástico

Agustina Besada también fundo Unplastify para estudiar la concentración de este material en las aguas y descubrió que, además de contaminar, está entrando a nuestra cadena alimenticia.

Foto: gentileza de Unplastify | Intervención: Pablo Domrose

Agustina Besada —delgada, cabello corto, suéter gris, pantalón rojo y lentes al tono— está inclinada sobre la mesa de madera del living donde acaba de desplegar un mapa del mundo. Señala con su dedo índice un recorrido trazado en línea de puntos a través del océano Atlántico. Algunos sitios están marcados con un círculo: Nueva York, New Port, Dos Açores, Bermudas, Gibraltar, Islas Canarias, Cabo Verde. Bajo la luz tenue de una lámpara pequeña —lo único que ilumina el lugar ahora que el sol se quebró— ella examina el plano como si estuviera a bordo de un barco y estudiara las coordenadas, el camino a seguir.

—Cuando empezamos con esta idea agarramos el mapa, con Nacho, y armamos el viaje. Este era el que teníamos en casa. Lo pensamos re al principio. Y esto fue lo que hicimos.

Besada y su marido, Ignacio Zapiola, viven en el piso 21 de un edificio elegante ubicado entre Palermo y Recoleta. De esos con recibidor amplio con pisos de parquet, juegos de living color crema y luces cálidas que indican que llegaste a casa. Sin embargo en el departamento hay un sillón; una mesa; una biblioteca con títulos como Historia universal de las exploraciones, La vuelta al mundo en 12 años, una brújula, un globo terráqueo de papel; una vista imponente de Buenos Aires que comienza a encenderse y entra por los ventanales. Y poco más.

—Todavía no tenemos mucho. Es que hasta hace poco vivíamos en un barco.

Agustina, frente al mapa que dibuja su recorrido sobre el Atlántico

***

Besada tiene 34 años. Nació en Buenos Aires, en el barrio de Palermo. Hermana menor de un experto en finanzas, apasionado por la navegación, y de una artista. Del mayor dice que “nunca, jamás” había logrado llevarla a un barco. Su padre también navegaba pero se divorció de su madre cuando ella tenía seis años y no había llegado a contagiarle el interés por la náutica.

Cuando terminó el colegio secundario no sabía qué hacer. Como quería ayudar a las personas empezó a estudiar Medicina. Cursó dos años pero algo no cuadraba. En ese momento tuvo una crisis vocacional. “Qué quiero hacer”, se preguntaba. Y se tomó un año para averiguarlo. Música, Creatividad, Diseño Gráfico: realizó cursos de todo.

Agustina no encontraba su Norte. Pero lo haría.

—¿Licenciatura en matemáticas? ¿Economía? Estaba reperdida. Al final del día, todas las cosas que consideré conectan con lo que hago hoy.  

Cuando descubrió el Diseño Industrial, “el diseño al servicio del hombre”, lo supo: era eso.

Empezó la carrera en la UBA, la terminó en la Universidad de Palermo y, en el medio, se fue a hacer un intercambio de ocho meses a Barcelona. Ahí fue donde nació su interés por la sustentabilidad.   

—Leí un libro que me transformó: De la cuna a la cuna, de un químico alemán y un arquitecto norteamericano que ya trabajaban lo que ahora se llama economía circular: un sistema que trata de aprovechar recursos, reducir materiales, reutilizar y reciclar. Una de las cosas que hacían era rediseñar fábricas enteras y sus productos para que no generaran basura ni perjudicaran la naturaleza. Ese enfoque de rediseñar sistemas hizo que empiece a meterme en el tema.

Cuando terminó la carrera comenzó a diseñar muebles pero no la satisfacía: su camino era otro, uno sustentable. Se fue a trabajar con una amiga —que devino socia—. Tenían una marca de diseño de objetos hechos con descartes, con lo que las personas desechaban como basura. Y eso la atrajo cada vez más. Comenzó a conectarse con las cooperativas de cartoneros, le interesaban los modos en que ellos transformaban los materiales. Principalmente porque en esos “sistemas informales de reciclaje” se daba “la intersección entre lo ambiental, lo social y lo económico”.

Además, comenzó a integrar una ONG que trabajaba con empresas en temas de sustentabilidad. Con las grandes compañías también empezó a inquietarle algo: “Las empresas tienen un impacto inmenso. Pensaba en cómo pueden rediseñar sus sistemas para hacer las cosas de manera que tenga el menor impacto negativo. Acá hay algo que se puede hacer de fondo, decía”. Y quiso aprender a hacer ese algo. Necesitaba formarse más, pensó, y finalmente logró aplicar a la maestría en Gestión de la Sustentabilidad de la Universidad de Columbia, en Nueva York. El posgrado duraba un año y medio, pero su experiencia en la ciudad que nunca duerme se extendería por cinco. Ahí conoció a Nacho. Un abogado argentino que también estaba haciendo una maestría. Que era amigo de su hermano. Y que amaba navegar. Empezaron a salir y a pasear en barco los fines de semana.

