Opinión | RED/ACCIÓN
Opinión | 19 de febrero de 2019

La abrumadora evidencia del poder de una educación de calidad para todos

Amina J. Mohammed es Secretaria General Adjunta de las Naciones Unidas y fue ministra de Medio Ambiente de Nigeria.

En este mundo interconectado de hoy, los beneficios de los sistemas educativos sólidos e inclusivos son de gran impacto. Una educación de calidad les brinda a las personas el conocimiento que necesitan para reconocer la importancia de salvaguardar los recursos finitos del planeta, apreciar la diversidad y resistir la intolerancia, y actuar como ciudadanos globales informados.

Si todas las niñas de todo el mundo recibieran 12 años de educación de calidad, los ingresos de por vida para las mujeres podrían duplicarse, alcanzando los 30 millones de millones de dólares. Y, si todas las jóvenes y los jóvenes completaran la educación secundaria, se podría sacar de la pobreza a 420 millones de personas.

Pero también he visto lo que sucede cuando se priva a los jóvenes y a sus comunidades de la educación y consecuentemente se les quita el optimismo que la educación genera.

A lo largo de mi vida, he evidenciado el poder de la educación. He sido testigo de cómo una educación de calidad para todos puede apoyar la creación de economías dinámicas y ayudar a mantener la paz, prosperidad y estabilidad. También he observado cómo la educación inculca en las personas, de manera individual y sin importar sus circunstancias, un fuerte sentido de identidad, así como confianza sobre su lugar en el mundo y sus perspectivas futuras.

En mi país, Nigeria, el grupo militante islamista Boko Haram retira deliberadamente a los jóvenes, especialmente a las mujeres jóvenes, de los establecimientos de educación para diseñar una generación perdida. Las consecuencias son múltiples: pérdida de dignidad, exclusión, deterioro de la salud, pobreza y estancamiento del crecimiento económico, y negación de derechos.

Sabemos que cada año adicional de escolaridad eleva el crecimiento anual promedio del PIB en 0,37%, a la par de que aumenta las ganancias de un persona individual hasta en un 10%. Según un informe del Banco Mundial del año 2018, la educación secundaria universal podría incluso eliminar el matrimonio infantil.

En el mundo profundamente interconectado de hoy, los beneficios de los sistemas educativos sólidos e inclusivos se extienden aún más. La educación les brinda a las personas el conocimiento que necesitan para reconocer la importancia de salvaguardar los recursos finitos del planeta, apreciar la diversidad y resistir la intolerancia, así como también para actuar como ciudadanos globales informados.

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas que fueron creados en el año 2000 para guiar el desarrollo mundial durante los siguientes 15 años, dieron un nuevo impulso a los esfuerzos en pos de garantizar la educación para todos. Desde el año 2000 al 2015, la matriculación en la escuela primaria en el mundo en desarrollo aumentó del 83% al 91%, reduciendo la cantidad de niños en edad escolar que no asisten a la escuela primaria de 100 millones a 57 millones. Además, desde el año 1990 al 2015, la tasa mundial de alfabetización en el grupo etario entre 15 a 24 años aumentó del 83% al 91%, disminuyendo, también, de manera sustancial la brecha entre hombres y mujeres.

Sin embargo, queda mucho por hacer. A nivel mundial, al menos 263 millones de niños no asistían a la escuela en el año 2016. Esta cifra incluye a la mitad de todos los niños con discapacidades en los países en desarrollo. Además, la mitad de todos los niños en edad preescolar (que son los años más cruciales para su desarrollo cognitivo) no están matriculados en educación infantil temprana.

La situación se deteriora aún más en las zonas de conflicto, donde las niñas tienen casi dos veces y media más probabilidades de no asistir a la escuela que sus pares en países con estabilidad. Y, esto no cubre a los aproximadamente 617 millones de niños y adolescentes en edad para asistir a educación primaria y secundaria –cantidad que representa el 58% de quienes forman dicho grupo etario– que no están alcanzando la aptitud mínima en lectura y matemáticas.

Para ayudar a cerrar estas brechas, el sucesor de los ODM, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), también enfatizan la educación. El objetivo de desarrollo sostenible 4 (ODS4) sobre la educación mundial compromete al mundo a garantizar una educación inclusiva y equitativa de calidad y promover oportunidades de aprendizaje permanente para todos, esencialmente para aprovechar el poder de la educación con el propósito de desbloquear el potencial de cada persona. A pesar de la magnitud del desafío y las diversas barreras que pueden restringir e interrumpir el aprendizaje, sabemos lo que conllevaría una estrategia efectiva.

Primero, para ser una verdadera fuerza de cambio, la educación misma debe transformarse en respuesta a las realidades de la globalización acelerada, el cambio climático y los cambios en el mercado laboral. Si bien las tecnologías avanzadas (como por ejemplo: la inteligencia artificial, la computación en la nube y el blockchain) plantean nuevos desafíos, ellas pueden desempeñar un papel en la mejora de los resultados educativos. Las habilidades digitales deben formar parte de cualquier plan de estudios; y, de manera activa se debe ir en la búsqueda de nuevas alianzas con el sector tecnológico, alianzas, que a su vez, pueden proporcionar información valiosa sobre estos temas.

En segundo lugar, es esencial un enfoque inclusivo y de por vida, centrado en llegar a las poblaciones más marginadas y vulnerables. Como muestra el informe de UNICEF denominado Report Card N.° 15 de Innocenti, esto no significa sacrificar altos estándares. De hecho, como señala el mencionado informe, los niños de todos los orígenes tienden a tener mejores desempeños cuando se encuentran en un entorno escolar más integrado socialmente. Un enfoque tan inclusivo requerirá compartir las mejores prácticas e invertir en lo que se ha demostrado que funciona. Entre tanto, los asociados para el desarrollo deben brindar apoyo a largo plazo que enfatice el desarrollo de capacidades e instituciones, así como también equilibre los imperativos humanitarios, económicos y de seguridad.

Sin embargo, para que los sistemas y servicios educativos sean verdaderamente inclusivos, es necesario que dichos sistemas y servicios también no deben dejar a nadie atrás, como por ejemplo a los refugiados.

El más reciente Informe de Monitoreo Global de la Educación de la UNESCO estima que los refugiados han perdido 1,5 mil millones de días escolares desde el año 2016.

Si bien ocho de los diez principales países anfitriones (incluidos entre ellos varios países de ingresos bajos y medios) han soportado costos considerables, a pesar del estrés al que someten a sus sistemas educativos para garantizar que los refugiados asistan a la escuela junto con los nacionales, la mayoría de los países excluyen a los refugiados de los sistemas educativos nacionales o los asignan a instalaciones separadas.

Esto refuerza la desventaja y dificulta la integración social. Los dos pactos globales sin precedentes sobre migración y refugiados adoptados por los Estados miembros de la ONU en diciembre pasado señalan el camino para enfrentar este desafío.

Lograr la transformación educativa necesaria requerirá mucho más financiamiento del que se ofrece actualmente. En su forma actual, la brecha de financiamiento anual global para la educación asciende a casi 40 mil millones de dólares. Cerrar esta brecha requerirá no sólo un aumento del financiamiento interno, sino también un compromiso renovado de los donantes internacionales.

Toda persona tiene derecho a recibir educación. Mantener este derecho –y lograr el objetivo de desarrollo sostenible (ODS4) sobre la educación– requerirá de estrategias bien diseñadas, junto con un compromiso prolongado con respecto a la implementación y cooperación efectiva entre todas las partes interesadas pertinentes. La ONU y sus agencias continuarán apoyando tales acciones, a la par de que nos esforcemos para garantizar que nadie se quede atrás.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 18 de febrero de 2019

La salud mundial frente a los trolls y la información falsa online

Junaid Nabi es investigador de salud pública en el Brigham and Women’s Hospital y la Harvard Medical School, Boston.

BOSTON – La parte más frustrante de mi trabajo como profesional de la salud pública es la difusión de información falsa, por lo general en línea, que suplanta a años de estudios empíricos. Ya es suficientemente difícil contrarrestar las falsedades en conversaciones presenciales con pacientes. Resulta incluso más complicado combatirlas cuando el medio de propagación es Internet.

Hace poco fui testigo de primera mano en Cachemira, donde crecí. Allí los padres de niños y niñas pequeñas creían en vídeos y mensajes publicados en Facebook, YouTube o WhatsApp que difundían falsos rumores de que las vacunas y los medicamentos modernos eran dañinos, o incluso que eran financiados por extranjeros con terceros motivos. Mis conversaciones con colegas pediatras locales me revelaron cómo un solo vídeo o mensaje instantáneo con información falsa bastaba para disuadir a los padres de confiar en algunas terapias médicas.

Médicos de otras áreas de India y Pakistán han reportado numerosos casos en que los padres, muchos de ellos con buen nivel educacional, rechazan las vacunas contra la polio para sus hijos. Ha habido rumores de que la CIA organizó una vez una falsa campaña de vacunación para espiar a militantes en Pakistán que exacerbaron la desconfianza al interior de la región. Considerando lo mucho que hay en juego, a veces los estados recurren a medidas extremas, como arrestar a padres poco colaboradores, para asegurarse de que las comunidades vulnerables reciban vacunas.

Este es apenas un ejemplo regional de la amenaza mundial que la desinformación online representa para la salud pública. En los Estados Unidos, un estudio reciente del American Journal of Public Health informó la manera en que los bots de Twitter y los trolls rusos han logrado desviar el debate público sobre la eficacia de las vacunas. Habiendo examinado 1,8 millones de tuits emitidos a lo largo de un periodo de tres años (2014 a 2017), el estudio llegó a la conclusión de que estas cuentas automatizadas tenían la finalidad de crear suficiente contenido antivacunas online como para generar una falsa equivalencia en ese debate.

Estos programas de desinformación tienen éxito por una razón. En marzo de 2018, investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts reportaron que las historias falsas en Twitter se propagan mucho más velozmente que las verdaderas. Sus análisis revelaron cómo la necesidad humana de novedades y la capacidad de la información de suscitar una respuesta emocional son vitales para la difusión de historias falsas.

Internet sirve de amplificador del daño que causan estos “hechos alternativos”, ya que puede diseminarlos a una escala y velocidad enormes: una pocas cuentas falsas o de troleo bastan para desinformar a millones. Y, una vez se difunden, es prácticamente imposible deshacer lo hecho.

Está claro el papel de los bots y trolls de Twitter en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 y el referendo sobre el Brexit en el Reino Unido. Hoy han afectado la sanidad mundial también. Si no damos pasos sólidos y coordinados para enfrentar esta alarmante tendencia, podríamos perder un siglo de éxitos de vacunaciones y comunicación sanitaria, ambos de los cuales dependen de la confianza pública.

Podemos adoptar varias medidas para comenzar a revertir el daño. Para comenzar, las autoridades de salud de países desarrollados y en desarrollo tienen que entender el modo en que esta desinformación en línea está socavando la confianza pública en los programas sanitarios. Además, deben colaborar activamente con gigantes globales de las redes sociales como Facebook, Twitter y Google, así como con actores regionales importantes, como WeChat y Viber, trabajando estrechamente con cada uno para crear pautas y protocolos de diseminación segura de información de interés público.

Además, las compañías de redes sociales pueden colaborar con científicos para identificar patrones y conductas de las cuentas basura que intentan diseminar información falsa sobre asuntos de sanidad pública importantes. Por ejemplo, Twitter ya ha comenzado a usar tecnología de aprendizaje de máquina para limitar la actividad de cuentas basura, bots y trolls.

También una verificación más rigurosa desde el momento de registrarse servirá de potente disuasor para evitar el aumento de las cuentas automatizadas. La autenticación de dos factores, usando una dirección de correo electrónico o un número de teléfono al registrarse, es un comienzo prudente. La tecnología CAPTCHA, que pide a los usuarios identificar imágenes de coches o señales de tráfico –algo que por ahora, al menos, los seres humanos podemos hacer mejor que las máquinas-, también puede limitar los registros automatizados y la actividad de los bots.

Es improbable que estas precauciones infrinjan el derecho de expresión de las personas. Las autoridades de salud pública tienen que pecar por el lado de la precaución al ponderar los derechos de libre expresión frente a falsedades deliberadas que puedan poner en peligro el bien común. El abuso del anonimato que proveen la Internet, las cuentas basura, los bots y los trolls trastorna y contamina la información disponible y confunde a la gente. Es un imperativo moral tomar medidas prudentes para evitar situaciones en que haya vidas en juego.

La salud pública mundial ha dado grandes pasos en el siglo veinte. Los avances que se logren en el siglo veintiuno no vendrán solo de investigaciones de vanguardia y trabajo comunitario, sino también de la interacción online. Puede que la próxima batalla por la salud global se libre en la Internet. Y, al actuar con la rapidez suficiente para derrotar a los trolls, podemos prevenir enfermedades y muertes evitables en todo el planeta.

© Project Syndicate

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Opinión | 15 de febrero de 2019

Foto: Tolga Akmen / AFP

¡Europa, despierta!

George Soros es presidente de Soros Fund Management, uno de los fondos de inversión más influyentes del mundo, y de la Fundación Open Society.

El sueño Europeo está en peligro y Europa no se da cuenta. El primer paso para defender a Europa de sus enemigos, tanto internos como externos, es reconocer la magnitud de la amenaza que presentan. El segundo es despertar a la mayoría pro-europea dormida y movilizarla para defender los valores sobre los cuales se fundó la Unión Europea.

Europa va como sonámbula a su aniquilación, y es necesario que el pueblo europeo despierte antes de que sea demasiado tarde. Si no lo hace, la Unión Europea correrá la misma suerte de la Unión Soviética en 1991.

Ni nuestros líderes ni la ciudadanía ordinaria parecen comprender que estamos experimentando un momento revolucionario, que el espectro de posibilidades es muy amplio, y que por ende el resultado final es muy incierto.

Solemos dar por sentado que el futuro se parecerá más o menos al presente, pero no siempre es así. En una vida larga y agitada, he presenciado muchos períodos de lo que denomino “desequilibrio radical”. Hoy vivimos uno de esos períodos.

El próximo punto de inflexión serán las elecciones para el Parlamento Europeo en mayo de 2019. Por desgracia, las fuerzas antieuropeas tendrán una ventaja competitiva en las urnas.

Esto se debe a varias razones, entre ellas el obsoleto sistema de partidos vigente en la mayoría de los países europeos, la imposibilidad práctica de modificar los tratados y la falta de herramientas legales para disciplinar a los estados miembros que infrinjan los principios fundacionales de la UE. Aunque esta puede imponer el acervo comunitario (el corpus de legislación de la UE) a los países que solicitan ingresar al bloque, carece de capacidad suficiente para fiscalizar su cumplimiento en el caso de los estados miembros.

Los partidos tradicionales están obsoletos

El anticuado sistema de partidos pone obstáculos a quienes quieren preservar los valores fundacionales de la UE, pero ayuda a quienes quieren reemplazarlos con algo radicalmente diferente. Esto se aplica en el nivel nacional, y todavía más a las alianzas supranacionales.

Los sistemas de partidos dentro de cada país reflejan las divisiones que importaban en los siglos XIX y XX, por ejemplo el conflicto entre el capital y la mano de obra. Pero hoy la divisoria que más importa es entre las fuerzas pro y antieuropeas.

El país dominante de la UE es Alemania, y la alianza política dominante en Alemania –entre la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y la bávara Unión Social Cristiana (CSU)– se ha vuelto insostenible. La alianza funcionaba mientras en Baviera no hubiera un partido significativo a la derecha de la CSU. Eso cambió con el ascenso de la extremista Alternative für Deutschland (AfD). En las elecciones del pasado septiembre para los länder, la CSU obtuvo el peor resultado en más de seis décadas, y AfD logró ingresar por primera vez al parlamento bávaro.

El ascenso de AfD eliminó la raison d’être de la alianza CDU-CSU. Pero la ruptura de esa alianza obligaría a llamar a nuevas elecciones, algo que ni Alemania ni Europa pueden permitirse. Hoy por hoy, la actual coalición gobernante no puede ser tan firmemente proeuropea como sería si AfD no amenazara su flanco derecho.

La situación no es, ni mucho menos, desesperada. El partido alemán Los Verdes, que hoy es el único decididamente proeuropeo del país, sigue subiendo en las encuestas de opinión, mientras que AfD parece haber alcanzado su cima (excepto en la ex Alemania del Este). Pero los votantes de CDU/CSU se encuentran ahora representados por un partido cuyo compromiso con los valores europeos es ambivalente.

Brexit parece ser un callejón sin salida

En el Reino Unido también hay una estructura partidaria anticuada que impide una adecuada expresión de la voluntad popular. Mientras los partidos Laborista y Conservador están internamente divididos, sus respectivos líderes, Jeremy Corbyn y Theresa May, están tan decididos a cumplir con el Brexit que acordaron cooperar para lograrlo. La situación es tan complicada que la mayoría de los británicos sólo quieren que se termine como sea, aunque será el hecho que definirá al país por las décadas venideras.

Pero el pacto entre Corbyn y May generó en ambos partidos oposición, que en el caso del laborismo linda con la rebelión. El día después de la reunión entre Corbyn y May, la primera ministra anunció un programa para ayudar a los empobrecidos distritos laboristas pro‑Brexit del norte de Inglaterra. Y a Corbyn se lo acusa de traicionar el compromiso que formuló en el congreso del Partido Laborista en septiembre de 2018, de apoyar un segundo referendo por el Brexit si no fuera posible llamar a elecciones.

La población también comienza a darse cuenta de las terribles consecuencias del Brexit. Parece cada vez más probable que el 14 de febrero el acuerdo negociado por May termine siendo rechazado, lo cual podría generar un reclamo masivo de que se celebre otro referendo o, mejor aún, de que se anule la solicitud de salida conforme al artículo 50 del Tratado de la UE.

Italia está en las manos del populismo

Italia se halla en un brete similar. En 2017 la UE cometió un error fatal, al imponer en forma estricta el Acuerdo de Dublín, que es inequitativo con los países por donde ingresan los migrantes a la UE (como es el caso de Italia). Esto provocó en 2018 que el electorado italiano (predominantemente europeísta y favorable a la inmigración) diera su apoyo a la Liga (un partido antieuropeo) y al Movimiento Cinco Estrellas.

El antes dominante Partido Democrático está sumido en el caos, y la importante franja del electorado que sigue siendo proeuropea no tiene un partido al cual votar. Pero hay en marcha un intento de organizar una lista unida proeuropea. Un reordenamiento similar de los sistemas partidarios se está dando en Francia, Polonia, Suecia y probablemente en otros países.

En cuanto a las alianzas supranacionales, la situación es todavía peor. Los partidos nacionales al menos tienen raíces históricas, pero las alianzas supranacionales obedecen exclusivamente a los intereses de las dirigencias partidarias.

Esta crítica se aplica sobre todo al Partido Popular Europeo (PPE), que carece casi totalmente de principios, como revela el hecho de que esté dispuesto a seguir aceptando en sus filas al partido Fidesz del primer ministro húngaro Viktor Orbán, para conservar la mayoría y controlar la asignación de los puestos más altos en la UE. En comparación, las fuerzas antieuropeas hasta salen bien paradas, ya que al menos tienen algunos principios, aunque sean detestables.

La Unión Europea no quiere reconocer el problema

Es difícil ver de qué manera los partidos proeuropeos puedan salir victoriosos de la elección de mayo si no ponen los intereses de Europa por encima de los propios. Es posible todavía defender que se preserve la UE para poder reinventarla de raíz. Pero para ello es necesario un cambio de actitud en la UE. La dirigencia actual se parece al politburó de la Unión Soviética al momento de su derrumbe, que seguía emitiendo ucases como si todavía significaran algo.

El primer paso para defender a Europa de sus enemigos (internos y externos) es reconocer la magnitud de la amenaza que plantean. El segundo es despertar a la durmiente mayoría proeuropea y movilizarla en defensa de los valores fundacionales de la UE. De lo contrario, el sueño de una Europa unida puede convertirse en la pesadilla del siglo XXI.

Traducción: Esteban Flamini

Opinión | 14 de febrero de 2019

Foto: The Notebook

El amor eterno… ¿es científicamente posible?

José-Manuel Rey es doctor en Matemáticas de la Universidad Complutense de Madrid e investigador asociado de la facultad de Psicología de la Universidad de Harvard

El amor según los neurobiólogos tiene una base química, y lo que funciona químicamente suele tener una función biológica o evolutiva. La neurobiología dice que el amor es un impulso, una motivación.

En la naturaleza también existe el impulso amoroso, que tiene una función reproductora, pero en general no implica estar juntos de por vida. En cambio, los seres humanos occidentales sí creemos en general en el amor para siempre –está en nuestro ADN cultural–. Cuando nos enamoramos de verdad queremos y confiamos –tenemos ya la idea a priori– que sea para siempre.

Es de celebrar con entusiasmo la sensación potente y sublimadora del enamoramiento –existen pocas experiencias similares–, pero hay que entender que es un proceso bioquímico que suele desaparecer al cabo de unos dieciocho meses. ¿Y después? Como resulta que queremos mantener el amor para siempre, que no tiene la misma lógica de la pasión amorosa, deberíamos comprender los mecanismos que sostienen las relaciones duraderas.

Casarse y lanzar una moneda al aire

Al parecer no los comprendemos. Las tasas de divorcio en Europa y Estados Unidos son tremendamente altas. En Estados Unidos y la Unión Europea, los divorcios frente a los matrimonios están en una proporción muy próxima al 50%. Se puede decir que predecir el éxito de una pareja en Occidente es como adivinar cara al lanzar una moneda. Si se piensa que eso está condicionado por el formato de matrimonio, se acierta: los datos disponibles sobre cohabitaciones son peores.

Eso plantea una cuestión fundamental sobre la validez del modelo estandarizado de pareja en que creemos, que tiene evidentes implicaciones para la salud y la economía, no sólo de los individuos sino de la propia sociedad. Si pensamos en nuestra sociedad como una organización productora de un formato de relación diádica llamado matrimonio –o pareja estable–, con una tasa de fallo del 50% hace tiempo que habría quebrado en un mercado competitivo.

Un punto de partida razonable es pensar que tantas rupturas no se deben a una multiplicidad de causas, sino que quizá hay un mecanismo general que subyace detrás del fracaso de las parejas. A fin de cuentas somos todos mucho más parecidos de lo que creemos –obedecemos los mismos principios psicológicos, cognitivos y conductuales, y nos desenvolvemos en el mismo entorno socio-cultural–.

¿Cuánto trabajo requiere el amor?

Hay un principio general en la psicología del amor: para mantener una relación viva y sana es necesario aportar energía a la relación. Esto parece un lugar común, de acuerdo: con el amor no basta, es necesario poner esfuerzo.

Bien, hace falta esfuerzo, pero ¿cuánto? ¿Cuánto esfuerzo es necesario para mantener una pareja feliz y duradera? Visto así, el diseño de una vida feliz en común es un proyecto de ingeniería sentimental: se trataría de estimar el coste en forma de esfuerzo de un proyecto sostenible en términos emocionales.

En efecto, el proyecto se puede formular como un problema matemático, de ingeniería de control óptimo. Bajo hipótesis naturales de la psicología humana, el análisis del modelo revela que a una pareja ideal le resultará muy difícil mantener una relación exclusiva para siempre basada en el amor, porque el coste del proyecto es más alto del que a priori están dispuestos a realizar.

Es decir, el análisis sugiere que las parejas tienen que afrontar un gap o brecha de esfuerzo: independientemente de cuál sea nivel su esfuerzo preferido, el nivel requerido para conseguir una relación de éxito es superior. Además, resulta que la dinámica de esfuerzo no es resiliente, de modo que cuando se relaja el esfuerzo requerido –debido al gap de esfuerzo– la inercia es a relajarlo más, hasta niveles que no consiguen que la relación sea viable con el tiempo.

Ese mecanismo refuerza la idea de que el modelo estándar de relación –la relación para siempre basada en el amor– típicamente no funciona. Es más bien una utopía –difícilmente realizable– que quizá debería ser revisada.

Buscando soluciones

Aunque hay un interés social incipiente en la no monogamia y el poliamor, parece que en todos los segmentos de edad la mayoría de los individuos siguen creyendo en la monogamia. Sin salir de este formato, entonces, se trataría de corregir nuestro modelo estandarizado de pareja ideal.

Siempre está la posibilidad de aceptar el hecho de que una relación quizá tiene una vida natural –nace, crece, evoluciona y se acaba desinflando– y vivir las rupturas sin amargura, como un proceso natural de maduración. Pero no parece la opción más prometedora.

Otra posibilidad consiste en rebajar las expectativas de lo que una pareja debe proporcionar. La lista de necesidades y aspiraciones que la otra persona debe procurar resulta, a menudo, muy exigente: amante, amiga, compañera, confidente, cómplice, ayudante, acompañante, animadora,… Parece necesario disminuir tanta demanda, sin que eso suponga una disminución de bienestar. ¿Es posible?

Hay ya amplia evidencia de que las relaciones sociales están asociadas a una vida más sana, larga y satisfactoria. Las relaciones sociales nos hacen más felices. Si se aligera peso de lo que uno espera de su pareja y se traslada a otras personas de su red social, se debería mejorar el bienestar de la pareja y de sus miembros.

Se trata de que ser más modesto en los requerimientos que debe satisfacer la pareja y externalizar –usando un término empresarial– otras necesidades o aspiraciones. De ese modo, se mejora el bienestar emocional (y físico) de cada persona y, además, se disminuye la presión sobre la pareja, se alivia el esfuerzo de sostener la relación y se mejora su expectativa de éxito.

Es lo que se denomina en ciencias sociales una mejora de Pareto, una corrección en que mejoran todas las partes.

@TheConversation

The Conversation
Opinión | 13 de febrero de 2019

Foto: Lionel Bonaventure / AFP

Google, las noticias falsas y la crisis de la verdad

Bernard-Henri Lévy es uno de los filósofos y pensadores más influyentes del mundo. Polémico, provocador y también venerado.

Google Europe me invitó a participar en un seminario celebrado en París sobre la decadencia de la verdad, el ascenso de las noticias falsas y formas de contrarrestar ambos fenómenos. Comencé mi exposición poniendo el problema en su contexto histórico.

Cité para ello Recuerdos de la guerra de España, de George Orwell, donde el autor explica que para él, “la historia se detuvo en 1936”, porque fue allí, en España, donde encontró por primera vez “noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos”.

Fue allí donde percibió que “incluso la idea de verdad objetiva”, arruinada por el fascismo (el rojo y el pardo), estaba “desapareciendo del mundo”. Y fue allí, en efecto, donde se hicieron posibles hombres como Joseph Goebbels (“yo decido quién es judío y quién no lo es”) y más tarde Donald Trump (y sus “hechos alternativos”).

Pero (como señalé a continuación), antes y después del ascenso del totalitarismo hubo varias sacudidas intelectuales.

En primer lugar, la “crítica” kantiana, que separó el ámbito numénico del fenoménico, limitó nuestro conocimiento al segundo, y postuló que sólo podemos conocer los fenómenos en la medida en que nos lo permitan los sentidos, el entendimiento y la razón.

Esta crítica inyecta en nuestra relación con la verdad cierto grado de subjetividad, de la que tal vez hoy los partidarios del Brexit hayan sido voluntarias víctimas.

En segundo lugar, un “perspectivismo” nietzscheano que convirtió la verdad en “puntos de vista”, de los que es “verdadero” aquel que vuelve a un ser más fuerte y “falso” aquel que lo entristece o disminuye. Esto generó un segundo terremoto intelectual, cuyos remezones necesariamente habrían de sentirse en los sistemas políticos, dando lugar a la posibilidad metafísica de líderes como, por ejemplo, Vladimir Putin.

Y en tercer lugar, el “deconstruccionismo” de los postnietzscheanos, quienes al historificar la “voluntad de verdad” (Michel Foucault), poner la verdad “entre comillas” (Jacques Derrida), separar el signo de su referente (Louis Althusser) y oscurecer lo obvio en una confusión de diagramas y gráficos (Claude Lévi-Strauss) o de nudos borromeos (Jacques Lacan), probablemente nos hicieron perder contacto con los aspectos simples, sólidos e irrefutables de la verdad.

La responsabilidad de Silicon Valley

Luego me concentré en la responsabilidad que han tenido Internet y las GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) en la siguiente sucesión de eventos:

En primer lugar, la democracia digital liberó una cantidad casi infinita de discursos.

Luego la Web se transformó en un tumulto, un sálvese quien pueda, al que cada cual va armado con sus opiniones, convicciones y verdad personales.

Y al final, tras un deslizamiento que pasó casi inadvertido en el fragor virtual de los tuits, los retuits y los posts, exigimos para esta nueva verdad que acabábamos de afirmar la misma deferencia que se le tenía a la vieja.

Comenzamos pidiendo igual derecho a expresar nuestras creencias, y terminamos diciendo que todas las creencias expresadas tienen igual valor.

Comenzamos pidiendo nada más que nos escuchen, después exigimos a los oyentes respetar lo que dijéramos sin importar lo que pensaran, y terminamos prohibiéndoles colocar una afirmación por encima de otra o asegurar que pueda haber una jerarquía de verdades.

Creíamos estar democratizando el “coraje de la verdad” tan caro al último Foucault; creíamos estar dando a cada amigo de la verdad medios técnicos con los que contribuir, con audacia y modestia, a las aventuras del conocimiento.

En vez de eso conjuramos un festín salvaje: dispuesto sobre la mesa el cuerpo de la Verdad, animados por un ansia caníbal, nos lanzamos a despedazarlo; y con los sangrientos, pútridos despojos, cada uno de nosotros se cosió un patchwork de certezas y sospechas.

Y enseguida este espectáculo dio paso (sin la elegancia helénica) a la perversidad de una nueva generación de sofistas que sostienen que la verdad es una sombra incierta, que el hombre es la medida de todas las cosas, y que la verdad de cada cual es exactamente igual a la de su vecino.

Mis propuestas concretas

A continuación de lo cual, y puesto que el evento se hacía bajo los auspicios de Google Europe, propuse a Carlo d’Asaro Biondo (presidente de la empresa para alianzas y relaciones estratégicas en Europa, Medio Oriente y África) tres ideas concretas y claramente estratégicas.

La primera propuesta: instituir un cuadro del deshonor donde, en alianza con los 50, 100 o 200 diarios más importantes del mundo, se expongan en tiempo real las noticias falsas más peligrosas del momento.

La segunda: celebrar un concurso (a la manera de las academias francesas del siglo XVIII, de las que surgieron nada menos que los dos Discursos de Rousseau) para que los ciudadanos digitales elijan un documento, un video u otra creación, cuya potencia de verdad o satírica sea capaz de neutralizar a las noticias falsas más dañinas; y que se financie al ganador del concurso para que produzca la obra propuesta.

Y finalmente: componer, dos siglos y medio después de Diderot, una nueva enciclopedia; sí, una enciclopedia, una real, lo opuesto a Wikipedia y sus oscuros artículos. ¿Quién, salvo una de las megatecnológicas globales, tiene el poder –si decidiera usarlo– de reunir a miles de académicos reales capaces de trazar un inventario del conocimiento actualmente disponible en cada disciplina?

  • La elección es clara: enciclopedia o ignorancia.
  • Remendar el tejido de la verdad o resignarnos a su desgarro definitivo.
  • Hundirnos más en la Caverna sombría y ruidosa, o empezar a buscar el modo de salir.

No quiero darle a un único evento convocado por Google más importancia de la que tiene. Pero ¿no podría ser un llamado de atención, una convocatoria a iniciar un proceso de cuestionamiento crítico? ¿Podría ser que los responsables de lo peor estén dispuestos a asumir también la responsabilidad de reparar el daño, de reconstruir después de haber destruido? Si no son ellos, ¿quién lo hará?

Traducción: Esteban Flamini

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 12 de febrero de 2019

Foto: The Conversation

Las científicas siempre han estado ahí, pero eran invisibles… hasta ahora

Alicia Alvarado Escudero es académica del Máster en Procesos Educativos de Enseñanza y Aprendizaje de la Universidad Nebrija en Madrid.

En 2015 la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el 11 de febrero como el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Conmemoramos la obtención de la equidad e igualdad de género en las ciencias, y el reconocimiento de las mujeres científicas que durante siglos han sido invisibilizadas del mundo académico por su condición sexual.

Esta invisibilización dio lugar a que los ilustres científicos varones tomaran el protagonismo, amparados en un discurso hegemónico arcaico fundamentado en las ideas aristotélicas de evidente cariz patriarcal. Así, se consideraba a las mujeres “incapacitadas” para poder pensar o mostrar interés en “asuntos del conocimiento”.

Pero lo cierto es que, pese a que la historia y la ciencia han sido identificadas como ámbitos puramente masculinos, las mujeres han estado siempre presentes en el desarrollo científico.

“Soy más que nunca la novia de la ciencia. La religión para mí es ciencia y la ciencia es religión” – Ada Lovelace (1815-1852)

“Hay que creer que las mujeres son lo mismo que los hombres, ¿no estás convencido de que las hijas también pueden ser heroínas?” –Wang Zhenyi (1768-1797)

El origen del baño María

Existen ejemplos desde la Edad Antigua, con mujeres como María la Hebrea. Considerada la primera mujer alquimista, vivió durante los siglos I y II en Alejandría, y a ella se atribuye la famosa técnica de calentar un recipiente mediante el vapor de agua, que hoy conocemos como “al baño María”.

También destaca otra mujer célebre del siglo IV, quien se ha convertido en el símbolo de la mujer científica: Hipatia. Antes de su violenta muerte a manos de un grupo de cristianos, escribió más de cuarenta libros y construyó grandes e importantes instrumentos científicos como el astrolabio y el hidroscopio.

No fueron las únicas. Las mujeres siguieron interesándose por las ciencias desde todos sus ámbitos: matemáticas, astronomía, física, química, medicina, biología y geología.

Ada Lovelace

A lo largo del siglo XVIII destacaron nombres como Wang Zheny, científica china que consiguió romper con el sistema feudal de la dinastía Quing y se convirtió en astrónoma, planteando sus propias teorías sobre los eclipses.

En la misma época vivió la paleontóloga inglesa descubridora del primer esqueleto de ictiosauro y plesiosauro, Mary Anning. Pese a que nunca se le reconocieron sus hallazgos científicos, estos fueron claves para entender el período prehistórico y las extinciones.

En el siglo XIX destacan científicas tan importantes como la inglesa Ada Lovelace, considerada la primera programadora de la historia. Florence Nightingale, quien estableció los principios de la enfermería actual. Elizabeth Blackwell, que se convirtió en la primera mujer médica en 1849, cuando ninguna universidad aceptaba su solicitud excepto la de Geneva (Nueva York).

Marie Curie y Rosalind Franklin

A caballo entre el siglo XIX y el XX debemos mencionar a la que, sin duda, es la científica más conocida hasta el momento: Marie Curie. Sus investigaciones sobre la radioactividad le otorgaron dos premios Nobel, nunca antes ganados por una mujer, por el descubrimiento del polonio y del radio.

El siglo pasado contó con las aportaciones de grandes científicas como la de Rita Levi-Montalcini. Esta neuróloga descubrió la proteína del factor de crecimiento nervioso, y su trabajo posterior le permitió obtener el Premio Nobel de Medicina en 1986.

Otros ejemplos son Rosalind Franklin, la verdadera descubridora de la doble hélice del ADN. También Evelyn Boyd Granville, la primera mujer afroamericana en obtener un doctorado en Análisis Funcional. Pese a la discriminación que tuvo que sufrir durante años, se convirtió en la primera mujer negra en formar parte de los proyectos de investigación espaciales de la NASA.

¿Y hoy?

Si hoy conmemoramos el 11 de febrero es también como una valoración del esfuerzo imperioso que las mujeres científicas realizaron y realizan para mantenerse dentro del ámbito de la investigación, así como en muchos otros, pese al techo de cristal y las limitaciones que todavía la sociedad actual se empeña en consolidar.

Investigaciones actuales muestran cómo, hoy en día, a las mujeres todavía se las coloca en un segundo lugar frente a los varones. La tesis de Ana López Navajas revela que las mujeres siguen siendo excluidas como referentes culturales en los libros de texto, frente al gran protagonismo de los hombres que llenan de masculinidad las enseñanzas medias.

Otros datos relevantes, a la vez que preocupantes, son los presentados por el CSIC en el Informe Mujeres Investigadoras del año 2016. Las estadísticas muestran un descenso del número de mujeres matriculadas en carreras de ciencias.

Pese a este panorama alarmante, también se abren nuevos espacios de diálogo e investigación, donde se comienza a trabajar en profundidad para posicionar a las investigadoras en el lugar que les corresponde.

El 11 de febrero se celebró en multitud de centros escolares y universitarios, los llamados centros11F, más de 2.200 actividades de todo tipo que rindieron homenaje a estas mujeres científicas. Estas han sido, y seguirán siendo, un ejemplo para todas las niñas y las mujeres que quieran alcanzar sus metas, sin que se vean sometidas a situaciones de desigualdad.

Por esta razón, en la actualidad es un deber fundamental para todos dar a conocer quiénes fueron estas valiosas mujeres y cuáles han sido sus aportes científicos, que son la base de nuestra sociedad actual. El desarrollo y la evolución partirán siempre del potencial de toda la población, quebrando los estereotipos que separan a las mujeres y niñas de los puestos de poder y fomentando la igualdad de oportunidades para todo el mundo.

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Opinión | 11 de febrero de 2019

8 factores por los cuales 2019 será un año complicado para la economía mundial

Nouriel Roubini es profesor de economía de la Universidad de Nueva York y saltó a la fama al ser uno de los pocos economistas que predijo la Gran Recesión y crisis financiera de 2008.

Desde el crecimiento sincronizado global de 2017, las condiciones económicas se han ido debilitando gradualmente y producirán una desaceleración general en los próximos meses.

Más allá de eso, la perspectiva para los mercados y las economías nacionales dependerá de una amplia gama de factores, algunos de los cuales no son un buen augurio.

Después de la expansión económica mundial sincronizada de 2017, vino el crecimiento asincrónico de 2018, cuando la mayoría de los países, además de Estados Unidos, comenzaron a experimentar desaceleraciones.

La buena noticia a inicios de este año es que el riesgo de una recesión absoluta es bajo. La mala noticia es que nos estamos dirigiendo hacia un año de desaceleración global sincronizada: el crecimiento caerá por debajo de las proyecciones en la mayoría de las regiones y, en algunos casos, todavía más.

Las preocupaciones sobre la inflación en Estados Unidos, la trayectoria de la política de la Reserva Federal, las guerras comerciales en curso, el presupuesto italiano y sus problemas de deuda, la desaceleración de China y las fragilidades de los mercados emergentes condujeron hacia el final del año a una fuerte caída en los mercados.

El año comenzó con un repunte en los activos de riesgo (capital estadounidense y mundial) después del baño de sangre del último trimestre de 2018, cuando las preocupaciones sobre los aumentos de las tasas de interés de la Reserva Federal y sobre el crecimiento de China y Estados Unidos destrozaron muchos mercados.

Desde entonces, la Reserva Federal se ha volcado hacia una renovada moderación, EE. UU ha mantenido un sólido crecimiento, y la flexibilización macroeconómica de China ha mostrado cierta esperanza de contener la desaceleración.

Las 8 amenazas a la estabilidad global

Son muchos los factores de los que dependerá que estas condiciones relativamente positivas sean duraderas. Lo primero a considerar es la Fed. En la pausa de la política monetaria de la Fed durante todo el año, los mercados ahora están descontando los precios, pero el mercado laboral de Estados Unidos sigue siendo sólido.

1.Primero: si los salarios se aceleraran y produjeran incluso una inflación moderada por encima del 2%, los temores de al menos dos aumentos de tasas durante este año volverían, lo que podría impactar a los mercados y llevar a un endurecimiento de las condiciones financieras. Eso, a su vez, reavivaría las preocupaciones sobre el crecimiento de Estados Unidos.

En segundo lugar, mientras continúa la desaceleración en China, la actual combinación de estímulos monetarios, crediticios y fiscales del gobierno podría resultar inadecuada, dada la falta de confianza del sector privado y los altos niveles de exceso de capacidad y apalancamiento.

Si las preocupaciones sobre una desaceleración china vuelven a aparecer, los mercados podrían verse gravemente afectados. Por otro lado, una estabilización del crecimiento renovaría debidamente la confianza del mercado.

Tercero: un factor importante es el comercio. Si bien una escalada del conflicto chino-estadounidense obstaculizaría el crecimiento mundial, la prolongación de la tregua actual a través de un acuerdo sobre el comercio tranquilizaría a los mercados, incluso a medida que la rivalidad geopolítica y tecnológica de los dos países continúa creciendo.

Cuarto, la eurozona se está desacelerando y queda por ver si se dirige hacia un crecimiento potencial más bajo o a algo peor. El resultado se determinará tanto por variables a nivel nacional, como los desarrollos políticos en Francia, Italia y Alemania, y a factores regionales y globales más amplios.

Evidentemente, un Brexit “duro” afectaría negativamente la confianza de las empresas y los inversores en el Reino Unido y en la Unión Europea. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, extendiendo su guerra comercial al sector automotriz europeo socavaría gravemente el crecimiento de toda la UE, no solo de Alemania.

Por último, mucho dependerá de cómo evolucionen los partidos euroescépticos en las elecciones al Parlamento Europeo de este mes de mayo. Y eso, a su vez, aumentará la incertidumbre que rodean al sucesor del presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, y el futuro de la política monetaria de la eurozona.

En quinto lugar, la política doméstica disfuncional de Estados Unidos podría aumentar la incertidumbre a nivel mundial. El reciente cierre del gobierno sugiere que cada próxima negociación sobre el presupuesto y el techo de la deuda se convertirá en una guerra de desgaste partidista.

El informe esperado del abogado especial, Robert Mueller, puede o no conducir a procedimientos de juicio político contra Trump. Y para fines de año, el estímulo fiscal de los recortes de impuestos republicanos se convertirá en un lastre fiscal, lo que posiblemente debilitará el crecimiento.

Sexto, los mercados de acciones en EE. UU y otros lugares aún están sobrevalorados, incluso después de la reciente corrección. A medida que aumentan los costos salariales, las ganancias y márgenes de ganancia más débiles de los EE. UU en los próximos meses podrían ser una sorpresa no deseada.

Con firmas altamente endeudadas que enfrentan la posibilidad de aumentar los costos de endeudamiento a corto y largo plazo, y con mucho capital tecnológico que necesita correcciones adicionales, no se puede descartar el peligro de otro episodio de riesgo y la corrección del mercado.

Séptimo, el precio del petróleo puede verse reducido por un exceso de oferta, por la producción en EE. UU, por un posible cambio de régimen en Venezuela (que llevaría a una mayor producción a largo plazo), y a los fracasos de los países de la OPEP para cooperar entre sí para minimizar riesgos.

Si bien los bajos precios del petróleo son buenos para los consumidores, tienden a debilitar las acciones y los mercados de EE. UU en las economías exportadoras de petróleo, lo que aumenta la preocupación por los incumplimientos corporativos en los sectores relacionados con la energía (como sucedió a principios de 2016).

Finalmente, las perspectivas para muchas economías en mercados emergentes dependerán de las incertidumbres globales mencionadas anteriormente.

Los riesgos principales incluyen la desaceleración en EE. UU o China, una mayor inflación en los EE. UU y un ajuste posterior por parte de la Fed, guerras comerciales, un dólar más fuerte y la caída de los precios del petróleo y los productos básicos.

No todo es negro

Aunque hay una nube sobre la economía global, el lado positivo es que ha hecho que los principales bancos centrales sean más moderados, empezando por la Reserva Federal y el Banco Popular de China, y seguido rápidamente por el Banco Central Europeo, el Banco de Inglaterra, el Banco de Japón y otros.

Sin embargo, el hecho de que la mayoría de bancos centrales se encuentren en una posición muy acomodada significa que hay poco espacio para una mayor relajación monetaria. E incluso si la política fiscal no estuviera restringida en la mayoría de las regiones del mundo, los estímulos tienden a producirse solo después de que el estancamiento del crecimiento ya está en marcha, y generalmente con un retraso significativo.

Puede haber suficientes factores positivos para hacer de este año un año relativamente decente, aunque mediocre, para la economía global. Pero si algunos de los escenarios negativos descritos anteriormente se materializan, la desaceleración sincronizada de 2019 podría llevar a un estancamiento del crecimiento global y una fuerte desaceleración del mercado en 2020.

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Opinión | 8 de febrero de 2019

Foto: Miguel Schincarion / AFP

Fake News y el discurso en la “plaza pública” moderna

Madeleine de Cock Buning es la ex presidenta del Grupo de Alto Nivel sobre Noticias Falsas y Desinformación Online de la Comisión Europea. Miguel Poiares Maduro es miembro del Grupo de Alto Nivel sobre Libertad y Pluralismo de Prensa de la Comisión Europea.

A pesar de los titulares siniestros, la influencia de las noticias falsas en la toma de decisiones políticas parece ser limitada. Pero eso no hace que el engaño digital sea menos peligroso; las noticias falsas se alimentan, y se alimentan de la polarización, y, paradójicamente, cuanto más se discute, más disruptivo se vuelve.

Hoy, los debates sobre cuestiones públicas se desarrollan en las redes sociales, la gente recibe sus noticias a través de plataformas digitales y los políticos promueven sus políticas utilizando estos mismos medios. Internet es nuestra nueva plaza pública.

En la plaza pública de antes, los periodistas y los editores se desempeñaban como guardavallas y actuaban como árbitros. Los agregadores de noticias humanos marcaban la agenda y les ofrecían a las audiencias información creíble y una diversidad de opiniones. Confiábamos en ellos por el profesionalismo y la integridad de sus procesos editoriales.

En la nueva esfera pública, este modelo de periodismo –y el papel del periodismo a la hora de sustentar la democracia- se ha vuelto obsoleto. Los medios tradicionales ya no juegan un papel dominante de guardavallas ni marcan la agenda. Las noticias falsas pueden llegar a múltiples jurisdicciones al instante.

