Opinión | RED/ACCIÓN
Opinión | 19 de abril de 2019

La mayoría silenciosa en la revolución digital

Las estadísticas pueden contener verdades brutales. Todo el tiempo se nos dice que hoy la innovación es más veloz que nunca, pero los datos que surgen de la llamada Cuarta Revolución Industrial sugieren que es cualquier cosa menos revolucionaria. El crecimiento de la productividad en las economías avanzadas hoy es el más lento de los últimos cincuenta años.

Esta “paradoja de la productividad” suele atribuirse a problemas de medición o a que los efectos de la adopción de tecnologías disruptivas operan con retardo. Pero otra explicación posible es que el debate público sobre las tendencias tecnológicas tiende a estar dominado por las empresas y los emprendedores que las originan. Nadie escucha las voces de la inmensa mayoría de empresas que tienen problemas para mantenerse a la par del cambio tecnológico (o que le oponen resistencia activa).

Reconocer la existencia de esta perspectiva subrepresentada es esencial para comprender por qué la revolución digital no aparece en los datos (y por qué todavía no es seguro que prospere). Básicamente, todo el alboroto que hay en torno de esa revolución tiende a basarse en generalizaciones sesgadas. Más allá de la fascinación que provocan, la inteligencia artificial (IA), el aprendizaje automático, el análisis de macrodatos (big data) y los robots humanoides siguen siendo competencia de un puñado de empresas.

La atención que reciben estas tecnologías no se corresponde con la escala de su desarrollo y adopción. Como observó jocosamente Dan Ariely, de la Universidad Duke, en 2013: “El big data es como el sexo adolescente: todos hablan de él, nadie sabe realmente cómo se hace, todos piensan que todos lo hacen, así que todos dicen que lo hacen”.

La dinámica del proceso es fácilmente discernible. Los periodistas andan detrás de historias interesantes, los inversores buscan rendimientos atractivos, los consumidores quieren anticiparse a la siguiente moda tecnológica. Las redes sociales, los medios de comunicación globales y los congresos internacionales amplifican las voces de los disruptores, que están interesados en inflar sus propias perspectivas. Y conforme la información pasa de boca en boca, crece el número de creyentes, y el rumor se convierte en regla.

Tomemos por ejemplo el último informe anual del Foro Económico Mundial (WEF) sobre las nuevas tendencias del mercado laboral, que se basa en una encuesta a grandes corporaciones multinacionales. Según el informe, un incremento sustancial de las inversiones en aprendizaje automático, análisis de datos, nuevos materiales y computación cuántica de aquí a 2022 aumentará la demanda de científicos de datos, especialistas en IA e ingenieros en robótica, en detrimento de las profesiones actuales.

El problema es que la muestra de población que usa el WEF es muy poco representativa de la economía real. Dentro de la OCDE, las empresas con más de 250 trabajadores sólo son el 7% de todas las empresas activas, y emplean a menos del 40% de la fuerza laboral. Y aunque los autores del informe son conscientes de este sesgo, sus conclusiones no dejan de ser generalizaciones peligrosas. Sus empleos del futuro no tienen nada que ver con las necesidades de contratación inmediatas de la vasta mayoría de las pequeñas y medianas empresas que todavía operan dentro del marco de la Tercera Revolución Industrial.

Asimismo, un estudio de la OCDE halló que durante la última década creció marcadamente la diferencia de productividad entre las empresas de la frontera tecnológica y todas las demás. Muchas de las tecnologías avanzadas de las que tanto se habla en los medios siguen sin aplicarse en una proporción significativa de las empresas, y esto hace pensar que falta mucho para que incluso las innovaciones más revolucionarias comiencen a verse en un incremento del PBI.

Se ha dicho que tecnologías de uso general como la electricidad y la computadora personal tienden a incidir en la productividad no de forma inmediata, sino unos 25 años después de su creación. Pero ya pasaron 32 años desde que el premio Nobel de economía Robert Solow observó que “la era de la computadora se puede ver en todas partes, menos en las estadísticas de productividad”, y todavía no vemos la era de la computadora en las estadísticas de productividad. ¿Por qué habría de ser la IA diferente a la PC en este aspecto?

No tener en cuenta el punto de vista de los rezagados tecnológicos puede afectar seriamente la formulación de políticas, especialmente si el tecnooptimismo (o el alarmismo) distraen la atención de los problemas graves que enfrentan los sistemas educativos y los mercados laborales aquí y ahora. Si los gobiernos empiezan a asignar más recursos a capacitar a la élite profesional avanzada del mañana, corren el riesgo de fomentar todavía más desigualdad hoy.

Por supuesto, los cínicos pueden desestimar a los “perdedores” diciendo que tienen poco que aportar al debate tecnológico: en el mejor de los casos ocuparán los lugares que la vanguardia digital cree para ellos, y en el peor de los casos se quedarán afuera del mercado laboral. Pero no hay que olvidar que las empresas de menor tamaño, aunque las tendencias económicas les sean desfavorables, todavía tienen poder político para presionar por una regulación más estricta de las nuevas tecnologías que ponen en riesgo su existencia.

La megaempresa global Uber lo sabe muy bien. Todos estos años ha encontrado una fuerte resistencia de pequeños grupos de taxistas bien organizados a los que nadie invitó nunca a las reuniones de la élite global para analizar las virtudes de la economía de plataformas. Y los “olvidados” de las economías avanzadas de todo el mundo ahora hallaron el modo de vengarse, votando a políticos y partidos populistas que se oponen al libre comercio internacional.

Para evitar una reacción todavía peor y comprender mejor el verdadero alcance de la Cuarta Revolución Industrial, hay que ver las disrupciones del presente desde el punto de vista de todas las empresas, no sólo las más avanzadas. Para que una transformación tecnológica sea sostenible se necesita una participación amplia en los beneficios; de modo que ayudar a los rezagados a adaptarse es tan importante como permitir a los innovadores prosperar: hay que escuchar las voces de los perjudicados por la disrupción.

Traducción: Esteban Flamini

Edoardo Campanella es investigador por el programa “Futuro del Mundo” en el Centro para la Gobernanza del Cambio de la IE University en Madrid.

© Project Syndicate 1995–2019.


Opinión | 18 de abril de 2019

Por un futuro libre de emisiones

La solución al cambio climático por fin está a la vista. Gracias a rápidos avances en tecnologías de generación limpia de energía y en sistemas alimentarios sostenibles, el mundo tiene una oportunidad realista de poner fin a las emisiones de gases de efecto invernadero a mediados de este siglo, por un costo incremental pequeño o nulo, y con beneficios indiscutibles para la seguridad y la salud.

El principal obstáculo es la inercia: algunos políticos siguen apoyando a la industria de los combustibles fósiles y a la agricultura tradicional, lo que se debe ante todo a la ignorancia o a la venalidad.

La mayor parte del calentamiento global, y una inmensa carga de contaminación del aire, son resultado de la quema de combustibles fósiles: carbón, petróleo y gas. La otra gran fuente de destrucción ambiental es la agricultura, lo que incluye la deforestación, el uso excesivo de fertilizantes y las emisiones de metano procedentes del ganado. El sistema energético debe pasar del uso de combustibles fósiles altamente contaminantes a fuentes de energía limpias descarbonizadas como la solar y la eólica, y el sistema alimentario debe pasar de la producción de granos para forraje y ganado a otros productos más sanos y nutritivos. Esta transformación energética y alimentaria combinada permitiría reducir a cero la emisión neta de gases de efecto invernadero a mediados de este siglo, y luego negativizarla conforme los bosques y suelos absorban el dióxido de carbono atmosférico.

Alcanzar una emisión neta nula a mediados de siglo, seguida por un nivel de emisión negativo, permitiría limitar el calentamiento global a no más de 1,5 °C respecto de la temperatura preindustrial de la Tierra. Lo preocupante es que el calentamiento ya llegó a 1,1 °C, y la temperatura global aumenta alrededor de 0,2 °C cada década. Por eso el mundo debe llegar a un nivel nulo de emisión neta a más tardar en 2050. La adopción de la energía limpia evitaría cientos de miles de muertes al año derivadas de la contaminación del aire, mientras que el paso a una dieta sana y ambientalmente sostenible puede evitar alrededor de diez millones de muertes al año.

El enorme abaratamiento de la energía solar y eólica y los avances en almacenamiento de la energía ya hacen posible una adopción barata de la energía limpia en todas las regiones del mundo. El costo total de los sistemas de energía renovable, incluida la transmisión y el almacenamiento, ya es comparable al de los combustibles fósiles. Pero los gobiernos siguen subsidiándolos, lo que se debe al cabildeo incesante de las grandes empresas extractoras y a falta de planificación para las alternativas renovables.

El paso fundamental que hay que dar es un aumento masivo de la generación de energía a partir de fuentes renovables, sobre todo la eólica y la solar. Para algunos usos finales de la energía, por ejemplo en motores de autos y calefactores hogareños, se consumirá electricidad directamente; en otros (en industria, navegación, aviación y transporte en camión) se usarán combustibles limpios producidos mediante la electricidad de fuentes renovables. Algunos de los combustibles con emisión neta nula incluyen el hidrógeno, fluidos sintéticos y el metano sintético. En tanto, los establecimientos agrícolas deben pasar a la producción de alimentos vegetales.

La continuidad de la construcción de centrales a carbón en Asia y la deforestación incesante en el sudeste de Asia, África y Brasil suponen un riesgo inmenso y totalmente innecesario para el clima, el aire y la nutrición. A este absurdo se suman la promoción de los combustibles fósiles que hace en Estados Unidos el gobierno de Trump (pese al inmenso potencial que tienen las energías renovables en este país) y la insistencia del nuevo presidente populista brasileño, Jair Bolsonaro, en desarrollar (es decir, deforestar) el Amazonas.

¿Qué hacer entonces?

El paso más urgente ahora es educar a gobiernos y empresas. Los gobiernos nacionales deben elaborar informes técnicos de la capacidad de sus países para poner fin a las emisiones de gases de efecto invernadero de aquí a mediados de siglo. Y empresas y bancos deben examinar con urgencia los fuertes argumentos tecnológicos para la adopción de sistemas energéticos y alimentarios no contaminantes y seguros.

Un importante nuevo estudio muestra que todas las regiones del mundo cuentan con suficiente potencial de generación eólica, solar e hídrica como para descarbonizar el sistema energético. Los países situados a mayor latitud, como Estados Unidos, Canadá, los del norte de Europa y Rusia, tienen una disponibilidad de viento relativamente mayor que los países tropicales. Y todos pueden adoptar el auto eléctrico y usar los nuevos combustibles limpios para impulsar camiones, barcos, aviones y fábricas.

Esta transición energética creará millones de empleos más que los que se pierdan en las industrias basadas en los combustibles fósiles. Los accionistas de empresas como ExxonMobil y Chevron que se nieguen a reconocer la inminente transición energética terminarán pagando un alto precio. En los próximos años, las inversiones que siguen haciendo en combustibles fósiles se convertirán en activos inmovilizados.

Los gobiernos y las autoridades a cargo de los servicios públicos deben exigir que todas las nuevas instalaciones de generación de energía sean descarbonizadas. Conforme las viejas centrales impulsadas por combustibles fósiles envejezcan y se cierren, hay que reemplazarlas con energía limpia en forma competitiva, por ejemplo mediante licitaciones para la generación de energía renovable. China y la India, en particular, deben dejar de construir nuevas centrales a carbón dentro de su territorio, y países exportadores de capital como China y Japón deben dejar de financiar esas centrales en el resto de Asia, por ejemplo en Pakistán y Filipinas.

Las empresas privadas competirán intensamente para reducir todavía más los costos de los sistemas de energía renovable, incluido en esto la generación de energía, su almacenamiento y su uso final en vehículos eléctricos, calefactores y cocinas eléctricas y la nueva economía del hidrógeno. Los gobiernos deben poner límites a las emisiones, y el sector privado debe competir para ofrecer soluciones de bajo costo. Y ambos sectores deben colaborar en la financiación de nuevas iniciativas de investigación y desarrollo que permitan reducir todavía más los costos.

Lo mismo vale para el uso de la tierra. Si Bolsonaro realmente piensa que conseguirá un auge económico en Brasil permitiendo una mayor deforestación del Amazonas para el cultivo de soja y la cría de ganado, se equivoca. Ese plan aislará a Brasil y pondrá a las principales empresas fabricantes de alimentos ante la disyuntiva de dejar de comprar productos brasileños o arriesgarse a una reacción mundial masiva de los consumidores.

La industria de los alimentos ya va en otra dirección: la gran noticia es que Burger King, en un nuevo emprendimiento con Impossible Foods, tiene planes de adoptar la hamburguesa vegetal. Las hamburguesas de Impossible saben igual que las de carne, pero gracias al uso inteligente de la química sobre la base de ingredientes vegetales, los amantes de las hamburguesas pueden disfrutar de su comida favorita y al mismo tiempo salvar el planeta.

La transformación de los sistemas energéticos y alimentarios nos permitirá disfrutar de energía barata y dietas sanas y sustanciosas sin arruinar el medioambiente. Los chicos de secundaria que se manifiestan por la seguridad climática hicieron la tarea. Es hora de que políticos como Trump y Bolsonaro hagan la suya o dejen de ser un impedimento.

Traducción: Esteban Flamini

Jeffrey D. Sachs es Director del Centro de Desarrollo Sostenible en la Universidad de Columbia.

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Opinión | 17 de abril de 2019

“Que el sacrificio de Notre-Dame despierte nuestras conciencias”

Las imágenes de Notre Dame en llamas han provocado un torrente de emociones y recuerdos compartidos del mundo. De cara al futuro, la tragedia debe canalizarse hacia el esfuerzo no solo por reconstruir la catedral, sino también por proteger y defender el legado político y cultural de Europa.

Escribo esto desde Berlín, donde estoy postrado ante las imágenes de llamas, devastación y cenizas que envuelven a Notre Dame de París. Un tesoro de la civilización para quienes creen en el cielo y también para quienes no. La Europa de la belleza, de las santas esperanzas, de la grandeza y la dulzura. Como todo el mundo, estoy consternado..

Y nos podemos dejar llevar por los recuerdos. Por Victor Hugo, cómo no. Por Louis Aragon: “Nada es tan fuerte, ni el fuego ni el rayo / Como mi París desafiando a los peligros / Nada es tan hermoso como este París que yo tengo”.

Uno también recuerda una frase de Baudelaire: “Soy hermosa, oh mortales, como un sueño en piedra”. No se escribió sobre Nuestra Señora, pero ciertamente podría haberlo sido.

Los recuerdos se extienden mucho más allá de la palabra escrita. La catedral en sí es un monumento a la historia de la historia, que ahora es materia de leyenda. Se ha mantenido con su caballero místico, en su gloria y en su penumbra. Pienso en la misa en celebración de la liberación de París en 1944, y en la conversión de una hermana allí. Lloro con ella. Lloro con toda la cristiandad, herida en lo más profundo, que ve partir en el humo su iglesia visible y, quizá, con ella, también una parte de su iglesia invisible.

Los recuerdos se extienden mucho más allá de la palabra escrita. La catedral en sí es un monumento a la historia de la historia, que ahora es materia de leyenda. Se ha mantenido con su caballero místico, en su gloria y en su penumbra. Pienso en la misa en celebración de la liberación de París en 1944, y en la conversión de una hermana menor allí. Lloro con ella, tenemos a todos los cristianos que han ido a la iglesia de ellos, el penacho de la iglesia invisible.

A la mañana siguiente, pienso en Notre Dame como la Francia de la Resistencia. Ella encarna la santidad gótica y la tranquilidad del Sena. Ella es la fe y la belleza manifestada. Y, por supuesto, las palabras de Victor Hugo y Aragón siguen ahí, bailando en mi cabeza. Me pregunto cómo enfrentaré el día. ¿Cómo nos enfrentaremos mañana? Hugo da la respuesta: “El tiempo es el arquitecto, pero la gente es el albañil”.

Al mediodía solo puedo esperar que el fuego esté completamente apagado. Para un parisino, es una tortura ver las imágenes en bucle de la ciudad atrapada por la violencia de las llamas. Más que una iglesia ha caído. En cierto modo, Nuestra Señora es el alma de la humanidad misma, y ​​una parte de ella ha sido marcada.

Los parisinos creíamos que nuestra venerable dama era inmortal. Sin embargo, allí se desploma, herida e indefensa contra el destino, hemos estado observando el infierno. Sin embargo, a raíz de esas imágenes ha surgido una oleada de sentimientos. Italianos, suecos, irlandeses, españoles, chinos, argelinos … todos se unieron con el pueblo de Francia. Como después de un ataque, todos dicen: “Soy París”.

Finalmente, al arder, Nuestra Señora nos recuerda la fragilidad de nuestra historia y herencia, la precariedad de lo que hemos construido y la naturaleza finita de la Europa milenaria, la tierra natal de las artes, para la cual Notre Dame es una de las más elevadas. testamentos.

De cara al futuro, ¿qué vamos a pensar? ¿Qué debemos hacer? Debemos esperar que el sacrificio de nuestra Señora despierte conciencias dormidas; que, a través de este desastre, la gente se dará cuenta de que Europa es Notre Dame en toda su extensión. Más que una unión política, es una gran obra de arte, un brillante bastión de inteligencia compartida, pero también el hogar de un legado en peligro de extinción.

Ese legado es demasiado importante para perderlo. No podemos permitir que los pirómanos dividan a los pueblos de Europa. Debemos recordar que, juntos, somos constructores de templos y palacios, creadores de belleza. Esa es la lección de Nuestra Señora en esta Semana Santa.

El presidente francés, Emmanuel Macron, quien está aquí para reconstruir Europa, ahora apela a la unidad en la reconstrucción de Notre Dame. Juntos, debemos restaurar el corazón de Francia. Mi revisión literaria, La Regla del Juego, contribuirá al fondo nacional para ese propósito. Insto a todos los lectores a hacer lo mismo. Somos los albañiles.

Bernard-Henri Levy es uno de los fundadores del movimiento “Nuevos filósofos” (Nuevos filósofos).

© Project Syndicate 1995–2019.

Opinión | 16 de abril de 2019

El nuevo orden mundial se juega en Internet

Internet, como máximo exponente de los avances en la globalización económica y política, ha desarrollado un modelo de gobierno particular. El modelo ha resultado capaz de lidiar con los conflictos que inevitablemente surgen ante una tecnología tan disruptiva y de mantener su naturaleza global.

Aunque Internet es a menudo percibida como un bien público mundial, sus recursos críticos –la infraestructura que hace que Internet funcione como una sola red– están en manos de organizaciones principalmente privadas, que conviven con otros actores del ecosistema, incluidos los gobiernos.

Comencemos por recordar qué es lo que hace que Internet se mantenga funcionando como una red técnicamente única.

Internet se concibe como una red diseñada para permitir la interconexión de diferentes equipos, con el único requisito de utilizar como protocolo de comunicación el Internet Protocol (IP) y tener asignada una dirección IP, que sirve como identificador único para la máquina. Para que una red funcione correctamente y los paquetes de información sepan a dónde deben dirigirse, las direcciones IP tienen que ser necesariamente únicas y, consecuentemente, deben ser gestionadas de manera centralizada.

Así, cuando queremos acceder o enviar un contenido a través de Internet, debemos conocer la dirección IP del destinatario. En realidad, las direcciones IP se traducen, por ejemplo, a direcciones web –como telos.fundaciontelefonica.com–, más fáciles de recordar para los humanos. Para que no haya conflictos, esta conversión también debe hacerse de manera coordinada a nivel mundial.

En los albores de Internet, la labor de coordinar el uso de las direcciones IP era realizada por un estudiante de la Universidad de California, Jon Postel, que registraba y anotaba manualmente cada nueva máquina que se conectaba a la red. A medida que internet fue adquiriendo mayores dimensiones, se hizo imprescindible la creación de un sistema de gestión más escalable y global. En 1998, se constituyó la Internet Corporation for Assigned Names and Numbers (ICANN), una entidad privada sin ánimo de lucro, que aún en la actualidad continúa realizando las tareas de coordinación de la asignación y adjudicación de identificadores que deben ser únicos, como las direcciones IP y los nombres de dominio –las direcciones web–.

Quién controla Internet

La pregunta de quién controla Internet no tiene una respuesta inmediata. Internet ha desarrollado un ecosistema y una estructura de gobernanza muy complejos.

Los gobiernos y los parlamentos tienen, por supuesto, un papel muy importante en lo que podríamos denominar la gobernanza socioeconómica de Internet, en el ejercicio de sus competencias para elaborar normas y regular el funcionamiento de los agentes económicos, y a través de su participación en organismos multilaterales como Naciones Unidas (ONU).

Sin embargo, la gobernanza técnica de Internet –la que controla los recursos críticos y mantiene la coordinación de direcciones IP y nombres de dominio a nivel mundial– se ha desarrollado con cierta independencia de los gobiernos, o al menos de la mayoría de los gobiernos.

Desde sus inicios, ICANN fue plenamente consciente de que su misión fundamental era eminentemente técnica, pero que su papel trascendía estas cuestiones y tenía implicaciones políticas, y que, a medida que Internet expandía su alcance geográfico, debería esforzarse en involucrar en sus procesos a participantes de todas las partes del mundo.

Por ello, ICANN utiliza una estructura organizativa conocida como multistakeholder o de múltiples partes interesadas en la que la sociedad civil, la comunidad técnica, los gobiernos y el sector privado son tratados en pie de igualdad. El modelo multistakeholder ha resultado exitoso, en tanto en cuanto ha conseguido mantener una red abierta y segura funcionando a nivel global.

Por otro lado, la gobernanza socioeconómica de Internet se encuentra tremendamente fragmentada y lejos de encontrar una solución para abordar los desafíos a los que se enfrenta. Sí ha consolidado un mecanismo asesor muy relevante a través de instituciones como el Foro de Gobernanza de Internet (IGF por sus siglas en inglés, Internet Governance Forum), que sirve de dinamizador de los debates. Sin embargo, el establecimiento de mecanismos sólidos de cooperación transnacional para cuestiones de privacidad, seguridad, derechos humanos o economía digital, es aún limitado.

ICANN y el Gobierno de Estados Unidos

Que internet surge en Estados Unidos seguramente sea conocido por muchos lectores. Podríamos decir que la NSFNet, una red que creó la National Science Foundation para conectar universidades y centros de investigación, es la internet primigenia.

Con la creación de la World Wide Web, una tecnología que se construye sobre Internet y facilita el acceso a la información al ciudadano medio a través de direcciones y enlaces por los que se puede navegar, la internet comercial experimenta un crecimiento acelerado a partir de 1995. Ante esta situación, el Gobierno de Estados Unidos privatizó la NSFNet y delegó la gestión de los identificadores únicos de internet en 1998 a ICANN, organismo fundado a tal efecto.

Sin embargo, el Gobierno de EEUU se reservó una función supervisora a través de un contrato entre ICANN y el Departamento de Comercio (DoC). En este contrato, ICANN se comprometía a continuar siendo una corporación sin ánimo de lucro, con sede en Estados Unidos, transparente, responsable y multistakeholder.

El resto de Gobiernos han participado históricamente en ICANN como un grupo de interés más dentro de la comunidad internacional, representados en el GAC (Governmental Advisory Group). El GAC desempeña una labor muy importante asesorando a la junta directiva en cuestiones en las que se intersectan las actividades y políticas de ICANN y las leyes nacionales o los tratados internacionales.

A pesar de que la función del Gobierno de Estados Unidos ha sido puramente supervisora y nunca ha emprendido acciones sobre el control de los recursos críticos de internet, el vestigial poder de supervisión de Estados Unidos resultaba incómodo para muchos otros gobiernos.

En 2014 el Gobierno de Estados Unidos anunció su intención de renunciar a su contrato con ICANN siempre y cuando se encontrara un mecanismo que sirviera de reemplazo y se mejorara el sistema de rendición de cuentas. Entre las exigencias de Estados Unidos, el mecanismo de reemplazo debía mantener la naturaleza abierta de internet y el modelo multistakeholder. Dicho de otra forma, la solución no podía consistir en sustituir al Gobierno de Estados Unidos por un conjunto de gobiernos.

La solución adoptada ha consistido en la creación de una nueva entidad legal filial de ICANN que gestiona los recursos críticos a nivel mundial. La nueva fórmula ha encontrado un gran apoyo tanto del sector privado como de las asociaciones representantes de la sociedad civil, además obviamente de haber tenido el aval del Gobierno de Estados Unidos, que valoró que la posibilidad de que un gobierno o grupo de gobiernos tomaran el control de ICANN en las nuevas circunstancias era extremadamente remota.

El Foro de Gobernanza

Que se haya creado exitosamente una organización internacional privada sin ánimo de lucro e independiente de los gobiernos para la gestión de los recursos críticos de internet, no quiere decir que los gobiernos hayan quedado al margen de internet. De hecho, Internet ha puesto patas arriba el sistema de organización política establecido hace casi 400 años en torno al concepto de soberanía nacional.

Ya en 2003 el inicio de la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información (World Summit on the Information Societ, WSIS) canalizaba las preocupaciones de los gobiernos de todo el mundo por los interrogantes que surgían en torno a la gobernanza de una red cada vez más global. Esta cumbre fue auspiciada por Naciones Unidas en dos fases, en 2003 y 2005, celebradas respectivamente en Ginebra y Túnez.

La WSIS culminó con la conocida Agenda de Túnez y el acuerdo para celebrar todos los años, al amparo de Naciones Unidas, un foro de gobernanza de Internet, el IGF, que reuniera a los distintos grupos de interés y que sirviera como espacio abierto y descentralizado para el debate sobre políticas que favorecieran la sostenibilidad y solidez de Internet. El mandato inicial encomendado a la ONU fue de 10 años, que se renovó en 2015 durante otros diez años.

El IGF ha sido una buena plataforma de debate sobre los no pocos desafíos que ha generado internet, en cuestiones como la protección de los menores, la propiedad intelectual, la privacidad, la seguridad, la brecha digital, etcétera. Sin embargo, existe una creciente visión dentro de la comunidad global multistakeholder que cree que es el momento de buscar mecanismos para generar resultados más tangibles.

El propio secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, decía en la última edición del IGF en París que los “debates sobre gobernanza de Internet no pueden quedarse solo en debates”. Y es que durante los últimos años se han sucedido una serie de acontecimientos que han hecho sumar adeptos a tal visión evolutiva de la gobernanza de Internet.

Espionaje masivo

Podríamos decir que estos acontecimientos se inician en 2013 con las revelaciones del exagente de la CIA Edward Snowden sobre los programas de espionaje del Gobierno de Estados Unidos. El escándalo de espionaje masivo fue el inicio de la manifestación pública de la magnitud del campo de batalla que Internet había venido siendo para la geopolítica.

En 2014, Brasil –cuya presidenta había sido víctima del escándalo de espionaje masivo– acogió una Cumbre Global multistakeholder sobre gobernanza de internet llamada NetMundial, cuyo objetivo fue elaborar la Declaración Multisectorial de Sao Paulo con una serie de principios fundamentales en Internet y una hoja de ruta para el futuro de su gobernanza. A pesar del carácter no vinculante de la declaración, muchos valoraron NetMundial como un paso en la buena dirección por su formato multistakeholder y sus resultados tangibles.

Los escándalos están ayudando a impulsar la búsqueda de mecanismos para la cooperación transnacional y la coordinación de las normas en Internet. Así, el reciente caso Cambridge Analytica volvió a poner el tema en las agendas políticas. Este escándalo puso de manifiesto que la empresa dedicada a las campañas comerciales y políticas había utilizado indebidamente información personal de al menos 50 millones de usuarios de Facebook para favorecer la campaña de Donald Trump. De hecho, en 2018 hemos presenciado diversas llamadas a consolidar los esfuerzos realizados todos estos años en los mecanismos de gobernanza de Internet.

Otra llamada a consolidar los esfuerzos realizados en gobernanza de Internet ha venido por parte de Tim Berners-Lee, inventor de la Web, que presentó su proyecto de “Contrato para la Web” durante la ceremonia de apertura de la Web Summit en noviembre de 2018. Este documento contiene unos principios a los que se pueden comprometer los gobiernos, las empresas y los ciudadanos de todo el mundo para proteger una web abierta y para contribuir en la elaboración de un verdadero “contrato para la web”, que “establecerá las funciones y las responsabilidades de los gobiernos, las empresas y los ciudadanos”.

Multilateralismo

Entre las últimas propuestas, cabe destacar la del presidente francés Emmanuel Macron, que anunció una “llamada para la confianza y la seguridad en el ciberespacio” en la decimotercera edición del IGF, que se celebró en París en noviembre de 2018. En su llamada, Macron acuñaba un nuevo término, el multilateralismo innovador, porque “necesitamos inventar nuevas formas de cooperación multilateral que no solo impliquen a los estados, sino a todos los actores”.

La llamada de París abre una nueva vía en la búsqueda de un cambio de paradigma para la gobernanza socioeconómica de Internet que, con la creciente hibridación entre el mundo físico y el digital, podríamos decir que es la gobernanza socioeconómica sin más.

Sin embargo, existen importantes diferencias culturales y relevantes intereses geoestratégicos que no harán fácil el camino. La llamada de París ha sido firmada por más de cien gobiernos y más de mil actores no gubernamentales, entre ellos empresas como Facebook, Google y Microsoft, y todos los Estados miembros de la Unión Europea. Entre los no firmantes están los gigantes tecnológicos chinos, los Gobiernos de Rusia y China, y también el de los Estados Unidos.

Zoraida Frías es académica de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

© The Conversation. Republicado con permiso.

Opinión | 15 de abril de 2019

Ciudades para las personas

Las ciudades abarrotadas, sucias y desordenadas destruyen la salud y la felicidad de sus residentes. Dado que la urbanización se produce a un ritmo sin precedentes, existe una necesidad urgente de una planificación, colaboración, comunicación y consenso cuidadosos.

La Divina Comedia de Dante describe un nivel del infierno (la Ciudad de Dis) como “la ciudad miserable de Satanás… que está llena de angustia y terrible tormento”. Dante bien podría haber estado describiendo muchas metrópolis modernas.

El mundo, especialmente el África subsahariana y Asia, está atravesando por una ola masiva de urbanización. Y, sin embargo, dicha urbanización se está produciendo, en su gran mayoría, en ausencia de planificación urbana, e incluso en aquellos municipios que intentan crear planes a menudo no los aplican de manera efectiva, o no responden adecuadamente a las necesidades de la mayoría de las personas. El resultado son ciudades superpobladas, sucias y desordenadas que socavan la salud y la felicidad de los residentes.

En la planificación de nuestras ciudades, hemos puesto las necesidades de los automóviles por encima de aquellas de las personas, enfatizando, con demasiada frecuencia, la accesibilidad de los vehículos particulares (mientras que, a su vez, sancionamos a los peatones y ciclistas por imprudencia peatonal) – un enfoque que crea un embotellamiento casi permanente y una gran contaminación. El conductor promedio en Los Ángeles pasa 102 horas por año en tráfico pico. En Yakarta, el conductor promedio arranca y detiene su automóvil más de 33.000 veces por año.

En parte debido a tal congestión, las ciudades representan el 70% de la contaminación mundial por carbono. La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor del 90% de las personas en todo el mundo respiran aire contaminado. En los países de ingresos bajos y medios, el 98% de las ciudades con más de 100.000 habitantes no cumplen con las pautas de calidad del aire de la OMS.

En cuanto a la vivienda, la mala planificación del uso de la tierra significa que lo que debería equivaler a un salario digno en muchas ciudades se queda muy por detrás de lo que se necesita para pagar por una vivienda decente. Según el Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos, cerca de mil millones de personas viven en condiciones precarias en barrios marginales, y esta cifra podría duplicarse hasta el año 2030. Además, según muestran investigaciones recientes, los vecindarios a menudo están segregados por raza, origen étnico e ingresos – un obstáculo importante para la movilidad social, inclusive intergeneracional.

Sin embargo, tenemos la oportunidad de cambiar esto. Durante los próximos 20 años, el mundo construirá tanta vivienda urbana e infraestructura relacionada como la que se ha construido en toda la historia de la humanidad. Y, muchas ciudades en países ricos y pobres ya ofrecen ejemplos de diseño urbano sostenible, inclusivo, habitable y hermoso.

Singapur ha implementado lo que Jan Gehl denomina “diseño a escala humana”. El diseño de abajo hacia arriba de vecindarios empodera a los ciudadanos y enfatiza la diversidad, evitando así la aparición de guetos de pobreza mediante viviendas de comunidades de ingresos mixtos, junto con acceso a transporte público, salud y educación de alta calidad.

Del mismo modo, a pesar de la fuerte resistencia, quien en aquel entonces fue alcalde de la ciudad de Nueva York, Michael Bloomberg, y la Comisionada de Transporte, Janette Sadik-Khan, invirtieron en ciclo vías protegidas y en transporte público. Londres, Singapur y Estocolmo han usado durante mucho tiempo tarifas por congestión vehicular para desalentar la conducción.

En marzo, Londres llevará esto un paso más allá – como ya lo han hecho Chengdu, Madrid, París y otras ciudades – al prohibir los autos en áreas centrales de la ciudad, creando zonas de emisiones ultra bajas. Ámsterdam, Tokio y Copenhague nos muestran que diseñar calles citadinas más estrechas ralentiza la velocidad del tráfico y aumenta la seguridad de los peatones y ciclistas.

Desde Bogotá, Colombia, hasta Dar es Salaam, Tanzania, las ciudades de todo el mundo han implementado el tránsito rápido de autobuses, que esencialmente funciona como un sistema de metro, pero es más barato y más rápido de construir. Los corredores urbanos densos están emergiendo a lo largo de los carriles designados para autobuses.

Algunas ciudades también han introducido los tipos de reformas con respecto a los estacionamientos que desde mucho tiempo atrás fueron propugnadas por Donald Shoup de UCLA. Estos incluyen la eliminación de los requisitos mínimos de estacionamiento para los edificios, y la introducción de precios dinámicos que mantienen vacantes entre el 5 al 10% de los espacios de estacionamiento y canalizan los ingresos al vecindario.

Entre tanto, la vivienda ya no necesita ser posicionada y promovida como un activo de inversión; en cambio, se puede dar prioridad a las viviendas de alquiler, para todos los segmentos de ingresos, pero especialmente para aquellos que necesitan una vivienda asequible, como es el caso en Alemania, Austria, y Suiza.

Además, las barreras de zonificación y reglamentarias para la construcción de nuevas viviendas asequibles deben desmantelarse, con áreas de alta densidad de uso mixto desarrolladas cerca del transporte público.

Para este fin, siguiendo el liderazgo de Copenhague, más ciudades pueden usar asociaciones público-privadas para aprovechar la gran cantidad de tierras no utilizadas que son propiedad de las agencias públicas.

El diseño cuidadoso de los edificios puede hacer que estos tengan lo que se denomina como energía positiva, lo que significa que dichos edificios producirían más energía de la que consuman. Noruega es pionera en esta área.

Por último, para financiar estas inversiones, las ciudades necesitan fuentes de ingresos estables. Con demasiada frecuencia, las ciudades no aprovechan todo el potencial del financiamiento basado en los terrenos, especialmente los impuestos a las propiedades. Sin embargo, las imágenes satelitales y el mapeo de aviones no tripulados ahora pueden producir para las autoridades fiscales un catastro “apto para el propósito” – que muestre cómo se ocupan y utilizan los terrenos – en cuestión de semanas.

Con una planificación, colaboración, comunicación y consenso cuidadosos, las ciudades pueden transformar las vidas de sus residentes. Iniciativas como las del Banco Mundial: Plataforma Global para Ciudades Sostenibles y Laboratorio Mundial de Planificación de Estrategias Metropolitanas están apoyando los esfuerzos de las ciudades, al facilitar el intercambio de conocimientos y planificación urbana basada en la evidencia.

Si ahora hacemos lo que se necesita para garantizar que la urbanización sea inclusiva, sostenible y con resiliencia, la Ciudad de Dis de Dante puede permanecer en su infierno imaginario.

Traducción: Rocío L. Barrientos.

Abhas K. Jha es Gerente de Prácticas, Desarrollo Urbano y Gestión de Riesgos de Desastres (Asia Oriental y el Pacífico) en el Banco Mundial.

© Project Syndicate 1995–2019.

Opinión | 12 de abril de 2019

El problema de la economía argentina

En 2018 Argentina experimentó una crisis monetaria y una estanflación. La inflación anual alcanzó el 47,6%, el PIB cayó un 2,5% y aumentaron el desempleo y la pobreza.

Estos indicadores reflejan problemas crónicos. La economía argentina ha reducido su tamaño en cuatro de los últimos siete años. Y durante más de una década las deficiencias estructurales han creado fuertes restricciones en el crecimiento de la demanda real y han impedido que la economía crezca de manera sostenible.

Cuando el gobierno actual, dirigido por el presidente Mauricio Macri, asumió el cargo en diciembre de 2015, dijo que sus políticas económicas atraerían inversiones extranjeras directas y conducirían a un aumento sostenido de la productividad. La crisis monetaria que estalló en abril de 2018 remarcó el fracaso de su enfoque de política.

Como respuesta, el gobierno recurrió al Fondo Monetario Internacional, obtuvo un préstamo de 57.000 millones de dólares, el más grande en la historia del FMI, y acordó un nuevo enfoque para abordar los desequilibrios macroeconómicos del país. Pero los términos del acuerdo de préstamo han seguido cambiando a medida que los inversores seguían nerviosos.

Cuando el FMI aprobó el nuevo acuerdo con Argentina en junio pasado, el gobierno dijo que en lugar de gastar los fondos, los usaría para aumentar su liquidez y restaurar la confianza del mercado. Pero cuando el peso cayó aún más, el gobierno y el FMI acordaron que Argentina podría utilizar el préstamo para cumplir con los pagos de su deuda y evitar un incumplimiento en 2019, un año de elecciones presidenciales. Y sin embargo las dudas persistieron.

El mes pasado, en medio de temores de otra corrida del peso, el Fondo autorizó al banco central a vender hasta 9.600 millones de dólares de sus reservas de divisas para ayudar a respaldar el tipo de cambio.

La situación sigue siendo delicada, sobre todo porque gran parte de la deuda pública de Argentina está denominada en monedas extranjeras. El FMI dice que la deuda del país “sigue siendo sostenible, pero no con una alta probabilidad”, aunque la prueba real de la sostenibilidad de la deuda de Argentina comenzará en 2020.

Con las elecciones a seis meses de distancia, hay otras preocupaciones más inmediatas. Por un lado, el plan macroeconómico respaldado por el FMI de políticas fiscales y monetarias contractivas ayudará a alargar la recesión actual. Además, el enfoque de política monetaria parece estar repitiendo algunos de los errores fundamentales cometidos antes de la crisis monetaria.

Mientras que la administración de Macri planeaba reducir gradualmente el déficit fiscal, el banco central adoptó un enfoque mucho más agresivo para frenar la inflación. Al hacerlo, se basó en dos asunciones: que las políticas del gobierno pondrían a la economía en un camino de crecimiento sostenible, y que las tasas de interés más altas serían efectivas para estabilizar los precios.

Ambas suposiciones demostraron ser desastrosamente erróneas. La inversión en la economía real en gran parte no se materializó. Además, las altas tasas de interés atrajeron el capital de la cartera especulativa a corto plazo, lo que hace que Argentina, y el peso, sean cada vez más vulnerables a un cambio de sentimiento repentino en el mercado.

Las autoridades deberían haber aprendido al menos dos lecciones de esto. La primera, combatir la inflación crónica requiere esfuerzos políticos sostenidos y coordinados en lugar de un mero endurecimiento de la política monetaria. Y la segunda, la inflación en Argentina continuará en el corto plazo sin importar qué tan estricta sea la política monetaria. Sin embargo, las autoridades están persistiendo con las mismas políticas.

La devaluación del peso y el consiguiente aumento de la inflación han intensificado el conflicto distributivo de Argentina, y los trabajadores demandan aumentos salariales que compensen la pérdida de poder adquisitivo durante el año anterior.

En este contexto, los anuncios de política monetaria no reducirán las expectativas inflacionarias, especialmente porque la administración de Macri no cumplió sus objetivos de inflación en los últimos tres años -en 15, 7,8 y 32,6 puntos porcentuales respectivamente. Como era de esperar, la inflación ha vuelto a subir en los últimos meses, a pesar del agresivo ajuste monetario.

Además, los mercados financieros no permitirán que el tipo de cambio real del peso se aprecie significativamente en el corto plazo. Esto significa que el tipo de cambio nominal estará bajo presión a la baja, lo que a su vez alimentará una mayor inflación. Romper este círculo vicioso no será fácil, porque requiere que los políticos resuelvan el conflicto distributivo en una economía lenta.

Mientras tanto, el banco central sigue dependiendo de las altas tasas de interés para respaldar el peso. Si bien el banco tuvo que actuar agresivamente para contener la crisis monetaria, ha persistido durante demasiado tiempo con una política costosa de altas tasas de interés que ahora no solo prolonga y profundiza la recesión, sino que también, al atraer el llamado dinero caliente, aumenta inestabilidad en el tipo de cambio.

Y mientras que las intervenciones en el tipo de cambio pueden estar justificadas en circunstancias extremas, la venta de reservas en moneda extranjera prestada para apuntalar el peso hará que la economía sea aún más frágil.

En 2020, la situación de la deuda pasará al centro del escenario. El próximo gobierno intentará recuperar el acceso a los mercados internacionales de crédito con el país ya muy endeudado.

Si la economía no muestra signos de un despegue rápido para entonces, habrá un problema de deuda. En ese escenario, un mayor costo de traspaso de deuda sería letal para la economía, ya que las autoridades tendrían que asignar una mayor proporción de los estancados ingresos del país en moneda extranjera para pagar la deuda.

El nuevo gobierno enfrentaría dos opciones desagradables: una camisa de fuerza con mayores pagos de deuda, más austeridad y más recesión, o una reestructuración dolorosa de la deuda con un resultado incierto.

Una cosa está clara: para poder evitar otra crisis de deuda, Argentina necesitará un crecimiento económico sostenido. Aunque no hay recetas mágicas para poner a la economía en un camino más estable, cambiar las políticas macroeconómicas actuales al menos le daría una oportunidad al país.

Martín Guzmán es investigador de la Universidad de Columbia en Nueva York Profesor de economía de la UBA.

© Project Syndicate 1995–2019.

Opinión | 11 de abril de 2019

Ansiedad y fobia social en adolescentes: cuando los trastornos se esconden

La ansiedad es una respuesta que todos los seres humanos poseemos y aparece cuando nuestro cerebro percibe una amenaza que pone en riesgo nuestra vida. Por tanto, la ansiedad nos prepara para lo que pueda acontecer, buscando soluciones que nos pongan a salvo. Esta experiencia tiene un importante valor adaptativo para la supervivencia.

El conflicto surge cuando nuestro cerebro dispara las alarmas y sentimos palpitaciones, sudor, ahogo e incluso pánico. Estos síntomas paralizan y crean un mundo amenazante en situaciones cotidianas, que interpretamos como un peligro real.

El valor preventivo del temor

El temor, junto a otras emociones, tiene un valor preventivo importante ante un posible daño que podamos sufrir. Pero cuando esta emoción se activa, es tan fuerte que puede prevalecer sobre otras funciones neurofisiológicas, emocionales o cognitivas y por esta razón la reconocemos e interiorizamos.

Pasamos gran parte de nuestra vida dedicados a relacionarnos directa o indirectamente con otros seres humanos. Esta interacción, para la mayoría, nos resulta reforzante y necesaria porque somos fundamentalmente sociales.

Pero para otras muchas personas, estas relaciones sociales cotidianas son un martirio y las viven con gran malestar. Especialmente cuando se trata de adolescentes con ansiedad social. Mientras los demás pueden disfrutar y aprender de una conversación en grupo, para ellos puede convertirse en un reto difícil o imposible de realizar.

Terror irracional a una evaluación negativa

La fobia social suele comenzar en la adolescencia, y supone un temor irracional a la evaluación negativa por parte de los demás. Este temor les induce a evitar aquellas situaciones sociales que temen no controlar. La conducta de evitación puede ocasionar una reducción de la libertad personal, un aislamiento social y una soledad impuesta casi total.

En la infancia, los estados de ansiedad son cada vez más frecuentes y muchos niños y preadolescentes parecen enfrentarse a problemas serios y aparentemente infranqueables. Según el informe del Instituto de la Mente Infantil (Child Mind Institute), los trastornos de ansiedad en la infancia y la adolescencia son los más habituales en todo el mundo y cifra en aproximadamente 117 millones los niños y adolescentes de todo el mundo que han sufrido un trastorno de ansiedad.

Síntomas de ansiedad en el 20% de los adolescentes

El 20 % de los adolescentes españoles sufre algún síntoma de ansiedad (Sociedad Española de Medicina de la Adolescencia (SEMA)).

El problema no suele resultar fácil de detectar ya que, tanto en niños como en adolescentes, se oculta bajo otros comportamientos o problemas médicos. Algunos muestran su vulnerabilidad con un temor desproporcionado, con dolor físico o con la evitación de situaciones, mientras que otros reaccionan con mayor inquietud, hostilidad u oposición.

En el caso particular de los adolescentes, sus dificultades se atribuyen con frecuencia a una falta de madurez, o se tiende a banalizar sus malestares como una timidez. Esta interpretación resta importancia a la gravedad de los síntomas que pueden estar experimentando y dejar pasar un tiempo muy valioso en el cual se puede tratar de forma eficaz un problema que, de no tratarse, tendrá mayores consecuencias negativas en la vida adulta.

Un problema difícil de detectar

Los adolescentes con ansiedad social muchas veces desconocen o no reconocen lo que les ocurre, pero tienen muy claras sus limitaciones y lo que no se ven capaces de hacer.

Normalmente, se refieren a sí mismos como torpes, con dificultad para hablar con los demás. Refieren sentimiento de soledad, pocos amigos, pérdida de oportunidades y autoestima muy baja ante la frustración que les supone el hecho de ver que sus ilusiones no se satisfacen por culpa de su ansiedad.

A todo ello, se suma la inestabilidad de un cuerpo en pleno desarrollo que con frecuencia crece lo que no se desea y no crece lo que se desea, pero que tiene que cumplir con unos cánones establecidos por la sociedad y el grupo de iguales.

La ansiedad social genera todo un temor sobre la propia imagen. Quien la sufre trata de evitar que le vean como se ve a sí mismo. Teme actuar erróneamente y sufre ante la posibilidad de sentir un descrédito personal. Continuamente cree estar siendo evaluado por los demás y eso le lleva a estar alerta en cada situación temida.

¿Cuáles son las consecuencias?

Las consecuencias dependerán de la cantidad de situaciones de temor y en función de ellas su vida se sentirá más o menos limitada. Consciente de su temor y limitaciones, así como de las renuncias a situaciones que incluso desea, provoca un discurso interior negativo y anticipatorio sobre todo lo que pueda suceder.

Cuando todo gira en torno a un mundo interior y los pensamientos van a gran velocidad, es muy difícil que aflore un discurso fluido. Como resultado, por la boca solo salen monosílabos, la cara está rígida y el cuerpo se repliega con la mirada hacia abajo evitando mirar a los ojos de los demás.

Los jóvenes con ansiedad social cuando solicitan ayuda, al igual que los adultos, expresan su impotencia, sentimiento de soledad, falta de amigos, incapacidad para disfrutar, dificultades para relacionarse con los demás, hablar ante un grupo, a personas con autoridad, etc.

La dificultad aumenta desde situaciones esporádicas hasta los casos más graves donde toda su vida gira alrededor del trastorno. Con cierta frecuencia se presentan consumos elevados de alcohol porque bajo sus efectos sienten que pueden desinhibirse y librarse de su propia prisión, percibiendo que son capaces de hacer lo que los demás hacen con total naturalidad y sin esfuerzo.

Dificultades educativas

Son jóvenes que pueden presentar dificultades educativas, frustración ante situaciones de aprendizaje o conflictos vitales y que no logran estar a la altura de las exigencias académicas y sociales de su entorno.

Como consecuencia pueden manifestar una baja autoestima y una elevada vulnerabilidad frente al acoso escolar.

Está en manos de los adultos la capacidad para detectar las señales que diferencian una soledad voluntaria a una impuesta o que diferencian a una persona feliz de alguien que solo aparenta serlo para no defraudar.

María Jesús Irurtia Muñiz, Profesora Titular de Psicología, Universidad de Valladolid

© The Conversation. Republicado con permiso.

Opinión | 10 de abril de 2019

Sin antibióticos no habrá desarrollo sostenible

La “tragedia de los bienes comunes” es un concepto descrito por el ecólogo Garret Hardin en 1968. Describe la situación en la que los individuos, motivados por su interés personal, destruyen un recurso común y limitado aunque les perjudique, tanto a nivel personal como al de la sociedad a la que pertenecen. Este modelo ha sido aplicado a la destrucción de los recursos naturales del planeta. Hoy encaja a la perfección con el estado de agotamiento de los antibióticos al que nos enfrentamos.

Los antibióticos han sido, desde su descubrimiento, claves en el control de las enfermedades infecciosas y en el desarrollo de la cirugía y otros procedimientos médicos. Sin embargo, su existencia está muy amenazada por la creciente aparición de bacterias resistentes a estos fármacos.

Estas bacterias ocasionan infecciones difíciles o imposibles de tratar por la pérdida de efectividad de los antibióticos. Además, existe otra razón que hace que estas medicinas sean cada vez más escasas: las farmacéuticas no desarrollan nuevas moléculas, al considerar que no es rentable investigar en un recurso cuyo uso habrá que controlar.

La magnitud del problema es tal que amenaza los Objetivos de Desarrollo Sostenible que fueron propuestos por la ONU en la Agenda 2030. Su fin era transformar el mundo para proteger el medioambiente, eliminar la pobreza y hacer prosperar a toda la humanidad. Pero, ¿a qué objetivos afecta la resistencia a los antibióticos?

Mortalidad y pobreza

Las infecciones por bacterias resistentes producen un aumento importante de la mortalidad. En 2018 supusieron 33.000 muertes en Europa, y se calcula que para 2050 superen al cáncer en número de muertes.

Las consecuencias sobre la calidad de vida son muy importantes. Algunos estudios han calculado su representación en DALY (del inglés, disability-adjusted life years, número de años de vida perdidos por enfermedad, discapacidad o muerte prematura). Estos demuestran, además, que son mucho mayores en mujeres que en hombres (Objetivo 5: igualdad de género).

Hay que tener en cuenta que el aumento de la morbilidad y del sufrimiento humano implica estancias más largas en el hospital, más pruebas diagnósticas invasivas, ingreso en unidades de cuidados intensivos, ventilación mecánica y cirugías extra. Todo esto supone también un exceso en la utilización de recursos y costos añadidos, a los que hay que sumar el uso de antibióticos más caros, menos eficaces y más tóxicos (Objetivo 3: salud y bienestar).

El impacto económico que ocasionan las resistencias se considera ya un factor en las previsiones de pobreza de los países. Las infecciones por bacterias resistentes obligan al uso de antibióticos de segunda o tercera línea, de mayor precio. También ocasionan estancias hospitalarias más largas y un número mayor de procedimientos diagnósticos, que suponen entre 10 000 y 40 000 dólares más por paciente.

El Banco Mundial ha calculado el costo extra en cuidados de salud y productividad de las resistencias en Europa. Estas suponen cada año 1.500 millones de euros y, además, el impacto sobre el crecimiento económico provocará un aumento de la pobreza extrema en todo el mundo (Objetivo 1: fin de la pobreza; objetivo 8: trabajo decente y crecimiento económico; objetivo 10: reducción de desigualdades).

Contaminación medioambiental

El uso inapropiado de antibióticos en salud humana, tanto en el ámbito hospitalario como comunitario, es una de las causas que han ocasionado este problema. También su uso excesivo en ganadería y agricultura ha provocado un aumento importante de cepas resistentes que se están diseminando en el medio ambiente e incrementan el problema.

Hay que tener en cuenta que el 80 % de los antibióticos se consumen en el sector ganadero, donde también existen consecuencias económicas. La presencia de cepas resistentes genera pérdidas a las granjas, que reducen las ventas.

La contaminación del medioambiente también es importante. Se han encontrado aislamientos y genes de resistencia en suelos agrícolas y de ganadería, aguas de ríos y de mar (objetivo 6: agua limpia y saneamiento; objetivo 14: vida submarina; objetivo 15: vida de ecosistemas terrestres).

Está claro que nos estamos quedando sin antibióticos, por lo que su uso apropiado es prioritario. Solo así podremos conservar el mayor tiempo posible la eficacia de los que tenemos en la actualidad (objetivo 11: ciudades y comunidades sostenibles; objetivo 12: producción y consumo responsables).

Dado que la salud humana y animal están interconectadas, y que el medioambiente es clave en esta relación, para solucionar el problema se hace necesario actuar a todos los niveles, una perspectiva que recibe el nombre de One Health. Para lograrlo es fundamental implicar no solo a los gobiernos e instituciones, sino también a la ciudadanía (objetivo 17: alianzas para lograr los objetivos).

Lucía Gallego es Profesora de Microbiología Médica, Universidad del País Vasco

© The Conversation. Republicado con permiso.

Opinión | 8 de abril de 2019

El nacionalismo de hoy es malo para los negocios

El multilateralismo y la cooperación mundial están cada vez más amenazados, lo que representa un grave riesgo para la prosperidad futura. Los líderes empresariales y finanzas deberían preocuparse profundamente por este estado de cosas, entonces ¿por qué no están haciendo mucho más para ayudar a contrarrestarlo?

El sistema de cooperación internacional que surgió de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial está en peligro. El multilateralismo y las instituciones que lo sustentan –entre ellas la Organización Mundial de Comercio, las Naciones Unidas y la Unión Europea- están siendo cuestionados en tanto más países abrazan el nacionalismo introspectivo, lo que en algunos casos lleva a una estabilidad política y hasta a un conflicto. ¿Por qué, entonces, los líderes empresariales y financieros no están haciendo más para combatir estas tendencias conflictivas?

La historia de posguerra demuestra que la integración económica global –incluido un comercio más libre y una mayor inversión transfronteriza- ayuda a los mercados y a las sociedades a prosperar, con una mejora significativa de la salud, la educación y la expectativa de vida en muchas partes del mundo. Es cierto, la globalización también ha producido desequilibrios sociales importantes, que están alimentando el descontento popular. Pero rechazarla, como hacen hoy una cantidad creciente de personas, amenaza al propio sistema que ha ayudado a crear riqueza, combatir la pobreza y expandir las filas de la clase media global.

Los negocios y las finanzas quizás se hayan beneficiado más a partir de un orden político y económico internacional abierto y basado en reglas. Sin embargo, los CEOs y los presidentes de las empresas rara vez usan sus voces influyentes para defender el multilateralismo y la cooperación global.

Esto se debe en parte a que la mayoría de las empresas privadas todavía apelan al lobby convencional, muchas veces a través de asociaciones comerciales, en conexión con regulaciones y políticas nacionales. De la misma manera, las juntas corporativas tienden a lidiar con cuestiones de gobernanza y gestión de riesgo básicas y rara vez abordan temas geopolíticos más amplios –y cuando lo hacen, los directores por lo general no saben bien cómo hacer un aporte significativo.

Pero frente al creciente desorden global, los líderes empresariales y financieros ya no pueden darse el lujo de ser reticentes. Por el contrario, hay tres cosas que deberían hacer para aducir un argumento fuerte y renovado a favor de la cooperación internacional.

Por empezar, necesitan redescubrir y volver a comprometerse con los valores y principios centrales de las organizaciones multilaterales clave, principalmente la OMC y las Naciones Unidas. Estas organizaciones representan la idea de que, a menudo, los países lograrán mejores resultados de largo plazo si actúan en conjunto en lugar de hacerlo solos. En este sentido, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, recientemente formuló un argumento persuasivo a favor de un “multilateralismo en red” que conecte a organismos como el suyo con importantes organizaciones e iniciativas regionales.

Segundo, los jefes corporativos deberían respaldar formalmente las iniciativas multilaterales importantes del sector privado. Los miles de empresas e inversores que han firmado el Pacto Global de Naciones Unidas y los Principios para la Inversión Responsable, por ejemplo, todavía son una minoría. Muchos más deben dar un paso al frente y firmar. Otros programas importantes del sector privado con un origen u orientación multilateral incluyen los Principios de Ecuador del sector bancario (originariamente del Banco Mundial) y las Líneas Directrices de la OCDE para Empresas Multinacionales.

Éstas y otras iniciativas similares ayudan en dos sentidos. Muchas de ellas –incluido el Pacto Global de Naciones Unidas- implican una colaboración de muchos actores. En otras palabras, aúnan a los sectores privado y público, a la sociedad civil y a otros protagonistas para abordar cuestiones internacionales críticas como el régimen de derecho, la gobernanza global y el cambio climático.

Por otra parte, los responsables de las políticas globales frecuentemente responden a estas iniciativas y coaliciones creando nuevas posibilidades de cooperación. Las Naciones Unidas, por ejemplo, recientemente lanzaron un ejercicio de multilateralismo con un giro financiero: un foro de inversión anual destinado a promover la colaboración y la firma de acuerdos entre gobiernos e inversores institucionales.

Finalmente, los líderes empresariales y financieros deberían redoblar la apuesta para la nueva agenda de sustentabilidad global. Esto probablemente sea el mejor resguardo contra las amenazas, desafíos e inseguridades actuales, y presenta oportunidades extraordinarias para ejercer un impacto global positivo.

Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible y sus objetivos asociados son un modelo para la humanidad y, deberíamos agregar, para la economía global. Lograr los ODS haría que la globalización resultara más sostenible e inclusiva, abordando al mismo tiempo y de manera efectiva la amenaza del cambio climático.

Las organizaciones del sector privado tienen que integrar los ODS en sus estrategias empresariales y de inversión, y no sólo por razones altruistas. La Comisión Global de Negocios y Desarrollo Sustentable anteriormente estimó que las empresas y los inversores podrían destrabar por lo menos 12 billones de dólares en oportunidades de mercado para 2030 y crear hasta 380 millones de empleos si se implementan sólo algunos ODS clave.

Y en la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos en enero, el Pacto Global de Naciones Unidas y PIMCO instaron conjuntamente a las empresas, inversores y gobiernos en todo el mundo a hacer de los ODS una alta prioridad y explorar maneras de financiar cualquier avance para lograrlos, inclusive a través de nuevos instrumentos como los “bonos vinculados a los ODS”.

La cooperación global es crucial para nuestra seguridad común y nuestro éxito económico, pero está bajo amenaza. Al respaldar públicamente al multilateralismo, los líderes empresariales y financieros pueden ayudar a forjar un futuro más próspero y sostenible –para sus organizaciones y para el mundo.

Lise Kingo es CEO del Pacto Global de las Naciones Unidas. Scott Mather es CEO de Estrategias Centrales para Estados Unidos en PIMCO.

© Project Syndicate 1995–2019.

Opinión | 5 de abril de 2019

La tecnología 5G y los Objetivos de Desarrollo Social de la ONU

En todo el mundo se dice que la tecnología inalámbrica ultrarrápida 5G puede ser un avance con potencial transformador, similar a la adopción de la electricidad; y no es una exageración. Un área donde tendrá un papel decisivo es la Agenda de Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030, adoptada en forma unánime por Naciones Unidas en 2015.

Tómese por ejemplo el Objetivo de Desarrollo Sostenible n.º 4 (“garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos”), del que depende el logro de los otros ODS, comenzando por el de poner fin a la pobreza (ODS 1). Según muestra el Índice Multidimensional de Pobreza del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, de todas las privaciones que afectan a los pobres (desde una nutrición inadecuada hasta falta de acceso a agua potable y saneamiento), no haber tenido educación de calidad es uno de los mayores obstáculos a la movilidad social ascendente.

Los efectos adversos de la privación educativa se intensifican con la edad. Y como los hijos de adultos sin educación tienden a asistir menos a la escuela, la deficiencia educativa es uno de los principales factores de pobreza intergeneracional.

El obstáculo que esto supone para el logro de los otros ODS es evidente. Una fuerza laboral sin educación es una fuerza laboral poco cualificada, mal preparada para conseguir empleo productivo (ODS 8), reducir la desigualdad de ingresos (ODS 10) o crear instituciones sólidas (ODS 16). La UNESCO calcula que en los países de bajos ingresos, cada año adicional de educación suma alrededor de 10% al ingreso promedio de las personas durante toda la vida.

Garantizar una educación de calidad también está muy relacionado con el objetivo de lograr la igualdad de género (ODS 5). En África, el promedio de escolaridad de las mujeres es un año inferior al de los hombres. En los países con más dificultades (como la República Centroafricana, Chad y Níger) la escolaridad prevista de las mujeres es seis años, cifra que en Eritrea se reduce a sólo cuatro años. No es extraño que los hombres ganen en promedio 1,6 veces más que las mujeres.

Las mujeres con más años de educación siguen mejores prácticas sanitarias, se casan más tarde y tienen menos hijos; esto conduce a una mejor salud maternoinfantil. Además, los hijos de madres que fueron a la escuela tienden ellos mismos a estar más escolarizados, lo que crea un círculo virtuoso de progreso intergeneracional.

La pregunta obvia es cómo proveer educación universal de calidad en una región como África, donde para muchos, estudiar puede ser prohibitivamente caro. Como el 85% de los multidimensionalmente pobres viven en áreas rurales, la provisión de educación es una dificultad importante. Para escolarizar a todos los niños de África subsahariana, habría que construir una nueva escuela primaria por hora de aquí a 2030.

Aun si los gobiernos de la región tuvieran fondos para semejante ritmo de construcción (y no los tienen), tendrían que procurarse terrenos y garantizar que sean accesibles a una cantidad suficiente de alumnos, lo que estaría sujeto a complejos procesos de adquisición pública con plazos rígidos. Además, habría que capacitar y distribuir maestros.

No es necesariamente imposible, pero tampoco muy factible. Una estrategia mejor es aprovechar la tecnología 5G para ampliar las oportunidades de aprendizaje a distancia. Con esto ya no será necesaria la compra de terrenos y construcción a gran escala, y además, los procesos de adquisición pública podrán concentrarse en las inversiones en tecnología. Conseguir estas inversiones no debería ser difícil, ya que la tecnología 5G tiene muchas otras aplicaciones además del sector educativo.

En algunas partes del mundo ya hay programas de educación a distancia, pero la tecnología 5G puede mejorar en gran medida su calidad, por su enorme velocidad (hasta 100 veces más que el estándar 4G), que permite una interacción instantánea sin mucho consumo de energía. Es decir que los alumnos de cualquier remota aldea africana, en vez de sólo mirar videos de un maestro distante, podrían participar en las clases en tiempo real.

Esto aumentaría enormemente la disponibilidad de maestros cualificados para enseñar a los jóvenes africanos. Como un voluntario podría enseñar desde cualquier lugar, no habría necesidad de capacitar personal local o llevar maestros extranjeros a las áreas necesitadas, con todas las dificultades burocráticas que eso supone.

Además de facilitar la enseñanza tradicional, la tecnología 5G también posibilita formas de enseñar totalmente nuevas; por ejemplo, registrar en tiempo real con guantes hápticos los movimientos de un experto (un pianista, un cirujano) para luego cargar esa información en bases de datos de habilidades y ponerlas a disposición de los estudiantes.

Ya hay médicos chinos que trabajan en la creación de procedimientos basados en tecnología de realidad virtual y representación 3D con los que un cirujano puede colaborar en una operación a miles de kilómetros de distancia. Aunque ciertos tipos de cirugía a distancia ya son posibles hace algún tiempo, la velocidad de la conectividad 5G abre todo un nuevo campo de oportunidades, no sólo en cuanto a salvar vidas de pacientes que no pueden acceder a un cirujano con la experiencia pertinente, sino también en cuanto a capacitar futuros médicos.

El desafío de alcanzar los ODS es enorme. Pero ya existe una herramienta poderosa para superarlo. Los gobiernos africanos deben unirse no sólo para invertir en la creación de redes 5G, sino también para aprovechar todas las oportunidades que esas redes hacen posibles, entre ellas, la educación de calidad para todos.

Traducción: Esteban Flamini

George Lwanda es asesor regional del programa de industrias extractivas del Proyecto de Desarrollo de la ONUser on extractive industries at the UNDP Africa Regional Service Centre and a 2018 Asia global fellow.

© Project Syndicate 1995–2019.

Opinión | 4 de abril de 2019

¿Por qué viviremos peor que nuestros padres?

En la década de los 90, Paul Krugman, Nobel de Economía, acuñó la expresión “la era de las expectativas limitadas” para referirse a un fenómeno socioeconómico que estaba teniendo lugar en Estados Unidos y Europea Occidental. Se trataba de que, por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el nivel de vida de los hijos no iba a superar al de los padres. Veinte años después, las expectativas limitadas de progreso socioeconómico se han transformado para un número creciente de personas en precariedad laboral.

Por precariedad laboral se puede entender la situación en que viven las personas con empleo que, por distintos motivos, se ven inmersas en situaciones que conllevan inseguridad, incertidumbre y falta de garantía en las condiciones de trabajo, más allá del límite considerado como normal.

Este fenómeno es especialmente significativo en España. Según indica la OCDE en su informe Outlook Employement 2018, el mercado laboral español “tiende a ser inferior a la media de la OCDE en numerosos indicadores referentes a la calidad del trabajo”. El desempleo sigue en niveles históricamente altos, mientras la incidencia de los contratos temporales cortos es muy alta. De hecho, el nivel de seguridad en el empleo en España es muy bajo, el segundo más bajo de la OCDE después de Grecia, señala el documento.

Revolución digital y empleo

¿A qué se debe este hecho? Empecemos por analizar las causas relacionadas con la revolución digital y su impacto sobre el empleo. En su informe The Future of Jobs 2018, el World Economic Forum estima que, de aquí a 2022, desaparecerán 75 millones de puestos de trabajo en todo el mundo, aunque se crearán 133 millones. Eso sí, esos nuevos empleos requerirán de nuevas calificaciones, hasta el punto de que el documento estima que una persona precisará en 2022 de 101 días adicionales de formación.

¿Cómo afecta eso a España? Pues con más dureza. El 52% de los empleos que hay actualmente en nuestro país podría desaparecer, según estima la OCDE en su reciente informe How’s Life in the Digital Age? Opportunities and Risks of the Digital Transformation for People’s Well-being. De hecho, eso ya está sucediendo, por ejemplo, en el sector bancario, que es el responsable de la destrucción de uno de cada cuatro empleos que se ha producido en los últimos años, en parte para corregir los excesos de la burbuja inmobiliaria, pero en parte, también, a causa de la introducción de sistemas de inteligencia artificial. Esta es una causa de precariedad laboral, aunque puede combatirse con políticas activas de empleo centradas en la recalificación profesional.

La revolución digital está teniendo un segundo efecto sobre la calidad del empleo. El cambio tecnológico está alternado las formas de vida y trabajo de la gente. Hoy se habla, cada vez más, de la necesidad de la formación a lo largo de la vida porque una persona desempeñará varias profesiones. Se habla también de trabajar por proyectos, no como contratado fijo, todo lo cual afecta a la calidad y seguridad del empleo.

Otras relaciones laborales

En este punto es importante señalar el cambio en las relaciones laborales que ha supuesto la aparición de la economía de plataformas digitales que permiten que la gente pueda obtener ingresos a través de los encargos que les proporcionan. El problema es que las plataformas son mediadores, no empresas de servicios, por lo que no contratan conductores o mensajeros en bicicleta.

De ahí que no exista una relación laboral tradicional, estable y acompañada de todos los derechos sociales que conlleva la contratación. Y, además, esas personas tienen que convivir con el temor de verse excluidos del sistema de avisos si, por la razón que fuese, la plataforma está descontenta con ellos.

Evidentemente, las plataformas digitales son un medio de obtención de ingresos, pero no necesariamente para llevar una vida digna. En Estados Unidos, por ejemplo, las grandes cadenas de supermercados han empezado a utilizar sistemas de plataforma para avisar a sus empleados de cuántas horas irán a trabajar al día siguiente, aprovechando la flexibilidad que ofrece la legislación laboral estadounidense.

El resultado es que un empleo fijo, de ocho horas diarias cinco días a la semana, se ha transformado en otro en el que un día se trabajan esas ocho horas, otro solo seis, otro más solo tres… en función de las necesidades de personal en todo momento. Eso, por supuesto, mejora la eficiencia de las empresas, pero impide que una persona pueda planificar su vida y, en el caso estadounidense, ahorrar para la universidad de los hijos o pagar un seguro médico, por ejemplo.

El caso español no estaría completo sin una referencia a la rigidez del mercado laboral. El coste del despido es uno de los más altos de entre los países de la OCDE lo que, según la organización, explica que las empresas hagan tanto uso del contrato temporal y que lo hayan hecho antes de la revolución digital.

Emilio José González González es profesor de Economía en la Universidad Pontificia de Comillas

© The Conversation. Republicado con permiso.

