Vacunación COVID-19: cómo es la rutina de una enfermera

Cientos de inyecciones por día: la rutina de una vacunadora en el tercer cordón del conurbano bonaerense

 Una iniciativa de Dircoms + RED/ACCION

Mara Roch, una enfermera de 60 años que decidió no jubilarse, es una de las personas que aplican vacunas contra el coronavirus en el Microestadio Municipal de Garín. Cada día acuden entre 800 y 900 personas. “Es como que estamos haciendo historia”, dice ella.

Cientos de inyecciones por día: la rutina de una vacunadora en el tercer cordón del conurbano bonaerense

Intervención: Denise Belluzzo

Debe haber pocos trabajos que con la pandemia hayan multiplicado su status de una forma tan asombrosa como la de quienes aplican las vacunas para prevenir el COVID-19. Solían ser vistas como enfermeras dedicadas a imponer burocráticamente el calendario de vacunación en los brazos de los niños del barrio; ahora la gente las ve como entrañables amigas, como nuevas guerreras, como heroínas necesarias.

“Ustedes nos están alargando la vida”. “Gracias por lo que hacen”. “Que Dios te bendiga”. “Estaba esperando esta vacuna, no sabe cómo”. Mara Roch, una enfermera de Escobar de 60 años, escucha ese tipo de cosas cuando aplica una dosis de Sputnik V, Covishield, AstraZeneca o Sinopharm en el brazo flácido de un anciano o en el brazo fuerte de un joven. “Casi todos nos dicen algo”, cuenta Roch. Algunas personas le agarran la mano, esa mano que coloca inyecciones casi sin detenerse durante turnos de seis horas, y le agradecen como se agradece algo parecido a un milagro. “Es como que estamos haciendo historia”, dice Roch.

Cada día, unas 800 o 900 personas van a recibir su vacuna contra el coronavirus en el Microestadio Municipal de Garín. Hasta ahí llega, un rato después de la una y media, Mara Roch. Va conduciendo su auto desde el Centro de Salud Coronel Dorrego, la “salita” de Ingeniero Maschwitz donde oficia como jefa de enfermería y donde, para su propio orgullo, nadie se contagió de coronavirus en lo que va de la pandemia. “Es porque somos muy obsesivos con lo protocolos”, explica.  

En el Microestadio Municipal el trabajo nunca se detiene: la vacunación —en seis boxes atendidos por diez enfermeras— va de lunes a lunes, de 8 de la mañana a 8 de la noche. Hay primeras dosis y segundas dosis para gente de 18 años en adelante con y sin comorbilidades, y para gente de 55 o más que puede acudir libremente, igual que las embarazadas si antes perdieron su turno. Los docentes de la localidad ya están vacunados casi todos. Las vacunas llegan a veces una vez por semana, o cada tres o cuatro días: los colores de las banderas de Rusia y de China se multiplican en cajas y etiquetas, y también se lee "fabricado en Argentina" en algunas cajas de la vacuna de AstraZeneca producidas en la misma localidad. El microestadio suma su aporte al Plan Estratégico de Vacunación, que en la segunda semana de junio tuvo un récord al alcanzar las 2.372.220 dosis aplicadas en todo el país, según el Ministerio de Salud de la Nación.

Algunas enfermeras, como Roch, vienen inyectando vacunas desde febrero, incluso antes de que se habilitara para tal fin el microestadio, cuando ellas plantaron su campamento sanitario de boxes y freezers en una escuela. “Antes se hablaba de la vacuna de emergencia y pensábamos: ¿será que va a llegar?”, recuerda Roch.

Dice, hablando rápido, que nació en 1961, que terminó la secundaria, se presentó con un curriculum en la municipalidad de Escobar y entró en una guardia hospitalaria. Comenzó ahí a trabajar ayudando en las urgencias, después se recibió de enfermera. Dice que nunca pensó que íbamos a pasar por un desafío sanitario como este. Y que en la pandemia de la gripe A de 2009 algunos bomberos de Escobar murieron y ella pensó que eso era lo que iba a ver de una pandemia. Dice también que es vacunadora desde hace muchísimos años, que da clases en jornadas de enfermería, que todo esto fue un nuevo desafío. Dice que se dijo: “Yo tengo que conocer esta vacuna, tengo que tocarla, tengo que darla”. 

Hacer enfermería en la Argentina es un acto de compromiso. En parte porque en nuestro país los enfermeros escasean: en 2018, según un informe de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) había 4,24 por cada 10 mil habitantes, cuando la OMS señala que se necesitan 23. Y aunque antes de la pandemia Roch estaba pensando en retirarse, ahora ni se le cruza por la cabeza. “Para mí fue un desafío: ¿vacunadora covid…? Y sí, pensé, lo voy a hacer. Me preparé. Me lo tomé a pecho: yo sufrí mucho con esto”. 