Pero lo mismo puede suceder con las medidas públicas y privadas que censuran el discurso. El desafío consiste en redefinir los parámetros del discurso civil en la nueva esfera pública sin restringir el pluralismo. Hay ejemplos recientes que destacan el riesgo de mezclar las cosas.

Las noticias falsas aumentan la polarización

A pesar de los titulares agoreros, la influencia de las noticias falsas en la toma de decisiones políticas parece limitada. Según el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo en la Universidad de Oxford, el alcance de este tipo de contenido está restringido, en gran medida, a grupos de creyentes que buscan reforzar sus propias opiniones y prejuicios. Pero eso no hace que el engaño digital sea menos peligroso.

Las noticias falsas alimentan la polarización –y viceversa- y, paradójicamente, cuanto más se discute sobre ellas, más disruptivas se tornan.

Eso es porque las noticias falsas minan la confianza en todas las plataformas mediáticas y refuerzan la opinión de que es imposible discernir el hecho de la ficción.

Cuando la gente no sabe en qué puede creer, la capacidad de los periodistas de controlar a los poderosos se debilita. Esta tendencia sólo se agravará en tanto las “noticias falsas profundas” –imágenes y videos falsos que parecen reales- se vuelvan ubicuas.

Ojo con confundir regular con censurar

Claramente, se deben encarar las vulnerabilidades de la esfera pública digital. Algunos sostienen que la solución es bloquear los sitios web cuestionables o degradar los resultados en los motores de búsqueda.

Facebook, por ejemplo, censura las publicaciones engañosas y ha creado una “sala de guerra” electoral para combatir la desinformación. Otras plataformas globales, como Google y Twitter, han considerado medidas similares, y a los tres se los está presionando para que les den a las autoridades acceso a los datos privados de usuarios que publican noticias falas o hacen comentarios difamatorios.

Pero creemos que estas medidas, si bien parecen ser prudentes, son profundamente erradas.

En el corazón de cualquier democracia fuerte hay un consenso político y un arbitraje que depende de la capacidad de la población para debatir y discrepar. No les concierne a las empresas privadas –o a las instituciones públicas, si vamos al caso- censurar este proceso.

Más bien, deberíamos esforzarnos por garantizar que los ciudadanos tengan acceso a una amplia gama de opiniones e ideas y entiendan qué están leyendo, viendo o escuchando.

La libertad de expresión incluye el derecho a recibir y a impartir información sin interferencia, lo que involucra a los valores de libertad de prensa y pluralismo de los medios tal como están plasmados en la Carta de Derechos Fundamentales de la UE.

Hay estudios que demuestran que la mayoría de la gente prefiere fuentes noticiosas confiables y pluralistas; el trabajo de los responsables de las políticas es permitirles tomar conciencia de esta preferencia.

El mapa de ruta que ofrece Europa

Un informe de marzo de 2018 del Grupo de Alto Nivel sobre Noticias Falsas y Desinformación Online realizado para la Comisión Europea, que uno de nosotros (de Cock Buning) presidió, ofreció un mapa de ruta, y el reciente Plan de Acción de la Comisión Europea ofrece un buen punto de partida. Pero es necesario hacer más.

No hay una fórmula mágica para combatir la desinformación. Sólo las estrategias que involucren a múltiples participantes y difundan la responsabilidad en todo el ecosistema de noticias, teniendo en cuenta los derechos fundamentales que esto implica, pueden ofrecer defensas adecuadas contra la desinformación.

Por ejemplo, los medios profesionales deben hacer más para garantizar la veracidad de su cobertura. La tecnología de verificación de datos puede ayudar, siempre que se mantenga al margen de la influencia política y económica. Google, Facebook y Twitter deberían estar al margen del negocio de verificación de datos.

Las grandes tecnológicas están empezando a asumir responsabilidades al comprometerse con un Código de Práctica basado en diez principios esenciales del Informe de Alto Nivel.

Pero las grandes tecnológicas pueden contribuir de otras maneras, como ser ofreciendo interfaces basadas en clientes para curar las noticias legítimas, garantizando la diversidad en los cronogramas de las redes sociales y haciendo que el posteo de información verificada sea una alta prioridad.

Las plataformas también pueden mejorar la transparencia en la manera en que utilizan los datos y codifican los algoritmos. En términos ideales, esos algoritmos deberían darles a los consumidores más control sobre las preferencias editoriales e integrar aplicaciones de edición y verificación de datos desarrolladas por organizaciones de medios confiables.

Las plataformas también deben identificar claramente las nuevas fuentes, especialmente el contenido político o comercial pago. Muchas de estas medidas más inmediatas pueden y deben implementarse antes de la elección del Parlamento Europeo en mayor de 2019.

También necesitamos una nueva colaboración internacional y mejores reglas jurisdiccionales para garantizar que las leyes y las regulaciones protejan a las víctimas de noticias falsas y ofensivas sin restringir la libre expresión o minar los derechos de los denunciantes. En particular, estos conflictos no deberían resolverse legalmente donde sólo una de las partes tiene un acceso efectivo a la justicia.

Finalmente, las plataformas deberían cooperar con las escuelas, los grupos de la sociedad civil y las organizaciones noticiosas para fortalecer el alfabetismo en materia de medios de la población. Los datos demuestran que los consumidores en algunos mercados todavía tienen dificultades para distinguir las noticias falsas de las reales.

Los esfuerzos bienintencionados para limpiar la nueva plaza pública de desinformación con certeza producirán efectos indeseados; sólo los consumidores pueden marginar las noticias falsas.

No podemos permitir que las compañías privadas o los gobiernos decidan lo que la gente debería saber. La historia de la democracia es clara en este punto: el pluralismo, no la censura privada o pública, es el mejor garante de la verdad.

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Opinión | 7 de febrero de 2019

La movilidad humana requiere una gobernanza global

Juan Carlos Velasco dirige el Grupo de Filosofía Social y Política en el IFS de Madri.

En torno a la gestión de la movilidad humana se polariza la opinión pública en apasionadas discusiones. Aunque con frecuencia las percepciones priman sobre los datos contrastados, son debates que se refieren a una realidad ya presente, pero que adquirirá aún mayor relevancia en un futuro próximo.

En un escenario de crecimiento de la población mundial, de agudas desigualdades económicas entre los países y de reducción de la superficie útil para la vida humana a causa del cambio climático, los flujos demográficos continuarán in crescendo.

Precisamente porque no caben muchas dudas acerca de la dimensión rigurosamente planetaria del asunto, sorprende que no se haya articulado aún un sistema supranacional de gobernanza de los movimientos transfronterizos de migrantes y refugiados que permita actuar de forma coordinada a nivel global.

Como en tantas otras materias, aquí también se hace valer la evidencia de que no existen soluciones locales para problemas globales.

El problema de escala se agudiza por la vigencia de un marco estrictamente estatal –el denominado nacionalismo metodológico– que interpone obstáculos a la hora de avanzar en este terreno.

El enfoque, como siempre, predetermina el tipo de medidas que se plantean y acaban poniéndose en práctica. Desde hace ya demasiado tiempo, los esfuerzos de los distintos países se dirigen a intentar contener los flujos y es ahí donde el cierre de las fronteras aparece para muchos como la solución mágica, por más que resulte completamente impracticable e inútil, además de profundamente insolidaria con los desheredados del planeta, esa parte no tan pequeña de la humanidad.

Estas políticas restrictivas pretenden dar respuesta a ansiedades y temores de los sectores más vulnerables de la sociedad receptora (que penan por acceder a unos recursos sociales cada vez más limitados).

El precio no lo pagan los promotores de tales políticas, sino los inmigrantes, que acaban convertidos en el nuevo chivo expiatorio de las frustraciones internas.

Este discurso demagógico – en el que prima el interés nacional por encima de cualquier otra consideración – resulta plausible en la medida en que la gestión de los movimientos migratorios por parte de los países de destino sigue siendo básicamente unilateral o, a lo sumo, bilateral. Los pocos mecanismos de coordinación multilateral existentes adolecen de inoperancia.

El Pacto de Marrakech

En este escenario, resulta alentadora la firma en Marrakech el pasado 10 de diciembre de 2018 del Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular por parte de más de 150 países, un pacto que previamente había sido acordado por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Se trata, no obstante, de un acuerdo internacional no vinculante en términos jurídicos y que en absoluto cuestiona la soberanía de los Estados en materia migratoria y de control de fronteras.

Pese a que el pacto tan sólo establece un marco para cooperar, varios países se han desvinculado del texto, que no cuenta con la firma de Estados Unidos, Israel, Australia, Chile ni la de nueve Estados de la Unión Europea. Esta renuencia de ciertos gobiernos indica también que, por poco valor que tengan estos acuerdos, siempre pueden tornarse en referencia crítica para medir las políticas que cada cual sigue.

El Pacto de Marrakech establece tan sólo una serie de vagos compromisos sobre derechos humanos y, en especial, sobre los derechos de los menores y los inmigrantes indocumentados. Se estructura en torno a veintitrés grandes objetivos, algunos tan genéricos como la cooperación para recopilar datos fiables sobre la materia (menos inocuo de lo que parece, sobre todo en tiempos en los que priman los bulos y la manipulación del lenguaje) o reducir las vulnerabilidades en la migración.

Hay también obligaciones algo más concretas, como medidas para evitar la separación de las familias o usar el internamiento de migrantes exclusivamente como última opción.

Insuficiencias relevantes

Las insuficiencias del pacto son múltiples. La más relevante probablemente sea que se centra en los migrantes y deja fuera a los refugiados. Hoy en día, la práctica de la movilidad humana a escala global incluye ambas categorías, cuyos límites cada vez resultan más difusos, e intentar dar respuesta a una sola es un modo de legitimar un trato diferenciado, algo que difícilmente puede estar justificado cuando son la necesidad y la desesperación las que acucian tanto a unos como a otros, que yerran igualmente desprotegidos por el mundo.

Otra insuficiencia igual de relevante o más de este pacto es que no establece un marco global que permita articular canales regulares y previsibles para poder migrar. Si, como es el caso, las economías de los países desarrollados precisan de un número cada vez mayor de mano de obra extranjera, un mínimo de pragmatismo exigiría que la migración no fuera obstaculizada, sino más bien encauzada.

Es más, si los Estados no abren con determinación este tipo de vías, deberían ser consecuentes y no reprochar a nadie que haya llegado ilegalmente cuando nunca se le dio oportunidad de hacerlo regularmente.

La voluntad de cooperación que revela la firma del Pacto de Marrakech es digna de ser celebrada en la medida que constituye un paso en la dirección correcta, aunque sea insuficiente.

Una gobernanza global de los movimientos internacionales de personas sólo será factible si se logra un acuerdo realmente vinculante que abarque todas las dimensiones de la movilidad humana, incluyendo tanto migrantes como refugiados. No menos decisivo será disponer de marcos claros, supervisados por una organismo supraestatal competente, que permita los movimientos transfronterizos y vele por el efectivo respeto de los derechos humanos de quienes los protagonizan, el eslabón siempre más débil.

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Opinión | 6 de febrero de 2019

Foto: AFP / Presidencia Venezolana / HO

Los débiles argumentos de México y Uruguay para no intervenir en Venezuela

Andrés Velasco fue Ministro de Hacienda de Chile durante el primer gobierno de Michelle Bachelet y actualmente es Decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics.

México y Uruguay han adoptado los dos argumentos más repetidos por los partidarios de la dictadura venezolana. Suenan razonables al principio. Sin embargo, luego de un momento de reflexión, ambos argumentos resultan ser cínicos, sin sentido, o ambos.

El mandato de Nicolás Maduro como presidente de Venezuela expiró el 10 de enero. Obedeciendo la constitución del país, Juan Guaidó, el presidente de la Asamblea Nacional, que fue democráticamente elegida, juró como presidente interino. Inmediatamente, Estados Unidos, Canadá y gran parte de América del Sur lo reconocieron como el líder legítimo de Venezuela. Varios países europeos ya han hecho lo mismo.

Pero no así México, cuyo presidente, Andrés Manuel López Obrador, declaró que se ceñiría al principio de la no intervención. Uruguay, asimismo, se niega a reconocer a Guaidó, y su ministerio de relaciones exteriores ha afirmado que los problemas de Venezuela deben ser resueltos de manera pacífica por los propios venezolanos.

Coincidentemente, estos dos países han anunciado que llevarán a cabo una conferencia internacional cuyo objetivo es convertirlos en mediadores del impasse venezolano.

Los argumentos son débiles

Sus argumentos son los dos que más suelen repetir quienes apoyan la dictadura venezolana. Al principio, parecen razonables, pero al cabo de un momento de reflexión, ambos argumentos resultan cínicos, absurdos, o las dos cosas.

Empecemos con el segundo. Por supuesto que los venezolanos deberían resolver su propia crisis. Sin embargo, hay una pequeña dificultad: Maduro no permite que lo hagan.

En los días transcurridos desde que Guaidó jurara como presidente, las fuerzas de seguridad han dado muerte por lo menos a cuarenta personas y detenido a unas ochocientas. En las elecciones generales de 2015 la oposición obtuvo la mayoría en la Asamblea Nacional, pero desde entonces Maduro ha despojado a este organismo de casi todos sus poderes y ha llenado la Corte Suprema y el Consejo Nacional Electoral con sus secuaces.

La mayoría de los líderes opositores están en la cárcel o en el exilio, y unos cuatro millones de venezolanos (uno de cada siete) se han visto obligados a salir de su país. Human Rights Watch y otras ONG de prestigio repetidamente han puesto de manifiesto la sistemática violación de los derechos humanos que impera en Venezuela.

Bajo estas circunstancias, repetir que los venezolanos deben resolver sus propios problemas y luego no hacer nada, es garantizar que nada va a pasar, excepto, evidentemente, que se continuará violando los derechos de los venezolanos. La parálisis se ha convertido en un patrón.

En los últimos años, los tímidos intentos de mediación por parte del Vaticano, España y otros, no llegaron a ningún lado precisamente porque ahí era donde Maduro, reacio a negociar para entregar su poder dictatorial, deseaba que llegaran.

Estas son las malas noticias. Las buenas noticias son que la audaz actuación de Guaidó ha motivado a gran parte del mundo a la acción. Este avance no puede ser revertido ahora por espurios llamados a la nointervención.

Un principio a conveniencia

Los dictadores invariablemente redescubren este supuesto principio cuando les conviene. Así lo hicieron Augusto Pinochet en Chile y Fidel Castro en Cuba. En el caso actual, el mantra de la nointervención además choca con la realidad de que poderes extranjeros ya están interviniendo en Venezuela.

Oficiales de inteligencia cubanos ayudan a manejar el aparato represivo de Maduro, mientras que China y Rusia han hecho préstamos por miles de millones de dólares, con una contabilidad tan poco trasparente que nadie sabe con certeza cuál ha sido el destino de esos fondos.

Los argumentos para impugnar la vacía retórica de la nointervención no son meramente prácticos. Mantenerse al margen y llamar al diálogo mientras un maleante le pone un cuchillo al cuello a una abuelita y le arrebata su cartera, es un acto que bien se puede describir como nointervención, pero no es valiente ni ético.

Tenemos el deber moral de defender la vida y la dignidad humanas contra las atrocidades, dondequiera se las cometa. Es por ello que la mayoría de los países del mundo (aunque no Estados Unidos, Rusia ni China) reconocen la jurisdicción de la Corte Penal Internacional. No se puede argumentar a favor de la nointervención cuando un dictador o un caudillo comete crímenes de lesa humanidad.

Por algo hay derechos universales

Propugnar una defensa supranacional de los derechos políticos y civiles básicos puede parecer una postura menos obvia, pero no por ello resulta débil. Ser un miembro respetado de la comunidad internacional conlleva la obligación de no encerrar a los oponentes políticos en la cárcel y de no robarse las elecciones.

La Carta Democrática Interamericana de la Organización de Estados Americanos impone estas obligaciones a sus signatarios y contempla sanciones –incluso la expulsión de la OEA– a los infractores reincidentes. El triste hecho de que no siempre se hagan cumplir las disposiciones de la Carta (hacerlo requiere el voto de la mayoría absoluta de los miembros) no significa que su existencia deje de ser éticamente indispensable.

A pesar de que Maduro ya no tiene ningún derecho legítimo a ocupar la presidencia, insiste en aferrarse al poder. La pregunta no es si las democracias del mundo deberían intervenir, sino cómo deberían hacerlo. La única prueba que los líderes foráneos deberían aplicar se desprende de lo que Max Weber llamó la ética de la responsabilidad: ¿Cuál será la consecuencia de mis acciones? ¿Mejorarán ellas la situación?

Es concebible que las intervenciones desacertadas empeoren la situación. Por ejemplo, la belicosa retórica del presidente estadounidense Donald Trump podría desatar un sentimiento nacionalista en Venezuela.

Sin embargo, las intervenciones hábiles por parte de las democracias del mundo ya han surtido efectos beneficiosos. La presión política y financiera sostenida que eleva los costos para las fuerzas armadas del país de apuntalar a Maduro –junto con un oportuno ofrecimiento de amnistía– puede hacer que una transición política se vuelva inevitable.

El rol de la comunidad internacional

En años recientes, la comunidad internacional justificaba su pasividad afirmando que la oposición estaba dividida y que era inconcebible que una acción extranjera desalojara a Maduro. Ese tiempo ya pasó.

Es posible que al cabo de veinte años de destrucción de las instituciones democráticas de Venezuela y de hundimiento de su economía, la pesadilla desatada por Hugo Chávez y empeorada de manera contundente por su sucesor, Maduro, esté finalmente llegando a su fin.

Como lo han hecho tantas veces a través de la historia, los defensores de la dictadura intentarán reprimir el cambio con llamamientos cada vez más estridentes a la nointervención. El mundo debería hacer caso omiso de ellos.

Traducción de Ana María Velasco

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Opinión | 5 de febrero de 2019

Foto: Chip Somodevilla / Getty Images

El futuro del trabajo: ¿cómo llegaremos a pagar las cuentas a fin de mes en la cuarta revolución industrial?

Marcel Cano Soler es profesor de Ética de la Universidad de Barcelona d se la Cátedra UNESCO en Sostenibilidad.

Con la llegada de las nuevas aplicaciones tecnológicas, el panorama laboral cambiará por completo. Hay tres posibles finales a esta aventura, y uno de ellos es bastante pesimista.

El futuro que se vislumbra viene cargado de mucha incertidumbre así como de cruciales interrogantes sobre temas tan fundamentales como el trabajo, la desigualdad, la gestión de los recursos naturales o las decisiones sobre la tecnociencia misma.

De un tiempo a esta parte oímos hablar muy a menudo de la cuarta revolución industrial. El concepto, que tiene partidarios y detractores, está relacionado con la llamada convergencia de tecnologías. Se trata nada menos que del punto de encuentro entre nanotecnología, neurociencia, biotecnología e inteligencia artificial y robótica, por solo citar las principales ramas de la tecnociencia implicadas en tal convergencia.

Y no estamos hablando de un futuro remoto sino todo lo contrario, es mucho más próximo de lo que parece, incluso puede que ya esté en marcha ahora mismo.

Un problema del presente

Sea como sea, lo que parece claro es que el tema merece que le dediquemos todo el tiempo posible, dado el alcance que podría llegar a tener. Una muestra de la relevancia de la cuestión es que la Unión Europea ya empezó a reflexionar sobre ello en un informe de 25 expertos el año 2004.

Así mismo, el Foro de Davos dedicó parte de sus sesiones del 2016 a los efectos de las nuevas tecnologías sobre la economía. Además, mucha es ya la bibliografía que podemos encontrar en las librerías sobre la cuarta revolución industrial y la convergencia de tecnologías.

Entre las muchas consecuencias que se empiezan a considerar, destaca la posible incidencia que puede llegar a tener en la esfera del trabajo. El famoso estudio de C. Benedikt y M.A. Osborne lanzaba una predicción bastante catastrofista: la pérdida del 47% de empleos en los Estados Unidos. Otros autores opinan que, a pesar de tal destrucción, al mismo tiempo se crearán muchos nuevos puestos de trabajo. La polémica está servida y los expertos se posicionan entre las dos opiniones.

No es nada nuevo. Cada vez que tenemos ante nosotros una nueva tecnología surgen dos extremos opuestos: los tecnófobos y los tecnoentusiastas, junto con toda una serie de posicionamientos intermedios.

La posibilidad alarmante

Pensemos ahora en tres posibles escenarios futuros: dos claramente distópicos y uno decididamente utópico. Hagámoslo no con la convicción de defender un pronóstico realista, sino como un ejercicio filosófico de reflexión.

Empecemos por el más terrible de todos, la predicción más apocalíptica respecto al trabajo. Si el desarrollo de la convergencia de tecnologías no va acompañado de cambios sociales y económicos, si la deriva creciente de la desigualdad no se detiene sino que se incrementa, el futuro tiene muy mala cara.

Oxfam lleva tiempo dando cifras alarmantes al respecto y no lo son menos las que presenta en el Foro Económico Mundial de Davos 2019. Ya en el 2015 afirmaban que entre los años 2009 y 2013 contabilizaron 123 millones de europeos viviendo en situación de pobreza, compartiendo el mismo suelo con 342 milmillonarios.

El índice de Gini no deja de aumentar, siendo éste un problema no exclusivamente europeo. Desde las Naciones Unidas se considera la desigualdad, en todas sus múltiples y perversas formas, como uno de los mayores desafíos de nuestro mundo. Según la OCDE estamos hoy en el momento de más desigualdad desde hace 50 años. De hecho este es el camino que emprendió el mundo desde los tiempos de Thatcher y Reagan.

Teniendo en cuenta estos datos, ¿podemos imaginar el impacto que podría tener una pérdida del 30 al 40% o más de los empleos? Si no se hiciera absolutamente nada para paliar este dramático pronóstico el mundo podría entrar en una situación en absoluto deseable, y menos si a esto añadimos los posibles impactos del cambio climático.

Considerando el paralelo incremento de los instrumentos tecnológicos de control social y el posible repliegue de los superricos en un mundo aislado del resto, podemos imaginar llevadas a la realidad las peores pesadillas de las distopías cyberpunk.

La realidad algo más optimista

El segundo escenario es, aparentemente, más amable que el anterior. Se consigue paliar la desigualdad por medio de un instrumento que está en boca de muchos expertos, científicos sociales, políticos de todos los colores y empresarios: la renta básica de ciudadanía (conocida también con otros nombres).

La misma UE ha empezado ya a hacer estudios al respecto. Aunque cuenta con algunos detractores, como el filósofo francés Éric Sadin, en general se considera la renta universal una posible herramienta para paliar el efecto apocalíptico del escenario anterior. Si bien existen diferentes propuestas de rentas básicas, todas coinciden en que con ella se puede redistribuir la riqueza, paliando así los posibles efectos catastróficos de la cuarta revolución industrial.

Entonces ¿dónde está el problema? Imaginemos una sociedad donde las personas tienen todas sus necesidades cubiertas y, además, o bien muy poca gente trabaja o la jornada laboral se ha reducido a su mínima expresión. ¿Qué haremos con tantas horas libres? Ciertamente, una de las criaturas más peligrosas del planeta es un ser humano aburrido.

El consumo como forma de ocio, en especial el consumo basado en la compra compulsiva ya no es pensable –ni deseable– en un mundo finito. Si nadie sabe qué hacer con su vida podemos llegar a reinstaurar las luchas de gladiadores para entretenernos o acabar como los humanos de Wall-E.

Renta básica

Aquí es donde aparece el utópico tercer escenario. Podríamos llamarlo “el mundo de Star Treck”, siguiendo el documental de Christian Tod, Free Lunch Society. Un mundo donde ya no hay necesidades materiales pero donde los seres humanos han encontrado nuevas, positivas y creadoras maneras de ocupar su tiempo.

Esto nos llevaría a una transformación mucho más profunda de lo que a primera vista pudiera parecer. Desde sus orígenes, la Modernidad se ha forjado alrededor una serie de conceptos fundamentales como son progreso, antropocentrismo, crecimiento, aceleración, entre otros, de los que cabe destacar el de trabajo. La decisiva evolución de este concepto forja toda una serie de cambios culturales de enorme calado.

Desde Adam Smith a Karl Marx, el trabajo emerge como el elemento central de todas las dimensiones humanas. Es a través del trabajo que podemos adueñarnos legítimamente de la naturaleza, como postulaba Locke. Es por medio del trabajo como podemos superar toda alienación ya que, según Marx, la esencia humana pasa por el conjunto de relaciones sociales, relaciones que son mediadas por el trabajo.

Así pues, una transformación en el concepto de trabajo nos podría conducir hacia un cambio mucho más decisivo de lo que parece, llevándonos tal vez hacia una nueva transformación cultural. No sería tan solo un paso hacia el comunismo o hacia el fin del capitalismo, ideas que encontramos en el movimiento aceleracionista o en el filósofo belga Jan Doxrud.

Lo que estaría poniéndose en marcha seria un cambio de cosmovisión en la que el trabajo no sería una condena y dejaría de hacer honor a su etimología como instrumento de tortura. Al contrario, pasaría a ser otra cosa distinta a la que tal vez se debería buscar un nuevo nombre.

Como ya he dicho antes, los tres escenarios no son más que meros ejercicios de libre reflexión. No tienen ninguna intención profética ni quieren ser un ejercicio de prospectiva. Pero, eso sí, pueden servirnos para pensar qué caminos nos gustaría más tomar, ahora que nos dirigimos directamente hacia un futuro lleno de esperanzas y pesadillas tecnocientíficas. En definitiva, la intención es resaltar nuestra parte de responsabilidad respecto a aquello que acabemos construyendo.

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The Conversation
Opinión | 4 de febrero de 2019

Foto: Jack Guez / AFP

Peligros digitales que amenazan a la democracia

Laura Chinchilla fue presidenta de Costa Rica entre 2010 y 2014 y actualmente lidera la Comisión Global Kofi Annan sobre Elecciones y Democracia en la Era Digital.

Las amenazas que las tecnologías digitales representan para el sistema político se deben en gran parte a que abren oportunidades para influir en los resultados electorales. La gestión y contención de estas amenazas ahora debe ser una prioridad urgente para los demócratas de todo el mundo.

Casi no pasa un día sin que se presente una nueva denuncia acerca de cómo las redes sociales socavan la democracia. Actores de todo el espectro político explotan las tecnologías digitales para difundir desinformación y azuzar la polarización.

El potencial de las nuevas tecnologías

Si bien las “noticias falsas” y el discurso de odio no son nada nuevo, la era digital ha proporcionado – aunque sin intención de hacerlo – un entorno propicio para ambos. El potencial de las nuevas tecnologías en cuanto a mejorar la condición humana es indudable; no obstante, los riesgos que dichas nuevas tecnologías generan hoy con respecto a la democracia se hacen cada vez más evidentes.

Las empresas tecnológicas, los gobiernos y los ciudadanos están en la tenaz búsqueda de soluciones para un conjunto de amenazas interconectadas. ¿Cómo lidiamos con la rápida comunicación en línea que hace que la desinformación que llega en un momento preciso se difunda con facilidad y sea difícil de refutar? ¿Cómo encaja en el debate democrático racional el deseo de crear contenido visible, que a menudo se basa en la emoción y la sensación en lugar de la evidencia? ¿Cómo identificamos las fuentes reales de información cuando el anonimato de Internet oculta el origen de una publicación?

Y, teniendo en cuenta que Google y Facebook tienen un gran alcance y dominio del mercado, nos debemos preguntar: ¿estamos todos cautivos de sus algoritmos, y por extensión, están también cautivas nuestras opiniones y debates políticos?

En una de sus últimas iniciativas antes de su fallecimiento en agosto del año 2018, el ex secretario general de la ONU, Kofi Annan convocó a Comisión Global sobre Elecciones y Democracia en la Era Digital, la cual se lanzó a principios de este mes en la Universidad de Stanford. De manera especial, Annan quería hacer sonar una alarma en nombre de los países que cuentan con pocos medios, o incluso con ninguno, para defenderse de estas amenazas que se generan en el siglo XXI contra la integridad de las elecciones. Y, debido a que estos problemas podrían afectar casi a cualquier país, él creía fervientemente que una perspectiva global era crucial para enfrentarlos.

A la par que esta Comisión (compuesta por expertos del mundo de la tecnología y la política) se prepara para comenzar su trabajo, se asoman cuatro enormes amenazas.

Las amenazas

La primera amenaza es el surgimiento de una industria dedicada a la interferencia electoral. Del mismo modo en que estudiamos las elecciones presidenciales estadunidenses del año 2016 para aprender acerca de cómo prevenir la interferencia, otros acuden al estudio de esa campaña para obtener información sobre manipulación electoral.

Grupos de consultoría comercial ya atraen a clientes potenciales con ideas sobre cómo las redes sociales, las noticias falsas, y la micro-focalización pueden ser efectivas para influir en las elecciones. Además, esta nueva industria será bipartidista, tal como lo demuestra las recientes acusaciones sobre noticias falsas y manipulación de las redes sociales durante la campaña para las elecciones al Senado en Alabama el año 2018.

No se puede exagerar el peligro que corre la democracia a lo largo y ancho de todo el mundo. Si los resultados de las elecciones en un país tan poderoso y tecnológicamente avanzado como Estados Unidos pueden ser influenciados, ¿cómo les irá a otros países?

Otra amenaza emergente proviene de los “asistentes de voz para el hogar”, mismos que se tornan cada vez más populares. Los monopolios que manejan la información en línea ya tienen el poder de determinar lo que la población de un país mira y cree.

Y, a medida que el uso de los asistentes de voz, como por ejemplo Google Home, Alexa y Siri, se convierte en algo mucho más común, los usuarios pronto obtendrán respuestas a sus consultas que consisten en una sola respuesta, en lugar de múltiples sugerencias.

Tal ultra selección disminuirá nuestra actividad de búsqueda, investigación y debate, lo que a su vez otorga a algunas empresas y algoritmos un poder aún mayor para moldear lo que sabemos y creemos.

El tercer desafío es la aparición de materiales falsos en video – que en inglés se los denomina como “deepfakes”. Estos videos falsos hacen uso de la inteligencia artificial y la síntesis de imágenes para crear imágenes de video que no se pueden distinguir de las imágenes auténticas.

Imaginemos, por ejemplo, la velocidad a la que se podrían extender por Internet unas imágenes fabricadas que muestren al presidente iraní diciéndoles a sus jefes militares que preparen una invasión de Israel. A medida que se generalizan los “deepfakes”, la confianza general en el video disminuirá.

Y, a medida que el mundo real y el mundo virtual continúen amalgamándose, es posible que perdamos la confianza en nuestra capacidad para determinar qué es y qué no es real dentro del ámbito de la política democrática.

Por último, y no por eso menos importante, están las plataformas entre pares (en inglés: peer-to-peer platforms) cifradas. WhatsApp, con más de 1,5 mil millones de usuarios activos al mes en 180 países, se ha utilizado para difundir rumores y avivar la violencia en Brasil, México e India, de la misma manera que Facebook se usó para estimular la violencia comunitaria en Sri Lanka, Myanmar y Bangladesh.

Es cierto que el anonimato y el cifrado que ofrece WhatsApp son protecciones potentes para los ciudadanos que luchan por sus derechos democráticos cuando viven bajo regímenes autoritarios y sanguinarios. Sin embargo, son estas mismas características las que hacen que sea difícil identificar las fuentes de rumores, odio, e incitación a la violencia y, por lo tanto, es difícil medir el grado en que se utiliza WhatsApp para manipular las elecciones.

Un año de oportunidades para enfrentar la amenaza

En el año 2019, se celebrarán más de 80 elecciones presidenciales, generales y parlamentarias en todo el mundo. Si bien podemos vislumbrar los peligros que las tecnologías digitales representan para el sistema político, otros ven nuevas oportunidades para influir en los resultados. La gestión y contención de estas amenazas ahora debe ser una prioridad urgente, en todo el mundo, para quienes son partidarios de la democracia. Como Annan nos advirtió, “la tecnología no se detiene; tampoco puede detenerse la democracia”.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

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Opinión | 31 de enero de 2019

Foto: Johannes Eisele / AFP

La economía y los economistas necesitan una revolución

Edmund S. Phelps ganó el premio Nobel de economía de 2006 y es Director del Centro sobre Capitalismo y Sociedad en la Universidad de Columbia.

El silencio de la mayoría de los economistas sobre las causas estructurales de los cuestionamientos al sistema que estallan en Occidente, y sobre qué se puede hacer, ha sido ensordecedor. Y proporciona evidencia adicional de la negativa de la profesión a reconocer la necesidad de cambio.

Occidente y la economía están en crisis. Las tasas de retorno sobre la inversión son muy bajas. Los salarios, y los ingresos en general, se están estancando para la mayoría. La satisfacción con el empleo va en descenso, especialmente entre los jóvenes, y más gente en edad laboral no quiere o no puede participar en la fuerza de trabajo.

En Francia, muchos decidieron dar una oportunidad al Presidente Emmanuel Macron y hoy protestan contra sus políticas. Muchos estadounidenses decidieron lo mismo con Donald Trump y se han desilusionado. Y en Gran Bretaña muchos esperaban que el Brexit mejorara sus vidas.

Las tres revoluciones que se necesitan

Sin embargo, la mayor parte de los economistas han callado sobre las causas subyacentes a esta crisis y qué puede hacerse, si puede hacerse algo, para recuperar el vigor económico. Es seguro decir que las causas no se entienden muy bien, ni se entenderán hasta que finalmente los economistas asuman la tarea de cambiar el modo como se enseña y practica la economía. En particular, la profesión precisa de tres revoluciones a las que se sigue resistiendo.

La primera tiene relación con la constante desatención al conocimiento imperfecto. En los años de entreguerras, Frank Knight y John Maynard Keynes hicieron una adición radical a la teoría económica. El libro de Riesgo, incertidumbre y beneficio (1921) y el pensamiento de Keynes subyacente a su Teoría general del empleo, el interés y el dinero (1936) argumentaron que no existe ni puede haber una base para modelos que supongan que quienes toman decisiones cuentan con modelos correctos para hacerlo.

Knight inyectó un futuro incierto y Keynes añadió la ausencia de coordinación, pero las generaciones subsiguientes de economistas teóricos por lo general pasaron por alto este avance.

Hoy en día, y a pesar de algún trabajo importante para formalizar las observaciones de Knight y Keynes (particularmente por Roman Frydman y sus colegas), la incertidumbre –incertidumbre real, no varianzas conocidas- no se suelen incorporar a nuestros modelos económicos. (Por ejemplo, un influyente cálculo realizado por Robert J. Barro y Jason Furman hizo predicciones de la inversión empresarial resultante del recorte tributario a los beneficios corporativos de Trump sin considerar la incertidumbre knightiana.) Todavía no ocurre la Revolución de la Incertidumbre.

Segundo, sigue habiendo un descuido de la información imperfecta. En el que se ha llegado a conocer como el “volumen Phelps”, Fundamentos microeconómicos de la teoría del empleo y la inflación, hicimos notar un fenómeno que los economistas suelen pasar por alto. Si los trabajadores sobreestiman los salarios que se pagan fuera de sus ciudades se produce una inflación salarial y, en consecuencia, un desempleo anormalmente alto; si los subestiman, se producen niveles salariales más bajos y, en consecuencia, un desempleo anormalmente bajo. Cuando los trabajadores pierden sus empleos, digamos en el área de los Apalaches, no tienen mucha idea –sus estimaciones no están bien fundadas- de cuál sería su salario fuera de su mundo y cuánto tiempo demorarían en encontrar un empleo, por lo que pueden seguir en el paro por meses o incluso años. Hay una deficiencia de información, no una “información asimétrica”.

Es más, el volumen considera que cada actor de la economía está en el ruedo sin mayor sentido que el que pueda encontrarle, como describió Pinter, y se ve obligado a arreglárselas como mejor pueda, como conminó Voltaire. Pero los teóricos de la Universidad de Chicago crearon un modelo de ubicación mecánico en que el desempleo es meramente friccional y, en consecuencia, transitorio: el llamado modelo de isla. Como resultado, la Revolución de la Información no se ha absorbido todavía.

El último gran reto es la completa omisión del dinamismo económico en la teoría económica. Si bien los economistas han llegado a reconocer que Occidente ha sufrido una desaceleración masiva, la mayoría de ellos no ofrecen explicación alguna para ello. Otros, influidos por la tesis temprana de Schumpeter sobre la innovación en su clásico de 1911 Teoría del desarrollo económico, infieren que el torrente de descubrimientos científicos y geográficos se ha reducido muchísimo en los últimos tiempos. La teoría de Schumpeter se basaba explícitamente sobre la premisa de que las masas carecen de inventiva en la economía. (Es famoso su comentario de que nunca había conocido a un empresario con algún rasgo de originalidad.)

Esta fue una premisa extraordinaria. Se puede decir que el Occidente que vivimos (el mundo moderno, diríamos) comenzó con el gran académico Pico della Mirandola, que argumentó que toda la humanidad posee el don de la creatividad.

Y las inquietudes de muchos otros pensadores –la ambición de Cellini, el individualismo de Lutero, el vitalismo de Cervantes y el desarrollo personal de Montaigne- impulsaban a la gente a hacer uso de su creatividad. Más adelante, Hume enfatizó la necesidad de la imaginación y Kierkegaard recalcó la importancia de aceptar lo desconocido. Filósofos del siglo diecinueve como William James, Friedrich Nietzsche y Henri Bergson abrazaron la incertidumbre y valoraban lo nuevo.

A medida que alcanzaban una masa crítica, estos valores produjeron innovación local en toda la fuerza laboral. El fenómeno de la innovación de base por prácticamente todos los tipos de personas en todos los sectores fue percibido por primera vez por el historiador estadounidense Walt Rostow en 1952 y el historiador británico Paul Johnson lo describió vívida y voluminosamente en 1983. En mi libro de 2013 Florecimiento en masa trato sus orígenes.

Así que no estaba nada de claro que la tesis schumpeteriana se incorporaría a la teoría económica. Pero cuando Robert Solow del MIT presentó su modelo de crecimiento, se volvió estándar suponer que la “tasa de progreso técnico”, como la denominó, era exógena a la economía. Así, se prescindió de la idea de que la gente –incluso personas comunes y corrientes que trabajan en diferentes sectores- poseyera la imaginación para concebir nuevos bienes y nuevos métodos. Es una idea que, si se hubiera debatido, no habría resistido el examen. Como resultado, se puso en suspenso la Revolución del Dinamismo en la teoría económica.

Hay que modernizar la disciplina y ser más creativo

Sin embargo, con la gran desaceleración y el descenso de la satisfacción laboral, parece abrirse una ventana para dinamizar el modelamiento económico. Y hacerlo es urgente. La importancia de entender el reciente estancamiento de las economías ha generado esfuerzos por incorporar la imaginación y la creatividad a los modelos macroeconómicos. Por más de una década he argumentado que no podremos comprender los síntomas que se observan en las naciones occidentales hasta que hayamos formulado y probado hipótesis explícitas acerca de las fuentes, o los orígenes, del dinamismo.

Ese avance teórico nos dará esperanzas para explicar no solo la ralentización de la productividad total de los factores, sino también el declive de la satisfacción laboral. Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña no podrán volver a ser los mismos sino hasta que sus pueblos piensen de nuevo en mejores maneras de hacer las cosas y se entusiasmen con sus viajes a lo desconocido.

Este comentario es una adaptación de un discurso dado en la Universidad Dauphine de París en 15 de enero de 2019.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
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Opinión | 30 de enero de 2019

Foto: The Conversation

¿Por qué a los niños les gusta leer el mismo cuento una y otra vez?

Jane Herbert es una experta en desarrollo infantil y académica de la Escuela de Psicología de la Universidad de Wollongong en Australia.

A menudo oímos hablar de los beneficios de leer un cuento a la hora de dormir para incrementar el vocabulario, las habilidades de alfabetización temprana y la buena relación con su hijo.

Pero está claro que los expertos no han estado en su casa, porque el niño sigue pidiendo el mismo libro cada noche (en ocasiones, varias veces la misma noche). Ya se saben la historia de memoria.

Dado que las actividades que se realizan justo antes de dormir son especialmente bien recordadas por los niños pequeños, quizá se pregunte si toda esta repetición es realmente beneficiosa: la respuesta es sí. Su hijo está mostrando que disfruta con el cuento, pero también que aún está aprendiendo de las imágenes, las palabras y las interacciones que lleva a cabo con usted mientras leen el libro juntos.

Los niños quieren que les repitan

Se cree que, conformando una de las primeras etapas del proceso de aprendizaje, existe a edades tempranas preferencia por la familiaridad en vez de por la novedad. Los bebés, por ejemplo, sienten una mayor cercanía con su cuidador cuando comparten género y etnia.

Con la edad y la experiencia, las preferencias del bebé cambian, interesándose más por la novedad. A los cuatro o cinco meses, las caras desconocidas les resultan más atractivas que el rostro familiar del cuidador.

Pero incluso un niño de tres días prefiere mirar a una cara que suponga una novedad si se les muestra repetidamente una foto de la cara de su madre. Cuando los bebés han codificado suficiente información acerca de una imagen, están preparados para experimentar otras nuevas y diferentes.

La edad de su hijo influye en la velocidad a la que aprenderá y recordará información sobre el cuento que comparten. Existen dos principios clave del desarrollo de la memoria: los niños pequeños necesitan más tiempo para codificar la información que los niños mayores, y olvidan más rápido.

Por ejemplo, un niño de un año aprende una serie de nuevas acciones el doble de rápido que un bebé de seis meses. Mientras que un niño de año y medio recuerda una secuencia de acciones novedosas durante dos semanas, uno de dos años las retiene en su memoria durante tres meses.

En cualquier caso, es más difícil aprender de fuentes bidimensionales, como los libros o los vídeos, que de las experiencias directas. La exposición repetida ayuda a los niños a codificar y recordar la información procedente de este tipo de fuentes.

¿Cómo aprenden los niños mediante la repetición?

La lectura del mismo cuento cuatro veces, en lugar de dos, mejora la habilidad de niños de entre 18 y 24 meses para llevar a cabo las acciones necesarias para hacer sonar un sonajero. De manera similar, duplicar el tiempo de exposición a un vídeo a niños de entre 12 y 21 meses mejora sus recuerdos acerca de lo que vieron.

La lectura repetida del mismo cuento también ayuda a los niños a aprender palabras nuevas, especialmente entre los tres y los cinco años.

La repetición ayuda a aprender información compleja mediante el aumento de oportunidades para que la información sea codificada, lo que permite a su hijo centrarse en diferentes elementos y le brinda más ocasiones para hacer preguntas e hilar conceptos mediante la conversación.

Quizá crea que los cuentos no son complicados, pero contienen un 50% más de palabras desconocidas (por poco habituales) que un programa de televisión en horario de máxima audiencia e, incluso, más que una conversación entre estudiantes universitarios. ¿Recuerda cuándo fue la última vez que dijo la palabra “jirafa” en una charla con un compañero? Aprender toda esta información requiere un tiempo.

Los reconocidos beneficios de la repetición han convertido esta técnica en una característica básica en el diseño de algunos programas de televisión de carácter didáctico. Para reforzar sus enseñanzas, se repite el mismo episodio de Blue’s Clues (Las pistas de Blues) durante una semana, y todos sus capítulos siguen la misma estructura.

Ver el mismo episodio de Blue’s Clues durante cinco días seguidos aumentó la comprensión del contenido en niños de entre tres y cinco años, a la vez que multiplicó sus interacciones con el programa, frente a los que lo vieron tan solo una vez. A lo largo de las repeticiones, los niños aprendían a ver la televisión y a trasladar su conocimiento a los nuevos episodios y series. Lo más probable es que el mismo proceso tenga lugar con la repetición en la lectura de cuentos.

Lo que pueden hacer los padres para fomentar el aprendizaje repetitivo

La próxima vez que su hijo le pida leer de nuevo el mismo libro, recuerde que se trata de un paso importante en su proceso de aprendizaje. Además, si se centra en nuevos aspectos en cada relectura, puede estimular las oportunidades de aprendizaje dentro de este contexto familiar.

Un día, preste más atención a las imágenes. El siguiente, céntrese en el texto o anime a su hijo a completar las oraciones. Relacione la historia con sucesos reales en el mundo del pequeño. Este tipo de conversación, de más amplio contexto, supone un reto mayor y fortalece sus habilidades cognitivas.

También puede contribuir a sus intereses ofreciéndole libros del mismo autor o sobre un tema similar. Si a su hijo le gusta Where is the Green Sheep? (¿Dónde está la oveja verde?), de Mem Fox, puede probar con Bonnie and Ben rhyme again (Bonnie y Ben riman otra vez) –que también tiene ovejas–.

Propóngale una amplia variedad de obras, incluyendo libros informativos, que brindan más datos acerca de un tema pero emplean estructuras y palabras bastante más diferentes y complejas.

Y recuerde que es solo una fase y acabará pasando. Un día, su hijo tendrá un nuevo libro favorito, y el actual, le encante o lo aborrezca, volverá a la estantería.

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Opinión | 29 de enero de 2019

Foto: Fernando Gens/Telam

Igualdad de género impulsada por los datos

Gabriela Ramos es jefa de gabinete de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), Sherpa para el G7 y G20, y líder de la Estrategia de Género de la OCDE.

Si los países eliminaran la discriminación por motivos de género y garantizaran la igualdad para 2030, el PBI mundial aumentaría en unos 6 billones de dólares. Los nuevos datos de la OCDE podrían proporcionar información que ayude a hacer de esta visión una realidad.

Si se toma como referencia el ritmo actual de progreso, se tardará más de 200 años para lograr la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres en el ámbito laboral.

En muchos países, todavía se obliga a las niñas a casarse cuando ellas aún son muy jóvenes, lo que limita su acceso a la educación formal y futuras oportunidades de empleo. En Níger, por ejemplo, en el año 2016, el 76% de las niñas entre 15 a 19 años de edad ya estaban casadas, lo que explica, en parte, por qué el 73% de las niñas en edades en las que deberían asistir a la educación secundaria inferior ya no asisten a la escuela.

El trabajo infantil también es muy común, y casi un tercio de las mujeres del mundo creen que la violencia doméstica es un castigo justificable bajo ciertas circunstancias, tales como quemar la comida.