Opinión | 3 de abril de 2019

Movilizar a los jóvenes contra los antivacunas

En la lucha por la acción climática o, en los EE. UU., El control de armas, los movimientos juveniles ya están cambiando la mentalidad y configurando las agendas políticas. Ahora es el momento de movilizar a los jóvenes para superar la resistencia a la vacunación, para que podamos dejar enfermedades como el sarampión en el pasado, donde pertenecen.

El sarampión ha vuelto. Los casos informados de la enfermedad, que había prácticamente desaparecido por décadas, se han elevado en Europa y Estados Unidos, causando 110.000 muertes en todo el mundo en 2017. Los niños y niñas deliberadamente no vacunados son las principales víctimas de la epidemia, y su causa primaria.

El activismo antivacunas ha existido casi por tanto tiempo como las vacunas mismas. Pero se ha intensificado desde 1998, cuando en un caso histórico de “noticias falsas” en el ámbito médico, Andrew Wakefield y sus coautores publicaron un artículo en The Lancet, una publicación médica de referencia, en el que afirmaban haber encontrado un vínculo entre la vacuna del sarampión, las paperas y la rubéola (SPR) y el autismo.

Una acuciosa investigación subsiguiente reveló que el artículo era completamente falso. Lamentablemente, para cuando The Lancet se desdijo del artículo en 2010, ya había dado nuevo impulso al movimiento antivacunas, generando una creciente desconfianza de la vacuna SPR y haciendo que menos gente la aceptara.

La reacción no se limitó a la vacuna SPR. En sitios web, blogs y redes sociales comenzaron a circular acusaciones infundadas acerca de los efectos supuestamente perniciosos de otras vacunas. Para muchos, estas tenían más peso que la evidencia científica, el consejo de expertos médicos o las recomendaciones de las autoridades de salud pública, a quienes los activistas antivacunas acusan de estar sesgadas por conflictos de interés, a pesar de las estrictas normas que existen al respecto.

Las brechas en cobertura de las vacunas se han cobrado un alto precio. Hoy la cobertura es insuficiente en EE.UU. y varios países europeos para alcanzar la llamada inmunidad de grupo, es decir, cuando una proporción suficientemente alta de la población ha sido vacunada, más del 90% en el caso del virus del sarampión, como para interrumpir la cadena de transmisión. La inmunidad de grupo protege a quienes no han sido vacunados todavía o no pueden serlo por motivos médicos bien fundados, por ejemplo, porque están inmunocomprometidos.

En este sentido, la vacunación es más que bienestar individual: es una acción de solidaridad social. Por eso una cantidad creciente de gobiernos buscan maneras de inducir a los padres a que vacunen a sus hijos. Varios estados de EE.UU. y países europeos (los más recientes son Italia y Francia) han promulgado leyes que hacen obligatorias varias vacunas y prohíben la matrícula de niños sin vacunar en centros preescolares y salas cuna.

Australia ha ido un paso más allá. De manera adicional a su política de “sin inyección no se juega” de excluir a los niños sin vacunar del preescolar y la sala cuna, ha implementado una política de “sin inyección no se paga” que retiene los beneficios infantiles a los padres que no vacunan a sus hijos. La política se hace cumplir estrictamente, y no hay excepciones para las familias objetoras por razones filosóficas o religiosas.

El incentivo financiero ha elevado las tasas de vacunación, pero solo modestamente. Desde diciembre de 2015 (cuando se introdujo la política) a marzo de 2017, la tasa de inmunización para niños de un año aumentó cerca de un punto porcentual.

Pero con miles de niños sin vacunar todavía, incluso tras la reducción de los beneficios estatales para sus padres, parece evidente que la vacunación obligatoria no bastará para recuperar y mantener la cobertura de la vacunación en el largo plazo. La clave radica en la educación, especialmente de los jóvenes.

Los programas educativos sobre los beneficios de la inmunización suelen apuntar a padres y profesionales de la salud, pero las personas jóvenes pueden tener un papel decisivo en revertir el fenómeno del rechazo a las vacunas. Las conversaciones sobre la toma de la vacuna para el virus del papiloma humano (VPH), la enfermedad de transmisión sexual más extendida, pueden transformarse en una importante oportunidad.

El VPH, que por lo general se adquiere durante la adolescencia y la adultez temprana, causa la mayoría de los tumores cervicales en las mujeres y muchos tumores bucofaríngeos en hombres. Sin embargo, desde 2006 existen vacunas contra el VPH seguras y eficaces que podrían evitar más de 300.000 muertes por cáncer al año.

En la actualidad, se recomienda administrar vacunas para el VPH a chicas y chicos preadolescentes, pero la tasa de inmunización global contra este virus es insuficiente para alcanzar la inmunidad de grupo debido a la resistencia de algunos padres. Por eso la educación debería apuntar también a los adolescentes, que pueden así convertirse en partidarios y promotores de las vacunas.

Los adolescentes son muy capaces de entender la importancia de la vacuna para el VPH para ellos mismos, sus parejas sexuales y su comunidad. De hecho, este es el periodo en la vida de una persona en que se forman sus creencias y actitudes sobre temas de salud. Solo necesitan que se les dé información precisa a través de programas educacionales que vayan más allá del aula y aprovechen las historietas, las herramientas de aprendizaje con juegos, las redes sociales y otras tecnologías digitales. Para ser creíbles y eficientes, estas iniciativas deben ser independientes de los grupos de presión y los fabricantes de las vacunas.

Dar a los jóvenes incentivos para que tomen decisiones informadas y conversen con sus padres sobre la vacuna para el VPH podría llevar a una aceptación de otras vacunas que salvan vidas. Puesto que la eficacia de los programas de inmunización es un factor clave de la salud, un cambio así sería un gran logro de la sanidad pública.

En la lucha por la acción climática o, en los Estados Unidos, el control de las armas, los movimientos juveniles ya están cambiando mentalidades y dando forma a las agendas políticas. Ahora es el momento de movilizar a los jóvenes para que superen la resistencia a las vacunas y así podamos dejar a enfermedades como el sarampión en el pasado, donde pertenecen.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Michel Goldman, fundador y codirector del Instituto de Innovación Interdisciplinaria en salud ((I3h) de la Universidad Libre de Bruselas, fue Director Ejecutivo de la Iniciativa de Medicamentos Innovadores (IMI, por sus siglas en inglés) desde 2009 a 2014.

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Opinión | 2 de abril de 2019

La revolución no tiene por qué ser automatizada

BOSTON – La inteligencia artificial está transformando cada aspecto de nuestras vidas, sobre todo la economía. Por tratarse de una tecnología de uso general, las aplicaciones de IA son potencialmente infinitas. Si bien se la puede utilizar para automatizar tareas que anteriormente eran realizadas por personas, también puede hacer que la mano de obra humana sea más productiva, aumentando así la demanda laboral.

Desafortunadamente, la tendencia actual en el desarrollo de IA comercial es hacia más y más automatización, con consecuencias potencialmente desastrosas para la sociedad. Sin duda, la automatización ha sido un motor de crecimiento de la productividad desde el comienzo de la Revolución Industrial cuando, a partir de fines del siglo XVIII, se mecanizaron los procesos de tejido e hilado.

Pero la ola de automatización no beneficia a todos automáticamente. Al reemplazar la mano de obra con máquinas en tareas de producción, la automatización reduce el porcentaje de valor agregado (e ingreso nacional) de la mano de obra, contribuye a la desigualdad y puede reducir el empleo y los salarios.

Sin embargo, la mayoría de las economías modernas han experimentado un crecimiento robusto del salario y del empleo desde la Revolución Industrial. En tanto la automatización ha desplazado a los trabajadores en ciertas tareas, han surgido otras tecnologías que restablecen el papel central de la mano de obra en el proceso de producción creando nuevas tareas en las que los seres humanos tienen una ventaja comparativa. Estas tecnologías no sólo han contribuido a un crecimiento de la productividad, sino que también han aumentado el empleo y los salarios, generando en el proceso una distribución más equitativa de los recursos.

Consideremos la mecanización agrícola, que comenzó en el siglo XIX. Al principio, la sustitución de la mano de obra pura por máquinas efectivamente redujo el porcentaje de la mano de obra en el valor agregado, desplazando a una enorme porción de la fuerza laboral de Estados Unidos que anteriormente había estado empleada en el campo. Pero, al mismo tiempo, las nuevas industrias florecientes necesitaban trabajadores para realizar tareas nuevas e interesarse por las ocupaciones que surgían. Los puestos administrativos se expandieron tanto en los servicios como en la industria, donde una división más fina de la mano de obra impulsó la productividad, el empleo y el crecimiento salarial.

Un patrón similar de cambio tecnológico alimentó el crecimiento del empleo y de los salarios para los trabajadores muy calificados y poco calificados por igual en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en las últimas tres décadas, los cambios concomitantes que hicieron falta para compensar los efectos del desplazamiento de la mano de obra como consecuencia de la automatización han estado notablemente ausentes. Como resultado de ello, el crecimiento salarial y del empleo se ha mantenido estancado y el crecimiento de la productividad, anémico.

De manera inquietante, parece que la IA va a exacerbar este patrón, produciendo una desigualdad aún mayor y muchas más décadas de crecimiento salarial lento y de una caída de la participación del mercado laboral. Pero no hay nada inherente a la IA que exija este desenlace. Por el contrario, podrían utilizarse aplicaciones de IA para reestructurar tareas y crear nuevas actividades donde se pueda restablecer la mano de obra, generando a la larga beneficios económicos y sociales de amplio alcance.

En educación, por ejemplo, la recopilación y el procesamiento de datos en tiempo real mediante sistemas de IA pueden empoderar a los maestros para que ofrezcan una instrucción individualizada calibrada según las necesidades de cada alumno, que probablemente varíen de una persona a otra. Lo mismo se aplica a la atención médica, donde la IA puede empoderar a los técnicos y a las enfermeras calificadas para ofrecer tratamientos personalizados. Es más, los potenciales beneficios de la IA para la mano de obra no están confinados a los servicios. Gracias a los avances en realidad aumentada y virtual, también se puede utilizar para crear nuevas tareas para los seres humanos en la industria de alta precisión, que actualmente está dominada por robots industriales.

Resulta tentador pensar que el mercado traducirá estas promesas en realidad. Las nuevas tecnologías generan beneficios no sólo para los inventores y quienes las adoptan de manera temprana, sino también para los productores, trabajadores y consumidores. Y algunas tecnologías tienen la capacidad de propiciar la creación de empleos y reducir la desigualdad, con enormes beneficios sociales que los inventores y los usuarios pioneros ni siquiera consideraron.

El problema es que los mercados de tecnología no funcionan tan bien cuando hay paradigmas contrapuestos en juego. Cuanto más se impone el paradigma de la automatización, más los incentivos del mercado favorecerán la inversión en esa área a expensas de otros paradigmas que podrían crear nuevas tareas con una alta demanda de mano de obra.

Si esa no es razón suficiente para no confiar en el mercado, existen problemas adicionales específicos de las tecnologías de IA. Para tomar un ejemplo, el campo está dominado por un puñado de grandes empresas tecnológicas con modelos de negocios estrechamente vinculados con la automatización. Estas empresas representan el grueso de las inversiones en investigación de IA, y han creado un entorno comercial en el cual la eliminación de seres humanos falibles de los procesos de producción se considera un imperativo tecnológico y comercial. Como si fuera poco, los gobiernos están subsidiando a las empresas a través de una automatización acelerada, exenciones impositivas y deducciones de intereses –todo esto mientras se grava a la mano de obra.

Sin duda, la adopción de nuevas tecnologías de automatización se ha vuelto rentable aun cuando las propias tecnologías no son particularmente productivas. Esas deficiencias en el mercado para la innovación y la tecnología parecen estar promoviendo precisamente el tipo equivocado de IA. Un foco inclinado a automatizar cada vez más tareas se está traduciendo en un crecimiento bajo de la productividad y de los salarios y en una caída del porcentaje de la mano de obra en el valor agregado.

No tiene por qué ser así. Al reconocer una falla obvia del mercado y redirigir el desarrollo de IA hacia la creación de nuevas tareas que mejoren la productividad para las personas, podemos volver a lograr una prosperidad compartida. No podemos poner en peligro las alternativas.

Daron Acemoglu es profesor de Economía en el MIT. Pascual Restrepo es profesor de Economía en la Universidad de Boston.

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Opinión | 1 de abril de 2019

Hiperaulas: así es la escuela que desbancará al colegio tradicional

Hay un chiste sobre alguien hibernado hace unos siglos que, despertando hoy, enloquecería en cualquier entorno menos en uno: el aula, congelada en el tiempo. Por doquier es la metáfora de una discronía, de algo o alguien que no sigue el ritmo de la historia o que sobrevive a su tiempo.

Puede ser o no el caso de un maestro pero, sin duda, es el del aula: nació en un contexto de escasez de la información y el conocimiento escolares, cuando solo unos pocos educadores podían llevarlos a muchos alumnos, los libros debían llegarles vía lección, etc. Se creó sobre el modelo del templo y el sermón, la experiencia de la que venían los docentes y, más aún, sus formadores, y se estabilizó porque anticipaba asimismo el taller industrial y la oficina burocrática, el futuro para la mayoría de los alumnos. Pero hoy es un anacronismo.

Diez años de escolarización como mínimo

Un anacronismo porque esa escasez ya no existe: el 100% de la población disfruta o sufre, según, diez años de escolarización, casi el mismo porcentaje acumula otros tres o más años antes y dos o más después, y cuatro de cada diez españoles acceden ya a estudios superiores.

La otra cara de este progreso es una insatisfacción creciente en la sociedad, con el transcurso del tiempo, y entre el alumnado, con los años de pupitre. La información ya no es escasa sino, al contrario, sobreabundante, y el conocimiento mismo, sobre todo el escolar, está disponible, igual y mejor, a un par de clics.

Ni siquiera los formadores del profesorado vienen ya de las filas eclesiásticas, ni esperan a los alumnos los trabajos rutinarios propios de las revoluciones industrial y burocrática.

Pero ahí sigue el aula, muriendo de éxito o matando de fracaso, incólume ante el paso del tiempo, como lo que estudiosos de la tecnología como Latour llaman una caja negra (un mecanismo sobre el que ya nadie piensa porque funciona o porque funcionó, aunque ya no lo haga) o como lo que lingüistas como Hockett denominan la gramática profunda (la que todo hablante de una lengua usa sin saberlo).

Alternativas a la escuela tradicional

En los últimos años hemos sido testigos de una sucesión de alternativas a la escuela que recuerdan viejas profecías incumplidas sobre la sustitución del docente por el cine, la radio, la televisión, y los portátiles.

No ha sucedido ni parece nada probable que así sea, pero sí que estamos asistiendo a una progresiva y significativa, aunque todavía muy minoritaria, reconfiguración de la materialidad del aprendizaje, en particular de los espacios escolares y de las formas de organización asentadas en ellos.

Si bien la variedad es amplia, muchas de estas iniciativas confluyen en la ruptura de la vieja ecuación que asocia un docente a un grupo, un aula y, desde secundaria, una asignatura y una hora, para ir a espacios y tiempos más amplios y flexibles, variables y reconfigurables, en grupos más numerosos, con dos o más docentes y amplio uso de la tecnología digital.

Con distintos nombres y variantes es lo que ya impulsan organismos internacionales como la OCDE, organizaciones profesionales como la A4LE (Association for Learning Environments) y políticas gubernamentales como las de Nueva Zelanda o Australia.

Llamo a estos entornos innovadores “hiperaulas” porque reúnen tres condiciones:

  • Se manejan y reconfiguran como hiperespacios, en el sentido de que son espacios amplios, abiertos y flexibles, que pueden ser reconfigurados en sus tres dimensiones, albergan grupos más numerosos, que pueden descomponerse a voluntad para el trabajo en equipo o individual, y posibilitan cualquier organización temporal (la cuarta dimensión del hiperespacio) no fragmentada ni simultánea, dentro y fuera del centro.
  • Son contextos hipermedia, en cuanto que permiten la transición sin fricciones de lo presencial a lo digital y entre los distintos soportes y formas de este (audio, vídeo, imagen, texto).
  • Incorporan una hiperrealidad (aumentada, virtual, 3D, inmersiva, simulaciones…) cada vez más aproximada a la realidad misma, con un potencial creciente de aprendizaje e infinitamente superior a la pobre representación impresa (libros, mapas…).

Docencia colaborativa sobre el terreno

Un aspecto nada secundario que diferencia la “hiperaula” de una simple aula con muebles móviles (redundancia imprescindible en una institución plagada de mobiliario pesado o atornillado al suelo) es la presencia de dos o más docentes, es decir, la codocencia.

Este pequeño gran cambio tiene implicaciones insospechadas, entre las cuales una mayor capacidad de atender a la diversidad del alumnado, la complementariedad de cualificaciones profesionales, la tranquilidad personal de no tener que responder de todo a la vez y la seguridad aportada por un contraste de criterios o una segunda opinión.

A eso hay que sumar un contexto idóneo para la iniciación de los noveles, un mayor grado de transparencia en el ejercicio de la función, la continuidad de proyectos y prácticas por encima de las vicisitudes personales, un mejor desarrollo profesional apoyado en el conocimiento tácito y la práctica compartida, una imagen ejemplar de colaboración ante y para los alumnos y, seguramente, una reducción de la neurosis colectiva en torno a las ratios.

¿Innovación real o simple moda?

¿Sirve de algo esta nueva organización de los espacios o es una simple moda? En el camino de la innovación nunca faltarán espejismos, pasos en falso ni errores, pero hay que decir dos cosas ante todo:

La primera es que jamás ha habido dato ni prueba alguna que mostrase la eficacia ni la eficiencia del aula tal como hoy la conocemos, el “aula-huevera”, frente a otras formas de organización. De hecho, este tipo de organización, en su día novedosa, bautizada entonces como enseñanza simultánea e introducida por los monjes jesuitas, moravos, escolapios y lasalleanos, nunca demostró ser más eficaz que la escuela unitaria (la pequeña escuela rural, con su mezcla de edades y niveles) ni más eficiente que la enseñanza mutua (lancasteriana o monitorial, con un maestro a cargo de cientos de alumnos, que se apoyaba en los mayores o más avanzados como monitores).

La realidad es que se impuso, a pesar de su peor desempeño, por su vocación disciplinaria y, claro está, por el peso de sus defensores, a lo que habría que añadir su funcionalidad en la gestación de la profesión docente.

Pero hoy la universalización de la enseñanza reclama el reconocimiento de la diversidad (capacidades distintas, ritmos de desarrollo, inteligencias múltiples, preferencias individuales), el entorno digital ofrece recursos de aprendizaje cada día más ricos e interactivos y evidencia las posibilidades del aprendizaje colaborativo entre iguales, y las neurociencias llaman la atención sobre el hiato entre enseñanza y aprendizaje.

Experimentación con nuevos entornos de aprendizaje

Es en estas coordenadas donde se abre paso la experimentación con las “hiperaulas” y otros entornos de aprendizaje innovadores, así como un acervo creciente de datos y pruebas de su superioridad sobre el aula tradicional, sea en términos de satisfacción, interés, colaboración o desempeño, o diversas combinaciones de ellos.

Tardaremos en tener plena certeza, si es que alguna vez llega, pero no olvidemos que las inercias tampoco lo son. Piénsese, sobre todo, que la cantidad de pruebas a favor del diseño tradicional del aula, el “aula-huevera”, es exactamente la dicha: cero.

La necesidad de una pedagogía solvente

Por supuesto que espacios y equipamientos, por sí mismos, no son nada si no están al servicio de nuevas pedagogías, en todo caso de pedagogías solventes y consistentes. Un entorno reconfigurable implica que el profesor puede, y debe, actuar en él como diseñador de contextos, experiencias, actividades y trayectorias de aprendizaje –diseño que ni se hace solo ni surge espontáneamente del entorno físico–, no ya como transmisor de información ni como guardián del orden.

Desde luego, es un desafío, pleno de incertidumbre y riesgos, pero también la oportunidad soñada de todo educador responsable y comprometido. La crítica y las alternativas al “aula-huevera” vienen de lejos (Port-Royal, Montessori, Giner y Cossío…), pero las oportunidades nunca fueron las de hoy.

La información está disponible por doquier, la tecnología ofrece recursos enormemente más interactivos, el aprendizaje entre iguales es ubicuo fuera de la escuela y en torno a ella, hemos tenido que aceptar que nuestra vida cambia en todos los ámbitos y el propio profesorado sabe ya que nada, o poco, podrá seguir igual.

La lenta acumulación de pruebas y datos científicos a favor de los nuevos espacios y entornos no es obstáculo para que estos sean cada vez mejor comprendidos y desarrollados en términos de diseño, gracias en particular al trabajo convergente de educadores, tecnoanalistas y arquitectos.

Confiemos o, mejor, trabajemos para que, cuando nuestro monje anónimo o Van Winkle despierten de su largo letargo, la institución escolar lo haya hecho ya del suyo.

Mariano Fernández Enguita, Catedrático de Sociología, Universidad Complutense de Madrid

© The Conversation. Republicado con permiso.

Opinión | 29 de marzo de 2019

Cómo regular un mundo digitalmente conectado

El mundo necesita un orden de gobernanza digital que involucre a líderes públicos, cívicos y privados sobre la base de tres principios de participación. Los gobiernos construyeron las actuales instituciones y sistemas de cooperación internacional para abordar los problemas de los siglos XIX y XX. Sin embargo, en el complejo y acelerado mundo digital de hoy, estas estructuras no pueden funcionar a la “velocidad de Internet”.

Tomando en cuenta esto, el año pasado el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, formó un panel de alto nivel –copresidido por Melinda Gates y el cofundador de Alibaba, Jack Ma, dicho panel fue creado con el propósito de que proponga maneras de fortalecer la gobernanza digital y la cooperación. (Fadi Chehadé, coautor de este artículo, también es miembro de dicho papel). Se espera que el informe final del panel, cuya entrega se prevé para el mes de junio, represente un avance significativo en la gestión del potencial y los riesgos de las tecnologías digitales.

La gobernanza digital puede significar muchas cosas, incluido la gobernanza de todo en el mundo físico mediante medios digitales. El significado al cual nos referimos es aquel que se entiende como la gobernanza del propio sector de la tecnología, y los problemas específicos planteados por la colisión entre el mundo digital y el físico (aunque la tecnología digital y su primo muy cercano, la inteligencia artificial, pronto se permearán dentro de todos los sectores).

El tema está llegando rápidamente a la cima de la agenda global. En la reunión anual de este año del Foro Económico Mundial en Davos, los líderes de Japón, Sudáfrica, China y Alemania pidieron supervisión global del sector de la tecnología, y paralelamente reconocieron las dificultades que conlleva el diseño de un sistema de gobernanza que sea viable.

Algunos líderes empresariales también aceptan la necesidad de reglas y normas digitales. El presidente de Microsoft, Brad Smith, pidió que se celebre una “Convención de Ginebra para el ámbito digital” con el propósito de proteger a los ciudadanos de los ataques cibernéticos en tiempos de paz, mientras que el CEO de Apple, Tim Cook, sostiene que Estados Unidos necesita su propia versión del Reglamento General de Protección de Datos de la Unión Europea con respecto a los datos personales. Ambos ejecutivos reconocen que una falta continua de normas afectará el crecimiento empresarial y erosionará aún más la confianza en la administración por parte de sus empresas del mundo digital.

Debido a que Internet es una red de redes, las estructuras que la gobiernen también deberían serlo. Si bien alguna vez imaginamos que una sola institución sería capaz de gobernar la seguridad global o el sistema monetario internacional, eso no es práctico en el mundo digital. Ningún grupo de gobiernos, y ciertamente ningún gobierno que actúe por sí solo, puede realizar esta tarea.

En cambio, necesitamos una orden de co-gobernanza digital que comprometa a líderes públicos, cívicos y privados sobre la base de tres principios de participación. Primero: los gobiernos deben gobernar junto con los sectores privado y cívico de una manera más colaborativa, dinámica y ágil. Segundo: los clientes y usuarios de las tecnologías y plataformas digitales deben aprender a asumir sus responsabilidades y hacer valer sus derechos. Tercero: las empresas deben cumplir con sus responsabilidades para con todas las partes interesadas, no sólo con sus accionistas.

En el orden digital que prevemos, los representantes de los gobiernos, las empresas y la sociedad civil formarían redes horizontales entre pares que sean autónomas, es decir que se autogobiernen.

Un núcleo central activaría estos grupos para abordar problemas digitales específicos – problemas como el uso de datos de reconocimiento facial, el compartir con proveedores de seguros información en los expedientes médicos de pacientes, y la publicidad oculta dirigida a niños – y se cercioraría de que se incluya la participación de expertos relevantes.

Los participantes en estas redes co-diseñarían normas digitales, o reglas de acción y pautas de implementación que brinden a las empresas y a los ciudadanos incentivos claros para cooperar de manera responsable en el mundo digital. Estos co-diseñadores deberían producir las mejores soluciones posibles que funcionen a la velocidad de Internet, y deberían ponerlas a disposición de cualquier persona para que dichas personas las adopten voluntariamente.

En algunos casos, puede que las autoridades nacionales o internacionales adopten nuevas leyes y regulaciones para garantizar que las normas digitales se implementen y se cumplan. Sin embargo, tales acciones ‘de arriba abajo’ deberían ser sólo un último recurso, e idealmente deberían usarse las normas digitales co-diseñadas como planos-guía.

El núcleo central o la cámara de compensación coordinarían las redes de forma flexible y se cerciorarían que todo el orden de co-gobernanza funcione de acuerdo con los principios de apertura, inclusión, subsidiariedad, resiliencia e innovación. Además, el núcleo central serviría como un lugar para el intercambio de normas digitales provenientes de diferentes redes, fomentando, por lo tanto, su difusión y adopción. Esto también ayudaría a aumentar la cohesión y a limitar duplicidades innecesarias.

Con el tiempo, el núcleo podría ayudar activamente a los gobiernos, empresas y grupos de usuarios, así como también a otras organizaciones nacionales e internacionales relevantes, para que participen en el diseño – y fundamentalmente en la adopción – de normas digitales. Sin embargo, estimularía la entrega de recursos y poder a los participantes, en lugar de ejercer autoridad actuando ‘desde arriba hacia abajo’.

Las redes horizontales son un diseño práctico para gobernar el mundo digital. Al mismo tiempo, aprovechan en gran medida los éxitos (y los fracasos) de las redes existentes de reguladores nacionales, como por ejemplo el Comité de Supervisión Bancaria de Basilea, el Consejo de Estabilidad Financiera, y la Corporación de Internet para la Asignación de Nombres y Números (ICANN). En lugar de perder otro año más debatiendo sobre cuál es el sistema de gobernanza digital perfecto, sería más inteligente comenzar con un enfoque funcional y probado, y hacer adaptaciones a lo largo del camino.

El mundo necesita con urgencia un sistema de gobernanza digital viable que sirva al bien común. Si los líderes públicos, privados y cívicos no actúan pronto, corremos el riesgo de un declive económico, una más rápida conversión de las tecnologías digitales en armamento, y una mayor erosión de la confianza y seguridad. Las consecuencias de dicho fracaso se extenderán más allá del mundo digital.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

Anne-Marie Slaughter es presidenta y directora ejecutiva del grupo de expertos New America. Fadi Chehadé, ex presidente y ex director ejecutivo de ICANN (2012-2016), es miembro del Panel de Alto Nivel del Secretario General de las Naciones Unidas sobre la Cooperación Digital, y también es miembro del Consejo Asesor del Centro para la Cuarta Revolución Industrial del Foro Económico Mundial.

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Opinión | 28 de marzo de 2019

Malas noticias para las mujeres

Aunque deprimente, el retrato desequilibrado de las mujeres en los medios no es sorprendente, dada la naturaleza dominada por los hombres de la industria. Algunos medios de comunicación han reconocido sus fallas pasadas, pero aún queda un largo camino por recorrer hasta que los medios finalmente eliminen los estereotipos sexistas.

Nancy Pelosi es la política electa de más alto rango en la historia de Estados Unidos. Theresa May es sólo la segunda primera ministra británica. Amal Clooney es una abogada de derechos humanos reconocida mundialmente. Serena Williams posiblemente sea la mayor atleta femenina de todos los tiempos.

Las cuatro tienen éxito en entornos donde las mujeres de alto rendimiento son la excepción más que la regla. Sin embargo, algunos medios las han retratado de una manera que sugiere que sus logros y habilidades vienen detrás de su apariencia, su edad o su asociación con otra gente, particularmente los hombres en sus vidas.

Consideremos a Pelosi, la portavoz de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. El día que fue elegida para cumplir un segundo mandato en el puesto, The New York Times publicó un tuit acompañando una imagen de ella: “Nancy Pelosi, con un vestido rosa intenso, subió al estrado de mármol en el centro de la Cámara para aceptar el mazo de madera”. El tuit más tarde fue borrado y el Times dijo que estaba “mal formulado”. Pero fue muy elocuente sobre el sexismo, implícito o manifiesto, que todavía existe en el corazón de la industria de medios.

Theresa May ha sido una de las principales mujeres en la política de Europa durante gran parte de la década pasada. Sin embargo, a los medios británicos durante mucho tiempo los ha deslumbrado su amor por la moda y dedican muchas columnas e imágenes a sus elecciones de vestuario y a su afición por los zapatos, en lugar de enfocarse en sus decisiones políticas. El efecto subconsciente del mensaje es disminuir el papel de May como mujer en un mundo dominado por los hombres.

Clooney sabe exactamente lo que se siente al ser juzgada por la asociación. En agosto de 2015, Associated Press publicó un tuit que decía: “Amal Clooney, la mujer del actor, representa a un periodista de Al Jazeera acusado en Egipto de vínculos con los extremistas”. El tuit generó una crítica generalizada y AP más tarde se refirió a ella como una abogada de derechos humanos. Pero el episodio subrayó la obsesión de los medios con los “clicks” y la necesidad de que más publicaciones hagan una pausa antes de publicar fotos o palabras que refuercen estereotipos de género caducos.

Williams ha ganado un récord de 23 títulos de Grand Slam como singlista, pero algunos medios han perpetuado el sexismo y el racismo que ha enfrentado desde el interior del mundo anticuado y dominado por los hombres del tenis. En septiembre pasado estalló una tormenta mediática después de que Williams perdiera la final del Abierto de Estados Unidos y acusara a las autoridades del tenis de tratarla con más dureza que a los hombres. El juez antes la había penalizado por recibir indicaciones de su entrenador desde las gradas, por romper su raqueta y por llamarlo “ladrón”.

Parte de la cobertura mediática posterior redujo a Williams al tropo de las mujeres negras enojadas y una caricatura de su arrebato en el periódico Herald Sun de Melbourne, Australia, desató una reacción furibunda de crítica que la consideraron racista y ofensiva. El periódico defendió la caricatura como una sátira y dijo que sus críticas eran políticamente correctas.

Billie Jean King, que ayudó a impulsar el circuito de tenis femenino, más tarde le agradeció a William via Twitter “por denunciar este doble estándar”, según el cual a las mujeres se las suele describir como “histéricas” mientras que los hombres que se comportan de la misma manera son “francos”. Al seguir utilizando estos términos, los medios refuerzan el mensaje de que las mujeres y las niñas no deberían pelear por puestos de liderazgo y todavía deben superar muchas barreras para alcanzar su potencial en un mundo de hombres.

Aunque deprimente, el retrato que hacen los medios de las mujeres no sorprende, dado el desequilibrio de género en la industria. Según el Global Media Monitoring Project, que produce un informe quinquenal sobre el género en las noticias, la representación de las mujeres en los medios ha cambiado poco en las dos últimas décadas.

Aún hoy, las mujeres rara vez ocupan posiciones de poder en las redacciones y las periodistas mujeres tienden a cubrir temas menos serios que sus pares varones. Es más, las mujeres son las protagonistas de menos artículos periodísticos y las expertas femeninas son superadas en número como fuentes por sus pares masculinos casi en todos los campos.

Pero no todo es miseria y desolación. En los últimos años, algunos medos de alto perfil han reconocido sus falencias y han intentado reparar los desequilibrios sistémicos. Bloomberg y The Wall Street Journal, entre otros, se han comprometido a aumentar la cantidad de mujeres en roles de liderazgo, así como a mejorar las condiciones del personal femenino y de la cobertura editorial de las mujeres.

En otras partes, el Women’s Media Center dirige SheSource, una base de datos online de expertas mujeres para los periodistas. NewsMavens con sede en Polonia produce un resumen semanal de noticias elegidas por mujeres para contrarrestar la perspectiva dominada por los hombres que prevalece en los medios, mientras que The 51% de France 24 es un programa semanal que casi en absoluto muestra a mujeres y cómo están reformulando el mundo.

Sin embargo, por cada medio que se esfuerza por cambiar la narrativa de género, hay otros que siguen siendo tristemente sexistas. Todavía tenemos un largo camino por delante hasta que los medios cubran a las mujeres de una manera equilibrada y finalmente dejen de lado los estereotipos caducos.

Los medios tienen la responsabilidad de reflejar a la sociedad no sólo como es, sino también como debería ser. Esto implica más noticias sobre mujeres –particularmente en industrias dominadas por los hombres- y retratarlas con la misma luz con la que se cubre a los hombres. De lo contrario, estas mujeres exitosas no serán percibidas como modelos de rol a emular. Después de todo, no podemos ser lo que no vemos.

Hannah Storm es directora del Instituto Internacional para la Seguridad de la Prensa y pronto asumirá el cargo de CEO de la Red de Periodismo Ético.

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Opinión | 27 de marzo de 2019

¿Podemos escapar de la obsolescencia programada de la tecnología?

Según una encuesta del Eurobarómetro de 2014, el 77% de los consumidores de la Unión Europea (UE) prefieren reparar sus productos que comprarlos nuevos, pero al final tienen que reemplazarlos o desecharlos porque están desengañados por el costo de las reparaciones y el servicio postventa.

La culpa es de la llamada obsolescencia programada o final anticipado e imprevisto para el consumidor de la vida útil de un producto. Por ejemplo, si usamos una impresora que nos ha costado 35€ y a las 1000 impresiones deja de funcionar, qué hacemos: ¿pagamos una reparación que nos costaría probablemente 45€ o la desechamos y compramos otra?

Este modelo lineal de consumo tiene a su vez un fuerte impacto en los recursos naturales, el cambio climático y en el empleo. Además, la ciudadanía se siente indefensa ante esta práctica y poco o casi nada se puede hacer a nivel particular. Solo se puede evitar si existe una acción de gobierno para redactar una ley específica que la prohíba.

El panorama europeo

En general, no hay consenso internacional para combatir esta modalidad de fraude. En 2017, el Parlamento Europeo instó a la Comisión Europea, a los Estados miembros y a la industria a crear una etiqueta específica para productos fáciles de reparar y a ampliar la garantía en aquellos casos en los que los fallos se suceden con demasiada frecuencia.

Se trataría de un sistema voluntario similar al de la Ecolabel que permitiría al consumidor elegir el producto etiquetado y a la Administración pública valorar esta etiqueta en los pliegos de condiciones técnicas de sus concursos.

Sin embargo, a fecha de hoy, no se ha legislado al respecto de forma específica. Ello es debido a los intereses encontrados de productores, consumidores y administraciones. En cambio, sí se han desarrollado distintas estrategias en la UE que funcionan a modo de herramientas para ser aplicadas por los Estados miembros.

¿Qué hacen las empresas?

Las empresas no tienen que cumplir actualmente con ninguna obligación al respecto si no existe una ley específica y si no existe una denuncia demostrable sobre un producto presuntamente sometido a este tipo de fraude.

Sin embargo, las compañías con mayor volumen de negocio y fuerza comercial son las que se encuentran en mejor posición para asumir las economías de escala requeridas para evitar la obsolescencia programada. El concepto de economía de escala en este ámbito se refiere a que estas grandes empresas son capaces de hacer grandes tiradas de productos y abaratar los costes de producción para aumentar su duración o resistencia.

Para solucionar un problema de obsolescencia, la compañía necesitaría hacer inversiones en innovación y emplear nuevos materiales, estimar volúmenes de producción y el tiempo que tardaría en amortizar esa inversión.

Pero, si se detecta un problema de obsolescencia programada de algún producto, seguramente emprendedores ajenos a la compañía fabricante den antes con la solución.

Las grandes corporaciones actúan rápidamente “tapando” estas iniciativas de dos maneras: reaccionando rápidamente y desarrollando una solución propia al problema o esperando a que una startup desarrolle la tecnología y comprarla o comprar la patente.

Los consumidores, indefensos

Frente a esta situación, los consumidores somos sujetos pasivos. Estamos básicamente en manos del productor de la lavadora, el frigorífico o el móvil. Pasar a la acción requiere varios frentes.

La participación ciudadana en la toma de decisiones sobre este u otro tema puede hacerse a través de las asociaciones de consumidores (que influirían sobre el mercado) o bien mediante recogida de firmas o escritos dirigidos a la administración pertinente a través de los portales de transparencia y comunicación.

Sin embargo, aunque exista una evidencia palpable de que una empresa vende más productos gracias a la obsolescencia programada, las denuncias a través de nuestros representantes políticos para que se actúe sobre una normativa determinada es, a veces, un trabajo ímprobo y vano.

¿Qué puede hacer el Estado?

En la legislación española existe una clara infracción administrativa para los supuestos de obsolescencia programada no informada, según establece la Ley General para la Defensa de los Consumidores y Usuarios. Sin embargo, al no haber una ley específica que regule la obsolescencia programada, las administraciones actúan únicamente ante una denuncia.

No obstante, se podrían llevar cabo otras medidas, como aplicar un etiquetado a nivel europeo sobre la vida útil de productos como bombillas, ordenadores o teléfonos móviles o plantear la posibilidad de repararlos, como ya ocurre en Bélgica y Austria.

Francia va un poco más allá: desde agosto de 2015, dispone de una ley relativa a la transición energética en la que se define la obsolescencia programada como un delito con castigo de hasta 2 años de cárcel y multas de 300.000 €.

Italia ya ha impuesto fuertes multas a Samsung y Apple por este tema.

Países como Holanda o Finlandia avanzan en la línea de determinar que los dos años previstos por la garantía legal de conformidad sean solo un límite mínimo. Algunos productos, en especial los automóviles, las lavadoras u otros dispositivos considerados duraderos, pueden ofrecer una garantía de conformidad más amplia sobre la base de la vida útil media que el consumidor puede esperar legítimamente del producto.

Suecia ha adoptado una serie de medidas fiscales que entraron en vigor en enero de 2017 con el objetivo de reforzar el sector de la reparación, el reciclaje y la economía circular.

Aunque en España no hay legislación específica general al respecto, existen iniciativas como la andaluza o la Ley 6/2019 del Estatuto de las Personas Consumidoras de Extremadura, donde sí se hace referencia expresa a la obsolescencia programada en su artículo 26.

Cómo detectar los fraudes

Los métodos que podrían utilizarse para identificar un fraude relacionado con la obsolescencia prematura son múltiples. Podría hacerse a través de encuestas, como la citada anteriormente y a través del número de quejas en Consumo, sacando las estadísticas correspondientes a cada producto. También a través del número de devoluciones en el establecimiento de venta o mediante el control en puntos limpios, donde el consumidor apuntaría el tiempo que ha pasado desde que compró el producto.

Todos estos elementos de control son posibles y válidos. El problema, una vez más, es que ninguna administración lleva el control de ello ni legisla al respecto de manera única y equitativa. La alternativa es exigir a través de las organizaciones de consumidores las siguientes condiciones:

  • Un diseño del producto con piezas y materiales de calidad sin deterioro prematuro. Los productos deberían ser modulares y con piezas fácilmente intercambiables, para asegurar la longevidad del mismo y el abaratamiento de la mano de obra.
  • Un precio de los repuestos que no sea superior al del producto completo nuevo. La reparación del producto, mano de obra incluida, debería tener un coste menor al de compra nuevo.
  • Una garantía exigible que, en todos los casos, sea efectiva durante los dos años obligatorios. Caso de extensión, por la propia calidad del producto, esta debería ser sin coste para el consumidor, ya que el productor sabe de antemano hasta donde llega la posibilidad de fallo de su producto.
  • Una información clara sobre el producto por parte de los fabricantes: sobre la vida útil prevista, los repuestos, las posibilidades de reparación y lo que cubre la garantía.

Con la economía circular se abre una nueva oportunidad para garantizar que no se hagan prácticas de obsolescencia programada. La participación ciudadana en las denuncias es fundamental, pero es responsabilidad de la Administración legislar y velar por el cumplimiento de las normas y seguridad de los consumidores.

José Vicente López es investigador en el Departamento de Ingeniería y Gestión Forestal y Ambiental, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

© The Conversation. Republicado con permiso.

Opinión | 26 de marzo de 2019

La crisis climática comienza a pasar factura

Las sociedades que se han vuelto social y políticamente frágiles por la desigualdad no están preparadas para enfrentar la crisis ambiental que está ya generando el cambio climático. Y a medida que las condiciones ecológicas continúan deteriorándose, deberíamos esperar presenciar una explosión de injusticias, nuevas y antiguas.

En los Idus de Marzo (el 15 de marzo), el día en que se esperaba que los antiguos romanos saldaran sus deudas, jóvenes en 60 países montaron una huelga para presionar a los líderes mundiales a que tomen medidas urgentes en materia de cambio climático.

Es una tragedia que las generaciones más jóvenes se vean obligadas a hablar en contra de la injusticia que sufrirán como resultado de decisiones tomadas por otros; sin embargo, al mismo tiempo, resulta profundamente tranquilizador ser testigos de su poder y su pasión en tanto intentan cambiar el curso de la historia.

Los temores por la injusticia intergeneracional de la crisis climática guardan relación con los temores sobre la desigualdad en el aquí y ahora. Siguiendo los pasos de su homónimo papal, Francisco de Asís (nombrado Santo Patrono de la Ecología en 1979), el Papa Francisco observó en su encíclica de mayo de 2015 que “No estamos enfrentados a dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino a una crisis compleja que es social y a la vez ambiental”.

Esto significa que hacer el cambio necesario hacia una economía ecológicamente sustentable no puede ignorar los desafíos que mucha gente ya enfrenta hoy.

Pero de la misma manera que los problemas del cambio climático y la desigualdad van de la mano, también las soluciones. Adoptar energía renovable, por ejemplo, también puede aportar enormes beneficios para la salud, crear empleos y mejorar otros indicadores de bienestar social. En verdad, según la Comisión Lancet, “ocuparse del cambio climático podría ser la mayor oportunidad para la salud global del siglo XXI”.

Como ya reconocen las generaciones más jóvenes, nuestros sistemas económicos ya no pueden basarse en la lógica de las compensaciones, y ahora deben seguir la lógica de la sinergia socio-ambiental. Afortunadamente, son cada vez más los responsables de las políticas que también están llegando a esta conclusión.

Consideremos las propuestas en Estados Unidos para un “Nuevo Trato Verde”, que está destinado a abordar la “injusticia sistémica” que genera las crisis ecológicas de hoy, que recaen principalmente en las “comunidades más expuestas y vulnerables”.

Las penurias y calamidades que estas poblaciones –que incluyen niños, gente mayor, pobres y muchas minorías étnicas- ya están sufriendo recaerán sobre todos nosotros si seguimos destruyendo nuestro hábitat de manera ciega y desenfrenada.

O consideremos una carta abierta reciente firmada por muchos de los principales economistas del mundo donde se reclaman “dividendos de carbono” del tipo que ha propuesto el economista James K. Boyce. Sin duda, una política de estas características ayudaría a reducir las emisiones de gases de tipo invernadero.

Pero sólo tendría éxito si incluyera medidas para garantizar que los más vulnerables no se vean afectados por la introducción de un precio del carbono. Supuestamente, las protestas recientes en Francia habrán servido de advertencia para los responsables de las políticas que consideren esta ruta. Las políticas ambientales también tienen que ser políticas sociales.

Un país que está haciendo un progreso notable en cuanto a la sinergia socio-ambiental es China. Ahora que la lucha del gobierno contra la contaminación ha comenzado a arrojar resultados, la gente en muchas partes del país ya goza de los beneficios de una mejor calidad del aire.

Según el Índice de Vida según la Calidad del Aire del Instituto de Políticas Energéticas, difundido recientemente, la exposición sostenida a material particulado en el aire puede resultar en una menor expectativa de vida para las comunidades afectadas. Sin embargo, al reducir la contaminación local, particularmente en las zonas urbanas, China no sólo está mejorando el bienestar de sus ciudadanos; también está reduciendo la contaminación por dióxido de carbono a nivel global.

Los responsables de las políticas en Europa también están formulando propuestas concretas para fomentar los objetivos de igualdad sostenible. Un informe de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas en el Parlamento Europeo, por ejemplo, reconoce que “la desigualdad es una cuestión ambiental de la misma manera que la degradación ambiental también es una cuestión social”. En consecuencia, ofrece una serie de recomendaciones para reducir las emisiones en sectores clave como la industria pesada y la agricultura respaldando al mismo tiempo a las comunidades que resultarán más afectadas.

Por definición, todas las políticas que se diseñen en torno de una sinergia socio-ambiental arrojarán “co-beneficios” con respecto a la desigualdad y al cambio climático. Pero, igualmente importante, también beneficiarán a la humanidad tanto en el presente como en el futuro.

La realidad es que nuestras sociedades serán más justas si son más sostenibles, y más sostenibles si son más justas. Las sociedades que se han vuelto social y políticamente frágiles por culpa de la desigualdad estarán mal preparadas para enfrentar las sacudidas ambientales del cambio climático. Y mientras las condiciones ecológicas sigan deteriorándose, deberíamos estar preparados para ser testigos de una explosión de injusticias, nuevas y viejas.

“¿Por qué debería preocuparme por las generaciones futuras?”, se dice que preguntó Groucho Marx. “¿Qué es lo que han hecho por mí?” El 15 de marzo, jóvenes en todo el mundo nos recordaron que la pregunta es cuestionable. Mientras nuestra deuda con la posteridad se vuelve cada vez más grande, los jóvenes sólo están pidiendo que los ayudemos a ayudarnos a nosotros mismos.

Éloi Laurent es socio sénior de investigación en el Centro de Investigación Económica de Sciences Po, París y profesor visitante en la Universidad de Stanford.

© Project Syndicate 1995–2019.

Opinión | 25 de marzo de 2019

Las guerras comerciales de Trump, un peligro absurdo para todos

Don Quijote peleaba contra molinos de viento; el presidente estadounidense Donald Trump, contra el déficit comercial. Ambos combates son absurdos, pero al menos el del Quijote tenía un dejo de idealismo. El de Trump está imbuido de una rabiosa ignorancia y el resto del mundo está pagando el costo.

La semana pasada, se anunció que el déficit externo de Estados Unidos en bienes y servicios creció a 621 000 millones de dólares, pese a la promesa de Trump de recortarlo con sus estrictas políticas comerciales hacia Canadá/México, Europa y China. Trump cree que ese déficit se debe a prácticas desleales de los socios comerciales de Estados Unidos, y juró ponerles fin y renegociar los tratados de comercio con esos países.

Pero el déficit comercial estadounidense no es indicador de prácticas desleales ajenas, ni dejará de crecer como resultado de las negociaciones de Trump. El déficit es una medida de desequilibrio macroeconómico, que las mismas políticas de Trump –especialmente la rebaja impositiva de 2017– han agravado. Su persistencia –de hecho, su aumento– era totalmente predecible para cualquiera que haya llegado a la segunda semana de un curso de pregrado sobre macroeconomía internacional.

Supongamos que una persona tiene un ingreso igual a X y un gasto igual a Y. Si decimos que el ingreso es lo que “exporta” en bienes y servicios, y que el gasto es lo que “importa”, es evidente que tendrá superávit comercial si gana más de lo que gasta, y déficit si gasta más de lo que gana.

Lo mismo ocurre al sumar los ingresos y gastos de toda la economía, incluidos los sectores privado y público. Una economía tendrá superávit de cuenta corriente (la medida más amplia de su balanza internacional) cuando la renta nacional bruta (RNB) supere al gasto interno, y déficit cuando el gasto interno supere a la RNB.

Los economistas usan el término “absorción interna” para referirse al gasto total, sumando el gasto interno en consumo e inversión. De modo que la cuenta corriente se puede definir como la diferencia entre la RNB y la absorción interna.

Es importante señalar que la diferencia entre la renta nacional y el consumo es igual al ahorro interno. Por tanto, la diferencia entre la renta y la absorción se puede expresar en forma equivalente como la diferencia entre el ahorro interno y la inversión interna. Una economía que ahorra más de lo que invierte tendrá superávit de cuenta corriente; si ahorra menos de lo que invierte, tendrá déficit.

Nótese que la política comercial está totalmente ausente en esta ecuación. El déficit de cuenta corriente es una medida puramente macroeconómica: es el faltante de ahorro respecto de la inversión. El déficit externo de Estados Unidos no es en modo, forma o circunstancia alguna indicador de prácticas comerciales desleales por parte de Canadá/México, la Unión Europea o China.

Trump cree que sí lo es, porque es un ignorante. Y que su ignorancia domine el discurso público estadounidense se debe ante todo a la pusilanimidad de sus asesores (aunque hay que admitir que los que se atreven a contradecirlo se quedan sin empleo), al Partido Republicano y a los directores de empresas estadounidenses (que se niegan a denunciar las tonterías de Trump).

Estados Unidos pasó de tener superávit de cuenta corriente a déficit crónico a partir de los ochenta, y este se debió sobre todo a una serie de rebajas impositivas aprobadas durante las presidencias de Ronald Reagan, George Bush (hijo) y Trump. Una rebaja impositiva sin un correspondiente recorte del gasto público reduce el ahorro público.

Esto puede compensarlo en parte un aumento del ahorro privado, que se dará, por ejemplo, si las empresas y las familias creen que la rebaja impositiva será temporal. Pero en general, la compensación será insuficiente. De modo que las rebajas impositivas tienden a reducir el ahorro interno, lo que a su vez aumenta todavía más el déficit de cuenta corriente.

Datos del Banco de la Reserva Federal de Saint Louis muestran que en los setenta, el ahorro público promedio en Estados Unidos fue -0,1% de la RNB, mientras que el ahorro privado promedio fue 22,2% de la RNB. De modo que el ahorro interno fue 22,1% de la RNB.

En los primeros tres trimestres de 2018, el ahorro público estadounidense fue -3,1% de la RNB, mientras que el ahorro privado fue 21,8% de la RNB, de modo que el ahorro interno fue 18,7% de la RNB. Al mismo tiempo, la cuenta corriente de Estados Unidos pasó de un pequeño superávit del 0,2% de la RNB en los setenta a un déficit del 2,4% de la RNB en los primeros tres trimestres de 2018.

Es probable que como consecuencia de la rebaja impositiva de 2017 en Estados Unidos, el ahorro público se reduzca alrededor del 1% de la RNB. El ahorro privado tal vez aumente la mitad de eso, en previsión de futuras subas de impuestos; a la par de un incremento marginal de la inversión empresarial y una caída de la inversión en vivienda con escaso efecto combinado. De modo que el resultado neto más probable es un aumento del déficit de cuenta corriente, tal vez del orden del 0,5% de la RNB.

Así que el ligero aumento del desequilibrio externo es atribuible ante todo a la política impositiva insignia de Trump. Y en esto también la política comercial es básicamente irrelevante.

Pero la política comercial no es irrelevante para la economía global. Todo lo contrario. Mientras Trump persigue su quimera, la economía mundial se ha vuelto más inestable, y las relaciones entre Estados Unidos y la mayor parte del mundo han empeorado palpablemente. Trump es visto con desdén en casi todas partes, y el prestigio del liderazgo estadounidense se derrumbó en todo el mundo.

Es verdad que las políticas comerciales de Trump no buscan solamente corregir el desequilibrio externo de Estados Unidos, sino que también constituyen un errado intento de contener a China e incluso de debilitar a Europa. Este objetivo parte de una cosmovisión neoconservadora según la cual la seguridad nacional es un juego de suma cero entre estados‑nación; los logros económicos de los competidores de Estados Unidos se ven como amenazas a la primacía mundial estadounidense, y por ende, a la seguridad nacional.

Estas ideas son reflejo de formas de beligerancia y paranoia que están presentes en la política estadounidense hace ya mucho tiempo, y que alientan un conflicto internacional tras otro. Trump y sus cómplices les están dando vía libre. Vistas en este contexto, las desacertadas guerras comerciales de Trump eran casi tan predecibles como los desequilibrios macroeconómicos en cuya solución han fracasado tan estrepitosamente.

Traducción: Esteban Flamini

Jeffrey D. Sachs es director del Centro de Desarrollo Sostenible en la Universidad de Columbia. También es director de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

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Opinión | 22 de marzo de 2019

El desafío de regular la Inteligencia Artificial

Masayoshi Son, CEO del conglomerado multinacional japonés SoftBank y un entusiasta inversionista en Inteligencia Artificial (IA), dijo recientemente que su compañía busca “desarrollar robots cariñosos que puedan hacer sonreír a las personas”. Pero si la IA realmente logra hacer que las personas sean más felices, y de paso ayuda a construir una mejor sociedad, tenemos que ponernos de acuerdo acerca de como regularla.

En los márgenes de la última reunión del Foro Económico Mundial en Davos, el ministro de comunicaciones e información de Singapur anunció discretamente el lanzamiento del primer marco nacional del mundo para la gobernanza de la inteligencia artificial. Si bien los medios del planeta se han dado un festín con este anuncio, su significado va mucho más allá de Singapur o el pueblo suizo donde se hizo público. Es un ejemplo que el resto del mundo debe seguir urgentemente, y sobre el cual sentar las bases del futuro.

En los últimos años, a través de la iniciativa estatal AI Singapore, el gobierno de Singapur ha estado trabajando para posicionar al país como el líder mundial en el sector de la IA. Y ha hecho sólidos avances: junto con Shanghái y Dubái, Singapur atrajo la mayor parte de las inversiones destinadas a IA el año pasado. Según una estimación reciente, la inversión en IA debería hacer que Singapur duplique el tamaño de su economía en 13 años, en lugar de 22.

Por supuesto, la IA se extiende por todo el mundo. Según un informe reciente de McKinsey, la IA podría sumar hasta el 16% del crecimiento mundial del PIB para 2030. Considerando su potencial, se está intensificando la inversión e innovación en IA, y se puede predecir que Estados Unidos y China irán a la vanguardia. Sin embargo, hasta ahora ningún gobierno ni entidad supranacional ha buscado desarrollar los mecanismos de gobernanza necesarios para aprovechar al máximo el potencial de la IA, además de manejar sus riesgos.

Esto no se debe a que los gobiernos consideren trivial la IA, sino que para hacerlo las autoridades y corporaciones tienen que abrir una caja de Pandora de preguntas pendientes. Piénsese en el impacto social de la IA, mucho más difícil de cuantificar y, de ser necesario, mitigar, que sus efectos económicos. Por supuesto, las aplicaciones de IA en sectores como el de la salud pueden ofrecer importantes beneficios sociales. Sin embargo, los gobiernos y corporaciones no han internalizado el potencial de uso indebido o manipulación de los datos que reúnan para estas aplicaciones y que puede originar riesgos mucho mayores que aquellos relacionados con escándalos pasados de privacidad de la información, además de los daños a su reputación.

Como se observa en otro informe de McKinsey, “la realización del potencial de la IA para mejorar el bienestar social no ocurrirá de manera natural”. Para tener éxito se necesitarán “intervenciones estructurales de las autoridades, combinadas con un mayor compromiso de los participantes de la industria”. Por más que los gobiernos y las autoridades quieran demorar estas medidas, no se debe subestimar los riesgos de eso conllevaría, también para su propia reputación.

De hecho, en tiempos en que muchos países enfrentan una crisis de confianza en el gobierno, fortalecer la gobernanza de temas relacionados con la IA es, de muchas maneras, tan importante como enfrentar los fallos de gobernanza corporativa o política. Después de todo, como lo expresara en 2018 el Director Ejecutivo de Google, Sundar Pichai, “la IA es una de las cosas más importantes que la humanidad está desarrollando en la actualidad. Es más profunda que, no sé, la electricidad o el fuego”.

La Comisión Europea parece ser uno de los pocos actores que así lo reconocen, tras publicar a fines del año pasado un “esbozo de pautas éticas para una IA fiable”. Mientras las pautas de Singapur se centran en fomentar la confianza del consumidor y garantizar el cumplimiento de estándares de tratamiento de datos, el modelo europeo aspira a dar forma a una IA centrada en el ser humano con una finalidad ética.

Sin embargo, ni el marco de gobernanza de la IA de Singapur ni las pautas preliminares de la UE dan respuesta a una de las preguntas más fundamentales sobre la gobernanza de la IA: ¿dónde recaen la propiedad del sector de la IA y la responsabilidad de ella y sus tecnologías relacionadas? Esta pregunta expone el problema fundamental de la responsabilidad de la IA, y de si significa un enorme avance social o nos mete en un sistema kafkiano de apropiación y manipulación de datos.

Las pautas de la UE prometen que “se implementará un mecanismo que permita a todos los interesados apoyar y registrarse formalmente en las Pautas, de manera voluntaria”. El marco de Singapur, también voluntario, no aborda el tema para nada, aunque las recomendaciones apuntan claramente al sector corporativo.

Si la IA ha de proporcionar progreso social, la responsabilidad de su gobernanza tendrá que ser compartida por los sectores público y privado. Para este fin, las corporaciones que desarrollen aplicaciones de IA o inviertan en ellas deben establecer vínculos sólidos con sus usuarios últimos y los gobiernos deben ser explícitos en el grado en que se comprometen a proteger a los ciudadanos de tecnologías potencialmente dañinas. De hecho, un sistema de responsabilidad compartida para la IA representará una prueba de fuego para el modelo de “capitalismo de partes interesadas” que se debate hoy.

La tensión de lo público frente a lo privado no es la única que debemos afrontar. Como señalara una vez Francis Fukuyama, “a medida que se despliega la tecnología moderna, da forma a las economías nacionales de un modo coherente, entrelazándolas en una vasta economía mundial”. En una época en que los datos y la tecnología fluyen libremente y traspasan fronteras, es posible que el poder las de las políticas nacionales para gestionar la IA sea limitado.

Como han mostrado los intentos de gobernanza de Internet, será todo un reto crear una entidad supranacional para regir la IA, debido a imperativos políticos en conflicto. En 1998, la Corporación de Internet para la Asignación de Nombres y Números (ICANN), con base en Estados Unidos, se creó para proteger la Internet como bien público, garantizando a través del mantenimiento de las bases de datos la estabilidad y seguridad del funcionamiento de la red.

Sin embargo, cerca la mitad de los usuarios mundiales de Internet todavía sufren censura en línea. Lo muchísimo que hay en juego con la IA subrayará el desafío de crear una entidad supranacional, a medida que los líderes tengan que abordar asuntos políticos similares, y potencialmente incluso más complejos.

Masayoshi Son, Director Ejecutivo del conglomerado multinacional japonés SoftBank y entusiasta inversionista en IA, declaró hace poco que su compañía busca “desarrollar robots afectuosos que hagan sonreír a la gente”. Para lograrlo, los gobiernos y el sector privado tienen que concebir modelos de colaboración sólidos para regir la IA de importancia crítica de hoy. El resultado será decisivo para saber si la humanidad prevalecerá en la creación de tecnologías de IA que nos beneficien sin destruirnos.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Alissa Amico es Directora Ejecutiva de GOVERN, el Centro de Gobernanza Económica y Corporativa.

© Project Syndicate 1995–2019.

Opinión | 21 de marzo de 2019

Periodismo y tecnología, una atracción fatal

No hay nada de malo en usar la tecnología para resolver problemas, incluidos los creados por la propia tecnología, o para dar a una empresa una ventaja competitiva. Pero ni siquiera la tecnología más avanzada salvará a la industria de los medios de comunicación si no se tiene en cuenta a las personas, a los periodistas y al público.

Se suponía que la tecnología iba a solucionar algunos de los mayores problemas del mundo. Si todos estaban conectados a Internet, se pensaba en algún momento, la democracia vendría después. Si se recopilaban suficientes datos, todas nuestras preguntas encontrarían respuesta. Si poníamos todo online, los algoritmos se ocuparían del resto. El mundo prácticamente se manejaría solo.

En cambio, ahora sabemos que la tecnología digital se puede utilizar para minar la democracia; que plantea más preguntas que respuestas; y que un mundo que se maneja solo se parece más a una pesadilla orwelliana que a un objetivo noble. Pero si bien la tecnología no es la solución, en verdad tampoco es el problema; sí lo es la obsesión absoluta que tenemos por ella.

Consideremos la experiencia de la industria de medios, donde la revolución digital ha causado estragos en los modelos de negocios prevalecientes en los últimos diez años. Las editoriales y los editores respondieron depositando toda su fe en la tecnología: rastreando todo tipo de métricas, abrazando el periodismo de datos, contratando equipos de video y abriendo estudios de podcasts.

Más recientemente, las organizaciones periodísticas han virado su atención hacia las soluciones de inteligencia artificial que rastrean las preferencias de la audiencia, producen automáticamente contenido deseado y traducciones, alertan a los periodistas sobre las primicias y mucho más. En el último informe anual del Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo sobre las tendencias en los medios, el 78% de los participantes en una encuesta no representativa de líderes de medios internacionales dijo que pensaba invertir más en IA este año.

Pero la frontera final en la búsqueda por salvar al periodismo, muchos creen, es la cadena de bloques (blockchain), la tecnología de registros distribuidos que sustenta criptomonedas como el Bitcoin. Eso está por verse: el primer intento por aprovechar la cadena de bloques para liberar a los periodistas de los modelos de negocios basados en la publicidad, por parte de Civil Media Company, tuvo un arranque accidentado.

No tiene nada de malo utilizar la tecnología para solucionar problemas, incluidos aquellos generados por la propia tecnología, o para darle a una compañía una ventaja competitiva. Eso es lo que The Washington Post, por ejemplo, ha venido haciendo en los seis años desde que el fundador de Amazon, Jeff Bezos, lo compró (en un momento en que perdía dinero a raudales y eliminaba puestos de trabajo).

Pero ni siquiera la tecnología más avanzada salvará a la industria de los medios si no hay un debido respeto por la gente que la utiliza. Y eso no significa sólo las audiencias. Después de años de buscar las últimas tendencias tecnológicas, la industria de los medios cada vez más confronta un agotamiento entre los gerentes y el personal existentes, y una reserva cada vez menor de talento nuevo.

Según el informe del Instituto Reuters, aproximadamente el 60% de los líderes de medios están preocupados por el desgaste de sus equipos, y el 75% ahora está interesado en retener y atraer personal. Otro informe, Going Digital. A Roadmap for Organizational Transformation de Lucy Kueng, muestra que hace un tiempo que los gerentes medios, en particular, vienen abandonando la industria.

Esto no debería ser una sorpresa. Los periodistas siempre han enfrentado presión a la hora de manejar la agitación generada por situaciones noticiosas urgentes, demandantes y constantemente cambiantes. Pero, en el pasado, al menos contaban con la estabilidad y la consistencia que les ofrecían las organizaciones periodísticas que los empleaban. Ahora, también deben navegar un cambio organizacional incesante, impulsado por la tecnología, muchas veces mal explicado e introducido a las apuradas. El nivel de incertidumbre puede ahuyentar hasta al personal más leal.

Sin duda, el cambio es inevitable; la era digital exige una adaptación constante. Pero hacer los ajustes necesarios sin destruir la moral requiere implementar una estrategia orientada hacia la gente. Éste no es un proceso directo. Para soluciones tecnológicas, los gerentes pueden asistir a conferencias digitales relucientes, tomar algún consejo del equipo de ventas, firmar un contrato y verter las nuevas herramientas en sus redacciones. Con la gente, tienen que escuchar atentamente, llegar a entender el problema en profundidad y luego diseñar su propia estrategia.

Un buen lugar para empezar es el liderazgo. En cualquier industria, las responsabilidades esenciales de los líderes de una organización incluyen hacer que sus empleados se sientan seguros y valorados. Eso significa prestar atención a las necesidades de los empleados y fomentar una cultura organizacional que les ofrezca una sensación de pertenencia y propósito.

Una estrategia similar debe aplicarse a las audiencias. Ni siquiera las métricas más precisas pueden ofrecer la guía necesaria, si nadie entiende qué es lo que realmente significan, por qué se las eligió o cuál sería su impacto psicológico (en las audiencias o el personal). Mientras que los datos pueden ofrecer información útil sobre las preferencias de las audiencias, escuchar a la gente puede derivar en impresiones y conclusiones muy diferentes.

Por ejemplo, los datos podrían demostrar que más contenido significa más páginas vistas; pero si las audiencias buscan menos distracciones y un periodismo de mejor calidad, inundar el mercado con contenido producido por robots no las satisfará. De la misma manera, los usuarios podrían hacer un clic en un porcentaje mayor de artículos si se utilizan algoritmos para personalizar su experiencia; pero si a los usuarios los empiezan a aburrir los mismos temas y perspectivas, la personalización no ayudará.

Las soluciones basadas en la tecnología son un medio, no un fin. Es por eso que The New York Times, por ejemplo, está sacando ventaja de su éxito digital para invertir más en periodismo. El año pasado, la compañía sumó 120 empleados en la redacción, llevando el número total de periodistas allí a un pico histórico de 1.600.

Para las organizaciones sin el peso y el ingreso digital del Times, una estrategia orientada hacia la gente también puede ser necesaria para garantizar la inversión. Ahora que los límites del modelo de negocios impulsado por la publicidad se están volviendo cada vez más evidentes, muchos líderes de medios, cerca de un tercio, según la encuesta del Instituto Reuters, creen que en el futuro las fundaciones y las organizaciones sin fines de lucro jugarán un papel central a la hora de respaldar a los medios.

Pero persuadir a las fundaciones y a los filántropos de abrir sus corazones y sus billeteras exigirá conexión y compromiso humanos, no algoritmos o software basado en IA. Los potenciales financiadores tendrán que estar convencidos de que el periodismo es una causa tan noble, digamos, como la investigación sobre el cáncer.

La tecnología por sí sola no puede fomentar la democracia, ayudar a responder preguntas importantes y facilitar un liderazgo efectivo aumentando la transparencia. Pero, en alguna medida, el periodismo responsable y de alta calidad puede hacerlo.

Sin embargo, si han de cumplir ese propósito, las organizaciones periodísticas no deben permitir que cada nueva tendencia tecnológica cause estragos. Si tratan a la tecnología como algo más que una herramienta para implementar estrategias centradas en la gente, la gente que necesitan, tanto trabajadores como audiencias, seguirá votando con los pies.

Alexandra Borchardt es directora de los Programas de Liderazgo en el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo.

© Project Syndicate 1995–2019.

Opinión | 20 de marzo de 2019

¿Hay una mayoría silenciosa a favor de la sostenibilidad frente al crecimiento económico?

El crecimiento es un objetivo importante para cualquier país. Sin embargo, dado que el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y otros problemas ambientales son una realidad, parte de la comunidad científica y de los movimientos sociales cuestionan que ese crecimiento sea compatible con la lucha contra el calentamiento global.

En su lugar, defienden un poscrecimiento, un decrecimiento u otras alternativas. Con algunas excepciones, como la conferencia Poscrecimiento organizada por la UE el año pasado, apenas hay debate político al respecto. Una de las posibles razones por las que este debate no está tan presente es que tanto desde la esfera política como desde la ciudadanía se podría estar sobrestimando el apoyo público al crecimiento económico.

En vista de que prácticamente todos los partidos políticos, así como la mayoría de los medios de comunicación, adoptan una postura acrítica hacia el crecimiento económico, es difícil pensar que exista un apoyo público para un movimiento más allá del crecimiento.

El economista británico Tim Jackson, experto en desarrollo sostenible, escribe en su libro Prosperidad sin crecimiento:

“Cuestionar el crecimiento se considera el acto de lunáticos, idealistas y revolucionarios”.

Implícitamente, transmite que es un tema indiscutible en la sociedad. Sin embargo, investigaciones recientes sobre la opinión pública sugieren lo contrario. Y eso es lo que pretendo reflejar en este artículo.

Tener una percepción correcta de lo que otros piensan importa porque puede tener consecuencias. Por ejemplo, la ciudadanía tiende a sobrestimar la cantidad de personas que son escépticas sobre el cambio climático. Esto hace que sea menos probable que hablen sobre el tema con su entorno.

Del mismo modo, se suele sobrevalorar el apoyo público para un crecimiento económico a cualquier coste. Esto se aplica a la ciudadanía, pero también a la esfera política, que puede no estar adecuadamente informada acerca de las actitudes del electorado, especialmente cuando las encuestas rara vez se realizan sobre asuntos que relacionen crecimiento con medio ambiente. Si los políticos piensan que sus votantes castigarán un discurso o medidas concretas incompatibles con el dogma del crecimiento es poco probable que inviertan políticamente en él.

