Selva Almada | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 12 de marzo de 2019

Los oficios, comentado por Selva Almada

Los oficios
Sara Gallardo
Excursiones

Uno (mi comentario)

La editorial Excursiones publicó hace poco Los oficios, una antología de artículos, columnas y entrevistas de Sara Gallardo publicadas en el diario La Nación, las revistas Atlántida y Claudia y el semanario Confirmado. Unos años atrás apareció Macaneos, sus columnas también publicadas en Confirmado. Ambos libros curados por el ojo experto de Lucía De Leone.

En la tradición de mujeres escritoras que escriben en diarios y revistas como Alfonsina Storni (Excursiones publicó hace unos años sus columnas bajo el título Un libro quemado), Olga Orozco o Clarice Lispector, en este volumen podemos leer a una Sara Gallardo variopinta que escribe desde conmovedoras postales de Alemania, el Muro de Berlín, los rastros del nazismo hasta destellantes polaroids que retratan gente del jet set, jeques árabes copando Mónaco, corredores de autos y el fenómeno de Maradona en Nápoles; pasando por reflexiones ácidas acerca de la escritura de las mujeres y consejos sobre qué hot pants están de moda esa temporada. Es un libro que tiene humor, ironía, pensamientos hondos, toma de posición sobre algunas cosas que pasaban entonces en el mundo (y que siguen pasando ahora). La pluma filosa de Sara Gallardo desplegada en un abanico lleno de matices.

Dos (la selección)

Nunca me interesó la literatura llamada “femenina”, la mentalidad de harem, la visión del ojo de la cerradura. Cuando una mujer logra su estilo valedero es porque pulió su ultrapercepción femenina en formas de rigor viril. No machista, no obscenidades ni palabrotas (así imaginan lo viril las mentalidades de harem puestas a jugar al macho) sino depuradas hasta conseguir diamantes: Virginia Woolf, Clarice Lispector, los ensayos de Cristina Campo (acabo de traducir dos para la revista Escritura). En ese orden deberían reimprimirse los ensayos de Carmen Gándara. He procurado ser directora y vigorosa en la mayoría de estos cuentos.

Tres

Es una visión terrible. Bloques sobre bloques de un hormigón gris sucio coronado por alambres de púa. En algunos trozos son casas abandonadas las que sirven de muro; los bloques grises ciegan las ventanas como tierra en los ojos de un cadáver. De trecho en trecho hay alguna plataforma con escalones de madera. Los berlineses suben y miran hacia el otro lado. Es la mañana de un domingo. Solitaria sobre una de esas plataformas, veo a una mujer que saluda con un pañuelito y después se lo lleva a los ojos. Coronas de hojas marchitas, cruces, señalan los sitios en que algún desconocido quiso huir y fue baleado. Y, siendo la humanidad como es, no faltan tiendas que venden postales y recuerdos de “el muro”.

Cuatro

Un sitio elegido por lindo, por dos especies de cipreses extraordinarios, y que resultó vecino al reposo de Calvino. Del liceo de la adolescencia a la catedral de las exequias y a la tumba, el círculo se cierra. En la ciudad donde a los 14 años vio por primera vez las estrellas, Jorge Luis Borges a los 87 abrió los ojos al resplandor que evoca en uno de sus poemas: “Ahora sé que debemos entrar en la muerte, como quien entra en una fiesta”.

Cinco

Llegaba, no le gustaba el desorden de mis papeles, con razón, pero no lo decía, los muebles de la casita eran negros con nácar, victorianos y chinescos de su abuela; acercábamos sillones al ventanal, o a la chimenea, según el mes; Cecil se escondía sorteando el charco que la gotera inmortal creaba en la sala. Rosado, alegre, aceptaba un vaso de vino blanco. La noticia era que el último sábado del mes habría un baile de disfraz, o el miércoles daría una comida “de largo”. ¡De largo! Las mujeres allí vivíamos de sport. Dios mío. Pero el miércoles, zapatos de seda en mano, botas en pies, bajábamos por el barro a El Paraíso. Adentro esperaba la belleza: floreros arborescentes, platos de porcelana, fuegos prendidos.

Seis

“Donnas” devotas de Santo Domingo, o no tanto. Al salir de misa en la vieja basílica aporreada por las balas del hereje cañón invasor inglés, y aún presentes en sus torres, o al salir de la novena, o simplemente si pasan por la calle Defensa al 500, dirijan una mirada a la antigua y sonrosada Chocolatería Suiza (año 1848). Mostrador de mármol con grifo y lavacopas, estatua también marmórea, hornos de cuatro metros. De estos salen los domingos las mejores empanadas de hojaldre (carne, dulce, pescado) y los merengues de chantilly que los devotos y no tanto compran a mediodía. Los Paz Anchorena, “de los mejores clientes”, nunca dejan de llevar postres de almendra. La cosa es así: don Ricardo Calvo y Espelosín fue empleado del segundo dueño; el primero era un suizo. Hoy está él. Hay además un pastelero español desde hace un cuarto de siglo, que extrae delicias de los susodichos hornazos, que alimenta con leña de quebracho y trabaja con utensilios de antaño, pailas de cobre, cacerolas de hierro, que otorgan un gustito peculiar a las cosas. Amemos sus yemas quemadas, brazo gitano con huevo mol, los célebres panes dulces genoveses con receta secular, las roscas de almendra, budín inglés y todas las bellezas.

Siete

La vocación no se insinúa, es una certeza. Cualquier palabra referente a la literatura oída o leída por esa chica que yo era, a los ocho, once años, encontró su recepción, su alojamiento natural. La vocación es así. Ni en sueños ni proyectos: una certeza tranquila. La vocación es uno mismo.

Selva Almada, Entre Ríos, 1973. Es la autora de El mono en el remolino. Notas sobre el rodaje de Zama de Lucrecia Martel (2017), Chicas muertas (2014) y El viento que arrasa (2012) entre otros libros. Su obra está traducida al francés, alemán, portugués, holandés, turco y sueco.


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