¿Qué refleja lo antedicho acerca de los valores humanos cuando se considera más aceptable golpear a una mujer que arruinar la comida para la cena?

Los marcos jurídicos consagran tales valores humanos. Hoy en día, diez países todavía permiten la violación conyugal, y nueve aún permiten que los violadores eviten su castigo, si ellos se casan con sus víctimas. Y, en el caso de muchas más mujeres, dichos valores son los que se permean hacia dentro de las estructuras sociales, que son las que a su vez les niegan oportunidades.

El marco legal es un obstáculo para la mujer

En todo el mundo, la carencia de licencias de maternidad con sueldo pagado, servicios de guardería infantil, o políticas laborales favorables a la familia impiden la participación de las mujeres en la economía formal. Incluso cuando las mujeres logran tener una carrera laboral, ellas aún tienen que asumir tres cuartas partes de las responsabilidades dentro del hogar.

Claramente, un mundo más equitativo e inclusivo en cuanto a género requerirá de un cambio trascendental: en cuanto a percepciones, actitudes, estereotipos y leyes. Se justifica la promoción de tal cambio no sólo por razones morales, sino también en términos económicos.

El impacto económico

Según nuestras estimaciones, si los países eliminaran la discriminación basada en el género y concedieran a las mujeres un mayor acceso a la educación y el empleo, el PBI mundial aumentaría en $6 millones de millones en el transcurso de la próxima década. No obstante, si bien la razón para el cambio puede estar muy bien fundamentada, los países a menudo tienen dificultades para desarrollar políticas basadas en el género que estén enraizadas en datos y evidencias sólidas, por la falta de los mismos.

Para abordar dicha carencia, en el año 2009 la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) desarrolló el Índice de instituciones sociales y género (SIGI) con los datos de unos 180 países. Este índice junto con el SIGI Policy Simulator, un simulador de políticas que se lanzó este año, se constituyen en una herramienta para que los gobiernos evalúen cuán inclusivas son sus políticas de género, identifiquen áreas susceptibles de reforma, y evalúen los programas que implementan.

Los datos ya han generado importantes y profundas apreciaciones. Consideremos, por ejemplo, Alemania. Si bien el país ocupa un lugar alto en los índices de igualdad de género a nivel mundial, SIGI muestra que este país podría ingresar en la lista de los 10 primeros países con un cambio relativamente simple: imponer jurídicamente que las personas reciban igual remuneración por igual tarea. La ausencia de tal requisito le cuesta a Alemania el equivalente al 1% de su PIB, según estimaciones calculadas a partir del más reciente documento sobre Perspectivas Económicas de la OCDE.

En Chile, otorgar a las mujeres casadas los mismos derechos de propiedad que gozan los hombres casados aumentaría la inversión total en un 1%. En Vietnam, si se ayuda a que las mujeres accedan a las mismas oportunidades profesionales que los hombres, se aumentaría la participación total en la fuerza laboral en un 1%.

En muchos países, únicamente las madres tienen derecho a licencia tras el nacimiento de un hijo. Esto refuerza la percepción de que el trabajo de cuidado no remunerado es tarea de la mujer, lo que a su vez causa una asimetría en la distribución de las tareas domésticas. Las mujeres en Pakistán y en la India, en promedio, pasan diez veces más tiempo en la realización de tareas domésticas que los hombres, lo que significa que ellas tienen menos tiempo para participar en actividades relacionadas con el mercado, el estudio, o simplemente actividades de relajación. Se debe hacer notar que esta tendencia no es, en lo absoluto, una tendencia exclusiva del sur de Asia.

Por lo tanto, ¿cómo pueden los gobiernos utilizar SIGI para cambiar sus leyes y promover la igualdad de género? La mejor manera es aprender de las experiencias de otros. En Sudáfrica, la Ley de reconocimiento de matrimonios consuetudinarios de 1998, junto con la Ley de uniones civiles de 2006, eliminaron con eficacia tanto el matrimonio forzado como el matrimonio infantil. En Liberia, una ley aprobada en 2015 otorga el derecho a las mujeres para que ellas reciban igual remuneración por igual tarea.

En el año 2000, Etiopía revocó el lenguaje que otorgaba solamente a los hombres el derecho de administrar los bienes familiares. En 2015, Bulgaria eliminó de su legislación que permitía la existencia de profesiones y ocupaciones que solamente podían ser desempeñadas por hombres. Y, en 2002, Suecia quiso coadyuvar en la búsqueda del equilibrio en las responsabilidades de cuidado de niños entre ambos padres mediante el aumento de la “cuota asignada al padre” en la ley de licencia parental, ampliándola de un mes a dos.

Hora de convertir la retórica en acción

Los datos y la planificación hicieron posibles estas iniciativas, y los nuevos conjuntos de datos de la OCDE están diseñados para ayudar a que otros países sigan los ejemplos antedichos. Armados con información, los líderes pueden convertir la retórica sobre la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres en acciones trascendentales.

En última instancia, dichas acciones ayudarán a crear entornos de igualdad tanto para mujeres como para hombres, y coadyuvarán en la construcción de sociedades sostenibles, respetuosas y pacíficas para todos nosotros. Ahora contamos con los datos para ayudar a que las mujeres alcancen su potencial, así como también contamos con datos que nos ayudan a evidenciar qué nos pasa a todos nosotros cuando no las ayudamos.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 28 de enero de 2019

La amenaza de la Inteligencia Artificial para las sociedades democráticas y abiertas

George Soros es presidente de Soros Fund Management, uno de los fondos de inversión más influyentes del mundo, y de la Fundación Open Society.

Quiero advertir al mundo sobre un peligro sin precedentes que está amenazando la supervivencia misma de las sociedades abiertas.

En una época de nacionalismo populista, las sociedades abiertas se encuentran cada vez más amenazadas. Pero la amenaza de los movimientos ideológicos palidece en comparación con la que plantean las nuevas tecnologías poderosas en manos de los autoritarios.

Los instrumentos de control de rápida evolución que el aprendizaje automático y la inteligencia artificial pueden producir les están dando a los regímenes represivos una ventaja inherente. Para ellos, los instrumentos de control que se perfeccionan son una ayuda; para las sociedades abiertas constituyen un peligro mortal.

Me centraré en China, donde el presidente Xi Jinping quiere que reine un estado unipartidario. Xi intenta consolidar toda la información disponible sobre una persona en una base de datos centralizada para crear un “sistema de crédito social”. En base a estos datos, la gente será evaluada por algoritmos que determinarán si plantea una amenaza para el estado unipartidario. La gente luego será tratada según corresponda.

El sistema de crédito social todavía no está plenamente operativo, pero es claro hacia dónde se dirige. Subordinará el destino del individuo a los intereses del estado unipartidario como nunca se vio antes.

El sistema de crédito social me parece alarmante y aborrecible. Desafortunadamente, a algunos chinos les resulta atractivo, porque ofrece información y servicios que actualmente no están disponibles, y también puede proteger a los ciudadanos que cumplen con la ley de los enemigos del estado.

China no es el único régimen autoritario del mundo, pero es sin duda el más rico, el más fuerte y el más desarrollado en aprendizaje automático e inteligencia artificial. Esto convierte a Xi en el opositor más peligroso de quienes creen en el concepto de una sociedad abierta. Pero Xi no es el único. Los regímenes autoritarios están proliferando en todo el mundo y, si tienen éxito, se volverán totalitarios.

En mi calidad de fundador de las Open Society Foundations, he dedicado mi vida a combatir las ideologías totalizadoras y extremistas, que sostienen equivocadamente que el fin justifica los medios. Yo creo que el deseo de libertad de la gente no se puede reprimir eternamente. Pero reconozco que las sociedades abiertas hoy en día están profundamente amenazadas.

Utilizo el término “sociedad abierta” para referirme a una sociedad en la que impera el régimen del derecho por sobre el régimen de un solo individuo, y donde el papel del estado es el de proteger los derechos humanos y la libertad individual. En mi opinión, una sociedad abierta debería prestar especial atención a quienes sufren discriminación o exclusión social y a quienes no pueden defenderse por sí mismos.

¿Cómo se pueden proteger las sociedades abiertas si estas nuevas tecnologías les dan a los regímenes autoritarios una ventaja incorporada? Esa es la pregunta que me preocupa. También debería preocupar a todos los que prefieren vivir en una sociedad abierta.

En busca de una sociedad abierta

Mi profundo temor por esta cuestión surge de mi historia personal. Nací en Hungría en 1930, y soy judío. Tenía 13 años cuando los alemanes ocuparon Hungría y empezaron a deportar judíos a campos de exterminación. Yo tuve la gran fortuna de que mi padre entendiera la naturaleza del régimen nazi y consiguiera documentos de identidad falsos y escondites para todos los miembros de su familia, y para otros judíos también. La mayoría sobrevivimos.

El año 1944 fue la experiencia formadora de mi vida. Aprendí a una edad temprana lo importante que es el tipo de régimen político que prevalece. Cuando el régimen nazi fue reemplazado por la ocupación soviética, abandoné Hungría tan pronto como pude y encontré refugio en Inglaterra.

En la London School of Economics, desarrollé mi marco conceptual bajo la influencia de mi mentor, Karl Popper. Ese marco resultó ser inesperadamente útil cuando más tarde encontré trabajo en los mercados financieros. El marco no tenía nada que ver con las finanzas, pero se basa en el pensamiento crítico. Eso me permitió analizar las deficiencias de las teorías prevalecientes que guiaban a los inversores institucionales. Me convertí en un gestor de fondos de cobertura exitoso, y me enorgullece ser el crítico mejor pago del mundo.

Administrar un fondo de cobertura era muy estresante. Cuando había ganado más dinero del que necesitaba para mí o mi familia, atravesé una suerte de crisis de la mediana edad. ¿Por qué debería matarme para ganar más dinero? Reflexioné mucho tiempo sobre lo que realmente me importaba y, en 1979, fundé el Open Society Fund. Definí sus objetivos: ayudar a abrir las sociedades cerradas, reducir las deficiencias de las sociedades abiertas y promover el pensamiento crítico.

Mis primeros esfuerzos estaban dirigidos a intentar socavar el sistema de apartheid en Sudáfrica. Luego viré mi atención y me concentré en abrir el sistema soviético. Creé una empresa conjunta con la Academia Húngara de Ciencias, que estaba bajo control comunista, pero sus representantes empatizaban en secreto con mis esfuerzos. Este acuerdo tuvo un éxito que fue mucho más allá de mis sueños más descabellados. Y quedé atrapado en lo que llamo “filantropía política”. Eso fue en 1984.

En los años posteriores, intenté replicar mi éxito en Hungría y en otros países comunistas. Lo hice bastante bien en el imperio soviético, incluida la propia Unión Soviética, pero fue una historia diferente en China.

Dictadura con características chinas

Mi primer esfuerzo en China parecía bastante alentador. Involucraba un intercambio de visitas entre economistas húngaros que eran muy admirados en el mundo comunista y un equipo perteneciente a un grupo de expertos chinos recientemente creado, cuyos miembros estaban ansiosos por aprender de los húngaros.

En base a este éxito inicial, le propuse a Chen Yizi, el líder del grupo de expertos, replicar el modelo húngaro en China. Chen obtuvo el respaldo del premier Zhao Ziyang y de su secretario reformista, Bao Tong. En octubre de 1986 se creó una empresa conjunta llamada China Fund. Era una institución diferente de cualquier otra en China. En los papeles, tenía autonomía completa.

Bao era su paladín. Pero quienes se oponían a la reforma crítica, que eran muchos, aunaron fuerzas para atacarlo. Decían que yo era un agente de la CIA y le pidieron a la agencia de seguridad interna que me investigara. Para protegerse, Zhao reemplazó a Chen por un funcionario de alto rango en la policía de seguridad externa. Como las dos organizaciones tenían el mismo status, no podían interferir en los asuntos de la otra.

Aprobé este cambio porque estaba enojado con Chen por otorgar demasiados créditos a miembros de su propio instituto, y no estaba al tanto de las luchas políticas internas que transcurrían detrás de escena. Pero los postulantes al China Fund pronto se dieron cuenta de que la organización había pasado a estar controlada por la policía política y empezaron a alejarse. Nadie tuvo la valentía de explicarme los motivos.

Finalmente, un receptor de préstamos chino me visitó en Nueva York y me contó –corriendo un riesgo considerable- lo que había sucedido. Poco después, Zhao fue removido del poder y utilicé esto como una excusa para cerrar la fundación. Eso sucedió justo antes de la masacre de la Plaza Tiananmen en 1989 y dejó un “punto negro” en el registro de la gente asociada con la fundación. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que pudieron limpiar sus nombres, pero lo lograron.

En retrospectiva, es evidente que cometí un error al intentar crear una fundación, que operaba de maneras que no le resultaban familiares a la gente en China. En aquel momento, otorgar un préstamo creaba una sensación de obligación entre el donante y el receptor y obligaba a ambos a ser mutuamente fieles para siempre.

La traición de la reforma

Hasta ahí la historia. Pasemos a los acontecimientos que se han producido apenas el año pasado. Algunos me sorprendieron.

Cuando empecé a visitar China por primera vez, conocí a muchas personas en puestos de poder que eran fervientes creyentes en los principios de la sociedad abierta. En su juventud, habían sido deportados al campo para ser reeducados, y muchas veces sufrían padecimientos mucho mayores que los míos en Hungría. Pero teníamos mucho en común. Todos habíamos estado en el extremo receptor de una dictadura.

Estaban ansiosos por escucharme hablar sobre los pensamientos de Popper sobre la sociedad abierta. Si bien el concepto les parecía muy atractivo, su interpretación seguía siendo un tanto diferente de la mía. Ellos estaban familiarizados con la tradición confuciana, pero no había tradición de voto en China. Su pensamiento seguía siendo jerárquico, no igualitario, y tenían un respeto incorporado por los cargos altos. Yo, en cambio, quería que todos pudieran votar.

No me sorprendió cuando Xi se topó con una oposición fuerte en el país; pero sí me sorprendió la forma que adoptó. En la convocatoria de líderes del año pasado en la localidad balnearia de Beidaihe, Xi aparentemente fue reprendido. Si bien no hubo ningún comunicado oficial, el rumor fue que la convocatoria desaprobó la abolición de los límites a los mandatos y el culto de la personalidad que Xi había construido en torno suyo.

Los defensores comprometidos de una sociedad abierta en China, que tienen aproximadamente mi edad, en general se han retirado, y la gente más joven, que depende de Xi para una promoción, han tomado su lugar. En verdad, fueron los líderes retirados como Zhu Rongji los que, aparentemente, plantearon las críticas a Xi en la reunión de Beidaihe.

Es importante tomar conciencia de que estas críticas sólo fueron una advertencia para Xi sobre sus excesos, pero no revirtieron la abolición del límite de dos mandatos. Es más, el “Pensamiento Xi Jinping”, que él mismo promovió como su compendio de la teoría comunista, fue elevado al mismo nivel que el “Pensamiento Mao Tse Tung”. De modo que Xi sigue siendo el líder supremo, posiblemente de por vida. El resultado definitivo de las luchas políticas internas de hoy sigue sin resolverse.

La sociedad abierta y sus defensores

Me he estado concentrando en China, pero las sociedades abiertas tienen muchos más enemigos –la Rusia de Putin es el principal entre ellos-. Y el escenario más peligroso es aquel en el que esos enemigos conspiran entre sí, o aprenden unos de otros, para oprimir a su pueblo de manera más efectiva.

¿Qué podemos hacer para frenarlos?

El primer paso es reconocer el peligro. Esa es la razón por la que estoy hablando públicamente. Pero ahora viene la parte difícil. Quienes queremos preservar la sociedad abierta debemos trabajar y formar una alianza efectiva. Tenemos una tarea que no podemos dejar en manos de los gobiernos. La historia ha demostrado que hasta los gobiernos que quieren proteger la libertad individual tienen otros muchos intereses, y también dan prioridad a la libertad de sus propios ciudadanos por sobre la libertad del individuo como un concepto abstracto.

Mis Open Society Foundations están dedicadas a proteger los derechos humanos, especialmente los de quienes no tienen un gobierno que los defienda. Cuando comenzamos hace cuatro décadas, muchos gobiernos apoyaban nuestros esfuerzos. Desafortunadamente, hoy son menos. Estados Unidos y Europa, que en algún momento eran nuestros aliados más sólidos, están preocupados por sus propios problemas hoy.

Por lo tanto, quiero centrarme en lo que considero la pregunta más importante para las sociedades abiertas: ¿qué sucederá en China?

Sólo el pueblo chino puede responder a la pregunta. Lo único que podemos hacer nosotros es trazar una distinción clara entre ellos y Xi. Como Xi ha declarado su hostilidad hacia la sociedad abierta, el pueblo chino se convierte en la principal fuente de esperanza.

Y, en verdad, hay motivos para albergar esperanzas. Como me han explicado algunos especialistas en China, hay una tradición confuciana según la cual se espera que los asesores del emperador expresen su opinión cuando están en fuerte desacuerdo con una de sus acciones o decretos, siendo plenamente conscientes de que esto puede resultar en el exilio o hasta en una ejecución. Esto fue para mí un gran alivio cuando estaba al punto de la desesperación. Significa que ha surgido una nueva elite política que está dispuesta a defender la tradición confuciana y también que Xi seguirá teniendo opositores en China.

La disolución de la ruta de la seda

Xi presenta a China como un modelo de rol para que otros países imiten, pero también enfrenta críticas en el exterior. Su Iniciativa Un Cinturón, Una Ruta (BRI por su sigla en inglés) ha estado vigente el tiempo suficiente como para revelar sus deficiencias. Por un lado, estaba destinada a promover los intereses de China, no los intereses de los países receptores. Es más, sus ambiciosos proyectos de infraestructura estaban financiados principalmente por préstamos, no subsidios, y las autoridades extranjeras muchas veces recibían sobornos para aceptarlos. Y muchos de estos proyectos terminaron siendo económicamente poco sólidos.

El caso icónico es Sri Lanka. China le prestó al pueblo de Sri Lanka el dinero para pagarle a China para que construyera un puerto que satisficiera los intereses estratégicos de China. Pero el puerto no logró atraer el suficiente tráfico comercial como para que el pueblo de Sri Lanka pudiera pagar la deuda. Esto le permitió a China tomar posesión del puerto. Existen varios casos similares en otras partes y están generando resentimiento.

Malasia está liderando la campaña en contra. El gobierno anterior, liderado por Najib Razak, le entregó todo a China. Pero, en mayo de 2018, una coalición liderada por Mahathir Mohamed sacó a Najib del poder. El gobierno de Mahathir inmediatamente frenó varios proyectos grandes de infraestructura que estaban a cargo de empresas chinas, y actualmente está negociando cuánto Malasia todavía tendrá que pagarle a China.

La situación no es clara en Pakistán, que ha sido el mayor receptor de inversiones chinas. El ejército paquistaní admira a China, pero la posición de Imran Khan, que asumió como primer ministro en agosto pasado, es más ambivalente. A comienzos de 2018, China y Pakistán anunciaron planes grandilocuentes de cooperación militar. Para fin de año, Pakistán atravesaba una profunda crisis financiera, pero algo se volvió evidente: China pretende utilizar la iniciativa BRI también para fines militares.

Todos estos reveses han obligado a Xi a modificar su actitud hacia la iniciativa BRI. En septiembre, anunció que se descartarán los “proyectos ostentosos” a favor de iniciativas concebidas con más cuidado, y en octubre, el People’s Daily advirtió que los proyectos deberían redundar en beneficio de los países receptores.

Los clientes hoy están advertidos y varios de ellos, desde Sierra Leona hasta Ecuador, están cuestionando o renegociando los proyectos. Xi también ha dejado de hablar sobre “Hecho en China 2025”, que había sido la pieza central de su autopromoción un año antes.

¿Contención 2.0?

Más importante, el gobierno de Estados Unidos ahora ha identificado a China como un “rival estratégico”. El presidente Donald Trump es notoriamente impredecible, pero esta decisión fue el resultado de un plan estratégico minuciosamente preparado. Desde entonces, el comportamiento idiosincrático de Trump ha sido ampliamente reemplazado por una política hacia China adoptada por las agencias de la administración y supervisadas por el asesor sobre Asuntos Asiáticos del Consejo Nacional de Seguridad, Matthew Pottinger, y otros. La política fue delineada en un discurso seminal del vicepresidente Mike Pence el 4 de octubre de 2018.

Aun así, declarar a China un rival estratégico es demasiado simplista. China es un actor global importante. Una política efectiva hacia China no se puede resumir en una generalización. Tiene que ser mucho más sofisticada, detallada y práctica; y debe incluir una respuesta económica de Estados Unidos a la iniciativa BRI. El plan de Pottinger no especifica si su objetivo máximo es nivelar el campo de juego o desvincularse de China.

Xi entendió plenamente la amenaza que planteaba la nueva política de Estados Unidos para su liderazgo. Apostó a una reunión personal con Trump en la cumbre del G-20 en Buenos Aires el 1 de diciembre. Mientras tanto, el peligro de una guerra comercial global escalaba, y se desató una liquidación pronunciada en el mercado bursátil, creando problemas para la administración Trump, que había centrado toda su energía y su atención en las elecciones de mitad de mandato el mes anterior. Cuando Trump y Xi se reunieron, ambas partes estaban ansiosas por llegar a un acuerdo. Y así fue, aunque lo que acordaron –una tregua de 90 días- es muy inconcluyente.

Sin embargo, existen claros indicios de que en China se está gestando una caída económica generalizada, que está afectando al resto del mundo. Una desaceleración global es lo último que quiere ver el mercado.

El contrato social tácito en China se basa en estándares de vida en constante aumento. Si la caída en la economía china y el mercado bursátil es lo suficientemente seria, este contrato social puede verse afectado, y hasta la comunidad empresaria puede terminar oponiéndose a Xi. Una desaceleración de este tipo también podría ser la sentencia de muerte de la iniciativa BRI, porque Xi puede quedarse sin recursos para seguir financiando tantas inversiones deficitarias.

Sobre la cuestión más amplia de la gobernanza global de Internet, existe una lucha no declarada entre China y Occidente. China quiere dictar las reglas y procedimientos que gobiernan la economía digital dominando al mundo en desarrollo con sus nuevas plataformas y tecnologías. Ésta es una amenaza para la libertad de Internet y de la propia sociedad abierta.

El año pasado, todavía creía que China tenía que estar involucrada más profundamente en las instituciones de la gobernanza global, pero el comportamiento de Xi desde entonces me hizo cambiar de opinión. Mi visión hoy es que, en lugar de entablar una guerra comercial prácticamente con todo el mundo, Estados Unidos debería centrarse en China; en lugar de permitir que ZTE y Huawei operen con libertad, tiene que tomar medidas enérgicas contra ellas. Si estas empresas llegan a dominar el mercado del 5G, representarían un riesgo inaceptable en materia de seguridad para el resto del mundo.

Lamentablemente, el presidente Trump parece estar encaminado en un curso diferente: hacer concesiones a China y declarar la victoria renovando al mismo tiempo sus ataques a aliados de Estados Unidos. Esto es susceptible de minar el objetivo político de Estados Unidos de frenar los abusos y los excesos de China.

Una conclusión esperanzadora

Como Xi es el enemigo más peligroso de las sociedades abiertas, debemos depositar nuestras esperanzas en el pueblo chino, y especialmente en la elite política, que está inspirada por la tradición confuciana. Esto no significa que quienes creemos en la sociedad abierta debamos permanecer pasivos. La realidad es que estamos en una Guerra Fría que amenaza con convertirse en una guerra caliente. Por otro lado, si Xi y Trump ya no estuvieran en el poder, se presentaría la oportunidad de desarrollar una mayor cooperación entre las dos ciberpotencias.

Es posible soñar con algo parecido al Tratado de las Naciones Unidas a fines de la Segunda Guerra Mundial. Ése sería el final apropiado para el ciclo actual de conflicto entre Estados Unidos y China. Reestablecería la cooperación internacional y permitiría que florecieran las sociedades abiertas.

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Opinión | 25 de enero de 2019

Foto: Lionel Bonaventure / AFP

Cómo hacer para que empresas como Amazon y Google paguen impuestos en una era global y digital

Gillian Tans es CEO de Booking.com.

La propuesta de la Comisión Europea para crear un impuesto de servicios digitales está dirigida principalmente a gigantes tecnológicos multinacionales. Pero si el impuesto entra en vigencia, serán las nuevas empresas de Europa y los ecosistemas digitales los que pagarán el precio más alto.

La cuestión de cómo gravar a las empresas cada vez más globalizadas y digitalizadas es vital para la salud futura del comercio y la inversión intrafronterizos. Lamentablemente, el debate actual está empantanado en un contexto de confusión y complejidad, al que no ayudan en nada las respuestas políticas populistas que demonizan a las empresas digitales.

Un buen ejemplo es la propuesta de la Comisión Europea, publicada por primera vez en marzo de 2018, de crear un impuesto sobre servicios digitales de la UE (DST por su sigla en inglés). La medida apunta principalmente a los gigantes tecnológicos multinacionales cuyas estructuras corporativas les permiten desviar ganancias obtenidas en el sector digital a jurisdicciones de bajos impuestos. Pero si el DST entrara en vigencia, serán las propias empresas nuevas y los ecosistemas digitales de Europa los que resultarán más afectados.

La respuesta de Europa no es la solución

Por ser una compañía que opera en un mercado globalizado, tenemos numerosos reparos respecto de la visión limitada para el futuro del negocio que expresan las propuestas de la Comisión Europea. Es por este motivo que debemos oponernos de plano a la idea del DST.

El DST propuesto, así como los esfuerzos apresurados de tributación digital de parte de varios estados miembro de la UE, refleja la idea anticuada de que las compañías digitales son diferentes de las empresas tradicionales.

En tanto industrias enteras se digitalizan, esta distinción se vuelve cada vez más insostenible. Intentar mantenerla amenaza con causarles un serio daño a largo plazo a las empresas y a las economías nacionales de Europa.

Bajo las reglas internacionales de impuestos corporativos de hoy, sólo se puede gravar a las empresas sobre las ganancias que obtienen en el país en el que están basadas físicamente, pero no si su actividad comercial se realiza por medios digitales.

La discusión muchas veces encendida en torno de esta cuestión ha generado la imagen de grandes firmas tecnológicas multinacionales que se aprovechan de los mercados locales y utilizan la infraestructura local a la vez que operan sin ninguna responsabilidad impositiva.

Este discurso cada vez más difundido contribuyó a las propuestas de la Comisión Europea de un DST en toda la UE, junto con una reforma más amplia de la tributación corporativa que abarque a toda presencia operacional importante de una empresa digital.

Pero en lugar de producir un sistema impositivo que sea justo y que favorezca el negocio, es mucho más factible que el DST erosione los beneficios y las oportunidades que la economía digital ofrece actualmente a las empresas y a los consumidores.

El DST propuesto –supuestamente una solución interina, a la espera del acuerdo de medidas globales- tiene dos desventajas específicas.

Por empezar, gravar a las empresas en base a la recaudación en lugar del ingreso neto resultará en una carga impositiva cada vez más insostenible para las empresas con ganancias bajas y una facturación alta. En lugar de afectar a los gigantes tecnológicos, que era el objetivo, es muy probable que un DST sea un obstáculo para muchas empresas nuevas europeas en el sector tecnológico que se han vuelto líderes globales en sus respectivos campos.

Esta estrategia intrínsecamente injusta distorsionará la competencia, minará la iniciativa empresarial y afectará el crecimiento económico doméstico.

Desafortunadamente, los líderes de la UE están demasiado focalizados en contener las estructuras corporativas de ciertas marcas tecnológicas globales para ver las implicancias negativas a largo plazo que tendría un DST para el crecimiento de las empresas europeas.

El segundo problema es la probable creación de un mosaico de medidas de tributación digital, tanto dentro como fuera de la UE. Si bien la Comisión Europea sostiene que el DST que propone impediría la aparición de políticas similares a nivel nacional dentro de la UE, sucesos recientes en el Reino Unido, Francia e Italia sugieren lo contrario.

Es más, una estrategia de tributación digital apresurada o mal evaluada por parte de la UE podría resultar en una grilla que se replique a nivel internacional.

Es clave que las reglas sean claras y consistentes

Esto podría llevar a un mapa irregular de impuestos globales, donde la norma aceptada sea la confusión, la variación y formas de doble tributación. Las consecuencias, en términos del crecimiento y la supervivencia de las pequeñas y medianas empresas en todo el mundo, podrían ser graves.

Desde una perspectiva más alentadora, la OCDE está haciendo buenos progresos para alcanzar un consenso sobre tributación digital –que abarque a los motores de búsqueda, los mercados virtuales y las plataformas de redes sociales.

Yo creo firmemente que la colaboración a nivel de la OCDE/G-20 es esencial para desarrollar reglas fiscales justas y transparentes para las empresas que ofrecen servicios digitales. Es una estrategia que respaldo plenamente y que, muy probablemente, proteja los intereses de las empresas y de la economía por igual.

Empresas como la nuestra operan en un mundo verdaderamente globalizado. Se nos exige que cumplamos con una variedad de leyes impositivas y, al igual que todas las empresas progresistas en la era digital, estamos felices de hacerlo.

Se necesita un marco tributario global y uniforme

Lo que queremos es un sistema de impuestos corporativos justo y favorable para ayudar a salvaguardar el crecimiento en general, en especial cuando las condiciones económicas son difíciles. La tributación a las empresas debe seguir estando basada esencialmente en el ingreso neto, y un consenso global respecto del desarrollo de un marco de tributación uniforme hoy es esencial.

Ese consenso no puede esperar. La economía global se está volviendo más digitalizada cada día. En nuestro carácter de compañía europea, queremos ver que las empresas de la UE crezcan, tengan éxito y se vuelvan líderes en este paisaje nuevo y emocionante. Las medidas tributarias separadas para las compañías digitales, como el DST, son cortoplacistas y poco realistas, y en definitiva terminarán siendo contraproducentes para todos.

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Opinión | 24 de enero de 2019

Cuáles son las inversiones urgentes para responder a la crisis de capital humano

Kristalina Georgieva es Directora Ejecutiva del Banco Mundial.

El mundo enfrenta una creciente crisis de capital humano que exige atención urgente. Al hacer las inversiones correctas en las personas, especialmente en los más pobres y vulnerables, podemos ayudarles a brindarles la salud, el conocimiento y las habilidades que necesitan para realizar todo su potencial.

A lo largo de sus 75 años, el Banco Mundial ha estado a la vanguardia del desarrollo, ayudando a los países a invertir de manera inteligente en la preparación de sus ciudadanos para el futuro, con especial énfasis en el acceso de los más pobres y vulnerables a infraestructura, salud, educación, recursos, empleos y mercados. En los últimos años ha adoptado políticas e inversiones en áreas críticas para el futuro del planeta, como el combate del cambio climático y hacer que la tecnología sirva a los pobres.

Por donde sea que viaje, Ruanda, Zambia, Indonesia o Bulgaria, mi tierra natal, veo la diferencia que la tecnología puede marcar en la vida de la gente. El impacto es obvio y se refleja en multitud de aspectos, como los sistemas de pago digital o el surgimiento de una economía de miniempleos, con muchas notables historias de éxito.

Pero tal como la tecnología mejora las vidas de millones de seres humanos, también modifica la naturaleza del trabajo. Nuestro Informe sobre el Desarrollo Mundial de 2019 se centró en tratar el modo como la innovación está cambiando o eliminando empleos y generando ámbitos de trabajo completamente nuevos que no existían hace unos pocos años.

El complejo futuro del trabajo

Esto plantea algunas preguntas difíciles: ¿Qué empleos va a haber? ¿Cómo sustentará la gente a sus familias? ¿Cómo harán realidad su potencial en un mundo cada vez más complejo?

Contamos con nuevas y potentes herramientas para ayudar a los países en desarrollo a responder a estas preguntas. En las reuniones de la Cumbre Anual del Grupo del Banco Mundial y el FMI, realizadas en Bali en octubre, lanzamos el Índice de Capital Humano. Con una cobertura inicial de 157 países, el índice es una medida resumida del capital humano que un niño nacido hoy puede esperar alcanzar a la edad de 18 años, considerando los riesgos de problemas de salud y educación del lugar donde vive.

El Índice se centra en resultados en tres áreas clave. La primera es la supervivencia: ¿qué probabilidades existen de que un recién nacido sobreviva a la edad de cinco años? Segundo, la salud: ¿sufrirá retrasos del crecimiento antes de esa edad? ¿Crecerá hasta ser un adulto sano, listo para trabajar, con las bases para seguir aprendiendo a lo largo de su vida? Y tercero, la educación: ¿hasta qué grado de escolarización llegará? y, lo que es más importante, ¿cuánto aprenderá?

El rol crucial del Índice de Capital Humano

El Índice de Capital Humano es único porque se centra en indicadores vinculados a la productividad, como la supervivencia infantil, los retrasos del crecimiento, los años de escuela ajustados al aprendizaje y la supervivencia como adulto, trazando una línea directa entre crecimiento económico futuro y la mejora de los resultados de salud y educación.

Sobre todo, da una imagen clara para que los gobernantes aprecien cuánto más productivos podrían ser sus trabajadores si disfrutan de salud, están mejor educados y poseen las habilidades necesarias para un mercado laboral en rápido cambio.

Cada país puede tener un puntaje de entre 0 y 1 en el índice, en que 1 significa la mejor frontera posible de educación completa y salud total. En nuestro primer índice, el valor mundial promedio fue de apenas un 0,56. Esto significa que, en el conjunto de los 157 países cubiertos, los niños nacidos hoy crecerán hasta tener más o menos la mitad de su potencial productivo.

Las implicaciones para el crecimiento –y, por tanto, la reducción de la pobreza- son enormes. Si un país tiene un puntaje de 0,50, su PIB futuro por trabajador podría alcanzar el doble de ese índice si llega a 1. A lo largo de medio siglo, eso representa 1,4 puntos porcentuales de crecimiento del PIB por año.

Los beneficios de invertir en las personas

Invertir en las personas es incluso más urgente debido a dos tendencias globales que representan un reto. Primero, el crecimiento global se está ralentizando. Nuestro informe Perspectivas Económicas Mundiales, publicado este mes, se titula adecuadamente Cielos cubiertos. El crecimiento mundial se ha moderado: se espera que en 2019 pase a un 2,9% desde el 3% de 2018, y que en los mercados emergentes y las economías en desarrollo se estanque en un 4,2%, el mismo ritmo que en 2018.

Segundo, también se está reduciendo el ritmo de la reducción de la pobreza. Nuestro informe La pobreza y la prosperidad compartida encontró en que 2015, el año más reciente con datos sólidos, la extrema pobreza alcanzó a un 10%, el nivel más bajo en la historia registrada. Pero los 736 millones de personas que siguen viviendo en la extrema pobreza serán más difíciles de alcanzar. La tasa de pobreza en áreas que sufren fragilidad, violencia y conflictos subió a un 36% en 2015, desde un 34,4% en 2011, y es probable que siga aumentando.

Invertir en capital humano puede ayudar a impulsar un crecimiento económico inclusivo y sostenible, pero eso no les compete solo a los ministros de salud y educación. Es urgente que los jefes de estado, ministros de finanzas, directores ejecutivos e inversionistas hagan de esta una alta prioridad.

Si actuamos ahora, podemos crear un mundo en que todos los niños lleguen bien alimentados a la escuela y bien preparados para aprender; donde crezcan hasta ser adultos saludables, formados y productivos; y en el que tengan una oportunidad de hacer realidad su potencial.

Los niños de hoy se merecen este futuro. Los empleadores del mañana lo necesitarán. Los líderes del mundo tienen el deber de actuar ahora para lograrlo.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
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Opinión | 23 de enero de 2019

Foto: The Conversation

Cómo conseguir que los niños disfruten con las matemáticas

David Orden es Profesor Titular de Matemática Aplicada en la Universidad de Alcalá y forma parte de la Comisión de divulgación de la Real Sociedad Matemática Española.

Con la ayuda de un adulto y las estrategias adecuadas, los niños pueden aprender a amar las matemáticas. Si aprovechamos las edades tempranas, se puede ir moldeando su gusto por esta disciplina con pasos muy sencillos:

  1. Nunca le diga “yo odiaba las matemáticas” (aunque fuese cierto)
    Probablemente, le daría más vergüenza decirle que odiaba leer o que odiaba hacer deporte. Por desgracia, la ansiedad hacia las matemáticas resulta más habitual y, quien la sufre, activa en su cerebro regiones asociadas al dolor. Pero los niños imitan a los adultos y será difícil que el pequeño tenga una actitud positiva hacia las matemáticas si usted las critica. Aún peor, estará dándole una excusa para rendirse ante la primera dificultad.
  2. Hágale ver que está rodeado de matemáticas
    Muéstrele que en su día a día hay matemáticas por todas partes y acostúmbrele a buscarlas. ¿Cuánto falta para entrar al cole? ¿Por qué el frutero apila así las naranjas? ¿Por qué esa araña espera en el centro de su tela?
  3. Dedique un tiempo a las matemáticas
    Si dedica un rato cada día a fomentar la lectura, ¿por qué no hace lo mismo con las matemáticas? Puede inspirarse en Bedtime Math, que cada día propone un reto matemático y tiene app en español, o puede buscar en alguno de los muchos blogs con recursos matemáticos para Infantil o para Primaria.
  4. Ayúdele a no rendirse cuando se atasque
    Todos nos hemos caído aprendiendo a montar en bicicleta, pero seguimos intentándolo y acabamos consiguiéndolo. Intente estar a su lado, ir dejando que pedalee solo y ayudarle cuando lo necesite.
  5. Fomente la creatividad además del método
    Las matemáticas no consisten solo en seguir una receta. Como en la cocina, hay que saber hacerlo, pero también es bueno experimentar y conseguir resultados comestibles. Encauzar su creatividad resulta tan necesario como enseñarle a seguir instrucciones.
  6. Enséñele a resolver problemas
    Es importante darle herramientas para afrontar y resolver los problemas que la vida nos va presentando. Primero, entender el problema y familiarizarse con él. Segundo, buscar estrategias y diseñar planes. Tercero, elegir una estrategia y llevar a cabo el plan. Por último, recapitular para aprender de los aciertos y errores.
  7. Háblele de la utilidad de las matemáticas
    Es bueno que los niños conozcan pintores, escritores, músicos, ingenieros o científicos que han dejado huella. Para hablarle de matemáticas, puede usar una fecha señalada, como el Día de Pi o un aniversario. También puede consultar una lista de matemáticos importantes o la página de Mujeres con ciencia.

Para saber más:

Estos consejos son solo una selección y adaptación de los que aparecen en la literatura. Si tiene alguno más, puede aportarlo en los comentarios.

Por desgracia, no hay demasiados materiales sobre este tema en español. Puede consultar Cómo ayudar a su hijo con las matemáticas, dentro de la serie Ayudando a su niño del Departamento de Educación de Estados Unidos. Otro material interesante son los Consejos para padres: Las matemáticas de The Learning Community.

Sobre cómo resolver problemas, pueden serle útiles Cómo enseñar a los niños a resolver problemas de matemáticas, del Departamento de Orientación del Colegio San Vicente de Paúl de Gijón, o Taller de Problemas de matemáticas para Primaria, de Orientación Andújar.

@TheConversation

The Conversation
Opinión | 22 de enero de 2019

Educación y anticonceptivos: las claves para bajar la tasa de embarazo en adolescentes

Patricee Douglas es médica de Guyana y receptora del premio “120 Under 40” por su liderazgo en planificación familiar. Es parte de “Women Across Differences”, una ONG que trabaja para empoderar a mujeres y niñas.

Para muchas niñas adolescentes, el embarazo y las enfermedades de transmisión sexual son obstáculos importantes para el empoderamiento. La solución está en cambiar la forma en que se educa a los jóvenes sobre el sexo y asegurar que tengan acceso a la anticoncepción.

Guyana, mi país, se encuentra abrumado de embarazos en jóvenes. En 2013, el Fondo de Población de las Naciones Unidas estimó que Guyana tenía la segunda mayor tasa de embarazo adolescente en América del Sur y el Caribe, con 97 de cada 1000 chicas embarazadas entre los 15 y 19 años de edad. Cinco años más tarde, poco ha cambiado.

Hoy, cerca del 42% de los jóvenes guyaneses son sexualmente activos, el 29% no usa preservativos durante el sexo, apenas un 15% dicen estar familiarizados con métodos anticonceptivos y un 56% de los jóvenes sexualmente activos han contraído una infección de transmisión sexual. Más aún, un 12% de las chicas guyanesas han tenido sexo antes de cumplir los 15 y 62% dicen tener una necesidad no satisfecha de anticonceptivos.

Cuando los adolescentes no pueden obtener preservativos y otras formas de control de la natalidad, aumenta el índice de embarazos no deseados, los resultados sanitarios se ven afectados y los jóvenes no pueden alcanzar su pleno potencial. Para evitar estas tendencias y revertirlas cuando existan, los países deben fortalecer sus sistemas de atención de salud y asegurarse de que todo adolescente tenga acceso a servicios de salud reproductiva y sexual.

Es clave la educación sexual en las escuelas

Uno de los mayores obstáculos para reducir la tasa de embarazos no planeados es la falta de educación sexual en las escuelas. En Guyana, el programa gubernamental de Educación para la Salud y la Vida Familiar se ideó para abordar este problema, pero solo un puñado de escuelas secundarias lo ofrecen en sus planes de estudios, y las que lo hacen suelen evitar los temas que contradigan la política de solo abstinencia del Ministerio de Educación. Como resultado, la mayoría de los profesores no educan adecuadamente a sus alumnos sobre sexo seguro.

Otro reto en Guyana es la brecha de servicios entre las regiones de la costa y el interior del país. Las zonas recónditas sufren de carencia de instalaciones de salud, lo que profundiza la limitación del acceso a información sobre sexo seguro, anticoncepción y cuidados neonatales. No es de sorprender que en el interior sean mayores los índices de embarazo adolescente y mortalidad materna.

La escasez de clínicas rurales refleja una falta de profesionales de la salud cualificados. Para mantener una atención básica para la población de un país, la Organización Mundial de la Salud recomienda un mínimo de 22,8 profesionales de la salud por cada 10.000 personas, y la cobertura universal precisa de al menos 34,5 profesionales por cada 10.000 personas. Sin embargo, en Guyana la cifra es de 11,4 profesionales por cada 10.000 personas, lo que revela una insuficiencia de personal que afecta cada aspecto del sistema de salud.

Por último, Guyana es un país conservador en lo social, y los sesgos hacia la actividad sexual de los jóvenes permean la atención de salud y la vida doméstica. Algunas enfermeras prefieren no dar anticonceptivos a las chicas, mientras muchos padres creen que hablar de sexo solo estimulará el comportamiento sexual. Todo esto, sumado a la falta de educación sexual en las escuelas, deja a los jóvenes guyaneses con pocos lugares donde buscar consejo antes de volverse sexualmente activos, o donde encontrar ayuda cuando quedan embarazadas.

Son obstáculos que se pueden superar, y Guyana puede reducir su tasa de embarazo adolescente. Pero para ello se necesitarán importantes cambios en el modo como los guyaneses ven y abordan la actividad sexual juvenil.

Algunas recomendaciones

Para comenzar, Guyana debe implementar una educación sexual completa y velar para asegurase de que los profesores reciban capacitación para entregar información y datos imparciales. Se debe dar a conocer a los y las adolescentes los servicios a su disposición, además de promover que los padres y miembros de la comunidad den apoyo a estos programas y su expansión.

Además, las comunidades tienen que aumentar el acceso a anticonceptivos y otros servicios de salud sexual; una manera de hacerlo sería revivir o crear espacios y centros juveniles donde se pueda compartir información. Estarían abiertos después de la escuela y en fines de semana, atendidos por adultos que dominen los temas y sean empáticos. Se debe prestar especial atención a las regiones rurales y personas con necesidades especiales, un segmento a menudo descuidado de la población joven.

Estas reformas son esenciales para mejorar las perspectivas de vida de los jóvenes guyaneses. Mientras más adolescentes tengan acceso a anticonceptivos y educación sexual, las vidas de menos chicas se verán interrumpidas por el embarazo. Solo si se empodera a las mujeres y chicas con los recursos para controlar su reproducción las tristes estadísticas que por largo tiempo han asolado a Guyana y a muchos otros países comenzarán a cambiar para mejor.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 21 de enero de 2019

Disrupción tecnológica, concentración económica y la nueva economía

Raghuram G. Rajan, fue director del Banco Central de la India entre 2013 y 2016 y es profesor de Finanzas de la Escuela de Negocios de la Universidad de Chicago.

El auge de Facebook, Apple, Amazon, Netflix y Google ha generado enormes cambios económicos estructurales que los académicos y los responsables de la formulación de políticas públicas apenas están empezando a comprender. Sin embargo, algunas tendencias ya son perceptibles y plantean preguntas urgentes sobre el futuro de la competencia, la innovación y la desigualdad en los Estados Unidos y en todo el mundo.

El dominio tecnológico de firmas como Google, Amazon y Facebook ha generado un intenso debate sobre la relación entre eficiencia y poder de mercado mientras plantea preguntas también sobre qué significará en el futuro la cambiante estructura de los mercados para la innovación y distribución de la riqueza.

El Simposio de Políticas Económicas Jackson Hole celebrado en Wyoming, organizado por el Banco de la Reserva Federal de Kansas City, ofreció una excelente cantidad de ensayos y comentaristas sobre el tema.

Con respecto a la eficiencia y la competencia, ya hay motivos para preocuparse. John Haltiwanger, de la Universidad de Maryland, mostró que la velocidad de ingreso al mercado de empresas nuevas cayó marcadamente, en especial en los últimos 12 años. En tanto que Jay Ritter, de la Universidad de Florida, mostró una caída igualmente marcada en las ofertas públicas anuales de acciones.

Todos estos datos sugieren que las empresas jóvenes están aviniéndose cada vez más a ser adquiridas, en lugar de a tratar de crecer para convertirse en firmas públicas grandes.