Solo grupos minoritarios prefieren el crecimiento

Entonces, ¿qué sabemos de la actitud de las personas en este sentido? La forma más sencilla de averiguarlo es hacer una pregunta dicotómica que plantee si se prefiere priorizar el crecimiento económico a costa de la protección del medio ambiente o viceversa.

Los datos de diferentes encuestas muestran que, en varios países europeos, son más numerosos los individuos que prefieren la protección del medio ambiente al crecimiento económico.

Por ejemplo, en una encuesta europea de 2014, casi el 60% de la ciudadanía española se inclinó hacia el medio ambiente cuando se le pidió que eligiera en una escala de 0 (la protección del medio ambiente siempre debería tener prioridad) hasta 10 (el crecimiento económico siempre debería tener prioridad), como se puede ver en el siguiente gráfico:

Fuente: The Conversation

Sin embargo, se ha de tener en cuenta que en las encuestas se usan diferentes metodologías, lo que implica que los resultados y la interpretación de los mismos varían.

Diversidad en la opinión pública

Las posturas respecto al crecimiento económico van más allá de estar a favor o en contra, es decir, son multidimensionales. En un estudio de opinión pública de 2016, a una muestra representativa de 1004 participantes españoles se le hizo numerosas preguntas sobre el crecimiento económico.

Un paso clave fue analizar cómo las respuestas a diferentes cuestiones estaban relacionadas. Por ejemplo, las personas que se mostraban en desacuerdo con la frase “el crecimiento es necesario para crear empleo” también solían discrepar con la afirmación “el crecimiento es esencial para mejorar la satisfacción con la vida”.

Pero no ocurría igual en otros casos. Según los datos, pensar que el crecimiento favorece el empleo no parecía estar muy relacionado con creer que “el crecimiento siempre daña el medio ambiente” o que “los políticos están demasiado preocupados por el crecimiento”.

Estos resultados demuestran que la actitud de los ciudadanos tiene muchas dimensiones que pueden combinarse de diferentes maneras. Por ejemplo, una persona puede ver los beneficios del crecimiento en el plano económico y, al mismo tiempo, admitir que existe un problema ambiental o que los objetivos políticos deberían priorizar otras cosas por delante del crecimiento. Pocos encuestados tenían puntos de vista totalmente positivos o negativos.

Otro estudio reciente (2019) sugiere que la opinión pública no se divide en solo dos grupos, uno mayoritario procrecimiento y otro minoritario anticrecimiento. Utilizando la muestra anterior, el objetivo era identificar segmentos de población con puntos de vista similares sobre el crecimiento económico.

En base a las respuestas a 16 preguntas, el estudio identificó cuatro grupos, que se pueden clasificar de la siguiente manera según sus opiniones sobre el crecimiento económico y que tuvieron las siguientes distribuciones en la población: procrecimiento (29%), acrecimiento (43%), decrecimiento (18%) y ambigua (10%).

El pequeño grupo caracterizado por la ambigüedad está formado por personas que casi siempre eligen como opción la respuesta “ni de acuerdo ni en desacuerdo” a todas las preguntas.

¿En qué se distinguen los otros tres grupos principales? Primero, si se consideran las 16 preguntas juntas, se puede decir que el grupo identificado como acrecimiento está más cercano al de procrecimiento que al de decrecimiento. Segundo, el procrecimiento y el acrecimiento se diferencian en que el primero está más convencido de que el crecimiento económico es necesario para proteger el medio ambiente o crear empleos.

En último lugar, la principal diferencia entre el grupo decrecimiento y los otros dos grupos es que el primero está en desacuerdo con que el crecimiento sea necesario para la protección del medio ambiente o para mejorar la satisfacción con la vida. Opinan que el pleno empleo y un “buen vivir” pueden lograrse sin crecimiento.

Conclusiones

Si un individuo prioriza el medio ambiente sobre el crecimiento económico no significa que sea activo en acciones proambientales, ya que esto se relaciona con muchos otros factores. Sin embargo, una actitud escéptica o ambigua hacia el crecimiento sugiere que una persona estaría, probablemente, abierta a tener un debate crítico sobre las dimensiones ambientales o sociales de este problema.

Saber que solo grupos minoritarios parecen mostrar un apoyo inequívoco al crecimiento y las mayorías muestran puntos de vista más bien mixtos o ambiguos puede facilitar tener esta conversación tan necesaria.

Stefan Drews es académico de la Universidad Autónoma de Barcelona

© The Conversation. Republicado con permiso.

Opinión | 19 de marzo de 2019

Hay que ayudar a las mujeres a descifrar el “código de exportador”

A medida que el mundo conmemora el Día Internacional de la Mujer de este año, no cabe duda de que se ha logrado un progreso significativo en todo el mundo hacia el logro de la paridad de género. Pero hasta que se eliminen las barreras que impiden el acceso de las mujeres al comercio mundial, ese objetivo permanecerá fuera de alcance.

Cuando en 2014 conocí a la diseñadora de moda Chiedza Makonnen, radicada en Accra, sus ventas fuera de Gana eran mínimas. Hoy, en cambio, la marca de Makonnen, Afrodesiac Worldwide, se luce en las alfombras rojas de Hollywood y en los escenarios del Festival Essence de Nueva Orleans. Como Makonnen descifró el “código de exportador”, su compañía aumentó la producción, triplicó su personal y expandió ampliamente su perfil en los medios.

Descifrar el código de exportador significa superar la noción de que las empresas que son propiedad de mujeres y están gestionadas por mujeres no pueden ser globales, porque cumplir con los estándares requeridos para el comercio transfronterizo es demasiado difícil y costoso.

En general se supone (aunque no se lo dice abiertamente) que las empresas cuyas dueñas son mujeres son más riesgosas y, por lo tanto, menos atractivas para los inversores. Pero, de la misma manera que las mujeres hace 50 años quemaron sus corpiños para destruir un símbolo de opresión, las mujeres hoy deben eliminar las barreras que les impiden comerciar libremente en la economía global.

Sin duda, en este Día Internacional de la Mujer, las mujeres en muchos países están en mejores condiciones y gozan de más oportunidades que sus madres y abuelas, debido a enormes mejoras en el acceso a la educación y a la atención médica. Pero siguen existiendo brechas importantes y, dado el ritmo lento y desparejo del progreso, no hay lugar para la complacencia.

Según el Foro Económico Mundial, achicar la brecha de género general en 106 países llevará 108 años al ritmo actual de cambio; en el África subsahariana, donde el problema es más grave, llevará por lo menos 135 años. La brecha más importante es económica; cerrarla demandará unos 202 años.

La desigualdad de género es un problema verdaderamente global que persiste inclusive en los países con mayor equidad de género. Aun así, hay puntos positivos que pueden servir de guía para los demás.

En Noruega, por ejemplo, las mujeres hoy ocupan las tres posiciones más altas en el gobierno (primera ministra, ministra de Finanzas, ministra de Relaciones Exteriores) por primera vez en la historia de su país. En Ruanda, los puestos ministeriales están perfectamente equilibrados entre los géneros, y el 61% de los parlamentarios son mujeres. Y en Barbados, una mujer hoy se desempeña como primera ministra por primera vez.

Desafortunadamente, el comercio y los negocios parecen estar rezagados respecto de la política. A pesar de la ley pionera de Noruega de 2007 que exige que las mujeres ocupen el 40% de los puestos en los directorios corporativos, las mujeres siguen ocupando desproporcionadamente menos puestos gerenciales altos. En los sectores público y privado de Noruega, menos de una cuarta parte de los altos ejecutivos son mujeres; y en 2017, sólo 15 de 213 compañías públicas eran dirigidas por mujeres.

Es verdad, el Índice de Igualdad de Género 2019 de Bloomberg de empresas en 36 países sugiere que las compañías se están esforzando más para garantizar que las mujeres lleguen a las gerencias de primera línea y a los directorios. Sin embargo, la triste realidad es que las mujeres siguen en los márgenes económicos en la mayoría de los países del mundo.

La marginalización económica de las mujeres es un problema para todos. Según el Banco Mundial, los ingresos de los hombres a lo largo de la vida están más de 23.000 dólares por encima de los de las mujeres, en promedio, lo que implica que se dejan sobre la mesa 160 billones de dólares en patrimonio de capital humano, el equivalente a dos años del PIB global.

Incluir los 1.000 millones de mujeres que siguen en los márgenes de la economía formal en todo el mundo sería como agregar otra China u otro Estados Unidos. Como yo y muchos otros defensores de la igualdad de género hemos venido diciendo hasta el cansancio en los últimos años, “No se puede ganar el partido con la mitad del equipo en el banco”.

En el Centro de Comercio Internacional, trabajamos para permitir que las mujeres descifren el código de exportador y se sumen a los hombres como jugadores iguales en el campo de juego económico global. Nuestra investigación de 25 países determina que sólo una de cada cinco compañías exportadoras son propiedad de mujeres, debido a una discriminación significativa basada en el género.

Con la Iniciativa SheTrades del Centro, esperamos conectar a tres millones de emprendedoras mujeres con los mercados globales. Mekonnen es sólo una de muchas mujeres que se han beneficiado con el programa. Otras incluyen a Sonia Mugabo en Ruanda, a quien Forbes África ha incluido en su lista de jóvenes empresarias prometedoras, y a Anyango Mpinga, que hoy es una de las diseñadoras más reconocidas de Kenia.

El éxito en el diseño de moda no es lo único que estas tres mujeres tienen en común. Antes de adherir a la Iniciativa SheTrades, todas encontraron barreras relacionadas con el género cuando intentaron expandir sus negocios. Pero millones de otras mujeres empresarias siguen necesitando descifrar el código de exportador. Si no se abordan las barreras que enfrentan, nunca en la vida lograremos una igualdad de género.

Permitir la plena participación de las mujeres en el comercio global no es sólo una cuestión moral. También es un imperativo económico, porque los sectores exportadores prósperos mejoran la competitividad y crean empleos mejor remunerados. Y, si bien no existe ninguna solución mágica, la Iniciativa SheTrades y programas similares demuestran que se puede lograr. Con la implementación de las políticas apropiadas, hombres y mujeres por igual estarán en mejores condiciones.

El primer paso es equipar a las mujeres emprendedoras con las herramientas, capacidades y confianza necesarias para descifrar el código de exportador. Una vez que lo hayan hecho, lo que pueden alcanzar no tiene límite.

Arancha González es directora ejecutiva del Centro de Comercio Internacional.

© Project Syndicate 1995–2019.

Opinión | 18 de marzo de 2019

El problema del capitalismo moderno

Detrás de los trastornos populistas de hoy, hay un reconocimiento generalizado de que la economía ya no sirve al bien público, ni a los intereses de la mayoría de la gente. Para entender por qué, uno debe identificar lo que se ha perdido entre tanta ganancia material.

Casi de repente, el capitalismo se ha puesto visiblemente enfermo. El resurgido virus del socialismo infecta una vez más a los jóvenes. Otros más prudentes que aprecian los logros pasados del capitalismo y quieren salvarlo proponen diagnósticos y remedios. Pero sus propuestas a veces se superponen con las de quienes querrían hacer pedazos el sistema; y las distinciones tradicionales entre izquierda y derecha ya no dicen nada.

Felizmente, Raghuram G. Rajan, exgobernador del Banco de Reserva de la India y profesor de Economía de la Universidad de Chicago, ha puesto su conocimiento y experiencia sin igual a la tarea de analizar el problema.

En su nuevo libro, The Third Pillar: How Markets and the State Leave Community Behind [El tercer pilar: cómo los mercados y el Estado se olvidan de la comunidad], Rajan sostiene que el cáncer que aflige al capitalismo contemporáneo no es un problema de “Leviatán” (el Estado) ni de “Behemot” (el mercado), sino de la comunidad, que ya no actúa como freno a ambos monstruos. De modo que receta un “localismo inclusivo” para reconstruir comunidades que den a la gente un sentido de dignidad, estatus y significado.

El libro de Rajan, igual que The Future of Capitalism [El futuro del capitalismo] de Paul Collier (economista de la Universidad de Oxford), es exponente de un género cada vez más nutrido de críticas del capitalismo desde dentro. Rajan defiende el capitalismo, pero comprende que ya no está trabajando al servicio del bien social y que es preciso ponerlo otra vez bajo control.

The Third Pillar hace un profundo análisis del contexto histórico para explicar el momento actual; pero sus mayores aciertos son cuando recapitula los acontecimientos posteriores a la Segunda Guerra Mundial para explicar por qué todo empezó a descomponerse allá por 1970.

Hasta entonces, el mundo había estado ocupado en la recuperación y la reconstrucción, y el crecimiento económico había recibido un impulso adicional gracias a la adopción de tecnologías de frontera por medio de la inversión en reemplazos.

Pero después de 1970 el crecimiento tendencial se desaceleró, lo que explica muchas de las dificultades actuales. Mientras eso sucedía, los gobiernos no tuvieron idea de cómo hacer frente a la desaceleración, más que prometer la restauración del perdido paraíso de la posguerra.

En la mayoría de los casos eso supuso más endeudamiento. Y en Europa, las élites se lanzaron a la unificación continental, con el elevado propósito de poner fin a la reiteración de episodios de matanza. Pero en su prisa por obtener los beneficios obvios de la integración, se olvidaron de sumar a la ciudadanía. Fue así como finalmente aprendieron que después de la hibris llega la némesis.

El éxito de la socialdemocracia en la posguerra debilitó el poder del mercado para actuar como una influencia moderadora sobre el Estado. Según Rajan, ambos debilitados actores, en Europa y en Estados Unidos, quedaron mal parados para lidiar con la inminente revolución de las tecnologías de la información y de las comunicaciones, de modo que la gente tuvo que hacer frente sola a las amenazas.

Y las corporaciones, en vez de ayudar a sus trabajadores a manejar la disrupción, la empeoraron, al usar la vulnerabilidad de sus empleados para enriquecer a sus accionistas y ejecutivos.

¡Y cómo se enriquecieron! Conforme la mediana de ingreso de los hogares se estancó y aumentó la concentración de la riqueza, el capitalismo se volvió manifiestamente injusto y perdió el apoyo popular. Para poner a raya a sus oponentes, el Mercado llamó en su auxilio al Estado, sin comprender que un Estado populista de derecha al final se come al Mercado.

Hay que destacar dos puntos de la exposición de Rajan. En primer lugar, la desaceleración del crecimiento es una causa fundamental (aunque de ritmo lento) del malestar social y económico de la actualidad. En segundo lugar, las consecuencias desafortunadas de la revolución digital no son propiedades inherentes del cambio tecnológico; más bien reflejan una “falta de modulación de los mercados por parte del Estado y de los mercados mismos”.

El autor no insiste en esto, pero el segundo punto nos da motivos de esperanza, porque implica que la revolución tecnológica no nos condena a un futuro sin empleo; todavía hay lugar para una formulación de políticas esclarecida.

Rajan hace una muy buena exposición de la mala conducta de las corporaciones. Según explica, el cuasi absolutismo de la doctrina de la primacía de los accionistas sirvió desde el inicio para proteger a los ejecutivos a expensas de los empleados, y sus efectos perjudiciales se agravaron por la práctica de pagar a los ejecutivos con acciones.

En The Future of Capitalism, Collier hace una exposición similar desde Gran Bretaña, con la historia de la empresa británica más admirada de su infancia (y de la mía): Imperial Chemical Industries. En aquel tiempo todos crecíamos soñando trabajar algún día en ICI, una empresa que proclamaba como misión “ser la mejor compañía química del mundo”. Pero en los noventa, ICI cambió de norte, al adoptar el principio de valor para los accionistas. Y según Collier, ese único cambio destruyó a la empresa.

¿Y la comunidad? En otros tiempos, Estados Unidos fue un país líder en educación pública, cuyas comunidades locales ofrecían a niños de cualquier nivel de talento y condición económica escuelas donde aprendían juntos. Y cuando la educación primaria dejó de ser suficiente, también empezaron a proveer acceso universal a la educación secundaria.

Pero hoy para triunfar se necesita título universitario, y los jóvenes más talentosos van a buscarlo muy lejos de su comunidad de origen, y terminan autosegregándose en ciudades cada vez más grandes, de las que los menos talentosos quedan excluidos por los altos costos de vida. Protegidos en sus relucientes claustros, los que triunfan forman una meritocracia en la que a sus hijos –y a casi nadie más– les va tan bien como a ellos.

Collier cuenta la misma historia en Gran Bretaña, donde el talento y la participación en el ingreso nacional se han ido concentrando en Londres, y se generó vaciamiento y resentimiento en las localidades del interior. Pero como señala Janan Ganesh, del Financial Times, las élites metropolitanas ahora se encuentran “encadenadas a un cadáver”.

Rajan considera que la meritocracia es un producto de la revolución digital y tecnológica. Pero yo sospecho que viene de antes. No olvidemos que el sociólogo británico Michael Young publicó su presciente distopía The Rise of the Meritocracy [El ascenso de la meritocracia] en 1958. De hecho, Collier y yo somos parte de la primera camada de la meritocracia británica. Y tal como predijo Young, nuestra cohorte dejó el sistema inservible para las generaciones siguientes, sin dejar de alabar sus virtudes.

En Escocia, donde crecí, los talentos locales, intelectuales, escritores, historiadores y artistas, todos partieron a buscar mejor fortuna, o renunciaron simplemente a competir con las superestrellas de los mercados de masas. Y eso nos empobreció a todos.

Como Rajan, creo que la comunidad es una víctima de la captura de los mercados y del Estado por una élite minoritaria. Pero a diferencia de Rajan, dudo de que comunidades locales más fuertes o una política de localismo (inclusivo o no) puedan ser la cura del mal que nos aqueja. El genio de la meritocracia salió de la botella y ya no hay modo de volver a meterlo.

Traducción: Esteban Flamini

Angus Deaton es Premio Nobel de Economía de 2015

© Project Syndicate 1995–2019.

Opinión | 15 de marzo de 2019

Financiar pensiones sociales con impuestos a los superricos, un debate necesario

Aumentar los impuestos sobre la renta de los millonarios podría proveer a los gobiernos de recursos fiscales para financiar estrategias de desarrollo económico y social.

Este artículo, basado en uno anterior publicado en Ageing International, examina la potencial generación de ingresos al aumentar las tasas impositivas máximas a los superricos para financiar pensiones sociales universales.

Alexandria Ocasio-Cortez se ha puesto recientemente en el punto de mira por proponer una tasa impositiva máxima del 70% para financiar el llamado “Green New Deal”. Aunque esta cifra pueda parecer alta, históricamente hablando no lo es. No hace mucho tiempo, aquellos que contaban con mayores ingresos en Estados Unidos pagaban una tasa impositiva máxima del 91%.

Las pensiones sociales -o pensiones no contributivas- proporcionan un piso de protección social a personas mayores. La seguridad social y los impuestos operan conjuntamente para superar la pobreza económica y reducir la desigualdad de ingresos. Ahora bien, ¿cómo y de dónde podríamos aumentar los ingresos fiscales para financiar esta política social?

¿Qué es un espacio fiscal?

El espacio fiscal se refiere a la creación de un espacio en el presupuesto del gobierno para determinados asuntos. La idea es crear nuevas fuentes de ingresos y expandir las existentes, preservando la sostenibilidad a través del tiempo, para que puedan utilizarse para financiar protección social sin distorsionar la estabilidad macroeconómica.

Los ingresos tributarios, redirección de gastos, mejora de la eficiencia de los gastos, reestructuración de la deuda pública, la financiación exterior y la ayuda humanitaria son algunas de las opciones disponibles de los gobiernos para crear espacio fiscal. Durán-Valverde y Pacheco identificaron distintas estrategias de creación de espacio fiscal adoptadas por ocho países de ingresos bajos y medianos (LMICs) para financiar la extensión de la protección social.

Por ejemplo, Bolivia combina los impuestos a la extracción de recursos naturales, la reducción de la deuda y las ventas de activos estatales, mientras que Namibia aumenta las contribuciones sociales, utiliza los excedentes presupuestarios y la asistencia oficial para el desarrollo. Existe una amplia base bibliográfica sobre cómo crear espacio fiscal para financiar protección social. (ver aquí, aquí,y aquí).

Impuestos sobre la renta al 1% más rico
El aumento de los ingresos fiscales es una opción para crear espacio fiscal, aunque quizás es una de las fórmulas más polémicas. En términos generales, hay dos grandes opciones: aumentar las tasas de impuestos o reducir la evasión fiscal.

No todos los aumentos de impuestos afectan a todos los individuos por igual. Si los gobiernos logran implementar medidas progresivas para aumentar los impuestos, los ingresos resultantes podrán utilizarse como un medio de redistribución.

En el caso de las pensiones sociales, los ingresos recaudados a través de los impuestos se transfieren a uno de los segmentos más vulnerables de la población, que comprende posiblemente el ejemplo más claro del desarrollo de las relaciones entre el Estado y la sociedad: las personas mayores.

Los países con mayores ingresos de la OCDE generan ingresos por los impuestos a la renta de las personas físicas casi tres veces superior que el resto de países (calculado por el autor utilizando datos del IMF-GFS). El aumento de los ingresos a través de la tributación directa en los países de ingresos bajos y medianos es considerablemente más difícil que en los países de la OCDE, sobre todo por culpa de la economía sumergida. Sin embargo, hay alternativas viables.

Según los datos de 2018 de KPMG, once países tienen una tasa de impuesto a la renta de cero. Aproximadamente el 79 por ciento de los países de la muestra (115 de 145) tienen una tasa impositiva marginal máxima por debajo del promedio de 2018 de la OCDE (42,01 por ciento). Teniendo en cuenta estos números, es difícil justificar que hay poco espacio de maniobra para crear espacio fiscal aumentando las tasas del impuesto sobre la renta de aquellos con mayores ingresos.

Figura 1: Espacio fiscal potencial creado al aumentar la tasa impositiva promedio al 1% y 5% más rico

Fuente: The Conversation

La Figura 1 estima el impacto que tendría un aumento de las tasas impositivas de las personas más ricas en 22 países. Utilizando datos del World Wealth and Income database, se calculó el potencial espacio fiscal que se generaría al incrementar las tasas impositivas de la renta al 1% y 5% más rico (fórmula propuesta por Piketty, Saez and Stantcheva) (ver aquí para más detalles sobre la fórmula y variables utilizadas).

En el conjunto de los 22 países, un aumento de 5 puntos porcentuales en la tasa impositiva promedio del 1% más rico generaría un espacio fiscal equivalente al 0,3% del PIB, mientras que un aumento de 10 puntos porcentuales generaría un 0,6% del PIB y un aumento de 20 puntos porcentuales produciría un importe relativo al 1,2% del PIB. Los mismos tres aumentos en las tasas impositivas sobre el 5% más rico generarían, en promedio, un espacio fiscal equivalente a 0,6, 1,3 y 2,5% del PIB.

¿Riesgos para la economía?

Estos números, por supuesto, deben ser tratados con cierta precaución. Los economistas ortodoxos creen que aumentar el impuesto sobre los grupos de ingresos más ricos puede tener efectos económicos adversos. De todas maneras, investigaciones en países con un nivel alto de ingresos evidencian que no existe una correlación entre los recortes de las tasas impositivas máximas desde la década de los 70 y el crecimiento económico.

Del mismo modo, podría darse el caso de que el aumento de las tasas impositivas máximas sobre la renta puedan provocar mayores incidencias de evasión fiscal, disminuciones en la productividad y en el desarrollo de nuevas empresas.

Una vez más, según lo argumentado por Piketty y otros colegas, incluso considerando estas externalidades negativas, las tasas máximas óptimas del impuesto sobre la renta se mantienen entre el 57% y el 83%.

Kinderman y Krueger colocan la tasa máxima óptima del impuesto sobre la renta, para los Estados Unidos, cercana al 90%. Ninguno de los 22 países examinados en la Figura superaría la barrera del 83 por ciento, aún después de aumentar experimentalmente su actual tasa impositiva máxima en 5, 10 o 20 puntos porcentuales.

¿Cuál es el poder de financiación del espacio fiscal creado después de elevar las tasas del impuesto a la renta al 5% más rico en 10 puntos porcentuales?

El impacto en las personas mayores

China podría financiar el 36% de una pensión social básica y universal para todas las personas mayores de 70 años y con un nivel de pensión equivalente al 20 por ciento del PIB per cápita.

Este mismo aumento permitiría a Uruguay financiar el 66% de una pensión social similar, mientras que Islas Mauricio y Malasia podrían financiar el 61% y el 88% por ciento de una pensión social básica universal con una edad de elegibilidad de 65 años. El coste hipotético de las pensiones sociales universales para estos casos se calcularon en un artículo anterior.

Este artículo evidencia que existen opciones política y económicamente viables para financiar política social universal.

Cada país deberá examinar su economía y su realidad social para configurar una estrategia nativa de creación de espacio fiscal. El impuesto sobre la renta de los superricos es sólo una de las muchas estrategias disponibles.

Gibrán Cruz-Martínez es Doctor en Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid.

© The Conversation. Republicado con permiso.

Opinión | 14 de marzo de 2019

Cómo la igualdad de género mejora la salud global

Las mujeres componen un 70% de la nómina de este y otros sectores de la salud en todo el mundo. Y, sin embargo, un nuevo informe de Global Health 50/50, publicado en vísperas del Día Internacional de la Mujer de este año, muestra que los hombres siguen detentando un poder desproporcionado en el sector sanitario y, además, ganan una parte desproporcionada de los salarios.

Tras haber destinado parte de nuestras carreras a reunir una fuerza de trabajadoras de la salud que lograron reducir a la mitad los fallecimientos por SIDA, la malaria y la tuberculosis en Etiopía. sabemos lo que pueden aportar las mujeres a la salud pública.

Por eso, durante el mandato de Ghebreyesus como director general, la Organización Mundial de la Salud tiene por primera vez en su historia un gabinete con equilibrio de género. Y, una vez lograda la paridad de género en los puestos altos de la institución en la sede central, nos esforzaremos por asegurar que lo hagan también las oficinas regionales y por país.

La paridad de género es un tema tanto práctico como moral. Tener más mujeres en puestos de liderazgo tiene un efecto de cambio positivo en una organización, mejorando el desempeño, la innovación, la creatividad, la resiliencia y la moral. Proporciona modelos de rol y sistemas de apoyo informales de los que las mujeres han carecido históricamente en el lugar de trabajo. Asimismo, reduce la tolerancia hacia conductas masculinas tóxicas en el trabajo como el acoso sexual.

Pero el género es también un determinante social clave de la salud, lo que convierte a la paridad de género en el sector de la salud en un ingrediente necesario para alcanzar los objetivos de los “tres mil millones” de la OMS. La meta es lograr que para 2023 mil millones más de personas que en la actualidad puedan tener pleno acceso a atención de salud, disfrutar de una mayor protección frente a emergencias sanitarias, y gozar de mayor salud y bienestar en general.

Entre otras cosas, sabemos que el género (es decir, las normas, roles y expectativas socialmente construidos sobre hombres y mujeres) tiene un profundo efecto sobre si uno se expone a lugares y productos dañinos, o si se comporta de modos que busquen y protejan la salud. También sabemos que la discriminación basada en género puede tener un efecto importante sobre la prestación de servicios de salud.

Y, no obstante, si bien poner énfasis en el género como un determinante social de la salud y establecer una paridad de género en los altos niveles gerenciales de la OMS podría parecer una obviedad, el informe Global Health 50/50 muestra que somos la excepción a la regla. Tras revisar las políticas y prácticas de cerca de 200 organizaciones de salud que emplean a más de cuatro millones de personas en 28 países, el informe señala vastas asimetrías de poder e ingresos entre hombres y mujeres.

Por ejemplo, en el informe de Global Health 50/50 se ve que más de un 70% de las organizaciones de salud son dirigidas en la actualidad por hombres, y que en un 40% de ellas, las mujeres ocupan menos de un tercio de los altos cargos. Y a pocos les sorprenderá que en estas organizaciones las trabajadoras del género femenino ganen, en promedio, un 13,5% menos que sus contrapartes varones.

Por desgracia, son cifras que están en línea con las que se puede hallar en las salas de juntas de los sectores corporativos y las organizaciones sin ánimo de lucro. Y son disparidades tanto más preocupantes cuando aparecen el sector de la salud mundial, dado su papel en la protección del bienestar y los derechos de toda la humanidad.

Desde la experiencia de la OMS, somos conscientes de que la paridad de género no surge de manera orgánica. Para lograrla es necesario un cambio organizacional deliberado y dirigido. Así, la nueva estrategia corporativa de la OMS apunta a la misión de la Agenda de Desarrollo Sostenible de “no dejar a nadie atrás” y pone un gran acento en la medición de las distribuciones de género, equidad y derechos en todos los programas de la institución. Eso significa que cada departamento tendrá la responsabilidad de mantener la paridad de género.

Pero, si bien poner la paridad de género al centro de las operaciones de la OMS es un importante primer paso, el objetivo mayor es dar soporte a nuestros estados miembros en prestar servicios a personas cuyas vidas, salud y bienestar dependen de los esfuerzos colectivos de sanidad pública. Para ello, tres prioridades deberían guiar nuestro enfoque hacia la salud mundial en todos los niveles, desde la clínica local que entrega atención esencial a los ministerios de salud nacionales y las instituciones multilaterales.

Primero, tenemos que asegurarnos de que el análisis de género esté presente en todas las estrategias de salud y misiones de los programas. Si no entendemos del todo los factores de género que afectan la salud humana, no podremos lograr resultados universales y justos.

Segundo, necesitamos con urgencia cerrar la brecha de poder e ingresos entre hombres y mujeres en el sector de la salud, impulsando para ello estrategias deliberadas para nivelar el terreno para las mujeres.

Y, tercero, tenemos que volvernos a comprometer con la transparencia y la rendición de cuentas en las organizaciones de la salud, incluida la igualdad de género. Solo entonces podremos erradicar culturas de administración tóxicas, mejorar la calidad de la atención y fomentar la apertura y la inclusión en todos los niveles.

Cuando gente de diferentes géneros y trasfondos colabora, trae sus propias experiencias y saberes, y el resultado es más que la suma de sus partes. Las organizaciones con diversidad toman mejores decisiones porque pueden considerar los problemas desde una amplia gama de perspectivas y esbozar potenciales soluciones desde múltiples contextos.

Las organizaciones de salud mundial, los ministerios de gobierno y las instituciones sanitarias nacionales deberían adoptar la igualdad de género no solo por su valor intrínseco, sino también porque funciona.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Tedros Ghebreyesus es Director General de la Organización Mundial de la Salud y Senait Fisseha es Profesora de Obstetricia y Ginecología en la Universidad de Michigan.

© Project Syndicate 1995–2019.

Opinión | 13 de marzo de 2019

La reducción de la pobreza depende del comercio

Justo cuando las iniciativas de reducción de la pobreza alrededor del mundo se están ralentizando, los últimos pronósticos indican que la economía global está entrando en un periodo de profundización de la incertidumbre.

Esto hace más urgentes todavía las medidas para impulsar el crecimiento y ampliar las oportunidades económicas, por lo que la revitalización del comercio debe ser una prioridad importante en la agenda mundial de políticas. Es evidente que el comercio funciona como motor del crecimiento económico y herramienta esencial para combatir la pobreza.

Con las actuales tensiones comerciales, es fácil perder de vista los avances que ha logrado el mundo en las últimas décadas en cuanto a integración económica. Desde 1990, más de mil millones de personas han salido de la pobreza gracias a un crecimiento sostenido por el comercio. Y hoy los países comercian más y profundizan sus lazos económicos con mayor celeridad incluso que en las décadas previas. En todo el planeta, hay vigentes más de 280 acuerdos comerciales, en comparación con los apenas 50 de 1990. En ese entonces, el comercio como parte del PIB global representaba cerca del 38%, mientras que en 2017 había alcanzado un 71%.

El libre comercio beneficia particularmente a los pobres, porque reduce el coste de lo que compran y eleva el precio de lo que venden. Como lo confirman los nuevos estudios del Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, los trabajadores agrícolas y fabriles ganan más cuando sus productos llegan a mercados en el extranjero.

Por ejemplo, en Vietnam una serie de reformas de comercio en los años 80 y 90 del siglo pasado ayudaron a transformar el país en una potencia exportadora, lo que se redujo radicalmente sus niveles de pobreza. Hoy las exportaciones vietnamitas generan un 30% de los empleos en su sector empresarial y su proporción de comercio a PIB –indicador clave de lo abierta que es una economía- ronda el 200%, la más alta de entre todos los países de ingresos medios.

De manera similar, un estudio realizado por separado de sobre el sector manufacturero en 47 países africanos llegó a la conclusión de que los empleados de las firmas orientadas a las exportaciones ganaban un 16% más que aquellos de firmas no exportadoras. Y mientras que tanto hombre como mujeres en empresas comerciales recibían salarios similares, los hombres ganaban más que las mujeres en compañías que no comercian.

Evidencias como esta demuestran el potencial que promete el libre comercio, pero los pobres no se benefician automáticamente. De hecho, nuestros estudios apuntan a serios desafíos. Por ejemplo, es posible que algunos grupos de trabajadores pierdan ingresos por la mayor competencia de las importaciones. Y otros encontrarán barreras “al otro lado de la frontera”, como escasez de competencia en el transporte y la distribución, infraestructura débil o falta de información sobre nuevas oportunidades, que pueden limitar los beneficios del comercio.

Por último, nuestra investigación muestra que el comercio puede tener un efecto desigual en los pobres, dependiendo de circunstancias específicas, como el acceso a infraestructura que lo facilite, a qué género se pertenece, o si se habita en un área rural o urbana. Son dinámicas claramente visibles en India, donde los bienes producidos en el campo se enfrentan a un arancel aduanero 11 puntos porcentuales mayor que aquellos producidos en ciudades.

Similarmente, en la frontera de Laos y Camboya las mujeres pagan impuestos más altos a las autoridades aduaneras y es más probables que sus productos se pongan en cuarentena que aquellos comerciados por hombres. En Uganda, donde un 70% de la población trabaja en agricultura, la baja calidad y el alto coste del transporte impide que los productos de la mayoría de los fabricantes lleguen a manos de clientes extranjeros.

Con las reformas comerciales adecuadas, los gobiernos pueden ir soltando esas trabas, al tiempo que reducen los costes de transacción, promueven la competencia y fijan reglas claras para el comercio transfronterizo. Sabemos que el libre comercio puede impulsar el desarrollo, pero no basta con contar pasivamente con que las exportaciones generen crecimiento económico y reduzcan la pobreza.

Tenemos que ejercer más presión para bajar las barreras aduaneras y eliminar las regulaciones que distorsionan el comercio. Y hay que hacer más para facilitar la inversión en infraestructura como caminos, rutas de transporte marítimo y sistemas de comercio electrónico que conecten a la gente con los mercados.

Por desgracia, las proyecciones recientes de la OMC muestran que el crecimiento del comercio global se está ralentizando, lo que pone en riesgo las perspectivas de un crecimiento económico y una reducción de la pobreza más veloces.

Es urgente que abordemos las raíces de las tensiones del comercio global, fortalezcamos el sistema de comercio basado en reglas, y fomentemos una mayor liberalización del comercio. La experiencia demuestra que esta es la manera más eficaz de fomentar un crecimiento más inclusivo y sostenible, crear más oportunidades y acercarnos más a nuestro objetivo en común de acabar con la extrema pobreza.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Caroline Freund es Directora de Comercio, Integración Regional y Clima de Inversión en Banco Mundial y Robert Koopman es Economista en Jefe de la Organización Mundial del Comercio.

© Project Syndicate 1995–2019.

Opinión | 12 de marzo de 2019

América Latina necesita una revolución digital para mejorar sus políticas públicas

Así como la industria financiera ha transformado el sector financiero, el sector gubernamental emergente puede crear un nuevo paradigma para la provisión eficiente de servicios públicos. Hay tres startups argentinas que están a la vanguardia. La región está llegando a una encrucijada histórica que definirá su crecimiento económico y el bienestar de sus ciudadanos durante los próximos 20 años.

Las nuevas tecnologías se fusionan con las dinámicas empresariales y sociales a una velocidad de vértigo y, aunque ofrecen grandes oportunidades para los negocios, la conectividad o la ciencia, también amenazan con ensanchar las ya de por si amplias brechas entre las regiones en desarrollo y las más avanzadas.

Para evitar que la transformación digital profundice las desigualdades entre países será imprescindible promover administraciones públicas eficientes. No es casualidad que países tan competitivos como Gran Bretaña, Estados Unidos, Corea del Sur, Singapur o Israel tengan las administraciones públicas más modernas, innovadoras y eficientes.

Son también estos países los que han sabido nutrir una nueva generación de emprendedores en el espacio govtech, término que incluye desde la emergencia de innovaciones digitales hasta startups tecnológicas que buscan mejorar la eficiencia y transparencia de la gestión pública. Estos emprendedores públicos crean modelos de negocio escalables y responden a una demanda pública de innovación y tecnología más sofisticada.

En ese proceso se encuentra el ecosistema de startups govtech que está surgiendo en Iberoamérica:

  • Munidigital en Argentina con su plataforma para la gestión eficiente de incidencias a nivel municipal
  • VisorUrbano en México con su solución de catastro municipal digital y automatización de trámites de licencias de construcción y de negocios
  • Appterix y Signature, también en Argentina, y sus soluciones de tecnología blockchain para la gestión pública y el notariado digital
  • Linte, en Brasil, y su software para la automatización de rutinas y documentos jurídicos
  • Green Urban Data, en España, que ofrece un software para facilitar la toma de decisiones y la priorización de estrategias contra el cambio climático, son sólo unos ejemplos de startups que ofrecen soluciones a los grandes retos públicos.

Este tipo de emprendimiento innovador es exactamente lo que necesita la administración pública latinoamericana. Sin embargo, el mercado de soluciones tecnológicas para las administraciones públicas, que genera más de 400 mil millones de dólares al año en todo el mundo, sigue estando dominado por grandes compañías tecnológicas. Si los gobiernos toman medidas para abrir ese mercado a las nuevas empresas, aumentarían la diversidad y la competencia, lo que estimularía la innovación con un mayor enfoque en los usuarios finales.

Los tres frentes a enfrentar

Con este fin, los gobiernos de América Latina deberían tomar medidas en al menos tres frentes. Primero, deben adaptar las políticas regulatorias para facilitar la adquisición pública de tecnologías provenientes del ecosistema govtech emprendedor. Dichos marcos regulatorios deberían reducir las barreras de entrada de nuevas empresas, simplificar los ciclos de ventas y promover la demanda pública de innovación.

Colombia y España, por ejemplo, están evaluando criterios de innovación para los procesos de contratación pública, a fin de ayudar a los organismos gubernamentales a encontrar soluciones alternativas a los desafíos que enfrentan. Varios gobiernos, como Chile, Colombia, Portugal y Uruguay, han creado laboratorios de innovación dentro de las entidades gubernamentales para incubar y acelerar soluciones disruptivas.

Los gobiernos también deben implementar medidas legales, regulatorias, fiscales y contractuales que ayuden a las nuevas empresas a sobrevivir al “valle de la muerte”, es decir, en las primeras etapas del desarrollo de una empresa nueva, cuando los nuevos productos o servicios aún no están generando ingresos.

Por ejemplo, Chile promulgó recientemente una ley que establece un plazo de pago de 30 días para las PYME, que beneficiará principalmente a las nuevas empresas.

Finalmente, los gobiernos deberían cultivar el mercado emergente de govtech a través de fondos de inversión y capital semilla para nuevas empresas gubernamentales, especialmente en las primeras etapas de su desarrollo. Los fondos de capital de riesgo, en su mayoría provenientes de EE. UU., tienden a desconfiar de las empresas que tienen al sector público como cliente, ya que generalmente se demoran más en alcanzar su ventaja competitiva. Estas compañías necesitan inversores con horizontes a más largo plazo, digamos, 3-5 años.

Ahí es donde entra en juego el sector público. Algunos países ya han creado fondos públicos para fomentar y financiar nuevas empresas gubernamentales enfocadas en mejorar la administración pública y cerrar así las brechas iniciales de inversión a través del financiamiento de empresas gubernamentales y programas piloto.

Estos incluyen el GovTech Catalyst Fund del Reino Unido y el programa de innovación digital para los desafíos del sector público de Israel. Otros países, como Canadá y Francia, están trabajando para desarrollar programas similares y desplegar fondos catalíticos para cerrar la brecha de inversión inicial.

Así como la industria financiera ha transformado el sector financiero, el sector gubernamental emergente puede crear un nuevo paradigma para la provisión eficiente de servicios públicos.

A medida que persiguen una transformación digital muy necesaria, los gobiernos de América Latina deben trabajar activamente para desarrollar y fomentar una nueva generación de asociaciones público-privadas con nuevas empresas gubernamentales que produzcan soluciones relevantes y rentables, que conviertan a los gobiernos en más inteligentes e inteligentes. Si lo hacen bien, la región puede esperar un futuro más próspero, eficiente y competitivo.

Carlos Santiso, Director de Innovación Digital del Estado de CAF – banco de desarrollo de América Latina.

© Project Syndicate 1995–2019.

Opinión | 12 de marzo de 2019

30 años después, lo que se viene “#ForTheWeb?”

En el cumpleaños de la World Wide Web, el fundador e inventor de la Web Sir Tim Berners-Lee reflexiona sobre cómo la red ha cambiado nuestro mundo y lo que hay que hacer para construir una mejor Internet que sirve a toda la humanidad.

Hoy, 30 años después de mi original propuesta para un sistema de gestión de la información , la mitad del mundo está en línea. Es un momento para celebrar lo lejos que hemos llegado, pero también una oportunidad para reflexionar sobre lo mucho que aún tenemos que avanzar.

La Web se ha convertido en una plaza pública, una biblioteca, un consultorio médico, una tienda, una escuela, un estudio de diseño, una oficina, una sala de cine, un banco, y mucho más. Por supuesto, con cada nueva innovación, con cada nueva página web, la brecha entre los que están en línea y los que no va en aumento, por lo que es aún más necesario hacer que la web sea accesible para todo el mundo.

Mientras la banda ancha ha creado una oportunidad, dando a los grupos marginados una voz y hecha nuestra vida diaria más fácil, también ha creado oportunidades para los estafadores, dado voz a los que difunden el odio y ha permitido que todo tipo de delito sea más fácil de cometer.

En el contexto de las noticias acerca de cómo se utiliza mal la Web, es comprensible que mucha gente sienta miedo y no está seguro si es realmente una fuerza para el bien. Pero teniendo en cuenta lo mucho que la web ha cambiado en los últimos 30 años, sería derrotista y carente de imaginación suponer que la web, como la conocemos, no se puede cambiar para mejor en los siguientes 30 años. Si nos damos por vencidos en la construcción de una mejor Internet ahora, le habremos fracasado a la web.

Para hacer frente a cualquier problema, debemos explicarlo en forma clara y entenderlo. Veo, en términos generales, tres fuentes de la disfunción que afectan a la web de hoy:

  • Malas intenciones, como la piratería patrocinada por el Estado, el comportamiento criminal y el acoso en línea.
  • El diseño del sistema que crea incentivos perversos donde se sacrifica valor para el usuario, tales como modelos de ingresos basados en publicidad que recompensan comercialmente “clickbait” y la viralización de información falsa.
  • Consecuencias negativas imprevistas de diseño benévolo que afecta la calidad del discurso en línea. A eso hay que sumar el impacto nefasto del tono indignado de la conversaciones en las redes sociales.

Mientras que la primera categoría es imposible erradicar por completo, podemos crear tanto las leyes y el código para minimizar este comportamiento, tal como lo hemos hecho siempre “off line”.

La segunda categoría nos obliga a rediseñar los sistemas de una manera que cambiar los incentivos. Y la última categoría requiere investigación para comprender los sistemas existentes y los modelos posibles para crear nuevos o modificar los que ya tenemos.

No se puede culpar sólo a un gobierno, a una red social o el espíritu humano. Narrativas simplistas corren el riesgo de agotar nuestra energía a medida que persiguen los síntomas de estos problemas en lugar de centrarse en sus causas fundamentales.

En momentos cruciales, las generaciones anteriores se han comprometido a trabajar juntos por un futuro mejor. Con la Declaración Universal de Derechos Humanos diversos grupos de personas han sido capaces de ponerse de acuerdo sobre los principios esenciales. Con el Derecho del Mar y el Tratado del Espacio Exterior, hemos conservado nuevas fronteras para el bien común.

Ahora, como la Web impacta la forma en que vivimos, tenemos la responsabilidad de asegurarnos de el acceso a Internet sea reconocida como un derecho humano y construida para el bien público. Esta es la razón por la que Web Foundation está trabajando con gobiernos, empresas y ciudadanos para construir un nuevo contrato para la Web .

Este contrato se puso en marcha en Lisboa en la Web Summit, que reúne a un grupo de personas que están de acuerdo en lo que se necesita para establecer normas claras y leyes que sustenten la web.

Ningún grupo debe hacer esto por sí solo, y todos los aportes serán apreciados. Los gobiernos, las empresas y los ciudadanos están contribuyendo, y nuestro objetivo es tener resultados a finales de este año.

Los gobiernos deben adecuar las leyes y reglamentos para la era digital. Deben asegurar que los mercados siguen siendo competitivos, innovadores y abiertos. Y tienen la responsabilidad de proteger los derechos y las libertades de las personas.

Necesitamos defensores de una web abierta dentro del aparato público, los servidores y funcionarios electos que tomarán decisiones cuando los intereses del sector privado amenacen el bien público, y que se pondrán de pie para proteger una web abierta.

Las empresas deben hacer más para asegurar que su búsqueda de ganancias a corto plazo no sea en detrimento de los derechos humanos, la democracia, hechos científicos o la seguridad pública. Las plataformas digitales y los productos deben ser diseñados con la privacidad, la diversidad y la seguridad en mente. Este año hemos visto un número de empleados del sector tecnológico de pie y exigir mejores prácticas de negocio. Tenemos que animar a ese espíritu.

Y lo más importante de todo, los ciudadanos deben exigir a las empresas y los gobiernos que cumplan los compromisos que asumen.

Si no elegimos a políticos que defienden una web libre y abierta, si no hacemos nuestra parte para fomentar conversaciones saludables constructivas “online”, si continuamos haciendo “clic” sin exigir que nuestros derechos sean respetados, nos alejamos de nuestra responsabilidad de poner estos temas en la agenda de prioridades de nuestros gobiernos.

La lucha por la web es una de las causas más importantes de nuestro tiempo. Hoy en día, la mitad del mundo está en línea. Es más urgente que nunca asegurar que la otra mitad no se quede atrás y que cada uno contribuya a una web que impulse la igualdad, la oportunidad y la creatividad.

El nuevo contrato para la Web no debe ser una lista de soluciones rápidas, sino un proceso que marca un cambio en la forma en que entendemos nuestra relación con nuestra comunidad en línea. Debe ser lo suficientemente claro para actuar como un mapa de ruta que nos muestre el camino a seguir, pero lo suficientemente flexible para adaptarse a la rapidez de los cambios tecnológico. Es el camino que tenemos que recorrer para pasar de la adolescencia digital a un futuro más maduro, responsable e inclusivo.

La web es para todos y somos nosotros los que colectivamente tenemos el poder para cambiarla. No va a ser fácil. Pero si soñamos un poco y trabajamos mucho, podemos lograr la web que queremos.

Sir Tim

Opinión | 11 de marzo de 2019

Mujer en el tiempo de los derechos

Hablar sobre Derechos siempre nos enfrenta a una curiosa dicotomía, la del trecho que media entre proclamar un derecho y disfrutarlo. En realidad, este asunto de la igualdad, el respeto a la dignidad y el tratamiento paritario de todas las personas ya debía haberse resuelto el 26 de agosto de 1789 con la “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”, momento histórico en el que la asamblea constituyente de la República Francesa enunció con valor universal el principio de que “todos los hombres nacen libres e iguales en derechos”.

Y sin embargo, el problema fue, ya entonces, que dicha declaración no amparaba a las mujeres, a los esclavos, a los convictos y ni siquiera otorgaba el voto a quienes no fueran ciudadanos rentistas.

Cuando mencionaban a los hombres (y sólo a algunos hombres) lo hacían en serio, puesto que por encima de los enunciados excelsos había una ideología (patriarcal) y una política jurídica; la ciudadanía era un estatus burgués y de clase, no aplicable a todo el mundo.

Corrigiendo los derechos

Olimpia de Gougues intentó paliar este pequeño defecto de perspectiva con la “Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana” en 1791, pero su propuesta fue rechazada tajantemente, en la guillotina.

Doscientos treinta años después, a pesar de todos nuestros avances, y aunque parezca mentira, seguimos sin realizar un enfoque frontal del tema de la igualdad, pues la lucha social se ha centrado en logros reivindicativos (y hemos logrado muchos), en ocasiones en la creación de políticas jurídicas, pero raramente en el modelo ideológico que respalda la igualdad.

Al día de hoy, podemos proclamar sin reparos que, conseguida la declaración formal de igualdad entre hombres y mujeres, ésta no existe aún como realidad en la ejecución de los derechos ciudadanos.

Es verdad. Resulta obligado reconocer los avances que la sociedad occidental ha realizado en materia de igualdad de género, aunque sin perder de vista que no son logros universales. Tengamos presentes no sólo anécdotas como el recientemente adquirido derecho de las mujeres saudíes a conducir, sino el abrumador peso de las cifras globales. Esas cifras que nos indican que, aunque las mujeres muestran rendimientos académicos y comprensión idéntica a la de los hombres, sólo 84 Estados permiten a las mujeres realizar los mismos trabajos que a los hombres, sólo en 76 hay normas sobre equiparación de salarios, y aun en estos existe una brecha salarial que de media es del 24%.

149 sobre 194 Estados prohíben el matrimonio infantil, 2/3 de los Estados que sufren altos niveles de violencia doméstica tienen leyes contra dicha práctica, lo que no ha evitado que en la mayoría de los mismos una de cada tres mujeres afirme haber sufrido violencia infligida por su pareja. Cerca del 70% de las mujeres tienen una banda de ingresos bajo o mediano-bajo, frente a un 30% de hombres y sólo el 17% de las firmas comerciales tienen mujeres como altos cargos directivos.

Si abordamos la diferencia que supone ser niña en este mundo sencillamente veremos que ser vestida de rosa al nacer implica tres veces más posibilidades de ser pobre, de ser reducida a trabajos no remunerados o de morir por falta de asistencia, violencia de género o marginación. Como mujer trans aun señalaría que toda estadística empeora si le sumas factores de marginalidad como pertenecer a una minoría racial, religiosa o sexual. A las mujeres trans lo primero que nos ocurre es que nos pasamos la vida justificando que somos y tenemos derecho a ser parte de esta mayoría discriminada que es la condición femenina.

La realidad de los datos

Todo esto ocurre en países firmantes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos desde 1948 y que, como se ha indicado, han promulgado leyes de igualdad y contra la violencia en la mayoría de los casos. Ahora que también vivimos el tiempo de los movimientos anti-derechos, se nos contesta con frecuencia que como mujeres europeas no podemos quejarnos, pues para nosotras la igualdad es ya un derecho inalienable y la igualdad real una simple cuestión de mérito y esfuerzo.

Tenemos igualdad constitucional, normativas laborales anti discriminatorias (13 Directivas de la UE anti-discriminación desde 1970, el Estatuto de los Trabajadores y el Código Penal) y por supuesto normativa sanitaria como la Ley de técnicas de reproducción humana asistida (derecho al aborto y planificación familiar, derecho a la educación sexual…) y normativas de prevención y lucha contra la violencia de género.

En este campo resulta, además, que vivimos en un país ejemplar que no sólo ha enunciado la igualdad de derechos, sino que además ha articulado políticas de igualdad y ha cerrado un pacto de Estado contra la violencia de género. ¿Qué más podemos pedir? ¿De qué nos quejamos? ¡Vivimos en la era de los derechos de la mujer!

Sin embargo, también es de rabiosa actualidad el impacto mediático del aparentemente ingente número de hombres (y hasta mujeres) que se sienten “acosados y discriminados” por las “leyes de ideología de género”. Al parecer no sólo habríamos llegado a la igualdad, sino que, además, nos habríamos pasado acelerando y comenzado a atropellar al antaño género dominante. Frente a este movimiento de reacción, que lleva años fraguándose en el seno de integrismos religiosos y ultranacionalistas nostálgicos del “orden natural”, parece que bien poco le vale la realidad de los hechos.

Da igual acreditar que las mujeres españolas cobran de media 4.745 € menos que los hombres, que su jubilación es un 37% más baja o que 3,2 millones de trabajadoras ingresan por debajo del Salario mínimo interprofesional.

Basta con un par de titulares y unos cuantos memes en redes sociales para poner en cuestión que las denuncias judiciales por violencia de género de los últimos diez años oscilan entre las 135.539 (2009) y las 125.223 (2018), que entre 2003 y 2018 hay al menos 972 mujeres asesinadas por violencia machista (sin contar a los niños y victimas adyacentes) o que hay un total 533.233 expedientes sobre 482.783 víctimas registrados por el Ministerio de Interior en 2019. Por supuesto, no mencionemos que eso sólo son los casos denunciados y tratados por los ministerios de justicia e interior, que aquí no se computan otro tipo de violencias más sutiles o que las mujeres trans no somos integradas en la estadística.

La igualdad es ideológica

¡Y es que da igual! Podemos llenar de números libros enteros, sin comprender que ésta, más allá de ser una lucha por la ley, por logros concretos como el derecho al aborto, la remuneración de los cuidados o la equiparación salarial de las mujeres, es ante todo una lucha ideológica y cultural. Que no existirá un ejercicio igualitario de los derechos hasta que no abordemos la realidad del marco ideológico que vive nuestra sociedad.

Cuando los sectores más reaccionarios de nuestra sociedad acusan a la ley de hacer ideología de género, ¡es verdad¡. Toda ley de igualdad y no discriminación es ideológica. Lo absurdo es que se pretenda defender una neutralidad que no existe para justificar la inacción, la no implementación de políticas sociales o la erradicación de las normas tutelares, porque eso, precisamente, también es ideología. La ideología que defiende el statu quo, la que toma partido por conservar las relaciones de poder y desigualdad que genera un sistema históricamente patriarcal y que se ve ahora cuestionado.

Si algo nos demuestra la ya dilatada historia por los Derechos humanos y la igualdad, es que promulgar una ley sólo es poner una herramienta para la lucha igualitaria, pero que sin políticas sociales de apoyo y sin una ideología firme de respaldo, toda ley se convierte con facilidad en papel mojado. En un enunciado excelso alejado de la realidad de los ciudadanos que deberían verse amparados por la ley.

La ley más clara y terminante del mundo en contra de la discriminación es susceptible de interpretarse a sensu contrario o de verse neutralizada por un ataque ideológico. Para muestra, la reciente sentencia de la Corte Suprema de los EE.UU., caso Mullins-Craig contra Phillips en junio 2018, en el que dos hombres gais alegaron ser discriminados por la negativa del pastelero Mullins a venderles un pastel de bodas por objeción de conciencia religiosa contra el ejemplo de vida “anticristiano” de la pareja.

Contra todo pronóstico, una corte sesgada por la reciente elección de varios miembros anti “políticas de género” apreció que el Sr. Mullins se había visto “gravemente discriminado en sus sentimientos religiosos” por la imposición estatal de no discriminar a la pareja.

El fallo fue prontamente jaleado por las iglesias cristianas, destacados miembros del partido republicano y de movimientos integristas variados, y hoy ya constituye un ejemplo con valor universal del argumentario anti derechos de cualquier movimiento integrista que se precie. Cualquier lector puede percibir el peligro subyacente; una normativa anti discriminación de la minoría es aplicada en favor de un miembro de la mayoría discriminante para consolidar una sociedad segregada por grupos. Imaginemos que en lugar de un pastel de bodas estuviéramos hablando de una prestación sanitaria o educativa…

En este contexto, y en una sociedad que opera fundamentalmente por criterios de opinión pública, y esta última por campañas mediáticas, resulta necesario plantearse el buenismo de intentar formular leyes que otorgan logros parciales por la igualdad (¡ojo, muy importantes¡) sin blindar el marco ideológico interpretativo de las mismas. O dicho de otra forma, sin denunciar la “ideología de género” machista, que obstaculiza la realización de dichos logros o cuestiona los fines últimos de la norma con una ingente batería de argumentos.

Legislar el género no es una labor que pueda realizarse con neutralidad o equidistancia. El miedo a ofender sensibilidades se convierte aquí en un arma de doble filo. Por desgracia, en materia de Derechos humanos no se legisla “para todos”. Se legisla para los necesitados de tutela y con la conciencia de que existe una resistencia al cumplimiento.

Si no, con la cantidad de declaraciones de derechos humanos que llevamos, hacía tiempo que estaríamos en una sociedad inclusiva e igualitaria. La igualdad exige militancia del poder público, ideología sí, y políticas sociales de respaldo, más allá de encomendar a los más débiles que consigan defenderse con los mimbres de una ley contra un entramado social, económico, ideológico y de poder que desconfía, se resiste o se opone al cambio social.

La ley no sólo debe prometer amparo a (la) más débil, también debe velar porque esos derechos lleguen a ser una realidad.

Marina Echebarría Sáenz es Doctora en Derecho y, profesora en la Facultad de Derecho, Universidad de Valladolid.

© The Conversation. Republicado con permiso.

Opinión | 8 de marzo de 2019

¿Eternamente viejos?

Tengo sesenta y cinco años y me gustaría saber cuántos años más de vida me quedan. Seguro que no voy a pasar de los ciento veinte años, pero podría morirme mañana de un accidente o de un infarto. Es decir, la pregunta no tiene respuesta (afortunadamente) si se trata de una persona concreta, en este caso yo, pero se puede contestar en términos de probabilidad si se refiere a un español de mi misma edad, sin concretar, un español cualquiera.

Puesto en otras palabras, se puede pronosticar cuántos años más vivirán en promedio los españoles nacidos el mismo año que yo, y eso es lo que se conoce como esperanza de vida a los sesenta y cinco años, que para un varón es de veinte años. Los españoles que hoy tienen sesenta y cinco años vivirán de media hasta los ochenta y cinco años (aunque algunos se morirán antes y otros después).

La esperanza de vida se calcula para una edad en particular, pero ocurre que en los medios de comunicación se acostumbra a llamar “esperanza de vida” (a secas) solo a la que se calcula a un recién nacido. Para un bebé español de sexo masculino la esperanza de vida es de unos ochenta años. Este uso impreciso del término “esperanza de vida” produce grandes confusiones cuando se especula acerca de cuántos años van a vivir los seres humanos en el futuro.

Porque uno de los argumentos que se repiten es que, como la esperanza de vida ha aumentado de manera espectacular en los últimos tiempos, pronto los seres humanos vivirán más de ciento veinte años. En la población española, sin ir más lejos, en 1901 la esperanza de vida al nacer de los varones no llegaba a los treinta y cinco años, y cuando yo nací rondaba los 65 años.

Pero las cosas no son tan sencillas.

La curva de mortalidad

La esperanza de vida al nacer equivale a la edad promedio de muerte (se calcula haciendo la media de las edades de muerte de todos los individuos de una población) y por eso depende enormemente de la mortalidad infantil.

Todas las especies de mamíferos tienen una curva de mortalidad parecida. Me refiero a que las probabilidades de morir (de no llegar al siguiente cumpleaños) son muy altas al principio de la vida (los niños pequeños siempre están enfermos), luego se estabilizan en un nivel bajo (los adolescentes y los adultos jóvenes tienen una salud y una resistencia de hierro), y vuelven a subir rápidamente en la ancianidad (los viejos siempre están delicados).

De ese modo, la curva de mortalidad tiene inevitablemente forma de U. La medicina ha reducido al mínimo la mortalidad infantil (el brazo izquierdo de la U) y en consecuencia la esperanza de vida al nacer ha crecido prodigiosamente. ¿Pero significa eso que hemos aumentado en la misma proporción la longevidad humana?

Aparece aquí un concepto nuevo, que es el de longevidad, y conviene entenderlo bien. La edad de muerte es individual. Cada uno (usted y yo) tendrá la suya a su debido tiempo; ya sabe, VULNERANT OMNES. ULTIMA NECAT: Todas (las horas) hieren. La última mata. Pero la esperanza de vida (calculada al nacer o a cualquier otra edad) es una variable de la población: cada una tiene la suya (los españoles tenemos la nuestra) y puede mejorar con la alimentación, la higiene y la sanidad.

Por el contrario, la longevidad es una propiedad de la especie: no viven los mismos años los ratones que los elefantes. Claro está que un elefante concreto puede morir antes que un ratón concreto, pero los elefantes más viejos viven mucho más que los ratones más viejos, de manera que podemos definir la longevidad como la duración potencial de la vida en cada especie, o lo que puede llegar a vivir un individuo (con suerte).

Por cierto, no solo es más larga la vida del elefante, sino que son más dilatados los diferentes periodos de su ciclo vital, ya que tarda mucho más en llegar a adulto y poder reproducirse. Y como dato intrigante añadiré que hay una correlación estrecha entre longevidad y tamaño del cerebro en los mamíferos.

Esperanza de vida al nacer y longevidad

Si tuviera que resumir el mensaje de este artículo en una sola frase, sería esta: no es lo mismo esperanza de vida al nacer que longevidad.

Esta sencilla consideración debería servir para enfriar las expectativas más delirantes de prolongar la vida humana varios siglos, porque podemos mejorar la esperanza de vida, ya que tenemos la capacidad de reducir la mortalidad infantil o la de los adultos, pero eso no altera en modo alguno el hecho de que pertenecemos a una especie que, como todas, tiene una longevidad fija.

En la época de Altamira a los treinta años eran viejos, se suele decir, y ahora estamos en plena forma a los sesenta y cinco. ¿No significa eso que hemos avanzado mucho en el camino de la prolongación de la vida humana? ¿No llegará un momento en el que a los ochenta años estemos como ahora a los treinta, y que por lo tanto seamos viejos mucho más tarde? Lamento ser de nuevo un aguafiestas, pero es que este razonamiento falla por la base: la premisa es falsa.

Gorilas en plena forma

¿En qué datos se basan afirmaciones tan rotundas como la de que a los treinta años una mujer o un hombre del Paleolítico estaban en un estado físico y mental equivalente al de nuestros ancianos?

El mero hecho de que los chimpancés puedan vivir en libertad (y las hembras tener hijos) después de los cuarenta años nos debería hacer dudar de tales asertos. Porque de ninguna forma puede decirse que un chimpancé o un gorila de treinta años sea un viejo. Al contrario, está pletórico de facultades.

Tenemos tablas demográficas de poblaciones humanas históricas, y también de los últimos pueblos de cazadores y recolectores que han vivido hasta hace muy poco casi como en la época de Altamira. Para poder contestar a la pregunta popular de “¿a qué edad se morían en la prehistoria?” voy ahora a cambiar de parámetro demográfico. En lugar de utilizar la esperanza de vida me fijaré en lo que en estadística se llama la moda (una moda fúnebre, desde luego), que es la edad más frecuente de morirse, la que arroja cifras más altas.

Pues bien, y ahora viene la sorpresa, la moda de edad de muerte era aproximadamente la misma en los cazadores y recolectores, los romanos y las poblaciones europeas del siglo XIX: los que conseguían llegar a adultos se morían de viejos en torno a los setenta años.

Esa podría ser considerada la longevidad natural (biológica) de la especie Homo sapiens, aunque por supuesto ahora podamos vivir muchos más años porque no tenemos que salir a cazar o a recolectar, ni estar moviéndonos continuamente por el territorio, además de que contamos con el auxilio de la medicina. No es tan sorprendente la moda de los setenta años para los humanos si pensamos que en los chimpancés la moda puede estar en torno a los cuarenta y pocos años.

En resumen, el espectacular incremento de la esperanza de vida al nacer en las poblaciones actuales no supone un avance comparable en nuestra lucha por el aumento de la longevidad. No es que vivamos muchos más años que antes, sino que somos muchos más los afortunados que llegamos a la senectud.

Lo diré de otro modo, para que se entienda mejor. Un español sano de cincuenta o de sesenta años no está mejor “conservado” que un hadza del lago Eyasi (en Tanzania) de la misma edad. Lo sé porque los he conocido.

Es probable que algún día la ciencia llegue a entender qué hace que las diferentes especies biológicas tengan longevidades tan dispares, dónde está ese reloj biológico secreto que también establece cuándo somos bebés, cuándo niños, cuándo adolescentes, cuándo adultos jóvenes, cuándo maduros, y cuándo viejos.

Y también puede ocurrir que ese mecanismo que regula el ciclo vital del individuo esté tan íntimamente ligado a la biología general del organismo que no pueda ser modificado sin alterar la homeostasis, el equilibro de todo el sistema. Me temo que prolongar la vida no saldrá gratis.

En cualquier caso, mientras la ciencia avanza, conviene que empecemos a preguntarnos si de verdad queremos ser eternamente viejos.

Juan Luis Arsuaga es Catedrático de Paleontología en la Universidad Complutense de Madrid y Director del Centro UCM-ISCIII evolución y comportamiento humanos.

© The Conversation. Republicado con permiso.

Opinión | 7 de marzo de 2019

Una solución humana para la automatización del trabajo

Hoy en día, cuesta pensar en un empleo que todavía exista para nuestros hijos cuando crezcan. Los padres aterrados cada vez más intentan anticipar el próximo éxito digital, para poder darles a sus hijos una ventaja sobre el resto de los seres humanos cuyos empleos pronto serán automatizados. Los contadores y los radiólogos ya están sentenciados, pero sin duda los desarrolladores que perfeccionan vehículos sin conductor o agregan nuevas funciones a Facebook están a salvo, ¿verdad?

En lugar de pensar de esa manera, deberíamos ver la aparición de tecnologías digitales maravillosamente eficientes como una oportunidad para crear nuevos tipos de empleos que satisfagan nuestras naturalezas sociales. Esta estrategia no sólo resolvería el problema del “fin del trabajo”; también abordaría uno de los mayores males de la modernidad: la soledad.

Las personas socialmente aisladas son más tristes y se enferman más que aquellas que tienen conexiones humanas significativas, y cada vez son más. Según un comentario de 2016 en The New York Times, “Desde los años 1980, el porcentaje de adultos norteamericanos que dicen estar solos se ha duplicado del 20 al 40 por ciento”.

Una economía social-digital respondería simultáneamente a los problemas planteados por la automatización y la soledad. Las máquinas y los algoritmos ya gobiernan la economía digital, y los seres humanos deben aceptar que no tienen ninguna posibilidad de competir con ellos en términos de eficiencia y poder informático. Deberíamos esperar –y acoger- un futuro en el que máquinas vuelen nuestros aviones de pasajeros y realicen nuestras cirugías cardíacas. ¿Por qué lidiar con pilotos y cirujanos humanos torpes y propensos a distraerse si no tenemos que hacerlo?

Sin duda, algunos trabajadores humanos tendrán que gestionar cosas en la economía digital, pero no en todos los niveles del pasado. Mientras tanto, todos los seres humanos que se habrían convertido en pilotos, cirujanos o contadores en otros tiempos pueden, en cambio, realizar aquellos empleos en los que las máquinas son inherentemente malas.

Como observa Sherry Turkle del MIT, en el caso de algunas actividades, la participación de una máquina estropea la experiencia. Consideremos las redes sociales. Facebook y Twitter no pueden reducir la soledad, porque están destinadas a ofrecer una muestra sesgada de experiencia social. Como si fueran azúcar digital, pueden hacer que una interacción social sea instantáneamente gratificante, pero siempre dejan una sensación de vacío detrás. Al ofrecer nada más que una simulación de experiencia social, en definitiva, nos vuelven más solitarios.

En el pasado, el rótulo de “trabajador social” se aplicaba a un grupo reducido de profesionales que se ocupaba de quienes no podían cuidarse por sí mismos. Pero en una economía social-digital, el significado del término sería más amplio. Después de todo, el barista que nos prepara el café con leche también ofrece un servicio social sólo por preguntarnos cómo nos va. Esa simple pregunta, aunque esté motivada por el cumplimiento de las reglas del lugar de trabajo, no tendría ningún significado si viniera de una máquina.

Nuestra necesidad de interacción social es producto de nuestra evolución. Los seres humanos, explica el neurocientista John Cacioppo, son “obligatoriamente gregarios”. Un cuidador de zoológico que tiene como tarea crear un “recinto apropiado para la especie Homo sapiens”, escribe, “no alojaría a un integrante de la familia humana en aislamiento” por la misma razón que no “alojaría a un miembro de Aptenodytes forsteri (pingüinos emperadores) en la arena caliente del desierto”. En otras palabras, si uno quisiera torturar a un animal obligatoriamente social, la manera más costo-efectiva sería aislarlo.

A lo largo de las eras industrial y post-industrial, nuestra naturaleza social ha sido dominada por una adicción cultural a la eficiencia. Pero la revolución digital podría ayudarnos a redescubrir lo que hemos perdido. Hoy en día, la única aplicación de tecnologías digitales en el lugar de trabajo es impulsar la productividad. Pero con una estrategia socialmente sensible, nos concentraríamos en cambio en darles a los trabajadores humanos más rienda suelda para expresarse.