Porque Roch conoce al virus de primera mano. En abril, su hermano, Marcelo Gabriel Roch, un profesor de boxeo, comenzó a sentirse mal mientras daba una clase. Le faltaba el aire. Dos días después, un sábado, fue internado en el Hospital Enrique Erill. El domingo lo intubaron, y su familia no consiguió una derivación porque no había en ningún lado una cama con respirador. Marcelo Roch estuvo en el shock room varios días, quizás hasta semanas: como el hospital estaba completo, los pacientes aguardaban resistiendo la comezón del virus donde podían, o donde los dejaban. “Cuando se liberó una cama para él, ya no la pudo usar porque estaba intubado”, dice su hermana. Su voz se retuerce. El 21 de mayo, mientras la segunda ola subía y subía, y lo cubría todo de sombra y de incertidumbre, él, que tenía 56 años y que en general era un tipo bastante sano, murió. 

“También perdimos pediatras y enfermeras”, sigue Mara Roch. “Fue muy triste, muy difícil todo. Y por eso me fui metiendo y ahora trabajo 14 horas por día. Vivo para trabajar”. A su hija, que ya tiene veintipico, solo la ve un momento los fines de semana. Es arduo el día a día, no hay descanso en un turno de 14:00 a 20:00 horas (a lo que se suma las horas que hace a la mañana en el centro de salud). Pero la vacuna, parece pensar ella, es un bálsamo, una promesa de futuro en esta guerra de especies. 

Y cada día Mara Roch está de pie con una jeringa en la mano durante esas seis horas. Los vecinos pasan uno tras otro. Ingresan de a cinco o de a diez; depende de cómo se apliquen las dosis de la vacuna: AstraZeneca o Covishield se abre de a diez dosis; Sputnik V es, como dice Roch, “monodosis”. Viene congelada y dura dos horas fuera del freezer; AstraZeneca o Covishield dura seis horas. “Se abre delante del paciente, se le explica, se le dan las recomendaciones y se lo vacuna”, dice ella. Si las vacunas no se usaron hay que desecharlas. Por eso Roch sólo busca una cuando el paciente ya está sentado. “Cada dosis es una responsabilidad mía”, dice. Como diciendo: una dosis, una vida. 

Escobar puede observarse, en un nivel por debajo de la política nacional y provincial, como un caso entre miles de partidos que luchan contra el coronavirus. De 5 camas de terapia intensiva en el Hospital Erill pasó a 11 camas. Todo el partido tiene 42. “A través de donaciones de funcionarios municipales y concejales, logramos la puesta en funcionamiento del laboratorio de biología molecular donde se realizaron más de 9.000 procesamientos de muestras de covid”, dice un vocero del gobierno del partido. 

Pero hay gente que nunca se dio una vacuna en su vida. Se lo dicen a la enfermera Roch cuando llegan a aplicarse la del coronavirus y ella les pregunta si han recibido alguna otra en los últimos quince días. Entre las vacunas de los adultos están la antitetánica y la de Hepatitis B. No todo el mundo lo sabe. No todo el mundo se lo dice a Roch. “Vos le preguntas a cualquier persona de 45 años cuándo fue que se dio la última vacuna y ni sabe”, cuenta ella. “Creo que falta un poco de promoción”. 

En general, las personas llegan al microestadio sin saber nada sobre las vacunas contra el coronavirus. Por eso es importante para Roch y para sus colegas tener unos pequeños minutos de intercambio. Le explican al paciente qué es la vacuna, qué recomendaciones hay, qué le puede pasar y qué no, cuándo tiene que volver. Y algo de logística también: “Hay mucha gente que tiene el turno designado y no sabe porque no le llegó el mail o porque no tiene un teléfono celular. Eso también hay que explicárselo”.

Luego Roch le pide al paciente que deje el brazo suelto. “Flojito y relajado”, le dice. Si el paciente se pone nervioso, le pide que respire profundo y exhale pensando que está soplando un globo. La inyección se coloca a 90 grados con una aguja universal 23g, que ya viene preparada. Es la misma jeringa y la misma aguja para todas las vacunas. Roch lo repite cientos de veces cada día: “No tiene que sangrar, si se inflama, da fiebre, dolor de cabeza o muscular, se puede tomar paracetamol cada seis horas. Jamás se toma antes”. A muchos pacientes les da fiebre y a otros no: ella recibió las dos dosis de Sputnik V y no sufrió ningún efecto adverso. “Son varios síntomas, pero preventivamente no se toma nada”, dice por último ella, cientos de veces cada día.

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