Al mismo tiempo, la velocidad de salida dentro de muchas industrias se mantuvo en un nivel relativamente chato a pesar de un aumento en dispersión de productividad. En otras palabras, los productores más débiles no están siendo expulsados del mercado, lo que implica una falta de dinamismo en muchos sectores de la economía.

En el interín, las mediciones sobre concentración de mercado, como la participación en ventas de las cuatro empresas más grandes, subió en varias industrias de los Estados Unidos, si bien todavía no está claro qué conclusiones deberían sacarse de esto último.

Hay debates sobre si la concentración también está aumentando en Europa, en donde hay vigentes políticas anti monopolio algo más duras. De no ser así, entonces las políticas anti monopolio explicarían la diferencia entre Europa y EE.UU. en este punto.

De igual modo, la rentabilidad corporativa parece ser más alta en EE.UU. que en Europa, pero, una vez más, no está claro qué significa esto. Algunos lo ven como una señal de una mayor monopolización de las industrias estadounidenses. Otros lo ven como una señal de que las empresas estrella de EE.UU. más dominantes están innovando más y cosechando los beneficios de una mayor productividad. Pero si esto es así, uno debe todavía enfrentar la realidad de un crecimiento general de la productividad que es bajo en todo el mundo. Si la innovación es tan alta ¿por qué el crecimiento de la productividad es todavía tan bajo?

Disrupción tecnológica concentrada

Antes de llegar a esta pregunta, analicemos lo que sabemos. Las investigaciones actuales sugieren que la concentración creciente es un reflejo no del poder de mercado sino de un cambio en la participación de mercado hacia empresas más innovadoras, mejor administradas -aquellas que atraen a los mejores empleados. Después de congregarse en unas pocas firmas super estrella, los capaces se volvieron super capaces.

Esto parecería ser algo bueno, en tanto que sugiere que las firmas están ganando participación de mercado al volverse más eficientes y no simplemente al tomar otras empresas mientras las autoridades anti monopolio se hacen a un lado. Uno esperaría que la concentración/monopolización de mercado conduce a precios más altos, pero no existen muchas pruebas que muestren que esto es lo que está pasando. Desde ya que las firmas podrían estar mejorando eficiencia sin dejar pasar los ahorros, en cuyo caso hasta los precios chatos podrían ser una fuente de preocupación.

Otro hecho es la creciente importancia de “imponderables” como el software y la propiedad intelectual, que en opinión de Nicolas Crouzet y Janice C. Eberly de la Northwestern University podrían estar impulsando un aumento en la concentración de mercado. Además, si hacemos una diferencia entre las industrias, muestran que la mayor concentración tiene un correlato con una mayor productividad en algunos sectores, y con un creciente poder de mercado en otros.

En industrias de trato directo con los consumidores, en donde Crouzet y Eberly descubrieron ganancias de productividad, Alberto F. Cavallo, de la Harvard Business School, sugiere que los consumidores se han beneficiado en la forma de precios más bajos. El punto más allá es que no podemos afirmar de forma definitiva que la mayor concentración haya sido dañina para los consumidores.

Con todo, el sector de la salud ofrece una historia aleccionadora. Este también está muy concentrado, pero las firmas dominantes parecen estar decididas a exprimir a los consumidores y no todas muestran altos niveles de productividad. La pregunta, entonces, es si las super estrellas de hoy, sumamente productivas, de otros sectores, van eventualmente a transitar el mismo camino.

Después de todo, mientras que líderes del mercado muy conocidos, como Facebook y Google, han estado ofreciendo muchos productos y servicios gratis (lo que obviamente beneficia a los consumidores), sus modelos de negocios han planteado varias preguntas apremiantes.

Uno debe considerar, por ejemplo, si el intercambio de datos personales para el uso de ese tipo de servicios constituye un trato o comercio justo. Está también la cuestión de a quién le cobran estas compañías por los servicios y si estos costos (por las propagandas que uno se ve obligado a ver, por ejemplo) son derivados a los consumidores.

Resta por ver si durará el actual arreglo -en el que los usuarios reciben servicios gratuitos a cambio de ver publicidades y renunciar a datos, las empresas les pagan a las plataformas para tener acceso a estos clientes, y las plataformas a su vez arman una enorme red de clientes a cambio de sus innovadores servicios-. Más importante aún: está la pregunta aún no respondida de si esto va a mantener el dinamismo en estos mercados en el largo plazo.

El poder de Facebook, Apple, Amazon, Netflix y Google

La siguiente pregunta importante es si la estructura de las industrias clave está atrasando las inversiones, la investigación y el desarrollo, o bien la difusión de la innovación por parte de las firmas super estrella. La mayoría de los economistas diría que la innovación es impulsada por la competencia, tanto dentro de una industria como más lejos, como por la amenaza de competencia futura. Por ello, aún si uno no está muy preocupado por los efectos de la concentración en la innovación, hoy, uno debe considerar aún así si esto puede ser una amenaza para el dinamismo futuro.

Y aquí creo que hay razones para preocuparse, dada la menor velocidad de nuevos ingresos al mercado y la creciente tendencia entre las firmas más jóvenes a ser compradas. Las más de las veces, este tipo de adquisiciones son usadas básicamente por las firmas dominantes para desmantelar o asimilar productos nuevos que podrían plantear un desafío competitivo en el futuro. Hay muchas pruebas de que esto está pasando en la industria farmacéutica, pero también sabemos que las FAANG (Facebook, Amazon, Apple, Netflix y Google) van a recurrir a este tipo de medidas a medida que así lo necesiten.

Además de ahogar a la competencia, esta práctica también está desalentando la financiación por parte de capitalistas de riesgo, que ahora hablan de una “zona de muerte” que rodea a los principales productos de las firmas de tecnología más importantes. En este momento, los capitalistas de riesgo son renuentes a financiar cualquier cosa que caiga en la zona de muerte, porque no hay perspectiva de crecimiento allí -sólo adquisiciones express.

Otra ventaja importante para los actores dominantes es la capacidad de monopolizar el acceso a los clientes o de aprovechar los datos de los consumidores. En un estudio a un millón de ofertas de tarjeta de crédito, Hong Ru y Antoinette Schoar del MIT mostraron que las empresas estarían explotando información basada en datos sobre la conducta de los individuos para sacar una renta de allí. Otra ventaja obvia para los líderes del mercado de hoy es el carácter cautivo creado por los efectos de las redes, que tiende a producir resultados en donde el ganador se lleva todo.

A la luz de estas ventajas por titularidad, ya no veríamos tanta competencia como vimos en un pasado reciente, cuando las empresas se disputaban todavía parte del mercado en sectores clave de la economía. Hay una preocupación afin a esto que fue la planteada por Adam Smith hace 250 años. A medida que baje la cantidad total de firmas, habrá un riesgo mayor de colisión tácita o explícita incluso, tanto con respecto a los clientes como en los mercados por bienes intermedios y laborales.

Es posible que la mayor preocupación de todas sea la desaceleración de la difusión tecnológica. Los datos actuales sugieren que las ideas nuevas no están propagándose desde las firmas super estrella al resto de la economía. Mientras que algunas empresas muestran un fuerte crecimiento de productividad y la dispersión de la productividad dentro de las industrias baja, también estamos viendo un crecimiento de la productividad menor en líneas generales.

Existen una serie de razones posibles por la baja difusión, desde protecciones a la propiedad intelectual a limitaciones a la movilidad laboral entre las empresas. Pero independientemente de la causa, está claro que debiéramos estar preocupándonos aún más por el futuro de la productividad que por su presente.

El impacto en la desigualdad

Una preocupación final es la desigualdad. A riesgo de simplificar demasiado, hemos llegado a un punto en el que quienes más ganan están concentrados en unas pocas empresas, mientras que el resto carece mayormente de ese tipo de oportunidades para ganar. En otras palabras, no son los pocos en la cima de cada empresa los que están ganando sueldos muy grandes sino los muchos en cambio que están en unas pocas firmas super estrella. La cuestión es si esto debiera hacernos sentir mejor.

Obviamente, ninguno de los escenarios es muy atractivo. Cuanto más se congreguen en un selecto número reducido de empresas super estrella las personas más capacitadas, más se preguntarán aquellos que quedaron rezagados por qué razón las elites siguen llevándose todo. Parece poco justo que aquellos que se llevan la parte del león de las recompensas estén también tan concentrados en unas pocas empresas sobre las costas, en lugar de estar diseminados de forma más pareja en distintas firmas, sectores y regiones.

En cuanto a los que quedan atrás, Alan B. Krueger, de la Princeton University, ha advertido que una variante del problema de Smith, a saber, la colisión entre unas pocas firmas del mercado laboral, se ha vuelto cada vez más importante. En determinados mercados, al menos, estaríamos siendo testigos del aumento de monopsonios (cuando hay un único comprador), en lugar de monopolios (un único vendedor). En el caso del mercado laboral, una compañía que goce de una posición de monopsonio -o que haya colisionado implícitamente con otras firmas- puede presionar a la baja los sueldos en todos lados.

Krueger sospecha que mientras que el poder de los monopsonios “existió probablemente siempre en los mercados laborales(…)las fuerzas que lo contrarrestaban tradicionalmente (…) se erosionaron en las últimas décadas”. Al mismo tiempo que los sindicatos perdieron miembros, las empresas se han embarcado cada vez más en prácticas que debilitan el poder de negociación de los trabajadores -desde cláusulas de no competencia a personal externo en las empresas.

Después de haber evaluado los datos sobre concentración del mercado, innovación y distribución de ingresos, debiéramos ahora volcarnos al punto de las implicancias de estas tendencias en materia de políticas. En mi opinión, los encargados de la creación de políticas o normas para la sociedad debieran estar especialmente preocupados sobre la forma cómo la conducta de las empresas super estrella de la actualidad podría afectar la competencia en sus industrias el día de mañana.

Tanto los políticos como los responsables de regulaciones debieran analizar cuidadosamente si las acumulaciones de IP (Internet Protocol) y de patentes no están siendo usadas para ahogar la competencia o para evitar la difusión de nuevos conocimientos y tecnologías en todos los sectores. Y debieran considerar instrumentos (políticas) que vayan más allá del ámbito del anti monopolio convencional.

Algunos han sugerido, por ejemplo, que los individuos deberían tener derechos sobre sus datos. Esto podría mejorar potencialmente la difusión, ya que las firmas se convertirían en compradores de datos en lugar de ser vendedores. Al no estar atados a ninguna plataforma, los individuos podrían distribuir sus datos entre empresas competidoras entre sí. Y los responsables de la formación de políticas podrían también comenzar a presionar para una mayor interoperabilidad entre las plataformas, que limitarían a su vez la dosis en la que los usuarios se atan a una estructura en particular.

En términos laborales, las autoridades podrían intervenir de varias maneras. Podría existir, por ejemplo, la norma de acciones anti monopolio contra contratos “no competitivos”, que imponen básicamente restricciones al comercio (del trabajo en este caso). De manera similar, se podrían tomar medidas para reducir el poder de regímenes de permiso de trabajo (como el que existe para los esteticistas o plomeros) que tienden a estar dominados por la gente que tiene el mayor interés en el proteccionismo. ¿Por qué aquellos que tienen una licencia son los que fijan reglas sobre permisos? Uno tiende a pensar que es un cuerpo más neutral el que debería determinar el alcance de los permisos de trabajo.

La tarea nada envidiable de los bancos centrales

Como sea, uno de los efectos más importantes de los actuales cambios estructurales económicos ha tenido lugar sobre la economía política de la banca central. El temor al cambio tecnológico, la declinante calidad de los empleos y las perturbaciones causadas por empresas super estrella han dado a la gente muchas razones para estar infelices. A pesar de la baja tasa de desocupación, muchos trabajadores no están contentos. Están atrapados en empresas que no son estrella, en donde albergan un resentimiento general post Gran Recesión en contra de las elites y sus agendas.

Y de todas las elites la banca central parece recibir los mayores ataques. La mayoría cuenta con funcionarios con un doctorado que hablan en un lenguaje que nadie más entiende. “Ciudadanos de ningún sitio” por excelencia, esta gente se reúne con frecuencia a puertas cerradas en la lejana Basilea, en donde discute condiciones financieras globales y los efectos sistemáticos de las políticas monetarias. De lo que no habla esta gente, muchos creen, es de la calle, salvo cuando entran en juego discusiones sobre la inflación.

No sorprende por ello que haya habido una baja tan marcada en la confianza pública. Ya es bastante grave que el ciudadano común apenas pueda entender el complejo equilibrio entre inflación y desempleo. Y es peor cuando uno agrega la queja del público por los rescates financieros de Wall Street y la sensación de que los banqueros están centrados en las condiciones globales en lugar de en las preocupaciones locales. Sí, la tarea de todo banquero es pensar en este tipo de cosas, pero ésta es vista con una sospecha cada vez mayor por aquellos que no están en el ambiente.

La banca es algo lo suficientemente difícil tal como está. Se vuelve más difícil cuando hay políticos que tratan de anotarse puntos atacándola. Uno no debiera envidiar a los banqueros ya que ellos son los que navegan por el clima actual de desconfianza y escarnio, que es en sí un producto de los cambios estructurales más grandes que ocurren en la economía.

¿Pueden los banqueros recuperar la confianza del público, mantener la estabilidad económica global y hallar formas para acomodar las perturbaciones tecnológicas generalizadas al mismo tiempo? Esta será una pregunta clave en 2019 -y más allá.

© Project Syndicate 1995-2019
Traducción: Silvia S. Simonetti

Opinión | 18 de enero de 2019

Foto: Richard Finn Gregory / GOODWORK

Idioma e identidad: lecciones de una comunidad “afrikaans” única en la Patagonia

Ryan Szpiech es profesor del Departamento de
Literatura y Lenguas Romance de la Universidad de Michigan y tuvo la colaboración de media docena de colegas de la facultad para hacer esta investigación
.

El desierto patagónico en el sur argentino es un medio ambiente duro. Es poco lo que parece crecer en sus planicies rojizas aparentemente interminables y sus suelos resecos.

Con todo, en este difícil lugar hay una comunidad bilingüe única. Está integrada por los descendientes de habla afrikaans y español de los cerca de 650 boers sudafricanos que llegaron a la Patagonia en la primera década del Siglo XX.

Los boers tienen su origen en la población holandesa que se estableció en la punta meridional de Africa durante el Siglo XVII. Estos se enfrentaron al imperio británico a medida que éste se expandió en la región, culminando en la segunda Guerra Anglo-Boer de 1899-1902. Muchos boers, renuentes a aceptar la dominación británica, buscaron reubicarse en otro sitio, incluyendo a la Argentina.

Las primeras generaciones boer de la Patagonia subsistieron a duras penas de forma aislada. Pero luego, hacia el 1950, se registró un cambio cultural a medida que estos colonos aumentaron su contacto con las comunidades cercanas de Sarmiento y Comodoro Rivadavia. Hoy, los miembros más antiguos de la comunidad -los de más de 60 años- todavía hablan afrikáans, si bien su lengua dominante es el castellano. Como las generaciones más jóvenes, que sólo hablan castellano, están totalmente integradas con la sociedad argentina, la comunidad bilingüe está desapareciendo rápidamente.

Para muchos, el lenguaje de la comunidad es una reliquia del pasado. Sin embargo, contra todo pronóstico, se ha comenzado a registrar un renacimiento.

Como parte de esto, nuestro proyecto en la Universidad de Michigan, titulado “De Africa a la Patagonia: voces del destierro”, está llevando adelante una original investigación sobre los boers de la Patagonia y sus dos idiomas. El valor que tiene el estudio de esta extraordinaria comunidad es difícil de exagerar.

El dialecto afrikaans de la Patagonia, que no se habla en ningún otro sitio, conserva elementos del afrikáans de antes de 1925, cuando el gobierno sudafricano lo reconoció como lengua oficial. Ofrece por ende una mirada única sobre la historia del afrikáans de un período previo al momento en que sus variedades de dialecto se vieron reducidas a través de la homologación o estandarización.

Nuestro equipo está recogiendo datos sobre un período en el desarrollo del afrikáans sobre el que existen pocos testimonios orales o escritos. Nuestro archivo de entrevistas nos permite analizar las complejas relaciones entre la identidad bilingüe, la cultura y el idioma de la comunidad. Aporta datos también para futuros proyectos de los investigadores.

¿Cápsula del tiempo?

Como la comunidad había estado viviendo fuera de Sudáfrica durante más de un siglo, la desaparición de la herencia de sus antepasados parecía inevitable. Para fines del 1980, los observadores caracterizaron a la comunidad como virtualmente “extinta”. Con todo, en las últimas dos décadas hubo un resurgimiento del interés en promocionar la identidad cultural de los boers, que no tiene precedentes. Es así como se adquirió un lugar que albergará un museo y un centro cultural. Pero también revivieron tradiciones que se creía desaparecidas, como un festival de juegos anual.

Este renovado interés no se ha visto limitado a la comunidad. En 1995, el antropólogo Brian du Toit publicó Colonia Boer, la primera historia académica sobre el asentamiento. En 2002, las periodistas Liliana Peralta y María Morón hicieron una reseña sobre la comunidad en En las tierras del viento, última travesía boer. En 2015, la comunidad fue el eje de un documental titulado Los boers del fin del mundo (director Richard Gregory), que ganó tres premios de la Televisión y Cine Sudafricano y despertó un importante interés internacional.

La comunidad ha seguido atrayendo la atención de investigadores. Pero su exclusiva naturaleza ha exigido un innovador método de investigación. Durante la filmación de Boers, nuestro equipo recogió información en Argentina de forma paralela. Vimos entonces con claridad la necesidad de trabajar más allá de las disciplinas académicas para documentar la variedad de afrikáans de la comunidad y tomar nota de todo su dinámico contexto cultural y sociolingüístico.

Nuestro proyecto involucra a un equipo de más de 40 profesores, investigadores post doctorado y estudiantes de todos los niveles. Provienen de una amplia gama de campos, incluída la lingüística, la historia, la antropología, la literatura y los estudios religiosos. A lo largo de dos viajes de investigación, realizamos cerca de 100 entrevistas con miembros de la comunidad, en afrikáans y en castellano.

Las entrevistas ofrecen un rico caudal de información lingüística así como nuevas pruebas sobre el papel determinante del idioma, la identidad, la religión y las ideologías raciales en la integración de los colonos boer en la Argentina.

La comunidad es, en cierta forma, como una cápsula de tiempo, que refleja la pronunciación y sintaxis de una era anterior. Por ejemplo, la palabra para “nueve” en afrikáans, “nege”, se pronuncia “niaxa” en sudafricano moderno, pero con una “g” fuerte, como “niaga” en Patagonia.

Al mismo tiempo, algunos elementos son maravillosamente modernos, incluido el vocabulario para el siglo XXI. Un aeropuerto, por ejemplo, no es, como en la Sudáfrica moderna, un “lughawe”, que es una palabra que no existía cuando la comunidad desembarcó primero en la Argentina. Es un “vliegtuigstasie” (“estación de aviones” literalmente), palabra compuesta acuñada por la comunidad.

Crecimiento futuro

Nuestro trabajo despertó interés entre linguistas de Europa y Sudáfrica y condujo también a profundas conexiones en la Patagonia -en especial con las generaciones más jóvenes.

Los hijos y nietos de los miembros de más edad de la comunidad respondieron a nuestra visita en 2014 buscando un profesor que ofreciera clases online de afrikáans. Nuestro objetivo desde entonces es lograr que un público más amplio llegue a ver a esta comunidad tal como la ven sus miembros: no como una descolorida reliquia del pasado sino como un grupo que sigue floreciendo a pesar del nuevo paisaje socio cultural.

La importancia de este proyecto nos quedó clara este año durante nuestro segundo viaje de investigación. En un momento dado invitamos a tres primos a charlar únicamente en afrikáans, incluída Rebecka Dickason, que habló sólo este idioma hasta sus diez años. Durante la conversación, su hija Tecky, que habla castellano, fue testigo de un cambio en la conducta de su madre. Rebecka sonreía y gesticulaba a medida que conversaba a sus anchas en su lengua nativa original.

Fue un momento fuerte para Tecky, que nos agradeció después con lágrimas en sus ojos, ofreciendo una nueva sensación de esperanza y vitalidad:

“Ustedes no saben lo que han hecho por mi madre. Le han insuflado vida”.

Traducción: Silvia S. Simonetti

The Conversation
Opinión | 17 de enero de 2019

Reflexiones de una premio Nobel: “Hay que dar tiempo y recursos a la ciencia básica”

Donna Strickland es profesora en el Departamento de Física y Astronomía de la Universidad de Waterloo y ganadora del Premio Nobel de Física 2018

El anuncio de mi obtención del Premio Nobel de Física por el desarrollo de un método para generar pulsos ópticos ultracortos de alta intensidad (CPA por sus siglas en inglés) ha suscitado un gran interés por las aplicaciones prácticas de este logro.

Es lógico que la gente quiera saber cómo le puede afectar este método pero, como científica, me gustaría que la sociedad se interesase también por la ciencia básica, que conocieran todos sus aspectos. Al fin y al cabo, no se pueden obtener avances sin investigar. Merece la pena apoyar el aprendizaje de la ciencia por la ciencia, sin pensar únicamente en sus posibles aplicaciones prácticas.

Desarrollé el CPA a mediados de la década de los ochenta junto con Gérard Mourou, con quien comparto el Premio Nobel. Todo comenzó cuando mi compañero se preguntó si podría incrementar la intensidad del láser por órdenes de magnitud o por factores de mil. Mourou, mi supervisor del doctorado en la Universidad de Rochester en ese momento, sugirió estirar un pulso ultracorto de baja energía para amplificarlo y, posteriormente, comprimirlo. Yo, como estudiante de posgrado, me encargué de los detalles.

El objetivo, revolucionar la física del láser

Nuestro objetivo no era otro que revolucionar el campo de la física láser de alta intensidad, un área fundamental de la ciencia. Queríamos comprobar cómo la luz intensa modifica la materia, y cómo la materia afecta a la luz en esta interacción.

Después de un año construyendo el láser, pudimos probar que era posible aumentar la intensidad por órdenes de magnitud. De hecho, el CPA produjo los pulsos de láser más intensos registrados hasta el momento. Nuestro descubrimiento cambió la manera de entender cómo interactúan los átomos con la luz de alta intensidad.

Pero todavía tuvo que pasar una década para que se hicieran visibles los usos prácticos comunes de hoy en día.

El láser y sus numerosas aplicaciones prácticas

El láser solo afecta al área donde es aplicado gracias a la brevedad de los pulsos de alta intensidad. El resultado es un corte preciso y limpio cuya aplicación ideal es en material transparente: un cirujano puede utilizar el CPA para realizar una incisión en la córnea de un paciente durante una cirugía ocular. Su efectividad es tal que puede cortar los componentes de cristal de nuestros teléfonos móviles.

Los científicos están aprovechando lo que se sabe sobre los láseres de CPA más intensos para utilizarlos en la aceleración de protones. Con suerte, algún día estas partículas aceleradas ayudarán a los cirujanos a extirpar tumores cerebrales inaccesibles hoy en día. Quizá, en el futuro, los láseres de CPA puedan deshacerse de la basura espacial empujándola fuera de nuestra órbita y de la atmósfera terrestre, donde se convertirá en ceniza y no podrá chocar con satélites activos.

En muchos casos, transcurren años e incluso décadas desde que se produce un hallazgo científico hasta que se desarrollan sus aplicaciones prácticas. Albert Einstein creó las ecuaciones para el láser en 1917, pero la primera demostración no llegó hasta el año 1960 de la mano de Theodore Maiman. Isidor Rabi fue pionero en medir la resonancia magnética nuclear en 1938, descubrimiento que condujo a la invención de la imagen por resonancia magnética. La primera prueba de IRM en un paciente tuvo lugar en 1977.

Está claro que las posibles aplicaciones merecen toda la atención pero, antes de conocerlas, los investigadores deben entender las preguntas básicas que hay tras ellas.

Hay gente a la que el término “ciencia básica” le crea la falsa impresión de que no afecta a sus vidas. Les parece algo lejano. Es más, el término “básico” responde a la definición no científica de simple, lo que socava su importancia en el contexto de la investigación básica.

Debemos facilitar a los científicos la oportunidad de investigar en ciencia básica a largo plazo y desde la curiosidad. Eso solo puede lograrse con tiempo y recursos. Porque la investigación que no repercute de manera directa en la industria o en la economía también merece la pena. Nunca se sabe lo que puede ocurrir si apoyamos una mente curiosa con ganas de descubrir algo nuevo.

The Conversation
Opinión | 16 de enero de 2019

Hay que ser honestos acerca de los costos sociales de la inmigración

Amar Bhidé es profesor de la Escuela Fletcher de Derecho y Diplomacia de la Universidad Tufts y autor de “A Call for Judgment”.

No hay duda de que la inmigración brinda una gran cantidad de beneficios, tanto para los inmigrantes como para la población nativa. Pero si se quiere mantener una inmigración ampliamente beneficiosa, los países de destino deben reconocer y abordar los riesgos reales que plantea.

A pesar de la actual reacción contra el libre comercio, de la cual la agenda proteccionista “Estados Unidos primero” del Presidente estadounidense Donald Trump es un ejemplo destacado, la facilitación de bienes y servicios sigue teniendo sentido en lo económico. El tema de la inmigración –es decir, el movimiento de mano de obra entre fronteras- no es menos interesante, aunque es mucho más complicado.

Para un libertario como yo, los beneficios del libre comercio son evidentes: las transacciones entre vendedores y compradores bien dispuestos, dentro de una economía o más allá de las fronteras, casi siempre beneficia a ambos lados. Si bien pueden ser necesarias restricciones para garantizar, digamos, la seguridad de los bienes que entran a un mercado, se debería mantener un mínimo de barreras.

Por otra parte, no vale la pena limitar el comercio o castigar a los países que, se supone, subsidian injustamente sus exportaciones o permiten que los empleadores exploten a sus trabajadores. Puede parecer justificado limitar las importaciones de los países con bajos salarios y malas condiciones de trabajo, pero en realidad priva a esos mismos trabajadores mal pagados a ganar lo poco que reciben. Al mismo tiempo, impone un impuesto injustificado y con frecuencia regresivo sobre los consumidores.

¿Por qué es la inmigración diferente del comercio?

A primera vista, la inmigración parece tener pocas diferencias con el libre comercio: en lugar de importar los bienes que la mano de obra produje en el extranjero, los países simplemente importan la mano de obra misma. En ciertas maneras, los beneficios potenciales de la inmigración pueden ser incluso mayores que los del libre comercio.

Los mismos inmigrantes se benefician de salarios más altos, así como de una mayor seguridad y libertad individual. La población local también gana, ya que la nueva mano de obra realiza tareas menores o desagradables, amplía la base tributaria y expande los mercados internos. Lo que es más importante: los inmigrantes pueden aportar una energía emprendedora importante y enriquecer la comunidad local con su cultura, comida y tradiciones.

El apoyo a la inmigración tiene además un atractivo moral adicional. Quizás les resulte difícil a los libremercadistas de línea dura persuadir a los escépticos misericordiosos que permitir el funcionamiento de fábricas explotadoras lejanas es mejor que eliminar los empleos mal pagados que proporcionan. Acoger y proteger a inmigrantes que enfrentarían torturas o hambre en sus países de origen se alinea más fácilmente con nuestros instintos humanitarios.

No hay mejor ejemplo de los beneficios de la inmigración que Estados Unidos. Generaciones sucesivas de inmigrantes convirtieron a este joven país, con su economía agrícola retrasada en lo industrial, en la mayor potencia tecnológica y militar del mundo. Los inmigrantes hicieron de Nueva York una meca cultural y a Los Ángeles un centro de la industria fílmica global. Dar la bienvenida a las “abigarradas masas que anhelan respirar libertad” dio al país por largo tiempo un propósito optimista y edificante.

Hay que admitir los costos sociales de la migración

Pero ni siquiera un inmigrante como yo puede pasar por alto los riesgos que conlleva la inmigración. A diferencia del libre comercio, la inmigración suele ser una opción unilateral, más que un intercambio voluntario y bilateral. Y, si bien puede implicar ventajas para los locales, eso no siempre es así.

Un ejemplo extremo de esto es la colonización. El “nuevo mundo” que “descubrieron” los exploradores europeos no lo era para quienes ya vivían allí. Los inmigrantes europeos, a menudo escapando de demandas judiciales o el hambre, usurparon los territorios y tierras de caza de los pueblos originarios, obligándolos a firmar tratados que no cumplirían, arrinconándolos en reservaciones y aniquilando a quienes se resistían.

De manera similar, los colonos europeos en Australia declararon el continente terra nullius, o libre para quien lo quiera tomar, mataron a los pueblos aborígenes y obligaron a sus hijos a ser adoptados para acelerar su asimilación cultural.

Por supuesto, los inmigrantes actuales no van a saquear ni usurpar Estados Unidos o sus países de destino en Europa, pero eso no significa que acogerles sea gratis.

Si bien muchos encuentran empleos productivos y pagan impuestos, algunos no lo hacen, tensionando las redes de seguridad social en tiempos de altas deudas externas y rápido envejecimiento demográfico. Son riesgos que se exacerban cuando llegan inesperadamente grandes cantidades de migrantes o refugiados, saturando los sistemas de educación y sanidad pública, así como la capacidad de viviendas.

También hay que considerar los riesgos a la seguridad. Sin duda que las fuerzas políticas nativistas y populistas exageran muchísimo los vínculos entre inmigración y crimen, incluido el terrorismo. Pero eso no significa que no existan.

Por ejemplo, es completamente posible que algunos miembros de bandas criminales cuyas actividades hicieron que miles de migrantes centroamericanos caminaran en caravana a la frontera entre México y Estados Unidos para pedir asilo intenten colarse con ella. De manera similar, un terrorista de Estado Islámico bien podría intentar entrar en Europa entre las hordas de desesperados solicitantes de asilo procedentes de Siria.

Es más, puede que los inmigrantes ilegales sigan conectados o incluso controlados por las organizaciones delictivas que los contrabandearon y reasentaron. En cuanto a los inmigrantes legales, históricamente los enclaves étnicos aislados de un control eficaz por parte de las autoridades estadounidenses han creado espacio para la expansión local de las mafias de sus países de origen.

Los riesgos se extienden más allá de los recién llegados. En los últimos años, inmigrantes de segunda generación que rechazan los trabajos menores que sus padres se vieron obligados a tomar, pero carecen de la educación y aceptación social necesarios para ascender socialmente, han ejecutado ataques terroristas.

Un ejemplo es Salman Abedi, hijo nacido en Gran Bretaña de inmigrantes libios que hizo un ataque con bomba suicida tras un concierto de la cantante estadounidense Ariana Grande en Manchester en mayo de 2017.

Son casos de una rareza extraordinaria. Y, sin embargo, su creciente frecuencia en los últimos años resalta la importancia de manejar la inmigración con eficacia (lo que incluye destinar fondos a los recursos correspondientes) en el corto y largo plazo.

Hay quienes argumentan que para reducir los riesgos que conlleva la inmigración, los países deben usar una especie de sistema de puntos que se basen en antecedentes como la educación, ya que se supone que es menos probable que quienes poseen un alto nivel educativo caigan en el paro o cometan delitos.

Es necesario ser realista

Pero una persona no necesita estudios avanzados para hacer aportes inestimables en los ámbitos empresarial, tecnológico o artístico. Y sería, de plano, injusto rechazar a solicitantes de asilo por no tener un doctorado. La selección por razas es también inaceptable, por supuesto.

Más sensato sería comenzar con una evaluación de una serie de factores, como la infraestructura pública (¿cuántos inmigrantes puede sustentar de manera razonable?) y la eficacia de la verificación de antecedentes (¿qué les ocurre a los inmigrantes cuyas historias no se pueden confirmar?)

El nativismo no debería tener voz en estos debates, pero tampoco el idealismo poco realista. La clave para una inmigración mutuamente beneficiosa es un pragmatismo realista. La mejor manera de reducir el miedo es manejar los riesgos.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 15 de enero de 2019

Foto: The Conversation

Leer en tiempos del smartphone

Antonio Fernández Vicente es profesor de teoría de la comunicación en la Universidad de Castilla-La Mancha

Un ensayo fotográfico de André Kertész, donde las instantáneas nos muestran momentos de recogimiento y fascinación en torno a la lectura, se tituló sencillamente Leer. En una de las fotografías, tres niños húngaros desharrapados devoran con avidez, encorvados, el mismo libro.

¿No sería hoy una estampa más significativa la de niños (y adultos) absortos en la lectura de sus dispositivos digitales?

Al igual que hay oyentes que oyen sin escuchar, y videntes que miran sin ver, los analfabetos secundarios no son capaces de leer entre líneas ni de explorar e indagar en los textos.

Las formas de leer a través de dispositivos digitales privilegian lo que la neurocientífica Maryanne Wolf llama skim reading: sentimos impaciencia cognitiva al mismo tiempo que nuestra capacidad para la lectura profunda, para el análisis crítico, la ausente y renombrada empatía, se empobrece.

En realidad son los valores de nuestra sociedad, la velocidad, la interconexión y el pragmatismo, los que se encarnan en el uso generalizado de tabletas y smartphones. De ahí la valoración del speed reading, a través de aplicaciones como la RSVP (Rapid Serial Visual Presentation).

Se trata de economizar el tiempo y los movimientos oculares incluso aunque sea a costa de la calidad y profundidad de la lectura.

La lectura como desaparición

Recuerda la imagen inicial de los niños el comienzo del prefacio que Marcel Proust escribiera en 1905 a Sésamo y lirio, de John Ruskin:

“Quizá no hubo días en nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos que creímos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con un libro favorito”.

La lectura atenta, que trata de descifrar los entresijos y complejidades de los textos, es una forma de vivencia en tiempos lentos y, además, un modo de desaparecer de sí. Olvidamos nuestras vidas para sumergirnos en otras. ¿No es esto realidad aumentada?

Son lecturas en silencio, creativas, frente al ruido ensordecedor. Las experimentamos en la intimidad de una precaria iluminación, sustraída a la comunidad, como la ilustrada por el pintor flamenco Matthias Stom. La luz y la imaginación corresponden al lector.

Al contrario, la hiperestimulación y la hiperconexión dan lugar a lecturas volátiles. No hay retiro posible cuando caemos presos de la doctrina del Always on descrita por la socióloga Sherry Turkle.

Siempre conectados y por tanto anclados de forma inexorable a nuestros contactos, como en la lecto-escritura compartida y comentada por los propios lectores de Candide 2.0. ¿Por qué esa obsesión con escribir y contribuir a la infoxicación? ¿Por qué no enorgullecerse, con Borges, no de lo que hemos escrito, sino de lo que hemos leído? La lectura también es activa y creativa.

La degradación de la lectura se expande por el colonialismo digital y sus modos normativos de lectura. El papel sabe a poco: nos parece una prisión cuyos lindes son infranqueables porque requiere el esfuerzo de imaginar por uno mismo.

La lectura como encuentro con lo diferente

En todas las fotografías de Kertész esa mirada escrutadora e incierta, absorta en las peripecias y pensamientos arrojados por otros, revela que la lectura es un viaje a lo desconocido.

Como nos decía Italo Calvino en Si una noche de invierno un viajero, leer “es ir al encuentro de algo que está a punto de ser y aún nadie sabe qué será”. Olvídate de la televisión, nos decía. ¡Olvídate del dispositivo digital hiperconectado!

Habría que dejar, con Calvino, que todo el mundo que nos rodea se esfume en lo indistinto, más allá de cualquier estímulo o preocupación egocéntrica. Leer para salir de uno mismo y encontrarse con lo que no eres tú. Pero no para huir de este mundo, sino para comprenderlo mejor desde otros puntos de vista diferentes al nuestro. Es una práctica contraria al narcisismo gregario presente en las redes sociales. Leer para entender en profundidad a los demás.

Leer no es cómodo. No es para consumidores ni clientes. En una carta de 1907, Kafka nos conminaba a leer los libros que nos estremezcan y golpeen: “Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. Las mejores lecturas suelen ser las que propician zozobra en el lector y conmueven sus creencias más arraigadas.

Decía Kafka que leemos para hacer preguntas. ¡No para responderlas! Y mucho menos para habitar la burbuja de los filtros en las redes.

Es lo propio de la curiosidad: preguntar de continuo ¿por qué?, como harían los niños fotografiados por Kertész. De hecho, ése es el origen de las narraciones: inventamos los relatos para dar forma a nuestras preguntas.

Lectura trivializada

El historiador de la cultura Roger Chartier advirtió cómo, a partir del siglo XVIII, tomó forma otra clase de lectura. En lugar de centrar la atención en la lectura intensa de un texto, es decir, la lectura que lee y relee, que aprende de memoria y recita, se empezó a prestarle menos atención al acto de leer.

Se leía a modo de carrera extensiva -leer más y más textos-, donde la velocidad y el ansia de novedad corrían parejas a la merma en la atención lectora. Más no es mejor.

La saturación de (micro)textos online trivializa el acto de leer y lo despoja de sus dimensiones profundas de análisis e inmersión. Lo convierte en una práctica mecánica y anodina. Analfabetismo secundario digital.

The Conversation
Opinión | 14 de enero de 2019

La guía de un optimista para el cambio climático

Lynn Scarlett es Vicepresidenta Ejecutiva de Asuntos de Política y Gobierno de The Nature Conservancy y una de las voces más influyentes sobre el calentamiento global.

Las malas noticias medioambientales no son nada nuevas, pero 2018 provocó un diluvio y, ahora, algunos afirman que el mundo ha alcanzado el punto de no retorno para el cambio climático. Pero una nueva investigación muestra que no es demasiado tarde para cambiar de rumbo.

Durante un viaje reciente al trabajo, mientras mi coche avanzaba centímetro a centímetro en el tráfico atestado, vi una garza acechando los bancos de peces en el río Potomac. La majestuosa ave fue un oportuno recordatorio de que en la más improbable de las circunstancias es posible encontrar la belleza de la naturaleza. Y, sin embargo, incluso para optimistas como yo, resulta cada vez más difícil tener esperanzas sobre el futuro de nuestro planeta.

Las noticias ambientales sombrías no son una sorpresa. Una de las más preocupantes de 2018 fue el informe de que en las últimas cuatro décadas ha habido un declive del 60% de las poblaciones de vertebrados, y menos de un cuarto del suelo terrestre ha escapado de los efectos de la actividad humana. Para 2050, menos de un 10% del área terrestre del planeta no estará afectado por el cambio antropogénico.

Quizás lo más aleccionador fue un estudio del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés), que advirtió que el planeta no va en camino a cumplir las metas de emisiones necesarias para mantener el calentamiento global por debajo de los 1,5º Celsius sobre los niveles preindustriales, el umbral fijado por el acuerdo climático de París de 2015. Las consecuencias de esto se vuelven más extremas con cada fracción de grado incumplida.

No todo está perdido

Entre estas tendencias negativas, algunos plantean ahora que se ha llegado a un punto de no retorno para el cambio climático. Sin embargo, como indican nuevas conclusiones de The Nature Conservancy, no es tarde para cambiar de rumbo.

El año pasado colaboramos con la Universidad de Minnesota y 11 otras instituciones líderes académicas y de estudios para evaluar los modos en que las futuras necesidades alimentarias, hídricas y energéticas del planeta podrían afectar el medio ambiente del planeta. Descubrimos que, si usamos estrategias más inteligentes, podemos mantener una población en aumento y, al mismo tiempo, enfrentar el cambio climático.

Por ejemplo, cambiando la manera y lugares de los cultivos, se podría reducir el estrés hídrico y reducir radicalmente la superficie agrícola. Es más, nuestros modelos sugieren que, al acelerar la transición a energías más limpias, el mundo podría mantener el aumento de las temperaturas globales por debajo de los 1,6 º, cumpliendo en esencia el objetivo del acuerdo de París.

Lo mejor de todo es que esto se podría lograr manteniendo las trayectorias actuales de crecimiento económico. Si se hacen unos pocos cambios radicales pero gestionables a lo largo de las próximas décadas, es posible lograr un futuro sostenible para las personas y la naturaleza.

Aún no se está actuando con urgencia

No obstante, a pesar de la evidencia de que es posible, pocos países del mundo están actuando con alguna urgencia. A menudo se culpa la inacción climática a “falta de voluntad política”, pero es fácil olvidar cómo funciona la pasividad en cuanto al cambio climático.

Por ejemplo, a menudo las autoridades se resisten a imponer precios a las emisiones de gases de efecto invernadero, a pesar de que hacerlo estimularía el cambio hacia una energía más verde. Además, está el deseo de abastecer a los usuarios actuales en algunos sectores de la economía, incluido el energético, agravado por una falta de voluntad para aceptar los hechos del cambio climático.

Lo vemos una y otra vez. En los Estados Unidos, las autoridades y los activistas han estado debatiendo sobre el cambio climático por más de 30 años, pero han dado solo avances modestos. En noviembre pasado, apenas semanas después de la publicación en octubre del alarmante informe del IPCC, fracasó una iniciativa electoral para poner impuestos a las emisiones de carbono en Washington State, uno de los estados ambientalmente más progresistas del país.

De manera parecida, los países del mundo solo han adoptado pasos tibios e inconsistentes para proteger la biodiversidad. De hecho, pocos países están en camino de cumplir los Objetivos de Biodiversidad de Aichi, y varios gobiernos en realidad han relajado las protecciones al aprobar el desarrollo en áreas ecológicamente sensibles.

Más aún, los acuerdos internacionales climáticos y ambientales suelen carecer de fuerza. Si bien se han hecho avances para afinar los detalles del llamado manual de París (las reglas que regirán la implementación del acuerdo de París), la mayoría de los mecanismos de puesta en práctica han encontrado resistencia de países que dan más importancia a los costes de corto plazo que a los beneficios de largo plazo.

De hecho, gran parte del problema es esta forma dualista de ver el asunto. Con demasiada frecuencia, las estrategias climáticas se presentan como dilemas imposibles entre seguridad energética y protección ambiental, o entre crecimiento económico y reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.

Nuestros datos muestran que esta es una narrativa simplista que no nos servirá en el largo plazo. El enfoque más productivo es uno que tome en cuenta y responda a las necesidades ambientales, sociales y económicas.

No todo implica hacer sacrificios

No hay dudas de que para enfrentar el desafío del cambio climático serán necesarios ajustes importantes a los sistemas industrial y agrícola. Necesitaremos nuevas políticas que hagan que los responsables de la polución rindan cuentas, con medidas que aborden la inversión en infraestructura natural, creen áreas protegidas y apoyen una planificación más inteligente. Todo eso sí es posible.

Como con cualquier cambio de política, algunos sectores o personas tendrán que pagar nuevos costes, lo que es especialmente cierto para las medidas que apuntan a la polución, la pérdida de biodiversidad y otras consecuencias no contempladas en las transacciones de mercado. Los responsables de la contaminación deben cargar más con el peso del cambio climático. Pero para muchos otros (como los agricultores, pescadores y productores de energías no contaminantes), cambiar el statu quo de hecho implicaría más beneficios económicos y ambientales, no menos.

Es mucho lo que está en juego si no se actúa ya. En todo el mundo, hay comunidades que están sufriendo daños o enfrentando su desaparición por al aumento del nivel de los océanos y las condiciones climáticas extremas, mientras el agua potable segura se está convirtiendo en un lujo. Sigo creyendo que superaremos estas amenazas, pero incluso una optimista climática sabe que esta sensación puede no durar demasiado.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 11 de enero de 2019

Foto: Joseph Eid / AFP

Hay que redefinir el futuro del trabajo para proteger a los trabajadores

Bruno Dobrusin es coordinador de la campaña One Million Climate Jobs (Un millón de empleos climáticos) en la Red de Economía Verde (Green Economy Network).

Tres supuestos comunes sesgan los pronósticos de los economistas sobre el impacto de la automatización en el empleo. Abordar cada una de ellas es esencial para proteger los derechos de los trabajadores y cambiar la historia fatalista de la narrativa prevaleciente.

Mucho se ha escrito sobre el “futuro del trabajo”, y en gran parte con perspectivas sombrías. Una seguidilla de estudios predicen que la automatización cambiará a sectores enteros y dejará en el paro a millones de personas. Un artículo escrito en 2013 por dos profesores de Oxford incluso sugirió que las máquinas podrían reemplazar el 47% de los empleos en los Estados Unidos dentro de “una o dos décadas”.

Conclusiones como esta sustentan la narrativa de que resulta inevitable que en el futuro haya escasez de empleos. Sin embargo, esta visión se apoya mayoritariamente en el sector corporativo, basándose en tendencias negativas de la llamada economía de los minitrabajos (gig economy), pero ni los trabajadores ni los sindicatos han intervenido mucho en la conversación. Si eso cambiara, el futuro del trabajo podría lucir muy distinto.

No hay que ser fatalista

Hay tres supuestos que sesgan los pronósticos del impacto de la automatización sobre el empleo. Es esencial abordar cada uno de ellos para proteger los derechos de los trabajadores y cambiar la perspectiva fatalista de la narrativa predominante.

El primero es que las tareas completamente automatizadas desplazarán a los trabajadores en el futuro cercano, pero ese enfoque es poco más que una conjetura. Incluso quienes usan los mismos conjuntos de datos pueden llegar a conclusiones diferentes.

Por ejemplo, un estudio realizado en 2017 por McKinsey, basado en datos similares a los del artículo de Oxford de 2013, llegó a la conclusión de que apenas un 5% de los empleos estadounidenses se podían automatizar totalmente, pero que cerca del 60% podían serlo en parte. En otras palabras, la automatización no significa que el trabajo humano tenga que desaparecer, sino que puede volverse más productivo.

Si algo demuestran las tendencias actuales es la importancia de democratizar el modo como se integra la tecnología a los procesos empresariales.

Cuando grandes corporaciones introducen innovaciones para acelerar la producción –como aparatos móviles para cronometrar a los trabajadores de bodegas en las instalaciones de Amazon-, la consecuencia no prevista puede ser una baja de la productividad. Para muchos trabajadores, la manera en que se adopta la tecnología puede tener más peso que la tecnología misma.