En una economía social, seguiríamos preocupándonos por la eficiencia, pero daríamos cabida a la falibilidad humana. De la misma manera que no esperamos una eficiencia perfecta de nuestros amantes, no deberíamos esperarla de los maestros, las enfermeras o los baristas humanos.

Además de la eficiencia, también deberíamos pensar en cómo podemos mejorar socialmente varias profesiones, inclusive aquellas que no parecen especialmente sociales. Consideremos los astronautas. Un foco en la eficiencia nos exigiría eliminar a los exploradores espaciales humanos más o menos de inmediato. Las máquinas ya son mejores a la hora de hacer correcciones de curso y recopilar datos, y no exigen las instalaciones extra que los humanos necesitan para permanecer saciados y cuerdos en el espacio.

Pero existe otra manera de pensar en la exploración espacial, en la que la presencia de seres humanos es el quid de la cuestión. La narración siempre ha sido una experiencia social profundamente placentera para los seres humanos. Y aunque los exploradores robóticos pueden transmitir datos desde el Monte Olimpo de Marte, nunca podrán contar una historia emocionalmente gratificante sobre qué se siente al escalarlo. ¿Por qué explorar después de todo el espacio si no es para contribuir a la historia de la humanidad? Desde una perspectiva social, reemplazar a los astronautas humanos por máquinas es un poco como reemplazar a Meryl Streep con animación 3D.

Para los padres ansiosos, la mejor manera de predecir el futuro del trabajo no es estudiar las últimas tecnologías, sino más bien nuestro pasado. Antes de que los Homo sapiens nos volviéramos agricultores, pertenecíamos a comunidades que procuraban alimentos y que satisfacían muchas de las necesidades sociales que hoy están insatisfechas. El futuro del trabajo en la economía social tendrá que ver con volver a atender esas necesidades.

Sin embargo, para que eso suceda, necesitamos cambiar la mentalidad de los responsables de las políticas y de las empresas. Tal como están las cosas, los trabajadores que lidian directamente con otros humanos suelen ser los primeros en ser desplazados por servicios automatizados. Pero ésta es una elección, no una necesidad económica. Nada sobre la revolución digital requiere que dejemos de valorar a los seres humanos y a las interacciones humanas.

En lugar de canalizar el rédito de la automatización hacia los bolsillos de unos pocos multimillonarios, deberíamos empezar a utilizarla para establecer conexiones relevantes entre los seres obligatoriamente gregarios. Este logro sería una historia humana digna de ser contada.

Nicholas Agar es un filósofo radicado en Nueva Zelanda que ha escrito profusamente sobre las consecuencias humanas del cambio tecnológico. 

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Opinión | 5 de marzo de 2019

Por un Renacimiento Europeo

PARÍS – Ciudadanos de Europa: Si me he tomado la libertad de dirigirme a ustedes directamente, no es solo en nombre de la historia y de los valores que nos unen, sino también porque hay urgencia. Dentro de unas semanas, las elecciones europeas serán decisivas para el futuro de nuestro continente.

El Brexit es ejemplo de todo ello. Ejemplo de la crisis de una Europa que no ha sabido satisfacer las necesidades de protección de los pueblos frente a los grandes cambios del mundo contemporáneo. Ejemplo, también, de la trampa europea. La trampa no es pertenecer a la Unión Europea, sino la mentira y la irresponsabilidad que pueden destruirla.

Nunca antes, desde la Segunda Guerra Mundial, Europa ha sido tan necesaria. Y, sin embargo, nunca ha estado tan en peligro.

¿Quién les ha contado a los británicos la verdad sobre su futuro tras el Brexit? ¿Quién les ha hablado de perder el acceso al mercado europeo? ¿Quién ha advertido de los peligros para la paz en Irlanda si se vuelve a la frontera del pasado? El repliegue nacionalista no tiene propuestas; es un «no» sin proyecto. Y esta trampa amenaza a toda Europa: los que explotan la rabia, ayudados por noticias falsas, prometen una cosa y la contraria.

Frente a estas manipulaciones, debemos mantenernos firmes. Orgullosos y lúcidos. Recordemos primero qué es Europa. Es un éxito histórico: la reconciliación de un continente devastado, plasmada en un proyecto inédito de paz, prosperidad y libertad. No lo olvidemos nunca. Hoy día, este proyecto nos sigue protegiendo. ¿Qué país puede actuar solo frente a las estrategias agresivas de las grandes potencias? ¿Quién puede pretender ser soberano, solo, frente a los gigantes digitales? ¿Cómo resistiríamos a las crisis del capitalismo financiero sin el euro, que es una baza para toda la Unión?

Europa es también esos miles de proyectos cotidianos que han cambiado la faz de nuestros territorios: una escuela renovada aquí, una carretera asfaltada allá, un acceso rápido a Internet que está llegando al fin… Esta lucha es un compromiso diario, porque Europa, como la paz, no viene dada. En nombre de Francia, abandero esta lucha sin descanso para hacer avanzar a Europa y defender su modelo. Hemos demostrado que lo que nos dijeron que era inalcanzable –como la creación de una defensa europea o la protección de los derechos sociales– finalmente era posible.

Con todo, hay que hacer más y más rápido. Porque hay otra trampa: la del statu quo y la resignación. Frente a las grandes crisis mundiales, los ciudadanos nos dicen a menudo: «¿Dónde está Europa? ¿Qué está haciendo Europa?». Para ellos, se ha convertido en un mercado sin alma. Pero sabemos que no es solo un mercado, que es también un proyecto.

El mercado es útil, pero no debe hacernos olvidar lo necesario de las fronteras que nos protegen y de los valores que nos unen. Los nacionalistas se equivocan cuando pretenden defender nuestra identidad apelando a la salida de Europa, porque es la civilización europea la que nos une, nos libera y nos protege. Pero los que no querrían cambiar nada también se equivocan, porque niegan los temores que atraviesan nuestros pueblos, las dudas que socavan nuestras democracias. Estamos en un momento decisivo para nuestro continente.

Un momento en el que, colectivamente, debemos reinventar, política y culturalmente, las formas de nuestra civilización en un mundo cambiante. Es el momento para el Renacimiento Europeo. Así pues, resistiendo a las tentaciones del repliegue y la división, quiero proponer que, juntos, construyamos ese Renacimiento en torno a tres aspiraciones: la libertad, la protección y el progreso.

Defender nuestra libertad

El modelo europeo se basa en la libertad individual y la diversidad de opiniones y de creación. Nuestra libertad primera es la libertad democrática, la de elegir a nuestros gobernantes allí donde, en cada cita electoral, hay potencias extranjeras que intentan influir en nuestros votos. Propongo que se cree una Agencia Europea de Protección de las Democracias que aporte expertos europeos a cada Estado miembro para proteger sus procesos electorales de ciberataques y manipulaciones.

En este espíritu de independencia, también debemos prohibir la financiación de partidos políticos europeos por parte de potencias extranjeras. Asimismo, a través de reglas europeas, debemos desterrar de Internet el discurso del odio y la violencia, porque el respeto al individuo es la base de nuestra civilización de la dignidad humana.

Proteger nuestro continente

Fundada en la reconciliación interna, la Unión Europea se ha olvidado de mirar a otras realidades en el mundo. Ahora bien, ninguna comunidad genera un sentimiento de pertenencia si no tiene límites que proteger. La frontera es la libertad en seguridad. En este sentido, debemos revisar el espacio Schengen: todos los que quieran participar en él deberán cumplir una serie de obligaciones de responsabilidad (control riguroso de fronteras) y solidaridad (una misma política de asilo con las mismas reglas de acogida y denegación). Una policía de fronteras común y una Oficina Europea de Asilo, estrictas obligaciones de control y una solidaridad europea a la que contribuyan todos los países bajo la autoridad de un Consejo Europeo de Seguridad Interior. Frente a las migraciones, creo en una Europa que protege a la vez sus valores y sus fronteras.

Estas mismas exigencias deben aplicarse a la defensa. Pese a que en los dos últimos años se han registrado avances significativos, debemos establecer un rumbo claro. Así, un tratado de defensa y seguridad deberá definir nuestras obligaciones ineludibles, en colaboración con la OTAN y nuestros aliados europeos: aumento del gasto militar, activación de la cláusula de defensa mutua y creación de un Consejo de Seguridad Europeo que incluya al Reino Unido para preparar nuestras decisiones colectivas.

Nuestras fronteras también deben garantizar una competencia leal. ¿Qué potencia acepta mantener sus intercambios con aquellos que no respetan ninguna de sus reglas? No podemos someternos sin decir nada. Tenemos que reformar nuestra política de competencia, refundar nuestra política comercial: sancionar o prohibir en Europa aquellas empresas que vulneren nuestros intereses estratégicos y valores fundamentales –como las normas medioambientales, la protección de datos o el pago justo de impuestos– y adoptar una preferencia europea en las industrias estratégicas y en nuestros mercados de contratación pública, al igual que nuestros competidores estadounidenses o chinos.

Recuperar el espíritu de progreso

Europa no es una potencia de segunda clase. Toda Europa está a la vanguardia: siempre ha sabido definir las normas del progreso y en esta línea debe ofrecer un proyecto de convergencia, más que de competencia. Europa, que creó la seguridad social, debe establecer para cada trabajador, de este a oeste y de norte a sur, un escudo social que le garantice la misma remuneración en el mismo lugar de trabajo, y un salario mínimo europeo adaptado a cada país y revisado anualmente de forma colectiva.

Retomar el hilo del progreso es también liderar la lucha contra el cambio climático. ¿Podremos mirar a nuestros hijos a los ojos si no logramos reducir nuestra deuda con el clima? La Unión Europea debe fijar sus ambiciones –cero carbono en 2050, reducción a la mitad de los pesticidas en 2025– y adaptar sus políticas a esta exigencia: Banco Europeo del Clima para financiar la transición ecológica, dispositivo sanitario europeo para reforzar el control de nuestros alimentos, y, frente a la amenaza de los lobbies, evaluación científica independiente de sustancias peligrosas para el medio ambiente y la salud, etc.

Este imperativo debe guiar todas nuestras acciones. Del Banco Central Europeo a la Comisión Europea, pasando por el presupuesto europeo o el Plan de Inversiones para Europa, todas nuestras instituciones deben tener al clima como prioridad.

Progreso y libertad es poder vivir del trabajo y, para crear empleo, Europa debe ser previsora. Para ello, no solo debe regular a los gigantes del sector digital, creando una supervisión europea de grandes plataformas (sanciones aceleradas para las infracciones de las normas de la competencia, transparencia de algoritmos, etc.), sino también financiar la innovación asignando al nuevo Consejo Europeo de Innovación un presupuesto comparable al de Estados Unidos para liderar las nuevas rupturas tecnológicas como la inteligencia artificial.

Una Europa que se proyecta hacia el resto del mundo debe mirar a África, con quien debemos sellar un pacto de futuro, asumiendo un destino común y apoyando su desarrollo de forma ambiciosa y no defensiva con inversión, colaboración universitaria, educación y formación de las niñas, etc.

Libertad, protección, progreso. Sobre estos pilares debemos construir el Renacimiento Europeo. No podemos dejar que los nacionalistas sin propuestas exploten la rabia de los pueblos. No podemos ser los sonámbulos de una Europa lánguida. No podemos estancarnos en la rutina y el encantamiento.

El humanismo europeo exige acción y por todas partes los ciudadanos están pidiendo participar en el cambio. Así pues, antes de finales de año, organicemos una Conferencia para Europa, junto a los representantes de las instituciones europeas y los Estados, con el fin de proponer todos los cambios necesarios para nuestro proyecto político, sin tabúes, ni siquiera revisar los tratados. Dicha conferencia deberá incluir a paneles de ciudadanos y dar voz a universitarios, interlocutores sociales y representantes religiosos y espirituales. En ella se definirá una hoja de ruta para la Unión Europea que traduzca estas grandes prioridades en acciones concretas. Tendremos discrepancias, pero ¿qué es mejor, una Europa estancada o una Europa que avanza a veces a ritmos diferentes, manteniéndose abierta al exterior?

En esta Europa, los pueblos habrán recuperado realmente el control de su destino. En esta Europa, estoy seguro de que el Reino Unido encontrará su lugar.

Ciudadanos de Europa: el impasse del Brexit nos sirve de lección a todos. Salgamos de esta trampa y démosle un sentido a las próximas elecciones y a nuestro proyecto. Ustedes deciden si Europa y los valores de progreso que representa deben ser algo más que un paréntesis en la historia. Esta es la propuesta que les hago para trazar juntos el camino del Renacimiento Europeo.

Emmanuel Macron es Presidente de Francia.

Copyright: Project Syndicate, 2019. www.project-syndicate.org

Opinión | 1 de marzo de 2019

Inmigración: mitos versus datos

WASHINGTON, DC – El 9 de diciembre de 2018, la Asamblea General de las Naciones Unidas votó para adoptar el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular, con 152 votos a favor, 5 votos en contra y 12 abstenciones. Quienes están a favor calificaron al Pacto como un paso hacia una gestión más humana y ordenada de la migración; la oposición, sin embargo, sigue siendo importante.

El Pacto no es un tratado legalmente vinculante, ni tampoco garantiza nuevos derechos para los migrantes. En verdad, los 23 objetivos del Pacto se redactaron sobre la base de dos años de discusiones inclusivas y seis rondas de negociaciones, centradas específicamente en crear un marco para la cooperación internacional que no interfiera excesivamente en los asuntos domésticos de los países.

Debido a los malentendidos en torno al Pacto, vale la pena analizar más de cerca el desafío de la migración –y los enormes beneficios que un sistema bien gestionado puede aportar a los países receptores y a los países de origen por igual.

La migración está motivada, antes que nada, por la falta de oportunidades económicas en casa. Dado que el nivel de ingreso promedio en los países de ingresos altos es más de 70 veces superior al que se registra en los países de bajos ingresos, no sorprende que muchos en el mundo en desarrollo se sientan obligados a probar suerte en otra parte.

Esta tendencia se ve reforzada por los cambios demográficos. En tanto los países de altos ingresos enfrentan una población que envejece, muchos países de ingresos más bajos tienen poblaciones en edad laboral y juveniles crecientes. La disrupción tecnológica también está ejerciendo presión sobre los mercados laborales. Es más, el cambio climático, como indicó un informe reciente del Banco Mundial, acelerará la tendencia, al expulsar a unos 140 millones de personas de sus hogares en las próximas décadas.

Sin embargo, contrariamente a lo que se cree, casi la mitad de todos los migrantes no se desplazan de países en desarrollo a países desarrollados. Más bien, migran entre países en desarrollo, muchas veces dentro del mismo vecindario.

Es más, la migración de retorno está en aumento, un hecho que se suele pasar por alto, muchas veces porque a los migrantes se les negó el ingreso en el mercado laboral o porque sus contratos laborales terminaron. Por ejemplo, la cantidad de trabajadores del sur de Asia recientemente registrados en los estados del Golfo declinó marcadamente –entre el 12% y el 41%- en los dos últimos años. Entre 2011 y 2017, la cantidad de potenciales repatriados en Europa –las personas que buscan asilo cuyas solicitudes fueron rechazadas o que, según se pudo comprobar, eran indocumentadas- se cuadruplicó, llegando a 5,5 millones. En el mismo período, la cantidad de potenciales repatriados en Estados Unidos cuando menos se duplicó, a más de 3 millones. La migración de retorno de Arabia Saudita y Sudáfrica también ha aumentado.

Los migrantes que se quedan en sus países receptores hacen contribuciones sustanciales. Si bien los aproximadamente 266 millones de migrantes del mundo conforman apenas alrededor del 3,4% de la población global, aportan más del 9% del PIB.

Para lograrlo, los migrantes deben superar enormes barreras para su éxito económico. Por ejemplo, los trabajadores no calificados, especialmente los que provienen de países pobres, muchas veces pagan honorarios muy elevados –que pueden exceder el ingreso de todo un año para un trabajador migrante en algunos países de destino- a agentes laborales inescrupulosos para encontrar empleo fuera de sus países. Es por eso que los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) incluyen el objetivo de reducir los costos de contratación.

La migración también ofrece importantes beneficios económicos para los países de origen. Si bien los migrantes gastan gran parte de sus salarios en sus países receptores –impulsando la demanda allí-, también suelen enviar dinero para sustentar a sus familias en sus países de origen. El año pasado, las remesas a países de ingresos bajos y medios aumentaron el 11% y llegaron a 528.000 millones de dólares, superando los flujos de inversión extranjera directa de esos países.

A nivel global, el mayor receptor de remesas es la India (80.000 millones de dólares), seguida por China, Filipinas, México y Egipto. Como porcentaje del PIB, los mayores receptores fueron Tonga, Kirguizistán, Tayikistán y Nepal. El incremento en las remeses durante 2018 se debió a la mejora en el mercado laboral en Estados Unidos y a la recuperación de los flujos provenientes de Rusia y los estados del Golfo.

Pero el potencial de las remesas para respaldar el desarrollo sostenible no se cumple. Un obstáculo principal es el elevado costo de las transferencias de dinero.

Los migrantes que envían dinero a sus países pagan, en promedio, 7% del total de la transferencia, debido a una competencia endeble en el mercado de servicios de remesas –resultado de regulaciones estrictas destinadas a combatir los delitos financieros como el lavado de dinero-, así como a una dependencia de tecnología ineficiente. Lograr el objetivo ODS de reducir los costos de las transferencias por debajo del 3% -lo que respaldaría el avance hacia el objetivo de aumentar el volumen total de las remesas- requerirá que los países se ocupen de estas deficiencias.

Estamos monitoreando de cerca estas maneras, muchas veces ignoradas, en que la migración puede respaldar el desarrollo, debido a sus vinculaciones con los indicadores de los ODS. Pero la investigación reciente también destruye otros mitos en torno de la migración, al demostrar, por ejemplo, que los migrantes no imponen una carga fiscal significativa a los países receptores ni deprimen los salarios de los trabajadores nativos poco calificados.

Los flujos de migración están aumentando –una tendencia que va a continuar-. Las políticas de migración fragmentadas formadas en torno a mitos populares no pueden gestionar este proceso de manera efectiva, mucho menos aprovechar las oportunidades de fomentar el desarrollo que crea la migración. Sólo una estrategia coordinada, como la contemplada en el Pacto Mundial, puede lograrlo.

Mahmoud Mohieldin es vicepresidente sénior del Grupo Banco Mundial para la Agenda 2030 para el Desarrollo, Relaciones y Alianzas de las Naciones Unidas y fue ministro de Inversión de Egipto. Dilip Ratha, coautor de este texto, es director de la Unidad de Migración y Remesas del Banco Mundial y de la Alianza Mundial de Conocimiento sobre Migración y Desarrollo.

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Opinión | 28 de febrero de 2019

Los gobiernos de América Latina necesitan una transformación digital

BOGOTÁ – América Latina está llegando a una encrucijada histórica que definirá su crecimiento económico y el bienestar de sus ciudadanos durante los próximos 20 años. Las nuevas tecnologías se fusionan con las dinámicas empresariales y sociales a una velocidad de vértigo y, aunque ofrecen grandes oportunidades para los negocios, la conectividad o la ciencia, también amenazan con ensanchar las ya de por si amplias brechas entre las regiones en desarrollo y las más avanzadas.

Para evitar que la transformación digital profundice las desigualdades entre países será imprescindible promover administraciones públicas eficientes. No es casualidad que países tan competitivos como Gran Bretaña, Estados Unidos, Corea del Sur, Singapur o Israel tengan las administraciones públicas más modernas, innovadoras y eficientes. Son también estos países los que han sabido nutrir una nueva generación de emprendedores en el espacio govtech, término que incluye desde la emergencia de innovaciones digitales hasta startups tecnológicas que buscan mejorar la eficiencia y transparencia de la gestión pública. Estos emprendedores públicos crean modelos de negocio escalables y responden a una demanda pública de innovación y tecnología más sofisticada.

En ese proceso se encuentra el ecosistema de startups govtech que está surgiendo en Iberoamérica: Munidigital en Argentina con su plataforma para la gestión eficiente de incidencias a nivel municipal; VisorUrbano en México con su solución de catastro municipal digital y automatización de trámites de licencias de construcción y de negocios; Appterix y Signature, también en Argentina, y sus soluciones de tecnología blockchain para la gestión pública y el notariado digital; Linte, en Brasil, y su software para la automatización de rutinas y documentos jurídicos; o Green Urban Data, en España, que ofrece un software para facilitar la toma de decisiones y la priorización de estrategias contra el cambio climático, son sólo unos ejemplos de startups que ofrecen soluciones a los grandes retos públicos.

Este tipo de emprendimiento innovador es exactamente lo que necesita la administración pública latinoamericana. Sin embargo, el mercado de soluciones tecnológicas para las administraciones públicas, que genera más de 400 mil millones de dólares al año en todo el mundo, sigue estando dominado por grandes compañías tecnológicas. Si los gobiernos toman medidas para abrir ese mercado a las nuevas empresas, aumentarían la diversidad y la competencia, lo que estimularía la innovación con un mayor enfoque en los usuarios finales.

Con este fin, los gobiernos de América Latina deberían tomar medidas en al menos tres frentes. Primero, deben adaptar las políticas regulatorias para facilitar la adquisición pública de tecnologías provenientes del ecosistema govtech emprendedor. Dichos marcos regulatorios deberían reducir las barreras de entrada de nuevas empresas, simplificar los ciclos de ventas y promover la demanda pública de innovación. Colombia y España, por ejemplo, están evaluando criterios de innovación para los procesos de contratación pública, a fin de ayudar a los organismos gubernamentales a encontrar soluciones alternativas a los desafíos que enfrentan. Varios gobiernos, como Chile, Colombia, Portugal y Uruguay, han creado laboratorios de innovación dentro de las entidades gubernamentales para incubar y acelerar soluciones disruptivas.

Los gobiernos también deben implementar medidas legales, regulatorias, fiscales y contractuales que ayuden a las nuevas empresas a sobrevivir al “valle de la muerte”, es decir, en las primeras etapas del desarrollo de una empresa nueva, cuando los nuevos productos o servicios aún no están generando ingresos. Por ejemplo, Chile promulgó recientemente una ley que establece un plazo de pago de 30 días para las PYME, que beneficiará principalmente a las nuevas empresas.

Finalmente, los gobiernos deberían cultivar el mercado emergente de govtech a través de fondos de inversión y capital semilla para nuevas empresas gubernamentales, especialmente en las primeras etapas de su desarrollo. Los fondos de capital de riesgo, en su mayoría provenientes de EE. UU., tienden a desconfiar de las empresas que tienen al sector público como cliente, ya que generalmente se demoran más en alcanzar su ventaja competitiva. Estas compañías necesitan inversores con horizontes a más largo plazo, digamos, 3-5 años.

Ahí es donde entra en juego el sector público. Algunos países ya han creado fondos públicos para fomentar y financiar nuevas empresas gubernamentales enfocadas en mejorar la administración pública y cerrar así las brechas iniciales de inversión a través del financiamiento de empresas gubernamentales y programas piloto. Estos incluyen el GovTech Catalyst Fund del Reino Unido y el programa de innovación digital para los desafíos del sector público de Israel. Otros países, como Canadá y Francia, están trabajando para desarrollar programas similares y desplegar fondos catalíticos para cerrar la brecha de inversión inicial.

Así como la industria financiera ha transformado el sector financiero, la industria gubernamental emergente puede crear un nuevo paradigma para la provisión eficiente de servicios públicos. A medida que persiguen una transformación digital muy necesaria, los gobiernos de América Latina deben trabajar activamente para desarrollar y fomentar una nueva generación de asociaciones público-privadas con nuevas empresas gubernamentales que produzcan soluciones relevantes y rentables, que conviertan a los gobiernos en más inteligentes. Si lo hacen bien, la región puede esperar un futuro más próspero, eficiente y competitivo.

Carlos Santiso, Director de Innovación Digital del Estado de CAF – Banco de desarrollo de América Latina.

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Opinión | 27 de febrero de 2019

Necesitamos superar la ideología de la inacción climática

FORT COLLINS/SARASOTA – Hace tres años, Estados Unidos alcanzó un triste hito: sus primeros refugiados climáticos. Los miembros de las tribus Biloxi-Chitimacha-Choctaw que por largo tiempo han habitado el pequeño poblado de Isle de Jean Charles, en Luisiana, que ahora está siendo devorado por el creciente nivel del mar, se vieron obligados a migrar. En los años venideros, cientos de comunidades en todo el país sufrirán un destino similar, incluso si las emisiones de gases de invernadero (EGI) cesaran del todo.

A pesar del consenso que existe entre los científicos sobre las causas y las graves consecuencias del calentamiento global, las autoridades siguen prestando oídos sordos a las advertencias de la inminencia de la crisis climática. Incluso antes de que el Presidente estadounidense Donald Trump retirara a los Estados Unidos del acuerdo climático de París de 2015, el país no había comenzado a hacer reducciones significativas. Los activistas del clima argumentan de modo cada vez más insistente que la razón es el capitalismo, o más precisamente la ideología neoliberal que ha dominado las políticas económicas de Occidente por al menos 40 años.

A medida que van ganando fuerza los debates sobre un Nuevo Trato Verde, es fundamental que el público entienda el papel que ha tenido el neoliberalismo en malograr las políticas para reducir las emisiones, abandonar gradualmente los combustibles fósiles y adoptar tecnologías que funcionen con energía renovable.

Los estudiosos del clima suelen advertir que no se puede evitar el cambio climático con “más de lo mismo”. La frase misma refleja la obsesión neoliberal con “hacer ajustes” al modelo –un retoque aquí, un detalle allá-, como si los ciudadanos no fueran más que sujetos pasivos de fuerzas económicas mayores. Todos tenemos un papel activo que desempeñar en dar forma a la economía. Pero, para hacerlo, primero debemos sacarnos de encima las preconcepciones que el pensamiento neoliberal ha cargado sobre la imaginación pública.

Desde 1980, el enfoque predominante en Washington, DC, ha sido que el gobierno debe desempeñar un papel mínimo en la economía. Como dijera el cabildero contra los impuestos Grover Norquist en su famoso chiste: “No quiero abolir el gobierno. Sencillamente quiero reducirlo a un tamaño en que pueda llevarlo al cuarto de baño y ahogarlo en la tina”.

Las políticas resultantes de esta posición –desfinanciar o limitar de otros modos la inversión pública, desregular la economía y descentralizar la democracia- han impedido que Estados Unidos se desenganche de los combustibles fósiles. Las autoridades de ambos partidos se han negado a promover, o siquiera aceptar, las inversiones públicas en infraestructura y fuentes de energía alternativas sin emisiones de carbono.

La creencia de que el sector estatal no hace más que obstaculizar el dinamismo económico está a una gran distancia de la visión keynesiana predominante en las políticas implementadas desde los años 40 a los 60 del siglo XX. La convicción de que el gasto estatal en bienes públicos complementa al sector privado, más que arrinconarlo, ayudó a que Estados Unidos lograra un crecimiento sin precedentes en la época de posguerra.

En un régimen económico de tipo keynesiano, se consideran necesarias las intervenciones del gobierno para solucionar problemas de coordinación, lo cual es precisamente el caso del cambio climático. Por desgracia, un breve resurgimiento del pensamiento keynesiano tras la crisis financiera de 2008 fue rápidamente sofocado por las medidas de austeridad adoptadas en todos los países occidentales, haciendo fracasar los intentos de reducir las emisiones de EGI mediante grandes obras públicas de transporte, vivienda pública ecológica, e investigación y desarrollo.

La desregulación, el segundo pilar del neoliberalismo, también ha contribuido al cambio climático. A los políticos les encanta decir que simplemente están “reduciendo la burocracia” cuando intentan retrotraer estándares y normas de eficiencia energética para la extracción de combustibles fósiles. Pero suele ocurrir que esos mismos políticos se han beneficiado de la generosidad de la industria de los hidrocarburos.

Lamentablemente, a medida que se agrava la crisis climática, también lo ha hecho la presión para desregular los combustibles fósiles. En enero, por ejemplo, un nutrido grupo de eminentes economistas publicó una carta abierta en la que llamaban a implementar un modesto precio (impuesto) al carbono para reemplazar “normas engorrosas”. No importa que estas mismas regulaciones hayan hecho posibles importantes reducciones de EGI en estados como California. Asimismo, se les debe gran parte de la caída de las emisiones lograda a nivel federal a través de programas como los estándares para carteras de renovables y los estándares del Programa de Economía de Combustible Promedio Corporativo (CAFE, por sus siglas en inglés).

Para que EE.UU. tenga alguna oportunidad de reducir las emisiones en línea con lo recomendado en el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, debe reconocer la correspondiente regulación ambiental como un complemento, no un sustituto, a las inversiones públicas de gran escala y la fijación de precios al carbono.

La tercera manera en que el neoliberalismo ha socavado la acción climática es pasar la toma de decisiones desde el nivel federal a los niveles estatal y local. Si bien el control local es de utilidad en algunos ámbitos, ha agravado la tragedia de cómo el cambio climático afecta a las personas comunes y corrientes. Mientras el neoliberalismo prescribe ponerle precio al carbono como solución al cambio climático, rechaza la centralización necesaria para hacer que una política así realmente funcione.

Después de todo, es casi imposible que todos los estados de EE.UU. implementen un precio al carbono. Por largo tiempo la industria de los combustibles fósiles y sus cabilderos han enfrentado entre sí a estados individuales de la unión, así como a sindicatos y gremios individuales, con la promesa de crear empleos locales en la extracción de combustibles fósiles. Este sector también ha emprendido fuertes campañas contra las iniciativas de voto ecológico en los niveles local y estatal, donde puede superar fácilmente los fondos de la competencia.

Mientras la camisa de fuerza de la ideología neoliberal restrinja a las autoridades, no podrá haber avances significativos en la respuesta al cambio climático, como la Senadora estadounidense Dianne Feinstein dejó en claro en un reciente intercambio grabado con jóvenes activistas, que fluctuó entre la petulancia y la combatividad. Afortunadamente, el amplio apoyo público a un Nuevo Trato Verde demuestra que el electorado no comparte esta ideología.

Aun así, para lograr el objetivo del Nuevo Trato Verde de una neutralidad neta de carbono en diez años se requerirá no solo una política de dividendos energéticos del carbono, sino también obras públicas de gran escala y regulaciones complementarias. En su conjunto estas medidas podrían movilizar las capacidades productivas latentes de Estados Unidos de maneras no vistas desde la Segunda Guerra Mundial. Sin ellas, el esfuerzo mundial por enfrentar el cambio climático se derretirá como una bola de nieve en la aridez del desierto.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Anders Fremstad es profesor asistente de economía en la Universidad Estatal de Colorado. Mark Paul es profesor asistente de economía en el New College de Florida e investigador del Roosevelt Institute.

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Opinión | 26 de febrero de 2019

Las gigantes tecnológicas y su impacto en el futuro de las finanzas

LONDRES – Como regalo del Día de San Valentín para el mundo, el Consejo de Estabilidad Financiera (FSB) con sede en Basilea publicó un informe sobre la aplicación de la tecnología a las finanzas, o fintech, y la estructura del mercado de servicios financieros. El subtítulo del informe, más profundo, revela las intenciones de los autores: “cambios en los mercados e implicaciones para la estabilidad financiera”.

La premisa del informe es sencilla. El ingreso de las grandes empresas tecnológicas, las Big Tech, a la escena financiera puede “afectar el grado de concentración y disputabilidad de los servicios financieros, con beneficios y riesgos potenciales para la estabilidad financiera”.

El énfasis está puesto en empresas como Apple, Google, Facebook, Amazon y Ant Financial, más que en la multitud de fintech que están apareciendo en Silicon Valley, Israel o las inmediaciones de Old Street en Londres. Los bancos centrales y los ministerios de finanzas comienzan a preguntarse si las actividades de las megatecnológicas, cuyas capitalizaciones de mercado ya superan con creces incluso a las de los bancos más grandes, serán totalmente beneficiosas.

No deja de ser sorprendente que esas preguntas no se hayan hecho antes (viene a la mente aquello del genio que ya se escapó de la botella). En Europa, cambios regulatorios como la Segunda Directiva sobre Servicios de Pago (PSD2) han sido cruciales para la apertura del sistema bancario; y diversos organismos reguladores, por ejemplo la Autoridad de Conducta Financiera del Reino Unido, usan hace tiempo la idea del sandbox regulatorio: un entorno de prueba que ayuda a las empresas ingresantes al mercado a estructurarse para cumplir las normas. La PSD2, cuya idea a menudo se describe como “banca abierta”, obliga a los bancos a compartir datos de sus clientes con proveedores no bancarios de medios de pago y servicios de información de cuentas. De tal modo, los “agregadores” pueden presentar al cliente una visión integral de sus finanzas y ofrecer servicios adicionales.

Puede que el momento de evaluar los riesgos de la banca abierta para la estabilidad financiera fuera durante el período de consultas antes de la aprobación de la directiva. Ahora mismo la lista de entidades que hicieron aportes al informe del FSB muestra que la Comisión Europea y los principales organismos reguladores en Europa y Norteamérica no tuvieron participación.

¿Cuál fue, pues, la conclusión del FSB?

Los autores comienzan, con tacto, haciendo una serie de elogios a las Big Tech. Dicen con razón que “la mayor eficiencia de los nuevos jugadores puede mejorar la eficiencia de los servicios financieros en el largo plazo”. Es indudable que la ausencia de ciertos costos, por ejemplo los derivados de sistemas informáticos antiguos y redes de sucursales subutilizadas (consideradas una especie de servicio público y, por tanto, difíciles de racionalizar), permite mecanismos digitales más baratos para la provisión de servicios, que serían la envidia de los bancos.

También es enteramente razonable sostener, como hacen los autores, que una mayor competencia en la provisión de servicios financieros puede beneficiar a los consumidores al ampliar la variedad de opciones, estimular la innovación y reducir los costos de transacción. La presión sobre los proveedores tradicionales está generando fuertes incentivos para reducir costos y mejorar el servicio. Las empresas establecidas ya no pueden dormirse en los laureles, como hacían cuando el traspaso de cuentas era infrecuente. Pero el FSB también señala que con la aplicación del subsidio cruzado, las Big Tech podrían ganar cuota de mercado rápidamente y sacar de juego a los proveedores actuales. De modo que “su participación tal vez no genere un mercado más competitivo a largo plazo”.

Es una advertencia que las autoridades deberían escuchar; pero se supone que al FSB lo que más le interesa es la estabilidad, y en esto el informe es ambiguo. Por un lado, los autores sostienen que la mayor competencia puede crear un sistema financiero más sólido, en el que la infraestructura esencial esté repartida en una variedad más amplia de empresas. Por otro lado, las ventajas competitivas de los nuevos ingresantes respecto de los bancos pueden dejar a estos “potencialmente más vulnerables a pérdidas”. Según el informe, la consiguiente reducción de “utilidades no distribuidas como fuente de capital interno” puede tener un “impacto en la resiliencia del sector financiero y en su asunción de riesgos”.

Decidir cuál de los dos escenarios es más probable queda en gran medida librado al criterio de los lectores. Pero mientras que el informe es inequívocamente positivo en cuanto al impacto de las nuevas empresas fintech emergentes (sea que sigan siendo entidades independientes o se unan a los bancos existentes para crear ofertas complementarias), en relación con las Big Tech las conclusiones de los autores son mucho más cautas. Si bien análisis anteriores hablan de un efecto pequeño o benéfico de las fintech sobre la estabilidad financiera, el FSB cree que “esto puede cambiar rápidamente conforme aumente la participación de los grandes proveedores tecnológicos”.

Un posible factor de inestabilidad financiera que identifica el informe es que los bancos relajen imprudentemente los criterios de otorgación de préstamos. En mi opinión, hay poco riesgo de que suceda. Los bancos ya pasaron por eso, en tiempos que todavía están frescos en la memoria, y no quieren volver ahí. Pero el riesgo de pérdida de rentabilidad es real, sobre todo si, como el FSB considera posible, se adoptaran estrategias de precios basadas en ofrecer productos por menos del costo para atraer clientes. Los autores mencionan explícitamente el riesgo del subsidio cruzado. Los bancos en Europa hoy no cuentan con el favor de los inversores (en su mayoría cotizan en bolsa muy por debajo de su valor contable); una pérdida significativa de cuota de mercado en servicios de pago amenazaría todavía más su viabilidad.

En respuesta, el FSB pide (obviamente) “vigilancia” de parte de los supervisores bancarios (¿cuándo habrá sido que se les dijo que era buen momento para descuidarse?). Pero me pregunto si la solución realmente pasa por los supervisores bancarios. Si el informe hubiera contado con el aporte de una variedad más amplia de autoridades, tal vez estas hubieran recomendado, más acertadamente, que haya vigilancia por parte de los organismos encargados de supervisar la conducta comercial y la competencia. Siguiendo la misma lógica del FSB, los riesgos más probables se encuentran en el terreno de estos organismos.

Traducción: Esteban Flamini

Howard Davies es presidente del Royal Bank de Escocia.

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Opinión | 25 de febrero de 2019

Con educación, un futuro brillante para las niñas de África

LUSAKA – La educación les da a los jóvenes las herramientas que necesitan –desde habilidades cognitivas y sociales hasta confianza en sí mismos- para triunfar en la vida. En muchos países africanos, incluido mi país natal, Zambia, las crecientes poblaciones juveniles hacen que ofrecer educación de alta calidad sea de especial urgencia. Pero el éxito sólo será posible con un enfoque nítido en las niñas y las mujeres.

La educación juega un papel central a la hora de determinar la capacidad de las niñas y las mujeres para reclamar derechos económicos, sociales y políticos y un estatus en la sociedad. Por este motivo es tan importante que los países coloquen la educación y el empoderamiento de las niñas y las mujeres en lo alto de sus agendas políticas.

En el caso de Zambia, esa decisión ya está dando resultados. Las mujeres hoy ocupan posiciones de poder que antes estaban dominadas por los hombres, entre ellas el

Presidente de la Corte Suprema, el jefe de la Comisión para el Control de Drogas, el presidente de la Corte Constitucional, el vicepresidente y el ministro de Finanzas. El presidente de Zambia, Edgar Lungu, está experimentando su propio momento “las chicas de Blair” (el primer ministro británico Tony Blair en una ocasión fue fotografiado rodeado de 96 de las 101 mujeres parlamentarias elegidas para la Cámara de las Comunes en 1997) sin el eslogan paternalista.

Por supuesto, promover la igualdad de género no sólo tiene que ver con que las mujeres lleguen a los niveles más altos del poder. No todos quieren o pueden ser un CEO o un líder político. La igualdad de género tiene que ver, fundamentalmente, con la elección: darles a las mujeres las mismas oportunidades de las que gozan los hombres. La educación les da a las niñas y a las mujeres el conocimiento que necesitan para tomar decisiones informadas sobre la vida que quieren llevar –ser un ama de casa o una investigadora científica, por ejemplo, la dueña de un pequeño negocio o la directora de una corporación multinacional- y las capacidades que necesitan para lograrlo.

Para respaldar este esfuerzo, el gobierno de Zambia ha aumentado su inversión en la construcción de escuelas secundarias técnicas para niñas. Es más, para impulsar la calidad de la educación, ha venido contratando maestros, con un especial interés en que sean mujeres. Hasta el momento, han sido contratadas 1.265 maestras, comparado con 744 maestros.

El gobierno de Zambia también ha fortalecido su “política de reincorporación”, centrada en ayudar a las madres jóvenes a regresar a la escuela después del alumbramiento. Y está reforzando sus esfuerzos con legislación, que incluye la Ley de Equidad e Igualdad de Género y una enmienda a la Ley Constitucional de Zambia. Un proyecto de ley para disminuir la violencia sexual y basada en género también está en cartera.

El progreso de Zambia cuestiona las presunciones de las personas de afuera sobre lo que significa ser una mujer en África. Debería servir como modelo para los países vecinos que buscan fomentar el desarrollo mejorando la igualdad de género, y como fuente de esperanza para las niñas y las mujeres en todas partes, brindándoles la confianza para soñar en grande.

Pero nuestro trabajo está muy lejos de haber terminado. No sólo necesitamos que más mujeres desempeñen papeles decisivos en todos los niveles de la sociedad; también debemos cerrar las brechas en materia de logros educativos entre, digamos, las niñas urbanas y rurales.

De todos modos, el futuro se muestra brillante. Por un lado, con la adopción del Objetivo de Desarrollo Sostenible 4, los estados miembro de las Naciones Unidas se han comprometido a “garantizar una educación de calidad inclusiva y equitativa y promover las oportunidades de aprendizaje de por vida para todos” en 2030, con un interés especial en eliminar las disparidades de género.

Por otro lado, hay figuras de alto perfil que han utilizado su influencia para fomentar iniciativas que promueven la educación –y, en especial, la educación de las niñas-. En particular, Meghan, la duquesa de Sussex, hoy es mecenas de la Asociación de las Universidades de la Commonwealth, la única organización acreditada que representa la educación superior (más de 500 universidades) en más de 50 países de la Commonwealth. Entre las áreas principales de trabajo de la AUC está la equidad de género.

Esta es una misión evidente para la duquesa, una feminista declarada, que ha utilizado su plataforma para alentar el empoderamiento de las mujeres jóvenes, inclusive a través de la educación. Por ejemplo, frente a un grupo de estudiantes de la Universidad del Pacífico Sur en Fiji en octubre pasado, declaró: “Todos deberían tener la oportunidad de recibir la educación que quieren, pero más importante, la educación que tienen derecho a recibir”. Luego subrayó la importancia adicional de este objetivo para “las mujeres y las niñas en los países en desarrollo”.

La duquesa anteriormente ha trabajado con organizaciones como One World Vision y ha sido embajadora para ONU-Mujeres. Quizá más importante, tiene la calidad estelar que capta la atención de los jóvenes. Con su historia personal cautivante –en la que encontró su propio éxito, puso en práctica sus valores y desafió las expectativas- es el epitoma de la mujer moderna, y una aspiración para las niñas y las mujeres en toda África.

El apoyo de figuras como la duquesa de Sussex, junto con un fuerte compromiso de los gobiernos y las ONGs, sugiere que el futuro de nuestras jóvenes es brillante. Ahora más que nunca, las mujeres africanas pueden aspirar a vidas que ellas mismas puedan elegir.

Nkandu Luo es ministra de Educación Superior del gobierno de Zambia.

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Opinión | 22 de febrero de 2019

Cómo perder peso (y no volver a ganarlo)

Perder peso es uno de los propósitos de cada inicio de año para mucha gente. Si este es su caso, es posible que le esté costando más de lo que pensaba.

Someterse a una dieta en la que se tienen que mirar con lupa las calorías ingeridas no es fácil en estos tiempos, en los que los alimentos de alto valor energético son atractivos (en gran parte, por su intenso sabor) y fáciles de encontrar.

Otro de los motivos por los que hacer dieta no es tarea sencilla se debe a la rápida respuesta natural de nuestro cuerpo cuando disminuimos las cantidades ingeridas, la cual provoca una sensación que les resultará familiar a aquellos que hayan experimentado un apetito voraz al hacer dieta. Por el contrario, nuestro organismo no emite ninguna respuesta cuando comemos más de lo que deberíamos.

Si se para a pensarlo, es frecuente comer más durante las vacaciones o los fines de semana, amén de otras ocasiones especiales. Por ejemplo, si usted sale a comer a un buen restaurante de un país como Reino Unido, es mejor que sepa que el plato principal de un menú normalmente contiene más de la mitad de las calorías necesarias para todo el día.

¿Sobrealimentación? ¿Dónde?

El reciente estudio que hemos llevado a cabo mis colegas y yo muestra que nuestro organismo apenas detecta la sobrealimentación, ignorándola incluso en casos en los que se ingieren alimentos que generan un exceso de más de 1.000 calorías al día.

Los resultados de la investigación revelaron que consumir el 150% de las calorías diarias necesarias no supuso una variación en las ganas de comer de los participantes. Observamos sus niveles de apetito, así como los niveles de las hormonas que se encargan específicamente de regular el hambre. Para completar el estudio, comprobamos las cantidades de comida ingeridas a lo largo del día siguiente.

Lo que hallamos fue la incapacidad del organismo para tener en cuenta las calorías adicionales. Desde una perspectiva evolucionista se puede decir que tiene sentido, ya que nuestros antepasados habitaban entornos en los que el acceso a los alimentos era limitado, por lo que ingerían mucho más de lo necesario para poder sobrevivir hasta que encontrasen más comida.

Es importante ser consciente del consumo de calorías que realizamos. Al comer de más, aunque sea en contadas ocasiones, estamos ganando peso o interrumpiendo la pérdida. De hecho, las evidencias obtenidas nos recuerdan que el peso que aumentamos durante las vacaciones nos acompañará durante todo el año, de la misma manera que pasarnos con la comida los fines de semana puede contrarrestar por completo la dieta que llevamos a cabo entre semana.

Sin embargo, podemos perder peso aun sabiendo lo sencillo que resulta sobrealimentarse. Es más, ser conscientes de ello puede ayudarnos a mejorar nuestra salud, ya que seguramente dispondremos de más información acerca de las opciones alimentarias más sanas.

La importancia del ejercicio

A pesar de la tendencia de nuestro cuerpo a engordar, llevar una dieta adecuada y adoptar unos hábitos saludables nos ayudarán a conseguir el objetivo de perder peso y mantenerlo posteriormente.

Habitualmente, la gente pasa por alto la práctica de ejercicio, obsesionados por encontrar la “mejor dieta para perder peso”. Sin embargo, mantenerse activo es sumamente importante para adelgazar y, especialmente, para permanecer en el peso deseado durante un período de tiempo prolongado.

El ejercicio puede complementar los cambios en la dieta y ayudar a minimizar el aumento del apetito que provoca ponerse a régimen. Esto se debe a que el deporte no intensifica el hambre de la manera en que lo hace la dieta, a pesar de generar un déficit energético al perder peso. De hecho, realizar ejercicio de manera intensa puede eliminar la apetencia mientras aumenta la pérdida de energía.

Los participantes de The Biggest Loser, programa de televisión estadounidense en el que compiten por ver quién pierde más peso, pusieron de manifiesto la importancia del ejercicio para mantenerse en el peso ideal una vez que se ha alcanzado. El seguimiento realizado a los concursantes durante los seis años posteriores a su participación reveló que solo mantuvieron su peso aquellos que habían incrementado su actividad física en un 160%, frente al 34% de los que volvieron a coger kilos.

Mantenga la mente abierta

Independientemente de la dieta que escoja, ha de saber que todas requieren un cierto grado de compromiso, por lo que debe ser flexible.

Por ejemplo, si le invitan a una celebración en la que hay abundancia de platos que, quizá, no le convengan, ser consciente de que su cuerpo no responderá de la manera en que usted desearía a una ingesta de calorías excesiva le permitirá evitar un consumo exagerado. Otra opción está en comer más alimentos saludables los días anteriores o posteriores al evento, así como aumentar el nivel de ejercicio para contrarrestar los excesos.

En definitiva, no deberíamos esperar a que el cuerpo nos envíe señales para saber que nos hemos pasado con la ingesta calórica; para compensar la tendencia de nuestro cuerpo a ganar peso, debería bastar con llevar una dieta y un estilo de vida saludables. Si somos conscientes de la necesidad de mantener unos hábitos sanos, seremos capaces de conseguir los objetivos que nos hemos propuesto para este año.

Kevin Deighton es académico de la Universidad de Leeds Beckett en el Reino Unido y experto en nutrición y metabolismo.

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Opinión | 21 de febrero de 2019

El desafío que será reconstruir Venezuela

Incluso antes de que la comunidad internacional comenzara a unirse detrás del líder opositor de Venezuela, Juan Guaidó, Nicolás Maduro se estaba quedando sin muchas opciones. Ahora está claro que el régimen chavista no puede sobrevivir y que el país necesitará un apoyo humanitario y financiero masivo después de que caiga.

El mundo ha sido testigo de muchas catástrofes económicas a lo largo de los años, pero Venezuela es seguramente una de las peores de la historia moderna.

El país ha experimentado una pérdida del PBI real (crecimiento) mayor que la de la mayoría de los países azotados por la guerra durante la Segunda Guerra Mundial, y se espera que su tasa de inflación alcance 10,000,000% este año.

En estas condiciones, los alimentos, el 90% de los cuales se deben importar, son tan escasos que se estima que el venezolano promedio ha perdido 10.9 kilos; y se estima que tres millones de venezolanos (que representan alrededor del 10% de la población) han emigrado. Los cortes de energía, la escasez de agua y medicamentos, y la casi hambruna han sido características persistentes del reinado brutal e incompetente del presidente Nicolás Maduro.

Hasta la década de 1960, el PBI per cápita de Venezuela era el más alto de América Latina, alrededor del 80% del de Estados Unidos. Hoy en día, está muy por debajo el de Chile, Brasil, México y Colombia. Solo para comparar, en 1990, el PBI per cápita de Colombia era aproximadamente la mitad del de Venezuela.

Con las reservas de petróleo más grandes del mundo, Venezuela cuenta con hidrocarburos para más del 90% de sus ingresos de exportación. Pero su producción de petróleo ha caído desde un máximo de alrededor de 3.5 millones de barriles por día a fines de la década de 1990 a alrededor de 1.3 millones en 2018, y se espera que la producción disminuya a 700.000 en los próximos dos años.

De hecho, incluso cuando el precio del petróleo ha estado subiendo, la producción venezolana ha caído debido a la falta de mantenimiento e inversión, el robo de material, el nombramiento de Maduro de aliados militares inexpertos como gerentes y la emigración de los trabajadores petroleros que pueden ganar mucho más en otros países.

Un trabajador petrolero en Petróleos de Venezuela, S.A. (PDVSA), la compañía petrolera estatal, recientemente le dijo al Wall Street Journal que gana alrededor de US$ 8.00 por mes, ajustado por paridad de poder adquisitivo.

Una crisis autoinflingida

La situación de Venezuela es en gran parte autoinfligida. A pesar del aumento de los precios del petróleo, el régimen chavista permitió que los déficits fiscales se incrementaran al 24% del PBI en 2014.

Y como los precios del petróleo todavía estaban cerca de su punto máximo ese año, esos déficits se financiaron imprimiendo dinero, lo que llevó a acelerar la inflación. Para empeorar las cosas, el gobierno ha impuesto controles de precios tan severos que los minoristas están obligados a vender sus productos con pérdidas.

Más allá de estos intentos torpes de regular la actividad económica, la represión cada vez más brutal del régimen contra la disidencia y la erosión de las instituciones democráticas del país ha empeorado las cosas. Bajo la vigilancia de Maduro, los servicios básicos han dejado de funcionar. En 2016, se les dijo a los empleados del gobierno que se presentaran solo dos días a la semana para conservar la electricidad; el país sufrió cortes de energía masivos de todos modos.

En enero, Maduro comenzó su segundo mandato, luego de ganar una elección presidencial fraudulenta en mayo pasado. En respuesta, muchos países latinoamericanos, junto con Canadá, los Estados Unidos y algunos estados miembros de la Unión Europea, han reconocido al presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, como presidente legítimo de Venezuela, de acuerdo con la línea de sucesión constitucional del país.

Además, EE. UU., un importante mercado para las exportaciones petroleras venezolanas, ha sancionado al régimen de Maduro, congelando sus cuentas bancarias y ordenó que los pagos de las compañías estadounidenses por el petróleo venezolano se hagan a una nueva cuenta que se pondrá a disposición de Guaidó.

Ante las protestas masivas, Maduro ha continuado recurriendo a la intimidación, el encarcelamiento y el hambre de figuras de la oposición. Al mismo tiempo ha estado sobornando a los líderes militares para mantener su apoyo.

Sin embargo, la pregunta no es si Maduro puede resistir, sino durante cuánto tiempo. Su régimen no puede durar indefinidamente, y cuando caiga, Venezuela tendrá necesidades apremiantes.

Hay que pensar en un programa de reconstrucción

Para empezar, el país requerirá ayuda humanitaria en gran escala. Los hospitales deben ser reabastecidos, reabrir las escuelas y restablecerse el transporte público y otros servicios vitales. Y la comida debe estar disponible para una población gravemente desnutrida.

Al mismo tiempo, Venezuela necesitará reformas para terminar con la inflación, restaurar la estabilidad macroeconómica y reactivar la actividad económica. También requerirá apoyo financiero para importar suministros y reparar maquinaria y equipo. Esto se aplica no solo a la producción de petróleo, sino a todos los sectores económicos.

La reconstrucción de Venezuela será un proceso largo. En tiempos de guerra, la producción tiende a disminuir debido a que el enemigo deshabilita infraestructura clave como las conexiones ferroviarias y las instalaciones de generación de energía. En Venezuela, es como si el país hubiera estado librando una guerra total: los centros operativos vitales están funcionando mal porque se ha descuidado el mantenimiento de rutina y se ha desestimulado la inversión durante más de una década.

El desafío, entonces, es restaurar un entorno macroeconómico estable y un clima de negocios que mejore rápidamente la vida de los venezolanos, para que continúen apoyando las reformas políticas. Esto no será fácil.

Esperamos que los próximos líderes de Venezuela y la comunidad internacional comprendan la naturaleza del desafío y tomen las medidas necesarias para mantener la paz social durante la reconstrucción. Se vienen días difíciles.

Anne O. Krueger es ex economista en jefe del Banco Mundial y académica de la Universidad de Stanford.

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Opinión | 20 de febrero de 2019

Las vacunas pueden evitar 1,5 millones de muertes por año

GHAZIABAD, UTTAR PRADESH – Una niña de cuatro años recientemente acudió a la sala de guardia donde trabajo como médica residente. Estaba retorciéndose de dolor y tenía convulsiones. Mi equipo y yo actuamos rápidamente para activar el protocolo de convulsiones, aplicar un goteo intravenoso y suministrar todos los medicamentos apropiados. Luego realizamos una prueba: soplé aire en su dirección y colapsó de dolor; le ofrecí agua y su agonía se agudizó profundamente. El diagnóstico era claro: tenía rabia, y ya era demasiado tarde para salvarla.

La familia de la niña sabía que la había mordido un perro, pero les habían dicho que unas hierbas tradicionales la curarían, así que se demoraron en llevarla al hospital. Murió menos de un día después de que la atendiéramos. Si sus padres la hubieran llevado al hospital de inmediato para que le aplicaran el suero antirrábico y la vacuna adecuada, todavía estaría viva. Los gritos atormentados de su madre desconsolada todavía me retumban en la cabeza.

Como médica residente en pediatría, no soy ajena a la muerte. Pero ver cómo una niña inocente sucumbe ante una enfermedad que se puede prevenir tan fácilmente mediante una simple intervención es un dolor muy profundo. Después de todo, la niña que vi morir ese día no era una anomalía.

A pesar del enorme progreso en la expansión de la vacunación global, la Organización Mundial de la Salud informa que la cobertura se ha estancado en aproximadamente el 85% en los últimos años. Según UNICEF, casi 20 millones de niños de menos de un año no recibieron las tres dosis recomendadas de DPT (la vacuna triple para la difteria, la tos convulsa y el tétanos) en 2017, y casi 21 millones no recibieron una dosis única de la vacuna contra el sarampión. La OMS estima que 1,5 millones de muertes podrían evitarse todos los años si aumentara la cobertura de la vacunación global.

Es más, se han producido déficits persistentes en el suministro de suplementos de vitamina A –un componente importante de los protocolos de vacunación, muchas veces administrado junto con las vacunas de rutina-. Esto ha contribuido a la ceguera en 1,4 millones de personas, de las cuales el 75% vive en Asia y África.

La historia en mi país, la India, es consistente con esta realidad global. La India tiene un sistema de atención médica fuerte. Y, en 1985, el gobierno creó el Plan de Vacunación Universal, un programa aclamado que apunta a ofrecer una cobertura de por lo menos el 85%.

Sin embargo, según UNICEF, el promedio nacional de vacunación de la India está en apenas el 62%, y se ha progresado poco en los últimos años. La India tiene más niños sin vacunar -7,4 millones- que cualquier otro país.

Como suele suceder, la cobertura de la vacunación refleja inequidades profundas. Los niños en zonas rurales tienen menos probabilidades que sus pares urbanos de haber recibido un conjunto completo de vacunas; las niñas reciben muchas menos vacunas que los varones; y los niños pobres están en peores condiciones que los más adinerados.

El hospital en el que trabajo está ubicado en los barrios marginales de Ghaziabad, India, que tienen una enorme población de migrantes que han abandonado sus pueblos en busca de empleo. Las condiciones son difíciles: la superpoblación, las malas condiciones de higiene y un suministro de agua errático y de baja calidad minan la salud de todos los residentes –especialmente los niños-. La drogadicción es endémica.

En muchos casos, ambos padres deben trabajar muchas horas para llegar a fin de mes. No tienen el dinero suficiente para comprar alimentos saludables y variados, y alimentan a sus hijos esencialmente con arroz de muy mala calidad. No sorprende que tengan poco tiempo o recursos para dedicar a satisfacer las necesidades de atención médica básica de sus hijos, como la vacunación.

Esta injusticia es indefendible. Recién cuando ahondamos en las verdades más profundas nos damos cuenta de la magnitud de las atrocidades en el mundo. Los niños que se enferman, que quedan discapacitados o que muchas veces mueren por causas prevenibles están entre los fracasos más vergonzosos de la humanidad, particularmente si consideramos que, según la OMS, ninguna intervención médica preventiva es más costo-efectiva que la vacunación.

Si bien expandir la cobertura de la vacunación es, sin duda, difícil, no hay excusas para no hacer un progreso sostenido con soluciones de bajo costo, escalables y sostenibles. Para llevar los planes de vacunación a las puertas de los desventajados, los gobiernos y la sociedad civil deben trabajar en conjunto para establecer y expandir canales eficientes de suministro de vacunas, que tengan en cuenta las diferentes barreras que van desde la falta de conciencia hasta el costo de bolsillo.

Si hubiera sido vacunada contra la rabia, esa niña de cuatro años podría haber vivido, ir a la escuela, hacer amigos, enamorarse, sufrir desengaños amorosos y volver a enamorarse. Podría inclusive haber decidido dedicarse a estudiar para recibirse de médica como yo. En cambio, murió, habiendo apenas vivido, con una horrible agonía.

Debe hacerse frente a las brechas persistentes en la cobertura de vacunación como en condiciones de guerra. Los niños seguirán sufriendo y muriendo –y las madres devastadas seguirán llorando por ellos- si no entablamos la batalla. De no hacerlo, seguiremos perdiendo vidas inocentes y habrá madres que se lamentarán en voz alta y durante mucho tiempo. Ya no podemos hacer la vista gorda ante su sufrimiento. No podemos desoír sus lamentos.

Radhika Batra, médica clínica, es fundadora y presidenta de Every Infant Matters, India.

@ Project Syndicate

Opinión | 19 de febrero de 2019

La abrumadora evidencia del poder de una educación de calidad para todos

Amina J. Mohammed es Secretaria General Adjunta de las Naciones Unidas y fue ministra de Medio Ambiente de Nigeria.

En este mundo interconectado de hoy, los beneficios de los sistemas educativos sólidos e inclusivos son de gran impacto. Una educación de calidad les brinda a las personas el conocimiento que necesitan para reconocer la importancia de salvaguardar los recursos finitos del planeta, apreciar la diversidad y resistir la intolerancia, y actuar como ciudadanos globales informados.

Si todas las niñas de todo el mundo recibieran 12 años de educación de calidad, los ingresos de por vida para las mujeres podrían duplicarse, alcanzando los 30 millones de millones de dólares. Y, si todas las jóvenes y los jóvenes completaran la educación secundaria, se podría sacar de la pobreza a 420 millones de personas.

Pero también he visto lo que sucede cuando se priva a los jóvenes y a sus comunidades de la educación y consecuentemente se les quita el optimismo que la educación genera.

A lo largo de mi vida, he evidenciado el poder de la educación. He sido testigo de cómo una educación de calidad para todos puede apoyar la creación de economías dinámicas y ayudar a mantener la paz, prosperidad y estabilidad. También he observado cómo la educación inculca en las personas, de manera individual y sin importar sus circunstancias, un fuerte sentido de identidad, así como confianza sobre su lugar en el mundo y sus perspectivas futuras.

En mi país, Nigeria, el grupo militante islamista Boko Haram retira deliberadamente a los jóvenes, especialmente a las mujeres jóvenes, de los establecimientos de educación para diseñar una generación perdida. Las consecuencias son múltiples: pérdida de dignidad, exclusión, deterioro de la salud, pobreza y estancamiento del crecimiento económico, y negación de derechos.

Sabemos que cada año adicional de escolaridad eleva el crecimiento anual promedio del PIB en 0,37%, a la par de que aumenta las ganancias de un persona individual hasta en un 10%. Según un informe del Banco Mundial del año 2018, la educación secundaria universal podría incluso eliminar el matrimonio infantil.

En el mundo profundamente interconectado de hoy, los beneficios de los sistemas educativos sólidos e inclusivos se extienden aún más. La educación les brinda a las personas el conocimiento que necesitan para reconocer la importancia de salvaguardar los recursos finitos del planeta, apreciar la diversidad y resistir la intolerancia, así como también para actuar como ciudadanos globales informados.

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas que fueron creados en el año 2000 para guiar el desarrollo mundial durante los siguientes 15 años, dieron un nuevo impulso a los esfuerzos en pos de garantizar la educación para todos. Desde el año 2000 al 2015, la matriculación en la escuela primaria en el mundo en desarrollo aumentó del 83% al 91%, reduciendo la cantidad de niños en edad escolar que no asisten a la escuela primaria de 100 millones a 57 millones. Además, desde el año 1990 al 2015, la tasa mundial de alfabetización en el grupo etario entre 15 a 24 años aumentó del 83% al 91%, disminuyendo, también, de manera sustancial la brecha entre hombres y mujeres.

Sin embargo, queda mucho por hacer. A nivel mundial, al menos 263 millones de niños no asistían a la escuela en el año 2016. Esta cifra incluye a la mitad de todos los niños con discapacidades en los países en desarrollo. Además, la mitad de todos los niños en edad preescolar (que son los años más cruciales para su desarrollo cognitivo) no están matriculados en educación infantil temprana.

La situación se deteriora aún más en las zonas de conflicto, donde las niñas tienen casi dos veces y media más probabilidades de no asistir a la escuela que sus pares en países con estabilidad. Y, esto no cubre a los aproximadamente 617 millones de niños y adolescentes en edad para asistir a educación primaria y secundaria –cantidad que representa el 58% de quienes forman dicho grupo etario– que no están alcanzando la aptitud mínima en lectura y matemáticas.

Para ayudar a cerrar estas brechas, el sucesor de los ODM, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), también enfatizan la educación. El objetivo de desarrollo sostenible 4 (ODS4) sobre la educación mundial compromete al mundo a garantizar una educación inclusiva y equitativa de calidad y promover oportunidades de aprendizaje permanente para todos, esencialmente para aprovechar el poder de la educación con el propósito de desbloquear el potencial de cada persona. A pesar de la magnitud del desafío y las diversas barreras que pueden restringir e interrumpir el aprendizaje, sabemos lo que conllevaría una estrategia efectiva.

Primero, para ser una verdadera fuerza de cambio, la educación misma debe transformarse en respuesta a las realidades de la globalización acelerada, el cambio climático y los cambios en el mercado laboral. Si bien las tecnologías avanzadas (como por ejemplo: la inteligencia artificial, la computación en la nube y el blockchain) plantean nuevos desafíos, ellas pueden desempeñar un papel en la mejora de los resultados educativos. Las habilidades digitales deben formar parte de cualquier plan de estudios; y, de manera activa se debe ir en la búsqueda de nuevas alianzas con el sector tecnológico, alianzas, que a su vez, pueden proporcionar información valiosa sobre estos temas.

En segundo lugar, es esencial un enfoque inclusivo y de por vida, centrado en llegar a las poblaciones más marginadas y vulnerables. Como muestra el informe de UNICEF denominado Report Card N.° 15 de Innocenti, esto no significa sacrificar altos estándares. De hecho, como señala el mencionado informe, los niños de todos los orígenes tienden a tener mejores desempeños cuando se encuentran en un entorno escolar más integrado socialmente. Un enfoque tan inclusivo requerirá compartir las mejores prácticas e invertir en lo que se ha demostrado que funciona. Entre tanto, los asociados para el desarrollo deben brindar apoyo a largo plazo que enfatice el desarrollo de capacidades e instituciones, así como también equilibre los imperativos humanitarios, económicos y de seguridad.

Sin embargo, para que los sistemas y servicios educativos sean verdaderamente inclusivos, es necesario que dichos sistemas y servicios también no deben dejar a nadie atrás, como por ejemplo a los refugiados.

El más reciente Informe de Monitoreo Global de la Educación de la UNESCO estima que los refugiados han perdido 1,5 mil millones de días escolares desde el año 2016.

Si bien ocho de los diez principales países anfitriones (incluidos entre ellos varios países de ingresos bajos y medios) han soportado costos considerables, a pesar del estrés al que someten a sus sistemas educativos para garantizar que los refugiados asistan a la escuela junto con los nacionales, la mayoría de los países excluyen a los refugiados de los sistemas educativos nacionales o los asignan a instalaciones separadas.

Esto refuerza la desventaja y dificulta la integración social. Los dos pactos globales sin precedentes sobre migración y refugiados adoptados por los Estados miembros de la ONU en diciembre pasado señalan el camino para enfrentar este desafío.

Lograr la transformación educativa necesaria requerirá mucho más financiamiento del que se ofrece actualmente. En su forma actual, la brecha de financiamiento anual global para la educación asciende a casi 40 mil millones de dólares. Cerrar esta brecha requerirá no sólo un aumento del financiamiento interno, sino también un compromiso renovado de los donantes internacionales.

Toda persona tiene derecho a recibir educación. Mantener este derecho –y lograr el objetivo de desarrollo sostenible (ODS4) sobre la educación– requerirá de estrategias bien diseñadas, junto con un compromiso prolongado con respecto a la implementación y cooperación efectiva entre todas las partes interesadas pertinentes. La ONU y sus agencias continuarán apoyando tales acciones, a la par de que nos esforcemos para garantizar que nadie se quede atrás.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

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Opinión | 18 de febrero de 2019

La salud mundial frente a los trolls y la información falsa online

Junaid Nabi es investigador de salud pública en el Brigham and Women’s Hospital y la Harvard Medical School, Boston.

BOSTON – La parte más frustrante de mi trabajo como profesional de la salud pública es la difusión de información falsa, por lo general en línea, que suplanta a años de estudios empíricos. Ya es suficientemente difícil contrarrestar las falsedades en conversaciones presenciales con pacientes. Resulta incluso más complicado combatirlas cuando el medio de propagación es Internet.

Hace poco fui testigo de primera mano en Cachemira, donde crecí. Allí los padres de niños y niñas pequeñas creían en vídeos y mensajes publicados en Facebook, YouTube o WhatsApp que difundían falsos rumores de que las vacunas y los medicamentos modernos eran dañinos, o incluso que eran financiados por extranjeros con terceros motivos. Mis conversaciones con colegas pediatras locales me revelaron cómo un solo vídeo o mensaje instantáneo con información falsa bastaba para disuadir a los padres de confiar en algunas terapias médicas.

Médicos de otras áreas de India y Pakistán han reportado numerosos casos en que los padres, muchos de ellos con buen nivel educacional, rechazan las vacunas contra la polio para sus hijos. Ha habido rumores de que la CIA organizó una vez una falsa campaña de vacunación para espiar a militantes en Pakistán que exacerbaron la desconfianza al interior de la región. Considerando lo mucho que hay en juego, a veces los estados recurren a medidas extremas, como arrestar a padres poco colaboradores, para asegurarse de que las comunidades vulnerables reciban vacunas.

Este es apenas un ejemplo regional de la amenaza mundial que la desinformación online representa para la salud pública. En los Estados Unidos, un estudio reciente del American Journal of Public Health informó la manera en que los bots de Twitter y los trolls rusos han logrado desviar el debate público sobre la eficacia de las vacunas. Habiendo examinado 1,8 millones de tuits emitidos a lo largo de un periodo de tres años (2014 a 2017), el estudio llegó a la conclusión de que estas cuentas automatizadas tenían la finalidad de crear suficiente contenido antivacunas online como para generar una falsa equivalencia en ese debate.

Estos programas de desinformación tienen éxito por una razón. En marzo de 2018, investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts reportaron que las historias falsas en Twitter se propagan mucho más velozmente que las verdaderas. Sus análisis revelaron cómo la necesidad humana de novedades y la capacidad de la información de suscitar una respuesta emocional son vitales para la difusión de historias falsas.

Internet sirve de amplificador del daño que causan estos “hechos alternativos”, ya que puede diseminarlos a una escala y velocidad enormes: una pocas cuentas falsas o de troleo bastan para desinformar a millones. Y, una vez se difunden, es prácticamente imposible deshacer lo hecho.