Mientras ella se graduaba; trabajaba en un instituto de investigación en optimización de operaciones de empresas donde, tangencialmente, intentaba integrar la sustentabilidad a la visión de negocio de las compañías; en un centro de reciclaje en Brooklyn —en el que comenzó como voluntaria y terminó como directora— donde recibía botellas, latas y envases de bebidas de recolectores callejeros; se enamoraba. De Ignacio, del plástico y del agua.

Foto: gentileza de Unplastify

  ***

No voy a parar/ yo no tengo dudas/no voy a bajar/déjalo que suba.

Los primeros versos de Fanky, la canción de Charly con la que Nacho y Agustina —fanática del prócer del rock nacional— decidieron bautizar al barco en el que vivirían seis meses, quizás fueron un presagio.

—¿Te acordás en qué momento lo charlaron y dijeron: “¡Vamos!”?

—Me acuerdo perfecto. Fue en 2017. Nos habíamos casado hace dos meses y estábamos almorzando. Era el primer momento de descanso pos vorágine. Estábamos hablando de proyectos, de qué queríamos hacer y cuánto más nos íbamos a quedar en Estados Unidos. Nos preguntamos si queríamos seguir viviendo ahí. Y decidimos que no. Para ese momento habíamos empezado a navegar, habíamos comprado un velerito con un amigo y nos íbamos a la playa de enfrente, a Coney Island. Me empezó a divertir mucho. Y alguna vez habíamos fantaseado con la idea de volver a la Argentina navegando. Yo no sabía en qué me metía.

A esta altura Agustina ya estaba sumergida en los problemas del plástico. El centro de reciclaje que lideró en Brooklyn se ocupaba de clasificar por material, tamaño y marca los envases de bebidas y de entregárselo a las respectivas compañías como Coca Cola y Pepsi. Recibían unos 50.000 al día. Literalmente, su oficina estaba en medio de montañas y contenedores repletos de plástico.

—Yo decía: “Este es el plástico que tuvo la suerte de llegar acá, pero qué pasa con el que no. Y esto lo trajo gente que vino caminando, o sea que están en un radio cercano, no me imagino cuánto hay más allá. Eso me hizo reflexionar mucho acerca del consumo. De mi consumo y mi relación con el plástico. Empecé a investigar y leí sobre las islas de plástico en los océanos (zonas llenas de desechos). Entonces se empezaron a cruzar estas dos ideas.

Agustina recuerda los diálogos con su marido, las idas y vueltas de esa primera charla en la que, como el cubo mágico de Rubik, la fantasía de volver navegando y la posibilidad de dedicarse un tiempo a estudiar los plásticos en el mar comenzaban a encastrar.

—Ahí todavía no sabía bien qué quería hacer. Sabía que quería dedicarme a esto. Fue una de mis amigas la que me dijo: “¡Esto es lo que tenemos que hacer! ¡Lo quiero hacer con vos!”. Empezamos a pensar. Me conecté con un centro de investigaciones de Estados Unidos que trabajaba con expediciones de individuos para tomar muestras y les dije: “Estoy por hacer este viaje, ¿cómo puedo colaborar con la ciencia?”. Y lo que en principio era un viaje exploratorio se empezó a transformar en algo más. En algún momento apareció el nombre. Unplastify. Y dije: es esto.

El nombre fue el germen de todo lo que vendría.

Después de ese almuerzo la pareja empezó a investigar: “distancias, corrientes, épocas del año para hacer cruces”. E inmediatamente surgió el recorrido delineado en el mapa.

—"Vamos a volver a la Argentina navegando", le decíamos a la gente. A mí todo me parecía una locura. No terminaba de dimensionar lo que estábamos por hacer.  

Desde la primera charla hasta que se embarcaron pasaron diez, once meses. En esos días encontraron y compraron el barco adecuado para la travesía —“un poco chica para lo que íbamos a hacer pero resistente, bien construida”—; la prepararon; se prepararon: “cursos de meteorología, salvatajes en alta mar, emergencias médicas”.

—Todo en tiempo récord —dice.