El segundo supuesto es que la automatización no traerá beneficios a la mayoría de los trabajadores. Sin embargo, las personas y la política (no las máquinas) determinarán su destino.

Si aceptamos la visión de que la tecnología elevará la productividad general (un punto en discusión, dados los bajos niveles de aumento de la productividad en los países de la OCDE en la última década), entonces los trabajadores y los líderes políticos tendrían que centrarse en lograr un mejor equilibrio entre trabajo y calidad de vida.

Hace más de un siglo que se libró la lucha por una jornada laboral de ocho horas y los espacios abiertos por el debate actual permiten negociar una semana laboral más corta. Algunos sindicatos ya lo están haciendo y en el futuro otros deberían unírseles.

Finalmente, a pesar de toda la publicidad, la automatización no es el problema más acuciante para la fuerza de trabajo. Puede que la tecnología sea disruptiva, pero las mayores preocupaciones de los trabajadores actuales son las que sienten más directamente: subempleo, empleos precarios y salarios estancados.

Según el informe de 2018 “Perspectivas sociales del empleo mundial” de la Organización Internacional del Trabajo, 1,4 mil millones de personas en todo el planeta se desempeñan en “formas vulnerables de empleo” en el sector informal, en comparación con los 192 millones de desempleados.

No hay dudas de que las nuevas tecnologías afectan a los trabajadores de algunas maneras adversas. Siempre ha sido así, y la gente seguirá desplazándose de un sector económico a otro. Pero, si bien la innovación tecnológica crea nuevas oportunidades, la economía de los miniempleos actual, en particular, refleja cómo también puede debilitar los derechos de los trabajadores y aumentar la inseguridad laboral.

Los temores de los trabajadores son reales, razón por la que el movimiento sindical ha estado luchando por defender a aquellos que se encuentran en situaciones vulnerables. Un valioso avance para asegurarse de que la automatización no deje a nadie detrás sería ampliar el concepto de Transición Justa (Just Transition), que se utiliza actualmente en los casos de reubicaciones debido a la situación climática, a las disrupciones ocasionadas por la tecnología.

No hay que aceptar la narrativa de los tecnócratas

Pero no debemos aceptar la narrativa ansiosa de un mundo sin trabajo. La tecnología y el desarrollo económicos son ámbitos en disputa, y los sindicatos deben centrarse en mejorar las condiciones de los lugares de trabajo, organizar a los trabajadores en los nuevos sectores económicos y desafiar los modelos de negocio autoritarios que dan poca injerencia a los empleados sobre cómo funcionan las compañías en las que trabajan.

Hay señales positivas. En el sector de los servicios está creciendo la organización laboral. Los empleados están presionando por mejores salarios en algunas de las mayores corporaciones del mundo. Y en Estados Unidos los trabajadores están pidiendo –y, a menudo, recibiendo- un sueldo digno que les permita vivir.

El próximo paso es asegurarse de que los efectos de la automatización tengan una mayor prominencia en la organización sindical. El futuro del trabajo no está predeterminado, y la historia todavía se está escribiendo. Como siempre, la pregunta más importante es quién la escribe.

@Project Syndicate

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Opinión | 9 de enero de 2019

Foto: Vale Zmeykov

Es hora de entrar en la batalla de las ideas

Ian Goldin es profesor de Globalización y Desarrollo en la Universidad de Oxford y Robert Muggah es cofundador del Instituto Igarapé y de la consultora SecDev Group. Ambos están escribiendo un libro sobre los desafíos globales.

Nunca hubo tanto en juego como en 2019. Cuando la política está supeditada al extremismo, a los algoritmos, a las noticias falsas y a la manipulación extranjera, la democracia misma está en peligro.

Han pasado 30 años desde la caída del Muro de Berlín y, a pesar de los avances significativos hacia la mejora de la esperanza de vida y el aumento de los ingresos en todo el mundo, las divisiones dentro y entre las sociedades se están profundizando. Sin un nuevo paradigma para gestionar la globalización, la fragmentación y la desesperación política se convertirán en la nueva normalidad.

Sin un involucramiento más activo de las autoridades y dirigencias políticas, no puede haber esperanzas para el futuro. El ritmo cada vez más veloz de los cambios, sumado a la creciente interdependencia internacional, no facilita la búsqueda de soluciones compartidas, sino que la dificulta.

Esperemos que 2019 sea el año en que comience a invertirse la tendencia histórica. En 2018, las divisiones intra e internacionales no dejaron de profundizarse. Y a la par de la transformación que las tensiones geopolíticas y el tribalismo político han provocado en las relaciones internacionales y en la política nacional, nuevas tecnologías revolucionan viejos supuestos sobre la seguridad, la política y la economía.

Esto se complica todavía más por la creciente interdependencia de nuestras sociedades. Todos estamos cada vez más sujetos a fuerzas que escapan al control de cualquier país, ciudad o persona por separado (sobre todo en lo referido al cambio climático).

Cuánto cambió en tres décadas. Allá por 1989, el colapso del bloque soviético parecía augurar el triunfo de los principios y valores de la democracia liberal. La creación ese mismo año de la World Wide Web prometía una nueva era de florecimiento para la humanidad y de cooperación internacional. Todavía en los primeros años de este siglo se repetían consignas osadas como que “la distancia ha muerto” y “la Tierra es plana”.

Una globalización que desilusiona

Pero en vez de aplanar la Tierra, la globalización la ha vuelto más montañosa y despareja. Hoy más que nunca, el código postal determina las perspectivas, la expectativa de vida y el destino de las personas. En vez de reemplazar los ideales nacionales con valores compartidos, la globalización llevó a una competencia feroz, a la decadencia de los estados de bienestar y a la corrosión de las instituciones internacionales. Y aunque técnicamente hay más democracias hoy que en 1989, muchas se están volviendo más iliberales.

No extraña que el apoyo público a la globalización haya menguado. Y en esto no ayudaron los ataques del 11 de septiembre de 2001 y los 5,6 billones de dólares gastados en la “guerra al terrorismo”. Tampoco lo hizo la crisis financiera de 2008, que expuso la incapacidad de expertos e instituciones para manejar la interdependencia y el cambio tecnológico. Una creciente divisoria entre las élites y todos aquellos que han sido “olvidados” envenena la política hace una generación.

Las mejoras de los últimos 30 años

Sin embargo, la desilusión con la globalización está en su mayor parte confinada a los países de América del Norte y Europa occidental. Al fin y al cabo, la suerte de las potencias emergentes en el este y el sudeste de Asia mejoró, y la mayoría de las personas en todo el mundo hoy están objetivamente mejor en términos agregados que hace 30 años.

Fuera de Occidente, la media de ingresos se duplicó desde la caída del Muro de Berlín (y se triplicó en el caso de China). La expectativa de vida en muchos países en desarrollo aumentó nada menos que 15 años, y tres mil millones de personas en todo el mundo aprendieron a leer y escribir.

Pero no hay garantías de que esta “Nueva Ilustración”, como la denomina Steven Pinker (de la Universidad Harvard), siga entregando progreso. La Ilustración de los siglos XVII y XVIII vino después del Renacimiento, que fue un período no sólo de revolución científica y artística, sino también de aumento de la intolerancia, guerras religiosas y persecución de científicos e intelectuales.

Una elite sobrepasada

La violencia reaccionaria durante el Renacimiento y después tuvo mucho que ver con la incapacidad de las élites para manejar los veloces cambios y las crecientes desigualdades ocasionadas por la revolución de la imprenta. Las élites actuales deberían tomar nota.

Los espectaculares efectos colaterales de la invasión a Irak liderada por los Estados Unidos y de la crisis financiera de 2008 dañaron profundamente la confianza de la población en las autoridades y en los expertos. Una misma idea reúne al populismo de derecha con el de izquierda: la idea de que la vieja guardia abandonó al pueblo y se encerró en una isla de privilegios.

Y algo de razón tienen. Es un hecho que políticas defectuosas de promoción de la globalización nos abandonaron y contribuyeron a una creciente desigualdad. Y ahora la inteligencia artificial y la automatización amenazan con reemplazar los puestos de trabajo rutinarios y acentuar las divisiones sociales.

¿Podrán la dirigencia política y la ciudadanía reunir la voluntad para encarar las amenazas compartidas, o vamos camino de una mayor fragmentación? Mucho dependerá de las medidas que se tomen en 2019. Hoy más que nunca, debemos hacer frente a los motores del cambio, cada vez más rápidos e interdependientes.

A tal fin, las autoridades deben tomar medidas para proteger a los más vulnerables. Se están eliminando redes de seguridad social precisamente cuando la gente más las necesita. Después de que la crisis financiera dejó a los gobiernos sin recursos y con deudas asfixiantes, algunos, como el de Estados Unidos, empeoraron las cosas recortando impuestos.

En un nivel más amplio, todos tenemos que poner manos a la tarea de comprender y controlar la globalización. Eso implica abandonar el anticuado paradigma del siglo XX que divide toda la política en izquierda y derecha, en socialismo y capitalismo. La política de 2019 gira en torno de valores; por eso los partidos políticos tradicionales están siendo desplazados por otros que apelan al sentimiento nacional y a fantasías nostálgicas.

Hasta ahora, la revolución política que se desarrolla estuvo signada por la rabia y la frustración. Pero es posible (y necesario) encauzar esos sentimientos y ponerlos al servicio del cambio constructivo. Para lograr una globalización inclusiva, tenemos que hacer frente a la desigualdad creciente, abrazar la diversidad y rescatar la cooperación internacional del espectro del unilateralismo.

Es tentador tratar de detener el reloj para no tener que tomar decisiones difíciles. Pero los cambios en curso nos afectarán a todos, participemos o no de la conversación. De modo que la única salida es mejorar nuestra comprensión y dialogar con ideas complejas. No hacerlo, optando en cambio por victimizarnos, es invitar a la catástrofe.

El único modo de que el futuro sea menos temible es dándole forma nosotros mismos. Sin la acción de personas audaces, el rumbo de la historia no virará por sí solo hacia la justicia o a mejores resultados.

Tres décadas después de la caída del Muro de Berlín, estamos otra vez en una encrucijada, y se libra una encarnizada batalla de ideas. Los nuevos muros que hoy se erigen dentro de las sociedades y entre ellas plantean una grave amenaza a nuestro futuro colectivo. Este es el año para empezar a derribarlos.

Traducción: Esteban Flamini

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 8 de enero de 2019

Foto: The Conversation

Siete pruebas de que el mundo se está convirtiendo en un lugar mejor

Julius Probst es investigador de doctorado en el Departamento de Historia Económica de la Universidad de Lund, Suecia y su trabajo se centra en la historia macroeconómica y la desigualdad de ingresos.

El académico sueco Hans Rosling se percató del auge de una tendencia preocupante: aunque el mundo se esté convirtiendo en un lugar mejor, las personas de países con economías sólidas piensan todo lo contrario. No es de extrañar, ya que las noticias hablan de catástrofes naturales, ataques terroristas, guerras y hambrunas más que de otros asuntos.

Cada día, alrededor de 200.000 personas en todo el mundo superan la barrera de los dos dólares diarios y salen de la pobreza. Más de 300.000 consiguen acceso a la electricidad y a agua limpia por primera vez. Las historias positivas de gente de países con economías deprimidas no generan interés ni audiencia. Sin embargo, como señala Rosling en su libro Factfulness, es importante situar las malas noticias en perspectiva.

Si bien es cierto que durante las últimas décadas la globalización ha ejercido una presión a la baja sobre los salarios de la clase media en las economías desarrolladas, también ha ayudado a superar la barrera de la pobreza a cientos de millones de personas, especialmente en el sudeste asiático.

El reciente auge del populismo en los países occidentales, con Trump y el Brexit como punta de lanza y las elecciones en Hungría e Italia como ejemplos fehacientes, produce una gran preocupación por el bienestar social en todo el mundo. La globalización es el único camino para asegurar que la prosperidad económica sea compartida entre todos los países, en lugar de disfrutarla solo ciertas naciones avanzadas.

Algunas personas son de la opinión de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero hay un hecho que no admite discusión: hasta hace poco, y a lo largo de casi toda la historia de la humanidad, una parte importante de la población mundial ha vivido en condiciones penosas. Los siguientes siete gráficos demuestran que el mundo se ha convertido en un lugar mejor del que era hace tan solo unas décadas.

1: La esperanza de vida continúa aumentando

Fuente: TheConversation

Durante la Revolución Industrial, la esperanza de vida en los países europeos no sobrepasaba los 35 años. Esto no quiere decir que la mayoría de la población falleciera entre los 30 y los 40, sino que las altísimas tasas de mortalidad infantil y la muerte de las mujeres durante el parto hacían bajar la media. Enfermedades comunes en la época y erradicadas en la actualidad, como la viruela o la peste, también suponían un gran problema.

2: La mortalidad infantil continúa descendiendo

Fuente: TheConversation

Hace más de un siglo, el índice de mortalidad infantil todavía superaba el 10% incluso en países con un nivel alto de ingresos, como Estados Unidos y Reino Unido. Gracias a la medicina moderna y a una mayor seguridad y salud pública, esta cifra se ha visto reducida en los países ricos hasta casi ser eliminada.

Además, economías en vías de desarrollo como India y Brasil tienen unas tasas de mortalidad infantil mucho más bajas que las que tenían las economías hoy desarrolladas hace un siglo, con un nivel de ingresos muy similar.

3: Los índices de natalidad están cayendo

Aunque mucha gente está preocupada por el crecimiento de la población mundial, la realidad es que las cifras de natalidad han disminuido de manera considerable. Las estimaciones a largo plazo de la Organización de las Naciones Unidas indican que la población mundial se estabilizará en unos 11 mil millones al final de este siglo.

Además, como se puede apreciar en el gráfico, muchos países en vías de desarrollo, como Brasil, China y varias naciones africanas, han optado por seguir una política de baja natalidad. Para muchas economías avanzadas esta transición llevó casi 100 años (comenzando con la Revolución Industrial), pero otras lo han conseguidos en dos o tres décadas.

4: El crecimiento del PIB se ha acelerado en los países desarrollados

Fuente: TheConversation

Estados Unidos y Europa Occidental, líderes tecnológicos, han crecido alrededor de un 2% al año durante los últimos 150 años, lo que significa que los niveles de ingresos aproximadamente se duplican cada 36 años.

Teniendo en cuenta que se han producido numerosos altibajos durante espacios prolongados de tiempo, como la Gran Depresión o la reciente Gran Recesión, que la tasa de crecimiento se mantenga constante a largo plazo es casi milagroso.

Países con un nivel de ingresos bajo, como China o India, vienen creciendo durante las últimas décadas a un ritmo más alto; tanto es así que se acercan inexorablemente a los países occidentales. Un índice de crecimiento del 10% durante un período prolongado significa que los ingresos se duplicarán cada siete años, aproximadamente. Que la prosperidad sea compartida por todo el mundo no puede ser sino una buena noticia.

5: La desigualdad global en los ingresos se ha visto reducida

Fuente: TheConversation

Aunque la desigualdad dentro de los países ha aumentado como consecuencia de la globalización, la desigualdad mundial se ha mantenido a la baja durante varias décadas como resultado del desarrollo de países como China e India, en los que cientos de millones de personas han mejorado su nivel de vida. De hecho, por primera vez desde la Revolución Industrial alrededor de la mitad de la población mundial puede ser considerada clase media.

6: La democracia se extiende

A lo largo de la historia de la humanidad, la gente ha vivido sometida a regímenes opresores no democráticos. Hoy, alrededor de la mitad de la población mundial vive en democracia. De los que aún viven en autocracias, el 90% lo hacen en China. Sin embargo, el país asiático está virando el rumbo, por lo que hay razones para creer que el desarrollo económico sostenido llevará a su democratización (de acuerdo a la Teoría de la Modernización).

7: Cada vez se producen menos conflictos

Fuente: TheConversation

La historia del mundo es la historia de su división por los conflictos. De hecho, al menos dos de las grandes potencias han estado en guerra durante más del 50% del tiempo desde el año 1500, aproximadamente.

Mientras que la primera mitad del siglo XX fue especialmente sangrienta, con dos guerras mundiales sin apenas tregua, se podría calificar al período posterior como pacífico. Por primera vez en toda la historia no ha habido guerras ni conflictos en Europa Occidental en tres generaciones, y organizaciones internacionales como la Unión Europea y las Naciones Unidas han sido piezas fundamentales para traer la estabilidad al mundo.

The Conversation
Opinión | 7 de enero de 2019

El desafío del impuesto a los combustibles

Andrés Velasco fue ministro de Hacienda de Chile durante el primer gobierno de Michelle Bachelet y es Decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics.

El aumento en los precios del combustible, ya sea por un recorte a los subsidios o un alza a los impuestos, es difícil de compensar y es por eso que provoca disturbios sociales.

Lo que parece nuevo en los episodios recientes es el sentido de ilegitimidad política: mientras que pagar más ya es doloroso, no confiar en que los líderes hagan buen uso del dinero recaudado lo hace socialmente tóxico.

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, no es el primer político que enfrenta dificultades con los impuestos a los combustibles. A comienzos del año pasado en Brasil, una huelga de camioneros paralizó el país y contribuyó al triunfo del ultraderechista Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales.

En un momento yo también fui víctima de la ira inspirada por el diesel. Siendo ministro de Hacienda de Chile, hace diez años, intenté cerrar un resquicio legal que permitía a los camioneros recuperar lo que habían pagado en impuestos a los combustibles.

Los operadores políticos del gobierno me aseguraron que no cederíamos a la presión. Pero su férrea voluntad desapareció en menos de una semana ante el bloqueo de los caminos principales con camiones y el desabastecimiento de los supermercados. Nuestro gobierno, avergonzado, dio marcha atrás, como lo han hecho Macron y muchos otros desde entonces.

En Estados Unidos, el tema es tan políticamente tóxico que se ha permitido que la inflación erosione dos quintos del valor del impuesto federal a los combustibles desde la última vez que fue reajustado, hace veinticinco años.

El argumento de los economistas

El aspecto económico de los impuestos a la gasolina es tan viejo como el político. El precio del combustible en relación a otros bienes (lo que los economistas llaman su precio relativo) desempeña dos papeles al mismo tiempo. Guía las decisiones acerca del consumo y de la producción: si el diesel sube de precio, los consumidores utilizan menos y los productores refinan más.

Además, cambios en el precio relativo redistribuyen el ingreso: el combustible caro significa que quienes consumen mucho son “más pobres”, puesto que disminuye su poder de compra para otras cosas.

Con respecto al diesel y otros combustibles, el precio relativo que conduce a las decisiones correctas sobre el consumo y la producción, tiene el efecto distributivo incorrecto.

El argumento medioambiental

Gravar el diesel para hacerlo más caro reduce la contaminación y la emisión de gases de efecto invernadero, lo que produce gran satisfacción entre la población educada que reside en las ciudades y toma el metro para ir a trabajar. Sin embargo, causa profundo descontento entre las personas que habitan en zonas rurales y deben recorrer grandes distancias, y también entre los propietarios de pequeñas empresas que dependen de sus camionetas a diesel.

Aumentar el impuesto a los combustibles es como recortar un arancel a las importaciones: en los dos casos se reducen las distorsiones en el precio, pero también se producen ganadores y perdedores. La solución económica estándar es compensar a los perdedores.

Cuando se recortan los aranceles, a menudo se discute tal compensación, pero rara vez se la aplica. Cuando se trata de los precios de la energía, la compensación puede funcionar si los perdedores también resultan ser los pobres. Hace tres años, cuando Ucrania redujo los subsidios a los precios domésticos de los combustibles, un pago único en efectivo ayudó a los jubilados pobres y a los trabajadores con remuneraciones bajas a mantener sus hogares calefaccionados durante el invierno.

Con el diesel, la situación es más complicada. Las personas muy pobres típicamente no son propietarias de vehículos grandes que utilicen este combustible. Tampoco se lo emplea para cocinar ni para calefaccionar. Es verdad que los autobuses del transporte público usan diesel, pero un ciudadano pobre puede compartir el peso de un aumento de precio con las otras 20 o 30 personas que utilizan el mismo autobús.

Los grandes perdedores cuando se incrementa el impuesto al diesel son sólidos miembros de la clase media, y los ministros de Hacienda temen los esquemas para compensar a esta clase por dos razones. Es políticamente difícil entregar dinero a quienes están en el medio sin hacerlo a todos los que están más abajo en la escala de ingresos, lo que hace que la compensación sea costosa.

Y el precedente que se sienta en un caso puede ser invocado en innumerables casos posteriores. Cuando la moneda se deprecia, aumenta el precio de las importaciones de consumo; a medida que las ciudades prosperan, suben los precios de los inmuebles más deseables; a medida que prosperan los países, también aumenta el precio (relativo) de los servicios, desde cortes de pelo hasta limpieza de hogares. ¿Se supone que Hacienda también debe compensar a la clase media por estas reducciones en su poder de compra?

Es resumen, el incremento de los precios de los combustibles, sea producto de una disminución de los subsidios o de un aumento de los impuestos, es difícil de contrarrestar. No debe sorprender entonces que haya gatillado agitación social desde La Paz hasta Lahore y desde Cairo a Coventry, y ahora en París.

El dilema político

Lo que parece nuevo en los episodios recientes es el sentido de ilegitimidad política. Tener que pagar más es suficientemente doloroso, dicen los electores. Desconfiar que las autoridades empleen este dinero de manera beneficiosa añade leña al fuego.

Tomemos el caso de Brasil. Durante años, el gigante petrolero Petrobras vendía los combustibles dentro del país a un precio más bajo que el mundial, y sus accionistas (entre los cuales los contribuyentes brasileños son los más importantes) asumían los costos. Esto era lo que estaba en el dominio público.

Lo que no se sabía era que Petrobras también era sede de uno de los esquemas de corrupción más grandes de la historia. Algunos políticos utilizaban a la compañía para contratar a sus amigos y para financiar sus campañas; otros la utilizaban para llenarse los bolsillos propios. Hasta el día de hoy, miles de millones de dólares siguen desaparecidos.

Adelantemos al pasado reciente. A partir de 2016, el nuevo gobierno de Michel Temer dio órdenes a Petrobras para que terminara con los subsidios y empezara a cobrar precios internacionales por sus productos. Y cuando la moneda se depreció, los precios en reales en las gasolineras aumentaron aún más. El impacto lo sintieron en el bolsillo los consumidores locales.

Evidentemente, a la gran mayoría de los brasileños no le importaron las complejidades de la paridad internacional de precios. Lo que sí le importó fue que una empresa famosa por su corrupción subiera el precio del combustible, metiendo su sucia mano en sus bolsillos.

Así las cosas, cuando los camioneros bloquearon los caminos para exigir una reducción del precio del diesel, el 87% de la población apoyó su huelga. El CEO de Petrobras, un economista respetado que había sido contratado para que saneara a la empresa, se vio obligado a renunciar.

En Francia no ha existido un escándalo de corrupción semejante –por lo menos recientemente–. Sin embargo, se huele un tufillo de ilegitimidad en el loable intento de Macron por realinear los precios de los combustibles. Quizás se trate de una consecuencia inevitable del pasado del presidente como banquero inversionista; o de su estilo imperial y distante; o de la decisión de su gobierno de abolir el impuesto al patrimonio como primera prioridad.

Ciertamente que convencer a los electores franceses de clase media que el alza de los precios de los combustibles en realidad era buena para ellos, siempre fue una batalla cuesta arriba. El estilo de Macron y sus errores contribuyeron a hacerla aún más difícil.

Lo que pudo haber sido una disputa convencional acerca de los impuestos pasó a ser un choque de identidades, de quienes el autor británico David Goodhart llama los de alguna parte versus los de cualquier parte. Las advertencias del Palacio del Elíseo acerca de la responsabilidad con respecto al futuro del planeta no fueron bien recibidas. Los manifestantes se quejaban de que al presidente le preocupara el fin del mundo cuando a ellos les preocupaba llegar a fin de mes.

No hay soluciones fáciles

¿Son inevitables estos desenlaces? No lo creo. Uno puede imaginar a un presidente popular haciendo que el diesel sea todo lo caro que debe ser para impedir que el planeta estalle en llamas, mientras que al mismo tiempo obliga a los ricos a costear la parte que les corresponde de los gastos gubernamentales e implementa algunos esquemas de gastos inteligentes que le alivianen la carga a la clase media. Se necesitaría también mucha habilidad política para persuadir a los electores de que el presidente está de su lado.

Sí, es posible imaginar todo esto. Pero imaginar algo no es lo mismo que esperarlo. Ni siquiera el Súper Macron pudo lograrlo, y es improbable que el próximo liberal iluminado tenga éxito donde él fracasó.

Traducción de Ana María Velasco

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 4 de enero de 2019

En busca de una educación auténtica y divertida

Alfredo Pina Calafi es Profesor titular en Lenguajes y Sistemas Informaticos de la Universidad Pública de Navarra y experto en procesos educativos.

En una charla que dio Guy Brousseau en la Universidad Pública de Navarra hace bastantes años decía que uno de los retos más importantes de la enseñanza obligatoria era tener que enseñar a personas que quizás no quieran aprender y que, además, están obligadas a ello.

El fondo de la cuestión de esta reflexión condiciona en gran medida los procesos de enseñanza y aprendizaje, tanto para estudiantes como para docentes en primera instancia, pero también para la administración, las familias y la propia sociedad. ¿Nos podemos divertir, enseñando y aprendiendo, docentes y estudiantes en nuestro trabajo diario?

Programar en los años 80

Ya en 1690 John Locke decía que las ideas complejas se forman en nuestra mente combinando ideas simples. Podemos tener un conjunto de ideas (simples o complejas) y ver cómo se relacionan y, cuando somos capaces de separar este conjunto del resto de ideas, conseguimos una idea general, también llamado abstracción.

Abelsson hablaba de “primitivas”, como las entidades más simples de un lenguaje, de “complejificación”, siendo los elementos complejos construidos a partir de otros más simples, y de abstracción, mediante la cual un objeto complejo puede tener nombre y se puede manipular como una unidad. Esta es la esencia de la programación: el programa como un conjunto de instrucciones simples, o primitivas, que crean algo más complejo y, finalmente, la aplicación de la abstracción mediante variables o procedimientos.

El lenguaje de programación Logo surgió en 1968, de la mano de cuatro investigadores del MIT (Danny Bobrow, Wally Feurzeig, Seymour Papert y Cynthia Solomon) que estaban trabajando en Inteligencia Artificial. Nació con la idea de que los alumnos pudieran utilizarlo para construir su propio conocimiento.

Hasta los años 90, se utilizó Logo en el mundo de la educación, tanto en primaria como en secundaria. El resultado que cada programa daba era un dibujo y existía la posibilidad tener un dispositivo adicional, una “tortuga”, que podía pintar en papel el programa resultante.

La gran novedad de este entorno de programación era que, de una manera sencilla, ofrecía “primitivas”, diferentes formas de complejificar los programas a partir de estas “primitivas” y, finalmente, la posibilidad de abstracción mediante variables y, sobre, todo procedimientos. Los maestros se lanzaron a utilizarlo en sus procesos de enseñanza y aprendizaje.

Poco a poco, fue desapareciendo su uso con la evolución multimedia. Aparecieron otros lenguajes y entornos como Hypercard o Lingo/Director, para finalmente llegar (hoy día) a Scratch u otros dialectos de Scratch como Snap, que se utilizan en escuelas, clubs o incluso en casa, con una amplia comunidad de usuarios/as por todo el mundo.

Programar y, además, manipular

A finales de los 80, Seymour Papert introduce el construccionismo. En una conferencia para profesores japoneses en 1980, declara: “Enseñar es importante, pero aprender lo es mucho más. Y el construccionismo significa ‘dar a los niños cosas que hacer para que puedan aprender haciendo mucho mejor de lo que lo hacían antes’”.

El construccionismo para Papert es dotar a los estudiantes de medios para manipular sus propios artefactos digitales y aprender utilizándolos. Pueden ser programas o pueden ser objetos. Es la evolución lógica de Logo.

A finales de los 80, Papert y Resnick, junto a otros investigadores del MIT, sacaron adelante el proyecto Lego Mindstorms, lo que supuso el inicio de la Robótica Educativa, con la aparición a finales de los 90 del primer robot Lego Mindstorms comercial (RCX) “apto para la escuela”.

Trabajar con robótica educativa refuerza el pensamiento formal hipotético deductivo de los estudiantes. Tienen que utilizar lenguajes de programación para resolver problemas explorando con sus robots escenarios modelizados que representan el espacio donde deben discurrir las soluciones.

Una profesora de primaria que trabaja con robótica educativa declaró que “es una herramienta motivadora que consigue una mayor atención por parte del alumnado y que ayuda a adquirir o afianzar diferentes contenidos, tanto en matemáticas como en otras áreas que impartimos en el aula: interpretación de textos instructivos, utilización de recursos gráficos en la comunicación escrita, planificación y realización de proyectos, puesta en práctica de estrategias para aprender a aprender…”.

Programar, manipular y fabricar

Arduino surge en 2005 y es una plataforma electrónica programable de hardware libre que permite diseñar artefactos digitales con sensores y actuadores. Es el paso que necesitaba el movimiento maker para poder crear, inventar, construir, objetos programables a mano, de una manera creativa y divertida, y a precios razonables.

La impresión 3D ha favorecido esta cultura maker, término acuñado por Dale Dougherty, y la web está llena de proyectos que se comparten libremente y que cualquiera puede replicar, ampliar o modificar para volver a compartir.

Esta tecnología permite la fabricación de las piezas necesarias para los “inventos” a un precio muy razonable. Y el diseño de una pieza para impresión 3D conlleva una capacidad creativa y de abstracción importante, ya que se manejan otra vez lenguajes formales y es necesario ser capaz de relacionar el uso de esos lenguajes con el producto que se quiere en el espacio 3D.

Estos makers necesitan lugares en los que cualquier creador pueda encontrar los recursos necesarios para sus diseños y realizaciones y también conocer a otros makers para compartir ideas y proyectos. Los fab labs son un ejemplo de espacios locales que favorecen espacios y herramientas de fabricación digital para makers. Incluso las nuevas bibliotecas están incorporándolos en sus instalaciones.

Y en la escuela…

Si desde la escuela, con la colaboración de las familias, la Administración y la sociedad, se unen los tres aciertos de cada uno de estos “hitos” (constructivismo o la capacidad de abstracción que surgió con LOGO, construccionismo o la posibilidad de manipular nuestros propios artefactos que surgió con LEGO, y la posibilidad de hacer cualquier cosa nosotros mismos o la esencia del movimiento MAKER), el resultado podría ser el camino para conseguir una educación acorde con estos movimientos.

El objetivo sería generar aprendizajes auténticos y divertidos, con una participación activa, en entornos reales y en directo. Aprendizajes interdisciplinares y aptos para su uso tanto en la escuela como en el ocio de los jóvenes, con resultados gratificantes, utilizando tecnologías abiertas de última generación y con costes que no supongan una barrera en buena parte de la población.

Johan Cruyff decía : “Demostramos al mundo que puedes divertirte mucho como futbolista, que puedes reír y pasártelo en grande. Yo represento una época que dejó claro que el fútbol bonito es divertido y que, además, con él se conquistan triunfos”. Lo mismo podemos hacer en la escuela.

The Conversation
Opinión | 2 de enero de 2019

Foto: Saul Loeb – AFP

Los mercados finalmente despiertan al hecho de que Trump es presidente

Nouriel Roubini es profesor de economía de la Universidad de Nueva York y uno de los pocos que predijo la Gran Recesión y crisis financiera de 2008.

El presidente de Estados Unidos finalmente ha sacudido los mercados. Si bien los inversores estaban felices de mirar hacia otro lado durante la primera mitad de su mandato, el peligroso espectáculo que se desarrolla en la Casa Blanca ya no puede ser ignorado.

Una de las razones es que, hasta ahora, los inversores habían creído el argumento de que Trump es perro que ladra y no muerde. Estuvieron dispuestos a darle el beneficio de la duda en tanto bajara impuestos, desregulara y siguiera otras políticas favorables al sector corporativo y a los accionistas.

Y muchos confiaron en que, a fin de cuentas, los “adultos en la habitación” contendrían a Trump y se asegurarían de que las políticas de su gobierno no se saltaran los límites de la ortodoxia.

Estos supuestos se vieron más o menos confirmados durante el primer año de gobierno de Trump, cuando el crecimiento económico y la expectativa de mayores ganancias corporativas como resultado de las inminentes medidas desregulatorias y de rebaja de impuestos impulsaron un buen desempeño de las bolsas estadounidenses, cuyos índices subieron más del 20% en 2017.

Pero la situación cambió radicalmente en 2018, y especialmente en los últimos meses. A pesar de un crecimiento de las ganancias corporativas superior al 20% (gracias a la rebaja de impuestos), las bolsas estadounidenses estuvieron la mayor parte del año oscilando sin una tendencia clara, y ahora han iniciado un marcado descenso.

En este punto, los índices generales están en la zona de corrección (es decir, una caída del 10% respecto del máximo reciente) y los que indexan empresas tecnológicas, por ejemplo el Nasdaq, están en la zona bajista (una caída del 20% o más).

2019 será un año complejo

Aunque el incremento de volatilidad de los mercados financieros tiene que ver con inquietudes respecto de China, Italia y otras economías de la eurozona y las principales economías emergentes, la mayor parte de la agitación reciente es atribuible a Trump.

El año comenzó con la aprobación de una imprudente rebaja de impuestos que generó una suba de tipos de interés a largo plazo y le dio un subidón a una economía que ya estaba cerca del pleno empleo. Ya en febrero, el creciente temor a una inflación superior a la meta del 2% de la Reserva Federal de los Estados Unidos provocó el primer episodio de huida del riesgo del año.

Después vinieron las guerras comerciales de Trump con China y otros socios comerciales importantes de Estados Unidos. La inquietud de los mercados por las políticas proteccionistas del gobierno creció y menguó todo el año, pero ahora mismo está alcanzando un nuevo máximo. Las últimas acciones de Estados Unidos contra China parecen augurio de una guerra fría comercial, económica y geopolítica más amplia.

El peor de los escenarios: crecimiento débil y inflación

A esto hay que sumarle el temor a que las otras políticas de Trump tengan efectos estanflacionarios (reducción del crecimiento a la par de mayor inflación).

Al fin y al cabo, Trump planea poner límites a la inversión extranjera directa en Estados Unidos, y ya implementó amplias restricciones a la inmigración, que reducirán el crecimiento de la oferta de mano de obra en un momento en que el envejecimiento de la fuerza laboral y la falta de personal cualificado son problemas en aumento.

Además, el gobierno todavía no ha propuesto un plan de infraestructura que estimule la productividad del sector privado o acelere la transición a una economía verde. Y Trump sigue usando Twitter y otros ámbitos para criticar a las corporaciones por sus prácticas de contratación, producción, inversión y fijación de precios; y lo hace con especial énfasis en las empresas tecnológicas, justo cuando estas se enfrentan a una reacción más general en su contra y mayor competencia de sus homólogas chinas.

Las políticas de Estados Unidos también han afectado a los mercados emergentes. El estímulo fiscal y el endurecimiento monetario generaron subas de tipos de interés a corto y largo plazo y fortalecimiento del dólar. Eso provocó en las economías emergentes fuga de capitales y aumento de deudas denominadas en dólares.

Aquellas que dependen en gran medida de las exportaciones sufrieron los efectos del abaratamiento de las materias primas, y todas las que comercian aunque sea en forma indirecta con China sintieron los efectos de la guerra comercial.

También generó volatilidad la política de Trump para el petróleo. Después de su encarecimiento como resultado de la reanudación de las sanciones estadounidenses contra Irán, los esfuerzos del gobierno para obtener exenciones y obligar a Arabia Saudita a aumentar su producción provocaron un abrupto abaratamiento, que si bien beneficia a los consumidores estadounidenses, es perjudicial para las acciones de las empresas estadounidenses del sector energético.

Además, una excesiva volatilidad del precio del petróleo es mala para productores y consumidores por igual, porque dificulta tomar decisiones razonables en materia de inversión y consumo.

La reforma fiscal favoreció a los más ricos

Para colmo de males, ya está claro que la rebaja de impuestos del año pasado benefició casi exclusivamente al sector corporativo, en vez de trasladarse a una mejora del salario real (ajustado por inflación). Es decir que pronto podría haber una desaceleración del consumo de los hogares, que debilitaría todavía más la economía.

Pero la marcada caída de las bolsas estadounidenses y de todo el mundo durante el último trimestre es ante todo una respuesta a las acciones y manifestaciones de Trump.

Trump vs. la FED

Como si el incremento del riesgo de una guerra comercial total con China (más allá de la reciente “tregua” acordada con el presidente chino Xi Jinping) fuera poco, todavía peores son los ataques públicos de Trump a la Reserva Federal, que inició hace unos meses cuando la economía estadounidense crecía a más del 4%.

En vista de estos ataques anteriores, los mercados se espantaron cuando este mes la Reserva Federal decidió, correctamente, subir los tipos de interés y dar señales de que en 2019 seguirá subiéndolos más gradualmente.

Lo más probable es que la relativa dureza de la Reserva sea una reacción a las amenazas de Trump contra ella. Frente a los tuits hostiles de Trump, el presidente de la Reserva, Jerome Powell, tuvo que dar señales de que el banco central sigue siendo independiente de la política.

Pero entonces llegó la decisión de Trump de “cerrar” amplios sectores del gobierno federal por la negativa del Congreso a financiar su inútil muro en la frontera con México. Eso dejó a los mercados casi en un estado de pánico; y poco después del cierre del gobierno se empezó a hablar de que Trump quiere despedir a Powell, una jugada que puede convertir una corrección en debacle bursátil.

Justo antes del feriado de Navidad, el secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Steven Mnuchin, se vio obligado a emitir una declaración pública para aplacar a los mercados: anunció que en realidad Trump no tiene planes de despedir a Powell, y que la situación financiera de los bancos estadounidenses es sólida, lo que en la práctica puso en primer plano la cuestión de si realmente lo es.

Los mercados también están inquietos por otros cambios recientes en el gobierno, que no afectan necesariamente a la política económica.

Con la salida del jefe de gabinete John Kelly y del secretario de defensa James Mattis ya no quedará ningún adulto en la habitación. Sólo habrá una camarilla de nacionalistas en lo económico y halcones en política exterior dispuestos a cumplir cada capricho de Trump.

Como están las cosas, no puede descartarse el riesgo de una confrontación geopolítica a gran escala con China. En la práctica, una nueva guerra fría llevaría a la desglobalización, al provocar trastornos generalizados en las cadenas de suministro, pero en particular en el sector tecnológico (de lo que el reciente caso de ZTE y Huawei es una señal).

Al mismo tiempo, Trump parece emperrado en debilitar la cohesión de la Unión Europea y de la OTAN en un momento de fragilidad económica y política de Europa. Y la investigación de los vínculos con Rusia del equipo de campaña de Trump para la elección de 2016 que conduce el fiscal especial Robert Mueller pende como una espada de Damocles sobre su presidencia.

Trump se ha convertido en el Dr. Strangelove de los mercados financieros. Como el loco paranoico del film clásico de Stanley Kubrick, está coqueteando con la destrucción económica mutuamente asegurada. Ahora que los mercados ven el peligro, el riesgo de crisis financiera y recesión global es mayor.

Traducción: Esteban Flamini

©Project Syndicate 1995–2019

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Opinión | 2 de enero de 2019

Foto: Tais Gadea Lara

Un modelo de negocio para un mundo sustentable

Paul Polman es CEO de Unilever y miembro del Consejo de Liderazgo de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible.

Los líderes del sector privado deben reconocer que no hay manera de delegar la responsabilidad ambiental o social. Por el contrario, las empresas multinacionales pueden y deben usar sus cadenas de suministro para impulsar el cambio y mejorar la calidad de vida en los mercados donde operan.

En un informe reciente, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático advirtió que sin cambios “rápidos y de amplio alcance” en cuanto a cómo se gestiona la tierra, la energía, los edificios, el transporte y las ciudades, el daño a nuestro planeta podría ser irreversible. El mensaje fue claro: necesitamos un esfuerzo cooperativo a escala global para cambiar nuestra trayectoria. Y la única manera es cambiar la manera en que se hacen negocios.

Es algo que puede sonar desalentador, pero ya hemos elaborado un marco para que sirva de guía en la transición: los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas. Los ODS, adoptados en septiembre de 2015 por 193 países, están destinados a alcanzar un “futuro más sostenible para todos” en 2030 que, por extensión, permita un mejor entorno para los negocios.

Los beneficios son concretos e innegables

La Comisión de Negocios y Desarrollo Sostenible ha estimado que cumplir con los objetivos podría sumar unos 12 billones de dólares y 380 millones de empleos a la economía global para fin de la próxima década.

Con tanto para ganar –y para perder ante la inacción-, el sector privado está empezando a mostrar interés por la conexión entre ganancias y sustentabilidad. Según el último informe de Tendencias Comerciales Responsables de Ethical Corporation, el 69% de los ejecutivos de negocios encuestados dijeron estar integrando los ODS a sus estrategias.

Al mismo tiempo, la cantidad de empresas que reciben la Certificación de Empresa B –que mide el desempeño social y ambiental de una compañía- ha aumentado en los últimos años.

Las finanzas globales también están avanzando hacia la sustentabilidad. Por ejemplo, se calcula que los activos ambientales, sociales y de gobernanza bajo gestión alcanzan los 22 billones de dólares; 82 billones de dólares están comprometidos con los Principios de las Naciones Unidas para la Inversión Responsable; 32 billones de dólares están vinculados al precio del carbono, y hasta el marcado de “bonos verdes” está creciendo exponencialmente. Este impulso importa porque el respaldo del mercado financiero será esencial para lograr la agenda de desarrollo sostenible.

Sin embargo, para sustentar este progreso, las empresas deben reconocer que hasta en una cadena de valor global resulta imposible externalizar la responsabilidad empresarial. Por el contrario, las empresas multinacionales deben utilizar su poder de mercado para impulsar el cambio social.

El ejemplo de Unilever

Consideremos mi empresa, Unilever: 2.500 millones de veces por día alguien en alguna parte utiliza uno de nuestros productos distribuidos a través de una cadena de suministro que incluye más de 80.000 proveedores y casi dos millones de agricultores, que a su vez dan asistencia a comunidades de millones de personas. Esta escala le permite a Unilever contribuir con los ODS y beneficiarse con ellos, precisamente lo que intentamos hacer.

En 2009, introdujimos el Plan de Vida Sostenible de Unilever, un proyecto para impulsar nuestro desempeño social, ambiental y económico.

Los objetivos incluyen fortalecer la salud y el bienestar de más de 1.000 millones de personas; reducir el impacto ambiental asociado con la producción y uso de nuestros productos; y mejorar la vida de millones de trabajadores. Esta estrategia nos ha permitido ser más estratégicos a la hora de identificar los desafíos y oportunidades que enfrenta nuestro negocio.

Al utilizar nuestros recursos y marcas, también hemos abordado desafíos clave para el desarrollo como la desnutrición, el saneamiento y la higiene; el cambio climático y la deforestación; los derechos humanos; la capacitación profesional y la igualdad en el lugar de trabajo. Y hemos hecho todo esto con un retorno de casi el 300% en diez años y un retorno del 19% sobre capital, lo que demuestra que es posible emplear una agenda centrada en el desarrollo que sea fructífera para accionistas e inversionistas.

No estoy sugiriendo que el éxito haya sido fácil, o que nuestro trabajo haya terminado. Si bien me retiraré de Unilever a fines de 2018, confío en que la compañía que he liderado durante más de diez años siga mejorando los procesos comerciales con un ojo puesto en fortalecer la sustentabilidad.

El poder de los mercados

La clave para abordar los desafíos sociales y ambientales del mundo es utilizar el poder de los mercados y construir coaliciones para mejorar la efectividad.

Un buen ejemplo en acción es la Coalición de Alimentación y Uso de la Tierra, una red global de ejecutivos de empresas, científicos, hacedores de políticas públicas, inversores y agricultores que trabaja para transformar los sistemas alimentarios fragmentados y complejos del mundo. Un área clave de interés para esta coalición es la desconexión entre producción y consumo.

Necesitamos más de todo esto; el futuro de la economía global ya no depende de si actuamos o no, sino de cuánto tiempo nos demoramos en hacerlo. A pesar de cierto progreso en los ODS en los últimos tres años, no estamos avanzando lo suficientemente rápido.

Como alguna vez dijo Winston Churchill: “Nunca me preocupo por la acción, sino por la inacción”. Esa sabiduría debería dar forma a nuestra estrategia para los negocios y los Objetivos de Desarrollo Sustentable hoy. El mundo que queremos para nuestros hijos llegará recién cuando elijamos la acción por sobre la indiferencia, el coraje por sobre la comodidad y la solidaridad por sobre la división.

© Project Syndicate 1995–2019

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Opinión | 20 de diciembre de 2018

Las baterías de litio, la llave de las energías renovables y una enorme oportunidad para el desarrollo

Alberto Berrueta Irigoyen es Profesor del Departamento de Ingeniería Eléctrica, Electrónica y de Comunicación de la Universidad Pública de Navarra

Las baterías de litio están en demanda. Sin ellas no hay futuro para la industria de las energías limpias. Y la Argentina, Chile y Bolivia tienen el 70% de las reservas mundiales de litio. 

El funcionamiento del sistema eléctrico tradicional se basa en una generación centralizada mediante grandes centrales, como son las nucleares, hidráulicas, de gas natural y de carbón. Sin embargo, al estar basado principalmente en combustibles fósiles y nucleares, dicho sistema no puede considerarse sostenible.

Esta electricidad se transporta mediante redes de alta tensión hasta los centros de consumo, situados en las ciudades y polígonos industriales, con objeto de producir bienes, desarrollar la actividad de comercios y empresas y suministrar energía a los hogares.

Las energías renovables son herramientas clave que van a permitir un cambio en este paradigma energético. Estas tecnologías rompen con las economías de escala que incentivaban la construcción de grandes plantas de generación eléctrica, permitiendo así la instalación de pequeñas centrales cercanas a los puntos de consumo y reduciendo, de esta forma, la necesidad de redes de alta tensión.