Está claro el papel de los bots y trolls de Twitter en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 y el referendo sobre el Brexit en el Reino Unido. Hoy han afectado la sanidad mundial también. Si no damos pasos sólidos y coordinados para enfrentar esta alarmante tendencia, podríamos perder un siglo de éxitos de vacunaciones y comunicación sanitaria, ambos de los cuales dependen de la confianza pública.

Podemos adoptar varias medidas para comenzar a revertir el daño. Para comenzar, las autoridades de salud de países desarrollados y en desarrollo tienen que entender el modo en que esta desinformación en línea está socavando la confianza pública en los programas sanitarios. Además, deben colaborar activamente con gigantes globales de las redes sociales como Facebook, Twitter y Google, así como con actores regionales importantes, como WeChat y Viber, trabajando estrechamente con cada uno para crear pautas y protocolos de diseminación segura de información de interés público.

Además, las compañías de redes sociales pueden colaborar con científicos para identificar patrones y conductas de las cuentas basura que intentan diseminar información falsa sobre asuntos de sanidad pública importantes. Por ejemplo, Twitter ya ha comenzado a usar tecnología de aprendizaje de máquina para limitar la actividad de cuentas basura, bots y trolls.

También una verificación más rigurosa desde el momento de registrarse servirá de potente disuasor para evitar el aumento de las cuentas automatizadas. La autenticación de dos factores, usando una dirección de correo electrónico o un número de teléfono al registrarse, es un comienzo prudente. La tecnología CAPTCHA, que pide a los usuarios identificar imágenes de coches o señales de tráfico –algo que por ahora, al menos, los seres humanos podemos hacer mejor que las máquinas-, también puede limitar los registros automatizados y la actividad de los bots.

Es improbable que estas precauciones infrinjan el derecho de expresión de las personas. Las autoridades de salud pública tienen que pecar por el lado de la precaución al ponderar los derechos de libre expresión frente a falsedades deliberadas que puedan poner en peligro el bien común. El abuso del anonimato que proveen la Internet, las cuentas basura, los bots y los trolls trastorna y contamina la información disponible y confunde a la gente. Es un imperativo moral tomar medidas prudentes para evitar situaciones en que haya vidas en juego.

La salud pública mundial ha dado grandes pasos en el siglo veinte. Los avances que se logren en el siglo veintiuno no vendrán solo de investigaciones de vanguardia y trabajo comunitario, sino también de la interacción online. Puede que la próxima batalla por la salud global se libre en la Internet. Y, al actuar con la rapidez suficiente para derrotar a los trolls, podemos prevenir enfermedades y muertes evitables en todo el planeta.

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Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Opinión | 15 de febrero de 2019

Foto: Tolga Akmen / AFP

¡Europa, despierta!

George Soros es presidente de Soros Fund Management, uno de los fondos de inversión más influyentes del mundo, y de la Fundación Open Society.

El sueño Europeo está en peligro y Europa no se da cuenta. El primer paso para defender a Europa de sus enemigos, tanto internos como externos, es reconocer la magnitud de la amenaza que presentan. El segundo es despertar a la mayoría pro-europea dormida y movilizarla para defender los valores sobre los cuales se fundó la Unión Europea.

Europa va como sonámbula a su aniquilación, y es necesario que el pueblo europeo despierte antes de que sea demasiado tarde. Si no lo hace, la Unión Europea correrá la misma suerte de la Unión Soviética en 1991.

Ni nuestros líderes ni la ciudadanía ordinaria parecen comprender que estamos experimentando un momento revolucionario, que el espectro de posibilidades es muy amplio, y que por ende el resultado final es muy incierto.

Solemos dar por sentado que el futuro se parecerá más o menos al presente, pero no siempre es así. En una vida larga y agitada, he presenciado muchos períodos de lo que denomino “desequilibrio radical”. Hoy vivimos uno de esos períodos.

El próximo punto de inflexión serán las elecciones para el Parlamento Europeo en mayo de 2019. Por desgracia, las fuerzas antieuropeas tendrán una ventaja competitiva en las urnas.

Esto se debe a varias razones, entre ellas el obsoleto sistema de partidos vigente en la mayoría de los países europeos, la imposibilidad práctica de modificar los tratados y la falta de herramientas legales para disciplinar a los estados miembros que infrinjan los principios fundacionales de la UE. Aunque esta puede imponer el acervo comunitario (el corpus de legislación de la UE) a los países que solicitan ingresar al bloque, carece de capacidad suficiente para fiscalizar su cumplimiento en el caso de los estados miembros.

Los partidos tradicionales están obsoletos

El anticuado sistema de partidos pone obstáculos a quienes quieren preservar los valores fundacionales de la UE, pero ayuda a quienes quieren reemplazarlos con algo radicalmente diferente. Esto se aplica en el nivel nacional, y todavía más a las alianzas supranacionales.

Los sistemas de partidos dentro de cada país reflejan las divisiones que importaban en los siglos XIX y XX, por ejemplo el conflicto entre el capital y la mano de obra. Pero hoy la divisoria que más importa es entre las fuerzas pro y antieuropeas.

El país dominante de la UE es Alemania, y la alianza política dominante en Alemania –entre la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y la bávara Unión Social Cristiana (CSU)– se ha vuelto insostenible. La alianza funcionaba mientras en Baviera no hubiera un partido significativo a la derecha de la CSU. Eso cambió con el ascenso de la extremista Alternative für Deutschland (AfD). En las elecciones del pasado septiembre para los länder, la CSU obtuvo el peor resultado en más de seis décadas, y AfD logró ingresar por primera vez al parlamento bávaro.

El ascenso de AfD eliminó la raison d’être de la alianza CDU-CSU. Pero la ruptura de esa alianza obligaría a llamar a nuevas elecciones, algo que ni Alemania ni Europa pueden permitirse. Hoy por hoy, la actual coalición gobernante no puede ser tan firmemente proeuropea como sería si AfD no amenazara su flanco derecho.

La situación no es, ni mucho menos, desesperada. El partido alemán Los Verdes, que hoy es el único decididamente proeuropeo del país, sigue subiendo en las encuestas de opinión, mientras que AfD parece haber alcanzado su cima (excepto en la ex Alemania del Este). Pero los votantes de CDU/CSU se encuentran ahora representados por un partido cuyo compromiso con los valores europeos es ambivalente.

Brexit parece ser un callejón sin salida

En el Reino Unido también hay una estructura partidaria anticuada que impide una adecuada expresión de la voluntad popular. Mientras los partidos Laborista y Conservador están internamente divididos, sus respectivos líderes, Jeremy Corbyn y Theresa May, están tan decididos a cumplir con el Brexit que acordaron cooperar para lograrlo. La situación es tan complicada que la mayoría de los británicos sólo quieren que se termine como sea, aunque será el hecho que definirá al país por las décadas venideras.

Pero el pacto entre Corbyn y May generó en ambos partidos oposición, que en el caso del laborismo linda con la rebelión. El día después de la reunión entre Corbyn y May, la primera ministra anunció un programa para ayudar a los empobrecidos distritos laboristas pro‑Brexit del norte de Inglaterra. Y a Corbyn se lo acusa de traicionar el compromiso que formuló en el congreso del Partido Laborista en septiembre de 2018, de apoyar un segundo referendo por el Brexit si no fuera posible llamar a elecciones.

La población también comienza a darse cuenta de las terribles consecuencias del Brexit. Parece cada vez más probable que el 14 de febrero el acuerdo negociado por May termine siendo rechazado, lo cual podría generar un reclamo masivo de que se celebre otro referendo o, mejor aún, de que se anule la solicitud de salida conforme al artículo 50 del Tratado de la UE.

Italia está en las manos del populismo

Italia se halla en un brete similar. En 2017 la UE cometió un error fatal, al imponer en forma estricta el Acuerdo de Dublín, que es inequitativo con los países por donde ingresan los migrantes a la UE (como es el caso de Italia). Esto provocó en 2018 que el electorado italiano (predominantemente europeísta y favorable a la inmigración) diera su apoyo a la Liga (un partido antieuropeo) y al Movimiento Cinco Estrellas.

El antes dominante Partido Democrático está sumido en el caos, y la importante franja del electorado que sigue siendo proeuropea no tiene un partido al cual votar. Pero hay en marcha un intento de organizar una lista unida proeuropea. Un reordenamiento similar de los sistemas partidarios se está dando en Francia, Polonia, Suecia y probablemente en otros países.

En cuanto a las alianzas supranacionales, la situación es todavía peor. Los partidos nacionales al menos tienen raíces históricas, pero las alianzas supranacionales obedecen exclusivamente a los intereses de las dirigencias partidarias.

Esta crítica se aplica sobre todo al Partido Popular Europeo (PPE), que carece casi totalmente de principios, como revela el hecho de que esté dispuesto a seguir aceptando en sus filas al partido Fidesz del primer ministro húngaro Viktor Orbán, para conservar la mayoría y controlar la asignación de los puestos más altos en la UE. En comparación, las fuerzas antieuropeas hasta salen bien paradas, ya que al menos tienen algunos principios, aunque sean detestables.

La Unión Europea no quiere reconocer el problema

Es difícil ver de qué manera los partidos proeuropeos puedan salir victoriosos de la elección de mayo si no ponen los intereses de Europa por encima de los propios. Es posible todavía defender que se preserve la UE para poder reinventarla de raíz. Pero para ello es necesario un cambio de actitud en la UE. La dirigencia actual se parece al politburó de la Unión Soviética al momento de su derrumbe, que seguía emitiendo ucases como si todavía significaran algo.

El primer paso para defender a Europa de sus enemigos (internos y externos) es reconocer la magnitud de la amenaza que plantean. El segundo es despertar a la durmiente mayoría proeuropea y movilizarla en defensa de los valores fundacionales de la UE. De lo contrario, el sueño de una Europa unida puede convertirse en la pesadilla del siglo XXI.

Traducción: Esteban Flamini

Opinión | 14 de febrero de 2019

Foto: The Notebook

El amor eterno… ¿es científicamente posible?

José-Manuel Rey es doctor en Matemáticas de la Universidad Complutense de Madrid e investigador asociado de la facultad de Psicología de la Universidad de Harvard

El amor según los neurobiólogos tiene una base química, y lo que funciona químicamente suele tener una función biológica o evolutiva. La neurobiología dice que el amor es un impulso, una motivación.

En la naturaleza también existe el impulso amoroso, que tiene una función reproductora, pero en general no implica estar juntos de por vida. En cambio, los seres humanos occidentales sí creemos en general en el amor para siempre –está en nuestro ADN cultural–. Cuando nos enamoramos de verdad queremos y confiamos –tenemos ya la idea a priori– que sea para siempre.

Es de celebrar con entusiasmo la sensación potente y sublimadora del enamoramiento –existen pocas experiencias similares–, pero hay que entender que es un proceso bioquímico que suele desaparecer al cabo de unos dieciocho meses. ¿Y después? Como resulta que queremos mantener el amor para siempre, que no tiene la misma lógica de la pasión amorosa, deberíamos comprender los mecanismos que sostienen las relaciones duraderas.

Casarse y lanzar una moneda al aire

Al parecer no los comprendemos. Las tasas de divorcio en Europa y Estados Unidos son tremendamente altas. En Estados Unidos y la Unión Europea, los divorcios frente a los matrimonios están en una proporción muy próxima al 50%. Se puede decir que predecir el éxito de una pareja en Occidente es como adivinar cara al lanzar una moneda. Si se piensa que eso está condicionado por el formato de matrimonio, se acierta: los datos disponibles sobre cohabitaciones son peores.

Eso plantea una cuestión fundamental sobre la validez del modelo estandarizado de pareja en que creemos, que tiene evidentes implicaciones para la salud y la economía, no sólo de los individuos sino de la propia sociedad. Si pensamos en nuestra sociedad como una organización productora de un formato de relación diádica llamado matrimonio –o pareja estable–, con una tasa de fallo del 50% hace tiempo que habría quebrado en un mercado competitivo.

Un punto de partida razonable es pensar que tantas rupturas no se deben a una multiplicidad de causas, sino que quizá hay un mecanismo general que subyace detrás del fracaso de las parejas. A fin de cuentas somos todos mucho más parecidos de lo que creemos –obedecemos los mismos principios psicológicos, cognitivos y conductuales, y nos desenvolvemos en el mismo entorno socio-cultural–.

¿Cuánto trabajo requiere el amor?

Hay un principio general en la psicología del amor: para mantener una relación viva y sana es necesario aportar energía a la relación. Esto parece un lugar común, de acuerdo: con el amor no basta, es necesario poner esfuerzo.

Bien, hace falta esfuerzo, pero ¿cuánto? ¿Cuánto esfuerzo es necesario para mantener una pareja feliz y duradera? Visto así, el diseño de una vida feliz en común es un proyecto de ingeniería sentimental: se trataría de estimar el coste en forma de esfuerzo de un proyecto sostenible en términos emocionales.

En efecto, el proyecto se puede formular como un problema matemático, de ingeniería de control óptimo. Bajo hipótesis naturales de la psicología humana, el análisis del modelo revela que a una pareja ideal le resultará muy difícil mantener una relación exclusiva para siempre basada en el amor, porque el coste del proyecto es más alto del que a priori están dispuestos a realizar.

Es decir, el análisis sugiere que las parejas tienen que afrontar un gap o brecha de esfuerzo: independientemente de cuál sea nivel su esfuerzo preferido, el nivel requerido para conseguir una relación de éxito es superior. Además, resulta que la dinámica de esfuerzo no es resiliente, de modo que cuando se relaja el esfuerzo requerido –debido al gap de esfuerzo– la inercia es a relajarlo más, hasta niveles que no consiguen que la relación sea viable con el tiempo.

Ese mecanismo refuerza la idea de que el modelo estándar de relación –la relación para siempre basada en el amor– típicamente no funciona. Es más bien una utopía –difícilmente realizable– que quizá debería ser revisada.

Buscando soluciones

Aunque hay un interés social incipiente en la no monogamia y el poliamor, parece que en todos los segmentos de edad la mayoría de los individuos siguen creyendo en la monogamia. Sin salir de este formato, entonces, se trataría de corregir nuestro modelo estandarizado de pareja ideal.

Siempre está la posibilidad de aceptar el hecho de que una relación quizá tiene una vida natural –nace, crece, evoluciona y se acaba desinflando– y vivir las rupturas sin amargura, como un proceso natural de maduración. Pero no parece la opción más prometedora.

Otra posibilidad consiste en rebajar las expectativas de lo que una pareja debe proporcionar. La lista de necesidades y aspiraciones que la otra persona debe procurar resulta, a menudo, muy exigente: amante, amiga, compañera, confidente, cómplice, ayudante, acompañante, animadora,… Parece necesario disminuir tanta demanda, sin que eso suponga una disminución de bienestar. ¿Es posible?

Hay ya amplia evidencia de que las relaciones sociales están asociadas a una vida más sana, larga y satisfactoria. Las relaciones sociales nos hacen más felices. Si se aligera peso de lo que uno espera de su pareja y se traslada a otras personas de su red social, se debería mejorar el bienestar de la pareja y de sus miembros.

Se trata de que ser más modesto en los requerimientos que debe satisfacer la pareja y externalizar –usando un término empresarial– otras necesidades o aspiraciones. De ese modo, se mejora el bienestar emocional (y físico) de cada persona y, además, se disminuye la presión sobre la pareja, se alivia el esfuerzo de sostener la relación y se mejora su expectativa de éxito.

Es lo que se denomina en ciencias sociales una mejora de Pareto, una corrección en que mejoran todas las partes.

@TheConversation

Opinión | 13 de febrero de 2019

Foto: Lionel Bonaventure / AFP

Google, las noticias falsas y la crisis de la verdad

Bernard-Henri Lévy es uno de los filósofos y pensadores más influyentes del mundo. Polémico, provocador y también venerado.

Google Europe me invitó a participar en un seminario celebrado en París sobre la decadencia de la verdad, el ascenso de las noticias falsas y formas de contrarrestar ambos fenómenos. Comencé mi exposición poniendo el problema en su contexto histórico.

Cité para ello Recuerdos de la guerra de España, de George Orwell, donde el autor explica que para él, “la historia se detuvo en 1936”, porque fue allí, en España, donde encontró por primera vez “noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos”.

Fue allí donde percibió que “incluso la idea de verdad objetiva”, arruinada por el fascismo (el rojo y el pardo), estaba “desapareciendo del mundo”. Y fue allí, en efecto, donde se hicieron posibles hombres como Joseph Goebbels (“yo decido quién es judío y quién no lo es”) y más tarde Donald Trump (y sus “hechos alternativos”).

Pero (como señalé a continuación), antes y después del ascenso del totalitarismo hubo varias sacudidas intelectuales.

En primer lugar, la “crítica” kantiana, que separó el ámbito numénico del fenoménico, limitó nuestro conocimiento al segundo, y postuló que sólo podemos conocer los fenómenos en la medida en que nos lo permitan los sentidos, el entendimiento y la razón.

Esta crítica inyecta en nuestra relación con la verdad cierto grado de subjetividad, de la que tal vez hoy los partidarios del Brexit hayan sido voluntarias víctimas.

En segundo lugar, un “perspectivismo” nietzscheano que convirtió la verdad en “puntos de vista”, de los que es “verdadero” aquel que vuelve a un ser más fuerte y “falso” aquel que lo entristece o disminuye. Esto generó un segundo terremoto intelectual, cuyos remezones necesariamente habrían de sentirse en los sistemas políticos, dando lugar a la posibilidad metafísica de líderes como, por ejemplo, Vladimir Putin.

Y en tercer lugar, el “deconstruccionismo” de los postnietzscheanos, quienes al historificar la “voluntad de verdad” (Michel Foucault), poner la verdad “entre comillas” (Jacques Derrida), separar el signo de su referente (Louis Althusser) y oscurecer lo obvio en una confusión de diagramas y gráficos (Claude Lévi-Strauss) o de nudos borromeos (Jacques Lacan), probablemente nos hicieron perder contacto con los aspectos simples, sólidos e irrefutables de la verdad.

La responsabilidad de Silicon Valley

Luego me concentré en la responsabilidad que han tenido Internet y las GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) en la siguiente sucesión de eventos:

En primer lugar, la democracia digital liberó una cantidad casi infinita de discursos.

Luego la Web se transformó en un tumulto, un sálvese quien pueda, al que cada cual va armado con sus opiniones, convicciones y verdad personales.

Y al final, tras un deslizamiento que pasó casi inadvertido en el fragor virtual de los tuits, los retuits y los posts, exigimos para esta nueva verdad que acabábamos de afirmar la misma deferencia que se le tenía a la vieja.

Comenzamos pidiendo igual derecho a expresar nuestras creencias, y terminamos diciendo que todas las creencias expresadas tienen igual valor.

Comenzamos pidiendo nada más que nos escuchen, después exigimos a los oyentes respetar lo que dijéramos sin importar lo que pensaran, y terminamos prohibiéndoles colocar una afirmación por encima de otra o asegurar que pueda haber una jerarquía de verdades.

Creíamos estar democratizando el “coraje de la verdad” tan caro al último Foucault; creíamos estar dando a cada amigo de la verdad medios técnicos con los que contribuir, con audacia y modestia, a las aventuras del conocimiento.

En vez de eso conjuramos un festín salvaje: dispuesto sobre la mesa el cuerpo de la Verdad, animados por un ansia caníbal, nos lanzamos a despedazarlo; y con los sangrientos, pútridos despojos, cada uno de nosotros se cosió un patchwork de certezas y sospechas.

Y enseguida este espectáculo dio paso (sin la elegancia helénica) a la perversidad de una nueva generación de sofistas que sostienen que la verdad es una sombra incierta, que el hombre es la medida de todas las cosas, y que la verdad de cada cual es exactamente igual a la de su vecino.

Mis propuestas concretas

A continuación de lo cual, y puesto que el evento se hacía bajo los auspicios de Google Europe, propuse a Carlo d’Asaro Biondo (presidente de la empresa para alianzas y relaciones estratégicas en Europa, Medio Oriente y África) tres ideas concretas y claramente estratégicas.

La primera propuesta: instituir un cuadro del deshonor donde, en alianza con los 50, 100 o 200 diarios más importantes del mundo, se expongan en tiempo real las noticias falsas más peligrosas del momento.

La segunda: celebrar un concurso (a la manera de las academias francesas del siglo XVIII, de las que surgieron nada menos que los dos Discursos de Rousseau) para que los ciudadanos digitales elijan un documento, un video u otra creación, cuya potencia de verdad o satírica sea capaz de neutralizar a las noticias falsas más dañinas; y que se financie al ganador del concurso para que produzca la obra propuesta.

Y finalmente: componer, dos siglos y medio después de Diderot, una nueva enciclopedia; sí, una enciclopedia, una real, lo opuesto a Wikipedia y sus oscuros artículos. ¿Quién, salvo una de las megatecnológicas globales, tiene el poder –si decidiera usarlo– de reunir a miles de académicos reales capaces de trazar un inventario del conocimiento actualmente disponible en cada disciplina?

  • La elección es clara: enciclopedia o ignorancia.
  • Remendar el tejido de la verdad o resignarnos a su desgarro definitivo.
  • Hundirnos más en la Caverna sombría y ruidosa, o empezar a buscar el modo de salir.

No quiero darle a un único evento convocado por Google más importancia de la que tiene. Pero ¿no podría ser un llamado de atención, una convocatoria a iniciar un proceso de cuestionamiento crítico? ¿Podría ser que los responsables de lo peor estén dispuestos a asumir también la responsabilidad de reparar el daño, de reconstruir después de haber destruido? Si no son ellos, ¿quién lo hará?

Traducción: Esteban Flamini

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 12 de febrero de 2019

Foto: The Conversation

Las científicas siempre han estado ahí, pero eran invisibles… hasta ahora

Alicia Alvarado Escudero es académica del Máster en Procesos Educativos de Enseñanza y Aprendizaje de la Universidad Nebrija en Madrid.

En 2015 la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el 11 de febrero como el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Conmemoramos la obtención de la equidad e igualdad de género en las ciencias, y el reconocimiento de las mujeres científicas que durante siglos han sido invisibilizadas del mundo académico por su condición sexual.

Esta invisibilización dio lugar a que los ilustres científicos varones tomaran el protagonismo, amparados en un discurso hegemónico arcaico fundamentado en las ideas aristotélicas de evidente cariz patriarcal. Así, se consideraba a las mujeres “incapacitadas” para poder pensar o mostrar interés en “asuntos del conocimiento”.

Pero lo cierto es que, pese a que la historia y la ciencia han sido identificadas como ámbitos puramente masculinos, las mujeres han estado siempre presentes en el desarrollo científico.

“Soy más que nunca la novia de la ciencia. La religión para mí es ciencia y la ciencia es religión” – Ada Lovelace (1815-1852)

“Hay que creer que las mujeres son lo mismo que los hombres, ¿no estás convencido de que las hijas también pueden ser heroínas?” –Wang Zhenyi (1768-1797)

El origen del baño María

Existen ejemplos desde la Edad Antigua, con mujeres como María la Hebrea. Considerada la primera mujer alquimista, vivió durante los siglos I y II en Alejandría, y a ella se atribuye la famosa técnica de calentar un recipiente mediante el vapor de agua, que hoy conocemos como “al baño María”.

También destaca otra mujer célebre del siglo IV, quien se ha convertido en el símbolo de la mujer científica: Hipatia. Antes de su violenta muerte a manos de un grupo de cristianos, escribió más de cuarenta libros y construyó grandes e importantes instrumentos científicos como el astrolabio y el hidroscopio.

No fueron las únicas. Las mujeres siguieron interesándose por las ciencias desde todos sus ámbitos: matemáticas, astronomía, física, química, medicina, biología y geología.

Ada Lovelace

A lo largo del siglo XVIII destacaron nombres como Wang Zheny, científica china que consiguió romper con el sistema feudal de la dinastía Quing y se convirtió en astrónoma, planteando sus propias teorías sobre los eclipses.

En la misma época vivió la paleontóloga inglesa descubridora del primer esqueleto de ictiosauro y plesiosauro, Mary Anning. Pese a que nunca se le reconocieron sus hallazgos científicos, estos fueron claves para entender el período prehistórico y las extinciones.

En el siglo XIX destacan científicas tan importantes como la inglesa Ada Lovelace, considerada la primera programadora de la historia. Florence Nightingale, quien estableció los principios de la enfermería actual. Elizabeth Blackwell, que se convirtió en la primera mujer médica en 1849, cuando ninguna universidad aceptaba su solicitud excepto la de Geneva (Nueva York).

Marie Curie y Rosalind Franklin

A caballo entre el siglo XIX y el XX debemos mencionar a la que, sin duda, es la científica más conocida hasta el momento: Marie Curie. Sus investigaciones sobre la radioactividad le otorgaron dos premios Nobel, nunca antes ganados por una mujer, por el descubrimiento del polonio y del radio.

El siglo pasado contó con las aportaciones de grandes científicas como la de Rita Levi-Montalcini. Esta neuróloga descubrió la proteína del factor de crecimiento nervioso, y su trabajo posterior le permitió obtener el Premio Nobel de Medicina en 1986.

Otros ejemplos son Rosalind Franklin, la verdadera descubridora de la doble hélice del ADN. También Evelyn Boyd Granville, la primera mujer afroamericana en obtener un doctorado en Análisis Funcional. Pese a la discriminación que tuvo que sufrir durante años, se convirtió en la primera mujer negra en formar parte de los proyectos de investigación espaciales de la NASA.

¿Y hoy?

Si hoy conmemoramos el 11 de febrero es también como una valoración del esfuerzo imperioso que las mujeres científicas realizaron y realizan para mantenerse dentro del ámbito de la investigación, así como en muchos otros, pese al techo de cristal y las limitaciones que todavía la sociedad actual se empeña en consolidar.

Investigaciones actuales muestran cómo, hoy en día, a las mujeres todavía se las coloca en un segundo lugar frente a los varones. La tesis de Ana López Navajas revela que las mujeres siguen siendo excluidas como referentes culturales en los libros de texto, frente al gran protagonismo de los hombres que llenan de masculinidad las enseñanzas medias.

Otros datos relevantes, a la vez que preocupantes, son los presentados por el CSIC en el Informe Mujeres Investigadoras del año 2016. Las estadísticas muestran un descenso del número de mujeres matriculadas en carreras de ciencias.

Pese a este panorama alarmante, también se abren nuevos espacios de diálogo e investigación, donde se comienza a trabajar en profundidad para posicionar a las investigadoras en el lugar que les corresponde.

El 11 de febrero se celebró en multitud de centros escolares y universitarios, los llamados centros11F, más de 2.200 actividades de todo tipo que rindieron homenaje a estas mujeres científicas. Estas han sido, y seguirán siendo, un ejemplo para todas las niñas y las mujeres que quieran alcanzar sus metas, sin que se vean sometidas a situaciones de desigualdad.

Por esta razón, en la actualidad es un deber fundamental para todos dar a conocer quiénes fueron estas valiosas mujeres y cuáles han sido sus aportes científicos, que son la base de nuestra sociedad actual. El desarrollo y la evolución partirán siempre del potencial de toda la población, quebrando los estereotipos que separan a las mujeres y niñas de los puestos de poder y fomentando la igualdad de oportunidades para todo el mundo.

@TheConversation

Opinión | 11 de febrero de 2019

8 factores por los cuales 2019 será un año complicado para la economía mundial

Nouriel Roubini es profesor de economía de la Universidad de Nueva York y saltó a la fama al ser uno de los pocos economistas que predijo la Gran Recesión y crisis financiera de 2008.

Desde el crecimiento sincronizado global de 2017, las condiciones económicas se han ido debilitando gradualmente y producirán una desaceleración general en los próximos meses.

Más allá de eso, la perspectiva para los mercados y las economías nacionales dependerá de una amplia gama de factores, algunos de los cuales no son un buen augurio.

Después de la expansión económica mundial sincronizada de 2017, vino el crecimiento asincrónico de 2018, cuando la mayoría de los países, además de Estados Unidos, comenzaron a experimentar desaceleraciones.

La buena noticia a inicios de este año es que el riesgo de una recesión absoluta es bajo. La mala noticia es que nos estamos dirigiendo hacia un año de desaceleración global sincronizada: el crecimiento caerá por debajo de las proyecciones en la mayoría de las regiones y, en algunos casos, todavía más.

Las preocupaciones sobre la inflación en Estados Unidos, la trayectoria de la política de la Reserva Federal, las guerras comerciales en curso, el presupuesto italiano y sus problemas de deuda, la desaceleración de China y las fragilidades de los mercados emergentes condujeron hacia el final del año a una fuerte caída en los mercados.

El año comenzó con un repunte en los activos de riesgo (capital estadounidense y mundial) después del baño de sangre del último trimestre de 2018, cuando las preocupaciones sobre los aumentos de las tasas de interés de la Reserva Federal y sobre el crecimiento de China y Estados Unidos destrozaron muchos mercados.

Desde entonces, la Reserva Federal se ha volcado hacia una renovada moderación, EE. UU ha mantenido un sólido crecimiento, y la flexibilización macroeconómica de China ha mostrado cierta esperanza de contener la desaceleración.

Las 8 amenazas a la estabilidad global

Son muchos los factores de los que dependerá que estas condiciones relativamente positivas sean duraderas. Lo primero a considerar es la Fed. En la pausa de la política monetaria de la Fed durante todo el año, los mercados ahora están descontando los precios, pero el mercado laboral de Estados Unidos sigue siendo sólido.

1.Primero: si los salarios se aceleraran y produjeran incluso una inflación moderada por encima del 2%, los temores de al menos dos aumentos de tasas durante este año volverían, lo que podría impactar a los mercados y llevar a un endurecimiento de las condiciones financieras. Eso, a su vez, reavivaría las preocupaciones sobre el crecimiento de Estados Unidos.

En segundo lugar, mientras continúa la desaceleración en China, la actual combinación de estímulos monetarios, crediticios y fiscales del gobierno podría resultar inadecuada, dada la falta de confianza del sector privado y los altos niveles de exceso de capacidad y apalancamiento.

Si las preocupaciones sobre una desaceleración china vuelven a aparecer, los mercados podrían verse gravemente afectados. Por otro lado, una estabilización del crecimiento renovaría debidamente la confianza del mercado.

Tercero: un factor importante es el comercio. Si bien una escalada del conflicto chino-estadounidense obstaculizaría el crecimiento mundial, la prolongación de la tregua actual a través de un acuerdo sobre el comercio tranquilizaría a los mercados, incluso a medida que la rivalidad geopolítica y tecnológica de los dos países continúa creciendo.

Cuarto, la eurozona se está desacelerando y queda por ver si se dirige hacia un crecimiento potencial más bajo o a algo peor. El resultado se determinará tanto por variables a nivel nacional, como los desarrollos políticos en Francia, Italia y Alemania, y a factores regionales y globales más amplios.

Evidentemente, un Brexit “duro” afectaría negativamente la confianza de las empresas y los inversores en el Reino Unido y en la Unión Europea. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, extendiendo su guerra comercial al sector automotriz europeo socavaría gravemente el crecimiento de toda la UE, no solo de Alemania.

Por último, mucho dependerá de cómo evolucionen los partidos euroescépticos en las elecciones al Parlamento Europeo de este mes de mayo. Y eso, a su vez, aumentará la incertidumbre que rodean al sucesor del presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, y el futuro de la política monetaria de la eurozona.

En quinto lugar, la política doméstica disfuncional de Estados Unidos podría aumentar la incertidumbre a nivel mundial. El reciente cierre del gobierno sugiere que cada próxima negociación sobre el presupuesto y el techo de la deuda se convertirá en una guerra de desgaste partidista.

El informe esperado del abogado especial, Robert Mueller, puede o no conducir a procedimientos de juicio político contra Trump. Y para fines de año, el estímulo fiscal de los recortes de impuestos republicanos se convertirá en un lastre fiscal, lo que posiblemente debilitará el crecimiento.

Sexto, los mercados de acciones en EE. UU y otros lugares aún están sobrevalorados, incluso después de la reciente corrección. A medida que aumentan los costos salariales, las ganancias y márgenes de ganancia más débiles de los EE. UU en los próximos meses podrían ser una sorpresa no deseada.

Con firmas altamente endeudadas que enfrentan la posibilidad de aumentar los costos de endeudamiento a corto y largo plazo, y con mucho capital tecnológico que necesita correcciones adicionales, no se puede descartar el peligro de otro episodio de riesgo y la corrección del mercado.

Séptimo, el precio del petróleo puede verse reducido por un exceso de oferta, por la producción en EE. UU, por un posible cambio de régimen en Venezuela (que llevaría a una mayor producción a largo plazo), y a los fracasos de los países de la OPEP para cooperar entre sí para minimizar riesgos.

Si bien los bajos precios del petróleo son buenos para los consumidores, tienden a debilitar las acciones y los mercados de EE. UU en las economías exportadoras de petróleo, lo que aumenta la preocupación por los incumplimientos corporativos en los sectores relacionados con la energía (como sucedió a principios de 2016).

Finalmente, las perspectivas para muchas economías en mercados emergentes dependerán de las incertidumbres globales mencionadas anteriormente.

Los riesgos principales incluyen la desaceleración en EE. UU o China, una mayor inflación en los EE. UU y un ajuste posterior por parte de la Fed, guerras comerciales, un dólar más fuerte y la caída de los precios del petróleo y los productos básicos.

No todo es negro

Aunque hay una nube sobre la economía global, el lado positivo es que ha hecho que los principales bancos centrales sean más moderados, empezando por la Reserva Federal y el Banco Popular de China, y seguido rápidamente por el Banco Central Europeo, el Banco de Inglaterra, el Banco de Japón y otros.

Sin embargo, el hecho de que la mayoría de bancos centrales se encuentren en una posición muy acomodada significa que hay poco espacio para una mayor relajación monetaria. E incluso si la política fiscal no estuviera restringida en la mayoría de las regiones del mundo, los estímulos tienden a producirse solo después de que el estancamiento del crecimiento ya está en marcha, y generalmente con un retraso significativo.

Puede haber suficientes factores positivos para hacer de este año un año relativamente decente, aunque mediocre, para la economía global. Pero si algunos de los escenarios negativos descritos anteriormente se materializan, la desaceleración sincronizada de 2019 podría llevar a un estancamiento del crecimiento global y una fuerte desaceleración del mercado en 2020.

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 8 de febrero de 2019

Foto: Miguel Schincarion / AFP

Fake News y el discurso en la “plaza pública” moderna

Madeleine de Cock Buning es la ex presidenta del Grupo de Alto Nivel sobre Noticias Falsas y Desinformación Online de la Comisión Europea. Miguel Poiares Maduro es miembro del Grupo de Alto Nivel sobre Libertad y Pluralismo de Prensa de la Comisión Europea.

A pesar de los titulares siniestros, la influencia de las noticias falsas en la toma de decisiones políticas parece ser limitada. Pero eso no hace que el engaño digital sea menos peligroso; las noticias falsas se alimentan, y se alimentan de la polarización, y, paradójicamente, cuanto más se discute, más disruptivo se vuelve.

Hoy, los debates sobre cuestiones públicas se desarrollan en las redes sociales, la gente recibe sus noticias a través de plataformas digitales y los políticos promueven sus políticas utilizando estos mismos medios. Internet es nuestra nueva plaza pública.

En la plaza pública de antes, los periodistas y los editores se desempeñaban como guardavallas y actuaban como árbitros. Los agregadores de noticias humanos marcaban la agenda y les ofrecían a las audiencias información creíble y una diversidad de opiniones. Confiábamos en ellos por el profesionalismo y la integridad de sus procesos editoriales.

En la nueva esfera pública, este modelo de periodismo –y el papel del periodismo a la hora de sustentar la democracia- se ha vuelto obsoleto. Los medios tradicionales ya no juegan un papel dominante de guardavallas ni marcan la agenda. Las noticias falsas pueden llegar a múltiples jurisdicciones al instante.

Pero lo mismo puede suceder con las medidas públicas y privadas que censuran el discurso. El desafío consiste en redefinir los parámetros del discurso civil en la nueva esfera pública sin restringir el pluralismo. Hay ejemplos recientes que destacan el riesgo de mezclar las cosas.

Las noticias falsas aumentan la polarización

A pesar de los titulares agoreros, la influencia de las noticias falsas en la toma de decisiones políticas parece limitada. Según el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo en la Universidad de Oxford, el alcance de este tipo de contenido está restringido, en gran medida, a grupos de creyentes que buscan reforzar sus propias opiniones y prejuicios. Pero eso no hace que el engaño digital sea menos peligroso.

Las noticias falsas alimentan la polarización –y viceversa- y, paradójicamente, cuanto más se discute sobre ellas, más disruptivas se tornan.

Eso es porque las noticias falsas minan la confianza en todas las plataformas mediáticas y refuerzan la opinión de que es imposible discernir el hecho de la ficción.

Cuando la gente no sabe en qué puede creer, la capacidad de los periodistas de controlar a los poderosos se debilita. Esta tendencia sólo se agravará en tanto las “noticias falsas profundas” –imágenes y videos falsos que parecen reales- se vuelvan ubicuas.

Ojo con confundir regular con censurar

Claramente, se deben encarar las vulnerabilidades de la esfera pública digital. Algunos sostienen que la solución es bloquear los sitios web cuestionables o degradar los resultados en los motores de búsqueda.

Facebook, por ejemplo, censura las publicaciones engañosas y ha creado una “sala de guerra” electoral para combatir la desinformación. Otras plataformas globales, como Google y Twitter, han considerado medidas similares, y a los tres se los está presionando para que les den a las autoridades acceso a los datos privados de usuarios que publican noticias falas o hacen comentarios difamatorios.

Pero creemos que estas medidas, si bien parecen ser prudentes, son profundamente erradas.

En el corazón de cualquier democracia fuerte hay un consenso político y un arbitraje que depende de la capacidad de la población para debatir y discrepar. No les concierne a las empresas privadas –o a las instituciones públicas, si vamos al caso- censurar este proceso.

Más bien, deberíamos esforzarnos por garantizar que los ciudadanos tengan acceso a una amplia gama de opiniones e ideas y entiendan qué están leyendo, viendo o escuchando.

La libertad de expresión incluye el derecho a recibir y a impartir información sin interferencia, lo que involucra a los valores de libertad de prensa y pluralismo de los medios tal como están plasmados en la Carta de Derechos Fundamentales de la UE.

Hay estudios que demuestran que la mayoría de la gente prefiere fuentes noticiosas confiables y pluralistas; el trabajo de los responsables de las políticas es permitirles tomar conciencia de esta preferencia.

El mapa de ruta que ofrece Europa

Un informe de marzo de 2018 del Grupo de Alto Nivel sobre Noticias Falsas y Desinformación Online realizado para la Comisión Europea, que uno de nosotros (de Cock Buning) presidió, ofreció un mapa de ruta, y el reciente Plan de Acción de la Comisión Europea ofrece un buen punto de partida. Pero es necesario hacer más.

No hay una fórmula mágica para combatir la desinformación. Sólo las estrategias que involucren a múltiples participantes y difundan la responsabilidad en todo el ecosistema de noticias, teniendo en cuenta los derechos fundamentales que esto implica, pueden ofrecer defensas adecuadas contra la desinformación.

Por ejemplo, los medios profesionales deben hacer más para garantizar la veracidad de su cobertura. La tecnología de verificación de datos puede ayudar, siempre que se mantenga al margen de la influencia política y económica. Google, Facebook y Twitter deberían estar al margen del negocio de verificación de datos.

Las grandes tecnológicas están empezando a asumir responsabilidades al comprometerse con un Código de Práctica basado en diez principios esenciales del Informe de Alto Nivel.

Pero las grandes tecnológicas pueden contribuir de otras maneras, como ser ofreciendo interfaces basadas en clientes para curar las noticias legítimas, garantizando la diversidad en los cronogramas de las redes sociales y haciendo que el posteo de información verificada sea una alta prioridad.

Las plataformas también pueden mejorar la transparencia en la manera en que utilizan los datos y codifican los algoritmos. En términos ideales, esos algoritmos deberían darles a los consumidores más control sobre las preferencias editoriales e integrar aplicaciones de edición y verificación de datos desarrolladas por organizaciones de medios confiables.

Las plataformas también deben identificar claramente las nuevas fuentes, especialmente el contenido político o comercial pago. Muchas de estas medidas más inmediatas pueden y deben implementarse antes de la elección del Parlamento Europeo en mayor de 2019.

También necesitamos una nueva colaboración internacional y mejores reglas jurisdiccionales para garantizar que las leyes y las regulaciones protejan a las víctimas de noticias falsas y ofensivas sin restringir la libre expresión o minar los derechos de los denunciantes. En particular, estos conflictos no deberían resolverse legalmente donde sólo una de las partes tiene un acceso efectivo a la justicia.

Finalmente, las plataformas deberían cooperar con las escuelas, los grupos de la sociedad civil y las organizaciones noticiosas para fortalecer el alfabetismo en materia de medios de la población. Los datos demuestran que los consumidores en algunos mercados todavía tienen dificultades para distinguir las noticias falsas de las reales.

Los esfuerzos bienintencionados para limpiar la nueva plaza pública de desinformación con certeza producirán efectos indeseados; sólo los consumidores pueden marginar las noticias falsas.

No podemos permitir que las compañías privadas o los gobiernos decidan lo que la gente debería saber. La historia de la democracia es clara en este punto: el pluralismo, no la censura privada o pública, es el mejor garante de la verdad.

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 7 de febrero de 2019

La movilidad humana requiere una gobernanza global

Juan Carlos Velasco dirige el Grupo de Filosofía Social y Política en el IFS de Madri.

En torno a la gestión de la movilidad humana se polariza la opinión pública en apasionadas discusiones. Aunque con frecuencia las percepciones priman sobre los datos contrastados, son debates que se refieren a una realidad ya presente, pero que adquirirá aún mayor relevancia en un futuro próximo.

En un escenario de crecimiento de la población mundial, de agudas desigualdades económicas entre los países y de reducción de la superficie útil para la vida humana a causa del cambio climático, los flujos demográficos continuarán in crescendo.

Precisamente porque no caben muchas dudas acerca de la dimensión rigurosamente planetaria del asunto, sorprende que no se haya articulado aún un sistema supranacional de gobernanza de los movimientos transfronterizos de migrantes y refugiados que permita actuar de forma coordinada a nivel global.

Como en tantas otras materias, aquí también se hace valer la evidencia de que no existen soluciones locales para problemas globales.

El problema de escala se agudiza por la vigencia de un marco estrictamente estatal –el denominado nacionalismo metodológico– que interpone obstáculos a la hora de avanzar en este terreno.

El enfoque, como siempre, predetermina el tipo de medidas que se plantean y acaban poniéndose en práctica. Desde hace ya demasiado tiempo, los esfuerzos de los distintos países se dirigen a intentar contener los flujos y es ahí donde el cierre de las fronteras aparece para muchos como la solución mágica, por más que resulte completamente impracticable e inútil, además de profundamente insolidaria con los desheredados del planeta, esa parte no tan pequeña de la humanidad.

Estas políticas restrictivas pretenden dar respuesta a ansiedades y temores de los sectores más vulnerables de la sociedad receptora (que penan por acceder a unos recursos sociales cada vez más limitados).

El precio no lo pagan los promotores de tales políticas, sino los inmigrantes, que acaban convertidos en el nuevo chivo expiatorio de las frustraciones internas.

Este discurso demagógico – en el que prima el interés nacional por encima de cualquier otra consideración – resulta plausible en la medida en que la gestión de los movimientos migratorios por parte de los países de destino sigue siendo básicamente unilateral o, a lo sumo, bilateral. Los pocos mecanismos de coordinación multilateral existentes adolecen de inoperancia.

El Pacto de Marrakech

En este escenario, resulta alentadora la firma en Marrakech el pasado 10 de diciembre de 2018 del Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular por parte de más de 150 países, un pacto que previamente había sido acordado por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Se trata, no obstante, de un acuerdo internacional no vinculante en términos jurídicos y que en absoluto cuestiona la soberanía de los Estados en materia migratoria y de control de fronteras.

Pese a que el pacto tan sólo establece un marco para cooperar, varios países se han desvinculado del texto, que no cuenta con la firma de Estados Unidos, Israel, Australia, Chile ni la de nueve Estados de la Unión Europea. Esta renuencia de ciertos gobiernos indica también que, por poco valor que tengan estos acuerdos, siempre pueden tornarse en referencia crítica para medir las políticas que cada cual sigue.

El Pacto de Marrakech establece tan sólo una serie de vagos compromisos sobre derechos humanos y, en especial, sobre los derechos de los menores y los inmigrantes indocumentados. Se estructura en torno a veintitrés grandes objetivos, algunos tan genéricos como la cooperación para recopilar datos fiables sobre la materia (menos inocuo de lo que parece, sobre todo en tiempos en los que priman los bulos y la manipulación del lenguaje) o reducir las vulnerabilidades en la migración.

Hay también obligaciones algo más concretas, como medidas para evitar la separación de las familias o usar el internamiento de migrantes exclusivamente como última opción.

Insuficiencias relevantes

Las insuficiencias del pacto son múltiples. La más relevante probablemente sea que se centra en los migrantes y deja fuera a los refugiados. Hoy en día, la práctica de la movilidad humana a escala global incluye ambas categorías, cuyos límites cada vez resultan más difusos, e intentar dar respuesta a una sola es un modo de legitimar un trato diferenciado, algo que difícilmente puede estar justificado cuando son la necesidad y la desesperación las que acucian tanto a unos como a otros, que yerran igualmente desprotegidos por el mundo.

Otra insuficiencia igual de relevante o más de este pacto es que no establece un marco global que permita articular canales regulares y previsibles para poder migrar. Si, como es el caso, las economías de los países desarrollados precisan de un número cada vez mayor de mano de obra extranjera, un mínimo de pragmatismo exigiría que la migración no fuera obstaculizada, sino más bien encauzada.

Es más, si los Estados no abren con determinación este tipo de vías, deberían ser consecuentes y no reprochar a nadie que haya llegado ilegalmente cuando nunca se le dio oportunidad de hacerlo regularmente.

La voluntad de cooperación que revela la firma del Pacto de Marrakech es digna de ser celebrada en la medida que constituye un paso en la dirección correcta, aunque sea insuficiente.

Una gobernanza global de los movimientos internacionales de personas sólo será factible si se logra un acuerdo realmente vinculante que abarque todas las dimensiones de la movilidad humana, incluyendo tanto migrantes como refugiados. No menos decisivo será disponer de marcos claros, supervisados por una organismo supraestatal competente, que permita los movimientos transfronterizos y vele por el efectivo respeto de los derechos humanos de quienes los protagonizan, el eslabón siempre más débil.

@TheConversation

Opinión | 6 de febrero de 2019

Foto: AFP / Presidencia Venezolana / HO

Los débiles argumentos de México y Uruguay para no intervenir en Venezuela

Andrés Velasco fue Ministro de Hacienda de Chile durante el primer gobierno de Michelle Bachelet y actualmente es Decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics.

México y Uruguay han adoptado los dos argumentos más repetidos por los partidarios de la dictadura venezolana. Suenan razonables al principio. Sin embargo, luego de un momento de reflexión, ambos argumentos resultan ser cínicos, sin sentido, o ambos.

El mandato de Nicolás Maduro como presidente de Venezuela expiró el 10 de enero. Obedeciendo la constitución del país, Juan Guaidó, el presidente de la Asamblea Nacional, que fue democráticamente elegida, juró como presidente interino. Inmediatamente, Estados Unidos, Canadá y gran parte de América del Sur lo reconocieron como el líder legítimo de Venezuela. Varios países europeos ya han hecho lo mismo.

Pero no así México, cuyo presidente, Andrés Manuel López Obrador, declaró que se ceñiría al principio de la no intervención. Uruguay, asimismo, se niega a reconocer a Guaidó, y su ministerio de relaciones exteriores ha afirmado que los problemas de Venezuela deben ser resueltos de manera pacífica por los propios venezolanos.

Coincidentemente, estos dos países han anunciado que llevarán a cabo una conferencia internacional cuyo objetivo es convertirlos en mediadores del impasse venezolano.

Los argumentos son débiles

Sus argumentos son los dos que más suelen repetir quienes apoyan la dictadura venezolana. Al principio, parecen razonables, pero al cabo de un momento de reflexión, ambos argumentos resultan cínicos, absurdos, o las dos cosas.

Empecemos con el segundo. Por supuesto que los venezolanos deberían resolver su propia crisis. Sin embargo, hay una pequeña dificultad: Maduro no permite que lo hagan.

En los días transcurridos desde que Guaidó jurara como presidente, las fuerzas de seguridad han dado muerte por lo menos a cuarenta personas y detenido a unas ochocientas. En las elecciones generales de 2015 la oposición obtuvo la mayoría en la Asamblea Nacional, pero desde entonces Maduro ha despojado a este organismo de casi todos sus poderes y ha llenado la Corte Suprema y el Consejo Nacional Electoral con sus secuaces.

La mayoría de los líderes opositores están en la cárcel o en el exilio, y unos cuatro millones de venezolanos (uno de cada siete) se han visto obligados a salir de su país. Human Rights Watch y otras ONG de prestigio repetidamente han puesto de manifiesto la sistemática violación de los derechos humanos que impera en Venezuela.

Bajo estas circunstancias, repetir que los venezolanos deben resolver sus propios problemas y luego no hacer nada, es garantizar que nada va a pasar, excepto, evidentemente, que se continuará violando los derechos de los venezolanos. La parálisis se ha convertido en un patrón.

En los últimos años, los tímidos intentos de mediación por parte del Vaticano, España y otros, no llegaron a ningún lado precisamente porque ahí era donde Maduro, reacio a negociar para entregar su poder dictatorial, deseaba que llegaran.

Estas son las malas noticias. Las buenas noticias son que la audaz actuación de Guaidó ha motivado a gran parte del mundo a la acción. Este avance no puede ser revertido ahora por espurios llamados a la nointervención.

Un principio a conveniencia

Los dictadores invariablemente redescubren este supuesto principio cuando les conviene. Así lo hicieron Augusto Pinochet en Chile y Fidel Castro en Cuba. En el caso actual, el mantra de la nointervención además choca con la realidad de que poderes extranjeros ya están interviniendo en Venezuela.

Oficiales de inteligencia cubanos ayudan a manejar el aparato represivo de Maduro, mientras que China y Rusia han hecho préstamos por miles de millones de dólares, con una contabilidad tan poco trasparente que nadie sabe con certeza cuál ha sido el destino de esos fondos.

Los argumentos para impugnar la vacía retórica de la nointervención no son meramente prácticos. Mantenerse al margen y llamar al diálogo mientras un maleante le pone un cuchillo al cuello a una abuelita y le arrebata su cartera, es un acto que bien se puede describir como nointervención, pero no es valiente ni ético.

Tenemos el deber moral de defender la vida y la dignidad humanas contra las atrocidades, dondequiera se las cometa. Es por ello que la mayoría de los países del mundo (aunque no Estados Unidos, Rusia ni China) reconocen la jurisdicción de la Corte Penal Internacional. No se puede argumentar a favor de la nointervención cuando un dictador o un caudillo comete crímenes de lesa humanidad.

Por algo hay derechos universales

Propugnar una defensa supranacional de los derechos políticos y civiles básicos puede parecer una postura menos obvia, pero no por ello resulta débil. Ser un miembro respetado de la comunidad internacional conlleva la obligación de no encerrar a los oponentes políticos en la cárcel y de no robarse las elecciones.

La Carta Democrática Interamericana de la Organización de Estados Americanos impone estas obligaciones a sus signatarios y contempla sanciones –incluso la expulsión de la OEA– a los infractores reincidentes. El triste hecho de que no siempre se hagan cumplir las disposiciones de la Carta (hacerlo requiere el voto de la mayoría absoluta de los miembros) no significa que su existencia deje de ser éticamente indispensable.

A pesar de que Maduro ya no tiene ningún derecho legítimo a ocupar la presidencia, insiste en aferrarse al poder. La pregunta no es si las democracias del mundo deberían intervenir, sino cómo deberían hacerlo. La única prueba que los líderes foráneos deberían aplicar se desprende de lo que Max Weber llamó la ética de la responsabilidad: ¿Cuál será la consecuencia de mis acciones? ¿Mejorarán ellas la situación?

Es concebible que las intervenciones desacertadas empeoren la situación. Por ejemplo, la belicosa retórica del presidente estadounidense Donald Trump podría desatar un sentimiento nacionalista en Venezuela.

Sin embargo, las intervenciones hábiles por parte de las democracias del mundo ya han surtido efectos beneficiosos. La presión política y financiera sostenida que eleva los costos para las fuerzas armadas del país de apuntalar a Maduro –junto con un oportuno ofrecimiento de amnistía– puede hacer que una transición política se vuelva inevitable.

El rol de la comunidad internacional

En años recientes, la comunidad internacional justificaba su pasividad afirmando que la oposición estaba dividida y que era inconcebible que una acción extranjera desalojara a Maduro. Ese tiempo ya pasó.

Es posible que al cabo de veinte años de destrucción de las instituciones democráticas de Venezuela y de hundimiento de su economía, la pesadilla desatada por Hugo Chávez y empeorada de manera contundente por su sucesor, Maduro, esté finalmente llegando a su fin.

Como lo han hecho tantas veces a través de la historia, los defensores de la dictadura intentarán reprimir el cambio con llamamientos cada vez más estridentes a la nointervención. El mundo debería hacer caso omiso de ellos.

Traducción de Ana María Velasco

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 5 de febrero de 2019

Foto: Chip Somodevilla / Getty Images

El futuro del trabajo: ¿cómo llegaremos a pagar las cuentas a fin de mes en la cuarta revolución industrial?

Marcel Cano Soler es profesor de Ética de la Universidad de Barcelona d se la Cátedra UNESCO en Sostenibilidad.

Con la llegada de las nuevas aplicaciones tecnológicas, el panorama laboral cambiará por completo. Hay tres posibles finales a esta aventura, y uno de ellos es bastante pesimista.

El futuro que se vislumbra viene cargado de mucha incertidumbre así como de cruciales interrogantes sobre temas tan fundamentales como el trabajo, la desigualdad, la gestión de los recursos naturales o las decisiones sobre la tecnociencia misma.

De un tiempo a esta parte oímos hablar muy a menudo de la cuarta revolución industrial. El concepto, que tiene partidarios y detractores, está relacionado con la llamada convergencia de tecnologías. Se trata nada menos que del punto de encuentro entre nanotecnología, neurociencia, biotecnología e inteligencia artificial y robótica, por solo citar las principales ramas de la tecnociencia implicadas en tal convergencia.

Y no estamos hablando de un futuro remoto sino todo lo contrario, es mucho más próximo de lo que parece, incluso puede que ya esté en marcha ahora mismo.

Un problema del presente

Sea como sea, lo que parece claro es que el tema merece que le dediquemos todo el tiempo posible, dado el alcance que podría llegar a tener. Una muestra de la relevancia de la cuestión es que la Unión Europea ya empezó a reflexionar sobre ello en un informe de 25 expertos el año 2004.

Así mismo, el Foro de Davos dedicó parte de sus sesiones del 2016 a los efectos de las nuevas tecnologías sobre la economía. Además, mucha es ya la bibliografía que podemos encontrar en las librerías sobre la cuarta revolución industrial y la convergencia de tecnologías.

Entre las muchas consecuencias que se empiezan a considerar, destaca la posible incidencia que puede llegar a tener en la esfera del trabajo. El famoso estudio de C. Benedikt y M.A. Osborne lanzaba una predicción bastante catastrofista: la pérdida del 47% de empleos en los Estados Unidos. Otros autores opinan que, a pesar de tal destrucción, al mismo tiempo se crearán muchos nuevos puestos de trabajo. La polémica está servida y los expertos se posicionan entre las dos opiniones.

No es nada nuevo. Cada vez que tenemos ante nosotros una nueva tecnología surgen dos extremos opuestos: los tecnófobos y los tecnoentusiastas, junto con toda una serie de posicionamientos intermedios.

La posibilidad alarmante

Pensemos ahora en tres posibles escenarios futuros: dos claramente distópicos y uno decididamente utópico. Hagámoslo no con la convicción de defender un pronóstico realista, sino como un ejercicio filosófico de reflexión.

Empecemos por el más terrible de todos, la predicción más apocalíptica respecto al trabajo. Si el desarrollo de la convergencia de tecnologías no va acompañado de cambios sociales y económicos, si la deriva creciente de la desigualdad no se detiene sino que se incrementa, el futuro tiene muy mala cara.

Oxfam lleva tiempo dando cifras alarmantes al respecto y no lo son menos las que presenta en el Foro Económico Mundial de Davos 2019. Ya en el 2015 afirmaban que entre los años 2009 y 2013 contabilizaron 123 millones de europeos viviendo en situación de pobreza, compartiendo el mismo suelo con 342 milmillonarios.

El índice de Gini no deja de aumentar, siendo éste un problema no exclusivamente europeo. Desde las Naciones Unidas se considera la desigualdad, en todas sus múltiples y perversas formas, como uno de los mayores desafíos de nuestro mundo. Según la OCDE estamos hoy en el momento de más desigualdad desde hace 50 años. De hecho este es el camino que emprendió el mundo desde los tiempos de Thatcher y Reagan.

Teniendo en cuenta estos datos, ¿podemos imaginar el impacto que podría tener una pérdida del 30 al 40% o más de los empleos? Si no se hiciera absolutamente nada para paliar este dramático pronóstico el mundo podría entrar en una situación en absoluto deseable, y menos si a esto añadimos los posibles impactos del cambio climático.

Considerando el paralelo incremento de los instrumentos tecnológicos de control social y el posible repliegue de los superricos en un mundo aislado del resto, podemos imaginar llevadas a la realidad las peores pesadillas de las distopías cyberpunk.

La realidad algo más optimista

El segundo escenario es, aparentemente, más amable que el anterior. Se consigue paliar la desigualdad por medio de un instrumento que está en boca de muchos expertos, científicos sociales, políticos de todos los colores y empresarios: la renta básica de ciudadanía (conocida también con otros nombres).

La misma UE ha empezado ya a hacer estudios al respecto. Aunque cuenta con algunos detractores, como el filósofo francés Éric Sadin, en general se considera la renta universal una posible herramienta para paliar el efecto apocalíptico del escenario anterior. Si bien existen diferentes propuestas de rentas básicas, todas coinciden en que con ella se puede redistribuir la riqueza, paliando así los posibles efectos catastróficos de la cuarta revolución industrial.

Entonces ¿dónde está el problema? Imaginemos una sociedad donde las personas tienen todas sus necesidades cubiertas y, además, o bien muy poca gente trabaja o la jornada laboral se ha reducido a su mínima expresión. ¿Qué haremos con tantas horas libres? Ciertamente, una de las criaturas más peligrosas del planeta es un ser humano aburrido.

El consumo como forma de ocio, en especial el consumo basado en la compra compulsiva ya no es pensable –ni deseable– en un mundo finito. Si nadie sabe qué hacer con su vida podemos llegar a reinstaurar las luchas de gladiadores para entretenernos o acabar como los humanos de Wall-E.

Renta básica

Aquí es donde aparece el utópico tercer escenario. Podríamos llamarlo “el mundo de Star Treck”, siguiendo el documental de Christian Tod, Free Lunch Society. Un mundo donde ya no hay necesidades materiales pero donde los seres humanos han encontrado nuevas, positivas y creadoras maneras de ocupar su tiempo.

Esto nos llevaría a una transformación mucho más profunda de lo que a primera vista pudiera parecer. Desde sus orígenes, la Modernidad se ha forjado alrededor una serie de conceptos fundamentales como son progreso, antropocentrismo, crecimiento, aceleración, entre otros, de los que cabe destacar el de trabajo. La decisiva evolución de este concepto forja toda una serie de cambios culturales de enorme calado.

Desde Adam Smith a Karl Marx, el trabajo emerge como el elemento central de todas las dimensiones humanas. Es a través del trabajo que podemos adueñarnos legítimamente de la naturaleza, como postulaba Locke. Es por medio del trabajo como podemos superar toda alienación ya que, según Marx, la esencia humana pasa por el conjunto de relaciones sociales, relaciones que son mediadas por el trabajo.

Así pues, una transformación en el concepto de trabajo nos podría conducir hacia un cambio mucho más decisivo de lo que parece, llevándonos tal vez hacia una nueva transformación cultural. No sería tan solo un paso hacia el comunismo o hacia el fin del capitalismo, ideas que encontramos en el movimiento aceleracionista o en el filósofo belga Jan Doxrud.

Lo que estaría poniéndose en marcha seria un cambio de cosmovisión en la que el trabajo no sería una condena y dejaría de hacer honor a su etimología como instrumento de tortura. Al contrario, pasaría a ser otra cosa distinta a la que tal vez se debería buscar un nuevo nombre.

Como ya he dicho antes, los tres escenarios no son más que meros ejercicios de libre reflexión. No tienen ninguna intención profética ni quieren ser un ejercicio de prospectiva. Pero, eso sí, pueden servirnos para pensar qué caminos nos gustaría más tomar, ahora que nos dirigimos directamente hacia un futuro lleno de esperanzas y pesadillas tecnocientíficas. En definitiva, la intención es resaltar nuestra parte de responsabilidad respecto a aquello que acabemos construyendo.

@TheConversation

Opinión | 4 de febrero de 2019

Foto: Jack Guez / AFP

Peligros digitales que amenazan a la democracia

Laura Chinchilla fue presidenta de Costa Rica entre 2010 y 2014 y actualmente lidera la Comisión Global Kofi Annan sobre Elecciones y Democracia en la Era Digital.

Las amenazas que las tecnologías digitales representan para el sistema político se deben en gran parte a que abren oportunidades para influir en los resultados electorales. La gestión y contención de estas amenazas ahora debe ser una prioridad urgente para los demócratas de todo el mundo.

Casi no pasa un día sin que se presente una nueva denuncia acerca de cómo las redes sociales socavan la democracia. Actores de todo el espectro político explotan las tecnologías digitales para difundir desinformación y azuzar la polarización.

El potencial de las nuevas tecnologías

Si bien las “noticias falsas” y el discurso de odio no son nada nuevo, la era digital ha proporcionado – aunque sin intención de hacerlo – un entorno propicio para ambos. El potencial de las nuevas tecnologías en cuanto a mejorar la condición humana es indudable; no obstante, los riesgos que dichas nuevas tecnologías generan hoy con respecto a la democracia se hacen cada vez más evidentes.

Las empresas tecnológicas, los gobiernos y los ciudadanos están en la tenaz búsqueda de soluciones para un conjunto de amenazas interconectadas. ¿Cómo lidiamos con la rápida comunicación en línea que hace que la desinformación que llega en un momento preciso se difunda con facilidad y sea difícil de refutar? ¿Cómo encaja en el debate democrático racional el deseo de crear contenido visible, que a menudo se basa en la emoción y la sensación en lugar de la evidencia? ¿Cómo identificamos las fuentes reales de información cuando el anonimato de Internet oculta el origen de una publicación?

Y, teniendo en cuenta que Google y Facebook tienen un gran alcance y dominio del mercado, nos debemos preguntar: ¿estamos todos cautivos de sus algoritmos, y por extensión, están también cautivas nuestras opiniones y debates políticos?

En una de sus últimas iniciativas antes de su fallecimiento en agosto del año 2018, el ex secretario general de la ONU, Kofi Annan convocó a Comisión Global sobre Elecciones y Democracia en la Era Digital, la cual se lanzó a principios de este mes en la Universidad de Stanford. De manera especial, Annan quería hacer sonar una alarma en nombre de los países que cuentan con pocos medios, o incluso con ninguno, para defenderse de estas amenazas que se generan en el siglo XXI contra la integridad de las elecciones. Y, debido a que estos problemas podrían afectar casi a cualquier país, él creía fervientemente que una perspectiva global era crucial para enfrentarlos.

A la par que esta Comisión (compuesta por expertos del mundo de la tecnología y la política) se prepara para comenzar su trabajo, se asoman cuatro enormes amenazas.

Las amenazas

La primera amenaza es el surgimiento de una industria dedicada a la interferencia electoral. Del mismo modo en que estudiamos las elecciones presidenciales estadunidenses del año 2016 para aprender acerca de cómo prevenir la interferencia, otros acuden al estudio de esa campaña para obtener información sobre manipulación electoral.

Grupos de consultoría comercial ya atraen a clientes potenciales con ideas sobre cómo las redes sociales, las noticias falsas, y la micro-focalización pueden ser efectivas para influir en las elecciones. Además, esta nueva industria será bipartidista, tal como lo demuestra las recientes acusaciones sobre noticias falsas y manipulación de las redes sociales durante la campaña para las elecciones al Senado en Alabama el año 2018.

No se puede exagerar el peligro que corre la democracia a lo largo y ancho de todo el mundo. Si los resultados de las elecciones en un país tan poderoso y tecnológicamente avanzado como Estados Unidos pueden ser influenciados, ¿cómo les irá a otros países?

Otra amenaza emergente proviene de los “asistentes de voz para el hogar”, mismos que se tornan cada vez más populares. Los monopolios que manejan la información en línea ya tienen el poder de determinar lo que la población de un país mira y cree.

Y, a medida que el uso de los asistentes de voz, como por ejemplo Google Home, Alexa y Siri, se convierte en algo mucho más común, los usuarios pronto obtendrán respuestas a sus consultas que consisten en una sola respuesta, en lugar de múltiples sugerencias.

Tal ultra selección disminuirá nuestra actividad de búsqueda, investigación y debate, lo que a su vez otorga a algunas empresas y algoritmos un poder aún mayor para moldear lo que sabemos y creemos.

El tercer desafío es la aparición de materiales falsos en video – que en inglés se los denomina como “deepfakes”. Estos videos falsos hacen uso de la inteligencia artificial y la síntesis de imágenes para crear imágenes de video que no se pueden distinguir de las imágenes auténticas.

Imaginemos, por ejemplo, la velocidad a la que se podrían extender por Internet unas imágenes fabricadas que muestren al presidente iraní diciéndoles a sus jefes militares que preparen una invasión de Israel. A medida que se generalizan los “deepfakes”, la confianza general en el video disminuirá.

Y, a medida que el mundo real y el mundo virtual continúen amalgamándose, es posible que perdamos la confianza en nuestra capacidad para determinar qué es y qué no es real dentro del ámbito de la política democrática.

Por último, y no por eso menos importante, están las plataformas entre pares (en inglés: peer-to-peer platforms) cifradas. WhatsApp, con más de 1,5 mil millones de usuarios activos al mes en 180 países, se ha utilizado para difundir rumores y avivar la violencia en Brasil, México e India, de la misma manera que Facebook se usó para estimular la violencia comunitaria en Sri Lanka, Myanmar y Bangladesh.

Es cierto que el anonimato y el cifrado que ofrece WhatsApp son protecciones potentes para los ciudadanos que luchan por sus derechos democráticos cuando viven bajo regímenes autoritarios y sanguinarios. Sin embargo, son estas mismas características las que hacen que sea difícil identificar las fuentes de rumores, odio, e incitación a la violencia y, por lo tanto, es difícil medir el grado en que se utiliza WhatsApp para manipular las elecciones.

Un año de oportunidades para enfrentar la amenaza

En el año 2019, se celebrarán más de 80 elecciones presidenciales, generales y parlamentarias en todo el mundo. Si bien podemos vislumbrar los peligros que las tecnologías digitales representan para el sistema político, otros ven nuevas oportunidades para influir en los resultados. La gestión y contención de estas amenazas ahora debe ser una prioridad urgente, en todo el mundo, para quienes son partidarios de la democracia. Como Annan nos advirtió, “la tecnología no se detiene; tampoco puede detenerse la democracia”.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 31 de enero de 2019

Foto: Johannes Eisele / AFP

La economía y los economistas necesitan una revolución

Edmund S. Phelps ganó el premio Nobel de economía de 2006 y es Director del Centro sobre Capitalismo y Sociedad en la Universidad de Columbia.

El silencio de la mayoría de los economistas sobre las causas estructurales de los cuestionamientos al sistema que estallan en Occidente, y sobre qué se puede hacer, ha sido ensordecedor. Y proporciona evidencia adicional de la negativa de la profesión a reconocer la necesidad de cambio.

Occidente y la economía están en crisis. Las tasas de retorno sobre la inversión son muy bajas. Los salarios, y los ingresos en general, se están estancando para la mayoría. La satisfacción con el empleo va en descenso, especialmente entre los jóvenes, y más gente en edad laboral no quiere o no puede participar en la fuerza de trabajo.

En Francia, muchos decidieron dar una oportunidad al Presidente Emmanuel Macron y hoy protestan contra sus políticas. Muchos estadounidenses decidieron lo mismo con Donald Trump y se han desilusionado. Y en Gran Bretaña muchos esperaban que el Brexit mejorara sus vidas.

Las tres revoluciones que se necesitan

Sin embargo, la mayor parte de los economistas han callado sobre las causas subyacentes a esta crisis y qué puede hacerse, si puede hacerse algo, para recuperar el vigor económico. Es seguro decir que las causas no se entienden muy bien, ni se entenderán hasta que finalmente los economistas asuman la tarea de cambiar el modo como se enseña y practica la economía. En particular, la profesión precisa de tres revoluciones a las que se sigue resistiendo.