El viaje empezó en mayo de 2018, hace exactamente un año, con una tripulación de cuatro. Sumaron a la expedición a dos amigos que tenían experiencia en el mundo de la navegación. Recorrieron el Atlántico durante seis meses, de a tramos: entre Nueva York y Gibraltar pararon en Bermudas y en Dos Açores. Los trechos más largos fueron de 14 y 12 días en el mar. Después siguieron. La travesía llegó hasta Salvador de Bahía donde en noviembre dejaron a Funky para “volver a la vida real”.

Agustina dice que en muchos momentos tuvo miedo. Antes de salir se lo replanteó, pero no claudicó. Mar adentro tuvieron un comienzo difícil.

—Las primeras dos noches fueron terribles. Había mucho mar de fondo, es decir, mucha ola, lluvia, frío helado. El barco no paraba de moverse, era como una batidora —recuerda—. Después llegando a Bermudas salió el sol y todo fue mejor.

Antes de hacer la primera parada ya había tomado algunas muestras del agua y había visto mucho plástico flotando. Y en el segundo tramo, rumbo a Dos Açores, fue peor.

—Había mucha calma en esa zona: mar espejo. Y era un asco. Porque esas son las condiciones en las que se ven estas grandes acumulaciones. Tomamos bastantes muestras, vimos muchos objetos. Al principio pensamos que el agua era limpia, cristalina, y era un horror. Llegar a Brasil fue divino. Y ahí tengo una historia que te voy a mostrar.

Sale de la sala, vuelve al instante con una bolsa de tela y continúa:

—Llegamos a una reserva natural, a unas islas que están alejadas del continente. Estábamos en una que se llama Noronha. Es, básicamente, un paraíso. En casi todas esas playas ves por todos lados delfines, tortugas gigantes. Yo estaba nadando cuando me encuentro con esto: —dice y saca de la bolsa una botella plástica amarilla con letras chinas, toda agujereada, como si hubiese sido masticada por un buen rato— un detergente de limón. Tiene una fecha: 2017. Tenía por lo menos un añito. Mirá las mordidas. Son todos los animales que se están queriendo comer este plástico. Esto muestra cómo este problema es global. Nos afecta a todos: a la fauna que está comiendo esto y a nosotros. El problema son todos los tóxicos que el plástico atrae, es como un agente esponja. Y eso es lo que está entrando en nuestra cadena alimenticia. Esto me lo quedé como un tesoro encontrado en el paraíso que representa lo mal que estamos usando este material.

Foto: gentileza de Unplastify

***

Ese no fue el final. Como reza Fanky, Besada no paró. Al regreso del viaje decidió transformar toda su experiencia en una herramienta de concientización para pasar a la acción. Y esa empezó a ser la misión de Unplastify, la organización que fundó y hoy dirige. Después de hablar con diferentes especialistas alrededor del mundo que están buscando soluciones al problema del plástico “desde lo regulatorio, desde las empresas, desde la educación, desde la ciencia”, ella y su socia, Rocío González, se pusieron sus propios objetivos. Habían establecido un vínculo con National Geographic y, con su apoyo, armaron un proyecto educativo para transmitir todo lo que habían aprendido. Se trata de un programa que ahora mismo se está desarrollando en escuelas secundarias de Argentina, Chile y Uruguay, donde orientan a los y las estudiantes “para que ellos diseñen estrategias para desplastificar sus colegios y las implementen compitiendo y cooperando con los otros equipos de los otros colegios en los otros países”.

—Eso está pasando. Y ahora estamos haciendo el desafío Unplastify para empresas. Ayudamos a las compañías a replantear sus operaciones, productos, servicios. El foco para nosotras es muy claro y tiene que ver con cambiar la relación humana con el plástico. Tratamos de trabajar en el consumo y en el uso. Sobre todo analizar cómo se diseñan los sistemas que usan plástico y atacar al que tiene un solo uso, el descartable. Elegimos poner el foco en esto porque es lo que más nos alarma y vemos que hay un exceso, una locura en el uso del plástico.

Unplastify se fue agrandando. A Agustina y Rocío se sumaron más integrantes argentinas y otras ancladas en otros puertos: Uruguay, Perú, Nueva York.

—El equipo crece, los proyectos salen, hay mucho interés en el tema —asegura—.  Tenemos una estrategia que tiene tres patas: la exploración, que tiene que ver con reflexionar acerca de nuestra relación con el plástico; la educación, porque una vez que hago el click surge la pregunta: ¿y ahora qué hago?, ¿qué prácticas están bien y cuáles no? y hace falta informarse; y la acción. Si uno realmente no hace algo el entorno no se va a modificar solo. Esto es lo que creemos que puede generar un cambio.

Y en eso trabaja.

Besada recogió la botella que alguien lanzó al mar. Pero el mensaje para meter dentro lo escribe ella.

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