Esta menor necesidad de redes de transporte eléctrico cobra especial relevancia si se tiene en cuenta el notable aumento en el consumo eléctrico que supondrá la inminente llegada de la movilidad eléctrica que, de otra manera, requeriría una importante inversión en redes de transporte eléctrico.

Los desafíos de las renovables

A nivel económico, las renovables ya son competitivas al haber alcanzado un precio inferior a la generación eléctrica convencional, tal y como lo demuestran los 8.737 MW (megavatios) renovables sin prima adjudicados durante el año 2017 en España (noticia aquí y aquí). Superado el reto económico, los siguientes desafíos de las renovables son su almacenamiento y gestión.

La amplia variedad de sistemas de almacenamiento, desde grandes centrales de bombeo hidráulico hasta pequeñas baterías para teléfonos móviles, ofrece un interesante abanico de posibilidades.

En un escenario de generación descentralizada, merecen especial atención los sistemas de almacenamiento locales destinados a conseguir una adaptación perfecta entre la generación local (poco gestionable por ser de origen renovable) y el consumo, que tampoco se puede gestionar al antojo de frentes de nubes o rachas de viento.

Las baterías son la clave

Este es el terreno de las baterías, sistemas de almacenamiento que se pueden instalar en los puntos de la red eléctrica donde sean más necesarios. Existen diversos tipos de baterías, aunque son las de plomo−ácido las más utilizadas hasta hace pocos años debido a su bajo coste.

Recientemente, ha tomado fuerza un feroz competidor del plomo en la fabricación de baterías: el litio, el metal más pequeño y ligero de la tabla periódica.

Las baterías de iones de litio presentan mejores prestaciones que las de plomo−ácido en cuanto a tiempo de vida y eficiencia. La tecnología de las baterías de litio cuenta ya con una trayectoria comercial de casi tres décadas, en la que su espectacular desarrollo ha hecho que las baterías actuales y las que se desarrollaban hace pocos años sólo tengan en común su elemento portador de carga: el litio.

Las primeras baterías de litio se pusieron en el mercado a principios de la década de los 90 y se utilizaban para ordenadores portátiles, teléfonos, etc. El conocimiento adquirido y las mejoras tecnológicas realizadas durante las décadas de los 90 y los 2000, unidos a las posibilidades de abaratamiento detectadas en este tipo de baterías, han hecho que los fabricantes de vehículos eléctricos (bicicletas, ciclomotores, patinetes, coches, autobuses urbanos, etc.) se hayan inclinado, de forma prácticamente unánime, por diferentes tipos de baterías de litio. La curva de aprendizaje y las economías de escala derivadas de esta decidida apuesta están dando lugar a una rápida reducción de costes.

En concreto, la Agencia Internacional de la Energía pone números a esta tendencia. En un estudio publicado en 2017, esta agencia constata una reducción en el coste de fabricación de baterías de litio desde 860 euros por kWh (kilovatio/hora) en 2008 hasta 215 euros por kWh (kilovatio/hora) en 2016, lo que se traduce en una reducción de costes del 75% en solo ocho años.

Esto significa que el coste de fabricación de una buena batería para un hogar (3 kWh) es de 645 euros. El precio de venta suele ser algo más alto, superando normalmente los 2.000 euros.

A día de hoy, desde el sector de las energías renovables se ve a las baterías de litio como la solución para su principal problema: la gestión de la energía generada.

Sin embargo, el coste de estas baterías produce una reducción en la rentabilidad económica de las instalaciones renovables. Por ello, cada vez hay más fábricas de baterías de litio a nivel mundial (entre las que destacan las llamadas gigafábricas), compitiendo por conseguir producir la batería más barata y con mejores prestaciones del mercado.

Se está planteando también una interesante opción que consiste en instalar, en plantas de generación renovable, baterías desechadas de coches eléctricos, cuyo precio es bastante menor que el de una batería nueva, a pesar de que sus prestaciones no sean tan buenas.

En este contexto es fundamental saber seleccionar para cada aplicación la mejor batería que ofrece el mercado, elegir el tamaño más conveniente y gestionarla de tal forma que se le saque el máximo partido, pero sin que ocurra lo que a menudo sucede con las baterías de los teléfonos móviles: el hecho de que, un año después de estrenarlos, la batería ya está en sus últimos días de vida.

The Conversation
Opinión | 19 de diciembre de 2018

Hay que poner la riqueza pública al servicio de la gente y el bien común

Dag Detter es economista y exdirector del Ministerio de Industria de Suecia

La mayoría de los gobiernos posee aeropuertos, sistemas de metro e instalaciones, para no mencionar muchas más propiedades de lo que la gente normalmente piensa.

Según el FMI, los activos públicos del mundo valen al menos el doble del PBI mundial. En lugar de descuidar esos activos, como la mayoría de los gobiernos lo hacen hoy, los países deberían usarlos para generar valor.

Después que terminó la Primera Guerra Mundial, La Habana surgió como una de las ciudades más vibrantes del mundo. Durante la primera mitad de 1920, los crecientes precios del azúcar y un entorno global favorable significaron un flujo de crédito y finanzas hacia Cuba, alimentando la llamada Danza de los Millones.

Pero, como recuerda David Lubin en su libro Dance of the Trillions, la fiesta terminó abruptamente antes de que acabara el año, debido, en gran medida, a las alzas de las tasas de interés norteamericanas, lo que hizo regresar la liquidez a Estados Unidos. La industria azucarera cubana nunca se recuperó.

Considerando que el crédito estadounidense a prestadores no bancarios en los países en desarrollo se ha duplicado con creces desde la crisis financiera global de 2008 –alcanzando 3,7 billones de dólares a fines de 2017-, la experiencia de Cuba debería servir como advertencia.

China, el gran banquero de los emergentes

Pero, para los países en desarrollo hoy, existe una complicación adicional: cada vez más, las finanzas globales no están gobernadas por el Consenso de Washington, que alienta la transparencia y la adherencia a reglas que se aplican a todos, sino más bien por un “Consenso de Beijing” opaco y sesgado.

China hoy es la segunda economía nacional más grande del mundo y el principal proveedor de crédito a los mercados emergentes a nivel global. Así cubrió la brecha que dejaron los acreedores occidentales en retirada. Los términos de este crédito son tan turbios que sólo China tiene información sobre el volumen, el vencimiento y el costo de los préstamos pendientes, que se emiten sobre una base bilateral, muchas veces por razones políticas o estratégicas. En consecuencia, evaluar la sustentabilidad de la deuda es más difícil que nunca.

Existen buenos motivos para creer que muchos países enfrentan serios riesgos. Según el Fondo Monetario Internacional, más del 45% de los países de bajos ingresos están en una situación de crisis de endeudamiento o cerca. Y la agencia de calificación de riesgo Moody’s observa que muchos de los países que China ha elegido para participar en su Iniciativa Un Cinturón, Una Ruta, focalizada en la infraestructura, están entre los más inseguros del mundo desde un punto de vista financiero.

Los países no necesitan estar a merced de prestadores como China. Según el FMI, los activos públicos del mundo valen por lo menos dos veces el PIB global. En lugar de desestimar esos activos, como hacen hoy la mayoría de los gobiernos, los países deberían utilizarlos para generar valor.

Por ejemplo, los balances financieros de Boston indican que la ciudad tiene un patrimonio neto negativo. Pero los activos inmobiliarios totales de Boston en verdad valen casi 40 veces su valor en los libros, porque figuran con su costo histórico. En otras palabras, la ciudad tiene inmensas cantidades de riqueza oculta.

Y Boston no es la única. Las propiedades públicas suelen valer alrededor del 100% del PIB de una determinada jurisdicción, el equivalente de un cuarto del valor total del mercado inmobiliario. Los gobiernos simplemente no toman conciencia de esto, lo que implica inmensos costos de oportunidad.

Con una administración profesional y políticamente independiente, se puede suponer razonablemente que una ciudad podría obtener un rendimiento del 3% sobre sus activos comerciales. Esto representaría un ingreso muchas veces superior al plan de capital actual de Boston.

Los beneficios de armar un fideicomiso con activos públicos

En verdad, para muchas economías, la administración profesional de los activos púbicos podría generar más ingresos anualmente que los impuestos corporativos, aumentando drásticamente la cantidad de financiamiento disponible para inversión en infraestructura.

Esta estrategia ha sido probada particularmente por ciudades asiáticas como Singapur y Hong Kong, que en un momento eran tan pobres como muchas de las ciudades en el Asia en desarrollo hoy, y ciertamente mucho menos prósperas que La Habana en el pasado.

Vale la pena recordar que cuando Singapur alcanzó la independencia a fines de los años 1960, no se podía decir que era un lugar muy prometedor. Por cierto, era más peligrosa y más riesgosa que la mayoría de las ciudades hoy.

En aquel momento, pocos esperaban que Singapur sobreviviera, mucho menos que prosperara. Se suele decir que el primer primer ministro de Singapur, Lee Kuan Yew, dijo (allá por el año 1057) que la idea de un Singapur potencialmente independiente era un “absurdo político, económico y geográfico”.

Sin embargo, logró prosperar, gracias en parte a su decisión poco ortodoxa de destrabar su riqueza pública incorporando carteras de activos en los fondos de riqueza pública, responsabilizando a los gerentes profesionales por los activos comerciales públicos.

Temasek y GIC, los holdings creados por el gobierno, han utilizado herramientas de gobernanza apropiadas tomadas del sector privado para financiar el desarrollo económico de Singapur. HDB, el fondo de vivienda de Singapur, ha otorgado vivienda pública a casi el 80% de los ciudadanos de la ciudad-estado.

El ejemplo de Dinamarca

De la misma manera, en los años 1990, el malestar económico y el alto desempleo obligaron a los líderes de Copenhague a volverse creativos, consolidando la antigua zona portuaria de la ciudad, así como un ex cuartel militar en las afueras de la ciudad, en un fondo de riqueza pública administrado profesionalmente.

Más allá de transformar el distrito portuario de la ciudad en una zona altamente deseable, el fondo permitió que el gobierno construyera un sistema de tránsito, todo sin recurrir a los ingresos tributarios.

De la misma manera, Hong Kong, profundamente consciente de sus propias limitaciones fiscales, encontró una manera de construir un sistema de metro y de trenes del tamaño del de la ciudad de Nueva York sin utilizar un solo dólar de impuestos: desarrolló los bienes raíces adyacentes a sus estaciones.

No hay duda de que depender del capital externo conlleva serios riesgos, especialmente cuando ese capital puede irse rápidamente, como sufrió Cuba en carne propia. Apalancar los activos públicos existentes, en cambio, puede fortalecer las finanzas gubernamentales, impulsar la sustentabilidad de la deuda y mejorar la solvencia, fomentando el desarrollo económico en el largo plazo. No debería hacer falta una crisis para instar a los gobiernos a transitar este camino.

Dag Detter, ex director del Ministerio de Industria de Suecia, es coauthor de The Public Wealth of Cities: How to Unlock Hidden Assets to Boost Growth and Prosperity.
© Project Syndicate 1995–2018

Opinión | 18 de diciembre de 2018

El hambre aumenta por tercer año consecutivo por el cambio climático

Jessica Eise es la autora del influyente libro Cómo alimentar el mundo y Kenneth Foster es experto en la economía de producción agrícola

El número total de personas que se enfrentan a la escasez crónica de alimentos ha aumentado en quince millones desde 2016 y el gran culpable es el calentamiento global.

Actualmente, alrededor de 821 millones de personas se enfrentan a la inseguridad alimentaria, cifras que alcanzan el mismo nivel que hace casi una década. El informe indica que la situación está empeorando en América del Sur, en Asia Central y en la mayoría de las regiones de África.

También destaca un preocupante aumento de casos de anemia entre las mujeres en edad reproductiva. Esta condición afecta a una de cada tres mujeres del mundo, con consecuencias para su salud y desarrollo, así como para el de sus hijos.

Entre 2005 y 2014, la desnutrición mundial disminuyó, pero el ritmo de descenso fue cayendo de forma continuada. Hace varios años se detuvo por completo, y el hambre en el mundo empezó a ascender de nuevo.

Entre los factores que llevaron a este retorno se encuentra el cambio climático.

Si bien la malnutrición y la inseguridad alimentaria empiezan en el ámbito familiar, el hambre es un problema de todos. El daño provocado por la hambruna en las comunidades puede generar inestabilidad local y conflictos que se extienden más allá de las zonas afectadas.

Por ejemplo, la sequía y las malas cosechas en Centroamérica son algunas de las causas de la inmigración en la frontera con EEUU.

Fuente: The Conversation

Clima, tiempo y cosechas

Las causas de la inseguridad alimentaria son complejas y están interrelacionadas. En nuestro libro, How to Feed the World (Cómo alimentar al mundo) –una colección de ensayos de investigadores destacados–, analizamos los desafíos más urgentes.

Entre ellos, el cambio climático aparece como un problema preocupante que influye en todos los demás.

El clima de la Tierra ha pasado por períodos glaciales desde el origen de los tiempos. Sin embargo, en los últimos cincuenta años, las cosas han cambiado. Las temperaturas globales medias han aumentado de forma cada vez más rápida, con nuevas máximas registradas en 2014, luego superadas en 2015 y de nuevo en 2016.

El cambio climático también está aumentando la gravedad y la frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos, como fuertes tormentas y sequías.

En consecuencia, algunas regiones del mundo se están volviendo más húmedas, como el norte de EEUU y Canadá, mientras que otras se están volviendo más secas, como el suroeste de EEUU. En el Medio Oeste del país los episodios de fuertes lluvias aumentaron en más de un tercio entre 1958 y 2012.

La agricultura es una de las industrias más expuestas y vulnerables al cambio climático. Los cultivos y el ganado son extremadamente sensibles a las temperaturas y a las precipitaciones. Una helada tardía en primavera puede ser devastadora y una ola de calor en la época de floración puede provocar que las cosechas se reduzcan bruscamente.

En resumen, la agricultura es la industria de “ricitos de oro”. El clima no debe ser ni demasiado cálido ni demasiado frío, y las precipitaciones deben ser “solo las adecuadas”.

Producir alimentos suficientes para todos los habitantes del planeta depende en gran medida del clima. Esto significa que no será posible frenar la hambruna sin adaptarse al cambio.

La importancia de la investigación agrícola

El cambio climático provoca que la información generacional e histórica sobre la agricultura sea menos valiosa. Lo que antes funcionaba quizás ya no se pueda poner en práctica en un clima alterado.

Cuando el conocimiento histórico ya no funciona, los agricultores tienen que confiar en otras fuentes de información, como meteorólogos, agrónomos y otros científicos, así como en el desarrollo de nuevas tecnologías sostenibles.

Los agricultores de las economías más avanzadas ya dependen totalmente del conocimiento científico, en el que muchas veces intercede el sector privado o los servicios de extensión locales.

Sin embargo, los agricultores de los países más pobres, que en muchos casos sufrirán los impactos más graves, casi nunca tienen acceso a este conocimiento y solo representan el 3% del gasto mundial en investigación agrícola.

Sin inversiones para compartir los descubrimientos de las investigaciones, muchos avances de los países más ricos no se trasladarán a los países pobres.

La influencia generalizada del cambio climático

El cambio climático también agudiza otras necesidades de la producción global de alimentos.

Pongamos como ejemplo el papel crucial del agua: solo el consumo de carne representa aproximadamente un 22% del uso global de agua, y esta necesidad aumentará en un planeta más cálido.

El cambio climático también altera los patrones de lluvias: en algunos lugares no tendrán agua suficiente para cultivar, mientras que en otros quizás llueva en un mal momento, con poca frecuencia, o en episodios de fuertes lluvias más prolongados.

Incluso los factores aparentemente dispares, como el comercio internacional, se ven afectados, con repercusiones importantes para la seguridad alimentaria. A medida que el cambio climático genera cambios permanentes en la geografía de las zonas de producción agrícola de todo el mundo, el comercio internacional surge como un importante mecanismo de resiliencia para reducir el hambre y mejorar el acceso equitativo a los alimentos.

Por ejemplo, en 2012, una ola de calor y una sequía causaron importantes pérdidas en las cosechas de maíz de EEUU. Los productores del hemisferio sur se adaptaron a este déficit, lo que permitió controlar la subida de los precios en Estados Unidos. Esto solo fue posible gracias al comercio internacional.

Una respuesta efectiva al cambio climático también será clave para avanzar en muchos otros retos relacionados con la seguridad alimentaria, como frenar la pérdida de alimentos, mejorar la nutrición o promover sistemas de producción sostenibles.

Los países productores de alimentos necesitarán políticas creativas y nuevas tecnologías para enfrentarse a estos retos con éxito.

Adaptarse a las nuevas condiciones

Se prevé que en 2030 el cambio climático llevará a más de cien millones de personas a una situación de extrema pobreza. Adaptarse al cambio climático es una de las claves para combatirlo, y la tecnología puede ayudar.

Por ejemplo, la agricultura de precisión puede aprovechar los ordenadores, los sistemas de posicionamiento global, los sistemas de información geográfica y los sensores para proporcionar los datos necesarios para darle a cada pequeña parcela de terreno exactamente lo que necesita.

También se está generando interés en el uso de la tecnología tradicional del cultivo de cobertura para mitigar el impacto del cambio climático.

Con la aparición de la nanotecnología, podemos hacer mediciones a una escala menor, incluso “nano”, como mejorar el uso de los fertilizantes y pesticidas.

Al colocar productos químicos en pequeñas cápsulas o en geles, se puede controlar cuándo y cómo utilizar esos productos para que sean más efectivos, al tiempo que se reducen las emisiones de sustancias químicas y los vertidos.

Pero al final, todo depende de cada uno. Las personas deben ejercer su poder social para mitigar el cambio climático pues a todo el mundo le importa la seguridad alimentaria del futuro.

The Conversation
Opinión | 14 de diciembre de 2018

Huawei, el celular low cost al centro de la guerra comercial entre China y EE.UU.

Jeffrey D. Sachs es economista de Harvard y director del Centro de Desarrollo Sostenible en la Universidad de Columbia. The New York Times lo describe como “probablemente el economista más importante del mundo”.

El conflicto de la administración Trump con China tiene poco que ver con los desequilibrios externos de Estados Unidos, los mercados chinos cerrados o incluso el supuesto robo de propiedad intelectual de China. Tiene todo que ver con contener a China al limitar su acceso a mercados extranjeros, tecnologías avanzadas, servicios bancarios globales y quizás incluso universidades de los Estados Unidos.

El arresto de Meng Wanzhou, directora financiera de Huawei, es una peligrosa jugada del gobierno del presidente estadounidense en su creciente conflicto con China. Si (como supuestamente dijo Mark Twain) muchas veces la historia rima, nuestra era recuerda cada vez más al período anterior a 1914. Igual que las grandes potencias europeas de entonces, Estados Unidos, gobernado por una administración decidida a afirmar el dominio estadounidense sobre China, está empujando al mundo hacia un desastre.

El contexto del arresto es sumamente importante. Estados Unidos pidió a Canadá arrestar a Meng en el aeropuerto de Vancouver, donde se hallaba en ruta a México desde Hong Kong, y extraditarla a Estados Unidos. Esa jugada es casi una declaración de guerra de Estados Unidos contra la comunidad empresarial china.

Casi sin precedentes, expone a los empresarios estadounidenses que viajan al extranjero a un riesgo mucho mayor de que otros países tomen con ellos medidas similares.

No es común que Estados Unidos arreste a altos directivos de empresas (estadounidenses o extranjeros) por delitos presuntamente cometidos por las compañías a las que pertenecen; sí lo es que sean arrestados por presuntos delitos personales (como malversación, soborno o violencia).

Es verdad que los directivos deberían ser responsables (incluso penalmente) de las transgresiones de sus empresas, pero comenzar esta práctica con una importante empresaria china, en vez de empezar con los numerosos directores ejecutivos y financieros estadounidenses culpables de actos de esa naturaleza, es una sorprendente provocación contra el gobierno, la comunidad empresarial y el pueblo de China.

El arresto es una excusa de Trump

A Meng se la acusa de violar las sanciones estadounidenses a Irán. Pero hay que analizar su arresto en el contexto de las numerosas empresas (estadounidenses o no) que han violado sanciones de Washington contra Irán y otros países. Por ejemplo, en 2011, JP Morgan Chase pagó 88,3 millones de dólares en multas por violar sanciones de Estados Unidos contra Cuba, Irán y Sudán. Pero a Jamie Dimon no lo bajaron a la fuerza de un avión para ponerlo bajo custodia.

Y además, JP Morgan Chase no es la única empresa que haya violado sanciones estadounidenses. Desde 2010, las siguientes grandes instituciones financieras pagaron multas por ese motivo: Banco de Moscú, Banco de Tokio-Mitsubishi, Banco do Brasil, el Banco Nacional de Abu Dhabi, el Banco Nacional de Pakistán, Bank of America, Bank of Guam, Barclays, BNP Paribas, Clearstream Banking, Commerzbank, Compass, Crédit Agricole, Deutsche Bank, HSBC, ING, Intesa Sanpaolo, JP Morgan Chase, PayPal, RBS (ABN Amro), Société Générale, Standard Chartered, Toronto-Dominion Bank, Trans-Pacific National Bank (ahora llamado Beacon Business Bank) y Wells Fargo.

Ninguno de los directores ejecutivos y financieros de estos bancos infractores fue arrestado y puesto bajo custodia por esas infracciones. En todos los casos, se consideró responsable a la empresa, no a un directivo individual. Tampoco se los hizo responsables de las numerosas infracciones cometidas antes o después de la crisis financiera de 2008, por las que, según un cálculo reciente, los bancos pagaron la asombrosa suma de 243 000 millones de dólares en multas.

En vista de este historial, el arresto de Meng constituye un sorprendente desvío respecto de lo habitual. Sí, que los directores ejecutivos y financieros rindan cuentas, pero empecemos por casa, para evitar la hipocresía, la conducta interesada disfrazada de altos principios y el riesgo de incitar un nuevo conflicto global.

Trump apunta a debilitar la economía china

Es bastante evidente que la acción estadounidense contra Meng es en realidad parte de un intento más amplio de la administración Trump de debilitar la economía china, apelando para ello a aranceles, cierre de mercados occidentales a las exportaciones chinas de alta tecnología y a evitar la compra china de empresas tecnológicas estadounidenses y europeas. No sería exagerado decir que es parte de una guerra económica contra China (y muy imprudente, por cierto).

Huawei es una de las empresas tecnológicas más importantes de China, lo que la convierte en uno de los blancos principales del intento de la administración Trump de frenar o detener el avance de China en varios sectores de alta tecnología.

Las motivaciones de Estados Unidos en esta guerra económica son en parte comerciales (proteger y favorecer a empresas estadounidenses rezagadas) y en parte geopolíticas. No tienen nada que ver con la defensa de la legalidad internacional.

La tecnología 5G está al centro de la disputa

Estados Unidos ha puesto a Huawei en la mira sobre todo por el éxito de la empresa en la comercialización mundial de tecnologías 5G de avanzada; afirma que plantea un riesgo de seguridad concreto porque tiene herramientas de espionaje ocultas en su hardware y software. Pero el gobierno estadounidense no ha dado pruebas que sustenten esta afirmación.

En este sentido, es reveladora una reciente diatriba contra Huawei aparecida en el Financial Times. Tras conceder que “en TIC no puede haber pruebas concretas de interferencia, a menos que uno tenga la suerte de encontrar la aguja en el pajar”, el autor se limita a afirmar que “no se puede correr el riesgo de poner la propia seguridad en manos de un potencial adversario”.

Dicho de otro modo, aunque no podemos realmente señalar una conducta inapropiada por parte de Huawei, de todos modos debemos poner a la empresa en la lista negra.

Cuando las normas del comercio internacional obstaculizan las tácticas mafiosas de Trump, entonces según él son las normas las que tienen que cambiar. Es lo que admitió el secretario de Estado Mike Pompeo en Bruselas la semana pasada, cuando declaró: “Nuestra administración está abandonando o renegociando legalmente tratados, acuerdos comerciales y otros esquemas internacionales desactualizados o perjudiciales que no sirven a nuestros intereses soberanos o a los intereses de nuestros aliados”. Pero incluso antes de salir de estos acuerdos, el gobierno de Trump los está destruyendo con acciones imprudentes y unilaterales.

El inédito arresto de Meng es incluso más provocador porque se basa en sanciones extraterritoriales de los Estados Unidos, es decir, en la afirmación de que Estados Unidos puede ordenar a otros países que dejen de comerciar con terceros, como Cuba o Irán. Pero sin duda Estados Unidos no toleraría que China o cualquier otro país les diga a las empresas estadounidenses con quién pueden o no pueden comerciar.

La fiscalización de sanciones referidas a actores no nacionales (por ejemplo, sanciones estadounidenses a una empresa china) no debería quedar en manos de un solo país, sino del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a través de acuerdos alcanzados en su seno.

En ese sentido, la Resolución 2231 del Consejo de Seguridad exhorta a todos los países a eliminar las sanciones contra Irán, como parte del acuerdo de 2015 sobre el programa nuclear iraní. Pero ahora Estados Unidos (y sólo Estados Unidos) niega la competencia del Consejo de Seguridad en estos temas. La administración Trump, no Huawei ni China, es la mayor amenaza actual a la legalidad internacional y con ella a la paz mundial.

Traducción: Esteban Flamini

Jeffrey D. Sachs es profesor de Desarrollo Sostenible, profesor de Gestión y Política Sanitaria y director del Centro de Desarrollo Sostenible en la Universidad de Columbia. También es director de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.
© Project Syndicate 1995–2018

Opinión | 13 de diciembre de 2018

Dejar de comer carne no va a salvar el planeta

Frank M. Mitloehner es Profesor de Ciencias Agropecuarias de la Universidad de California y es considerado uno de los expertos más influyentes en el estudio del impacto medioambiental de la industria ganadera. 

El impacto del cambio climático en nuestro planeta es alarmante. A medida que los efectos nocivos se han intensificado, la carne se ha convertido en un objetivo público. Cada día más gente aboga por comer menos carne para salvar el medio ambiente. Algunos activistas, incluso, proponen poner un impuesto a la carne para reducir su consumo.

Argumentan que la producción genera más gases de efecto invernadero que todo el sector del transporte. Sin embargo, esta afirmación es falsa (como podremos comprobar más adelante), pero la persistencia de este idea lleva a suposiciones inexactas en relación con el consumo de carne y el cambio climático.

Mi investigación se centra en analizar las formas en que la agricultura animal afecta a la calidad del aire y al cambio climático. En mi opinión, existen muchas razones para optar bien por consumir proteínas animales o bien por elegir un menú vegetariano. Sin embargo, renunciar a la carne y sus derivados no es la panacea para el medio ambiente como muchos nos quieren hacer creer y, llevado al extremo, también puede producir consecuencias nutricionales negativas.

Récord en carne y gases de efecto invernadero

Gran parte de la mala reputación de la carne se centra en la afirmación de que la ganadería es la mayor fuente de gases de efecto invernadero del mundo. Por ejemplo, un análisis publicado por el Worldwatch Institute de Washington en el año 2009 aseguraba que el 51% de la emisión de GEI (gases de efecto invernadero) en el mundo procedían de la cría y procesado del ganado.

Pero según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, las principales fuentes de emisión de GEI en E.E.U.U. en 2016 fueron la producción eléctrica (28% del total de emisiones), el transporte (28%) y la industria (22%). La agricultura y la ganadería representaron apenas un 9% de las emisiones, cifra a la que la ganadería contribuye con un irrisorio 3,9%. Los números demuestran que la ganadería no se puede comparar con el transporte en términos de contaminación.

¿Por qué se ha llegado entonces a esa conclusión? En 2006, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) publicó un estudio titulado La larga sombra del ganado: problemas ambientales y opciones. El informe, que atrajo la atención internacional, afirmaba que la ganadería producía un asombroso 18% de los gases de efecto invernadero en todo el planeta. La agencia llegó a una conclusión sorprendente: el ganado hacía más daño al clima que todos los tipos de transporte juntos.

Esta afirmación es falsa y fue desmentida por Henning Steinfeld, el autor principal del informe. El error residía en que los analistas de la FAO llevaron a cabo una evaluación integral del ciclo de vida para estudiar el impacto climático de la crianza del ganado, pero a la hora de analizar el transporte emplearon un método diferente.

Para el ganado, la FAO tuvo en consideración todos los factores asociados a la producción de carne, entre los que se encuentran las emisiones generadas por la elaboración de fertilizantes, la conversión de bosques en pastos, el cultivo de pienso y las emisiones que provienen de los animales (eructos y deposiciones) desde su nacimiento hasta su muerte.

Sin embargo, cuando analizaron las emisiones de carbono producidas por el transporte ignoraron los efectos sobre el clima que provienen de la fabricación de materiales y piezas de los vehículos, el ensamblaje de los mismos y el mantenimiento de carreteras, puentes, aeropuertos y otras infraestructuras. En su lugar, solo tuvieron en cuenta las emisiones de coches, camiones, trenes y aviones. Como resultado, la comparación que hizo la FAO de las emisiones de gases de efecto invernadero entre ganadería y transporte estaba completamente distorsionada.

Durante una conferencia dirigida a científicos en San Francisco el 22 de marzo de 2010, señalé el error presente en el informe, lo que levantó una gran polvareda que produjo un importante seguimiento mediático. En un acto que les honra, la FAO reconoció inmediatamente su error, pero desgraciadamente la afirmación inicial de que la ganadería producía el mayor porcentaje de gases de efecto invernadero ya había recibido una gran cobertura por parte de los medios. Todavía hoy luchamos para demostrar que no es así.

En su informe de evaluación más reciente, la FAO estimó que la ganadería produce un 14,5% de los gases de efecto invernadero de las actividades humanas a escala mundial. No existe una evaluación del ciclo de vida completo del transporte con la que se pueda comparar. Sin embargo, tal y como señala Steinfeld, las emisiones directas del transporte se pueden comparar con las emisiones directas e indirectas del ganado, situándose las primeras en un 14%, frente al 5% de las segundas.

Una producción menos nociva

Mucha gente sigue pensando que dejar de comer carne solo un día a la semana influirá en la lucha contra el cambio climático. Nada más lejos de la realidad. Un estudio reciente demuestra que incluso si todos los estadounidenses eliminasen todas las proteínas animales de sus dietas, las emisiones de gases de efecto invernadero del país solo se verían reducidas en un 2,6%. Según los resultados de nuestra investigación en la Universidad de California en Davis, si toda la población de Estados Unidos se sumara a la práctica del Meatless Monday (Lunes sin carne), se apreciaría una reducción de gases de tan solo el 0,5%.

Además, los cambios tecnológicos, genéticos y de gestión que han tenido lugar en la agricultura y la ganadería de Estados Unidos durante los últimos 70 años han hecho que la producción ganadera sea más eficiente y menos nociva para el medio ambiente. Según la base estadística de la FAO, las emisiones directas de gases de efecto invernadero en EE.UU. han disminuido un 11,3% desde 1961, mientras que la producción de carne procedente de la ganadería se ha multiplicado por más de dos.

La demanda de carne está creciendo en las economías emergentes y en vías de desarrollo, con Oriente Medio, el norte de África y el sudeste asiático a la cabeza. Aun así, el consumo de carne por individuo en estas regiones todavía dista mucho del de los países desarrollados. En 2015, la media de consumo de carne anual per cápita en los países con economías sólidas fue de 92 kilogramos, mientras que en Oriente Medio y en el norte de África fue de 24 kilos, reduciéndose hasta los 18 en el sudeste asiático.

En cualquier caso, dado el crecimiento previsto de la población en el futuro, países como Estados Unidos deberán adoptar prácticas más sostenibles para la cría del ganado.

Foto: The Conversation

El valor de la agricultura animal

Si la agricultura estadounidense prescindiera de los animales se reducirían en un grado muy pequeño las emisiones de gases, pero también sería más difícil alcanzar los objetivos nutricionales básicos. Muchos de los críticos con la ganadería señalan que si los agricultores cultivasen plantas únicamente, podrían producir una mayor cantidad de comida y de calorías por persona. Pero los humanos también necesitamos muchos micro y macronutrientes fundamentales para la salud.

Resulta complicado elaborar un argumento acerca del déficit calórico de Estados Unidos, especialmente si nos atenemos a las tasas de obesidad infantil y en adultos del país. Además, no todas las partes de las plantas son comestibles (o apetecibles). La cría de ganado añade valor económico y nutricional a la agricultura vegetal.

Por ejemplo, el ganado consume plantas cuya energía reside principalmente en la celulosa, que no es digerible para los humanos y muchos otros mamíferos, pero las vacas, las ovejas y otros rumiantes pueden digerirla y liberar la energía que contiene. Según la FAO, cerca del 70% de las tierras agrícolas del mundo son dehesas que solo pueden ser utilizadas como tierras de pastoreo para ganado rumiante.

La proyección del crecimiento poblacional a nivel mundial se sitúa en 9.800 millones de personas para el año 2050. Cómo alimentar a una cantidad tan desorbitada de habitantes supondrá un desafío brutal. Los nutrientes por ración de la carne superan a los de las opciones vegetarianas, y los animales rumiantes crecen gracias a alimentos que no son comestibles para los humanos. La cría de ganado, además, supone unos ingresos económicos necesarios para los pequeños agricultores de países en vías de desarrollo: se estima que la ganadería es el sustento principal de mil millones de personas en todo el mundo.

El cambio climático demanda atención urgente, y la industria ganadera genera una gran cantidad de efectos negativos que afectan al aire, al agua y a la tierra. Este impacto, junto con el vertiginoso crecimiento de la población mundial, nos proporciona razones más que de sobra para continuar trabajando en la búsqueda de una mayor eficiencia en la agricultura animal. Personalmente, considero que el punto de partida debe situarse en hechos amparados por la ciencia.

The Conversation
Opinión | 11 de diciembre de 2018

Alcanzar la soberanía energética en el camino hacia la sostenibilidad: el ejemplo europeo

Iñigo Capellán-Pérez es investigador del Grupo de Energía, Economía y Dinámica de Sistemas de la Universidad de Valladolid

Aunque la comunidad científica lleva décadas avisando sobre el rumbo que lleva esta civilización, el margen y el tiempo de acción se agota. No son pocos quienes piensan que incluso se podría haber alcanzado una situación irreversible.

El objetivo es recuperar terreno en aspectos básicos como la alimentación, las finanzas, la información o las comunicaciones. En este contexto, la energía, componente vital para el funcionamiento de nuestra sociedad, no es una excepción. Diversas iniciativas ciudadanas han creado en los últimos años cooperativas de energías renovables.

La energía nos provee de bienes y servicios a costa de elevados impactos ambientales

La energía disponible ha sido, y es, un factor decisivo para el desarrollo a lo largo de la historia de la humanidad. Nuestro actual modelo no escapa a este hecho, y se caracteriza por unos ingentes niveles de consumo energético, responsables de grandes impactos ambientales.

De hecho, el sector energético es actualmente uno de los mayores contribuyentes a la degradación de la biosfera. Como consecuencia, mina de forma irresponsable la base de la que depende nuestro modo de vida.

En este contexto de acuciante crisis ambiental, y teniendo en cuenta el agotamiento de recursos no renovables, será necesaria una gran concienciación social para aceptar los cambios que se avecinan. También para una gestión adecuada –sostenible, eficiente e igualitaria- de los recursos renovables, en la que las personas participen de su gestión, como mostró la nobel de Economía Elinor Ostrom. Transformar los modos de generación, uso y gestión energéticos es necesario (aunque no suficiente) para alcanzar una sociedad sostenible.

Cooperativas de energías renovables y transición energética

Las energías renovables, además de reducir la huella ecológica, ofrecen un gran potencial transformador desde un punto de vista social debido a su modularidad y capacidad de generar energía a nivel local, permitiendo el desarrollo de iniciativas democráticas y participativas.

Las cooperativas tratan de explotar este potencial. Para ello generan y comercializan energías renovables de forma colectiva, lo que promueve un modelo descentralizado de energía, en contraposición al sistema centralizado actual.

Desde los años 1970 han surgido en Europa miles de cooperativas de este tipo, en países como Alemania, Holanda y Dinamarca. En España, este modelo es más reciente y aún minoritario: la primera fue Som Energia, en 2010. Algunas cooperativas centradas en la distribución de electricidad -no solo renovable- sí existían desde hace décadas.

Hoy están en fuerte crecimiento en España. Agrupan a unos 60 000 socios cooperativistas y suministran electricidad a unos 100 000 contratos, como analiza un estudio publicado recientemente centrado en estas organizaciones.

Paradójicamente, la crisis económica ha generado dinámicas virtuosas en el contexto energético estatal. Mostró las grandes deficiencias del proceso de liberalización del mercado de la electricidad, todavía dominado por un número pequeño de empresas grandes tradicionales. También, el problema social de la pobreza energética.

Esto, unido a la politización de las cuestiones energéticas a partir del Movimiento 15M, estimuló la movilización de la población con el objetivo de alcanzar la soberanía energética.

Las cooperativas de energías renovables han surgido en España durante un periodo de hostilidad, por parte del Gobierno, a la introducción de más potencia de generación renovable. Por eso han tenido que aplicar métodos innovadores como la financiación de instalaciones por crowdfunding o mediante “acciones energéticas”.

Estas organizaciones también cooperan y comparten procesos de aprendizaje y experiencias, unidas en una plataforma común “Unión Renovables” con el objetivo de reforzar su posición. Han demostrado también la capacidad de desbordar su propio campo y difundir nuevas ideas a nivel social y político, como el municipal.

Todavía tienen una presencia pequeña en el sistema energético español, pero la replicación del modelo constituye una gran baza para la transición energética sostenible y democrática.

El mito de las energías renovables como únicas responsables del déficit 

Hasta 2010, las energías renovables gozaron de un gran apoyo institucional. España se convirtió en un “paraíso” para la inversión en este tipo de tecnologías, pero en los años siguientes el panorama cambió de manera drástica.

La introducción de barreras a la instalación de renovables fue justificada como una respuesta al sobredimensionado de las primas que estas recibían. Dichas primas fueron responsabilizadas del problema del déficit de tarifa, deuda del estado con las empresas eléctricas, que llegó a alcanzar cifras estratosféricas (26 000 millones de euros en 2013). Este déficit es la diferencia entre los ingresos que las empresas perciben por los pagos de los consumidores y los costes que la normativa les reconoce por suministrar electricidad.

Sin embargo, aunque algunas políticas desarrolladas para promover tecnologías de energía renovable mostraron inconvenientes, no es correcto responsabilizar solo a estas nuevas centrales del déficit de tarifa. De hecho, el desajuste comenzó en el año 2001, cuando la contribución de las renovables era insignificante.

Por otro lado, las primas al régimen especial representaban tan solo una parte del coste total del sistema eléctrico (aproximadamente, el 35 % en el año 2012). Además, no hay que olvidar que sus incentivos también incluían primas sustanciales a recursos no renovables (incineración de residuos o cogeneración, este último a principalmente partir de gas natural fósil).

Por otro lado, el propio diseño del mercado hace que un aumento del suministro proveniente de las renovables tienda a reducir el precio de la electricidad, lo que tiende a compensar el coste de las primas.

Dada la falta de transparencia sobre los costes del sistema, las verdaderas causas del déficit de tarifa no podrán ser identificadas hasta que se realice una auditoría pública, que hasta el momento ha sido rechazada en el Congreso.

El análisis pormenorizado muestra que el relato de que el déficit del sistema fue causado por las subvenciones a las nuevas renovables fue una interpretación interesada, promovida por las empresas tradicionales del sector eléctrico.

Estas empresas, tradicionalmente beneficiadas por la opacidad del sistema energético, habían además invertido poco en renovables y mucho en centrales de gas natural fósil en la década de los 2000, que funcionaban bajo mínimos por la crisis.

Este episodio demuestra que aún son necesarios profundos avances en la transparencia y regulación del mercado energético en España. Solo así podremos avanzar hacia un sistema energético sostenible y democrático.

Iñigo Capellán-Pérez es Investigador del Grupo de Energía, Economía y Dinámica de Sistemas, Universidad de Valladolid

@The Conversation

The Conversation
Opinión | 10 de diciembre de 2018

Foto: Sergio LIMA / AFP

La amenaza a la democracia no es la economía sino la política

Andrés Velasco, ex Ministro de Hacienda de Chile durante el gobierno de Michelle Bachelet, es Decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics and Political Science. 

El reciente giro hacia el autoritarismo en países como Brasil, Gran Bretaña y EE.UU. no es una respuesta a la desigualdades económicas, sino más bien un reflejo del fracaso de la política a la hora de abordar las quejas de la ciudadanía.

El nuevo populismo se suele achacar a una generación o más de salarios medios estancados. En países como Estados Unidos y el Reino Unido, la distribución de ingresos ha empeorado, y el 1% más rico cosecha la gran parte de los beneficios del crecimiento económico.  

La crisis financiera global de 2008 no solo causó mucho dolor, sino que también reforzó la convicción de que Wall Street es enemigo del ciudadano común y corriente. No es sorprendente entonces que la política se haya vuelto tan conflictiva.

Si esta historia resultara correcta, la conclusión en cuanto a políticas sería simple: echar a los políticos que se vendieron a la banca, subir impuestos a los ricos y redistribuir los ingresos de manera más vigorosa. Con esto, el populismo desaparecería más temprano que tarde.

La hipótesis de la inseguridad económica

Pero por muy políticamente atractiva que sea esta versión, no es una buena descripción de la realidad. No se ajusta a los hechos en los mercados emergentes, y es posible que ni siquiera se aplique a Estados Unidos y al Reino Unido.

Poco después de la elección presidencial de 2016 en Estados Unidos, el experto en estadística Nate Silver señaló que Hillary Clinton obtuvo mejores resultados que Barack Obama en 2012 en 48 de los 50 condados con mayor nivel educacional del país. Y Clinton perdió terreno en relación a Obama –un promedio de 11 puntos porcentuales– en 47 de los 50 condados con la escolaridad más baja. “La Educación, No El Ingreso, Predijo Quién Votaría Por Trump”, fue la conclusión.

Desde entonces, se han realizado cientos de regresiones que intentan aclarar qué tipos de personas votaron por Trump o por el Brexit. El título de un importante estudio reciente resume el debate: “La amenaza al estatus, en lugar de las dificultades económicas, explica la votación en la elección presidencial de 2016”. He aquí el título de otro estudio: “Cambio de votación en la elección de 2016: cómo las actitudes raciales y hacia la inmigración, no la economía, explican los cambios en la votación de los blancos”.

La explicación cultural

Y ¿qué pasa en el Reino Unido? Una investigación realizada en la London School of Economics, que examina a 380 autoridades locales, concluye que si bien el nivel educacional y la demografía son predictores confiables de quiénes votaron en junio de 2016 por abandonar la Unión Europea, la exposición al comercio y la profundidad de los recortes presupuestarios no lo son.

Es decir, la hipótesis de la “reacción cultural” parece más convincente que la de la “inseguridad económica”. Y esta conclusión no se limita a Estados Unidos y al Reino Unido. Pippa Norris y Ronald Inglehart, quienes han analizado el desempeño de los partidos políticos en 31 países europeos, concluyen: “En general, encontramos que los indicios más coherentes respaldan la tesis de la reacción cultural”.

Ahora bien, no se necesita la sofisticación de la econometría para notar que más allá de los cómodos confines de América del Norte y Europa Occidental, el populismo de derecha está afectando precisamente a los países cuyo desempeño económico es fuerte –y esto es justo lo opuesto de lo que predeciría la hipótesis de la “inseguridad económica”–. La economía de Turquía ha crecido a una tasa anual del 6,9% desde 2010, y la de Filipinas lo ha hecho al 6,4% en el mismo período. Allí no hay estancamiento económico.

Polonia y Hungría son economías más ricas, de modo que en esos países se esperarían tasas de crecimiento más bajas; así y todo, desde 2010 su PIB anual se ha elevado a aceptables tasas promedio de 3,3% y 2,1%, respectivamente. O, consideremos a la vecina República Checa, donde el desempleo apenas alcanza el 2,3% ­–el nivel más bajo de la Unión Europea– y cuya economía creció el 4,3% en 2017.

El país tiene pocos inmigrantes y no ha sufrido crisis alguna de refugiados. Sin embargo, los partidos populistas obtuvieron el voto de cuatro de cada diez electores en las últimas elecciones generales, un incremento de diez veces en apenas dos décadas.

Más allá de los datos sobre el crecimiento económico, no se puede negar que en estos países la mayor parte de la ciudadanía vive mucho mejor que la generación anterior. En 1995, el salario anual promedio en Polonia era de US$15.800, y hoy es de US$27.000. El aumento en Hungría es similar.

El caso de Brasil es diferente: el país pasó por una enorme recesión en 2025 y 2016, durante el segundo mandato de la presidenta Dilma Rousseff. Sin embargo, anteriormente tuvo políticas fuertemente redistributivas, iniciadas por el socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso y continuadas por Luiz Inácio Lula da Silva. De acuerdo al diario The New York Times, Lula benefició a “decenas de millones de brasileños” con “los programas sociales de su administración”. Hace una década, Obama se refirió a él como “el político más popular de la Tierra”.

La conclusión parece inevitable: lo que da origen a los populistas no son los problemas sino los logros económicos.

Hay un último hecho espinudo que considerar: si la causa estuviera en un aumento de las demandas de redistribución, entonces estaríamos presenciando un incremento en el populismo de izquierda, no de derecha. En efecto, Andrés Manuel López Obrador acaba de lograr una rotunda victoria en México, Syriza todavía gobierna en Grecia, Podemos ha adquirido peso en España, y Nicolás Maduro continúa haciéndole la guerra a su propio pueblo en Venezuela.

Pero lo extraordinario es el éxito de populistas de derecha, desde Trump en Estados Unidos hasta Viktor Orbán in Hungría, desde Matteo Salvini en Italia hasta Jair Bolsonaro en Brasil, y desde Jarosław Kaczyński en Polonia hasta Rodrigo Duterte en Filipinas. Y a pesar de que sus políticas probablemente no mejoren sino que empeoren la distribución de ingresos, estos políticos siguen recibiendo aplausos de parte de los votantes.