La primera tiene relación con la constante desatención al conocimiento imperfecto. En los años de entreguerras, Frank Knight y John Maynard Keynes hicieron una adición radical a la teoría económica. El libro de Riesgo, incertidumbre y beneficio (1921) y el pensamiento de Keynes subyacente a su Teoría general del empleo, el interés y el dinero (1936) argumentaron que no existe ni puede haber una base para modelos que supongan que quienes toman decisiones cuentan con modelos correctos para hacerlo.

Knight inyectó un futuro incierto y Keynes añadió la ausencia de coordinación, pero las generaciones subsiguientes de economistas teóricos por lo general pasaron por alto este avance.

Hoy en día, y a pesar de algún trabajo importante para formalizar las observaciones de Knight y Keynes (particularmente por Roman Frydman y sus colegas), la incertidumbre –incertidumbre real, no varianzas conocidas- no se suelen incorporar a nuestros modelos económicos. (Por ejemplo, un influyente cálculo realizado por Robert J. Barro y Jason Furman hizo predicciones de la inversión empresarial resultante del recorte tributario a los beneficios corporativos de Trump sin considerar la incertidumbre knightiana.) Todavía no ocurre la Revolución de la Incertidumbre.

Segundo, sigue habiendo un descuido de la información imperfecta. En el que se ha llegado a conocer como el “volumen Phelps”, Fundamentos microeconómicos de la teoría del empleo y la inflación, hicimos notar un fenómeno que los economistas suelen pasar por alto. Si los trabajadores sobreestiman los salarios que se pagan fuera de sus ciudades se produce una inflación salarial y, en consecuencia, un desempleo anormalmente alto; si los subestiman, se producen niveles salariales más bajos y, en consecuencia, un desempleo anormalmente bajo. Cuando los trabajadores pierden sus empleos, digamos en el área de los Apalaches, no tienen mucha idea –sus estimaciones no están bien fundadas- de cuál sería su salario fuera de su mundo y cuánto tiempo demorarían en encontrar un empleo, por lo que pueden seguir en el paro por meses o incluso años. Hay una deficiencia de información, no una “información asimétrica”.

Es más, el volumen considera que cada actor de la economía está en el ruedo sin mayor sentido que el que pueda encontrarle, como describió Pinter, y se ve obligado a arreglárselas como mejor pueda, como conminó Voltaire. Pero los teóricos de la Universidad de Chicago crearon un modelo de ubicación mecánico en que el desempleo es meramente friccional y, en consecuencia, transitorio: el llamado modelo de isla. Como resultado, la Revolución de la Información no se ha absorbido todavía.

El último gran reto es la completa omisión del dinamismo económico en la teoría económica. Si bien los economistas han llegado a reconocer que Occidente ha sufrido una desaceleración masiva, la mayoría de ellos no ofrecen explicación alguna para ello. Otros, influidos por la tesis temprana de Schumpeter sobre la innovación en su clásico de 1911 Teoría del desarrollo económico, infieren que el torrente de descubrimientos científicos y geográficos se ha reducido muchísimo en los últimos tiempos. La teoría de Schumpeter se basaba explícitamente sobre la premisa de que las masas carecen de inventiva en la economía. (Es famoso su comentario de que nunca había conocido a un empresario con algún rasgo de originalidad.)

Esta fue una premisa extraordinaria. Se puede decir que el Occidente que vivimos (el mundo moderno, diríamos) comenzó con el gran académico Pico della Mirandola, que argumentó que toda la humanidad posee el don de la creatividad.

Y las inquietudes de muchos otros pensadores –la ambición de Cellini, el individualismo de Lutero, el vitalismo de Cervantes y el desarrollo personal de Montaigne- impulsaban a la gente a hacer uso de su creatividad. Más adelante, Hume enfatizó la necesidad de la imaginación y Kierkegaard recalcó la importancia de aceptar lo desconocido. Filósofos del siglo diecinueve como William James, Friedrich Nietzsche y Henri Bergson abrazaron la incertidumbre y valoraban lo nuevo.

A medida que alcanzaban una masa crítica, estos valores produjeron innovación local en toda la fuerza laboral. El fenómeno de la innovación de base por prácticamente todos los tipos de personas en todos los sectores fue percibido por primera vez por el historiador estadounidense Walt Rostow en 1952 y el historiador británico Paul Johnson lo describió vívida y voluminosamente en 1983. En mi libro de 2013 Florecimiento en masa trato sus orígenes.

Así que no estaba nada de claro que la tesis schumpeteriana se incorporaría a la teoría económica. Pero cuando Robert Solow del MIT presentó su modelo de crecimiento, se volvió estándar suponer que la “tasa de progreso técnico”, como la denominó, era exógena a la economía. Así, se prescindió de la idea de que la gente –incluso personas comunes y corrientes que trabajan en diferentes sectores- poseyera la imaginación para concebir nuevos bienes y nuevos métodos. Es una idea que, si se hubiera debatido, no habría resistido el examen. Como resultado, se puso en suspenso la Revolución del Dinamismo en la teoría económica.

Hay que modernizar la disciplina y ser más creativo

Sin embargo, con la gran desaceleración y el descenso de la satisfacción laboral, parece abrirse una ventana para dinamizar el modelamiento económico. Y hacerlo es urgente. La importancia de entender el reciente estancamiento de las economías ha generado esfuerzos por incorporar la imaginación y la creatividad a los modelos macroeconómicos. Por más de una década he argumentado que no podremos comprender los síntomas que se observan en las naciones occidentales hasta que hayamos formulado y probado hipótesis explícitas acerca de las fuentes, o los orígenes, del dinamismo.

Ese avance teórico nos dará esperanzas para explicar no solo la ralentización de la productividad total de los factores, sino también el declive de la satisfacción laboral. Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña no podrán volver a ser los mismos sino hasta que sus pueblos piensen de nuevo en mejores maneras de hacer las cosas y se entusiasmen con sus viajes a lo desconocido.

Este comentario es una adaptación de un discurso dado en la Universidad Dauphine de París en 15 de enero de 2019.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 30 de enero de 2019

Foto: The Conversation

¿Por qué a los niños les gusta leer el mismo cuento una y otra vez?

Jane Herbert es una experta en desarrollo infantil y académica de la Escuela de Psicología de la Universidad de Wollongong en Australia.

A menudo oímos hablar de los beneficios de leer un cuento a la hora de dormir para incrementar el vocabulario, las habilidades de alfabetización temprana y la buena relación con su hijo.

Pero está claro que los expertos no han estado en su casa, porque el niño sigue pidiendo el mismo libro cada noche (en ocasiones, varias veces la misma noche). Ya se saben la historia de memoria.

Dado que las actividades que se realizan justo antes de dormir son especialmente bien recordadas por los niños pequeños, quizá se pregunte si toda esta repetición es realmente beneficiosa: la respuesta es sí. Su hijo está mostrando que disfruta con el cuento, pero también que aún está aprendiendo de las imágenes, las palabras y las interacciones que lleva a cabo con usted mientras leen el libro juntos.

Los niños quieren que les repitan

Se cree que, conformando una de las primeras etapas del proceso de aprendizaje, existe a edades tempranas preferencia por la familiaridad en vez de por la novedad. Los bebés, por ejemplo, sienten una mayor cercanía con su cuidador cuando comparten género y etnia.

Con la edad y la experiencia, las preferencias del bebé cambian, interesándose más por la novedad. A los cuatro o cinco meses, las caras desconocidas les resultan más atractivas que el rostro familiar del cuidador.

Pero incluso un niño de tres días prefiere mirar a una cara que suponga una novedad si se les muestra repetidamente una foto de la cara de su madre. Cuando los bebés han codificado suficiente información acerca de una imagen, están preparados para experimentar otras nuevas y diferentes.

La edad de su hijo influye en la velocidad a la que aprenderá y recordará información sobre el cuento que comparten. Existen dos principios clave del desarrollo de la memoria: los niños pequeños necesitan más tiempo para codificar la información que los niños mayores, y olvidan más rápido.

Por ejemplo, un niño de un año aprende una serie de nuevas acciones el doble de rápido que un bebé de seis meses. Mientras que un niño de año y medio recuerda una secuencia de acciones novedosas durante dos semanas, uno de dos años las retiene en su memoria durante tres meses.

En cualquier caso, es más difícil aprender de fuentes bidimensionales, como los libros o los vídeos, que de las experiencias directas. La exposición repetida ayuda a los niños a codificar y recordar la información procedente de este tipo de fuentes.

¿Cómo aprenden los niños mediante la repetición?

La lectura del mismo cuento cuatro veces, en lugar de dos, mejora la habilidad de niños de entre 18 y 24 meses para llevar a cabo las acciones necesarias para hacer sonar un sonajero. De manera similar, duplicar el tiempo de exposición a un vídeo a niños de entre 12 y 21 meses mejora sus recuerdos acerca de lo que vieron.

La lectura repetida del mismo cuento también ayuda a los niños a aprender palabras nuevas, especialmente entre los tres y los cinco años.

La repetición ayuda a aprender información compleja mediante el aumento de oportunidades para que la información sea codificada, lo que permite a su hijo centrarse en diferentes elementos y le brinda más ocasiones para hacer preguntas e hilar conceptos mediante la conversación.

Quizá crea que los cuentos no son complicados, pero contienen un 50% más de palabras desconocidas (por poco habituales) que un programa de televisión en horario de máxima audiencia e, incluso, más que una conversación entre estudiantes universitarios. ¿Recuerda cuándo fue la última vez que dijo la palabra “jirafa” en una charla con un compañero? Aprender toda esta información requiere un tiempo.

Los reconocidos beneficios de la repetición han convertido esta técnica en una característica básica en el diseño de algunos programas de televisión de carácter didáctico. Para reforzar sus enseñanzas, se repite el mismo episodio de Blue’s Clues (Las pistas de Blues) durante una semana, y todos sus capítulos siguen la misma estructura.

Ver el mismo episodio de Blue’s Clues durante cinco días seguidos aumentó la comprensión del contenido en niños de entre tres y cinco años, a la vez que multiplicó sus interacciones con el programa, frente a los que lo vieron tan solo una vez. A lo largo de las repeticiones, los niños aprendían a ver la televisión y a trasladar su conocimiento a los nuevos episodios y series. Lo más probable es que el mismo proceso tenga lugar con la repetición en la lectura de cuentos.

Lo que pueden hacer los padres para fomentar el aprendizaje repetitivo

La próxima vez que su hijo le pida leer de nuevo el mismo libro, recuerde que se trata de un paso importante en su proceso de aprendizaje. Además, si se centra en nuevos aspectos en cada relectura, puede estimular las oportunidades de aprendizaje dentro de este contexto familiar.

Un día, preste más atención a las imágenes. El siguiente, céntrese en el texto o anime a su hijo a completar las oraciones. Relacione la historia con sucesos reales en el mundo del pequeño. Este tipo de conversación, de más amplio contexto, supone un reto mayor y fortalece sus habilidades cognitivas.

También puede contribuir a sus intereses ofreciéndole libros del mismo autor o sobre un tema similar. Si a su hijo le gusta Where is the Green Sheep? (¿Dónde está la oveja verde?), de Mem Fox, puede probar con Bonnie and Ben rhyme again (Bonnie y Ben riman otra vez) –que también tiene ovejas–.

Propóngale una amplia variedad de obras, incluyendo libros informativos, que brindan más datos acerca de un tema pero emplean estructuras y palabras bastante más diferentes y complejas.

Y recuerde que es solo una fase y acabará pasando. Un día, su hijo tendrá un nuevo libro favorito, y el actual, le encante o lo aborrezca, volverá a la estantería.

@TheConversation

Opinión | 29 de enero de 2019

Foto: Fernando Gens/Telam

Igualdad de género impulsada por los datos

Gabriela Ramos es jefa de gabinete de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), Sherpa para el G7 y G20, y líder de la Estrategia de Género de la OCDE.

Si los países eliminaran la discriminación por motivos de género y garantizaran la igualdad para 2030, el PBI mundial aumentaría en unos 6 billones de dólares. Los nuevos datos de la OCDE podrían proporcionar información que ayude a hacer de esta visión una realidad.

Si se toma como referencia el ritmo actual de progreso, se tardará más de 200 años para lograr la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres en el ámbito laboral.

En muchos países, todavía se obliga a las niñas a casarse cuando ellas aún son muy jóvenes, lo que limita su acceso a la educación formal y futuras oportunidades de empleo. En Níger, por ejemplo, en el año 2016, el 76% de las niñas entre 15 a 19 años de edad ya estaban casadas, lo que explica, en parte, por qué el 73% de las niñas en edades en las que deberían asistir a la educación secundaria inferior ya no asisten a la escuela.

El trabajo infantil también es muy común, y casi un tercio de las mujeres del mundo creen que la violencia doméstica es un castigo justificable bajo ciertas circunstancias, tales como quemar la comida.

¿Qué refleja lo antedicho acerca de los valores humanos cuando se considera más aceptable golpear a una mujer que arruinar la comida para la cena?

Los marcos jurídicos consagran tales valores humanos. Hoy en día, diez países todavía permiten la violación conyugal, y nueve aún permiten que los violadores eviten su castigo, si ellos se casan con sus víctimas. Y, en el caso de muchas más mujeres, dichos valores son los que se permean hacia dentro de las estructuras sociales, que son las que a su vez les niegan oportunidades.

El marco legal es un obstáculo para la mujer

En todo el mundo, la carencia de licencias de maternidad con sueldo pagado, servicios de guardería infantil, o políticas laborales favorables a la familia impiden la participación de las mujeres en la economía formal. Incluso cuando las mujeres logran tener una carrera laboral, ellas aún tienen que asumir tres cuartas partes de las responsabilidades dentro del hogar.

Claramente, un mundo más equitativo e inclusivo en cuanto a género requerirá de un cambio trascendental: en cuanto a percepciones, actitudes, estereotipos y leyes. Se justifica la promoción de tal cambio no sólo por razones morales, sino también en términos económicos.

El impacto económico

Según nuestras estimaciones, si los países eliminaran la discriminación basada en el género y concedieran a las mujeres un mayor acceso a la educación y el empleo, el PBI mundial aumentaría en $6 millones de millones en el transcurso de la próxima década. No obstante, si bien la razón para el cambio puede estar muy bien fundamentada, los países a menudo tienen dificultades para desarrollar políticas basadas en el género que estén enraizadas en datos y evidencias sólidas, por la falta de los mismos.

Para abordar dicha carencia, en el año 2009 la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) desarrolló el Índice de instituciones sociales y género (SIGI) con los datos de unos 180 países. Este índice junto con el SIGI Policy Simulator, un simulador de políticas que se lanzó este año, se constituyen en una herramienta para que los gobiernos evalúen cuán inclusivas son sus políticas de género, identifiquen áreas susceptibles de reforma, y evalúen los programas que implementan.

Los datos ya han generado importantes y profundas apreciaciones. Consideremos, por ejemplo, Alemania. Si bien el país ocupa un lugar alto en los índices de igualdad de género a nivel mundial, SIGI muestra que este país podría ingresar en la lista de los 10 primeros países con un cambio relativamente simple: imponer jurídicamente que las personas reciban igual remuneración por igual tarea. La ausencia de tal requisito le cuesta a Alemania el equivalente al 1% de su PIB, según estimaciones calculadas a partir del más reciente documento sobre Perspectivas Económicas de la OCDE.

En Chile, otorgar a las mujeres casadas los mismos derechos de propiedad que gozan los hombres casados aumentaría la inversión total en un 1%. En Vietnam, si se ayuda a que las mujeres accedan a las mismas oportunidades profesionales que los hombres, se aumentaría la participación total en la fuerza laboral en un 1%.

En muchos países, únicamente las madres tienen derecho a licencia tras el nacimiento de un hijo. Esto refuerza la percepción de que el trabajo de cuidado no remunerado es tarea de la mujer, lo que a su vez causa una asimetría en la distribución de las tareas domésticas. Las mujeres en Pakistán y en la India, en promedio, pasan diez veces más tiempo en la realización de tareas domésticas que los hombres, lo que significa que ellas tienen menos tiempo para participar en actividades relacionadas con el mercado, el estudio, o simplemente actividades de relajación. Se debe hacer notar que esta tendencia no es, en lo absoluto, una tendencia exclusiva del sur de Asia.

Por lo tanto, ¿cómo pueden los gobiernos utilizar SIGI para cambiar sus leyes y promover la igualdad de género? La mejor manera es aprender de las experiencias de otros. En Sudáfrica, la Ley de reconocimiento de matrimonios consuetudinarios de 1998, junto con la Ley de uniones civiles de 2006, eliminaron con eficacia tanto el matrimonio forzado como el matrimonio infantil. En Liberia, una ley aprobada en 2015 otorga el derecho a las mujeres para que ellas reciban igual remuneración por igual tarea.

En el año 2000, Etiopía revocó el lenguaje que otorgaba solamente a los hombres el derecho de administrar los bienes familiares. En 2015, Bulgaria eliminó de su legislación que permitía la existencia de profesiones y ocupaciones que solamente podían ser desempeñadas por hombres. Y, en 2002, Suecia quiso coadyuvar en la búsqueda del equilibrio en las responsabilidades de cuidado de niños entre ambos padres mediante el aumento de la “cuota asignada al padre” en la ley de licencia parental, ampliándola de un mes a dos.

Hora de convertir la retórica en acción

Los datos y la planificación hicieron posibles estas iniciativas, y los nuevos conjuntos de datos de la OCDE están diseñados para ayudar a que otros países sigan los ejemplos antedichos. Armados con información, los líderes pueden convertir la retórica sobre la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres en acciones trascendentales.

En última instancia, dichas acciones ayudarán a crear entornos de igualdad tanto para mujeres como para hombres, y coadyuvarán en la construcción de sociedades sostenibles, respetuosas y pacíficas para todos nosotros. Ahora contamos con los datos para ayudar a que las mujeres alcancen su potencial, así como también contamos con datos que nos ayudan a evidenciar qué nos pasa a todos nosotros cuando no las ayudamos.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 28 de enero de 2019

La amenaza de la Inteligencia Artificial para las sociedades democráticas y abiertas

George Soros es presidente de Soros Fund Management, uno de los fondos de inversión más influyentes del mundo, y de la Fundación Open Society.

Quiero advertir al mundo sobre un peligro sin precedentes que está amenazando la supervivencia misma de las sociedades abiertas.

En una época de nacionalismo populista, las sociedades abiertas se encuentran cada vez más amenazadas. Pero la amenaza de los movimientos ideológicos palidece en comparación con la que plantean las nuevas tecnologías poderosas en manos de los autoritarios.

Los instrumentos de control de rápida evolución que el aprendizaje automático y la inteligencia artificial pueden producir les están dando a los regímenes represivos una ventaja inherente. Para ellos, los instrumentos de control que se perfeccionan son una ayuda; para las sociedades abiertas constituyen un peligro mortal.

Me centraré en China, donde el presidente Xi Jinping quiere que reine un estado unipartidario. Xi intenta consolidar toda la información disponible sobre una persona en una base de datos centralizada para crear un “sistema de crédito social”. En base a estos datos, la gente será evaluada por algoritmos que determinarán si plantea una amenaza para el estado unipartidario. La gente luego será tratada según corresponda.

El sistema de crédito social todavía no está plenamente operativo, pero es claro hacia dónde se dirige. Subordinará el destino del individuo a los intereses del estado unipartidario como nunca se vio antes.

El sistema de crédito social me parece alarmante y aborrecible. Desafortunadamente, a algunos chinos les resulta atractivo, porque ofrece información y servicios que actualmente no están disponibles, y también puede proteger a los ciudadanos que cumplen con la ley de los enemigos del estado.

China no es el único régimen autoritario del mundo, pero es sin duda el más rico, el más fuerte y el más desarrollado en aprendizaje automático e inteligencia artificial. Esto convierte a Xi en el opositor más peligroso de quienes creen en el concepto de una sociedad abierta. Pero Xi no es el único. Los regímenes autoritarios están proliferando en todo el mundo y, si tienen éxito, se volverán totalitarios.

En mi calidad de fundador de las Open Society Foundations, he dedicado mi vida a combatir las ideologías totalizadoras y extremistas, que sostienen equivocadamente que el fin justifica los medios. Yo creo que el deseo de libertad de la gente no se puede reprimir eternamente. Pero reconozco que las sociedades abiertas hoy en día están profundamente amenazadas.

Utilizo el término “sociedad abierta” para referirme a una sociedad en la que impera el régimen del derecho por sobre el régimen de un solo individuo, y donde el papel del estado es el de proteger los derechos humanos y la libertad individual. En mi opinión, una sociedad abierta debería prestar especial atención a quienes sufren discriminación o exclusión social y a quienes no pueden defenderse por sí mismos.

¿Cómo se pueden proteger las sociedades abiertas si estas nuevas tecnologías les dan a los regímenes autoritarios una ventaja incorporada? Esa es la pregunta que me preocupa. También debería preocupar a todos los que prefieren vivir en una sociedad abierta.

En busca de una sociedad abierta

Mi profundo temor por esta cuestión surge de mi historia personal. Nací en Hungría en 1930, y soy judío. Tenía 13 años cuando los alemanes ocuparon Hungría y empezaron a deportar judíos a campos de exterminación. Yo tuve la gran fortuna de que mi padre entendiera la naturaleza del régimen nazi y consiguiera documentos de identidad falsos y escondites para todos los miembros de su familia, y para otros judíos también. La mayoría sobrevivimos.

El año 1944 fue la experiencia formadora de mi vida. Aprendí a una edad temprana lo importante que es el tipo de régimen político que prevalece. Cuando el régimen nazi fue reemplazado por la ocupación soviética, abandoné Hungría tan pronto como pude y encontré refugio en Inglaterra.

En la London School of Economics, desarrollé mi marco conceptual bajo la influencia de mi mentor, Karl Popper. Ese marco resultó ser inesperadamente útil cuando más tarde encontré trabajo en los mercados financieros. El marco no tenía nada que ver con las finanzas, pero se basa en el pensamiento crítico. Eso me permitió analizar las deficiencias de las teorías prevalecientes que guiaban a los inversores institucionales. Me convertí en un gestor de fondos de cobertura exitoso, y me enorgullece ser el crítico mejor pago del mundo.

Administrar un fondo de cobertura era muy estresante. Cuando había ganado más dinero del que necesitaba para mí o mi familia, atravesé una suerte de crisis de la mediana edad. ¿Por qué debería matarme para ganar más dinero? Reflexioné mucho tiempo sobre lo que realmente me importaba y, en 1979, fundé el Open Society Fund. Definí sus objetivos: ayudar a abrir las sociedades cerradas, reducir las deficiencias de las sociedades abiertas y promover el pensamiento crítico.

Mis primeros esfuerzos estaban dirigidos a intentar socavar el sistema de apartheid en Sudáfrica. Luego viré mi atención y me concentré en abrir el sistema soviético. Creé una empresa conjunta con la Academia Húngara de Ciencias, que estaba bajo control comunista, pero sus representantes empatizaban en secreto con mis esfuerzos. Este acuerdo tuvo un éxito que fue mucho más allá de mis sueños más descabellados. Y quedé atrapado en lo que llamo “filantropía política”. Eso fue en 1984.

En los años posteriores, intenté replicar mi éxito en Hungría y en otros países comunistas. Lo hice bastante bien en el imperio soviético, incluida la propia Unión Soviética, pero fue una historia diferente en China.

Dictadura con características chinas

Mi primer esfuerzo en China parecía bastante alentador. Involucraba un intercambio de visitas entre economistas húngaros que eran muy admirados en el mundo comunista y un equipo perteneciente a un grupo de expertos chinos recientemente creado, cuyos miembros estaban ansiosos por aprender de los húngaros.

En base a este éxito inicial, le propuse a Chen Yizi, el líder del grupo de expertos, replicar el modelo húngaro en China. Chen obtuvo el respaldo del premier Zhao Ziyang y de su secretario reformista, Bao Tong. En octubre de 1986 se creó una empresa conjunta llamada China Fund. Era una institución diferente de cualquier otra en China. En los papeles, tenía autonomía completa.

Bao era su paladín. Pero quienes se oponían a la reforma crítica, que eran muchos, aunaron fuerzas para atacarlo. Decían que yo era un agente de la CIA y le pidieron a la agencia de seguridad interna que me investigara. Para protegerse, Zhao reemplazó a Chen por un funcionario de alto rango en la policía de seguridad externa. Como las dos organizaciones tenían el mismo status, no podían interferir en los asuntos de la otra.

Aprobé este cambio porque estaba enojado con Chen por otorgar demasiados créditos a miembros de su propio instituto, y no estaba al tanto de las luchas políticas internas que transcurrían detrás de escena. Pero los postulantes al China Fund pronto se dieron cuenta de que la organización había pasado a estar controlada por la policía política y empezaron a alejarse. Nadie tuvo la valentía de explicarme los motivos.

Finalmente, un receptor de préstamos chino me visitó en Nueva York y me contó –corriendo un riesgo considerable- lo que había sucedido. Poco después, Zhao fue removido del poder y utilicé esto como una excusa para cerrar la fundación. Eso sucedió justo antes de la masacre de la Plaza Tiananmen en 1989 y dejó un “punto negro” en el registro de la gente asociada con la fundación. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que pudieron limpiar sus nombres, pero lo lograron.

En retrospectiva, es evidente que cometí un error al intentar crear una fundación, que operaba de maneras que no le resultaban familiares a la gente en China. En aquel momento, otorgar un préstamo creaba una sensación de obligación entre el donante y el receptor y obligaba a ambos a ser mutuamente fieles para siempre.

La traición de la reforma

Hasta ahí la historia. Pasemos a los acontecimientos que se han producido apenas el año pasado. Algunos me sorprendieron.

Cuando empecé a visitar China por primera vez, conocí a muchas personas en puestos de poder que eran fervientes creyentes en los principios de la sociedad abierta. En su juventud, habían sido deportados al campo para ser reeducados, y muchas veces sufrían padecimientos mucho mayores que los míos en Hungría. Pero teníamos mucho en común. Todos habíamos estado en el extremo receptor de una dictadura.

Estaban ansiosos por escucharme hablar sobre los pensamientos de Popper sobre la sociedad abierta. Si bien el concepto les parecía muy atractivo, su interpretación seguía siendo un tanto diferente de la mía. Ellos estaban familiarizados con la tradición confuciana, pero no había tradición de voto en China. Su pensamiento seguía siendo jerárquico, no igualitario, y tenían un respeto incorporado por los cargos altos. Yo, en cambio, quería que todos pudieran votar.

No me sorprendió cuando Xi se topó con una oposición fuerte en el país; pero sí me sorprendió la forma que adoptó. En la convocatoria de líderes del año pasado en la localidad balnearia de Beidaihe, Xi aparentemente fue reprendido. Si bien no hubo ningún comunicado oficial, el rumor fue que la convocatoria desaprobó la abolición de los límites a los mandatos y el culto de la personalidad que Xi había construido en torno suyo.

Los defensores comprometidos de una sociedad abierta en China, que tienen aproximadamente mi edad, en general se han retirado, y la gente más joven, que depende de Xi para una promoción, han tomado su lugar. En verdad, fueron los líderes retirados como Zhu Rongji los que, aparentemente, plantearon las críticas a Xi en la reunión de Beidaihe.

Es importante tomar conciencia de que estas críticas sólo fueron una advertencia para Xi sobre sus excesos, pero no revirtieron la abolición del límite de dos mandatos. Es más, el “Pensamiento Xi Jinping”, que él mismo promovió como su compendio de la teoría comunista, fue elevado al mismo nivel que el “Pensamiento Mao Tse Tung”. De modo que Xi sigue siendo el líder supremo, posiblemente de por vida. El resultado definitivo de las luchas políticas internas de hoy sigue sin resolverse.

La sociedad abierta y sus defensores

Me he estado concentrando en China, pero las sociedades abiertas tienen muchos más enemigos –la Rusia de Putin es el principal entre ellos-. Y el escenario más peligroso es aquel en el que esos enemigos conspiran entre sí, o aprenden unos de otros, para oprimir a su pueblo de manera más efectiva.

¿Qué podemos hacer para frenarlos?

El primer paso es reconocer el peligro. Esa es la razón por la que estoy hablando públicamente. Pero ahora viene la parte difícil. Quienes queremos preservar la sociedad abierta debemos trabajar y formar una alianza efectiva. Tenemos una tarea que no podemos dejar en manos de los gobiernos. La historia ha demostrado que hasta los gobiernos que quieren proteger la libertad individual tienen otros muchos intereses, y también dan prioridad a la libertad de sus propios ciudadanos por sobre la libertad del individuo como un concepto abstracto.

Mis Open Society Foundations están dedicadas a proteger los derechos humanos, especialmente los de quienes no tienen un gobierno que los defienda. Cuando comenzamos hace cuatro décadas, muchos gobiernos apoyaban nuestros esfuerzos. Desafortunadamente, hoy son menos. Estados Unidos y Europa, que en algún momento eran nuestros aliados más sólidos, están preocupados por sus propios problemas hoy.

Por lo tanto, quiero centrarme en lo que considero la pregunta más importante para las sociedades abiertas: ¿qué sucederá en China?

Sólo el pueblo chino puede responder a la pregunta. Lo único que podemos hacer nosotros es trazar una distinción clara entre ellos y Xi. Como Xi ha declarado su hostilidad hacia la sociedad abierta, el pueblo chino se convierte en la principal fuente de esperanza.

Y, en verdad, hay motivos para albergar esperanzas. Como me han explicado algunos especialistas en China, hay una tradición confuciana según la cual se espera que los asesores del emperador expresen su opinión cuando están en fuerte desacuerdo con una de sus acciones o decretos, siendo plenamente conscientes de que esto puede resultar en el exilio o hasta en una ejecución. Esto fue para mí un gran alivio cuando estaba al punto de la desesperación. Significa que ha surgido una nueva elite política que está dispuesta a defender la tradición confuciana y también que Xi seguirá teniendo opositores en China.

La disolución de la ruta de la seda

Xi presenta a China como un modelo de rol para que otros países imiten, pero también enfrenta críticas en el exterior. Su Iniciativa Un Cinturón, Una Ruta (BRI por su sigla en inglés) ha estado vigente el tiempo suficiente como para revelar sus deficiencias. Por un lado, estaba destinada a promover los intereses de China, no los intereses de los países receptores. Es más, sus ambiciosos proyectos de infraestructura estaban financiados principalmente por préstamos, no subsidios, y las autoridades extranjeras muchas veces recibían sobornos para aceptarlos. Y muchos de estos proyectos terminaron siendo económicamente poco sólidos.

El caso icónico es Sri Lanka. China le prestó al pueblo de Sri Lanka el dinero para pagarle a China para que construyera un puerto que satisficiera los intereses estratégicos de China. Pero el puerto no logró atraer el suficiente tráfico comercial como para que el pueblo de Sri Lanka pudiera pagar la deuda. Esto le permitió a China tomar posesión del puerto. Existen varios casos similares en otras partes y están generando resentimiento.

Malasia está liderando la campaña en contra. El gobierno anterior, liderado por Najib Razak, le entregó todo a China. Pero, en mayo de 2018, una coalición liderada por Mahathir Mohamed sacó a Najib del poder. El gobierno de Mahathir inmediatamente frenó varios proyectos grandes de infraestructura que estaban a cargo de empresas chinas, y actualmente está negociando cuánto Malasia todavía tendrá que pagarle a China.

La situación no es clara en Pakistán, que ha sido el mayor receptor de inversiones chinas. El ejército paquistaní admira a China, pero la posición de Imran Khan, que asumió como primer ministro en agosto pasado, es más ambivalente. A comienzos de 2018, China y Pakistán anunciaron planes grandilocuentes de cooperación militar. Para fin de año, Pakistán atravesaba una profunda crisis financiera, pero algo se volvió evidente: China pretende utilizar la iniciativa BRI también para fines militares.

Todos estos reveses han obligado a Xi a modificar su actitud hacia la iniciativa BRI. En septiembre, anunció que se descartarán los “proyectos ostentosos” a favor de iniciativas concebidas con más cuidado, y en octubre, el People’s Daily advirtió que los proyectos deberían redundar en beneficio de los países receptores.

Los clientes hoy están advertidos y varios de ellos, desde Sierra Leona hasta Ecuador, están cuestionando o renegociando los proyectos. Xi también ha dejado de hablar sobre “Hecho en China 2025”, que había sido la pieza central de su autopromoción un año antes.

¿Contención 2.0?

Más importante, el gobierno de Estados Unidos ahora ha identificado a China como un “rival estratégico”. El presidente Donald Trump es notoriamente impredecible, pero esta decisión fue el resultado de un plan estratégico minuciosamente preparado. Desde entonces, el comportamiento idiosincrático de Trump ha sido ampliamente reemplazado por una política hacia China adoptada por las agencias de la administración y supervisadas por el asesor sobre Asuntos Asiáticos del Consejo Nacional de Seguridad, Matthew Pottinger, y otros. La política fue delineada en un discurso seminal del vicepresidente Mike Pence el 4 de octubre de 2018.

Aun así, declarar a China un rival estratégico es demasiado simplista. China es un actor global importante. Una política efectiva hacia China no se puede resumir en una generalización. Tiene que ser mucho más sofisticada, detallada y práctica; y debe incluir una respuesta económica de Estados Unidos a la iniciativa BRI. El plan de Pottinger no especifica si su objetivo máximo es nivelar el campo de juego o desvincularse de China.

Xi entendió plenamente la amenaza que planteaba la nueva política de Estados Unidos para su liderazgo. Apostó a una reunión personal con Trump en la cumbre del G-20 en Buenos Aires el 1 de diciembre. Mientras tanto, el peligro de una guerra comercial global escalaba, y se desató una liquidación pronunciada en el mercado bursátil, creando problemas para la administración Trump, que había centrado toda su energía y su atención en las elecciones de mitad de mandato el mes anterior. Cuando Trump y Xi se reunieron, ambas partes estaban ansiosas por llegar a un acuerdo. Y así fue, aunque lo que acordaron –una tregua de 90 días- es muy inconcluyente.

Sin embargo, existen claros indicios de que en China se está gestando una caída económica generalizada, que está afectando al resto del mundo. Una desaceleración global es lo último que quiere ver el mercado.

El contrato social tácito en China se basa en estándares de vida en constante aumento. Si la caída en la economía china y el mercado bursátil es lo suficientemente seria, este contrato social puede verse afectado, y hasta la comunidad empresaria puede terminar oponiéndose a Xi. Una desaceleración de este tipo también podría ser la sentencia de muerte de la iniciativa BRI, porque Xi puede quedarse sin recursos para seguir financiando tantas inversiones deficitarias.

Sobre la cuestión más amplia de la gobernanza global de Internet, existe una lucha no declarada entre China y Occidente. China quiere dictar las reglas y procedimientos que gobiernan la economía digital dominando al mundo en desarrollo con sus nuevas plataformas y tecnologías. Ésta es una amenaza para la libertad de Internet y de la propia sociedad abierta.

El año pasado, todavía creía que China tenía que estar involucrada más profundamente en las instituciones de la gobernanza global, pero el comportamiento de Xi desde entonces me hizo cambiar de opinión. Mi visión hoy es que, en lugar de entablar una guerra comercial prácticamente con todo el mundo, Estados Unidos debería centrarse en China; en lugar de permitir que ZTE y Huawei operen con libertad, tiene que tomar medidas enérgicas contra ellas. Si estas empresas llegan a dominar el mercado del 5G, representarían un riesgo inaceptable en materia de seguridad para el resto del mundo.

Lamentablemente, el presidente Trump parece estar encaminado en un curso diferente: hacer concesiones a China y declarar la victoria renovando al mismo tiempo sus ataques a aliados de Estados Unidos. Esto es susceptible de minar el objetivo político de Estados Unidos de frenar los abusos y los excesos de China.

Una conclusión esperanzadora

Como Xi es el enemigo más peligroso de las sociedades abiertas, debemos depositar nuestras esperanzas en el pueblo chino, y especialmente en la elite política, que está inspirada por la tradición confuciana. Esto no significa que quienes creemos en la sociedad abierta debamos permanecer pasivos. La realidad es que estamos en una Guerra Fría que amenaza con convertirse en una guerra caliente. Por otro lado, si Xi y Trump ya no estuvieran en el poder, se presentaría la oportunidad de desarrollar una mayor cooperación entre las dos ciberpotencias.

Es posible soñar con algo parecido al Tratado de las Naciones Unidas a fines de la Segunda Guerra Mundial. Ése sería el final apropiado para el ciclo actual de conflicto entre Estados Unidos y China. Reestablecería la cooperación internacional y permitiría que florecieran las sociedades abiertas.

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 25 de enero de 2019

Foto: Lionel Bonaventure / AFP

Cómo hacer para que empresas como Amazon y Google paguen impuestos en una era global y digital

Gillian Tans es CEO de Booking.com.

La propuesta de la Comisión Europea para crear un impuesto de servicios digitales está dirigida principalmente a gigantes tecnológicos multinacionales. Pero si el impuesto entra en vigencia, serán las nuevas empresas de Europa y los ecosistemas digitales los que pagarán el precio más alto.

La cuestión de cómo gravar a las empresas cada vez más globalizadas y digitalizadas es vital para la salud futura del comercio y la inversión intrafronterizos. Lamentablemente, el debate actual está empantanado en un contexto de confusión y complejidad, al que no ayudan en nada las respuestas políticas populistas que demonizan a las empresas digitales.

Un buen ejemplo es la propuesta de la Comisión Europea, publicada por primera vez en marzo de 2018, de crear un impuesto sobre servicios digitales de la UE (DST por su sigla en inglés). La medida apunta principalmente a los gigantes tecnológicos multinacionales cuyas estructuras corporativas les permiten desviar ganancias obtenidas en el sector digital a jurisdicciones de bajos impuestos. Pero si el DST entrara en vigencia, serán las propias empresas nuevas y los ecosistemas digitales de Europa los que resultarán más afectados.

La respuesta de Europa no es la solución

Por ser una compañía que opera en un mercado globalizado, tenemos numerosos reparos respecto de la visión limitada para el futuro del negocio que expresan las propuestas de la Comisión Europea. Es por este motivo que debemos oponernos de plano a la idea del DST.

El DST propuesto, así como los esfuerzos apresurados de tributación digital de parte de varios estados miembro de la UE, refleja la idea anticuada de que las compañías digitales son diferentes de las empresas tradicionales.

En tanto industrias enteras se digitalizan, esta distinción se vuelve cada vez más insostenible. Intentar mantenerla amenaza con causarles un serio daño a largo plazo a las empresas y a las economías nacionales de Europa.

Bajo las reglas internacionales de impuestos corporativos de hoy, sólo se puede gravar a las empresas sobre las ganancias que obtienen en el país en el que están basadas físicamente, pero no si su actividad comercial se realiza por medios digitales.

La discusión muchas veces encendida en torno de esta cuestión ha generado la imagen de grandes firmas tecnológicas multinacionales que se aprovechan de los mercados locales y utilizan la infraestructura local a la vez que operan sin ninguna responsabilidad impositiva.

Este discurso cada vez más difundido contribuyó a las propuestas de la Comisión Europea de un DST en toda la UE, junto con una reforma más amplia de la tributación corporativa que abarque a toda presencia operacional importante de una empresa digital.

Pero en lugar de producir un sistema impositivo que sea justo y que favorezca el negocio, es mucho más factible que el DST erosione los beneficios y las oportunidades que la economía digital ofrece actualmente a las empresas y a los consumidores.

El DST propuesto –supuestamente una solución interina, a la espera del acuerdo de medidas globales- tiene dos desventajas específicas.

Por empezar, gravar a las empresas en base a la recaudación en lugar del ingreso neto resultará en una carga impositiva cada vez más insostenible para las empresas con ganancias bajas y una facturación alta. En lugar de afectar a los gigantes tecnológicos, que era el objetivo, es muy probable que un DST sea un obstáculo para muchas empresas nuevas europeas en el sector tecnológico que se han vuelto líderes globales en sus respectivos campos.

Esta estrategia intrínsecamente injusta distorsionará la competencia, minará la iniciativa empresarial y afectará el crecimiento económico doméstico.

Desafortunadamente, los líderes de la UE están demasiado focalizados en contener las estructuras corporativas de ciertas marcas tecnológicas globales para ver las implicancias negativas a largo plazo que tendría un DST para el crecimiento de las empresas europeas.

El segundo problema es la probable creación de un mosaico de medidas de tributación digital, tanto dentro como fuera de la UE. Si bien la Comisión Europea sostiene que el DST que propone impediría la aparición de políticas similares a nivel nacional dentro de la UE, sucesos recientes en el Reino Unido, Francia e Italia sugieren lo contrario.

Es más, una estrategia de tributación digital apresurada o mal evaluada por parte de la UE podría resultar en una grilla que se replique a nivel internacional.

Es clave que las reglas sean claras y consistentes

Esto podría llevar a un mapa irregular de impuestos globales, donde la norma aceptada sea la confusión, la variación y formas de doble tributación. Las consecuencias, en términos del crecimiento y la supervivencia de las pequeñas y medianas empresas en todo el mundo, podrían ser graves.

Desde una perspectiva más alentadora, la OCDE está haciendo buenos progresos para alcanzar un consenso sobre tributación digital –que abarque a los motores de búsqueda, los mercados virtuales y las plataformas de redes sociales.

Yo creo firmemente que la colaboración a nivel de la OCDE/G-20 es esencial para desarrollar reglas fiscales justas y transparentes para las empresas que ofrecen servicios digitales. Es una estrategia que respaldo plenamente y que, muy probablemente, proteja los intereses de las empresas y de la economía por igual.

Empresas como la nuestra operan en un mundo verdaderamente globalizado. Se nos exige que cumplamos con una variedad de leyes impositivas y, al igual que todas las empresas progresistas en la era digital, estamos felices de hacerlo.

Se necesita un marco tributario global y uniforme

Lo que queremos es un sistema de impuestos corporativos justo y favorable para ayudar a salvaguardar el crecimiento en general, en especial cuando las condiciones económicas son difíciles. La tributación a las empresas debe seguir estando basada esencialmente en el ingreso neto, y un consenso global respecto del desarrollo de un marco de tributación uniforme hoy es esencial.

Ese consenso no puede esperar. La economía global se está volviendo más digitalizada cada día. En nuestro carácter de compañía europea, queremos ver que las empresas de la UE crezcan, tengan éxito y se vuelvan líderes en este paisaje nuevo y emocionante. Las medidas tributarias separadas para las compañías digitales, como el DST, son cortoplacistas y poco realistas, y en definitiva terminarán siendo contraproducentes para todos.

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 24 de enero de 2019

Cuáles son las inversiones urgentes para responder a la crisis de capital humano

Kristalina Georgieva es Directora Ejecutiva del Banco Mundial.

El mundo enfrenta una creciente crisis de capital humano que exige atención urgente. Al hacer las inversiones correctas en las personas, especialmente en los más pobres y vulnerables, podemos ayudarles a brindarles la salud, el conocimiento y las habilidades que necesitan para realizar todo su potencial.

A lo largo de sus 75 años, el Banco Mundial ha estado a la vanguardia del desarrollo, ayudando a los países a invertir de manera inteligente en la preparación de sus ciudadanos para el futuro, con especial énfasis en el acceso de los más pobres y vulnerables a infraestructura, salud, educación, recursos, empleos y mercados. En los últimos años ha adoptado políticas e inversiones en áreas críticas para el futuro del planeta, como el combate del cambio climático y hacer que la tecnología sirva a los pobres.

Por donde sea que viaje, Ruanda, Zambia, Indonesia o Bulgaria, mi tierra natal, veo la diferencia que la tecnología puede marcar en la vida de la gente. El impacto es obvio y se refleja en multitud de aspectos, como los sistemas de pago digital o el surgimiento de una economía de miniempleos, con muchas notables historias de éxito.

Pero tal como la tecnología mejora las vidas de millones de seres humanos, también modifica la naturaleza del trabajo. Nuestro Informe sobre el Desarrollo Mundial de 2019 se centró en tratar el modo como la innovación está cambiando o eliminando empleos y generando ámbitos de trabajo completamente nuevos que no existían hace unos pocos años.

El complejo futuro del trabajo

Esto plantea algunas preguntas difíciles: ¿Qué empleos va a haber? ¿Cómo sustentará la gente a sus familias? ¿Cómo harán realidad su potencial en un mundo cada vez más complejo?

Contamos con nuevas y potentes herramientas para ayudar a los países en desarrollo a responder a estas preguntas. En las reuniones de la Cumbre Anual del Grupo del Banco Mundial y el FMI, realizadas en Bali en octubre, lanzamos el Índice de Capital Humano. Con una cobertura inicial de 157 países, el índice es una medida resumida del capital humano que un niño nacido hoy puede esperar alcanzar a la edad de 18 años, considerando los riesgos de problemas de salud y educación del lugar donde vive.

El Índice se centra en resultados en tres áreas clave. La primera es la supervivencia: ¿qué probabilidades existen de que un recién nacido sobreviva a la edad de cinco años? Segundo, la salud: ¿sufrirá retrasos del crecimiento antes de esa edad? ¿Crecerá hasta ser un adulto sano, listo para trabajar, con las bases para seguir aprendiendo a lo largo de su vida? Y tercero, la educación: ¿hasta qué grado de escolarización llegará? y, lo que es más importante, ¿cuánto aprenderá?

El rol crucial del Índice de Capital Humano

El Índice de Capital Humano es único porque se centra en indicadores vinculados a la productividad, como la supervivencia infantil, los retrasos del crecimiento, los años de escuela ajustados al aprendizaje y la supervivencia como adulto, trazando una línea directa entre crecimiento económico futuro y la mejora de los resultados de salud y educación.

Sobre todo, da una imagen clara para que los gobernantes aprecien cuánto más productivos podrían ser sus trabajadores si disfrutan de salud, están mejor educados y poseen las habilidades necesarias para un mercado laboral en rápido cambio.

Cada país puede tener un puntaje de entre 0 y 1 en el índice, en que 1 significa la mejor frontera posible de educación completa y salud total. En nuestro primer índice, el valor mundial promedio fue de apenas un 0,56. Esto significa que, en el conjunto de los 157 países cubiertos, los niños nacidos hoy crecerán hasta tener más o menos la mitad de su potencial productivo.

Las implicaciones para el crecimiento –y, por tanto, la reducción de la pobreza- son enormes. Si un país tiene un puntaje de 0,50, su PIB futuro por trabajador podría alcanzar el doble de ese índice si llega a 1. A lo largo de medio siglo, eso representa 1,4 puntos porcentuales de crecimiento del PIB por año.

Los beneficios de invertir en las personas

Invertir en las personas es incluso más urgente debido a dos tendencias globales que representan un reto. Primero, el crecimiento global se está ralentizando. Nuestro informe Perspectivas Económicas Mundiales, publicado este mes, se titula adecuadamente Cielos cubiertos. El crecimiento mundial se ha moderado: se espera que en 2019 pase a un 2,9% desde el 3% de 2018, y que en los mercados emergentes y las economías en desarrollo se estanque en un 4,2%, el mismo ritmo que en 2018.

Segundo, también se está reduciendo el ritmo de la reducción de la pobreza. Nuestro informe La pobreza y la prosperidad compartida encontró en que 2015, el año más reciente con datos sólidos, la extrema pobreza alcanzó a un 10%, el nivel más bajo en la historia registrada. Pero los 736 millones de personas que siguen viviendo en la extrema pobreza serán más difíciles de alcanzar. La tasa de pobreza en áreas que sufren fragilidad, violencia y conflictos subió a un 36% en 2015, desde un 34,4% en 2011, y es probable que siga aumentando.

Invertir en capital humano puede ayudar a impulsar un crecimiento económico inclusivo y sostenible, pero eso no les compete solo a los ministros de salud y educación. Es urgente que los jefes de estado, ministros de finanzas, directores ejecutivos e inversionistas hagan de esta una alta prioridad.

Si actuamos ahora, podemos crear un mundo en que todos los niños lleguen bien alimentados a la escuela y bien preparados para aprender; donde crezcan hasta ser adultos saludables, formados y productivos; y en el que tengan una oportunidad de hacer realidad su potencial.

Los niños de hoy se merecen este futuro. Los empleadores del mañana lo necesitarán. Los líderes del mundo tienen el deber de actuar ahora para lograrlo.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 23 de enero de 2019

Foto: The Conversation

Cómo conseguir que los niños disfruten con las matemáticas

David Orden es Profesor Titular de Matemática Aplicada en la Universidad de Alcalá y forma parte de la Comisión de divulgación de la Real Sociedad Matemática Española.

Con la ayuda de un adulto y las estrategias adecuadas, los niños pueden aprender a amar las matemáticas. Si aprovechamos las edades tempranas, se puede ir moldeando su gusto por esta disciplina con pasos muy sencillos:

  1. Nunca le diga “yo odiaba las matemáticas” (aunque fuese cierto)
    Probablemente, le daría más vergüenza decirle que odiaba leer o que odiaba hacer deporte. Por desgracia, la ansiedad hacia las matemáticas resulta más habitual y, quien la sufre, activa en su cerebro regiones asociadas al dolor. Pero los niños imitan a los adultos y será difícil que el pequeño tenga una actitud positiva hacia las matemáticas si usted las critica. Aún peor, estará dándole una excusa para rendirse ante la primera dificultad.
  2. Hágale ver que está rodeado de matemáticas
    Muéstrele que en su día a día hay matemáticas por todas partes y acostúmbrele a buscarlas. ¿Cuánto falta para entrar al cole? ¿Por qué el frutero apila así las naranjas? ¿Por qué esa araña espera en el centro de su tela?
  3. Dedique un tiempo a las matemáticas
    Si dedica un rato cada día a fomentar la lectura, ¿por qué no hace lo mismo con las matemáticas? Puede inspirarse en Bedtime Math, que cada día propone un reto matemático y tiene app en español, o puede buscar en alguno de los muchos blogs con recursos matemáticos para Infantil o para Primaria.
  4. Ayúdele a no rendirse cuando se atasque
    Todos nos hemos caído aprendiendo a montar en bicicleta, pero seguimos intentándolo y acabamos consiguiéndolo. Intente estar a su lado, ir dejando que pedalee solo y ayudarle cuando lo necesite.
  5. Fomente la creatividad además del método
    Las matemáticas no consisten solo en seguir una receta. Como en la cocina, hay que saber hacerlo, pero también es bueno experimentar y conseguir resultados comestibles. Encauzar su creatividad resulta tan necesario como enseñarle a seguir instrucciones.
  6. Enséñele a resolver problemas
    Es importante darle herramientas para afrontar y resolver los problemas que la vida nos va presentando. Primero, entender el problema y familiarizarse con él. Segundo, buscar estrategias y diseñar planes. Tercero, elegir una estrategia y llevar a cabo el plan. Por último, recapitular para aprender de los aciertos y errores.
  7. Háblele de la utilidad de las matemáticas
    Es bueno que los niños conozcan pintores, escritores, músicos, ingenieros o científicos que han dejado huella. Para hablarle de matemáticas, puede usar una fecha señalada, como el Día de Pi o un aniversario. También puede consultar una lista de matemáticos importantes o la página de Mujeres con ciencia.

Para saber más:

Estos consejos son solo una selección y adaptación de los que aparecen en la literatura. Si tiene alguno más, puede aportarlo en los comentarios.

Por desgracia, no hay demasiados materiales sobre este tema en español. Puede consultar Cómo ayudar a su hijo con las matemáticas, dentro de la serie Ayudando a su niño del Departamento de Educación de Estados Unidos. Otro material interesante son los Consejos para padres: Las matemáticas de The Learning Community.

Sobre cómo resolver problemas, pueden serle útiles Cómo enseñar a los niños a resolver problemas de matemáticas, del Departamento de Orientación del Colegio San Vicente de Paúl de Gijón, o Taller de Problemas de matemáticas para Primaria, de Orientación Andújar.

@TheConversation

Opinión | 22 de enero de 2019

Educación y anticonceptivos: las claves para bajar la tasa de embarazo en adolescentes

Patricee Douglas es médica de Guyana y receptora del premio “120 Under 40” por su liderazgo en planificación familiar. Es parte de “Women Across Differences”, una ONG que trabaja para empoderar a mujeres y niñas.

Para muchas niñas adolescentes, el embarazo y las enfermedades de transmisión sexual son obstáculos importantes para el empoderamiento. La solución está en cambiar la forma en que se educa a los jóvenes sobre el sexo y asegurar que tengan acceso a la anticoncepción.

Guyana, mi país, se encuentra abrumado de embarazos en jóvenes. En 2013, el Fondo de Población de las Naciones Unidas estimó que Guyana tenía la segunda mayor tasa de embarazo adolescente en América del Sur y el Caribe, con 97 de cada 1000 chicas embarazadas entre los 15 y 19 años de edad. Cinco años más tarde, poco ha cambiado.

Hoy, cerca del 42% de los jóvenes guyaneses son sexualmente activos, el 29% no usa preservativos durante el sexo, apenas un 15% dicen estar familiarizados con métodos anticonceptivos y un 56% de los jóvenes sexualmente activos han contraído una infección de transmisión sexual. Más aún, un 12% de las chicas guyanesas han tenido sexo antes de cumplir los 15 y 62% dicen tener una necesidad no satisfecha de anticonceptivos.

Cuando los adolescentes no pueden obtener preservativos y otras formas de control de la natalidad, aumenta el índice de embarazos no deseados, los resultados sanitarios se ven afectados y los jóvenes no pueden alcanzar su pleno potencial. Para evitar estas tendencias y revertirlas cuando existan, los países deben fortalecer sus sistemas de atención de salud y asegurarse de que todo adolescente tenga acceso a servicios de salud reproductiva y sexual.

Es clave la educación sexual en las escuelas

Uno de los mayores obstáculos para reducir la tasa de embarazos no planeados es la falta de educación sexual en las escuelas. En Guyana, el programa gubernamental de Educación para la Salud y la Vida Familiar se ideó para abordar este problema, pero solo un puñado de escuelas secundarias lo ofrecen en sus planes de estudios, y las que lo hacen suelen evitar los temas que contradigan la política de solo abstinencia del Ministerio de Educación. Como resultado, la mayoría de los profesores no educan adecuadamente a sus alumnos sobre sexo seguro.

Otro reto en Guyana es la brecha de servicios entre las regiones de la costa y el interior del país. Las zonas recónditas sufren de carencia de instalaciones de salud, lo que profundiza la limitación del acceso a información sobre sexo seguro, anticoncepción y cuidados neonatales. No es de sorprender que en el interior sean mayores los índices de embarazo adolescente y mortalidad materna.

La escasez de clínicas rurales refleja una falta de profesionales de la salud cualificados. Para mantener una atención básica para la población de un país, la Organización Mundial de la Salud recomienda un mínimo de 22,8 profesionales de la salud por cada 10.000 personas, y la cobertura universal precisa de al menos 34,5 profesionales por cada 10.000 personas. Sin embargo, en Guyana la cifra es de 11,4 profesionales por cada 10.000 personas, lo que revela una insuficiencia de personal que afecta cada aspecto del sistema de salud.

Por último, Guyana es un país conservador en lo social, y los sesgos hacia la actividad sexual de los jóvenes permean la atención de salud y la vida doméstica. Algunas enfermeras prefieren no dar anticonceptivos a las chicas, mientras muchos padres creen que hablar de sexo solo estimulará el comportamiento sexual. Todo esto, sumado a la falta de educación sexual en las escuelas, deja a los jóvenes guyaneses con pocos lugares donde buscar consejo antes de volverse sexualmente activos, o donde encontrar ayuda cuando quedan embarazadas.

Son obstáculos que se pueden superar, y Guyana puede reducir su tasa de embarazo adolescente. Pero para ello se necesitarán importantes cambios en el modo como los guyaneses ven y abordan la actividad sexual juvenil.

Algunas recomendaciones

Para comenzar, Guyana debe implementar una educación sexual completa y velar para asegurase de que los profesores reciban capacitación para entregar información y datos imparciales. Se debe dar a conocer a los y las adolescentes los servicios a su disposición, además de promover que los padres y miembros de la comunidad den apoyo a estos programas y su expansión.

Además, las comunidades tienen que aumentar el acceso a anticonceptivos y otros servicios de salud sexual; una manera de hacerlo sería revivir o crear espacios y centros juveniles donde se pueda compartir información. Estarían abiertos después de la escuela y en fines de semana, atendidos por adultos que dominen los temas y sean empáticos. Se debe prestar especial atención a las regiones rurales y personas con necesidades especiales, un segmento a menudo descuidado de la población joven.

Estas reformas son esenciales para mejorar las perspectivas de vida de los jóvenes guyaneses. Mientras más adolescentes tengan acceso a anticonceptivos y educación sexual, las vidas de menos chicas se verán interrumpidas por el embarazo. Solo si se empodera a las mujeres y chicas con los recursos para controlar su reproducción las tristes estadísticas que por largo tiempo han asolado a Guyana y a muchos otros países comenzarán a cambiar para mejor.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 21 de enero de 2019

Disrupción tecnológica, concentración económica y la nueva economía

Raghuram G. Rajan, fue director del Banco Central de la India entre 2013 y 2016 y es profesor de Finanzas de la Escuela de Negocios de la Universidad de Chicago.

El auge de Facebook, Apple, Amazon, Netflix y Google ha generado enormes cambios económicos estructurales que los académicos y los responsables de la formulación de políticas públicas apenas están empezando a comprender. Sin embargo, algunas tendencias ya son perceptibles y plantean preguntas urgentes sobre el futuro de la competencia, la innovación y la desigualdad en los Estados Unidos y en todo el mundo.

El dominio tecnológico de firmas como Google, Amazon y Facebook ha generado un intenso debate sobre la relación entre eficiencia y poder de mercado mientras plantea preguntas también sobre qué significará en el futuro la cambiante estructura de los mercados para la innovación y distribución de la riqueza.

El Simposio de Políticas Económicas Jackson Hole celebrado en Wyoming, organizado por el Banco de la Reserva Federal de Kansas City, ofreció una excelente cantidad de ensayos y comentaristas sobre el tema.

Con respecto a la eficiencia y la competencia, ya hay motivos para preocuparse. John Haltiwanger, de la Universidad de Maryland, mostró que la velocidad de ingreso al mercado de empresas nuevas cayó marcadamente, en especial en los últimos 12 años. En tanto que Jay Ritter, de la Universidad de Florida, mostró una caída igualmente marcada en las ofertas públicas anuales de acciones.

Todos estos datos sugieren que las empresas jóvenes están aviniéndose cada vez más a ser adquiridas, en lugar de a tratar de crecer para convertirse en firmas públicas grandes.

Al mismo tiempo, la velocidad de salida dentro de muchas industrias se mantuvo en un nivel relativamente chato a pesar de un aumento en dispersión de productividad. En otras palabras, los productores más débiles no están siendo expulsados del mercado, lo que implica una falta de dinamismo en muchos sectores de la economía.

En el interín, las mediciones sobre concentración de mercado, como la participación en ventas de las cuatro empresas más grandes, subió en varias industrias de los Estados Unidos, si bien todavía no está claro qué conclusiones deberían sacarse de esto último.

Hay debates sobre si la concentración también está aumentando en Europa, en donde hay vigentes políticas anti monopolio algo más duras. De no ser así, entonces las políticas anti monopolio explicarían la diferencia entre Europa y EE.UU. en este punto.

De igual modo, la rentabilidad corporativa parece ser más alta en EE.UU. que en Europa, pero, una vez más, no está claro qué significa esto. Algunos lo ven como una señal de una mayor monopolización de las industrias estadounidenses. Otros lo ven como una señal de que las empresas estrella de EE.UU. más dominantes están innovando más y cosechando los beneficios de una mayor productividad. Pero si esto es así, uno debe todavía enfrentar la realidad de un crecimiento general de la productividad que es bajo en todo el mundo. Si la innovación es tan alta ¿por qué el crecimiento de la productividad es todavía tan bajo?

Disrupción tecnológica concentrada

Antes de llegar a esta pregunta, analicemos lo que sabemos. Las investigaciones actuales sugieren que la concentración creciente es un reflejo no del poder de mercado sino de un cambio en la participación de mercado hacia empresas más innovadoras, mejor administradas -aquellas que atraen a los mejores empleados. Después de congregarse en unas pocas firmas super estrella, los capaces se volvieron super capaces.

Esto parecería ser algo bueno, en tanto que sugiere que las firmas están ganando participación de mercado al volverse más eficientes y no simplemente al tomar otras empresas mientras las autoridades anti monopolio se hacen a un lado. Uno esperaría que la concentración/monopolización de mercado conduce a precios más altos, pero no existen muchas pruebas que muestren que esto es lo que está pasando. Desde ya que las firmas podrían estar mejorando eficiencia sin dejar pasar los ahorros, en cuyo caso hasta los precios chatos podrían ser una fuente de preocupación.

Otro hecho es la creciente importancia de “imponderables” como el software y la propiedad intelectual, que en opinión de Nicolas Crouzet y Janice C. Eberly de la Northwestern University podrían estar impulsando un aumento en la concentración de mercado. Además, si hacemos una diferencia entre las industrias, muestran que la mayor concentración tiene un correlato con una mayor productividad en algunos sectores, y con un creciente poder de mercado en otros.

En industrias de trato directo con los consumidores, en donde Crouzet y Eberly descubrieron ganancias de productividad, Alberto F. Cavallo, de la Harvard Business School, sugiere que los consumidores se han beneficiado en la forma de precios más bajos. El punto más allá es que no podemos afirmar de forma definitiva que la mayor concentración haya sido dañina para los consumidores.

Con todo, el sector de la salud ofrece una historia aleccionadora. Este también está muy concentrado, pero las firmas dominantes parecen estar decididas a exprimir a los consumidores y no todas muestran altos niveles de productividad. La pregunta, entonces, es si las super estrellas de hoy, sumamente productivas, de otros sectores, van eventualmente a transitar el mismo camino.

Después de todo, mientras que líderes del mercado muy conocidos, como Facebook y Google, han estado ofreciendo muchos productos y servicios gratis (lo que obviamente beneficia a los consumidores), sus modelos de negocios han planteado varias preguntas apremiantes.

Uno debe considerar, por ejemplo, si el intercambio de datos personales para el uso de ese tipo de servicios constituye un trato o comercio justo. Está también la cuestión de a quién le cobran estas compañías por los servicios y si estos costos (por las propagandas que uno se ve obligado a ver, por ejemplo) son derivados a los consumidores.

Resta por ver si durará el actual arreglo -en el que los usuarios reciben servicios gratuitos a cambio de ver publicidades y renunciar a datos, las empresas les pagan a las plataformas para tener acceso a estos clientes, y las plataformas a su vez arman una enorme red de clientes a cambio de sus innovadores servicios-. Más importante aún: está la pregunta aún no respondida de si esto va a mantener el dinamismo en estos mercados en el largo plazo.

El poder de Facebook, Apple, Amazon, Netflix y Google

La siguiente pregunta importante es si la estructura de las industrias clave está atrasando las inversiones, la investigación y el desarrollo, o bien la difusión de la innovación por parte de las firmas super estrella. La mayoría de los economistas diría que la innovación es impulsada por la competencia, tanto dentro de una industria como más lejos, como por la amenaza de competencia futura. Por ello, aún si uno no está muy preocupado por los efectos de la concentración en la innovación, hoy, uno debe considerar aún así si esto puede ser una amenaza para el dinamismo futuro.

Y aquí creo que hay razones para preocuparse, dada la menor velocidad de nuevos ingresos al mercado y la creciente tendencia entre las firmas más jóvenes a ser compradas. Las más de las veces, este tipo de adquisiciones son usadas básicamente por las firmas dominantes para desmantelar o asimilar productos nuevos que podrían plantear un desafío competitivo en el futuro. Hay muchas pruebas de que esto está pasando en la industria farmacéutica, pero también sabemos que las FAANG (Facebook, Amazon, Apple, Netflix y Google) van a recurrir a este tipo de medidas a medida que así lo necesiten.

Además de ahogar a la competencia, esta práctica también está desalentando la financiación por parte de capitalistas de riesgo, que ahora hablan de una “zona de muerte” que rodea a los principales productos de las firmas de tecnología más importantes. En este momento, los capitalistas de riesgo son renuentes a financiar cualquier cosa que caiga en la zona de muerte, porque no hay perspectiva de crecimiento allí -sólo adquisiciones express.

Otra ventaja importante para los actores dominantes es la capacidad de monopolizar el acceso a los clientes o de aprovechar los datos de los consumidores. En un estudio a un millón de ofertas de tarjeta de crédito, Hong Ru y Antoinette Schoar del MIT mostraron que las empresas estarían explotando información basada en datos sobre la conducta de los individuos para sacar una renta de allí. Otra ventaja obvia para los líderes del mercado de hoy es el carácter cautivo creado por los efectos de las redes, que tiende a producir resultados en donde el ganador se lleva todo.

A la luz de estas ventajas por titularidad, ya no veríamos tanta competencia como vimos en un pasado reciente, cuando las empresas se disputaban todavía parte del mercado en sectores clave de la economía. Hay una preocupación afin a esto que fue la planteada por Adam Smith hace 250 años. A medida que baje la cantidad total de firmas, habrá un riesgo mayor de colisión tácita o explícita incluso, tanto con respecto a los clientes como en los mercados por bienes intermedios y laborales.

Es posible que la mayor preocupación de todas sea la desaceleración de la difusión tecnológica. Los datos actuales sugieren que las ideas nuevas no están propagándose desde las firmas super estrella al resto de la economía. Mientras que algunas empresas muestran un fuerte crecimiento de productividad y la dispersión de la productividad dentro de las industrias baja, también estamos viendo un crecimiento de la productividad menor en líneas generales.

Existen una serie de razones posibles por la baja difusión, desde protecciones a la propiedad intelectual a limitaciones a la movilidad laboral entre las empresas. Pero independientemente de la causa, está claro que debiéramos estar preocupándonos aún más por el futuro de la productividad que por su presente.

El impacto en la desigualdad

Una preocupación final es la desigualdad. A riesgo de simplificar demasiado, hemos llegado a un punto en el que quienes más ganan están concentrados en unas pocas empresas, mientras que el resto carece mayormente de ese tipo de oportunidades para ganar. En otras palabras, no son los pocos en la cima de cada empresa los que están ganando sueldos muy grandes sino los muchos en cambio que están en unas pocas firmas super estrella. La cuestión es si esto debiera hacernos sentir mejor.

Obviamente, ninguno de los escenarios es muy atractivo. Cuanto más se congreguen en un selecto número reducido de empresas super estrella las personas más capacitadas, más se preguntarán aquellos que quedaron rezagados por qué razón las elites siguen llevándose todo. Parece poco justo que aquellos que se llevan la parte del león de las recompensas estén también tan concentrados en unas pocas empresas sobre las costas, en lugar de estar diseminados de forma más pareja en distintas firmas, sectores y regiones.

En cuanto a los que quedan atrás, Alan B. Krueger, de la Princeton University, ha advertido que una variante del problema de Smith, a saber, la colisión entre unas pocas firmas del mercado laboral, se ha vuelto cada vez más importante. En determinados mercados, al menos, estaríamos siendo testigos del aumento de monopsonios (cuando hay un único comprador), en lugar de monopolios (un único vendedor). En el caso del mercado laboral, una compañía que goce de una posición de monopsonio -o que haya colisionado implícitamente con otras firmas- puede presionar a la baja los sueldos en todos lados.

Krueger sospecha que mientras que el poder de los monopsonios “existió probablemente siempre en los mercados laborales(…)las fuerzas que lo contrarrestaban tradicionalmente (…) se erosionaron en las últimas décadas”. Al mismo tiempo que los sindicatos perdieron miembros, las empresas se han embarcado cada vez más en prácticas que debilitan el poder de negociación de los trabajadores -desde cláusulas de no competencia a personal externo en las empresas.

Después de haber evaluado los datos sobre concentración del mercado, innovación y distribución de ingresos, debiéramos ahora volcarnos al punto de las implicancias de estas tendencias en materia de políticas. En mi opinión, los encargados de la creación de políticas o normas para la sociedad debieran estar especialmente preocupados sobre la forma cómo la conducta de las empresas super estrella de la actualidad podría afectar la competencia en sus industrias el día de mañana.

Tanto los políticos como los responsables de regulaciones debieran analizar cuidadosamente si las acumulaciones de IP (Internet Protocol) y de patentes no están siendo usadas para ahogar la competencia o para evitar la difusión de nuevos conocimientos y tecnologías en todos los sectores. Y debieran considerar instrumentos (políticas) que vayan más allá del ámbito del anti monopolio convencional.

Algunos han sugerido, por ejemplo, que los individuos deberían tener derechos sobre sus datos. Esto podría mejorar potencialmente la difusión, ya que las firmas se convertirían en compradores de datos en lugar de ser vendedores. Al no estar atados a ninguna plataforma, los individuos podrían distribuir sus datos entre empresas competidoras entre sí. Y los responsables de la formación de políticas podrían también comenzar a presionar para una mayor interoperabilidad entre las plataformas, que limitarían a su vez la dosis en la que los usuarios se atan a una estructura en particular.

En términos laborales, las autoridades podrían intervenir de varias maneras. Podría existir, por ejemplo, la norma de acciones anti monopolio contra contratos “no competitivos”, que imponen básicamente restricciones al comercio (del trabajo en este caso). De manera similar, se podrían tomar medidas para reducir el poder de regímenes de permiso de trabajo (como el que existe para los esteticistas o plomeros) que tienden a estar dominados por la gente que tiene el mayor interés en el proteccionismo. ¿Por qué aquellos que tienen una licencia son los que fijan reglas sobre permisos? Uno tiende a pensar que es un cuerpo más neutral el que debería determinar el alcance de los permisos de trabajo.

La tarea nada envidiable de los bancos centrales

Como sea, uno de los efectos más importantes de los actuales cambios estructurales económicos ha tenido lugar sobre la economía política de la banca central. El temor al cambio tecnológico, la declinante calidad de los empleos y las perturbaciones causadas por empresas super estrella han dado a la gente muchas razones para estar infelices. A pesar de la baja tasa de desocupación, muchos trabajadores no están contentos. Están atrapados en empresas que no son estrella, en donde albergan un resentimiento general post Gran Recesión en contra de las elites y sus agendas.

Y de todas las elites la banca central parece recibir los mayores ataques. La mayoría cuenta con funcionarios con un doctorado que hablan en un lenguaje que nadie más entiende. “Ciudadanos de ningún sitio” por excelencia, esta gente se reúne con frecuencia a puertas cerradas en la lejana Basilea, en donde discute condiciones financieras globales y los efectos sistemáticos de las políticas monetarias. De lo que no habla esta gente, muchos creen, es de la calle, salvo cuando entran en juego discusiones sobre la inflación.

No sorprende por ello que haya habido una baja tan marcada en la confianza pública. Ya es bastante grave que el ciudadano común apenas pueda entender el complejo equilibrio entre inflación y desempleo. Y es peor cuando uno agrega la queja del público por los rescates financieros de Wall Street y la sensación de que los banqueros están centrados en las condiciones globales en lugar de en las preocupaciones locales. Sí, la tarea de todo banquero es pensar en este tipo de cosas, pero ésta es vista con una sospecha cada vez mayor por aquellos que no están en el ambiente.

La banca es algo lo suficientemente difícil tal como está. Se vuelve más difícil cuando hay políticos que tratan de anotarse puntos atacándola. Uno no debiera envidiar a los banqueros ya que ellos son los que navegan por el clima actual de desconfianza y escarnio, que es en sí un producto de los cambios estructurales más grandes que ocurren en la economía.

¿Pueden los banqueros recuperar la confianza del público, mantener la estabilidad económica global y hallar formas para acomodar las perturbaciones tecnológicas generalizadas al mismo tiempo? Esta será una pregunta clave en 2019 -y más allá.

© Project Syndicate 1995-2019
Traducción: Silvia S. Simonetti

Opinión | 18 de enero de 2019

Foto: Richard Finn Gregory / GOODWORK

Idioma e identidad: lecciones de una comunidad “afrikaans” única en la Patagonia

Ryan Szpiech es profesor del Departamento de
Literatura y Lenguas Romance de la Universidad de Michigan y tuvo la colaboración de media docena de colegas de la facultad para hacer esta investigación
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El desierto patagónico en el sur argentino es un medio ambiente duro. Es poco lo que parece crecer en sus planicies rojizas aparentemente interminables y sus suelos resecos.

Con todo, en este difícil lugar hay una comunidad bilingüe única. Está integrada por los descendientes de habla afrikaans y español de los cerca de 650 boers sudafricanos que llegaron a la Patagonia en la primera década del Siglo XX.

Los boers tienen su origen en la población holandesa que se estableció en la punta meridional de Africa durante el Siglo XVII. Estos se enfrentaron al imperio británico a medida que éste se expandió en la región, culminando en la segunda Guerra Anglo-Boer de 1899-1902. Muchos boers, renuentes a aceptar la dominación británica, buscaron reubicarse en otro sitio, incluyendo a la Argentina.

Las primeras generaciones boer de la Patagonia subsistieron a duras penas de forma aislada. Pero luego, hacia el 1950, se registró un cambio cultural a medida que estos colonos aumentaron su contacto con las comunidades cercanas de Sarmiento y Comodoro Rivadavia. Hoy, los miembros más antiguos de la comunidad -los de más de 60 años- todavía hablan afrikáans, si bien su lengua dominante es el castellano. Como las generaciones más jóvenes, que sólo hablan castellano, están totalmente integradas con la sociedad argentina, la comunidad bilingüe está desapareciendo rápidamente.

Para muchos, el lenguaje de la comunidad es una reliquia del pasado. Sin embargo, contra todo pronóstico, se ha comenzado a registrar un renacimiento.

Como parte de esto, nuestro proyecto en la Universidad de Michigan, titulado “De Africa a la Patagonia: voces del destierro”, está llevando adelante una original investigación sobre los boers de la Patagonia y sus dos idiomas. El valor que tiene el estudio de esta extraordinaria comunidad es difícil de exagerar.

El dialecto afrikaans de la Patagonia, que no se habla en ningún otro sitio, conserva elementos del afrikáans de antes de 1925, cuando el gobierno sudafricano lo reconoció como lengua oficial. Ofrece por ende una mirada única sobre la historia del afrikáans de un período previo al momento en que sus variedades de dialecto se vieron reducidas a través de la homologación o estandarización.

Nuestro equipo está recogiendo datos sobre un período en el desarrollo del afrikáans sobre el que existen pocos testimonios orales o escritos. Nuestro archivo de entrevistas nos permite analizar las complejas relaciones entre la identidad bilingüe, la cultura y el idioma de la comunidad. Aporta datos también para futuros proyectos de los investigadores.

¿Cápsula del tiempo?

Como la comunidad había estado viviendo fuera de Sudáfrica durante más de un siglo, la desaparición de la herencia de sus antepasados parecía inevitable. Para fines del 1980, los observadores caracterizaron a la comunidad como virtualmente “extinta”. Con todo, en las últimas dos décadas hubo un resurgimiento del interés en promocionar la identidad cultural de los boers, que no tiene precedentes. Es así como se adquirió un lugar que albergará un museo y un centro cultural. Pero también revivieron tradiciones que se creía desaparecidas, como un festival de juegos anual.

Este renovado interés no se ha visto limitado a la comunidad. En 1995, el antropólogo Brian du Toit publicó Colonia Boer, la primera historia académica sobre el asentamiento. En 2002, las periodistas Liliana Peralta y María Morón hicieron una reseña sobre la comunidad en En las tierras del viento, última travesía boer. En 2015, la comunidad fue el eje de un documental titulado Los boers del fin del mundo (director Richard Gregory), que ganó tres premios de la Televisión y Cine Sudafricano y despertó un importante interés internacional.

La comunidad ha seguido atrayendo la atención de investigadores. Pero su exclusiva naturaleza ha exigido un innovador método de investigación. Durante la filmación de Boers, nuestro equipo recogió información en Argentina de forma paralela. Vimos entonces con claridad la necesidad de trabajar más allá de las disciplinas académicas para documentar la variedad de afrikáans de la comunidad y tomar nota de todo su dinámico contexto cultural y sociolingüístico.

Nuestro proyecto involucra a un equipo de más de 40 profesores, investigadores post doctorado y estudiantes de todos los niveles. Provienen de una amplia gama de campos, incluída la lingüística, la historia, la antropología, la literatura y los estudios religiosos. A lo largo de dos viajes de investigación, realizamos cerca de 100 entrevistas con miembros de la comunidad, en afrikáans y en castellano.

Las entrevistas ofrecen un rico caudal de información lingüística así como nuevas pruebas sobre el papel determinante del idioma, la identidad, la religión y las ideologías raciales en la integración de los colonos boer en la Argentina.

La comunidad es, en cierta forma, como una cápsula de tiempo, que refleja la pronunciación y sintaxis de una era anterior. Por ejemplo, la palabra para “nueve” en afrikáans, “nege”, se pronuncia “niaxa” en sudafricano moderno, pero con una “g” fuerte, como “niaga” en Patagonia.

Al mismo tiempo, algunos elementos son maravillosamente modernos, incluido el vocabulario para el siglo XXI. Un aeropuerto, por ejemplo, no es, como en la Sudáfrica moderna, un “lughawe”, que es una palabra que no existía cuando la comunidad desembarcó primero en la Argentina. Es un “vliegtuigstasie” (“estación de aviones” literalmente), palabra compuesta acuñada por la comunidad.

Crecimiento futuro

Nuestro trabajo despertó interés entre linguistas de Europa y Sudáfrica y condujo también a profundas conexiones en la Patagonia -en especial con las generaciones más jóvenes.

Los hijos y nietos de los miembros de más edad de la comunidad respondieron a nuestra visita en 2014 buscando un profesor que ofreciera clases online de afrikáans. Nuestro objetivo desde entonces es lograr que un público más amplio llegue a ver a esta comunidad tal como la ven sus miembros: no como una descolorida reliquia del pasado sino como un grupo que sigue floreciendo a pesar del nuevo paisaje socio cultural.

La importancia de este proyecto nos quedó clara este año durante nuestro segundo viaje de investigación. En un momento dado invitamos a tres primos a charlar únicamente en afrikáans, incluída Rebecka Dickason, que habló sólo este idioma hasta sus diez años. Durante la conversación, su hija Tecky, que habla castellano, fue testigo de un cambio en la conducta de su madre. Rebecka sonreía y gesticulaba a medida que conversaba a sus anchas en su lengua nativa original.

Fue un momento fuerte para Tecky, que nos agradeció después con lágrimas en sus ojos, ofreciendo una nueva sensación de esperanza y vitalidad:

“Ustedes no saben lo que han hecho por mi madre. Le han insuflado vida”.

Traducción: Silvia S. Simonetti

Opinión | 17 de enero de 2019

Reflexiones de una premio Nobel: “Hay que dar tiempo y recursos a la ciencia básica”

Donna Strickland es profesora en el Departamento de Física y Astronomía de la Universidad de Waterloo y ganadora del Premio Nobel de Física 2018

El anuncio de mi obtención del Premio Nobel de Física por el desarrollo de un método para generar pulsos ópticos ultracortos de alta intensidad (CPA por sus siglas en inglés) ha suscitado un gran interés por las aplicaciones prácticas de este logro.

Es lógico que la gente quiera saber cómo le puede afectar este método pero, como científica, me gustaría que la sociedad se interesase también por la ciencia básica, que conocieran todos sus aspectos. Al fin y al cabo, no se pueden obtener avances sin investigar. Merece la pena apoyar el aprendizaje de la ciencia por la ciencia, sin pensar únicamente en sus posibles aplicaciones prácticas.

Desarrollé el CPA a mediados de la década de los ochenta junto con Gérard Mourou, con quien comparto el Premio Nobel. Todo comenzó cuando mi compañero se preguntó si podría incrementar la intensidad del láser por órdenes de magnitud o por factores de mil. Mourou, mi supervisor del doctorado en la Universidad de Rochester en ese momento, sugirió estirar un pulso ultracorto de baja energía para amplificarlo y, posteriormente, comprimirlo. Yo, como estudiante de posgrado, me encargué de los detalles.

El objetivo, revolucionar la física del láser

Nuestro objetivo no era otro que revolucionar el campo de la física láser de alta intensidad, un área fundamental de la ciencia. Queríamos comprobar cómo la luz intensa modifica la materia, y cómo la materia afecta a la luz en esta interacción.

Después de un año construyendo el láser, pudimos probar que era posible aumentar la intensidad por órdenes de magnitud. De hecho, el CPA produjo los pulsos de láser más intensos registrados hasta el momento. Nuestro descubrimiento cambió la manera de entender cómo interactúan los átomos con la luz de alta intensidad.

Pero todavía tuvo que pasar una década para que se hicieran visibles los usos prácticos comunes de hoy en día.

El láser y sus numerosas aplicaciones prácticas

El láser solo afecta al área donde es aplicado gracias a la brevedad de los pulsos de alta intensidad. El resultado es un corte preciso y limpio cuya aplicación ideal es en material transparente: un cirujano puede utilizar el CPA para realizar una incisión en la córnea de un paciente durante una cirugía ocular. Su efectividad es tal que puede cortar los componentes de cristal de nuestros teléfonos móviles.

Los científicos están aprovechando lo que se sabe sobre los láseres de CPA más intensos para utilizarlos en la aceleración de protones. Con suerte, algún día estas partículas aceleradas ayudarán a los cirujanos a extirpar tumores cerebrales inaccesibles hoy en día. Quizá, en el futuro, los láseres de CPA puedan deshacerse de la basura espacial empujándola fuera de nuestra órbita y de la atmósfera terrestre, donde se convertirá en ceniza y no podrá chocar con satélites activos.

En muchos casos, transcurren años e incluso décadas desde que se produce un hallazgo científico hasta que se desarrollan sus aplicaciones prácticas. Albert Einstein creó las ecuaciones para el láser en 1917, pero la primera demostración no llegó hasta el año 1960 de la mano de Theodore Maiman. Isidor Rabi fue pionero en medir la resonancia magnética nuclear en 1938, descubrimiento que condujo a la invención de la imagen por resonancia magnética. La primera prueba de IRM en un paciente tuvo lugar en 1977.

Está claro que las posibles aplicaciones merecen toda la atención pero, antes de conocerlas, los investigadores deben entender las preguntas básicas que hay tras ellas.

Hay gente a la que el término “ciencia básica” le crea la falsa impresión de que no afecta a sus vidas. Les parece algo lejano. Es más, el término “básico” responde a la definición no científica de simple, lo que socava su importancia en el contexto de la investigación básica.

Debemos facilitar a los científicos la oportunidad de investigar en ciencia básica a largo plazo y desde la curiosidad. Eso solo puede lograrse con tiempo y recursos. Porque la investigación que no repercute de manera directa en la industria o en la economía también merece la pena. Nunca se sabe lo que puede ocurrir si apoyamos una mente curiosa con ganas de descubrir algo nuevo.

Opinión | 16 de enero de 2019

Hay que ser honestos acerca de los costos sociales de la inmigración

Amar Bhidé es profesor de la Escuela Fletcher de Derecho y Diplomacia de la Universidad Tufts y autor de “A Call for Judgment”.

No hay duda de que la inmigración brinda una gran cantidad de beneficios, tanto para los inmigrantes como para la población nativa. Pero si se quiere mantener una inmigración ampliamente beneficiosa, los países de destino deben reconocer y abordar los riesgos reales que plantea.

A pesar de la actual reacción contra el libre comercio, de la cual la agenda proteccionista “Estados Unidos primero” del Presidente estadounidense Donald Trump es un ejemplo destacado, la facilitación de bienes y servicios sigue teniendo sentido en lo económico. El tema de la inmigración –es decir, el movimiento de mano de obra entre fronteras- no es menos interesante, aunque es mucho más complicado.

Para un libertario como yo, los beneficios del libre comercio son evidentes: las transacciones entre vendedores y compradores bien dispuestos, dentro de una economía o más allá de las fronteras, casi siempre beneficia a ambos lados. Si bien pueden ser necesarias restricciones para garantizar, digamos, la seguridad de los bienes que entran a un mercado, se debería mantener un mínimo de barreras.

Por otra parte, no vale la pena limitar el comercio o castigar a los países que, se supone, subsidian injustamente sus exportaciones o permiten que los empleadores exploten a sus trabajadores. Puede parecer justificado limitar las importaciones de los países con bajos salarios y malas condiciones de trabajo, pero en realidad priva a esos mismos trabajadores mal pagados a ganar lo poco que reciben. Al mismo tiempo, impone un impuesto injustificado y con frecuencia regresivo sobre los consumidores.

¿Por qué es la inmigración diferente del comercio?

A primera vista, la inmigración parece tener pocas diferencias con el libre comercio: en lugar de importar los bienes que la mano de obra produje en el extranjero, los países simplemente importan la mano de obra misma. En ciertas maneras, los beneficios potenciales de la inmigración pueden ser incluso mayores que los del libre comercio.

Los mismos inmigrantes se benefician de salarios más altos, así como de una mayor seguridad y libertad individual. La población local también gana, ya que la nueva mano de obra realiza tareas menores o desagradables, amplía la base tributaria y expande los mercados internos. Lo que es más importante: los inmigrantes pueden aportar una energía emprendedora importante y enriquecer la comunidad local con su cultura, comida y tradiciones.

El apoyo a la inmigración tiene además un atractivo moral adicional. Quizás les resulte difícil a los libremercadistas de línea dura persuadir a los escépticos misericordiosos que permitir el funcionamiento de fábricas explotadoras lejanas es mejor que eliminar los empleos mal pagados que proporcionan. Acoger y proteger a inmigrantes que enfrentarían torturas o hambre en sus países de origen se alinea más fácilmente con nuestros instintos humanitarios.

No hay mejor ejemplo de los beneficios de la inmigración que Estados Unidos. Generaciones sucesivas de inmigrantes convirtieron a este joven país, con su economía agrícola retrasada en lo industrial, en la mayor potencia tecnológica y militar del mundo. Los inmigrantes hicieron de Nueva York una meca cultural y a Los Ángeles un centro de la industria fílmica global. Dar la bienvenida a las “abigarradas masas que anhelan respirar libertad” dio al país por largo tiempo un propósito optimista y edificante.

Hay que admitir los costos sociales de la migración

Pero ni siquiera un inmigrante como yo puede pasar por alto los riesgos que conlleva la inmigración. A diferencia del libre comercio, la inmigración suele ser una opción unilateral, más que un intercambio voluntario y bilateral. Y, si bien puede implicar ventajas para los locales, eso no siempre es así.

Un ejemplo extremo de esto es la colonización. El “nuevo mundo” que “descubrieron” los exploradores europeos no lo era para quienes ya vivían allí. Los inmigrantes europeos, a menudo escapando de demandas judiciales o el hambre, usurparon los territorios y tierras de caza de los pueblos originarios, obligándolos a firmar tratados que no cumplirían, arrinconándolos en reservaciones y aniquilando a quienes se resistían.

De manera similar, los colonos europeos en Australia declararon el continente terra nullius, o libre para quien lo quiera tomar, mataron a los pueblos aborígenes y obligaron a sus hijos a ser adoptados para acelerar su asimilación cultural.

Por supuesto, los inmigrantes actuales no van a saquear ni usurpar Estados Unidos o sus países de destino en Europa, pero eso no significa que acogerles sea gratis.

Si bien muchos encuentran empleos productivos y pagan impuestos, algunos no lo hacen, tensionando las redes de seguridad social en tiempos de altas deudas externas y rápido envejecimiento demográfico. Son riesgos que se exacerban cuando llegan inesperadamente grandes cantidades de migrantes o refugiados, saturando los sistemas de educación y sanidad pública, así como la capacidad de viviendas.

También hay que considerar los riesgos a la seguridad. Sin duda que las fuerzas políticas nativistas y populistas exageran muchísimo los vínculos entre inmigración y crimen, incluido el terrorismo. Pero eso no significa que no existan.

Por ejemplo, es completamente posible que algunos miembros de bandas criminales cuyas actividades hicieron que miles de migrantes centroamericanos caminaran en caravana a la frontera entre México y Estados Unidos para pedir asilo intenten colarse con ella. De manera similar, un terrorista de Estado Islámico bien podría intentar entrar en Europa entre las hordas de desesperados solicitantes de asilo procedentes de Siria.

Es más, puede que los inmigrantes ilegales sigan conectados o incluso controlados por las organizaciones delictivas que los contrabandearon y reasentaron. En cuanto a los inmigrantes legales, históricamente los enclaves étnicos aislados de un control eficaz por parte de las autoridades estadounidenses han creado espacio para la expansión local de las mafias de sus países de origen.

Los riesgos se extienden más allá de los recién llegados. En los últimos años, inmigrantes de segunda generación que rechazan los trabajos menores que sus padres se vieron obligados a tomar, pero carecen de la educación y aceptación social necesarios para ascender socialmente, han ejecutado ataques terroristas.

Un ejemplo es Salman Abedi, hijo nacido en Gran Bretaña de inmigrantes libios que hizo un ataque con bomba suicida tras un concierto de la cantante estadounidense Ariana Grande en Manchester en mayo de 2017.

Son casos de una rareza extraordinaria. Y, sin embargo, su creciente frecuencia en los últimos años resalta la importancia de manejar la inmigración con eficacia (lo que incluye destinar fondos a los recursos correspondientes) en el corto y largo plazo.

Hay quienes argumentan que para reducir los riesgos que conlleva la inmigración, los países deben usar una especie de sistema de puntos que se basen en antecedentes como la educación, ya que se supone que es menos probable que quienes poseen un alto nivel educativo caigan en el paro o cometan delitos.

Es necesario ser realista

Pero una persona no necesita estudios avanzados para hacer aportes inestimables en los ámbitos empresarial, tecnológico o artístico. Y sería, de plano, injusto rechazar a solicitantes de asilo por no tener un doctorado. La selección por razas es también inaceptable, por supuesto.

Más sensato sería comenzar con una evaluación de una serie de factores, como la infraestructura pública (¿cuántos inmigrantes puede sustentar de manera razonable?) y la eficacia de la verificación de antecedentes (¿qué les ocurre a los inmigrantes cuyas historias no se pueden confirmar?)

El nativismo no debería tener voz en estos debates, pero tampoco el idealismo poco realista. La clave para una inmigración mutuamente beneficiosa es un pragmatismo realista. La mejor manera de reducir el miedo es manejar los riesgos.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 15 de enero de 2019

Foto: The Conversation

Leer en tiempos del smartphone

Antonio Fernández Vicente es profesor de teoría de la comunicación en la Universidad de Castilla-La Mancha

Un ensayo fotográfico de André Kertész, donde las instantáneas nos muestran momentos de recogimiento y fascinación en torno a la lectura, se tituló sencillamente Leer. En una de las fotografías, tres niños húngaros desharrapados devoran con avidez, encorvados, el mismo libro.

¿No sería hoy una estampa más significativa la de niños (y adultos) absortos en la lectura de sus dispositivos digitales?

Al igual que hay oyentes que oyen sin escuchar, y videntes que miran sin ver, los analfabetos secundarios no son capaces de leer entre líneas ni de explorar e indagar en los textos.

Las formas de leer a través de dispositivos digitales privilegian lo que la neurocientífica Maryanne Wolf llama skim reading: sentimos impaciencia cognitiva al mismo tiempo que nuestra capacidad para la lectura profunda, para el análisis crítico, la ausente y renombrada empatía, se empobrece.

En realidad son los valores de nuestra sociedad, la velocidad, la interconexión y el pragmatismo, los que se encarnan en el uso generalizado de tabletas y smartphones. De ahí la valoración del speed reading, a través de aplicaciones como la RSVP (Rapid Serial Visual Presentation).

Se trata de economizar el tiempo y los movimientos oculares incluso aunque sea a costa de la calidad y profundidad de la lectura.

La lectura como desaparición

Recuerda la imagen inicial de los niños el comienzo del prefacio que Marcel Proust escribiera en 1905 a Sésamo y lirio, de John Ruskin:

“Quizá no hubo días en nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos que creímos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con un libro favorito”.

La lectura atenta, que trata de descifrar los entresijos y complejidades de los textos, es una forma de vivencia en tiempos lentos y, además, un modo de desaparecer de sí. Olvidamos nuestras vidas para sumergirnos en otras. ¿No es esto realidad aumentada?

Son lecturas en silencio, creativas, frente al ruido ensordecedor. Las experimentamos en la intimidad de una precaria iluminación, sustraída a la comunidad, como la ilustrada por el pintor flamenco Matthias Stom. La luz y la imaginación corresponden al lector.

Al contrario, la hiperestimulación y la hiperconexión dan lugar a lecturas volátiles. No hay retiro posible cuando caemos presos de la doctrina del Always on descrita por la socióloga Sherry Turkle.

Siempre conectados y por tanto anclados de forma inexorable a nuestros contactos, como en la lecto-escritura compartida y comentada por los propios lectores de Candide 2.0. ¿Por qué esa obsesión con escribir y contribuir a la infoxicación? ¿Por qué no enorgullecerse, con Borges, no de lo que hemos escrito, sino de lo que hemos leído? La lectura también es activa y creativa.

La degradación de la lectura se expande por el colonialismo digital y sus modos normativos de lectura. El papel sabe a poco: nos parece una prisión cuyos lindes son infranqueables porque requiere el esfuerzo de imaginar por uno mismo.

La lectura como encuentro con lo diferente

En todas las fotografías de Kertész esa mirada escrutadora e incierta, absorta en las peripecias y pensamientos arrojados por otros, revela que la lectura es un viaje a lo desconocido.

Como nos decía Italo Calvino en Si una noche de invierno un viajero, leer “es ir al encuentro de algo que está a punto de ser y aún nadie sabe qué será”. Olvídate de la televisión, nos decía. ¡Olvídate del dispositivo digital hiperconectado!

Habría que dejar, con Calvino, que todo el mundo que nos rodea se esfume en lo indistinto, más allá de cualquier estímulo o preocupación egocéntrica. Leer para salir de uno mismo y encontrarse con lo que no eres tú. Pero no para huir de este mundo, sino para comprenderlo mejor desde otros puntos de vista diferentes al nuestro. Es una práctica contraria al narcisismo gregario presente en las redes sociales. Leer para entender en profundidad a los demás.

Leer no es cómodo. No es para consumidores ni clientes. En una carta de 1907, Kafka nos conminaba a leer los libros que nos estremezcan y golpeen: “Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. Las mejores lecturas suelen ser las que propician zozobra en el lector y conmueven sus creencias más arraigadas.

Decía Kafka que leemos para hacer preguntas. ¡No para responderlas! Y mucho menos para habitar la burbuja de los filtros en las redes.

Es lo propio de la curiosidad: preguntar de continuo ¿por qué?, como harían los niños fotografiados por Kertész. De hecho, ése es el origen de las narraciones: inventamos los relatos para dar forma a nuestras preguntas.

Lectura trivializada

El historiador de la cultura Roger Chartier advirtió cómo, a partir del siglo XVIII, tomó forma otra clase de lectura. En lugar de centrar la atención en la lectura intensa de un texto, es decir, la lectura que lee y relee, que aprende de memoria y recita, se empezó a prestarle menos atención al acto de leer.

Se leía a modo de carrera extensiva -leer más y más textos-, donde la velocidad y el ansia de novedad corrían parejas a la merma en la atención lectora. Más no es mejor.

La saturación de (micro)textos online trivializa el acto de leer y lo despoja de sus dimensiones profundas de análisis e inmersión. Lo convierte en una práctica mecánica y anodina. Analfabetismo secundario digital.

Opinión | 14 de enero de 2019

La guía de un optimista para el cambio climático

Lynn Scarlett es Vicepresidenta Ejecutiva de Asuntos de Política y Gobierno de The Nature Conservancy y una de las voces más influyentes sobre el calentamiento global.

Las malas noticias medioambientales no son nada nuevas, pero 2018 provocó un diluvio y, ahora, algunos afirman que el mundo ha alcanzado el punto de no retorno para el cambio climático. Pero una nueva investigación muestra que no es demasiado tarde para cambiar de rumbo.

Durante un viaje reciente al trabajo, mientras mi coche avanzaba centímetro a centímetro en el tráfico atestado, vi una garza acechando los bancos de peces en el río Potomac. La majestuosa ave fue un oportuno recordatorio de que en la más improbable de las circunstancias es posible encontrar la belleza de la naturaleza. Y, sin embargo, incluso para optimistas como yo, resulta cada vez más difícil tener esperanzas sobre el futuro de nuestro planeta.

Las noticias ambientales sombrías no son una sorpresa. Una de las más preocupantes de 2018 fue el informe de que en las últimas cuatro décadas ha habido un declive del 60% de las poblaciones de vertebrados, y menos de un cuarto del suelo terrestre ha escapado de los efectos de la actividad humana. Para 2050, menos de un 10% del área terrestre del planeta no estará afectado por el cambio antropogénico.

Quizás lo más aleccionador fue un estudio del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés), que advirtió que el planeta no va en camino a cumplir las metas de emisiones necesarias para mantener el calentamiento global por debajo de los 1,5º Celsius sobre los niveles preindustriales, el umbral fijado por el acuerdo climático de París de 2015. Las consecuencias de esto se vuelven más extremas con cada fracción de grado incumplida.

No todo está perdido

Entre estas tendencias negativas, algunos plantean ahora que se ha llegado a un punto de no retorno para el cambio climático. Sin embargo, como indican nuevas conclusiones de The Nature Conservancy, no es tarde para cambiar de rumbo.

El año pasado colaboramos con la Universidad de Minnesota y 11 otras instituciones líderes académicas y de estudios para evaluar los modos en que las futuras necesidades alimentarias, hídricas y energéticas del planeta podrían afectar el medio ambiente del planeta. Descubrimos que, si usamos estrategias más inteligentes, podemos mantener una población en aumento y, al mismo tiempo, enfrentar el cambio climático.

Por ejemplo, cambiando la manera y lugares de los cultivos, se podría reducir el estrés hídrico y reducir radicalmente la superficie agrícola. Es más, nuestros modelos sugieren que, al acelerar la transición a energías más limpias, el mundo podría mantener el aumento de las temperaturas globales por debajo de los 1,6 º, cumpliendo en esencia el objetivo del acuerdo de París.

Lo mejor de todo es que esto se podría lograr manteniendo las trayectorias actuales de crecimiento económico. Si se hacen unos pocos cambios radicales pero gestionables a lo largo de las próximas décadas, es posible lograr un futuro sostenible para las personas y la naturaleza.

Aún no se está actuando con urgencia

No obstante, a pesar de la evidencia de que es posible, pocos países del mundo están actuando con alguna urgencia. A menudo se culpa la inacción climática a “falta de voluntad política”, pero es fácil olvidar cómo funciona la pasividad en cuanto al cambio climático.

Por ejemplo, a menudo las autoridades se resisten a imponer precios a las emisiones de gases de efecto invernadero, a pesar de que hacerlo estimularía el cambio hacia una energía más verde. Además, está el deseo de abastecer a los usuarios actuales en algunos sectores de la economía, incluido el energético, agravado por una falta de voluntad para aceptar los hechos del cambio climático.

Lo vemos una y otra vez. En los Estados Unidos, las autoridades y los activistas han estado debatiendo sobre el cambio climático por más de 30 años, pero han dado solo avances modestos. En noviembre pasado, apenas semanas después de la publicación en octubre del alarmante informe del IPCC, fracasó una iniciativa electoral para poner impuestos a las emisiones de carbono en Washington State, uno de los estados ambientalmente más progresistas del país.

De manera parecida, los países del mundo solo han adoptado pasos tibios e inconsistentes para proteger la biodiversidad. De hecho, pocos países están en camino de cumplir los Objetivos de Biodiversidad de Aichi, y varios gobiernos en realidad han relajado las protecciones al aprobar el desarrollo en áreas ecológicamente sensibles.

Más aún, los acuerdos internacionales climáticos y ambientales suelen carecer de fuerza. Si bien se han hecho avances para afinar los detalles del llamado manual de París (las reglas que regirán la implementación del acuerdo de París), la mayoría de los mecanismos de puesta en práctica han encontrado resistencia de países que dan más importancia a los costes de corto plazo que a los beneficios de largo plazo.

De hecho, gran parte del problema es esta forma dualista de ver el asunto. Con demasiada frecuencia, las estrategias climáticas se presentan como dilemas imposibles entre seguridad energética y protección ambiental, o entre crecimiento económico y reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.

Nuestros datos muestran que esta es una narrativa simplista que no nos servirá en el largo plazo. El enfoque más productivo es uno que tome en cuenta y responda a las necesidades ambientales, sociales y económicas.

No todo implica hacer sacrificios

No hay dudas de que para enfrentar el desafío del cambio climático serán necesarios ajustes importantes a los sistemas industrial y agrícola. Necesitaremos nuevas políticas que hagan que los responsables de la polución rindan cuentas, con medidas que aborden la inversión en infraestructura natural, creen áreas protegidas y apoyen una planificación más inteligente. Todo eso sí es posible.

Como con cualquier cambio de política, algunos sectores o personas tendrán que pagar nuevos costes, lo que es especialmente cierto para las medidas que apuntan a la polución, la pérdida de biodiversidad y otras consecuencias no contempladas en las transacciones de mercado. Los responsables de la contaminación deben cargar más con el peso del cambio climático. Pero para muchos otros (como los agricultores, pescadores y productores de energías no contaminantes), cambiar el statu quo de hecho implicaría más beneficios económicos y ambientales, no menos.

Es mucho lo que está en juego si no se actúa ya. En todo el mundo, hay comunidades que están sufriendo daños o enfrentando su desaparición por al aumento del nivel de los océanos y las condiciones climáticas extremas, mientras el agua potable segura se está convirtiendo en un lujo. Sigo creyendo que superaremos estas amenazas, pero incluso una optimista climática sabe que esta sensación puede no durar demasiado.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 11 de enero de 2019

Foto: Joseph Eid / AFP

Hay que redefinir el futuro del trabajo para proteger a los trabajadores

Bruno Dobrusin es coordinador de la campaña One Million Climate Jobs (Un millón de empleos climáticos) en la Red de Economía Verde (Green Economy Network).

Tres supuestos comunes sesgan los pronósticos de los economistas sobre el impacto de la automatización en el empleo. Abordar cada una de ellas es esencial para proteger los derechos de los trabajadores y cambiar la historia fatalista de la narrativa prevaleciente.

Mucho se ha escrito sobre el “futuro del trabajo”, y en gran parte con perspectivas sombrías. Una seguidilla de estudios predicen que la automatización cambiará a sectores enteros y dejará en el paro a millones de personas. Un artículo escrito en 2013 por dos profesores de Oxford incluso sugirió que las máquinas podrían reemplazar el 47% de los empleos en los Estados Unidos dentro de “una o dos décadas”.

Conclusiones como esta sustentan la narrativa de que resulta inevitable que en el futuro haya escasez de empleos. Sin embargo, esta visión se apoya mayoritariamente en el sector corporativo, basándose en tendencias negativas de la llamada economía de los minitrabajos (gig economy), pero ni los trabajadores ni los sindicatos han intervenido mucho en la conversación. Si eso cambiara, el futuro del trabajo podría lucir muy distinto.

No hay que ser fatalista

Hay tres supuestos que sesgan los pronósticos del impacto de la automatización sobre el empleo. Es esencial abordar cada uno de ellos para proteger los derechos de los trabajadores y cambiar la perspectiva fatalista de la narrativa predominante.

El primero es que las tareas completamente automatizadas desplazarán a los trabajadores en el futuro cercano, pero ese enfoque es poco más que una conjetura. Incluso quienes usan los mismos conjuntos de datos pueden llegar a conclusiones diferentes.

Por ejemplo, un estudio realizado en 2017 por McKinsey, basado en datos similares a los del artículo de Oxford de 2013, llegó a la conclusión de que apenas un 5% de los empleos estadounidenses se podían automatizar totalmente, pero que cerca del 60% podían serlo en parte. En otras palabras, la automatización no significa que el trabajo humano tenga que desaparecer, sino que puede volverse más productivo.

Si algo demuestran las tendencias actuales es la importancia de democratizar el modo como se integra la tecnología a los procesos empresariales.

Cuando grandes corporaciones introducen innovaciones para acelerar la producción –como aparatos móviles para cronometrar a los trabajadores de bodegas en las instalaciones de Amazon-, la consecuencia no prevista puede ser una baja de la productividad. Para muchos trabajadores, la manera en que se adopta la tecnología puede tener más peso que la tecnología misma.

El segundo supuesto es que la automatización no traerá beneficios a la mayoría de los trabajadores. Sin embargo, las personas y la política (no las máquinas) determinarán su destino.

Si aceptamos la visión de que la tecnología elevará la productividad general (un punto en discusión, dados los bajos niveles de aumento de la productividad en los países de la OCDE en la última década), entonces los trabajadores y los líderes políticos tendrían que centrarse en lograr un mejor equilibrio entre trabajo y calidad de vida.

Hace más de un siglo que se libró la lucha por una jornada laboral de ocho horas y los espacios abiertos por el debate actual permiten negociar una semana laboral más corta. Algunos sindicatos ya lo están haciendo y en el futuro otros deberían unírseles.

Finalmente, a pesar de toda la publicidad, la automatización no es el problema más acuciante para la fuerza de trabajo. Puede que la tecnología sea disruptiva, pero las mayores preocupaciones de los trabajadores actuales son las que sienten más directamente: subempleo, empleos precarios y salarios estancados.

Según el informe de 2018 “Perspectivas sociales del empleo mundial” de la Organización Internacional del Trabajo, 1,4 mil millones de personas en todo el planeta se desempeñan en “formas vulnerables de empleo” en el sector informal, en comparación con los 192 millones de desempleados.

No hay dudas de que las nuevas tecnologías afectan a los trabajadores de algunas maneras adversas. Siempre ha sido así, y la gente seguirá desplazándose de un sector económico a otro. Pero, si bien la innovación tecnológica crea nuevas oportunidades, la economía de los miniempleos actual, en particular, refleja cómo también puede debilitar los derechos de los trabajadores y aumentar la inseguridad laboral.

Los temores de los trabajadores son reales, razón por la que el movimiento sindical ha estado luchando por defender a aquellos que se encuentran en situaciones vulnerables. Un valioso avance para asegurarse de que la automatización no deje a nadie detrás sería ampliar el concepto de Transición Justa (Just Transition), que se utiliza actualmente en los casos de reubicaciones debido a la situación climática, a las disrupciones ocasionadas por la tecnología.

No hay que aceptar la narrativa de los tecnócratas

Pero no debemos aceptar la narrativa ansiosa de un mundo sin trabajo. La tecnología y el desarrollo económicos son ámbitos en disputa, y los sindicatos deben centrarse en mejorar las condiciones de los lugares de trabajo, organizar a los trabajadores en los nuevos sectores económicos y desafiar los modelos de negocio autoritarios que dan poca injerencia a los empleados sobre cómo funcionan las compañías en las que trabajan.

Hay señales positivas. En el sector de los servicios está creciendo la organización laboral. Los empleados están presionando por mejores salarios en algunas de las mayores corporaciones del mundo. Y en Estados Unidos los trabajadores están pidiendo –y, a menudo, recibiendo- un sueldo digno que les permita vivir.

El próximo paso es asegurarse de que los efectos de la automatización tengan una mayor prominencia en la organización sindical. El futuro del trabajo no está predeterminado, y la historia todavía se está escribiendo. Como siempre, la pregunta más importante es quién la escribe.

@Project Syndicate

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Opinión | 9 de enero de 2019

Foto: Vale Zmeykov

Es hora de entrar en la batalla de las ideas

Ian Goldin es profesor de Globalización y Desarrollo en la Universidad de Oxford y Robert Muggah es cofundador del Instituto Igarapé y de la consultora SecDev Group. Ambos están escribiendo un libro sobre los desafíos globales.

Nunca hubo tanto en juego como en 2019. Cuando la política está supeditada al extremismo, a los algoritmos, a las noticias falsas y a la manipulación extranjera, la democracia misma está en peligro.

Han pasado 30 años desde la caída del Muro de Berlín y, a pesar de los avances significativos hacia la mejora de la esperanza de vida y el aumento de los ingresos en todo el mundo, las divisiones dentro y entre las sociedades se están profundizando. Sin un nuevo paradigma para gestionar la globalización, la fragmentación y la desesperación política se convertirán en la nueva normalidad.

Sin un involucramiento más activo de las autoridades y dirigencias políticas, no puede haber esperanzas para el futuro. El ritmo cada vez más veloz de los cambios, sumado a la creciente interdependencia internacional, no facilita la búsqueda de soluciones compartidas, sino que la dificulta.

Esperemos que 2019 sea el año en que comience a invertirse la tendencia histórica. En 2018, las divisiones intra e internacionales no dejaron de profundizarse. Y a la par de la transformación que las tensiones geopolíticas y el tribalismo político han provocado en las relaciones internacionales y en la política nacional, nuevas tecnologías revolucionan viejos supuestos sobre la seguridad, la política y la economía.

Esto se complica todavía más por la creciente interdependencia de nuestras sociedades. Todos estamos cada vez más sujetos a fuerzas que escapan al control de cualquier país, ciudad o persona por separado (sobre todo en lo referido al cambio climático).

Cuánto cambió en tres décadas. Allá por 1989, el colapso del bloque soviético parecía augurar el triunfo de los principios y valores de la democracia liberal. La creación ese mismo año de la World Wide Web prometía una nueva era de florecimiento para la humanidad y de cooperación internacional. Todavía en los primeros años de este siglo se repetían consignas osadas como que “la distancia ha muerto” y “la Tierra es plana”.

Una globalización que desilusiona

Pero en vez de aplanar la Tierra, la globalización la ha vuelto más montañosa y despareja. Hoy más que nunca, el código postal determina las perspectivas, la expectativa de vida y el destino de las personas. En vez de reemplazar los ideales nacionales con valores compartidos, la globalización llevó a una competencia feroz, a la decadencia de los estados de bienestar y a la corrosión de las instituciones internacionales. Y aunque técnicamente hay más democracias hoy que en 1989, muchas se están volviendo más iliberales.

No extraña que el apoyo público a la globalización haya menguado. Y en esto no ayudaron los ataques del 11 de septiembre de 2001 y los 5,6 billones de dólares gastados en la “guerra al terrorismo”. Tampoco lo hizo la crisis financiera de 2008, que expuso la incapacidad de expertos e instituciones para manejar la interdependencia y el cambio tecnológico. Una creciente divisoria entre las élites y todos aquellos que han sido “olvidados” envenena la política hace una generación.

Las mejoras de los últimos 30 años

Sin embargo, la desilusión con la globalización está en su mayor parte confinada a los países de América del Norte y Europa occidental. Al fin y al cabo, la suerte de las potencias emergentes en el este y el sudeste de Asia mejoró, y la mayoría de las personas en todo el mundo hoy están objetivamente mejor en términos agregados que hace 30 años.

Fuera de Occidente, la media de ingresos se duplicó desde la caída del Muro de Berlín (y se triplicó en el caso de China). La expectativa de vida en muchos países en desarrollo aumentó nada menos que 15 años, y tres mil millones de personas en todo el mundo aprendieron a leer y escribir.

Pero no hay garantías de que esta “Nueva Ilustración”, como la denomina Steven Pinker (de la Universidad Harvard), siga entregando progreso. La Ilustración de los siglos XVII y XVIII vino después del Renacimiento, que fue un período no sólo de revolución científica y artística, sino también de aumento de la intolerancia, guerras religiosas y persecución de científicos e intelectuales.

Una elite sobrepasada

La violencia reaccionaria durante el Renacimiento y después tuvo mucho que ver con la incapacidad de las élites para manejar los veloces cambios y las crecientes desigualdades ocasionadas por la revolución de la imprenta. Las élites actuales deberían tomar nota.

Los espectaculares efectos colaterales de la invasión a Irak liderada por los Estados Unidos y de la crisis financiera de 2008 dañaron profundamente la confianza de la población en las autoridades y en los expertos. Una misma idea reúne al populismo de derecha con el de izquierda: la idea de que la vieja guardia abandonó al pueblo y se encerró en una isla de privilegios.

Y algo de razón tienen. Es un hecho que políticas defectuosas de promoción de la globalización nos abandonaron y contribuyeron a una creciente desigualdad. Y ahora la inteligencia artificial y la automatización amenazan con reemplazar los puestos de trabajo rutinarios y acentuar las divisiones sociales.

¿Podrán la dirigencia política y la ciudadanía reunir la voluntad para encarar las amenazas compartidas, o vamos camino de una mayor fragmentación? Mucho dependerá de las medidas que se tomen en 2019. Hoy más que nunca, debemos hacer frente a los motores del cambio, cada vez más rápidos e interdependientes.

A tal fin, las autoridades deben tomar medidas para proteger a los más vulnerables. Se están eliminando redes de seguridad social precisamente cuando la gente más las necesita. Después de que la crisis financiera dejó a los gobiernos sin recursos y con deudas asfixiantes, algunos, como el de Estados Unidos, empeoraron las cosas recortando impuestos.

En un nivel más amplio, todos tenemos que poner manos a la tarea de comprender y controlar la globalización. Eso implica abandonar el anticuado paradigma del siglo XX que divide toda la política en izquierda y derecha, en socialismo y capitalismo. La política de 2019 gira en torno de valores; por eso los partidos políticos tradicionales están siendo desplazados por otros que apelan al sentimiento nacional y a fantasías nostálgicas.

Hasta ahora, la revolución política que se desarrolla estuvo signada por la rabia y la frustración. Pero es posible (y necesario) encauzar esos sentimientos y ponerlos al servicio del cambio constructivo. Para lograr una globalización inclusiva, tenemos que hacer frente a la desigualdad creciente, abrazar la diversidad y rescatar la cooperación internacional del espectro del unilateralismo.

Es tentador tratar de detener el reloj para no tener que tomar decisiones difíciles. Pero los cambios en curso nos afectarán a todos, participemos o no de la conversación. De modo que la única salida es mejorar nuestra comprensión y dialogar con ideas complejas. No hacerlo, optando en cambio por victimizarnos, es invitar a la catástrofe.

El único modo de que el futuro sea menos temible es dándole forma nosotros mismos. Sin la acción de personas audaces, el rumbo de la historia no virará por sí solo hacia la justicia o a mejores resultados.

Tres décadas después de la caída del Muro de Berlín, estamos otra vez en una encrucijada, y se libra una encarnizada batalla de ideas. Los nuevos muros que hoy se erigen dentro de las sociedades y entre ellas plantean una grave amenaza a nuestro futuro colectivo. Este es el año para empezar a derribarlos.

Traducción: Esteban Flamini

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 8 de enero de 2019

Foto: The Conversation

Siete pruebas de que el mundo se está convirtiendo en un lugar mejor

Julius Probst es investigador de doctorado en el Departamento de Historia Económica de la Universidad de Lund, Suecia y su trabajo se centra en la historia macroeconómica y la desigualdad de ingresos.

El académico sueco Hans Rosling se percató del auge de una tendencia preocupante: aunque el mundo se esté convirtiendo en un lugar mejor, las personas de países con economías sólidas piensan todo lo contrario. No es de extrañar, ya que las noticias hablan de catástrofes naturales, ataques terroristas, guerras y hambrunas más que de otros asuntos.

Cada día, alrededor de 200.000 personas en todo el mundo superan la barrera de los dos dólares diarios y salen de la pobreza. Más de 300.000 consiguen acceso a la electricidad y a agua limpia por primera vez. Las historias positivas de gente de países con economías deprimidas no generan interés ni audiencia. Sin embargo, como señala Rosling en su libro Factfulness, es importante situar las malas noticias en perspectiva.

Si bien es cierto que durante las últimas décadas la globalización ha ejercido una presión a la baja sobre los salarios de la clase media en las economías desarrolladas, también ha ayudado a superar la barrera de la pobreza a cientos de millones de personas, especialmente en el sudeste asiático.

El reciente auge del populismo en los países occidentales, con Trump y el Brexit como punta de lanza y las elecciones en Hungría e Italia como ejemplos fehacientes, produce una gran preocupación por el bienestar social en todo el mundo. La globalización es el único camino para asegurar que la prosperidad económica sea compartida entre todos los países, en lugar de disfrutarla solo ciertas naciones avanzadas.

Algunas personas son de la opinión de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero hay un hecho que no admite discusión: hasta hace poco, y a lo largo de casi toda la historia de la humanidad, una parte importante de la población mundial ha vivido en condiciones penosas. Los siguientes siete gráficos demuestran que el mundo se ha convertido en un lugar mejor del que era hace tan solo unas décadas.

1: La esperanza de vida continúa aumentando

Fuente: TheConversation

Durante la Revolución Industrial, la esperanza de vida en los países europeos no sobrepasaba los 35 años. Esto no quiere decir que la mayoría de la población falleciera entre los 30 y los 40, sino que las altísimas tasas de mortalidad infantil y la muerte de las mujeres durante el parto hacían bajar la media. Enfermedades comunes en la época y erradicadas en la actualidad, como la viruela o la peste, también suponían un gran problema.

2: La mortalidad infantil continúa descendiendo

Fuente: TheConversation

Hace más de un siglo, el índice de mortalidad infantil todavía superaba el 10% incluso en países con un nivel alto de ingresos, como Estados Unidos y Reino Unido. Gracias a la medicina moderna y a una mayor seguridad y salud pública, esta cifra se ha visto reducida en los países ricos hasta casi ser eliminada.

Además, economías en vías de desarrollo como India y Brasil tienen unas tasas de mortalidad infantil mucho más bajas que las que tenían las economías hoy desarrolladas hace un siglo, con un nivel de ingresos muy similar.

3: Los índices de natalidad están cayendo

Aunque mucha gente está preocupada por el crecimiento de la población mundial, la realidad es que las cifras de natalidad han disminuido de manera considerable. Las estimaciones a largo plazo de la Organización de las Naciones Unidas indican que la población mundial se estabilizará en unos 11 mil millones al final de este siglo.

Además, como se puede apreciar en el gráfico, muchos países en vías de desarrollo, como Brasil, China y varias naciones africanas, han optado por seguir una política de baja natalidad. Para muchas economías avanzadas esta transición llevó casi 100 años (comenzando con la Revolución Industrial), pero otras lo han conseguidos en dos o tres décadas.

4: El crecimiento del PIB se ha acelerado en los países desarrollados

Fuente: TheConversation

Estados Unidos y Europa Occidental, líderes tecnológicos, han crecido alrededor de un 2% al año durante los últimos 150 años, lo que significa que los niveles de ingresos aproximadamente se duplican cada 36 años.

Teniendo en cuenta que se han producido numerosos altibajos durante espacios prolongados de tiempo, como la Gran Depresión o la reciente Gran Recesión, que la tasa de crecimiento se mantenga constante a largo plazo es casi milagroso.

Países con un nivel de ingresos bajo, como China o India, vienen creciendo durante las últimas décadas a un ritmo más alto; tanto es así que se acercan inexorablemente a los países occidentales. Un índice de crecimiento del 10% durante un período prolongado significa que los ingresos se duplicarán cada siete años, aproximadamente. Que la prosperidad sea compartida por todo el mundo no puede ser sino una buena noticia.

5: La desigualdad global en los ingresos se ha visto reducida

Fuente: TheConversation

Aunque la desigualdad dentro de los países ha aumentado como consecuencia de la globalización, la desigualdad mundial se ha mantenido a la baja durante varias décadas como resultado del desarrollo de países como China e India, en los que cientos de millones de personas han mejorado su nivel de vida. De hecho, por primera vez desde la Revolución Industrial alrededor de la mitad de la población mundial puede ser considerada clase media.

6: La democracia se extiende

A lo largo de la historia de la humanidad, la gente ha vivido sometida a regímenes opresores no democráticos. Hoy, alrededor de la mitad de la población mundial vive en democracia. De los que aún viven en autocracias, el 90% lo hacen en China. Sin embargo, el país asiático está virando el rumbo, por lo que hay razones para creer que el desarrollo económico sostenido llevará a su democratización (de acuerdo a la Teoría de la Modernización).

7: Cada vez se producen menos conflictos

Fuente: TheConversation

La historia del mundo es la historia de su división por los conflictos. De hecho, al menos dos de las grandes potencias han estado en guerra durante más del 50% del tiempo desde el año 1500, aproximadamente.

Mientras que la primera mitad del siglo XX fue especialmente sangrienta, con dos guerras mundiales sin apenas tregua, se podría calificar al período posterior como pacífico. Por primera vez en toda la historia no ha habido guerras ni conflictos en Europa Occidental en tres generaciones, y organizaciones internacionales como la Unión Europea y las Naciones Unidas han sido piezas fundamentales para traer la estabilidad al mundo.

Opinión | 7 de enero de 2019

El desafío del impuesto a los combustibles

Andrés Velasco fue ministro de Hacienda de Chile durante el primer gobierno de Michelle Bachelet y es Decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics.

El aumento en los precios del combustible, ya sea por un recorte a los subsidios o un alza a los impuestos, es difícil de compensar y es por eso que provoca disturbios sociales.

Lo que parece nuevo en los episodios recientes es el sentido de ilegitimidad política: mientras que pagar más ya es doloroso, no confiar en que los líderes hagan buen uso del dinero recaudado lo hace socialmente tóxico.

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, no es el primer político que enfrenta dificultades con los impuestos a los combustibles. A comienzos del año pasado en Brasil, una huelga de camioneros paralizó el país y contribuyó al triunfo del ultraderechista Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales.

En un momento yo también fui víctima de la ira inspirada por el diesel. Siendo ministro de Hacienda de Chile, hace diez años, intenté cerrar un resquicio legal que permitía a los camioneros recuperar lo que habían pagado en impuestos a los combustibles.

Los operadores políticos del gobierno me aseguraron que no cederíamos a la presión. Pero su férrea voluntad desapareció en menos de una semana ante el bloqueo de los caminos principales con camiones y el desabastecimiento de los supermercados. Nuestro gobierno, avergonzado, dio marcha atrás, como lo han hecho Macron y muchos otros desde entonces.

En Estados Unidos, el tema es tan políticamente tóxico que se ha permitido que la inflación erosione dos quintos del valor del impuesto federal a los combustibles desde la última vez que fue reajustado, hace veinticinco años.

El argumento de los economistas

El aspecto económico de los impuestos a la gasolina es tan viejo como el político. El precio del combustible en relación a otros bienes (lo que los economistas llaman su precio relativo) desempeña dos papeles al mismo tiempo. Guía las decisiones acerca del consumo y de la producción: si el diesel sube de precio, los consumidores utilizan menos y los productores refinan más.

Además, cambios en el precio relativo redistribuyen el ingreso: el combustible caro significa que quienes consumen mucho son “más pobres”, puesto que disminuye su poder de compra para otras cosas.

Con respecto al diesel y otros combustibles, el precio relativo que conduce a las decisiones correctas sobre el consumo y la producción, tiene el efecto distributivo incorrecto.

El argumento medioambiental

Gravar el diesel para hacerlo más caro reduce la contaminación y la emisión de gases de efecto invernadero, lo que produce gran satisfacción entre la población educada que reside en las ciudades y toma el metro para ir a trabajar. Sin embargo, causa profundo descontento entre las personas que habitan en zonas rurales y deben recorrer grandes distancias, y también entre los propietarios de pequeñas empresas que dependen de sus camionetas a diesel.

Aumentar el impuesto a los combustibles es como recortar un arancel a las importaciones: en los dos casos se reducen las distorsiones en el precio, pero también se producen ganadores y perdedores. La solución económica estándar es compensar a los perdedores.

Cuando se recortan los aranceles, a menudo se discute tal compensación, pero rara vez se la aplica. Cuando se trata de los precios de la energía, la compensación puede funcionar si los perdedores también resultan ser los pobres. Hace tres años, cuando Ucrania redujo los subsidios a los precios domésticos de los combustibles, un pago único en efectivo ayudó a los jubilados pobres y a los trabajadores con remuneraciones bajas a mantener sus hogares calefaccionados durante el invierno.

Con el diesel, la situación es más complicada. Las personas muy pobres típicamente no son propietarias de vehículos grandes que utilicen este combustible. Tampoco se lo emplea para cocinar ni para calefaccionar. Es verdad que los autobuses del transporte público usan diesel, pero un ciudadano pobre puede compartir el peso de un aumento de precio con las otras 20 o 30 personas que utilizan el mismo autobús.

Los grandes perdedores cuando se incrementa el impuesto al diesel son sólidos miembros de la clase media, y los ministros de Hacienda temen los esquemas para compensar a esta clase por dos razones. Es políticamente difícil entregar dinero a quienes están en el medio sin hacerlo a todos los que están más abajo en la escala de ingresos, lo que hace que la compensación sea costosa.

Y el precedente que se sienta en un caso puede ser invocado en innumerables casos posteriores. Cuando la moneda se deprecia, aumenta el precio de las importaciones de consumo; a medida que las ciudades prosperan, suben los precios de los inmuebles más deseables; a medida que prosperan los países, también aumenta el precio (relativo) de los servicios, desde cortes de pelo hasta limpieza de hogares. ¿Se supone que Hacienda también debe compensar a la clase media por estas reducciones en su poder de compra?

Es resumen, el incremento de los precios de los combustibles, sea producto de una disminución de los subsidios o de un aumento de los impuestos, es difícil de contrarrestar. No debe sorprender entonces que haya gatillado agitación social desde La Paz hasta Lahore y desde Cairo a Coventry, y ahora en París.

El dilema político

Lo que parece nuevo en los episodios recientes es el sentido de ilegitimidad política. Tener que pagar más es suficientemente doloroso, dicen los electores. Desconfiar que las autoridades empleen este dinero de manera beneficiosa añade leña al fuego.

Tomemos el caso de Brasil. Durante años, el gigante petrolero Petrobras vendía los combustibles dentro del país a un precio más bajo que el mundial, y sus accionistas (entre los cuales los contribuyentes brasileños son los más importantes) asumían los costos. Esto era lo que estaba en el dominio público.

Lo que no se sabía era que Petrobras también era sede de uno de los esquemas de corrupción más grandes de la historia. Algunos políticos utilizaban a la compañía para contratar a sus amigos y para financiar sus campañas; otros la utilizaban para llenarse los bolsillos propios. Hasta el día de hoy, miles de millones de dólares siguen desaparecidos.

Adelantemos al pasado reciente. A partir de 2016, el nuevo gobierno de Michel Temer dio órdenes a Petrobras para que terminara con los subsidios y empezara a cobrar precios internacionales por sus productos. Y cuando la moneda se depreció, los precios en reales en las gasolineras aumentaron aún más. El impacto lo sintieron en el bolsillo los consumidores locales.

Evidentemente, a la gran mayoría de los brasileños no le importaron las complejidades de la paridad internacional de precios. Lo que sí le importó fue que una empresa famosa por su corrupción subiera el precio del combustible, metiendo su sucia mano en sus bolsillos.

Así las cosas, cuando los camioneros bloquearon los caminos para exigir una reducción del precio del diesel, el 87% de la población apoyó su huelga. El CEO de Petrobras, un economista respetado que había sido contratado para que saneara a la empresa, se vio obligado a renunciar.

En Francia no ha existido un escándalo de corrupción semejante –por lo menos recientemente–. Sin embargo, se huele un tufillo de ilegitimidad en el loable intento de Macron por realinear los precios de los combustibles. Quizás se trate de una consecuencia inevitable del pasado del presidente como banquero inversionista; o de su estilo imperial y distante; o de la decisión de su gobierno de abolir el impuesto al patrimonio como primera prioridad.

Ciertamente que convencer a los electores franceses de clase media que el alza de los precios de los combustibles en realidad era buena para ellos, siempre fue una batalla cuesta arriba. El estilo de Macron y sus errores contribuyeron a hacerla aún más difícil.

Lo que pudo haber sido una disputa convencional acerca de los impuestos pasó a ser un choque de identidades, de quienes el autor británico David Goodhart llama los de alguna parte versus los de cualquier parte. Las advertencias del Palacio del Elíseo acerca de la responsabilidad con respecto al futuro del planeta no fueron bien recibidas. Los manifestantes se quejaban de que al presidente le preocupara el fin del mundo cuando a ellos les preocupaba llegar a fin de mes.

No hay soluciones fáciles

¿Son inevitables estos desenlaces? No lo creo. Uno puede imaginar a un presidente popular haciendo que el diesel sea todo lo caro que debe ser para impedir que el planeta estalle en llamas, mientras que al mismo tiempo obliga a los ricos a costear la parte que les corresponde de los gastos gubernamentales e implementa algunos esquemas de gastos inteligentes que le alivianen la carga a la clase media. Se necesitaría también mucha habilidad política para persuadir a los electores de que el presidente está de su lado.

Sí, es posible imaginar todo esto. Pero imaginar algo no es lo mismo que esperarlo. Ni siquiera el Súper Macron pudo lograrlo, y es improbable que el próximo liberal iluminado tenga éxito donde él fracasó.

Traducción de Ana María Velasco

© Project Syndicate 1995–2019

Opinión | 4 de enero de 2019

En busca de una educación auténtica y divertida

Alfredo Pina Calafi es Profesor titular en Lenguajes y Sistemas Informaticos de la Universidad Pública de Navarra y experto en procesos educativos.

En una charla que dio Guy Brousseau en la Universidad Pública de Navarra hace bastantes años decía que uno de los retos más importantes de la enseñanza obligatoria era tener que enseñar a personas que quizás no quieran aprender y que, además, están obligadas a ello.

El fondo de la cuestión de esta reflexión condiciona en gran medida los procesos de enseñanza y aprendizaje, tanto para estudiantes como para docentes en primera instancia, pero también para la administración, las familias y la propia sociedad. ¿Nos podemos divertir, enseñando y aprendiendo, docentes y estudiantes en nuestro trabajo diario?

Programar en los años 80

Ya en 1690 John Locke decía que las ideas complejas se forman en nuestra mente combinando ideas simples. Podemos tener un conjunto de ideas (simples o complejas) y ver cómo se relacionan y, cuando somos capaces de separar este conjunto del resto de ideas, conseguimos una idea general, también llamado abstracción.

Abelsson hablaba de “primitivas”, como las entidades más simples de un lenguaje, de “complejificación”, siendo los elementos complejos construidos a partir de otros más simples, y de abstracción, mediante la cual un objeto complejo puede tener nombre y se puede manipular como una unidad. Esta es la esencia de la programación: el programa como un conjunto de instrucciones simples, o primitivas, que crean algo más complejo y, finalmente, la aplicación de la abstracción mediante variables o procedimientos.

El lenguaje de programación Logo surgió en 1968, de la mano de cuatro investigadores del MIT (Danny Bobrow, Wally Feurzeig, Seymour Papert y Cynthia Solomon) que estaban trabajando en Inteligencia Artificial. Nació con la idea de que los alumnos pudieran utilizarlo para construir su propio conocimiento.

Hasta los años 90, se utilizó Logo en el mundo de la educación, tanto en primaria como en secundaria. El resultado que cada programa daba era un dibujo y existía la posibilidad tener un dispositivo adicional, una “tortuga”, que podía pintar en papel el programa resultante.

La gran novedad de este entorno de programación era que, de una manera sencilla, ofrecía “primitivas”, diferentes formas de complejificar los programas a partir de estas “primitivas” y, finalmente, la posibilidad de abstracción mediante variables y, sobre, todo procedimientos. Los maestros se lanzaron a utilizarlo en sus procesos de enseñanza y aprendizaje.

Poco a poco, fue desapareciendo su uso con la evolución multimedia. Aparecieron otros lenguajes y entornos como Hypercard o Lingo/Director, para finalmente llegar (hoy día) a Scratch u otros dialectos de Scratch como Snap, que se utilizan en escuelas, clubs o incluso en casa, con una amplia comunidad de usuarios/as por todo el mundo.

Programar y, además, manipular

A finales de los 80, Seymour Papert introduce el construccionismo. En una conferencia para profesores japoneses en 1980, declara: “Enseñar es importante, pero aprender lo es mucho más. Y el construccionismo significa ‘dar a los niños cosas que hacer para que puedan aprender haciendo mucho mejor de lo que lo hacían antes’”.

El construccionismo para Papert es dotar a los estudiantes de medios para manipular sus propios artefactos digitales y aprender utilizándolos. Pueden ser programas o pueden ser objetos. Es la evolución lógica de Logo.

A finales de los 80, Papert y Resnick, junto a otros investigadores del MIT, sacaron adelante el proyecto Lego Mindstorms, lo que supuso el inicio de la Robótica Educativa, con la aparición a finales de los 90 del primer robot Lego Mindstorms comercial (RCX) “apto para la escuela”.

Trabajar con robótica educativa refuerza el pensamiento formal hipotético deductivo de los estudiantes. Tienen que utilizar lenguajes de programación para resolver problemas explorando con sus robots escenarios modelizados que representan el espacio donde deben discurrir las soluciones.

Una profesora de primaria que trabaja con robótica educativa declaró que “es una herramienta motivadora que consigue una mayor atención por parte del alumnado y que ayuda a adquirir o afianzar diferentes contenidos, tanto en matemáticas como en otras áreas que impartimos en el aula: interpretación de textos instructivos, utilización de recursos gráficos en la comunicación escrita, planificación y realización de proyectos, puesta en práctica de estrategias para aprender a aprender…”.

Programar, manipular y fabricar

Arduino surge en 2005 y es una plataforma electrónica programable de hardware libre que permite diseñar artefactos digitales con sensores y actuadores. Es el paso que necesitaba el movimiento maker para poder crear, inventar, construir, objetos programables a mano, de una manera creativa y divertida, y a precios razonables.

La impresión 3D ha favorecido esta cultura maker, término acuñado por Dale Dougherty, y la web está llena de proyectos que se comparten libremente y que cualquiera puede replicar, ampliar o modificar para volver a compartir.

Esta tecnología permite la fabricación de las piezas necesarias para los “inventos” a un precio muy razonable. Y el diseño de una pieza para impresión 3D conlleva una capacidad creativa y de abstracción importante, ya que se manejan otra vez lenguajes formales y es necesario ser capaz de relacionar el uso de esos lenguajes con el producto que se quiere en el espacio 3D.

Estos makers necesitan lugares en los que cualquier creador pueda encontrar los recursos necesarios para sus diseños y realizaciones y también conocer a otros makers para compartir ideas y proyectos. Los fab labs son un ejemplo de espacios locales que favorecen espacios y herramientas de fabricación digital para makers. Incluso las nuevas bibliotecas están incorporándolos en sus instalaciones.

Y en la escuela…

Si desde la escuela, con la colaboración de las familias, la Administración y la sociedad, se unen los tres aciertos de cada uno de estos “hitos” (constructivismo o la capacidad de abstracción que surgió con LOGO, construccionismo o la posibilidad de manipular nuestros propios artefactos que surgió con LEGO, y la posibilidad de hacer cualquier cosa nosotros mismos o la esencia del movimiento MAKER), el resultado podría ser el camino para conseguir una educación acorde con estos movimientos.

El objetivo sería generar aprendizajes auténticos y divertidos, con una participación activa, en entornos reales y en directo. Aprendizajes interdisciplinares y aptos para su uso tanto en la escuela como en el ocio de los jóvenes, con resultados gratificantes, utilizando tecnologías abiertas de última generación y con costes que no supongan una barrera en buena parte de la población.

Johan Cruyff decía : “Demostramos al mundo que puedes divertirte mucho como futbolista, que puedes reír y pasártelo en grande. Yo represento una época que dejó claro que el fútbol bonito es divertido y que, además, con él se conquistan triunfos”. Lo mismo podemos hacer en la escuela.

Opinión | 2 de enero de 2019

Foto: Saul Loeb – AFP

Los mercados finalmente despiertan al hecho de que Trump es presidente

Nouriel Roubini es profesor de economía de la Universidad de Nueva York y uno de los pocos que predijo la Gran Recesión y crisis financiera de 2008.

El presidente de Estados Unidos finalmente ha sacudido los mercados. Si bien los inversores estaban felices de mirar hacia otro lado durante la primera mitad de su mandato, el peligroso espectáculo que se desarrolla en la Casa Blanca ya no puede ser ignorado.

Una de las razones es que, hasta ahora, los inversores habían creído el argumento de que Trump es perro que ladra y no muerde. Estuvieron dispuestos a darle el beneficio de la duda en tanto bajara impuestos, desregulara y siguiera otras políticas favorables al sector corporativo y a los accionistas.

Y muchos confiaron en que, a fin de cuentas, los “adultos en la habitación” contendrían a Trump y se asegurarían de que las políticas de su gobierno no se saltaran los límites de la ortodoxia.

Estos supuestos se vieron más o menos confirmados durante el primer año de gobierno de Trump, cuando el crecimiento económico y la expectativa de mayores ganancias corporativas como resultado de las inminentes medidas desregulatorias y de rebaja de impuestos impulsaron un buen desempeño de las bolsas estadounidenses, cuyos índices subieron más del 20% en 2017.

Pero la situación cambió radicalmente en 2018, y especialmente en los últimos meses. A pesar de un crecimiento de las ganancias corporativas superior al 20% (gracias a la rebaja de impuestos), las bolsas estadounidenses estuvieron la mayor parte del año oscilando sin una tendencia clara, y ahora han iniciado un marcado descenso.

En este punto, los índices generales están en la zona de corrección (es decir, una caída del 10% respecto del máximo reciente) y los que indexan empresas tecnológicas, por ejemplo el Nasdaq, están en la zona bajista (una caída del 20% o más).

2019 será un año complejo

Aunque el incremento de volatilidad de los mercados financieros tiene que ver con inquietudes respecto de China, Italia y otras economías de la eurozona y las principales economías emergentes, la mayor parte de la agitación reciente es atribuible a Trump.