El fracaso de la política

No se trata de negar la intensidad de las quejas económicas, ya sea en el norte de Inglaterra, el oeste medio de Estados Unidos, el este de Turquía, o las favelas de Brasil. El punto es que la política dicta la forma en que procesamos la experiencia del éxito o del fracaso económico. Un giro hacia el populismo y el autoritarismo sugiere que la política ha fracasado a la hora de abordar dichas quejas.

Más aún, centrarse exclusivamente en la economía puede conducir a la complacencia: bastaría con sentarse a esperar que la economía se recupere. E intentar combatir el populismo y el iliberalismo alrededor del mundo a través de una mera manipulación de la distribución de ingresos podría constituir solo un nuevo ejemplo de la arrogancia tecnocrática. Estas son tentaciones peligrosas que se debe evitar.

Las elites políticas tradicionales parecen estar cada vez más desconectadas. Su arrogancia –recordemos que Clinton llamó a los partidarios de Trump “un conjunto de deplorables”– no ha ayudado.

Tal vez los votantes detestan el establishment político porque es corrupto (como en Brasil y México), o porque llegó al poder a través de un financiamiento turbio de las campañas (como en Estados Unidos), o porque lleva demasiado tiempo en el poder (como los socialdemócratas en gran parte de Europa y el Partido Popular en España). Los detalles varían, pero el mensaje está claro: los múltiples errores de las elites políticas tradicionales las convierten en el sustento ideal para los populistas antiestablishment.

Por lo tanto, aunque necesitamos cambios económicos, necesitamos cambios políticos aún más. De otro modo, seguirá aumentando el número de votantes que se inclinan por los populistas.

Traducción de Ana María Velasco

Andrés Velasco, excandidato a la presidencia y ex Ministro de Hacienda de Chile, es Decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics and Political Science.

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Opinión | 7 de diciembre de 2018

Julian King: “Cómo garantizar que la revolución digital nos beneficie a todos”

King es el comisionado de la Unión Europea para la Unión de Seguridad, un portafolio que coordina la lucha contra el terrorismo yihadista y la radicalización, el cibercrimen y las fake news

El mundo se está precipitando hacia un futuro digital más descentralizado, caracterizado por vínculos sin precedentes entre personas, datos y objetos. Para aprovechar los beneficios de la innovación, sin crear vulnerabilidades masivas, debemos anticiparnos y abordar las amenazas ahora.

Necesitamos una estrategia que equilibre la necesidad de aprovechar la innovación tecnológica para proteger nuestro futuro económico y la necesidad de evitar crear una enorme vulnerabilidad para la seguridad en el proceso.

La persona que realizó una gran inversión en canales fluviales justo antes de que empezara a funcionar el ferrocarril es digna de compasión. Se puede entender, por ejemplo, que el gestor del Canal de Bridgewater (posiblemente el primer canal de Inglaterra) se opusiese con vehemencia a los planes de la línea ferroviaria Liverpool-Manchester.

Pero el avance de la tecnología no pudo detenerse, como tampoco los nuevos retos que esta planteó. Lo mismo puede decirse hoy de las innovaciones digitales. Cuando finalmente se inauguró la línea ferroviaria Liverpool-Manchester, en 1830, resultó ser un éxito revolucionario que puso en marcha la era del vapor y cambió el mundo en modos totalmente imprevisibles.

Estamos viviendo una revolución de conectividad

Al tiempo que nos adentrábamos en la era del ferrocarril, con la propagación de ramificaciones de vías férreas por todo el mundo en vías de industrialización, se alcanzaba un nuevo nivel de conectividad que los delincuentes no tardaron en aprovechar. En efecto, finalmente hubo que crear una nueva fuerza policial para seguir el ritmo de los tiempos.

Ahora que el mundo está a las puertas de otra revolución de conectividad, sobre todo en términos de infraestructuras que cambiarán radicalmente la manera en que nos conectamos los unos con los otros, no deberíamos pasar por alto las enseñanzas que nos dejó esta experiencia. Y a diferencia de la llegada del ferrocarril, esta revolución no solo afectará al transporte.

Olvidémonos de la Internet de las Cosas. De lo que se está hablando aquí es de la Internet de Todo: un futuro digital más descentralizado, que conecte a las personas, los datos y las cosas como nunca antes.

En términos de seguridad, tenemos que evitar a toda costa quedarnos sentados, por así decirlo, en una barcaza de carga que avanza lentamente por el canal, mientras vemos pasar, a toda velocidad, el tren de las 8.15 con destino a Manchester.

Los desafíos de la revolución

Tenemos que examinar con lupa las vulnerabilidades estratégicas que estas tecnologías traerán consigo y anticipar la manera en que agentes malintencionados podrían tratar de explotar las nuevas infraestructuras digitales en beneficio propio o de utilizarlas como si fuesen armas.

Algunos retos están ya a la vista, como el uso indebido de las redes sociales para difundir desinformación, incluso con herramientas de vanguardia, como los vídeos falsificados de gran calidad y la inteligencia artificial.

Pero, sobre todo, hablamos también de las propias infraestructuras. El despliegue de la quinta generación de la tecnología de las comunicaciones móviles, 5G, plantea un reto particular, puesto que será la espina dorsal de la conectividad global. Esto suscita dudas estratégicas y de seguridad sobre cuestiones como la seguridad y la procedencia de la cadena de suministro.

¿Cómo podemos tener la certidumbre de que los componentes utilizados en las futuras generaciones de la tecnología europea, y no solo la 5G, vayan a ser seguros? La seguridad de la cadena de suministro digital ya dista mucho de ser estanca (véanse, por ejemplo, los recientes informes de empresas que han encontrado misteriosos chips en las placas madre de sus servidores, añadidos, aparentemente, en el momento de su fabricación).

El Gobierno británico ha advertido a las empresas de telecomunicaciones que elijan con mucho cuidado a sus proveedores, mientras que Estados Unidos ha estado contemplando la posibilidad de limitar algunos tipos de inversiones extranjeras directas en tecnologías clave, como las de los semiconductores y la robótica.

La Internet de la confianza

Para asegurar la cadena de suministro de las infraestructuras digitales, necesitamos una mayor transparencia por lo que respecta a la procedencia de los componentes tecnológicos. Mantener una gran diversidad de proveedores es también de crucial importancia.

Además, son necesarias normas y reglas comunes para establecer la fiabilidad de los socios internacionales. Esta es la base de una reciente propuesta que el presidente francés, Emmanuel Macron, presentó en el llamamiento de París a favor de la confianza y la seguridad en el ciberespacio.

Internet, según Macron, se ha convertido en una zona de conflicto en la que agentes malintencionados aprovechan las vulnerabilidades de los productos y servicios digitales. Él propone que Europa cree una Internet de la Confianza, basada en la legalidad y la cooperación. Y yo estoy de acuerdo. Los europeos deben poder seguir disfrutando de su vida en línea con la seguridad de que sus derechos y valores fundamentales, como la libertad de expresión, están protegidos.

La necesidad de acción es urgente, ya que el tren de la tecnología avanza ya por la vía. Por tanto, tenemos que pensar en términos de reducción de los riesgos y asegurarnos al mismo tiempo de que estamos sentando las bases para evitar que en el futuro se repita la situación en la que nos encontramos en la actualidad.

Es cierto que para hacer frente a este enorme desafío tenemos que evitar respuestas miopes, como el proteccionismo y otras medidas que frenan la innovación. Afrontarlo significa medir la escala y el alcance del riesgo, y tomar una decisión verdaderamente estratégica. Para Europa esto significa no solo proteger las cadenas de suministro, sino perseguir inversiones coordinadas a gran escala en nuestras industrias tecnológicas. La Comisión Europea ocupa una posición excepcional para impulsar esta labor intersectorial.

Porque no es demasiado tarde para que Europa proteja su futuro digital. Incluso el propietario del Canal de Bridgewater advirtió finalmente que los tiempos estaban cambiando y realizó grandes inversiones en su rival, la compañía de ferrocarril.

Julian King, ex embajador británico ante Irlanda y Francia, es el comisionado de la UE para la Unión de Seguridad.

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Opinión | 6 de diciembre de 2018

Bernard-Henri Lévy: “Los chalecos amarillos ganaron el primer round. Ahora, ¡a mostrar responsabilidad!”

El filósofo francés e influyente pensador dice que si el movimiento  permite que el odio apasionado se imponga a la fraternidad genuina y eligen el sabotaje por sobre la reforma, sólo generarán caos, no mejoras, en la vida de la gente humilde y vulnerable.

Desde el momento en que el gobierno francés canceló su planeado aumento del impuesto a los combustibles en respuesta a las protestas masivas, resultó evidente que la medida sería percibida como inadecuada, insignificante y, por sobre todas las cosas, incapaz de tener algún efecto tranquilizador. Honor a quien honor merece: los Chalecos Amarillos dicen ser una expresión del pueblo soberano. Pero ahora tienen una gran responsabilidad.

Por empezar, deben anunciar una suspensión de las manifestaciones y bloqueos durante un período lo suficientemente largo como para aceptar el diálogo propuesto por el primer ministro Édouard Philippe, si no más.

En particular, deberían renunciar al tan promovido “Acto IV” del movimiento el 8 de diciembre, que está fermentando en Facebook desde la noche del sábado y que, según todos esperan, será más violento, destructivo y trágico que los capítulos anteriores. Ha habido suficientes muertes, heridas y daño (incluidos algunos de los monumentos más famosos de París).

Si los Chalecos Amarillos deciden que la máquina que han activado los ha superado, y que ya no pueden frenar el Acto IV, deben prepararse durante las protestas para ayudar a la policía a expulsar a los “camisas pardas” violentos que estarán circulando entre ellos.

Atento a los que no quieren diálogo

Porque los saboteadores de la extrema derecha y de la extrema izquierda sin duda reaparecerán para saquear, aterrorizar y profanar; está en los Chalecos Amarillos decir una vez más, esta vez como si realmente estuvieran convencidos: no en nuestro nombre. Si los Chalecos Amarillos declaran una suspensión o siguen protestando, nada beneficiaría más a su causa que disociarse –decisivamente y sin ambigüedades- de todos los especuladores políticos que sacarían provecho de su miseria.

El elenco de oportunistas es muy conocido. Por un lado está Jean-Luc Mélenchon que, habiendo terminado cuarto en las elecciones presidenciales de 2017 superado por Emmanuel Macron, busca desesperadamente nuevos seguidores.

Luego está François Ruffin, el líder el movimiento anti-austeridad Nuit Debout (Despiertos toda la noche), con sus reclamos antirrepublicanos irresponsables de “¡Macron, renuncie!” Y también está Marine Le Pen, que oscila cómicamente entre enorgullecerse o arrepentirse de su llamado a ocupar los Campos Elíseos el sábado pasado, volviéndose así responsable de lo peor de lo que allí se dijo y se hizo.

Y finalmente están los intelectuales que, como Luc Ferry y Emmanuel Todd, sugieren que tal vez no fue “por casualidad” que a los saboteadores les resultara tan fácil acercarse, asaltar y saquear el Arco de Triunfo. Esa retórica tiende la peor de todas las trampas para un movimiento popular: la trampa del pensamiento conspirativo.

El dilema de los líderes de la protesta

En otras palabras, los Chalecos Amarillos están en una encrucijada. O son lo suficientemente valientes como para parar y tomarse el tiempo necesario para organizarse, siguiendo un camino no muy diferente del propio La République en Marche! de Macron que, en retrospectiva, podría parecer el mellizo que nació antes que los Chalecos Amarillos.

El movimiento de Macron también tenía un ala derecha y un ala izquierda. Y sabía que era un nuevo espacio político, involucrado en un diálogo o inclusive en una confrontación que conduciría a una consideración honesta de la pobreza y el alto costo de vida. Si los Chalecos Amarillos construyen un movimiento que crezca a la altura del de Macron, pueden terminar escribiendo una página en la historia de Francia.

O pueden terminar careciendo de esa valentía y conformándose con el placer insignificante de ser vistos por televisión. Se dejarán conquistar hasta intoxicarse con el espectáculo de las luminarias y los expertos de la France d’en haut (la elite francesa) que parecen comer de su mano y aferrarse a cada una de sus palabras.

Pero si los Chalecos Amarillos permiten que el odio apasionado se imponga a la fraternidad genuina y eligen el sabotaje por sobre la reforma, sólo generarán caos, no mejoras, en la vida de la gente humilde y vulnerable. Se internarán a toda velocidad en el lado más oscuro de la noche política y terminarán en el basurero de la historia, donde podrán codearse con esos otros amarillos, los “Socialistas Amarillos” de comienzos del siglo XX del sindicalista proto-fascista Pierre Biétry.

Los Chalecos Amarillos deben elegir: reinvención democrática o una versión actualizada de las ligas nacional socialistas; voluntad de reparar o afán por destruir. La decisión dependerá de la esencia histórica del movimiento –si sus reflejos son buenos o malos y si, en el análisis final, posee coraje político y moral.

De manera que la pelota está en el terreno de los Chalecos Amarillos. Tienen iniciativa, tanta como Macron. ¿Dirán “Sí, creemos en la democracia republicana?” ¿Y lo dirán en voz alta y clara, sin equívocos? ¿O se ubicarán en la tradición del nihilismo paranoico y contaminarán sus filas con los vándalos políticos que Francia todavía produce en abundancia?

Bernard-Henri Lévy es uno de los fundadores del movimiento “Nuevos filósofos”. Sus libros incluyen Left in Dark Times: A Stand Against the New Barbarism, American Vertigo: Traveling America in the Footsteps of Tocqueville, y más recientemente, The Genius of Judaism.

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Opinión | 5 de diciembre de 2018

AMLO, Bolsonaro, Trump y el futuro de la democracia en las Américas

El estreno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) como presidente de México pronto será seguido por la del presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, y por la culminación de dos años completos de mandato del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Aunque cada uno es un evento único, todos comparten algunas características esenciales. Lo más importante, cada uno representa un resultado político que podría haberse evitado.

Desde la caída del Muro de Berlín, la democracia representativa parecía estar rodando en gran parte del mundo. Los gobiernos democráticos reemplazaron a las dictaduras en América Latina, África y partes de Asia, y fueron apoyados por un frente unido de democracias más antiguas en el Atlántico Norte. Pero todo esto comenzó a cambiar en los últimos años.

Desde Hungría y Polonia hasta Italia e incluso Alemania, las fuerzas políticas emergentes están desafiando la gobernabilidad democrática. Aunque el resurgimiento del actual nacionalismo populista puede desvanecerse, por ahora debe verse como una amenaza grave. Gran parte de esto era previsible, y podría haberse evitado si aquellos que deberían haberlo sabido no hubieran permanecido pasivos.

Democracia de extremos

En ninguna parte es esto más cierto que en Estados Unidos, México y Brasil. Aunque AMLO proviene de la izquierda y Bolsonaro y Trump de la derecha, los tres son indiferentes, aunque no desdeñosos, a los procesos democráticos. Trump, por ejemplo, ya ha socavado las normas de gobierno democrático en EE. UU. Si no lo ha hecho a través de una política sustantiva, ciertamente lo ha hecho con su retórica.

A través de la imposición de cargos escandalosos de un fraude electoral inexistente, alentando abiertamente a sus compañeros republicanos a participar en la supresión de votantes e invitando a potencias extranjeras a lanzar ataques cibernéticos contra sus oponentes, Trump ha socavado la credibilidad de las elecciones estadounidenses. Sus intentos de debilitar las políticas de asilo, junto con su imposición de una prohibición de viajar por motivos religiosos, representan un rechazo de los valores estadounidenses fundamentales. Su politización del poder judicial y los ataques a la prensa están claramente impulsados por el deseo de eliminar todos los controles de su poder.

El caso mexicano

Por su parte, AMLO ha pasado su período de transición introduciendo consultas populares para revertir decisiones importantes como la construcción de un nuevo aeropuerto fuera de la Ciudad de México. Al celebrar ese referéndum, él y su partido se saltaron las instituciones oficiales que supervisan las elecciones mexicanas, no solo seleccionando los sitios de votación en sí mismos, sino también contando los votos. Cuando se anunció que la iniciativa había sido aprobada, nadie se sorprendió, y el peso mexicano se desplomó frente al dólar.

Más recientemente, los legisladores del partido de AMLO impusieron una medida a través del Congreso que militariza la única fuerza policial nacional civil de México. Mientras que AMLO había prometido previamente una nueva estrategia en la guerra contra las drogas, ahora ha doblado la apuesta de su antecesor. Los militares permanecerán en las calles, pero sus uniformes serán de un color diferente. Lo más amenazador de todo es que AMLO ha recurrido a una estrategia similar a la usada por Hugo Chávez para instalar proconsules seleccionados en cada uno de los 32 estados de México. Estos datos leales dejarán de lado efectivamente al gobernador debidamente electo de cada estado.

Lo que se vienen en Brasil

Bolsonaro, por su parte, ha anunciado que la policía brasileña tendrá “carta blanca” para matar criminales. Su objetivo es militarizar la aplicación de la ley en todo el país y hacer que las armas estén ampliamente disponibles para el público. Al igual que Trump, Bolsonaro prácticamente ha declarado la guerra a varios medios de comunicación, especialmente a Folha de S.Paulo, el periódico de mayor circulación en Brasil.

También como Trump, Bolsonaro ha desencadenado una letanía de comentarios racistas, sexistas, homofóbicos y nativistas que no deben ser descartados como simples fanfarronadas. Hay muchas razones para creer que al menos algunas de sus declaraciones se traducirán en políticas una vez que esté en el poder. Con cinco ex generales en el gabinete de Bolsonaro, el gobierno de Brasil tendrá más oficiales de alto rango que en ningún otro momento desde el final de la dictadura militar en 1985.

Aunque el ministro de justicia de Bolsonaro, Sérgio Moro, es un juez muy admirado que dirigió la campaña anticorrupción Lava Jato, él en solitario no puede equilibrar este nivel de militarización. Y, además, su credibilidad ha sido cuestionada por su papel en impedir que el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva se postule en las elecciones que Bolsonaro acaba de ganar.

¿Podría haberse evitado todo esto? En el caso de los EE. UU., recuerde que en el verano de 2016 los republicanos de “Nunca por Trump” pidieron un cambio de regla que hubiera permitido a los delegados en la Convención Nacional Republicana votar con su “conciencia” en lugar de hacerlo de acuerdo con los resultados preliminares del estado. Pero el comité de reglas del partido rechazó la propuesta por temor a enojar a la base republicana.

En cuanto a Brasil, muchos habían advertido antes de la primera vuelta de las elecciones presidenciales del 7 de octubre que solo Lula podría derrotar a Bolsonaro en una segunda vuelta. Pero a principios de septiembre, el tribunal electoral de Brasil dictaminó que la condena anterior de Lula por cargos (dudosos) de corrupción lo descalificó para postularse. A pesar del hecho de que la corte le había dado a Bolsonaro un camino claro hacia la victoria, los demócratas de Brasil permanecieron en silencio, en lugar de unirse a Lula.

Finalmente, en México, fue obvio que AMLO ganaría de forma aplastante y obtendría una amplia mayoría en el Congreso si los otros partidos no se unían. Eso habría requerido que el contendiente en tercer lugar, José Antonio Meade, del Partido Revolucionario Institucional (PRI), abandonase y respaldase al candidato en segundo lugar, Ricardo Anaya, del Partido Acción Nacional. Pero ni el PRI ni la comunidad empresarial ni los intelectuales de México pudieron acordar proceder en consecuencia.

La amenaza del autoritarismo

Como resultado, EE. UU., Brasil y México enfrentan el mismo problema. Y los demócratas en los tres países no lo resolverán a menos que se unan en defensa de la democracia, incluso si no están de acuerdo en cuestiones políticas básicas. Eso significa enfrentarse a la deriva autoritaria a través de cualquier medio democrático disponible.

Ceder a los nombramientos judiciales, a los principales proyectos de obras públicas y a las propuestas para “armar a la gente” no es una estrategia ganadora. Aquellos que aún creen en la democracia deben llevar su caso a todas partes: a los votantes del país, así como a los amigos y aliados en el extranjero. En estos tiempos infelices, los demócratas se hundirán o nadarán juntos.

Jorge G. Castañeda, ex ministro de Relaciones Exteriores de México (2000-2003), es profesor de política y estudios latinoamericanos y caribeños en la Universidad de Nueva York.
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Opinión | 4 de diciembre de 2018

Un experimento con bots muestra cómo se propagan las fake news

En esta era de conexiones digitales globales instantáneas, la encarnación actual de noticias falsas se ha convertido en un flagelo que es explotado para obtener rédito político o personal. Y los medios sociales, diseñados para alentar a los usuarios a contribuir y compartir contenidos, se han convertido en los grandes facilitadores de la propagación de fake news.

Según el resultado de una investigación publicada la semana pasada en la influyente revista científica PLOS ONE, se necesita nada más que una pequeña cantidad de noticias falsas para convulsionar cualquier debate o discusión sobre un tema dado. Pero existe una manera para desalentar esas fake news que se propagan y hasta para eliminarlas por completo.

La investigación es experimental, basada en modelos y simulaciones, pero muestra al menos que es posible contrarrestar la proliferación de la información errónea.

El aumento de fake news

La proliferación de información falsa y dañina es algo que ha acosado a las sociedades durante siglos.

Desde países que se inmiscuyen en la política de las democracias y partidos políticos que intentan manipular a la opinión pública a una industria de las noticias falsas centrada en las ganancias, todos han explotado esta propagación por algún provecho, sembrando la confusión y la discordia en las poblaciones víctima que toman como blanco.

El juego de simulación

Hicimos algunos experimentos con el objetivo de comprender los mecanismos más esenciales que determinan la conducta de las fake news in la población.

Específicamente nos interesaban dos cuestiones:

Cuál es el impacto que pueden tener las fake news en la formación de consenso dentro de una población. El impacto del costo de distribución de las fake news en su capacidad para infectar a un grupo poblacional

En el mundo real, los costos pueden ser externos, como las multas, las sanciones, las exclusiones, los gastos para crear y distribuir noticias falsas. O pueden ser internos, como los sentimientos de pérdida o incomodidad debidos a ser ridiculizado o avergonzado.

La herramienta que utilizamos fue una simulación evolutiva, en la que simples robots de software dentro de una población interactúan, jugando el conocido juego Prisoner’s Dilemma. Básicamente, en este juego hay un prisionero que traiciona a otro y gana mucho, mientras que el traicionado pierde fuerte, en tanto que ambos ganan modestamente si cooperan y sufren de igual forma si se traicionan mutuamente.

A diferencia de trabajos previos en este campo, creamos un poco ladinos a estos robots, agregándoles un código que les permitía engañarse entre sí. La víctima de este engaño se confunde con la intención del otro jugador, o está convencida de que el opositor es un “buen tipo” dispuesto a colaborar sin egoísmos.

Nuestro código se basó en nuestros trabajos sobre modelado teórico informativo de los engaños, que permite que los engaños conocidos sean esquematizados bajo la forma de modelos de teoría de juego. Cada uno de los que engañaban en la simulación incurría en un costo cada vez que hacían trampa, que era luego restado del premio que ganaban en el juego Prisoner’s Dilemma.

¿Cuántas fake news se necesitan para afectar el consenso?

Descubrimos que aún un pequeño porcentaje de jugadores tramposos dentro de un grupo poblacional -menos de un 1% en nuestra simulación- era capaz de alterar las conductas de cooperación en la población simulada.

En el caso extremo de los engaños libres de costo -en donde los creadores de fake news no tienen obstáculos- las conductas de cooperación desaparecieron por completo. Sólo cuando el costo de los engaños era mayor que cero sobrevivía la cooperación. Cuando los costos eran muy altos, la cooperación prosperaba de hecho.

Vimos también que en todas las simulaciones, la capacidad de engañar a los jugadores para sobrevivir dependía mucho del costo de los engaños. Si el costo era lo suficientemente alto, los tramposos no podían sobrevivir dentro del grupo.

Si aplicamos esto a la proliferación de las fake news, los costos muy elevados van a conducir a su extinción.

Del experimento al mundo real

¿Qué nos dicen estos resultados experimentales sobre el mundo real de la distribución de fake news entre los medios sociales y la prensa?

El primer resultado, y el discutiblemente más importante, es que se necesitan pocas fake news para crear un caos en una población, y evitar que se cree un consenso, algo esencial para los debates públicos. Si las víctimas están confundidas o creen en falsedades es irrelevante. Lo que se ve afectada es su capacidad para llegar a un consenso.

Nuestros modelos se centraron en pequeños grupos de “influencers” que debaten activamente distintos temas. Allí donde los influencers no se pueden poner de acuerdo, los seguidores a su vez no pueden alinearse detrás de un consenso. Esta es una de las razones por las que las fake news son tan destructivas para las sociedades democráticas.

El segundo resultado de mayor interés es aquel de adosar un costo elevado a la producción, pero, en especial, la distribución de las fake news sería la herramienta más eficaz con la que contamos para derrotar su propagación. Una elevada inversión de parte de la sociedad en lo que tiene que ver con aumentar estos costos bien vale la pena porque los efectos de las fake news son sumamente perturbadores.

Rompiendo la cadena

Hace más de una década, la investigación sobre la guerra de la información descubrió que el delivery de apoderados era un importante multiplicador en la distribución de propaganda tóxica.

Por ejemplo, los medios de prensa que distribuían filmaciones e imágenes violentas producidas por terroristas actuaban como agentes de los terroristas que fabricaban la propaganda, lo supieran o no.

Los usuarios de medios sociales que comparten fake news actúan de igual modo como agentes de los fabricantes de fake news. Esos usuarios son vistos por lo general como víctimas de las fake news -que lo son por lo general-, pero toda vez que comparten fake news se vuelven participantes del engaño del productor de esas fake news.

El hecho de asignar un costo a la distribución de las fake news en los medios sociales no es directo. La exhibición informal de afiches generales de fake news es una opción, lo que concuerda con la psicología evolutiva de la detección del tramposo.

Organizaciones de medios sociales como Facebook dicen estar tratando de ser más proactivos en la detección de fake news y noticias falsas ya sea a través de tecnología de aprendizaje con maquinas o detectores de hechos de terceros y dicen haber registrado algunos éxitos recientes.

Pero ambas ideas chocan con el problema más complejo de determinar exactamente qué es, o no es, una fake news. Muchas veces se define como fake news a hechos desagradables.

La objetividad y confiabilidad de los detectores de hechos pueden variar mucho -las verdades en tierra firme se ven oscurecidas muchas veces por prejuicios y limitaciones en la comprensión-.

En este momento, contrariamente a las afirmaciones de los proveedores de medios sociales, la AI no está ocupada en encontrar y desterrar a las fake news, lo que pone la responsabilidad en nosotros los humanos de nuevo.

Todos podemos ayudar simplemente pensando un poco antes de “poner un like”, compartir o escribir un doble tweet en alguna información en los medios sociales. Hagamos tal vez algunas búsquedas para ver si la información se conoce y es tomada como cierta o falsa.

El control de insecticidas es una práctica establecida en los ecosistemas biológicos, y es algo claramente atrasado para el ecosistema informativo.

Por Carlo Kopp y Kevin Korb son acádemicos de la Universidad de Monash

The Conversation ©
Traducción: Silvia S. Simonetti

The Conversation
Opinión | 3 de diciembre de 2018

Foto: AFP

Luchar contra el calentamiento global, la desigualdad y la crisis migratoria es caro

La cooperación internacional necesita fondos. El mundo de hoy debe combatir el cambio climático y enfrentar una serie de otras amenazas a la paz y la estabilidad internacionales. Sin embargo, debido a que los impuestos y el gasto se llevan a cabo de manera abrumadora a nivel nacional y local, las necesidades que deben abordarse a nivel global y regional se están volviendo cada vez más insatisfechas.

La provisión actual de bienes y servicios públicos es peligrosamente inadecuada. El sistema de las Naciones Unidas, la Unión Europea y otros organismos multilaterales están bajo fuerte presión, porque sus presupuestos no están a la altura de sus responsabilidades.

Aunque unos pocos ideólogos del libre mercado todavía sostengan que hay que dejar que corporaciones motivadas por el lucro dirijan el mundo sin intervención estatal, la experiencia demuestra lo contrario. El Estado es esencial para la provisión de acceso universal a servicios vitales como la salud y la educación; infraestructuras (por ejemplo, autopistas, ferrocarriles y redes de distribución eléctrica); y financiación para la investigación científica y las primeras etapas del desarrollo tecnológico. También es necesario para cobrar impuestos a los ricos y transferir ingresos a los pobres. De lo contrario, nuestras sociedades se volverán peligrosamente desiguales, injustas e inestables (como está pasando hoy en Estados Unidos).

En los países exitosos de altos ingresos, el Estado cobra al menos el 25% del producto nacional en impuestos para desempeñar estas funciones. En las economías más exitosas del mundo, entre las que se destacan las socialdemocracias del norte de Europa, el Estado recauda en impuestos alrededor del 50% del producto nacional. Estos ingresos se usan para tres funciones vitales: provisión de servicios públicos, inversiones públicas y transferencias de los ricos a los pobres.

Hoy es urgente extender estas tres funciones públicas al nivel supranacional. Grupos de países vecinos (por ejemplo la UE y la Unión Africana) necesitan servicios públicos, inversiones públicas y transferencias a través de las fronteras nacionales, a menudo con la participación de decenas de países en simultáneo. Los organismos regionales necesitan presupuestos regionales adecuados para desempeñar sus funciones vitales. La ONU en su conjunto también necesita un presupuesto adecuado que le permita financiar iniciativas globales para combatir el cambio climático, proteger los océanos, erradicar la pobreza extrema, resistir la proliferación nuclear y detener conflictos locales a través del Consejo de Seguridad de la ONU antes de que se conviertan en desastres globales.

La UE, la UA y otras agrupaciones regionales deberían estar tendiendo redes regionales de distribución eléctrica basadas no en combustibles fósiles sino en fuentes de energía renovables (por ejemplo, eólica, solar e hídrica). También deberían estar transfiriendo fondos desde las regiones más ricas hasta las más pobres, para eliminar bolsones de pobreza persistente. Y deberían estar protegiendo a la naturaleza sin distinción de fronteras e invirtiendo mucho más en ciencia y tecnología para aprovechar la revolución digital.

Pero los recursos presupuestarios disponibles para la cooperación multilateral son ínfimos. Mientras muchos estados miembros de la UE cobran en impuestos al menos el 25% del producto nacional para financiar el gasto público en los niveles nacional y local, el presupuesto conjunto de la UE sólo cuenta con el 1% del ingreso combinado de los estados miembros. El Banco Europeo de Inversiones ofrece financiación adicional para proyectos de inversión, pero dependiente de la obtención de fondos en el mercado.

La razón de la subfinanciación es obvia. Los impuestos están bajo jurisdicción de gobiernos nacionales y locales, que defienden celosamente sus prerrogativas tributarias; en la UE, los gobiernos nacionales acordaron transferir sólo el 1% del producto nacional a Bruselas para uso conjunto.

El resultado es una UE con aspiraciones muy grandes y un presupuesto operativo muy pequeño. Peor aún, los nacionalistas europeos (por ejemplo, los partidarios del Brexit en el Reino Unido) afirman que el presupuesto de la UE es demasiado grande, en vez de terriblemente pequeño. Ningún país podría sostenerse con sólo el 1% del producto nacional; y es posible que tampoco la UE pueda hacerlo con un presupuesto tan minúsculo. La cantidad de servicios públicos, inversiones y transferencias en el nivel paneuropeo es una exigua fracción de lo que se necesita para una unión realmente efectiva.

La situación es todavía peor en el nivel global. El presupuesto regular de la ONU es sólo 2700 millones de dólares al año, es decir, sólo el 0,003% del producto total mundial (90 billones de dólares). La recaudación total anual del organismo, incluidos aportes adicionales de los estados miembros para operaciones humanitarias y de mantenimiento de la paz, ronda los 50 000 millones de dólares (el 0,06% del producto mundial), apenas una fracción de lo que realmente se necesita. Aunque los estados miembros de la ONU han propuesto medidas acertadas y audaces como los Objetivos de Desarrollo Sostenible y el acuerdo de París sobre el clima, carecen de medios financieros para implementarlas.

Pese al reducido presupuesto de la ONU, el gobierno estadounidense no deja de acusar a la institución de estar sobredimensionada y ser demasiado cara. Estados Unidos aporta alrededor del 22% del presupuesto regular anual de 2700 millones de dólares (es decir, unos 600 millones de dólares al año), pero eso es menos de dos dólares por cada estadounidense… Sumando aportes para mantenimiento de la paz y otros pagos, la contribución anual total de Estados Unidos llega a unos 10 000 millones de dólares (aproximadamente 30 dólares per cápita). Con su avaricia, Estados Unidos se perjudica a sí mismo. Es posible que el costo final, para Estados Unidos y para el mundo, de la subinversión crónica en las necesidades globales ascienda a varias decenas de billones de dólares.

Además de los aportes a través de la ONU, los países de altos ingresos hacen transferencias directas a otros más pobres en la forma de ayuda oficial al desarrollo. El valor neto combinado de estas ayudas ronda los 150 000 millones de dólares al año, o sea, sólo el 0,31% del ingreso de los países donantes, que hace mucho prometen destinar a estas ayudas el 0,7% de sus ingresos. Como estas transferencias globales son tan pequeñas, persiste la pobreza extrema en un mundo de abundancia. Y los países ricos todavía no cumplen sus viejas promesas de proveer a los países pobres al menos 100 000 millones de dólares al año para financiar proyectos relacionados con el clima.

El mundo debe tomarse en serio equiparar la financiación multilateral con las necesidades multilaterales. La UE debe duplicar lo antes posible el presupuesto al 2% del producto paneuropeo (y seguir aumentándolo con el tiempo). Asimismo, el mundo debería dedicar al menos el 2% del producto mundial a la provisión de bienes y servicios públicos globales para erradicar la pobreza extrema, combatir el cambio climático, proteger la naturaleza, salvar a millones de indigentes de una muerte prematura, garantizar la escolarización universal y sostener la paz a través de la ONU.

Ha llegado la hora de pensar en nuevos impuestos globales (sobre los ingresos corporativos, las cuentas offshore, las transacciones financieras internacionales, el patrimonio neto de los multimillonarios y la contaminación) para financiar las necesidades de un mundo interconectado y bajo presión. Con creatividad, cooperación y previsión, podemos movilizar nuevos fondos para convertir nuestra enorme riqueza global en bienestar sostenible para todos.

Traducción por Esteban Flamini

Jeffrey D. Sachs es profesor de Desarrollo Sostenible, profesor de Gestión y Política Sanitaria y director del Centro de Desarrollo Sostenible en la Universidad de Columbia. También es director de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

Copyright: Project Syndicate, 2018.


Opinión | 29 de noviembre de 2018

Foto: Drew Angerer/Getty Images/AFP

2018 podría ser el año más peligroso para los periodistas en todo el mundo

El asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi fue un recordatorio espantoso de que la prensa está siendo atacada. Y, sin embargo, el mayor riesgo para la profesión no son los asesinos contratados que llevan sierras para huesos; más bien, son preocupaciones mundanas como recortes presupuestarios y demandas cada vez más intensas para los reporteros.

Cuando se computen los números finales, 2018 podría ser el año más peligroso del que haya registro para los periodistas en todo el mundo. Y no necesariamente por la violencia. Es más,  la mayoría de los peligros que enfrenta la profesión son mucho más mundanos. Cinco son los que se destacan.

Primero. La cantidad de oportunidades de trabajo está mermando, y los puestos se caracterizan por bajos salarios, una inseguridad laboral perpetua y oportunidades limitadas de progreso. En Estados Unidos, por ejemplo, el empleo en las redacciones ha caído casi un 25% en menos de diez años, mientras que la inscripción en las principales facultades de periodismo ha disminuido más recientemente.

Segundo. Las “Big Tech” están superando a las organizaciones de noticias en la carrera para atraer un talento limitado. El periodismo necesita gente capacitada en tecnología para liderar proyectos de periodismo de investigación y gestionar la transición digital de la industria. Pero, en este momento, la mayoría de los ingenieros informáticos ven un futuro más brillante en plataformas como Facebook y Google, que pueden ofrecer salarios más altos, una mayor seguridad laboral y un mejor equilibrio entre vida y trabajo que, inclusive, los medios de prensa más grandes.

Tercero. El periodismo es mucho menos glamoroso de lo que fue alguna vez. Hace años, los corresponsales extranjeros curtidos que aparecían en la televisión y en las portadas de los principales diarios atraían a reporteros jóvenes a la profesión. Y si bien la mayoría de quienes mordimos el anzuelo nunca nos aventuramos más allá del ayuntamiento, nos atraía de todos modos la noble misión de obligar a los poderosos a hacerse cargo de sus actos. Pero en el entorno de redes sociales distribuidas de hoy, los corresponsales extranjeros son raros, y los “influenciadores” de las redes tienen más probabilidades de ser estrellas populares que los especialistas en asuntos políticos.

Cuarto. Aun cuando el salario y el prestigio disminuyen, las presiones de la redacción se intensifican. Cuando un reportero “novato” empieza a trabajar en una empresa de medios hoy, la capacidad de escribir un gran texto ya no basta; los periodistas jóvenes también tienen que contar con habilidades de audio y video, capacidades de periodismo de datos y experiencia en redes sociales. Estas habilidades podrían llevar a mejores productos nuevos, pero nadie es bueno en todo. Exigir que ellos lo sean y hacerles demandas interminables podría alentar a los reporteros a abandonar la profesión.

Cinco. Los incesantes ataques retóricos a los integrantes de los medios tradicionales por parte de líderes como el presidente norteamericano, Donald Trump –cuyo discurso sobre las “noticias falsas” apunta a la credibilidad de la propia profesión- están surtiendo efecto. Si bien la confianza en los medios de noticias viene aumentando en las últimas encuestas, la constante difamación de la integridad e inteligencia de los periodistas amenaza con hacer mella en la profesión.

Juntos, estos cinco desafíos están afectando y mucho al negocio periodístico, y esto plantea un riesgo para la propia democracia. Sin medios libres e independientes, los ciudadanos no pueden tomar decisiones informadas. En verdad, cuando el periodismo profesional está ausente, la gente fácilmente puede perderse en una maraña de información muchas veces no confiable, o incluso caer presa de expertos autoproclamados movidos por intereses personales y de propaganda. El periodismo es la brújula de la democracia; debemos encontrar una manera de recalibrarla.

Primero y principal, los periodistas necesitan protección. Eso significa garantizar no sólo su seguridad, sino también su capacidad para acceder a la información y reportar sus hallazgos sin miedo a las represalias. Como mínimo, los ataques a periodistas como Khashoggi deben investigarse plenamente, y la comunidad internacional debe hacer responsables a sus perpetradores y condenarlos.

De todos modos, el respaldo a los medios debe ir más allá de castigar a quienes tienen la audacia de asesinar a un periodista. Por ejemplo, se necesitan más programas para ayudar a cultivar talento joven. Los gobiernos podrían ofrecer subsidios, dar exenciones tributarias y patrocinar iniciativas que ofrezcan formación en periodismo y nuevos medios. Los futuros periodistas necesitan modelos de rol, pero también necesitan las capacidades técnicas para convertirse ellos mismos en modelos de rol.

Quizá lo más importante sea que los defensores de los medios en todas partes deben trabajar para aumentar el alfabetismo de la población en materia de medios. Los nuevos consumidores deben entender cómo funciona el periodismo, cómo hacen su trabajo los periodistas y por qué los medios de noticias profesionales son componentes esenciales de una democracia de buen funcionamiento. Hasta que el público valore la producción que generan los periodistas profesionales, una escasez de talento será el próximo gran desafío para el periodismo. Y podría terminar siendo el más importante.

Alexandra Borchardt es directora de Programas de Liderazgo en el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo.

© Project Syndicate 1995–2018

Opinión | 28 de noviembre de 2018

Foto: AFP

Lo que Trump y Xi Jinping deberían negociar en Buenos Aires

Antes de la reunión entre el presidente de Estados Unidos y el líder chino  en la cumbre del G20 en Argentina, es difícil ser optimista de que se está logrando un avance significativo entre los Estados Unidos y China. Pero una agenda de sustancia debe usarse como una lista de verificación contra cualquier acuerdo que los dos líderes puedan alcanzar.

Teniendo en cuenta las acusaciones que van y vienen entre Estados Unidos y China antes de la muy esperada reunión a celebrarse el sábado, la resolución del conflicto ha cobrado gran urgencia. Las alternativas plantean graves riesgos para ambos países: una guerra comercial en constante  escalada, una guerra fría, o incluso una guerra caliente. Estos riesgos pueden evitarse, pero sólo si ambos líderes están dispuestos a comprometerse de manera fundamental.

No hay ninguna duda sobre que durante mucho tiempo se ha estado montando un conflicto serio. Contrariamente a la narrativa de Estados Unidos, el problema no es el enorme déficit comercial bilateral entre las dos economías más grandes del mundo. Dicho déficit es, en gran parte, una consecuencia de los desequilibrios macroeconómicos que afligen a ambas partes: China ahorra demasiado y Estados Unidos ahorra muy poco. Estas disparidades de ahorro dan lugar a desequilibrios comerciales multilaterales que no pueden resolverse mediante esfuerzos bilaterales.

Una relación desequilibrada

Estados Unidos registró déficits comerciales en mercancías con 102 países en el año 2017, mientras que China tuvo excedentes comerciales con 169 países en el año 2016. Si se realizan ajustes para disminuir una parte del desequilibrio multilateral en un país deficitario o uno ahorrador en cuanto a excedentes, lo ajustado simplemente se asigna a otros de los socios comerciales de dicho país. En el caso de Estados Unidos, esto daría lugar a mayor costo de importaciones – el equivalente funcional de un aumento de impuestos a los consumidores. En el de China, significaría una mayor penetración de sus exportaciones dentro de otros mercados.

La obsesión con el juego de culpabilizarse por los desequilibrios comerciales bilaterales pasa por alto la posibilidad de que esta sea una lucha clásica dentro de una relación de codependencia. Sí, es cierto que China ha dependido durante mucho tiempo de Estados Unidos, como el país que se constituye en su la principal fuente de demanda externa para la economía china liderada por las exportaciones.

Pero, también es cierto que Estados Unidos necesita de las importaciones de bajo costo provenientes de China para que sus consumidores con ingresos limitados puedan hacer que sus ingresos les alcancen para subsistir; Estados Unidos también depende de China para ayudar a financiar los déficits presupuestarios crónicos de su gobierno, ya que China es el principal comprador extranjero de bonos del Tesoro de los Estados Unidos. Y, China – en su calidad del tercer mercado de exportación más grande y de mayor crecimiento para Estados Unidos – se ha convertido en una fuente cada vez más importante de demanda para las empresas estadounidenses.

El marco de la codependencia es importante debido a que subraya la necesidad de un acuerdo y compromiso conjuntos. Al igual que en las relaciones interpersonales, la codependencia económica puede ser desestabilizadora y, en última instancia, destructiva. Cuando uno de los socios cambia de rumbo, el otro, sintiéndose despreciado, arremete en respuesta.

China, en este caso, es el agente de cambio – ya que China está desplazando su modelo de crecimiento desde la manufactura a los servicios, desde las exportaciones al consumo interno y desde la tecnología importada a la innovación nativa. Paralelamente, China también está pasando del ahorro excedentario a la absorción de ahorros, dejando menos ahorros libres para prestar a su socio deficitario, Estados Unidos.

Sintiendo incomodidad consigo mismo, Estados Unidos se juzga amenazado por un socio que está cambiando las reglas de esta relación. Si bien Trump ha actuado en respuesta a esas amenazas de manera mucho más agresiva que sus predecesores, es inconfundible el sentimiento bipartidista en Estados Unidos que en la actualidad se alinea en contra de China.

La urgencia de llegar a un acuerdo

Según una encuesta de Axios de septiembre de 2018, el 80% de los republicanos – cuyo partido político desde tiempo atrás es el que más apoya el libre comercio – es de la opinión de que el aumento en los aranceles sería bueno para Estados Unidos. Los principales republicanos, como el vicepresidente Mike Pence y el ex secretario del Tesoro Henry Paulson, han advertido sobre una nueva guerra fría con China, mientras que los principales demócratas han llegado a la conclusión de que China ha invalidado su papel como un actor mundial responsable.

En un momento de amenazas y contra amenazas perennemente crecientes, el imperativo de arribar a un acuerdo negociado no puede ser subestimado. La próxima reunión entre Trump y Xi brinda la oportunidad de replantear el conflicto como un desafío estratégico para las dos principales economías del mundo.

Existen cuatro posibles vías que se deben considerar:

Acceso a los mercados: Después de diez años de tortuosas negociaciones, está muy cerca el momento de un avance importante con respecto a un tratado de inversión bilateral entre Estados Unidos y China (TBI). Ambas partes tendrían que ofrecer concesiones.

Un tratado levantaría los límites máximos a la propiedad relacionados a la inversión extranjera directa de las corporaciones multinacionales en ambos países, eliminando la polémica estructura empresarial de la sociedad de riesgo compartido (joint-venture) en China que Estados Unidos continúa tildando de manera insistente – e incorrecta, en mi opinión – como un mecanismo para la transferencia forzosa de tecnología. Un TBI también permitiría una expansión de la propiedad china de activos domiciliados en Estados Unidos – lo que representa un desafío para el impulso anti-China de la reciente legislación que amplía los poderes de supervisión del Comité de Inversiones Extranjeras en Estados Unidos.

Ahorro: Ambos países deben comprometerse a realizar ajustes macroeconómicos responsables. Estados Unidos necesita ahorrar más, revirtiendo la imprudente trayectoria que destruye el presupuesto, misma que se vio reforzada por los imprevistos y sobredimensionados recortes de impuestos del año pasado. Volver a edificar el ahorro, en lugar de los aranceles, es la estrategia más efectiva para reducir los déficits comerciales con China o con cualquier otro socio comercial. Al mismo tiempo, China necesita ahorrar menos, poniendo a trabajar su vasto conjunto de capitales para financiar la red de seguridad social del país, que a su vez es esencial para un reequilibrio económico impulsado por el consumidor.

Seguridad cibernética: El ámbito digital es el campo de batalla de la Era de la Información, y el acuerdo de septiembre de 2015 entre el presidente Barack Obama y Xi claramente no fue lo suficientemente lejos como para calmar las tensiones persistentes sobre espionaje, piratería y disturbios vía Internet. Los dos países deben tomar la iniciativa para forjar un acuerdo cibernético mundial, completo con métricas combinadas con respecto a incursiones cibernéticas, objetivos de reducción de ataques, y un mecanismo sólido de resolución de controversias.

Diálogo: Es fantástico que los dos presidentes se reúnan nuevamente después de sus conversaciones amigables e íntimas previas en Pekín y Mar-a-Lago. Esas reuniones llegaron después de compromisos más formales, como el Diálogo Estratégico y Económico. Pero, todos estos esfuerzos han sido eventos episódicos que son de largo alcance en cuanto a su brillo y de corto alcance en cuanto a su sustancia. Sería más productivo tener una secretaría permanente que se involucre a tiempo completo en esfuerzos de colaboración relativos a temas clave de política (incluyendo entre ellos el intercambio de datos, la investigación conjunta y la consulta público-privada).

A la luz de los recientes acontecimientos contenciosos entre Estados Unidos y China, es difícil ser optimista sobre que un avance significativo está al alcance de la mano. Una agenda sustancial debe usarse como una lista de verificación que se contraste con cualquier acuerdo que Trump y Xi puedan alcanzar. El mundo entero observa con atención.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

Stephen S. Roach, académico de la Universidad de Yale y ex presidente de Morgan Stanley Asia, es el autor de Unbalanced: The Codependency of America and China.
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Opinión | 27 de noviembre de 2018

La importancia de las vacunas

Ya sea que usted viva en las barriadas de Karachi y sea parte de la población que vive por debajo de la línea de pobreza o ya sea que usted trabaje como banquero en Wall Street, las “súper bacterias” resistentes a los fármacos se encuentran entre las amenazas más graves para su salud.

La capacidad de controlar las enfermedades infecciosas es la base de la medicina moderna, y las vacunas son claves para mantener a raya estas enfermedades. Pero las vacunas también pueden limitar la propagación de cepas resistentes a los medicamentos al reducir el uso de antibióticos y son claves en la lucha contra las “superbacterias”.

Una epidemia que en la actualidad azota a Pakistán ilustra el potencial de las vacunas. Durante dos años, los profesionales de la salud han estado tratando de contener un brote de tifoidea ampliamente resistente a fármacos (Tifoidea XDR). Incluso se han informado de casos vinculados a Pakistán entre viajeros que regresan a Estados Unidos y al Reino Unido. Lamentablemente, la tifoidea XDR es difícil de diagnosticar, y los médicos a menudo recetan antibióticos que son ineficaces. Esto, a su vez, prolonga la duración y la gravedad de la enfermedad, y puede llevar a la muerte.

Pero, ¿qué pasaría si, en primer lugar, los médicos en Pakistán tuviesen la capacidad para prevenir la tifoidea? Creemos que sí pueden prevenirla. Gavi, la alianza mundial para las vacunas y la inmunización, está ayudando a distribuir una nueva vacuna, y si la campaña de inmunización es exitosa, con el transcurso del tiempo dicha campaña llevará a una reducción en el uso innecesario de antibióticos, que es el factor principal que impulsa el aumento y la propagación de súper bacterias mortales por todas partes.

La amenaza de las superbacterias

Cada año, en todo el mundo alrededor de 700.000 personas mueren a causa de infecciones resistentes a los fármacos. Pero, las súper bacterias también representan una amenaza para la efectividad de la medicina moderna; si no se aborda esta situación, la resistencia a los antimicrobianos (RAM) podría hacer que un mayor número de infecciones sean intratables, las terapias contra el cáncer sean ineficaces, las cirugías de rutina se tornen en imposibles de realizar; e, incluso, los partos no sean seguros.

Ya sabemos que las vacunas ayudan a reducir el riesgo de la RAM. Por ejemplo, las inmunizaciones contra infecciones bacterianas del cerebro y los pulmones – como lo son las enfermedades neumocócicas y la Haemophilus influenzae tipo b, o Hib en los niños – han reducido drásticamente la carga de la enfermedad en Estados Unidos y alrededor del mundo, disminuyendo la necesidad de antibióticos de manera paralela. Lo más importante: si bien las súper bacterias desarrollan resistencia a los fármacos, no se hacen resistentes a las vacunas.

Y, sin embargo, a pesar de la efectividad de las vacunas en la lucha contra la RAM, no estamos aprovechándolas al máximo. Por ejemplo, la cobertura mundial para la vacuna Hib es del 72%, pero sólo alrededor del 44% de los niños del mundo reciben el esquema completo de la vacuna antineumocócica. La vacunación universal, solamente en el caso de la vacuna antineumocócica, llevaría a una reducción anual estimada de 11,4 millones de días de antibióticos para niños menores de cinco años.

Es necesario desarrollar políticas públicas

En forma sucinta, se necesita aumentar con urgencia el uso de las vacunas que ya están disponibles – incluyendo la vacuna contra la tifoidea – y, además existe la necesidad de desarrollar vacunas nuevas. En el caso de las vacunas existentes, la principal prioridad debería ser garantizar el acceso universal, lo que requerirá de una gran expansión en la coordinación internacional. Un nuevo informe encargado por Wellcome destaca muchas oportunidades adicionales para que las vacunas tengan un impacto positivo en la salud mundial y la RAM.

La Organización Mundial de la Salud ha creado una lista de patógenos mortales que requieren nuevos antibióticos, y ha colocado en los primeros lugares de dicha lista a aquellos que causan la salmonela, la gonorrea y la shigelosis. Sin embargo, en primer lugar, también se necesitan vacunas para prevenir estas enfermedades.

Para lograr ese objetivo, y evitar la RAM de manera paralela – se debe gastar significativamente más dinero en investigación y desarrollo de vacunas. Mediante el aumento de las inversiones ahora, se tendrán nuevas vacunas disponibles para ayudar a que los proveedores de atención sanitaria se mantengan siempre un paso adelante de las súper bacterias.

En el transcurso de las próximas décadas, la combinación de cambios demográficos, cambio climático y migración humana agravará la RAM, ya que facilitará la propagación de patógenos. De hecho, si la trayectoria actual no se ralentiza ni se invierte, hasta el año 2050, aproximadamente diez millones de personas podrían sucumbir a enfermedades resistentes a los fármacos cada año, lo que costaría a la economía mundial 100 millones de millones de dólares. No podemos perder más tiempo, debemos introducir nuevas vacunas al mercado.

Si bien es necesario hacer más por el fortalecimiento de los procesos de investigación y desarrollo (I+D) dirigidos a encontrar nuevas herramientas de diagnóstico y nuevos antibióticos para tratar infecciones resistentes a los fármacos, se debe también dedicar una atención similar al descubrimiento, desarrollo y aceptación de vacunas.

Wellcome es coanfitrión de un evento en Accra que se celebrará del 19 al 20 de noviembre que tiene como objetivo movilizar la acción mundial relativa a la RAM. El evento de “convocatoria a la acción” – que se organiza en colaboración con los gobiernos de Ghana, Tailandia y el Reino Unido, así como la Fundación de las Naciones Unidas, y el Banco Mundial – irá en busca de convertir los compromisos de manejo de enfermedades en solucione viables para la RAM.

Cuando los profesionales de la salud tengan las herramientas adecuadas para abordar la RAM, se salvarán millones de vidas en todo el mundo. Y, cuando se implementen ampliamente vacunas eficaces, las súper bacterias dejarán de ser tan amenazantes.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos

Seth Berkley es presidente de Gavi, la alianza mundial para las vacunas y la inmunización. Jeremy Farrar es director de Wellcome Trust, una fundación benéfica a nivel mundial que se dedica a mejorar la salud.

© Project Syndicate 1995–2018

Opinión | 26 de noviembre de 2018

Amazon, Google y Facebook: los nuevos alcaldes de sus ciudades

Los gigantes tecnológicos tienen una fuerza laboral combinada de más de 400.000 personas y una capitalización de mercado combinada de 2,3 billones de dólares, aproximadamente el PBI de Francia. Saber cómo estas empresas contribuyen a nuestra experiencia urbana es una obligación.

Estos nuevos actores globales están redefiniendo aspectos clave como el trabajo, la movilidad, el ocio o incluso la forma de vida. Nuestras ciudades son los campos de prueba de un sinfín de innovaciones. Se espera que aproximadamente el 70% de la población mundial viva en ciudades en 2050 y que el 95% de todo el crecimiento de la población urbana se concentre en los países en vías de desarrollo. 

No hay duda de que tras los grandes gurús tecnológicos hay experimentos urbanos. Belmont es una ciudad futurista en el suroeste de Arizona, concebida con una “visión de vanguardia” por Bill Gates, el fundador de Microsoft.

Oakland, en California, es otro campo de experimentación social, en el que otro emprendedor de Silicon Valley, Sam Altman, se ha involucrado para analizar los efectos sociales que conlleva garantizar una renta básica mínima a sus residentes.

Pero más allá de estos ejercicios de acupuntura urbana, lo que es importante es saber quién está al frente de las decisiones que definen el día a día de nuestras ciudades. Nuestra experiencia cotidiana nos lleva a oscilar sin transición aparente entre la realidad digital y la analógica, entre lo físico y lo virtual. Y eso, unido a la rapidez e impacto de los cambios, hace que saber quién manda en nuestras urbes sea una obligación. Estos son algunos ejemplos del porqué:

Apple, o cómo interactuar en la ciudad

Apple está construyendo paradigmáticas tiendas en las que han redefinido la experiencia de “ir de compras”. De la transacción a la excitación de adentrarse en un espacio-evento en el que siempre pasa algo auspiciado por free wifi. Lo que allí pasa es algo similar a la recreación de una plaza pública con control de acceso. Un lugar en el que se espera un repertorio de interacciones entre las que, por supuesto, no se descarta la compra.

Así, la nueva tienda en Carnegie Library, Washington DC, que se abrirá en breve bajo la atenta mirada de los arquitectos Foster + Partners, ocupará el espacio antes reservado a los usuarios de dicha biblioteca, que ahora podrán olfatear el aroma del último iPhone mientras miran qué pasa en el escenario.

Google, el primer vecindario del mundo construido con datos

Sidewalk Toronto es la entidad que aglutina a Waterfront Toronto (agencia gubernamental) y Sidewalk Labs, perteneciente a Alphabet, es decir, Google. Una entidad que tiene como objeto la creación de una comunidad residencial y comercial mixta en la costa este de Toronto, en Canadá. Una ciudad bien elegida, como diría el economista y urbanista Richard Florida al hablar de los territorios más aptos para la innovación, porque en ella se dan las tres tes: tecnología, tolerancia y talento.

Y desde hace tiempo Toronto acumula una clase creativa culturalmente diversa, en un cluster altamente tecnológico, dato que no ha pasado desapercibido para ubicar allí la primera ciudad “de internet hacia arriba”. El miedo por la apropiación de datos de todos los residentes parece mitigarse, ya que recientemente se ha anunciado que se entregarán a una organización independiente, llamada Civic Data Trust. Mientras tanto, el mundo sigue la iniciativa con fascinación.

Uber, la movilidad como servicio y el futuro del trabajo

Cuando Uber anunció que se iba a poner a repartir comida de Uber Eats mediante drones, todos alzamos la vista al cielo. El advenimiento de la conducción sin conductor es hoy por hoy una realidad, y Uber uno de sus grandes exploradores. En el cuartel general de Pittsburgh, situado en Robotics Row junto a las sedes de otras compañías de robótica, el edificio de Uber aparece discreto desde el exterior. De sus proximidades entran y salen constantemente unos 200 coches Volvo de alta tecnología, equipados con cámaras LIDAR giratorias de 360 grados, recogiendo datos y acumulando unidades de prueba con pasajeros reales de Uber.

Uber, en línea con lo que se está investigando en Países Bajos, China o Suiza, trabaja con opciones de transporte público autónomo, transbordadores eléctricos sin conductor con capacidad de hasta nueve personas, y también autobuses sin conductor, opciones que podrían redefinir el tráfico en nuestros días, y sobre todo el diseño de nuestras ciudades.

En todo esto hay cambios importantes sin aparente conexión entre sí. La proximidad de un inmueble a un nodo de transporte público como valor en alza, y la reducción de las fuentes de ingresos de los Ayuntamientos son dos de ellos, pero también la transformación del futuro del trabajo, de conductor a gestor de la movilidad…

Las propiedades inmobiliarias, ya sean oficinas o viviendas, se empiezan a valorar al alza cuanto más cerca están de un nodo de transporte público.

A su vez, los gobiernos locales están empezando a ver que sus hasta ahora garantizados ingresos por impuestos de circulación, multas de tráfico y estacionamiento, pueden verse reducidos dramáticamente. Si los millennials ya no quieren tener coche, y la movilidad es un servicio básico como la electricidad, hay que explorar nuevas oportunidades en las que la ciudadanía debe implicarse.

Las “Olimpiadas” de Amazon

El gigante del comercio electrónico utiliza su sede de Seattle como laboratorio en el que testar desde nuevos modelos de comercio minorista a opciones de logística, como Amazon Go, Pickup Storefront, etc. Y mientras lo ha estado haciendo, se ha fraguado a la vista de todos un proceso de selección al más puro estilo olímpico.

La candidatura para ser la segunda sede de Amazon, el HQ2, como se ha venido a llamar, se ha decidido hace unos días. Tras casi un año de incertidumbre, durante el cual el alcalde de Frisco (Texas) prometía construir el 40% de una ciudad sin terminar una vez que Amazon se asentara allí, o el de Stonecrest (Georgia), que estaba dispuesto a que la ciudad se llamara Amazon, o el de Nueva Jersey, que ofrecía rebajar impuestos, la sede ha ido a parar a Crystal City (Norte de Virginia) y a Long Island (Nueva York). Una dualidad que se justifica nuevamente, en relación con las tres T´s antes mencionadas.

Definitivamente, soplan vientos de cambio. Hubo un tiempo en que los gobiernos invertían en infraestructuras y los ciudadanos tenían voz en los problemas locales. Ahora Apple nos dice cómo interactuar en la ciudad, Google controla nuestros datos, Uber redefine el transporte como servicio, y Amazon si una ciudad es apta o no para albergar su sede. ¿Son estas empresas nuestros nuevos alcaldes?

Cristina Mateo Rebollo PhD, Directora Ejecutiva de la Escuela de Diseño y Arquitectura de la IE University

The Conversation
Opinión | 25 de noviembre de 2018

También somos nosotros

Los hechos de violencia en la final de la Libertadores son un espejo en el que nos vemos reflejados. En un momento triste como este, donde cincuenta personas ejercen la violencia y provocan lo que provocaron, podemos pensar que “el problema somos nosotros”.

Así nos vemos, y así nos ven.

Y eso nos pone más tristes.

Pero también somos nosotros los 18.000.000 de trabajadores que van a trabajar cada día, los 12.000.000 de chicos que van diariamente a estudiar, y los 150.000 docentes que van a enseñar.

También somos nosotros las 10.000 médicas y médicos que cada día salen a sanar y a curar, los 200.000 artistas que comparten su arte, los 40.000 bomberos que cada día salvan vidas, los 15.000 autores que escriben su libro y las 2.000 personas que hoy van a donar sangre.

También somos nosotros las 6.000.000 de madres que hoy abrazan a su familia.

Y los 65.000 espectadores que fueron al estadio y volvieron a casa pacíficamente.

Todos ellos, también somos nosotros.

Que la tristeza no nos confunda.

Los 43.000.000 de argentinos que construyen y edifican la Argentina soñada.

Esos, también somos nosotros.

Opinión | 23 de noviembre de 2018

Foto: Rodrigo Mendoza

El futuro del trabajo y la competencia global por el talento

Más de un 3% de la humanidad vive fuera de su país de nacimiento. Pero si bien la proporción de migrantes en la población mundial se ha mantenido más o menos estable por seis décadas, su composición sí ha cambiado en forma radical.

Cerca de un 75% de los migrantes con altas habilidades residen en los Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá y Australia; más del 70% de los ingenieros de software de Silicon Valley han nacido en el extranjero. Pero bien podría ser que los que van a la delantera hoy sean los rezagados del mañana.

Debido a la globalización de la demanda de talento, la relación de migrantes con habilidades complejas ha crecido radicalmente con respecto a la de aquellos con habilidades más básicas, y esto tiene una dimensión claramente geográfica.

La guerra de talentos

Hay muchos factores tras este cambio en la composición de los flujos migratorios, como la Cuarta Revolución Industrial, los menores costes de transporte y comunicaciones (los migrantes con habilidades complejas tienden a viajar a destinos más lejanos que sus contrapartes con habilidades más básicas) y las pocas oportunidades educacionales en sus países de origen. Sin embargo, la principal causa es el creciente reconocimiento de que el capital humano juega un papel clave en la economía actual del conocimiento.

Se está librando una “guerra por el talento” mundial y las empresas que administran bien su conjunto de talentos van a la vanguardia. La mayor parte de las corporaciones multinacionales insisten hoy en que los ejecutivos de alto potencial ganen experiencia global trabajando en otros países, y han convertido la movilidad internacional en un requisito para sus puestos de alta gerencia. Algunos de los actores más conocidos de la economía global, como Google, Microsoft, Alcoa, Clorox, Coca-Cola, McDonald’s, Pepsi y Pfizer, tienen directores ejecutivos inmigrantes.

La demografía también tiene un papel clave en las tendencias migratorias globales. Mientras la mayor parte del mundo desarrollado está envejeciendo, en muchos países en desarrollo se da una creciente proporción de jóvenes. En India hay cuatro personas de 20 años por cada una de 65 años, mientras que en Europa Occidental esa proporción es de uno a uno. Al mismo tiempo, los salarios promedio en los países de altos ingresos son 70 veces más altos que en los ingresos bajos. La combinación de estos diferenciales demográficos y salariales han sido un potente motor para la migración.

Aunque la carrera global por el talento inicialmente hizo que los países desarrollados crearan visas especiales para atraer profesionales altamente capacitados, desde entonces el sentimiento político hacia los migrantes se ha vuelto negativo. La migración ahora se ve como una amenaza a los trabajadores nativos de los países de destino, incluso cuando la evidencia empírica muestra que el efecto de desplazamiento del trabajo es muy pequeño. Por ejemplo, en Silicon Valley la inmigración no ha producido una baja en los salarios o el ingreso sobre las habilidades.

Los inmigrantes son en su mayoría un aporte económico

El efecto adverso de los migrantes en las finanzas públicas del país de destino es también muy limitado. Puede que al principio supongan un coste neto, pero es pequeño y más corto que el de escolarizar a un recién nacido nativo. Lo más importante es que los inmigrantes con educación superior en realidad han contribuido positivamente a las finanzas públicas de los países desarrollados, ya que pagan más impuestos que el dinero que usan en bienes y servicios públicos.

La movilidad del talento global también beneficia a los países de origen, porque ayuda a integrarlos a los mercados mundiales, lo que compensa algunas de las falencias que enfrentan las empresas en los países en desarrollo, como resultado de la menor inversión pública, la inadecuada capacitación y equipamiento y los escasos recursos para adquirir licencias tecnológicas o propiedad intelectual. Sin duda, la inmigración no es un método óptimo de largo plazo para mejorar la productividad en una economía del conocimiento, pero sí acelera la difusión tecnológica en el corto plazo.

Otra potente fuerza para el intercambio y la integración económica global es la Internet, que algunos han llegado a ver como un sustituto de la movilidad global. Pero si bien permite la provisión a distancia de algunas formas de trabajo, no ha desplazado a las redes de diáspora. Aunque la tecnología de la información y las comunicaciones (TIC) ha reducido la importancia de las conexiones tradicionales de la diáspora, ellas también han complementado sus innovaciones. Por ejemplo, el intercambio de conocimientos y tecnología a través de los vínculos de India con su diáspora ha permitido al país a saltar por sobre las etapas de desarrollo tradicionales.

En su conjunto, el mundo se ha beneficiado inmensamente con el aumento del comercio global y la movilidad del capital. Ahora es tiempo de cosechar los beneficios de la movilidad del talento. A diferencia del comercio y las finanzas/capitales, la migración sigue estando muy restringida, a pesar de que el crecimiento económico depende en gran medida de la disponibilidad de oportunidades de empleo y mayores ingresos sobre el trabajo, lo que a su vez exige movilidad, tanto global como nacional.

Las autoridades cuentan con muchas herramientas para mejorar la movilidad global del talento. El carácter multifacético del tema llama a establecer más relaciones de colaboración entre los sectores público y privado. Las empresas y universidades son los principales participantes de la carrera global por el talento, pero las organizaciones de gobernanza global, los bancos de desarrollo multilaterales y los grupos de la sociedad civil también tienen papeles clave que desempeñar. También lo tiene la tecnología, que hoy hace posible la movilidad del talento virtual a través de videoconferencias, plataformas digitales, bolsas de trabajo en línea y otras aplicaciones.

La carrera global por el talento seguirá acelerándose a medida que los países compitan por los más brillantes. Los países de ingreso medio que no forman parte de la OCDE (especialmente China e India) se están convirtiendo en un destino cada vez más importante para el trabajo con habilidades complejas. A medida que estos países crecen, seguirá declinando el atractivo económico global de las economías avanzadas. En sus marcas, listos… ¡ya!

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Ejaz Ghani es Economista en Jefe del Banco Mundial.
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Opinión | 21 de noviembre de 2018

Ilustración por Pablo Domrose

Internet: los beneficios de la desconexión

Es un hecho: cada vez pasamos más tiempo en Internet. Y, de forma paralela, cada vez hay más personas que intentan desconectarse. Aunque aprecian las ventajas que ofrecen las tecnologías, desean establecer límites con el fin de no estar constantemente disponibles. Pero ¿a qué se debe este deseo de desconectarse de Internet?

La comunidad científica señala tres razones principales: pasar tiempo en línea disminuye nuestra productividad, es adictivo y perjudica la salud.

Menor productividad

Tengo que escribir un artículo científico con motivo de una conferencia sobre el cambio climático. Es hora de que empiece. Me pongo delante del ordenador. Creo un documento de Word. Selecciono los estudios científicos. Tengo una pila de libros a mi derecha, una infusión de ortigas a mi izquierda, y una hora por delante para trabajar en el artículo.

Inevitablemente, estoy conectada a Internet para comprobar mis fuentes y pulir mis argumentos. Inevitablemente, recibo entre uno y cinco correos electrónicos a los que no respondo, pero que me desconcentran. El teléfono vibra, el ordenador lanza notificaciones y la tableta me envía anuncios. Para controlar esta subida inesperada de cortisol, trato de calmarme mirando fotos en Instagram, un vídeo en YouTube y varias entradas de un blog. Al final, he perdido 20 minutos.

¿Les resulta familiar esta escena? Según un estudio llevado a cabo por Microsoft, la capacidad de concentración del ser humano ha pasado de 12 a 8 segundos en diez años. ¿La causa? La omnipresencia de las pantallas.

Un estudio de la Universidad de California en Irvine revela que trabajar mientras se es interrumpido constantemente aumenta el nivel de estrés, pues tenemos tendencia a trabajar más deprisa para recuperar el tiempo perdido. Hoy, una de cada cuatro personas consulta su smartphone cada 30 minutos, y el 25% de los millennials lo mira más de cien veces al día. Estos comportamientos afectan a nuestra productividad y aumentan nuestro nivel de estrés.

Internet es adictivo

Es posible que hayan llegado a sus oídos expresiones como FOMO (fear of missing out o miedo a perderse algo), digital detox (desintoxicación digital) o slow technology (filosofía de la desconexión). La sociedad posindustrial está remodelando sus fundamentos en torno al mundo digital. Utilizamos lo digital para todo, todo el tiempo: para trabajar, comunicarnos con las personas de nuestro entorno, hacer la compra, realizar operaciones bancarias, preparar las próximas vacaciones u ocuparnos de los deberes de los hijos.

Lo que, en un principio, se concebía como una herramienta se está convirtiendo en una obsesión. ¿Pierde usted la noción del tiempo cuando navega por Internet? ¿No puede evitar mirar su smartphone cuando vibra? ¿Le entra pánico cuando olvida el teléfono en casa? Es posible que esté usted enganchado al mundo digital.

En Estados Unidos y en Europa se han llevado a cabo estudios que indican que el 38% de la población mundial sufre un trastorno de adicción a Internet, también denominado ciberadicción. Una de las causas que se señalan para explicar esta dependencia es una alteración física del cerebro a nivel estructural.

El uso de Internet afecta a algunas partes del cerebro prefrontal asociadas al recuerdo de detalles y a la capacidad de planificar y jerarquizar las tareas, lo que nos incapacita para establecer prioridades en nuestra vida. La consecuencia es que pasar tiempo en línea se vuelve prioritario, y los quehaceres de la vida cotidiana ocupan un segundo plano.

Internet perjudica la salud

Una de las preguntas que planteo a menudo a los participantes en un estudio realizado para mi tesis sobre la relación del ser humano con la naturaleza en la era digital es: “¿Cómo se siente después de pasar una hora o más delante de la pantalla?”. Todavía estoy esperando encontrar a la persona que me responda que se siente mejor. En general, las respuestas van de “cansado” a “vacío”.

Hay estudios que demuestran la existencia de una fuerte correlación entre depresión y tiempo conectado. En Internet, tratamos de establecer una relación con el otro y con el mundo. Nos conectamos con los demás, pero nos conectamos mal. 

Adopte la slow technology

Ahora, cuando me siento desbordada por la reclamación constante e imprevisible de mi conexión wifi, justo antes de agobiarme, me desconecto. El movimiento en favor de la slow technology (filosofía de la desconexión) responde precisamente a la necesidad de adoptar un enfoque racional de nuestro consumo digital. Cada vez más profesionales proponen retiros de digital detox (desintoxicación digital), consistentes en hacer una escapada a la naturaleza y dejar el móvil apagado. Hay trucos y consejos que se pueden poner en práctica desde ya para restablecer un equilibrio en nuestra relación con el mundo numérico, y también para recuperar el bienestar físico y mental.

Estas son algunas soluciones slow tech sencillas que se pueden adoptar:

  • Coloque en la mesita de noche su viejo despertador de pilas. Deje de usar el móvil como despertador y acuérdese de mantenerlo fuera del dormitorio.
  • Practique un ayuno digital alterno. Se trata de tomar conciencia del tiempo que pasamos pegados a la pantalla y reducirlo: no mirar el smartphone ni el ordenador después de las siete de la tarde o desconectarnos por completo un día a la semana (podría ser el domingo); por ejemplo, puede consultar el correo electrónico el sábado por la tarde antes de las siete y no volver a mirarlo hasta el domingo por la tarde, a las siete.
  • Haga ejercicio. Por lo general, el tiempo que pasamos delante de una pantalla es tiempo en el que permanecemos inmóviles. Decídase a ir en contra de esta tendencia estática y ofrezca a su cuerpo y su mente los beneficios antidepresivos que aporta la actividad física.
  • Pase tiempo en la naturaleza. Numerosos estudios muestran que la naturaleza ejerce un efecto calmante en el sistema nervioso, refuerza el sistema inmunitario, contribuye a bajar la tensión arterial e incluso refuerza la capacidad visual, que se ve sobrecargada cuando pasamos demasiado tiempo mirando una pantalla.
  • Busque ayuda para adoptar este planteamiento que contradice la tendencia general de exceso de consumo y conexión. No, no está solo. Y sí, hay otras formas de vivir. Puede participar en actividades de grupo que le permitan volver a centrarse en sus sentidos y sus sentimientos. Por ejemplo, puede aprender a tocar un instrumento de música, tallar madera o practicar jardinería aunque viva en una ciudad, entre otras muchas actividades.

Todavía retengo el sabor de eternidad y la impresión de lentitud que aportaba el aburrimiento relajante de los días de mi vida anterior a Internet. No olvido que se puede vivir sin Internet aunque el mundo nos imponga la necesidad de permanecer conectados a la Red.

Me preocupo cuando veo niños y niñas de tres años manejando una tableta incluso antes de saber escribir; niños y niñas que, dado que la humanidad se transforma presa de fuerzas que son superiores a ella y que determinan su forma de avanzar hacia el progreso, no conocerán una vida sin Internet. Y es que no hay marcha atrás. Y usted, ¿qué opina? ¿Cómo lleva su relación con el mundo tecnológico? Deje un comentario más abajo y sigamos esta conversación.

Mélusine Martin es candidata a un Doctorado de la universidad de La Sorbonne, París, Francia

The Conversation
Opinión | 16 de noviembre de 2018

La música disminuye la ansiedad en los enfermos de cáncer

En la actualidad, el cáncer es una de las enfermedades más importantes debido al número de afectados y se prevé que su incidencia aumente en los próximos años. Es compleja y afecta todos los niveles de la persona: físico, psicológico y social; tanto en lo referente a la conducta del paciente como al entorno.

La ansiedad es un síntoma psicológico presente en todos los enfermos oncológicos. Se puede definir como una sensación desagradable, manifestada mediante una tensión emocional, que puede verse acompañada de síntomas somáticos en respuesta a factores de estrés internos o externos y que provoca comportamientos poco adaptativos.

El estrés, un enemigo del paciente

Los niveles elevados de ansiedad generan malestar en el paciente. Esto le impide afrontar la enfermedad, tomar decisiones sobre su propia salud e incluso rechazar procedimientos, al no tolerarlos bien.

Por eso es importante identificar y tratar la ansiedad. Para ello se aplican, por este orden, medidas no farmacológicas, apoyo profesional y, por último, tratamientos farmacológicos.

Entre los primeros, la musicoterapia se define como “el uso de la música en la consecución de objetivos terapéuticos tales como son la restauración, el mantenimiento y el acrecentamiento de la salud, tanto física como mental”. Se puede aplicar de forma individual o grupal en todas las edades.

Esta técnica ha demostrado ser muy útil en el tratamiento de la ansiedad en pacientes oncológicos. Por tanto, nos planteamos si sería factible utilizar la musicoterapia para disminuir la ansiedad en los pacientes oncológicos tratados en la Unidad de Hospital de Día del Hospital Clínico Universitario de Valencia.

Nuestro objetivo fue tratar de medir el grado de ansiedad en este grupo de pacientes. Con ese fin de analizar el nivel previo y posterior a la intervención con musicoterapia. Para una vez comparados los resultados, comprobar si la música había disminuido o no el nivel de ansiedad de los pacientes oncológicos.

Para pacientes con cualquier tipo de tumor

Como método de recolección de datos hemos utilizado el cuestionario State Trait Anxiety Inventory (STAI), uno de los más utilizados para medir la ansiedad. Esta herramienta analiza los dos componentes: la ansiedad rasgo (estable y basada en la personalidad) y la ansiedad de estado (transitoria y basada en factores de estrés externos).

La población del estudio estuvo compuesta de 74 pacientes mayores de edad diagnosticados de cáncer, sin importar el tipo de tumor, localización o estadio, que recibían tratamiento en el servicio de día del Hospital. En torno al 70% fueron mujeres y el 30% hombres, con una media de edad de 55 años.

Se hicieron dos mediciones separadas en el tiempo, mediante el cuestionario STAI. La técnica de musicoterapia empleada fue pasiva. Esta consistió en la escucha de piezas musicales seleccionadas mientras se administraban los tratamientos. Más tarde, se compararon los resultados obtenidos en el cuestionario y se analizaron.

La disminución en la ansiedad estado y rasgo del grupo fue significativa en ambos casos. En el grupo control, que no había escuchado música alguna, estas medidas apenas variaron. Conviene destacar que la disminución en el grado de ansiedad estado fue mayor que en el grado de ansiedad rasgo.

Resultados efectivos

Podemos afirmar que la musicoterapia resultó efectiva, al disminuir los niveles de ansiedad estado y rasgo en el grupo intervención. Estos resultados son muy similares a los obtenidos en otras investigaciones relacionadas con la musicoterapia y la ansiedad, con similar diseño y método de recolección de datos.

Aunque es necesario ser precavidos, los resultados obtenidos no se pueden generalizar a toda la población. Las características de la muestra no son representativas, pues los pacientes no fueron seleccionados de forma aleatoria.

También es importante valorar el sesgo de aplicar el mismo cuestionario en dos momentos diferentes. Además, no se valoró la posible influencia de factores como la edad, el sexo, el entorno familiar y el apoyo social, el tipo de tumor, su localización y pronóstico, que podrían afectar a los resultados.

No obstante, sí es posible ver que la musicoterapia disminuye la ansiedad del enfermo oncológico y aumenta su sensación de bienestar. Por todo ello, recomendaríamos la utilización de esta técnica durante la administración de tratamientos en los servicios oncológicos.

Ramón Camaño Puig es Doctor Europeo por Leeds Metropolitan University (1997-Leeds, UK), diplomado en Enfermería y licenciado en Comunicación Audiovisual, ambos títulos por la Universidad de Valencia.

The Conversation
Opinión | 15 de noviembre de 2018

La comunidad como el eje de una sociedad próspera

Familias estables, buenos trabajos, escuelas sólidas, espacios públicos abundantes y seguros, y orgullo por las culturas e historia locales: estos son los elementos esenciales de las sociedades prósperas. Ni los mercados globales ni el estado-nación pueden abastecerlos adecuadamente, y algunas veces los mercados y los estados los socavan.

La economía enseña que la medida del bienestar de un individuo es la cantidad y variedad de bienes que puede consumir. Las posibilidades de consumo a su vez se maximizan al proporcionar a las empresas la libertad que necesitan para aprovechar las nuevas tecnologías, la división del trabajo, las economías de escala y la movilidad. El consumo es la meta; la producción es el medio para ello. Los mercados, en lugar de las comunidades, son la unidad y el objeto de análisis.

Nadie puede negar que esta visión de la economía centrada en el consumidor y en el mercado ha producido muchos frutos. La deslumbrante variedad de bienes de consumo disponibles en las megatiendas o puntos de venta de Apple de cualquier ciudad importante del mundo hubiera sido inimaginable tan solo hace una generación.

La irrupción de la desigualdad

Pero claramente no todo ha salido bien. Las divisiones económicas y sociales dentro de nuestras sociedades han provocado una amplia reacción en una amplia gama de entornos, desde Estados Unidos, Italia y Alemania en el mundo desarrollado hasta países en desarrollo como Filipinas y Brasil. Esta agitación política sugiere que las prioridades de los economistas pueden no haber sido del todo apropiadas.

Dos libros, uno de Raghuram Rajan y otro publicado este mes por Oren Cass, revisan nuestra cosmovisión económica y argumentan que deberíamos poner la salud de nuestras comunidades locales al frente y al centro de nuestras políticas públicas y nuestras vidas. Familias estables, buenos trabajos, escuelas sólidas, espacios públicos abundantes y seguros, y orgullo por las culturas e historia locales: estos son los elementos esenciales de las sociedades prósperas. Ni los mercados globales ni el estado-nación pueden abastecerlos adecuadamente, y algunas veces los mercados y los estados los socavan.

Los autores provienen de diferentes puntos de vista. Rajan es economista en la Universidad de Chicago y ex gobernador del Banco de la Reserva de la India. Cass se encuentra en el centro de derecha del Manhattan Institute for Policy Research y fue director de política nacional de la campaña presidencial del republicano Mitt Romney. No necesariamente se esperaría que un economista de Chicago o un republicano moderado tratara los mercados y la hiperglobalización con escepticismo. Pero ambos están perturbados por lo que ven como los efectos en las comunidades.

La importancia de crear comunidades

Rajan llama a la comunidad el “tercer pilar” de la prosperidad, tan importante como los otros dos pilares: el estado y el mercado. No menos que el poder estatal centralizado excesivo, escribe, la globalización no administrada puede desgarrar el tejido de las comunidades locales. Cass dice explícitamente que la política comercial y de inmigración de los Estados Unidos debería centrarse en primer lugar en los trabajadores estadounidenses.

Esto significa garantizar que los mercados laborales locales sean saludables y que haya muchos empleos en bienes con salarios decentes. Ambos autores enfatizan los beneficios del comercio y rechazan el proteccionismo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Pero están de acuerdo en que pudimos haber ido demasiado lejos en la hiperglobalización y no hemos prestado suficiente atención a los costos para las comunidades.

Cuando una fábrica local se cierra porque una empresa ha decidido subcontratar a un proveedor al otro lado de la frontera, se pierden más que los cientos (o miles) de empleos que se trasladan al extranjero. El impacto se multiplica a través de la reducción del gasto en bienes y servicios locales, lo que significa que los trabajadores y empleadores de toda la economía local se sienten afectados. Los ingresos fiscales del gobierno local también caen, por lo que hay menos dinero para gastar en educación y otros servicios públicos. La anomia, la desintegración familiar, la adicción a los opiáceos y otros males sociales suelen seguir.

La respuesta habitual de los economistas es pedir “una mayor flexibilidad en el mercado laboral”: los trabajadores simplemente deben abandonar las áreas deprimidas y buscar empleo en otros lugares. Pero como Cass nos recuerda, la movilidad geográfica debe ir acompañada de “la oportunidad de quedarse”. Incluso en tiempos de migración significativa, la mayoría de las poblaciones locales se quedaron y necesitaban buenos empleos y comunidades sólidas.

Alternativamente, los economistas podrían recomendar compensar a los perdedores del cambio económico, a través de transferencias sociales y otros beneficios. Dejando a un lado la viabilidad de tales transferencias, es dudoso que sean la solución. El desempleo socavará el bienestar individual y de la comunidad, incluso si los niveles de consumo se mantienen mediante subvenciones en efectivo.

En última instancia, es solo a través de la creación y expansión de empleos bien pagados que las comunidades locales pueden ser vitales. La propuesta de Cass es fomentar el empleo a través de subsidios salariales. Rajan enfatiza el papel de los líderes locales que pueden movilizar los activos de la comunidad, generar un compromiso social por parte de los residentes locales y crear una nueva imagen, todo en el contexto de políticas estatales más favorables y una globalización administrada.

Otros economistas han defendido programas de políticas industriales dirigidas regionalmente, fomentando asociaciones entre empleadores locales y universidades. Sin embargo, otros recomiendan el gasto público local, como programas de capacitación laboral para pequeñas y medianas empresas.

Las puertas que nos abren las nuevas tecnologías

No tenemos una buena solución sobre qué funciona mejor, y se necesitará una buena cantidad de experimentación de políticas para avanzar. Pero la urgencia de la acción se ve acentuada por el hecho de que las tendencias tecnológicas en curso amenazan con exacerbar los problemas existentes de las comunidades.

Las nuevas tecnologías digitales tienden a mostrar economías de escala y efectos de red, que producen concentración en lugar de localización de la producción. En lugar de difundir las ganancias, crean mercados que se llevan todos los ganadores.

La globalización de las redes de producción aumenta aún más estos efectos. La forma en que equilibramos estas fuerzas con las necesidades de las comunidades no solo determinará nuestras fortunas económicas, sino también nuestro entorno social y político. Como muestran Cass y Rajan, es un problema que los economistas ya no deberían ignorar.

Dani Rodrik, profesor de Economía Política Internacional en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, es el autor de Straight Talk on Trade: Ideas para una economía mundial sana.

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Opinión | 14 de noviembre de 2018

Foto: Cindy Ord / AFP

Trump post elecciones: poder en caída, furia en aumento

Los próximos meses pueden ser especialmente peligrosos. A medida que la posición política del presidente de los Estados Unidos se debilita y los obstáculos que enfrenta se incrementan, su inestabilidad representará un peligro cada vez mayor.

El drama de la presidencia de Donald Trump ha girado en torno de si un presidente extremista podría ejecutar un programa político extremista contra la voluntad de la mayoría de los estadounidenses. Hasta ahora la respuesta ha sido negativa; y el resultado de la elección intermedia lo hace mucho más improbable. Pero las crecientes frustraciones de Trump pueden llevarlo a un derrumbe psicológico, con consecuencias potencialmente angustiosas para la democracia estadounidense y para el mundo.

Trump ha buscado implementar su agenda radical de tres maneras distintas. La primera fue usar las mayorías republicanas en las dos cámaras del Congreso para tratar de aprobar leyes pese a la fuerte oposición popular. Este método funcionó una vez, con la rebaja del impuesto corporativo de 2017, porque los donantes del Partido Republicano insistieron en que se aplicara la medida; pero fracasó cuando Trump intentó derogar el Obamacare, ya que tres senadores republicanos se opusieron.

El segundo método es el uso de decretos ejecutivos para eludir al Congreso. Aquí los tribunales han intervenido reiteradas veces; la más reciente fue a días de la elección, cuando un tribunal federal de distrito suspendió los trabajos en el oleoducto Keystone XL, un proyecto al que los ambientalistas se oponen intensamente con el argumento de que el gobierno de Trump no presentó una “explicación razonada” de sus acciones. Trump ha abusado de su autoridad en forma reiterada y peligrosa, y los tribunales siguen forzándolo a retroceder.

La tercera táctica de Trump fue tratar de poner a la opinión pública de su lado. Pero a pesar de sus frecuentes mitines, o tal vez debido a ellos y a su vulgaridad incendiaria, el índice de rechazo de Trump ha superado al índice de aprobación desde los primeros días de su gobierno. En la actualidad, su índice general de rechazo es 54%, contra un 40% de aprobación (con aproximadamente un 25% de aprobación fuerte). No ha habido un cambio sostenido a favor de Trump.

En las elecciones legislativas, que Trump describió como un referendo sobre su presidencia, los candidatos demócratas para la Cámara de Representantes y el Senado superaron con creces a sus adversarios republicanos en términos absolutos. En la competencia por la Cámara, los demócratas recibieron 53.314.159 votos en el nivel nacional, contra 48.439 810 para los republicanos. En la competencia por el Senado, los demócratas superaron a los republicanos por 47.537.699 votos a 34.280.990.

Sumando los votos por partido en los últimos tres ciclos electorales (2014, 2016 y 2018), los candidatos demócratas al Senado superaron a los candidatos republicanos por unos 120 millones de votos contra 100 millones. Sin embargo, los republicanos mantienen una ligera mayoría en el Senado, donde a cada estado lo representan dos senadores sin importar el tamaño de su población, porque los republicanos tienden a ganar escaños en los estados menos poblados, mientras que los demócratas prevalecen en los grandes estados costeros y del medio oeste. 

El nuevo escenario para la Casa Blanca

Sin embargo, desprovisto del control de la Cámara de Representantes, Trump ya no podrá aprobar leyes impopulares. Sólo políticas con apoyo de ambos partidos tendrán una chance de ser aprobadas en las dos cámaras.

En el frente económico, las políticas comerciales de Trump se volverán todavía menos populares en los meses venideros, cuando agotado el estímulo efímero de la rebaja del impuesto corporativo, la economía estadounidense se enfríe como consecuencia de la creciente incertidumbre sobre la política comercial global, que paraliza la inversión empresarial, y del aumento simultáneo del déficit fiscal y de los tipos de interés. Los mendaces argumentos de seguridad nacional que adujo Trump para la suba de aranceles también serán objeto de cuestionamientos políticos y quizá judiciales.

Es verdad que Trump podrá seguir nombrando jueces federales conservadores con la casi certeza de que la mayoría republicana en el Senado confirmará sus nombramientos. Y en asuntos de guerra y paz, Trump actuará con un nivel de independencia terrorífico respecto del Congreso y de la opinión pública, un problema que aflige al sistema político estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial. Lo más probable es que Trump, como sus últimos predecesores, mantenga a Estados Unidos empantanado en guerras en Medio Oriente y África, pese a la poca comprensión o apoyo de la opinión pública.

Las nuevas vulnerabilidades de Trump

Sin embargo, hay tres motivos más para creer que el poder de Trump se debilitará significativamente en los próximos meses. En primer lugar, es muy probable que el fiscal especial Robert Mueller logre documentar ilícitos graves por parte de Trump, sus familiares o sus asesores cercanos. Antes de la elección Mueller mantuvo un perfil bajo, pero es casi seguro que pronto oiremos más de él.

En segundo lugar, los miembros demócratas de la Cámara de Representantes comenzarán a indagar en los manejos impositivos y comerciales de Trump, para lo cual tienen la potestad de dictarle intimaciones legales (subpoenas). Hay fuertes indicios de que Trump cometió actos de evasión fiscal importantes (como explicó hace poco el New York Times) y que enriqueció ilegalmente a su familia siendo presidente (una demanda que obtuvo vía libre judicial lo acusa de violar la cláusula de la Constitución referida a recibir dádivas de gobiernos extranjeros). Es probable que Trump ignore o resista las intimaciones, lo que puede ser el inicio de una seria crisis política.

En tercer lugar, y más importante, Trump no es un simple político extremista, sino que padece lo que el profesor Ian Hughes denominó hace poco “una mente en desorden”, llena de odio, paranoia y narcisismo. Según dos de sus observadores cercanos, el contacto del presidente con la realidad “seguirá disminuyendo” conforme enfrente cada vez más obstáculos políticos, investigaciones de sus manejos impositivos y comerciales, los hallazgos de Mueller y una oposición política fortalecida. Es posible que ya lo estemos viendo, en la conducta errática y agresiva de Trump desde la elección.

Los próximos meses pueden ser especialmente peligrosos para Estados Unidos y para el mundo. Conforme la posición política de Trump se debilite y aumenten los obstáculos que enfrenta, su inestabilidad mental será cada vez más peligrosa. Podría explotar de furia, despedir a Mueller y acaso tratar de iniciar una guerra o reclamar poderes de emergencia para restaurar su autoridad. Todavía no hemos visto a Trump totalmente enfurecido, pero es probable que lo veamos pronto, al estrecharse todavía más su margen de maniobra. En tal caso, mucho dependerá del funcionamiento del orden constitucional estadounidense.

Traducción por Esteban Flamini

Jeffrey D. Sachs es profesor de Desarrollo Sostenible, profesor de Gestión y Política Sanitaria y director del Centro de Desarrollo Sostenible en la Universidad de Columbia. También es director de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

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