El año comenzó con la aprobación de una imprudente rebaja de impuestos que generó una suba de tipos de interés a largo plazo y le dio un subidón a una economía que ya estaba cerca del pleno empleo. Ya en febrero, el creciente temor a una inflación superior a la meta del 2% de la Reserva Federal de los Estados Unidos provocó el primer episodio de huida del riesgo del año.

Después vinieron las guerras comerciales de Trump con China y otros socios comerciales importantes de Estados Unidos. La inquietud de los mercados por las políticas proteccionistas del gobierno creció y menguó todo el año, pero ahora mismo está alcanzando un nuevo máximo. Las últimas acciones de Estados Unidos contra China parecen augurio de una guerra fría comercial, económica y geopolítica más amplia.

El peor de los escenarios: crecimiento débil y inflación

A esto hay que sumarle el temor a que las otras políticas de Trump tengan efectos estanflacionarios (reducción del crecimiento a la par de mayor inflación).

Al fin y al cabo, Trump planea poner límites a la inversión extranjera directa en Estados Unidos, y ya implementó amplias restricciones a la inmigración, que reducirán el crecimiento de la oferta de mano de obra en un momento en que el envejecimiento de la fuerza laboral y la falta de personal cualificado son problemas en aumento.

Además, el gobierno todavía no ha propuesto un plan de infraestructura que estimule la productividad del sector privado o acelere la transición a una economía verde. Y Trump sigue usando Twitter y otros ámbitos para criticar a las corporaciones por sus prácticas de contratación, producción, inversión y fijación de precios; y lo hace con especial énfasis en las empresas tecnológicas, justo cuando estas se enfrentan a una reacción más general en su contra y mayor competencia de sus homólogas chinas.

Las políticas de Estados Unidos también han afectado a los mercados emergentes. El estímulo fiscal y el endurecimiento monetario generaron subas de tipos de interés a corto y largo plazo y fortalecimiento del dólar. Eso provocó en las economías emergentes fuga de capitales y aumento de deudas denominadas en dólares.

Aquellas que dependen en gran medida de las exportaciones sufrieron los efectos del abaratamiento de las materias primas, y todas las que comercian aunque sea en forma indirecta con China sintieron los efectos de la guerra comercial.

También generó volatilidad la política de Trump para el petróleo. Después de su encarecimiento como resultado de la reanudación de las sanciones estadounidenses contra Irán, los esfuerzos del gobierno para obtener exenciones y obligar a Arabia Saudita a aumentar su producción provocaron un abrupto abaratamiento, que si bien beneficia a los consumidores estadounidenses, es perjudicial para las acciones de las empresas estadounidenses del sector energético.

Además, una excesiva volatilidad del precio del petróleo es mala para productores y consumidores por igual, porque dificulta tomar decisiones razonables en materia de inversión y consumo.

La reforma fiscal favoreció a los más ricos

Para colmo de males, ya está claro que la rebaja de impuestos del año pasado benefició casi exclusivamente al sector corporativo, en vez de trasladarse a una mejora del salario real (ajustado por inflación). Es decir que pronto podría haber una desaceleración del consumo de los hogares, que debilitaría todavía más la economía.

Pero la marcada caída de las bolsas estadounidenses y de todo el mundo durante el último trimestre es ante todo una respuesta a las acciones y manifestaciones de Trump.

Trump vs. la FED

Como si el incremento del riesgo de una guerra comercial total con China (más allá de la reciente “tregua” acordada con el presidente chino Xi Jinping) fuera poco, todavía peores son los ataques públicos de Trump a la Reserva Federal, que inició hace unos meses cuando la economía estadounidense crecía a más del 4%.

En vista de estos ataques anteriores, los mercados se espantaron cuando este mes la Reserva Federal decidió, correctamente, subir los tipos de interés y dar señales de que en 2019 seguirá subiéndolos más gradualmente.

Lo más probable es que la relativa dureza de la Reserva sea una reacción a las amenazas de Trump contra ella. Frente a los tuits hostiles de Trump, el presidente de la Reserva, Jerome Powell, tuvo que dar señales de que el banco central sigue siendo independiente de la política.

Pero entonces llegó la decisión de Trump de “cerrar” amplios sectores del gobierno federal por la negativa del Congreso a financiar su inútil muro en la frontera con México. Eso dejó a los mercados casi en un estado de pánico; y poco después del cierre del gobierno se empezó a hablar de que Trump quiere despedir a Powell, una jugada que puede convertir una corrección en debacle bursátil.

Justo antes del feriado de Navidad, el secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Steven Mnuchin, se vio obligado a emitir una declaración pública para aplacar a los mercados: anunció que en realidad Trump no tiene planes de despedir a Powell, y que la situación financiera de los bancos estadounidenses es sólida, lo que en la práctica puso en primer plano la cuestión de si realmente lo es.

Los mercados también están inquietos por otros cambios recientes en el gobierno, que no afectan necesariamente a la política económica.

Con la salida del jefe de gabinete John Kelly y del secretario de defensa James Mattis ya no quedará ningún adulto en la habitación. Sólo habrá una camarilla de nacionalistas en lo económico y halcones en política exterior dispuestos a cumplir cada capricho de Trump.

Como están las cosas, no puede descartarse el riesgo de una confrontación geopolítica a gran escala con China. En la práctica, una nueva guerra fría llevaría a la desglobalización, al provocar trastornos generalizados en las cadenas de suministro, pero en particular en el sector tecnológico (de lo que el reciente caso de ZTE y Huawei es una señal).

Al mismo tiempo, Trump parece emperrado en debilitar la cohesión de la Unión Europea y de la OTAN en un momento de fragilidad económica y política de Europa. Y la investigación de los vínculos con Rusia del equipo de campaña de Trump para la elección de 2016 que conduce el fiscal especial Robert Mueller pende como una espada de Damocles sobre su presidencia.

Trump se ha convertido en el Dr. Strangelove de los mercados financieros. Como el loco paranoico del film clásico de Stanley Kubrick, está coqueteando con la destrucción económica mutuamente asegurada. Ahora que los mercados ven el peligro, el riesgo de crisis financiera y recesión global es mayor.

Traducción: Esteban Flamini

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Opinión | 2 de enero de 2019

Foto: Tais Gadea Lara

Un modelo de negocio para un mundo sustentable

Paul Polman es CEO de Unilever y miembro del Consejo de Liderazgo de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible.

Los líderes del sector privado deben reconocer que no hay manera de delegar la responsabilidad ambiental o social. Por el contrario, las empresas multinacionales pueden y deben usar sus cadenas de suministro para impulsar el cambio y mejorar la calidad de vida en los mercados donde operan.

En un informe reciente, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático advirtió que sin cambios “rápidos y de amplio alcance” en cuanto a cómo se gestiona la tierra, la energía, los edificios, el transporte y las ciudades, el daño a nuestro planeta podría ser irreversible. El mensaje fue claro: necesitamos un esfuerzo cooperativo a escala global para cambiar nuestra trayectoria. Y la única manera es cambiar la manera en que se hacen negocios.

Es algo que puede sonar desalentador, pero ya hemos elaborado un marco para que sirva de guía en la transición: los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas. Los ODS, adoptados en septiembre de 2015 por 193 países, están destinados a alcanzar un “futuro más sostenible para todos” en 2030 que, por extensión, permita un mejor entorno para los negocios.

Los beneficios son concretos e innegables

La Comisión de Negocios y Desarrollo Sostenible ha estimado que cumplir con los objetivos podría sumar unos 12 billones de dólares y 380 millones de empleos a la economía global para fin de la próxima década.

Con tanto para ganar –y para perder ante la inacción-, el sector privado está empezando a mostrar interés por la conexión entre ganancias y sustentabilidad. Según el último informe de Tendencias Comerciales Responsables de Ethical Corporation, el 69% de los ejecutivos de negocios encuestados dijeron estar integrando los ODS a sus estrategias.

Al mismo tiempo, la cantidad de empresas que reciben la Certificación de Empresa B –que mide el desempeño social y ambiental de una compañía- ha aumentado en los últimos años.

Las finanzas globales también están avanzando hacia la sustentabilidad. Por ejemplo, se calcula que los activos ambientales, sociales y de gobernanza bajo gestión alcanzan los 22 billones de dólares; 82 billones de dólares están comprometidos con los Principios de las Naciones Unidas para la Inversión Responsable; 32 billones de dólares están vinculados al precio del carbono, y hasta el marcado de “bonos verdes” está creciendo exponencialmente. Este impulso importa porque el respaldo del mercado financiero será esencial para lograr la agenda de desarrollo sostenible.

Sin embargo, para sustentar este progreso, las empresas deben reconocer que hasta en una cadena de valor global resulta imposible externalizar la responsabilidad empresarial. Por el contrario, las empresas multinacionales deben utilizar su poder de mercado para impulsar el cambio social.

El ejemplo de Unilever

Consideremos mi empresa, Unilever: 2.500 millones de veces por día alguien en alguna parte utiliza uno de nuestros productos distribuidos a través de una cadena de suministro que incluye más de 80.000 proveedores y casi dos millones de agricultores, que a su vez dan asistencia a comunidades de millones de personas. Esta escala le permite a Unilever contribuir con los ODS y beneficiarse con ellos, precisamente lo que intentamos hacer.

En 2009, introdujimos el Plan de Vida Sostenible de Unilever, un proyecto para impulsar nuestro desempeño social, ambiental y económico.

Los objetivos incluyen fortalecer la salud y el bienestar de más de 1.000 millones de personas; reducir el impacto ambiental asociado con la producción y uso de nuestros productos; y mejorar la vida de millones de trabajadores. Esta estrategia nos ha permitido ser más estratégicos a la hora de identificar los desafíos y oportunidades que enfrenta nuestro negocio.

Al utilizar nuestros recursos y marcas, también hemos abordado desafíos clave para el desarrollo como la desnutrición, el saneamiento y la higiene; el cambio climático y la deforestación; los derechos humanos; la capacitación profesional y la igualdad en el lugar de trabajo. Y hemos hecho todo esto con un retorno de casi el 300% en diez años y un retorno del 19% sobre capital, lo que demuestra que es posible emplear una agenda centrada en el desarrollo que sea fructífera para accionistas e inversionistas.

No estoy sugiriendo que el éxito haya sido fácil, o que nuestro trabajo haya terminado. Si bien me retiraré de Unilever a fines de 2018, confío en que la compañía que he liderado durante más de diez años siga mejorando los procesos comerciales con un ojo puesto en fortalecer la sustentabilidad.

El poder de los mercados

La clave para abordar los desafíos sociales y ambientales del mundo es utilizar el poder de los mercados y construir coaliciones para mejorar la efectividad.

Un buen ejemplo en acción es la Coalición de Alimentación y Uso de la Tierra, una red global de ejecutivos de empresas, científicos, hacedores de políticas públicas, inversores y agricultores que trabaja para transformar los sistemas alimentarios fragmentados y complejos del mundo. Un área clave de interés para esta coalición es la desconexión entre producción y consumo.

Necesitamos más de todo esto; el futuro de la economía global ya no depende de si actuamos o no, sino de cuánto tiempo nos demoramos en hacerlo. A pesar de cierto progreso en los ODS en los últimos tres años, no estamos avanzando lo suficientemente rápido.

Como alguna vez dijo Winston Churchill: “Nunca me preocupo por la acción, sino por la inacción”. Esa sabiduría debería dar forma a nuestra estrategia para los negocios y los Objetivos de Desarrollo Sustentable hoy. El mundo que queremos para nuestros hijos llegará recién cuando elijamos la acción por sobre la indiferencia, el coraje por sobre la comodidad y la solidaridad por sobre la división.

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Opinión | 20 de diciembre de 2018

Las baterías de litio, la llave de las energías renovables y una enorme oportunidad para el desarrollo

Alberto Berrueta Irigoyen es Profesor del Departamento de Ingeniería Eléctrica, Electrónica y de Comunicación de la Universidad Pública de Navarra

Las baterías de litio están en demanda. Sin ellas no hay futuro para la industria de las energías limpias. Y la Argentina, Chile y Bolivia tienen el 70% de las reservas mundiales de litio. 

El funcionamiento del sistema eléctrico tradicional se basa en una generación centralizada mediante grandes centrales, como son las nucleares, hidráulicas, de gas natural y de carbón. Sin embargo, al estar basado principalmente en combustibles fósiles y nucleares, dicho sistema no puede considerarse sostenible.

Esta electricidad se transporta mediante redes de alta tensión hasta los centros de consumo, situados en las ciudades y polígonos industriales, con objeto de producir bienes, desarrollar la actividad de comercios y empresas y suministrar energía a los hogares.

Las energías renovables son herramientas clave que van a permitir un cambio en este paradigma energético. Estas tecnologías rompen con las economías de escala que incentivaban la construcción de grandes plantas de generación eléctrica, permitiendo así la instalación de pequeñas centrales cercanas a los puntos de consumo y reduciendo, de esta forma, la necesidad de redes de alta tensión.

Esta menor necesidad de redes de transporte eléctrico cobra especial relevancia si se tiene en cuenta el notable aumento en el consumo eléctrico que supondrá la inminente llegada de la movilidad eléctrica que, de otra manera, requeriría una importante inversión en redes de transporte eléctrico.

Los desafíos de las renovables

A nivel económico, las renovables ya son competitivas al haber alcanzado un precio inferior a la generación eléctrica convencional, tal y como lo demuestran los 8.737 MW (megavatios) renovables sin prima adjudicados durante el año 2017 en España (noticia aquí y aquí). Superado el reto económico, los siguientes desafíos de las renovables son su almacenamiento y gestión.

La amplia variedad de sistemas de almacenamiento, desde grandes centrales de bombeo hidráulico hasta pequeñas baterías para teléfonos móviles, ofrece un interesante abanico de posibilidades.

En un escenario de generación descentralizada, merecen especial atención los sistemas de almacenamiento locales destinados a conseguir una adaptación perfecta entre la generación local (poco gestionable por ser de origen renovable) y el consumo, que tampoco se puede gestionar al antojo de frentes de nubes o rachas de viento.

Las baterías son la clave

Este es el terreno de las baterías, sistemas de almacenamiento que se pueden instalar en los puntos de la red eléctrica donde sean más necesarios. Existen diversos tipos de baterías, aunque son las de plomo−ácido las más utilizadas hasta hace pocos años debido a su bajo coste.

Recientemente, ha tomado fuerza un feroz competidor del plomo en la fabricación de baterías: el litio, el metal más pequeño y ligero de la tabla periódica.

Las baterías de iones de litio presentan mejores prestaciones que las de plomo−ácido en cuanto a tiempo de vida y eficiencia. La tecnología de las baterías de litio cuenta ya con una trayectoria comercial de casi tres décadas, en la que su espectacular desarrollo ha hecho que las baterías actuales y las que se desarrollaban hace pocos años sólo tengan en común su elemento portador de carga: el litio.

Las primeras baterías de litio se pusieron en el mercado a principios de la década de los 90 y se utilizaban para ordenadores portátiles, teléfonos, etc. El conocimiento adquirido y las mejoras tecnológicas realizadas durante las décadas de los 90 y los 2000, unidos a las posibilidades de abaratamiento detectadas en este tipo de baterías, han hecho que los fabricantes de vehículos eléctricos (bicicletas, ciclomotores, patinetes, coches, autobuses urbanos, etc.) se hayan inclinado, de forma prácticamente unánime, por diferentes tipos de baterías de litio. La curva de aprendizaje y las economías de escala derivadas de esta decidida apuesta están dando lugar a una rápida reducción de costes.

En concreto, la Agencia Internacional de la Energía pone números a esta tendencia. En un estudio publicado en 2017, esta agencia constata una reducción en el coste de fabricación de baterías de litio desde 860 euros por kWh (kilovatio/hora) en 2008 hasta 215 euros por kWh (kilovatio/hora) en 2016, lo que se traduce en una reducción de costes del 75% en solo ocho años.

Esto significa que el coste de fabricación de una buena batería para un hogar (3 kWh) es de 645 euros. El precio de venta suele ser algo más alto, superando normalmente los 2.000 euros.

A día de hoy, desde el sector de las energías renovables se ve a las baterías de litio como la solución para su principal problema: la gestión de la energía generada.

Sin embargo, el coste de estas baterías produce una reducción en la rentabilidad económica de las instalaciones renovables. Por ello, cada vez hay más fábricas de baterías de litio a nivel mundial (entre las que destacan las llamadas gigafábricas), compitiendo por conseguir producir la batería más barata y con mejores prestaciones del mercado.

Se está planteando también una interesante opción que consiste en instalar, en plantas de generación renovable, baterías desechadas de coches eléctricos, cuyo precio es bastante menor que el de una batería nueva, a pesar de que sus prestaciones no sean tan buenas.

En este contexto es fundamental saber seleccionar para cada aplicación la mejor batería que ofrece el mercado, elegir el tamaño más conveniente y gestionarla de tal forma que se le saque el máximo partido, pero sin que ocurra lo que a menudo sucede con las baterías de los teléfonos móviles: el hecho de que, un año después de estrenarlos, la batería ya está en sus últimos días de vida.

Opinión | 19 de diciembre de 2018

Hay que poner la riqueza pública al servicio de la gente y el bien común

Dag Detter es economista y exdirector del Ministerio de Industria de Suecia

La mayoría de los gobiernos posee aeropuertos, sistemas de metro e instalaciones, para no mencionar muchas más propiedades de lo que la gente normalmente piensa.

Según el FMI, los activos públicos del mundo valen al menos el doble del PBI mundial. En lugar de descuidar esos activos, como la mayoría de los gobiernos lo hacen hoy, los países deberían usarlos para generar valor.

Después que terminó la Primera Guerra Mundial, La Habana surgió como una de las ciudades más vibrantes del mundo. Durante la primera mitad de 1920, los crecientes precios del azúcar y un entorno global favorable significaron un flujo de crédito y finanzas hacia Cuba, alimentando la llamada Danza de los Millones.

Pero, como recuerda David Lubin en su libro Dance of the Trillions, la fiesta terminó abruptamente antes de que acabara el año, debido, en gran medida, a las alzas de las tasas de interés norteamericanas, lo que hizo regresar la liquidez a Estados Unidos. La industria azucarera cubana nunca se recuperó.

Considerando que el crédito estadounidense a prestadores no bancarios en los países en desarrollo se ha duplicado con creces desde la crisis financiera global de 2008 –alcanzando 3,7 billones de dólares a fines de 2017-, la experiencia de Cuba debería servir como advertencia.

China, el gran banquero de los emergentes

Pero, para los países en desarrollo hoy, existe una complicación adicional: cada vez más, las finanzas globales no están gobernadas por el Consenso de Washington, que alienta la transparencia y la adherencia a reglas que se aplican a todos, sino más bien por un “Consenso de Beijing” opaco y sesgado.

China hoy es la segunda economía nacional más grande del mundo y el principal proveedor de crédito a los mercados emergentes a nivel global. Así cubrió la brecha que dejaron los acreedores occidentales en retirada. Los términos de este crédito son tan turbios que sólo China tiene información sobre el volumen, el vencimiento y el costo de los préstamos pendientes, que se emiten sobre una base bilateral, muchas veces por razones políticas o estratégicas. En consecuencia, evaluar la sustentabilidad de la deuda es más difícil que nunca.

Existen buenos motivos para creer que muchos países enfrentan serios riesgos. Según el Fondo Monetario Internacional, más del 45% de los países de bajos ingresos están en una situación de crisis de endeudamiento o cerca. Y la agencia de calificación de riesgo Moody’s observa que muchos de los países que China ha elegido para participar en su Iniciativa Un Cinturón, Una Ruta, focalizada en la infraestructura, están entre los más inseguros del mundo desde un punto de vista financiero.

Los países no necesitan estar a merced de prestadores como China. Según el FMI, los activos públicos del mundo valen por lo menos dos veces el PIB global. En lugar de desestimar esos activos, como hacen hoy la mayoría de los gobiernos, los países deberían utilizarlos para generar valor.

Por ejemplo, los balances financieros de Boston indican que la ciudad tiene un patrimonio neto negativo. Pero los activos inmobiliarios totales de Boston en verdad valen casi 40 veces su valor en los libros, porque figuran con su costo histórico. En otras palabras, la ciudad tiene inmensas cantidades de riqueza oculta.

Y Boston no es la única. Las propiedades públicas suelen valer alrededor del 100% del PIB de una determinada jurisdicción, el equivalente de un cuarto del valor total del mercado inmobiliario. Los gobiernos simplemente no toman conciencia de esto, lo que implica inmensos costos de oportunidad.

Con una administración profesional y políticamente independiente, se puede suponer razonablemente que una ciudad podría obtener un rendimiento del 3% sobre sus activos comerciales. Esto representaría un ingreso muchas veces superior al plan de capital actual de Boston.

Los beneficios de armar un fideicomiso con activos públicos

En verdad, para muchas economías, la administración profesional de los activos púbicos podría generar más ingresos anualmente que los impuestos corporativos, aumentando drásticamente la cantidad de financiamiento disponible para inversión en infraestructura.

Esta estrategia ha sido probada particularmente por ciudades asiáticas como Singapur y Hong Kong, que en un momento eran tan pobres como muchas de las ciudades en el Asia en desarrollo hoy, y ciertamente mucho menos prósperas que La Habana en el pasado.

Vale la pena recordar que cuando Singapur alcanzó la independencia a fines de los años 1960, no se podía decir que era un lugar muy prometedor. Por cierto, era más peligrosa y más riesgosa que la mayoría de las ciudades hoy.

En aquel momento, pocos esperaban que Singapur sobreviviera, mucho menos que prosperara. Se suele decir que el primer primer ministro de Singapur, Lee Kuan Yew, dijo (allá por el año 1057) que la idea de un Singapur potencialmente independiente era un “absurdo político, económico y geográfico”.

Sin embargo, logró prosperar, gracias en parte a su decisión poco ortodoxa de destrabar su riqueza pública incorporando carteras de activos en los fondos de riqueza pública, responsabilizando a los gerentes profesionales por los activos comerciales públicos.

Temasek y GIC, los holdings creados por el gobierno, han utilizado herramientas de gobernanza apropiadas tomadas del sector privado para financiar el desarrollo económico de Singapur. HDB, el fondo de vivienda de Singapur, ha otorgado vivienda pública a casi el 80% de los ciudadanos de la ciudad-estado.

El ejemplo de Dinamarca

De la misma manera, en los años 1990, el malestar económico y el alto desempleo obligaron a los líderes de Copenhague a volverse creativos, consolidando la antigua zona portuaria de la ciudad, así como un ex cuartel militar en las afueras de la ciudad, en un fondo de riqueza pública administrado profesionalmente.

Más allá de transformar el distrito portuario de la ciudad en una zona altamente deseable, el fondo permitió que el gobierno construyera un sistema de tránsito, todo sin recurrir a los ingresos tributarios.

De la misma manera, Hong Kong, profundamente consciente de sus propias limitaciones fiscales, encontró una manera de construir un sistema de metro y de trenes del tamaño del de la ciudad de Nueva York sin utilizar un solo dólar de impuestos: desarrolló los bienes raíces adyacentes a sus estaciones.

No hay duda de que depender del capital externo conlleva serios riesgos, especialmente cuando ese capital puede irse rápidamente, como sufrió Cuba en carne propia. Apalancar los activos públicos existentes, en cambio, puede fortalecer las finanzas gubernamentales, impulsar la sustentabilidad de la deuda y mejorar la solvencia, fomentando el desarrollo económico en el largo plazo. No debería hacer falta una crisis para instar a los gobiernos a transitar este camino.

Dag Detter, ex director del Ministerio de Industria de Suecia, es coauthor de The Public Wealth of Cities: How to Unlock Hidden Assets to Boost Growth and Prosperity.
© Project Syndicate 1995–2018

Opinión | 18 de diciembre de 2018

El hambre aumenta por tercer año consecutivo por el cambio climático

Jessica Eise es la autora del influyente libro Cómo alimentar el mundo y Kenneth Foster es experto en la economía de producción agrícola

El número total de personas que se enfrentan a la escasez crónica de alimentos ha aumentado en quince millones desde 2016 y el gran culpable es el calentamiento global.

Actualmente, alrededor de 821 millones de personas se enfrentan a la inseguridad alimentaria, cifras que alcanzan el mismo nivel que hace casi una década. El informe indica que la situación está empeorando en América del Sur, en Asia Central y en la mayoría de las regiones de África.

También destaca un preocupante aumento de casos de anemia entre las mujeres en edad reproductiva. Esta condición afecta a una de cada tres mujeres del mundo, con consecuencias para su salud y desarrollo, así como para el de sus hijos.

Entre 2005 y 2014, la desnutrición mundial disminuyó, pero el ritmo de descenso fue cayendo de forma continuada. Hace varios años se detuvo por completo, y el hambre en el mundo empezó a ascender de nuevo.

Entre los factores que llevaron a este retorno se encuentra el cambio climático.

Si bien la malnutrición y la inseguridad alimentaria empiezan en el ámbito familiar, el hambre es un problema de todos. El daño provocado por la hambruna en las comunidades puede generar inestabilidad local y conflictos que se extienden más allá de las zonas afectadas.

Por ejemplo, la sequía y las malas cosechas en Centroamérica son algunas de las causas de la inmigración en la frontera con EEUU.

Fuente: The Conversation

Clima, tiempo y cosechas

Las causas de la inseguridad alimentaria son complejas y están interrelacionadas. En nuestro libro, How to Feed the World (Cómo alimentar al mundo) –una colección de ensayos de investigadores destacados–, analizamos los desafíos más urgentes.

Entre ellos, el cambio climático aparece como un problema preocupante que influye en todos los demás.

El clima de la Tierra ha pasado por períodos glaciales desde el origen de los tiempos. Sin embargo, en los últimos cincuenta años, las cosas han cambiado. Las temperaturas globales medias han aumentado de forma cada vez más rápida, con nuevas máximas registradas en 2014, luego superadas en 2015 y de nuevo en 2016.

El cambio climático también está aumentando la gravedad y la frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos, como fuertes tormentas y sequías.

En consecuencia, algunas regiones del mundo se están volviendo más húmedas, como el norte de EEUU y Canadá, mientras que otras se están volviendo más secas, como el suroeste de EEUU. En el Medio Oeste del país los episodios de fuertes lluvias aumentaron en más de un tercio entre 1958 y 2012.

La agricultura es una de las industrias más expuestas y vulnerables al cambio climático. Los cultivos y el ganado son extremadamente sensibles a las temperaturas y a las precipitaciones. Una helada tardía en primavera puede ser devastadora y una ola de calor en la época de floración puede provocar que las cosechas se reduzcan bruscamente.

En resumen, la agricultura es la industria de “ricitos de oro”. El clima no debe ser ni demasiado cálido ni demasiado frío, y las precipitaciones deben ser “solo las adecuadas”.

Producir alimentos suficientes para todos los habitantes del planeta depende en gran medida del clima. Esto significa que no será posible frenar la hambruna sin adaptarse al cambio.

La importancia de la investigación agrícola

El cambio climático provoca que la información generacional e histórica sobre la agricultura sea menos valiosa. Lo que antes funcionaba quizás ya no se pueda poner en práctica en un clima alterado.

Cuando el conocimiento histórico ya no funciona, los agricultores tienen que confiar en otras fuentes de información, como meteorólogos, agrónomos y otros científicos, así como en el desarrollo de nuevas tecnologías sostenibles.

Los agricultores de las economías más avanzadas ya dependen totalmente del conocimiento científico, en el que muchas veces intercede el sector privado o los servicios de extensión locales.

Sin embargo, los agricultores de los países más pobres, que en muchos casos sufrirán los impactos más graves, casi nunca tienen acceso a este conocimiento y solo representan el 3% del gasto mundial en investigación agrícola.

Sin inversiones para compartir los descubrimientos de las investigaciones, muchos avances de los países más ricos no se trasladarán a los países pobres.

La influencia generalizada del cambio climático

El cambio climático también agudiza otras necesidades de la producción global de alimentos.

Pongamos como ejemplo el papel crucial del agua: solo el consumo de carne representa aproximadamente un 22% del uso global de agua, y esta necesidad aumentará en un planeta más cálido.

El cambio climático también altera los patrones de lluvias: en algunos lugares no tendrán agua suficiente para cultivar, mientras que en otros quizás llueva en un mal momento, con poca frecuencia, o en episodios de fuertes lluvias más prolongados.

Incluso los factores aparentemente dispares, como el comercio internacional, se ven afectados, con repercusiones importantes para la seguridad alimentaria. A medida que el cambio climático genera cambios permanentes en la geografía de las zonas de producción agrícola de todo el mundo, el comercio internacional surge como un importante mecanismo de resiliencia para reducir el hambre y mejorar el acceso equitativo a los alimentos.

Por ejemplo, en 2012, una ola de calor y una sequía causaron importantes pérdidas en las cosechas de maíz de EEUU. Los productores del hemisferio sur se adaptaron a este déficit, lo que permitió controlar la subida de los precios en Estados Unidos. Esto solo fue posible gracias al comercio internacional.

Una respuesta efectiva al cambio climático también será clave para avanzar en muchos otros retos relacionados con la seguridad alimentaria, como frenar la pérdida de alimentos, mejorar la nutrición o promover sistemas de producción sostenibles.

Los países productores de alimentos necesitarán políticas creativas y nuevas tecnologías para enfrentarse a estos retos con éxito.

Adaptarse a las nuevas condiciones

Se prevé que en 2030 el cambio climático llevará a más de cien millones de personas a una situación de extrema pobreza. Adaptarse al cambio climático es una de las claves para combatirlo, y la tecnología puede ayudar.

Por ejemplo, la agricultura de precisión puede aprovechar los ordenadores, los sistemas de posicionamiento global, los sistemas de información geográfica y los sensores para proporcionar los datos necesarios para darle a cada pequeña parcela de terreno exactamente lo que necesita.

También se está generando interés en el uso de la tecnología tradicional del cultivo de cobertura para mitigar el impacto del cambio climático.

Con la aparición de la nanotecnología, podemos hacer mediciones a una escala menor, incluso “nano”, como mejorar el uso de los fertilizantes y pesticidas.

Al colocar productos químicos en pequeñas cápsulas o en geles, se puede controlar cuándo y cómo utilizar esos productos para que sean más efectivos, al tiempo que se reducen las emisiones de sustancias químicas y los vertidos.

Pero al final, todo depende de cada uno. Las personas deben ejercer su poder social para mitigar el cambio climático pues a todo el mundo le importa la seguridad alimentaria del futuro.

Opinión | 14 de diciembre de 2018

Huawei, el celular low cost al centro de la guerra comercial entre China y EE.UU.

Jeffrey D. Sachs es economista de Harvard y director del Centro de Desarrollo Sostenible en la Universidad de Columbia. The New York Times lo describe como “probablemente el economista más importante del mundo”.

El conflicto de la administración Trump con China tiene poco que ver con los desequilibrios externos de Estados Unidos, los mercados chinos cerrados o incluso el supuesto robo de propiedad intelectual de China. Tiene todo que ver con contener a China al limitar su acceso a mercados extranjeros, tecnologías avanzadas, servicios bancarios globales y quizás incluso universidades de los Estados Unidos.

El arresto de Meng Wanzhou, directora financiera de Huawei, es una peligrosa jugada del gobierno del presidente estadounidense en su creciente conflicto con China. Si (como supuestamente dijo Mark Twain) muchas veces la historia rima, nuestra era recuerda cada vez más al período anterior a 1914. Igual que las grandes potencias europeas de entonces, Estados Unidos, gobernado por una administración decidida a afirmar el dominio estadounidense sobre China, está empujando al mundo hacia un desastre.

El contexto del arresto es sumamente importante. Estados Unidos pidió a Canadá arrestar a Meng en el aeropuerto de Vancouver, donde se hallaba en ruta a México desde Hong Kong, y extraditarla a Estados Unidos. Esa jugada es casi una declaración de guerra de Estados Unidos contra la comunidad empresarial china.

Casi sin precedentes, expone a los empresarios estadounidenses que viajan al extranjero a un riesgo mucho mayor de que otros países tomen con ellos medidas similares.

No es común que Estados Unidos arreste a altos directivos de empresas (estadounidenses o extranjeros) por delitos presuntamente cometidos por las compañías a las que pertenecen; sí lo es que sean arrestados por presuntos delitos personales (como malversación, soborno o violencia).

Es verdad que los directivos deberían ser responsables (incluso penalmente) de las transgresiones de sus empresas, pero comenzar esta práctica con una importante empresaria china, en vez de empezar con los numerosos directores ejecutivos y financieros estadounidenses culpables de actos de esa naturaleza, es una sorprendente provocación contra el gobierno, la comunidad empresarial y el pueblo de China.

El arresto es una excusa de Trump

A Meng se la acusa de violar las sanciones estadounidenses a Irán. Pero hay que analizar su arresto en el contexto de las numerosas empresas (estadounidenses o no) que han violado sanciones de Washington contra Irán y otros países. Por ejemplo, en 2011, JP Morgan Chase pagó 88,3 millones de dólares en multas por violar sanciones de Estados Unidos contra Cuba, Irán y Sudán. Pero a Jamie Dimon no lo bajaron a la fuerza de un avión para ponerlo bajo custodia.

Y además, JP Morgan Chase no es la única empresa que haya violado sanciones estadounidenses. Desde 2010, las siguientes grandes instituciones financieras pagaron multas por ese motivo: Banco de Moscú, Banco de Tokio-Mitsubishi, Banco do Brasil, el Banco Nacional de Abu Dhabi, el Banco Nacional de Pakistán, Bank of America, Bank of Guam, Barclays, BNP Paribas, Clearstream Banking, Commerzbank, Compass, Crédit Agricole, Deutsche Bank, HSBC, ING, Intesa Sanpaolo, JP Morgan Chase, PayPal, RBS (ABN Amro), Société Générale, Standard Chartered, Toronto-Dominion Bank, Trans-Pacific National Bank (ahora llamado Beacon Business Bank) y Wells Fargo.

Ninguno de los directores ejecutivos y financieros de estos bancos infractores fue arrestado y puesto bajo custodia por esas infracciones. En todos los casos, se consideró responsable a la empresa, no a un directivo individual. Tampoco se los hizo responsables de las numerosas infracciones cometidas antes o después de la crisis financiera de 2008, por las que, según un cálculo reciente, los bancos pagaron la asombrosa suma de 243 000 millones de dólares en multas.

En vista de este historial, el arresto de Meng constituye un sorprendente desvío respecto de lo habitual. Sí, que los directores ejecutivos y financieros rindan cuentas, pero empecemos por casa, para evitar la hipocresía, la conducta interesada disfrazada de altos principios y el riesgo de incitar un nuevo conflicto global.

Trump apunta a debilitar la economía china

Es bastante evidente que la acción estadounidense contra Meng es en realidad parte de un intento más amplio de la administración Trump de debilitar la economía china, apelando para ello a aranceles, cierre de mercados occidentales a las exportaciones chinas de alta tecnología y a evitar la compra china de empresas tecnológicas estadounidenses y europeas. No sería exagerado decir que es parte de una guerra económica contra China (y muy imprudente, por cierto).

Huawei es una de las empresas tecnológicas más importantes de China, lo que la convierte en uno de los blancos principales del intento de la administración Trump de frenar o detener el avance de China en varios sectores de alta tecnología.

Las motivaciones de Estados Unidos en esta guerra económica son en parte comerciales (proteger y favorecer a empresas estadounidenses rezagadas) y en parte geopolíticas. No tienen nada que ver con la defensa de la legalidad internacional.

La tecnología 5G está al centro de la disputa

Estados Unidos ha puesto a Huawei en la mira sobre todo por el éxito de la empresa en la comercialización mundial de tecnologías 5G de avanzada; afirma que plantea un riesgo de seguridad concreto porque tiene herramientas de espionaje ocultas en su hardware y software. Pero el gobierno estadounidense no ha dado pruebas que sustenten esta afirmación.

En este sentido, es reveladora una reciente diatriba contra Huawei aparecida en el Financial Times. Tras conceder que “en TIC no puede haber pruebas concretas de interferencia, a menos que uno tenga la suerte de encontrar la aguja en el pajar”, el autor se limita a afirmar que “no se puede correr el riesgo de poner la propia seguridad en manos de un potencial adversario”.

Dicho de otro modo, aunque no podemos realmente señalar una conducta inapropiada por parte de Huawei, de todos modos debemos poner a la empresa en la lista negra.

Cuando las normas del comercio internacional obstaculizan las tácticas mafiosas de Trump, entonces según él son las normas las que tienen que cambiar. Es lo que admitió el secretario de Estado Mike Pompeo en Bruselas la semana pasada, cuando declaró: “Nuestra administración está abandonando o renegociando legalmente tratados, acuerdos comerciales y otros esquemas internacionales desactualizados o perjudiciales que no sirven a nuestros intereses soberanos o a los intereses de nuestros aliados”. Pero incluso antes de salir de estos acuerdos, el gobierno de Trump los está destruyendo con acciones imprudentes y unilaterales.

El inédito arresto de Meng es incluso más provocador porque se basa en sanciones extraterritoriales de los Estados Unidos, es decir, en la afirmación de que Estados Unidos puede ordenar a otros países que dejen de comerciar con terceros, como Cuba o Irán. Pero sin duda Estados Unidos no toleraría que China o cualquier otro país les diga a las empresas estadounidenses con quién pueden o no pueden comerciar.

La fiscalización de sanciones referidas a actores no nacionales (por ejemplo, sanciones estadounidenses a una empresa china) no debería quedar en manos de un solo país, sino del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a través de acuerdos alcanzados en su seno.

En ese sentido, la Resolución 2231 del Consejo de Seguridad exhorta a todos los países a eliminar las sanciones contra Irán, como parte del acuerdo de 2015 sobre el programa nuclear iraní. Pero ahora Estados Unidos (y sólo Estados Unidos) niega la competencia del Consejo de Seguridad en estos temas. La administración Trump, no Huawei ni China, es la mayor amenaza actual a la legalidad internacional y con ella a la paz mundial.

Traducción: Esteban Flamini

Jeffrey D. Sachs es profesor de Desarrollo Sostenible, profesor de Gestión y Política Sanitaria y director del Centro de Desarrollo Sostenible en la Universidad de Columbia. También es director de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.
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Opinión | 13 de diciembre de 2018

Dejar de comer carne no va a salvar el planeta

Frank M. Mitloehner es Profesor de Ciencias Agropecuarias de la Universidad de California y es considerado uno de los expertos más influyentes en el estudio del impacto medioambiental de la industria ganadera. 

El impacto del cambio climático en nuestro planeta es alarmante. A medida que los efectos nocivos se han intensificado, la carne se ha convertido en un objetivo público. Cada día más gente aboga por comer menos carne para salvar el medio ambiente. Algunos activistas, incluso, proponen poner un impuesto a la carne para reducir su consumo.

Argumentan que la producción genera más gases de efecto invernadero que todo el sector del transporte. Sin embargo, esta afirmación es falsa (como podremos comprobar más adelante), pero la persistencia de este idea lleva a suposiciones inexactas en relación con el consumo de carne y el cambio climático.

Mi investigación se centra en analizar las formas en que la agricultura animal afecta a la calidad del aire y al cambio climático. En mi opinión, existen muchas razones para optar bien por consumir proteínas animales o bien por elegir un menú vegetariano. Sin embargo, renunciar a la carne y sus derivados no es la panacea para el medio ambiente como muchos nos quieren hacer creer y, llevado al extremo, también puede producir consecuencias nutricionales negativas.

Récord en carne y gases de efecto invernadero

Gran parte de la mala reputación de la carne se centra en la afirmación de que la ganadería es la mayor fuente de gases de efecto invernadero del mundo. Por ejemplo, un análisis publicado por el Worldwatch Institute de Washington en el año 2009 aseguraba que el 51% de la emisión de GEI (gases de efecto invernadero) en el mundo procedían de la cría y procesado del ganado.

Pero según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, las principales fuentes de emisión de GEI en E.E.U.U. en 2016 fueron la producción eléctrica (28% del total de emisiones), el transporte (28%) y la industria (22%). La agricultura y la ganadería representaron apenas un 9% de las emisiones, cifra a la que la ganadería contribuye con un irrisorio 3,9%. Los números demuestran que la ganadería no se puede comparar con el transporte en términos de contaminación.

¿Por qué se ha llegado entonces a esa conclusión? En 2006, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) publicó un estudio titulado La larga sombra del ganado: problemas ambientales y opciones. El informe, que atrajo la atención internacional, afirmaba que la ganadería producía un asombroso 18% de los gases de efecto invernadero en todo el planeta. La agencia llegó a una conclusión sorprendente: el ganado hacía más daño al clima que todos los tipos de transporte juntos.

Esta afirmación es falsa y fue desmentida por Henning Steinfeld, el autor principal del informe. El error residía en que los analistas de la FAO llevaron a cabo una evaluación integral del ciclo de vida para estudiar el impacto climático de la crianza del ganado, pero a la hora de analizar el transporte emplearon un método diferente.

Para el ganado, la FAO tuvo en consideración todos los factores asociados a la producción de carne, entre los que se encuentran las emisiones generadas por la elaboración de fertilizantes, la conversión de bosques en pastos, el cultivo de pienso y las emisiones que provienen de los animales (eructos y deposiciones) desde su nacimiento hasta su muerte.

Sin embargo, cuando analizaron las emisiones de carbono producidas por el transporte ignoraron los efectos sobre el clima que provienen de la fabricación de materiales y piezas de los vehículos, el ensamblaje de los mismos y el mantenimiento de carreteras, puentes, aeropuertos y otras infraestructuras. En su lugar, solo tuvieron en cuenta las emisiones de coches, camiones, trenes y aviones. Como resultado, la comparación que hizo la FAO de las emisiones de gases de efecto invernadero entre ganadería y transporte estaba completamente distorsionada.

Durante una conferencia dirigida a científicos en San Francisco el 22 de marzo de 2010, señalé el error presente en el informe, lo que levantó una gran polvareda que produjo un importante seguimiento mediático. En un acto que les honra, la FAO reconoció inmediatamente su error, pero desgraciadamente la afirmación inicial de que la ganadería producía el mayor porcentaje de gases de efecto invernadero ya había recibido una gran cobertura por parte de los medios. Todavía hoy luchamos para demostrar que no es así.

En su informe de evaluación más reciente, la FAO estimó que la ganadería produce un 14,5% de los gases de efecto invernadero de las actividades humanas a escala mundial. No existe una evaluación del ciclo de vida completo del transporte con la que se pueda comparar. Sin embargo, tal y como señala Steinfeld, las emisiones directas del transporte se pueden comparar con las emisiones directas e indirectas del ganado, situándose las primeras en un 14%, frente al 5% de las segundas.

Una producción menos nociva

Mucha gente sigue pensando que dejar de comer carne solo un día a la semana influirá en la lucha contra el cambio climático. Nada más lejos de la realidad. Un estudio reciente demuestra que incluso si todos los estadounidenses eliminasen todas las proteínas animales de sus dietas, las emisiones de gases de efecto invernadero del país solo se verían reducidas en un 2,6%. Según los resultados de nuestra investigación en la Universidad de California en Davis, si toda la población de Estados Unidos se sumara a la práctica del Meatless Monday (Lunes sin carne), se apreciaría una reducción de gases de tan solo el 0,5%.

Además, los cambios tecnológicos, genéticos y de gestión que han tenido lugar en la agricultura y la ganadería de Estados Unidos durante los últimos 70 años han hecho que la producción ganadera sea más eficiente y menos nociva para el medio ambiente. Según la base estadística de la FAO, las emisiones directas de gases de efecto invernadero en EE.UU. han disminuido un 11,3% desde 1961, mientras que la producción de carne procedente de la ganadería se ha multiplicado por más de dos.

La demanda de carne está creciendo en las economías emergentes y en vías de desarrollo, con Oriente Medio, el norte de África y el sudeste asiático a la cabeza. Aun así, el consumo de carne por individuo en estas regiones todavía dista mucho del de los países desarrollados. En 2015, la media de consumo de carne anual per cápita en los países con economías sólidas fue de 92 kilogramos, mientras que en Oriente Medio y en el norte de África fue de 24 kilos, reduciéndose hasta los 18 en el sudeste asiático.

En cualquier caso, dado el crecimiento previsto de la población en el futuro, países como Estados Unidos deberán adoptar prácticas más sostenibles para la cría del ganado.

Foto: The Conversation

El valor de la agricultura animal

Si la agricultura estadounidense prescindiera de los animales se reducirían en un grado muy pequeño las emisiones de gases, pero también sería más difícil alcanzar los objetivos nutricionales básicos. Muchos de los críticos con la ganadería señalan que si los agricultores cultivasen plantas únicamente, podrían producir una mayor cantidad de comida y de calorías por persona. Pero los humanos también necesitamos muchos micro y macronutrientes fundamentales para la salud.

Resulta complicado elaborar un argumento acerca del déficit calórico de Estados Unidos, especialmente si nos atenemos a las tasas de obesidad infantil y en adultos del país. Además, no todas las partes de las plantas son comestibles (o apetecibles). La cría de ganado añade valor económico y nutricional a la agricultura vegetal.

Por ejemplo, el ganado consume plantas cuya energía reside principalmente en la celulosa, que no es digerible para los humanos y muchos otros mamíferos, pero las vacas, las ovejas y otros rumiantes pueden digerirla y liberar la energía que contiene. Según la FAO, cerca del 70% de las tierras agrícolas del mundo son dehesas que solo pueden ser utilizadas como tierras de pastoreo para ganado rumiante.

La proyección del crecimiento poblacional a nivel mundial se sitúa en 9.800 millones de personas para el año 2050. Cómo alimentar a una cantidad tan desorbitada de habitantes supondrá un desafío brutal. Los nutrientes por ración de la carne superan a los de las opciones vegetarianas, y los animales rumiantes crecen gracias a alimentos que no son comestibles para los humanos. La cría de ganado, además, supone unos ingresos económicos necesarios para los pequeños agricultores de países en vías de desarrollo: se estima que la ganadería es el sustento principal de mil millones de personas en todo el mundo.

El cambio climático demanda atención urgente, y la industria ganadera genera una gran cantidad de efectos negativos que afectan al aire, al agua y a la tierra. Este impacto, junto con el vertiginoso crecimiento de la población mundial, nos proporciona razones más que de sobra para continuar trabajando en la búsqueda de una mayor eficiencia en la agricultura animal. Personalmente, considero que el punto de partida debe situarse en hechos amparados por la ciencia.

Opinión | 11 de diciembre de 2018

Alcanzar la soberanía energética en el camino hacia la sostenibilidad: el ejemplo europeo

Iñigo Capellán-Pérez es investigador del Grupo de Energía, Economía y Dinámica de Sistemas de la Universidad de Valladolid

Aunque la comunidad científica lleva décadas avisando sobre el rumbo que lleva esta civilización, el margen y el tiempo de acción se agota. No son pocos quienes piensan que incluso se podría haber alcanzado una situación irreversible.

El objetivo es recuperar terreno en aspectos básicos como la alimentación, las finanzas, la información o las comunicaciones. En este contexto, la energía, componente vital para el funcionamiento de nuestra sociedad, no es una excepción. Diversas iniciativas ciudadanas han creado en los últimos años cooperativas de energías renovables.

La energía nos provee de bienes y servicios a costa de elevados impactos ambientales

La energía disponible ha sido, y es, un factor decisivo para el desarrollo a lo largo de la historia de la humanidad. Nuestro actual modelo no escapa a este hecho, y se caracteriza por unos ingentes niveles de consumo energético, responsables de grandes impactos ambientales.

De hecho, el sector energético es actualmente uno de los mayores contribuyentes a la degradación de la biosfera. Como consecuencia, mina de forma irresponsable la base de la que depende nuestro modo de vida.

En este contexto de acuciante crisis ambiental, y teniendo en cuenta el agotamiento de recursos no renovables, será necesaria una gran concienciación social para aceptar los cambios que se avecinan. También para una gestión adecuada –sostenible, eficiente e igualitaria- de los recursos renovables, en la que las personas participen de su gestión, como mostró la nobel de Economía Elinor Ostrom. Transformar los modos de generación, uso y gestión energéticos es necesario (aunque no suficiente) para alcanzar una sociedad sostenible.

Cooperativas de energías renovables y transición energética

Las energías renovables, además de reducir la huella ecológica, ofrecen un gran potencial transformador desde un punto de vista social debido a su modularidad y capacidad de generar energía a nivel local, permitiendo el desarrollo de iniciativas democráticas y participativas.

Las cooperativas tratan de explotar este potencial. Para ello generan y comercializan energías renovables de forma colectiva, lo que promueve un modelo descentralizado de energía, en contraposición al sistema centralizado actual.

Desde los años 1970 han surgido en Europa miles de cooperativas de este tipo, en países como Alemania, Holanda y Dinamarca. En España, este modelo es más reciente y aún minoritario: la primera fue Som Energia, en 2010. Algunas cooperativas centradas en la distribución de electricidad -no solo renovable- sí existían desde hace décadas.

Hoy están en fuerte crecimiento en España. Agrupan a unos 60 000 socios cooperativistas y suministran electricidad a unos 100 000 contratos, como analiza un estudio publicado recientemente centrado en estas organizaciones.

Paradójicamente, la crisis económica ha generado dinámicas virtuosas en el contexto energético estatal. Mostró las grandes deficiencias del proceso de liberalización del mercado de la electricidad, todavía dominado por un número pequeño de empresas grandes tradicionales. También, el problema social de la pobreza energética.

Esto, unido a la politización de las cuestiones energéticas a partir del Movimiento 15M, estimuló la movilización de la población con el objetivo de alcanzar la soberanía energética.

Las cooperativas de energías renovables han surgido en España durante un periodo de hostilidad, por parte del Gobierno, a la introducción de más potencia de generación renovable. Por eso han tenido que aplicar métodos innovadores como la financiación de instalaciones por crowdfunding o mediante “acciones energéticas”.

Estas organizaciones también cooperan y comparten procesos de aprendizaje y experiencias, unidas en una plataforma común “Unión Renovables” con el objetivo de reforzar su posición. Han demostrado también la capacidad de desbordar su propio campo y difundir nuevas ideas a nivel social y político, como el municipal.

Todavía tienen una presencia pequeña en el sistema energético español, pero la replicación del modelo constituye una gran baza para la transición energética sostenible y democrática.

El mito de las energías renovables como únicas responsables del déficit 

Hasta 2010, las energías renovables gozaron de un gran apoyo institucional. España se convirtió en un “paraíso” para la inversión en este tipo de tecnologías, pero en los años siguientes el panorama cambió de manera drástica.

La introducción de barreras a la instalación de renovables fue justificada como una respuesta al sobredimensionado de las primas que estas recibían. Dichas primas fueron responsabilizadas del problema del déficit de tarifa, deuda del estado con las empresas eléctricas, que llegó a alcanzar cifras estratosféricas (26 000 millones de euros en 2013). Este déficit es la diferencia entre los ingresos que las empresas perciben por los pagos de los consumidores y los costes que la normativa les reconoce por suministrar electricidad.

Sin embargo, aunque algunas políticas desarrolladas para promover tecnologías de energía renovable mostraron inconvenientes, no es correcto responsabilizar solo a estas nuevas centrales del déficit de tarifa. De hecho, el desajuste comenzó en el año 2001, cuando la contribución de las renovables era insignificante.

Por otro lado, las primas al régimen especial representaban tan solo una parte del coste total del sistema eléctrico (aproximadamente, el 35 % en el año 2012). Además, no hay que olvidar que sus incentivos también incluían primas sustanciales a recursos no renovables (incineración de residuos o cogeneración, este último a principalmente partir de gas natural fósil).

Por otro lado, el propio diseño del mercado hace que un aumento del suministro proveniente de las renovables tienda a reducir el precio de la electricidad, lo que tiende a compensar el coste de las primas.

Dada la falta de transparencia sobre los costes del sistema, las verdaderas causas del déficit de tarifa no podrán ser identificadas hasta que se realice una auditoría pública, que hasta el momento ha sido rechazada en el Congreso.

El análisis pormenorizado muestra que el relato de que el déficit del sistema fue causado por las subvenciones a las nuevas renovables fue una interpretación interesada, promovida por las empresas tradicionales del sector eléctrico.

Estas empresas, tradicionalmente beneficiadas por la opacidad del sistema energético, habían además invertido poco en renovables y mucho en centrales de gas natural fósil en la década de los 2000, que funcionaban bajo mínimos por la crisis.

Este episodio demuestra que aún son necesarios profundos avances en la transparencia y regulación del mercado energético en España. Solo así podremos avanzar hacia un sistema energético sostenible y democrático.

Iñigo Capellán-Pérez es Investigador del Grupo de Energía, Economía y Dinámica de Sistemas, Universidad de Valladolid

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Opinión | 10 de diciembre de 2018

Foto: Sergio LIMA / AFP

La amenaza a la democracia no es la economía sino la política

Andrés Velasco, ex Ministro de Hacienda de Chile durante el gobierno de Michelle Bachelet, es Decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics and Political Science. 

El reciente giro hacia el autoritarismo en países como Brasil, Gran Bretaña y EE.UU. no es una respuesta a la desigualdades económicas, sino más bien un reflejo del fracaso de la política a la hora de abordar las quejas de la ciudadanía.

El nuevo populismo se suele achacar a una generación o más de salarios medios estancados. En países como Estados Unidos y el Reino Unido, la distribución de ingresos ha empeorado, y el 1% más rico cosecha la gran parte de los beneficios del crecimiento económico.  

La crisis financiera global de 2008 no solo causó mucho dolor, sino que también reforzó la convicción de que Wall Street es enemigo del ciudadano común y corriente. No es sorprendente entonces que la política se haya vuelto tan conflictiva.

Si esta historia resultara correcta, la conclusión en cuanto a políticas sería simple: echar a los políticos que se vendieron a la banca, subir impuestos a los ricos y redistribuir los ingresos de manera más vigorosa. Con esto, el populismo desaparecería más temprano que tarde.

La hipótesis de la inseguridad económica

Pero por muy políticamente atractiva que sea esta versión, no es una buena descripción de la realidad. No se ajusta a los hechos en los mercados emergentes, y es posible que ni siquiera se aplique a Estados Unidos y al Reino Unido.

Poco después de la elección presidencial de 2016 en Estados Unidos, el experto en estadística Nate Silver señaló que Hillary Clinton obtuvo mejores resultados que Barack Obama en 2012 en 48 de los 50 condados con mayor nivel educacional del país. Y Clinton perdió terreno en relación a Obama –un promedio de 11 puntos porcentuales– en 47 de los 50 condados con la escolaridad más baja. “La Educación, No El Ingreso, Predijo Quién Votaría Por Trump”, fue la conclusión.

Desde entonces, se han realizado cientos de regresiones que intentan aclarar qué tipos de personas votaron por Trump o por el Brexit. El título de un importante estudio reciente resume el debate: “La amenaza al estatus, en lugar de las dificultades económicas, explica la votación en la elección presidencial de 2016”. He aquí el título de otro estudio: “Cambio de votación en la elección de 2016: cómo las actitudes raciales y hacia la inmigración, no la economía, explican los cambios en la votación de los blancos”.

La explicación cultural

Y ¿qué pasa en el Reino Unido? Una investigación realizada en la London School of Economics, que examina a 380 autoridades locales, concluye que si bien el nivel educacional y la demografía son predictores confiables de quiénes votaron en junio de 2016 por abandonar la Unión Europea, la exposición al comercio y la profundidad de los recortes presupuestarios no lo son.

Es decir, la hipótesis de la “reacción cultural” parece más convincente que la de la “inseguridad económica”. Y esta conclusión no se limita a Estados Unidos y al Reino Unido. Pippa Norris y Ronald Inglehart, quienes han analizado el desempeño de los partidos políticos en 31 países europeos, concluyen: “En general, encontramos que los indicios más coherentes respaldan la tesis de la reacción cultural”.

Ahora bien, no se necesita la sofisticación de la econometría para notar que más allá de los cómodos confines de América del Norte y Europa Occidental, el populismo de derecha está afectando precisamente a los países cuyo desempeño económico es fuerte –y esto es justo lo opuesto de lo que predeciría la hipótesis de la “inseguridad económica”–. La economía de Turquía ha crecido a una tasa anual del 6,9% desde 2010, y la de Filipinas lo ha hecho al 6,4% en el mismo período. Allí no hay estancamiento económico.

Polonia y Hungría son economías más ricas, de modo que en esos países se esperarían tasas de crecimiento más bajas; así y todo, desde 2010 su PIB anual se ha elevado a aceptables tasas promedio de 3,3% y 2,1%, respectivamente. O, consideremos a la vecina República Checa, donde el desempleo apenas alcanza el 2,3% ­–el nivel más bajo de la Unión Europea– y cuya economía creció el 4,3% en 2017.

El país tiene pocos inmigrantes y no ha sufrido crisis alguna de refugiados. Sin embargo, los partidos populistas obtuvieron el voto de cuatro de cada diez electores en las últimas elecciones generales, un incremento de diez veces en apenas dos décadas.

Más allá de los datos sobre el crecimiento económico, no se puede negar que en estos países la mayor parte de la ciudadanía vive mucho mejor que la generación anterior. En 1995, el salario anual promedio en Polonia era de US$15.800, y hoy es de US$27.000. El aumento en Hungría es similar.

El caso de Brasil es diferente: el país pasó por una enorme recesión en 2025 y 2016, durante el segundo mandato de la presidenta Dilma Rousseff. Sin embargo, anteriormente tuvo políticas fuertemente redistributivas, iniciadas por el socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso y continuadas por Luiz Inácio Lula da Silva. De acuerdo al diario The New York Times, Lula benefició a “decenas de millones de brasileños” con “los programas sociales de su administración”. Hace una década, Obama se refirió a él como “el político más popular de la Tierra”.

La conclusión parece inevitable: lo que da origen a los populistas no son los problemas sino los logros económicos.

Hay un último hecho espinudo que considerar: si la causa estuviera en un aumento de las demandas de redistribución, entonces estaríamos presenciando un incremento en el populismo de izquierda, no de derecha. En efecto, Andrés Manuel López Obrador acaba de lograr una rotunda victoria en México, Syriza todavía gobierna en Grecia, Podemos ha adquirido peso en España, y Nicolás Maduro continúa haciéndole la guerra a su propio pueblo en Venezuela.

Pero lo extraordinario es el éxito de populistas de derecha, desde Trump en Estados Unidos hasta Viktor Orbán in Hungría, desde Matteo Salvini en Italia hasta Jair Bolsonaro en Brasil, y desde Jarosław Kaczyński en Polonia hasta Rodrigo Duterte en Filipinas. Y a pesar de que sus políticas probablemente no mejoren sino que empeoren la distribución de ingresos, estos políticos siguen recibiendo aplausos de parte de los votantes.

El fracaso de la política

No se trata de negar la intensidad de las quejas económicas, ya sea en el norte de Inglaterra, el oeste medio de Estados Unidos, el este de Turquía, o las favelas de Brasil. El punto es que la política dicta la forma en que procesamos la experiencia del éxito o del fracaso económico. Un giro hacia el populismo y el autoritarismo sugiere que la política ha fracasado a la hora de abordar dichas quejas.

Más aún, centrarse exclusivamente en la economía puede conducir a la complacencia: bastaría con sentarse a esperar que la economía se recupere. E intentar combatir el populismo y el iliberalismo alrededor del mundo a través de una mera manipulación de la distribución de ingresos podría constituir solo un nuevo ejemplo de la arrogancia tecnocrática. Estas son tentaciones peligrosas que se debe evitar.

Las elites políticas tradicionales parecen estar cada vez más desconectadas. Su arrogancia –recordemos que Clinton llamó a los partidarios de Trump “un conjunto de deplorables”– no ha ayudado.

Tal vez los votantes detestan el establishment político porque es corrupto (como en Brasil y México), o porque llegó al poder a través de un financiamiento turbio de las campañas (como en Estados Unidos), o porque lleva demasiado tiempo en el poder (como los socialdemócratas en gran parte de Europa y el Partido Popular en España). Los detalles varían, pero el mensaje está claro: los múltiples errores de las elites políticas tradicionales las convierten en el sustento ideal para los populistas antiestablishment.

Por lo tanto, aunque necesitamos cambios económicos, necesitamos cambios políticos aún más. De otro modo, seguirá aumentando el número de votantes que se inclinan por los populistas.

Traducción de Ana María Velasco

Andrés Velasco, excandidato a la presidencia y ex Ministro de Hacienda de Chile, es Decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics and Political Science.

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Opinión | 7 de diciembre de 2018

Julian King: “Cómo garantizar que la revolución digital nos beneficie a todos”

King es el comisionado de la Unión Europea para la Unión de Seguridad, un portafolio que coordina la lucha contra el terrorismo yihadista y la radicalización, el cibercrimen y las fake news

El mundo se está precipitando hacia un futuro digital más descentralizado, caracterizado por vínculos sin precedentes entre personas, datos y objetos. Para aprovechar los beneficios de la innovación, sin crear vulnerabilidades masivas, debemos anticiparnos y abordar las amenazas ahora.

Necesitamos una estrategia que equilibre la necesidad de aprovechar la innovación tecnológica para proteger nuestro futuro económico y la necesidad de evitar crear una enorme vulnerabilidad para la seguridad en el proceso.

La persona que realizó una gran inversión en canales fluviales justo antes de que empezara a funcionar el ferrocarril es digna de compasión. Se puede entender, por ejemplo, que el gestor del Canal de Bridgewater (posiblemente el primer canal de Inglaterra) se opusiese con vehemencia a los planes de la línea ferroviaria Liverpool-Manchester.

Pero el avance de la tecnología no pudo detenerse, como tampoco los nuevos retos que esta planteó. Lo mismo puede decirse hoy de las innovaciones digitales. Cuando finalmente se inauguró la línea ferroviaria Liverpool-Manchester, en 1830, resultó ser un éxito revolucionario que puso en marcha la era del vapor y cambió el mundo en modos totalmente imprevisibles.

Estamos viviendo una revolución de conectividad

Al tiempo que nos adentrábamos en la era del ferrocarril, con la propagación de ramificaciones de vías férreas por todo el mundo en vías de industrialización, se alcanzaba un nuevo nivel de conectividad que los delincuentes no tardaron en aprovechar. En efecto, finalmente hubo que crear una nueva fuerza policial para seguir el ritmo de los tiempos.

Ahora que el mundo está a las puertas de otra revolución de conectividad, sobre todo en términos de infraestructuras que cambiarán radicalmente la manera en que nos conectamos los unos con los otros, no deberíamos pasar por alto las enseñanzas que nos dejó esta experiencia. Y a diferencia de la llegada del ferrocarril, esta revolución no solo afectará al transporte.

Olvidémonos de la Internet de las Cosas. De lo que se está hablando aquí es de la Internet de Todo: un futuro digital más descentralizado, que conecte a las personas, los datos y las cosas como nunca antes.

En términos de seguridad, tenemos que evitar a toda costa quedarnos sentados, por así decirlo, en una barcaza de carga que avanza lentamente por el canal, mientras vemos pasar, a toda velocidad, el tren de las 8.15 con destino a Manchester.

Los desafíos de la revolución

Tenemos que examinar con lupa las vulnerabilidades estratégicas que estas tecnologías traerán consigo y anticipar la manera en que agentes malintencionados podrían tratar de explotar las nuevas infraestructuras digitales en beneficio propio o de utilizarlas como si fuesen armas.

Algunos retos están ya a la vista, como el uso indebido de las redes sociales para difundir desinformación, incluso con herramientas de vanguardia, como los vídeos falsificados de gran calidad y la inteligencia artificial.

Pero, sobre todo, hablamos también de las propias infraestructuras. El despliegue de la quinta generación de la tecnología de las comunicaciones móviles, 5G, plantea un reto particular, puesto que será la espina dorsal de la conectividad global. Esto suscita dudas estratégicas y de seguridad sobre cuestiones como la seguridad y la procedencia de la cadena de suministro.

¿Cómo podemos tener la certidumbre de que los componentes utilizados en las futuras generaciones de la tecnología europea, y no solo la 5G, vayan a ser seguros? La seguridad de la cadena de suministro digital ya dista mucho de ser estanca (véanse, por ejemplo, los recientes informes de empresas que han encontrado misteriosos chips en las placas madre de sus servidores, añadidos, aparentemente, en el momento de su fabricación).

El Gobierno británico ha advertido a las empresas de telecomunicaciones que elijan con mucho cuidado a sus proveedores, mientras que Estados Unidos ha estado contemplando la posibilidad de limitar algunos tipos de inversiones extranjeras directas en tecnologías clave, como las de los semiconductores y la robótica.

La Internet de la confianza

Para asegurar la cadena de suministro de las infraestructuras digitales, necesitamos una mayor transparencia por lo que respecta a la procedencia de los componentes tecnológicos. Mantener una gran diversidad de proveedores es también de crucial importancia.

Además, son necesarias normas y reglas comunes para establecer la fiabilidad de los socios internacionales. Esta es la base de una reciente propuesta que el presidente francés, Emmanuel Macron, presentó en el llamamiento de París a favor de la confianza y la seguridad en el ciberespacio.

Internet, según Macron, se ha convertido en una zona de conflicto en la que agentes malintencionados aprovechan las vulnerabilidades de los productos y servicios digitales. Él propone que Europa cree una Internet de la Confianza, basada en la legalidad y la cooperación. Y yo estoy de acuerdo. Los europeos deben poder seguir disfrutando de su vida en línea con la seguridad de que sus derechos y valores fundamentales, como la libertad de expresión, están protegidos.

La necesidad de acción es urgente, ya que el tren de la tecnología avanza ya por la vía. Por tanto, tenemos que pensar en términos de reducción de los riesgos y asegurarnos al mismo tiempo de que estamos sentando las bases para evitar que en el futuro se repita la situación en la que nos encontramos en la actualidad.

Es cierto que para hacer frente a este enorme desafío tenemos que evitar respuestas miopes, como el proteccionismo y otras medidas que frenan la innovación. Afrontarlo significa medir la escala y el alcance del riesgo, y tomar una decisión verdaderamente estratégica. Para Europa esto significa no solo proteger las cadenas de suministro, sino perseguir inversiones coordinadas a gran escala en nuestras industrias tecnológicas. La Comisión Europea ocupa una posición excepcional para impulsar esta labor intersectorial.

Porque no es demasiado tarde para que Europa proteja su futuro digital. Incluso el propietario del Canal de Bridgewater advirtió finalmente que los tiempos estaban cambiando y realizó grandes inversiones en su rival, la compañía de ferrocarril.

Julian King, ex embajador británico ante Irlanda y Francia, es el comisionado de la UE para la Unión de Seguridad.

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Opinión | 6 de diciembre de 2018

Bernard-Henri Lévy: “Los chalecos amarillos ganaron el primer round. Ahora, ¡a mostrar responsabilidad!”

El filósofo francés e influyente pensador dice que si el movimiento  permite que el odio apasionado se imponga a la fraternidad genuina y eligen el sabotaje por sobre la reforma, sólo generarán caos, no mejoras, en la vida de la gente humilde y vulnerable.

Desde el momento en que el gobierno francés canceló su planeado aumento del impuesto a los combustibles en respuesta a las protestas masivas, resultó evidente que la medida sería percibida como inadecuada, insignificante y, por sobre todas las cosas, incapaz de tener algún efecto tranquilizador. Honor a quien honor merece: los Chalecos Amarillos dicen ser una expresión del pueblo soberano. Pero ahora tienen una gran responsabilidad.

Por empezar, deben anunciar una suspensión de las manifestaciones y bloqueos durante un período lo suficientemente largo como para aceptar el diálogo propuesto por el primer ministro Édouard Philippe, si no más.

En particular, deberían renunciar al tan promovido “Acto IV” del movimiento el 8 de diciembre, que está fermentando en Facebook desde la noche del sábado y que, según todos esperan, será más violento, destructivo y trágico que los capítulos anteriores. Ha habido suficientes muertes, heridas y daño (incluidos algunos de los monumentos más famosos de París).

Si los Chalecos Amarillos deciden que la máquina que han activado los ha superado, y que ya no pueden frenar el Acto IV, deben prepararse durante las protestas para ayudar a la policía a expulsar a los “camisas pardas” violentos que estarán circulando entre ellos.

Atento a los que no quieren diálogo

Porque los saboteadores de la extrema derecha y de la extrema izquierda sin duda reaparecerán para saquear, aterrorizar y profanar; está en los Chalecos Amarillos decir una vez más, esta vez como si realmente estuvieran convencidos: no en nuestro nombre. Si los Chalecos Amarillos declaran una suspensión o siguen protestando, nada beneficiaría más a su causa que disociarse –decisivamente y sin ambigüedades- de todos los especuladores políticos que sacarían provecho de su miseria.

El elenco de oportunistas es muy conocido. Por un lado está Jean-Luc Mélenchon que, habiendo terminado cuarto en las elecciones presidenciales de 2017 superado por Emmanuel Macron, busca desesperadamente nuevos seguidores.

Luego está François Ruffin, el líder el movimiento anti-austeridad Nuit Debout (Despiertos toda la noche), con sus reclamos antirrepublicanos irresponsables de “¡Macron, renuncie!” Y también está Marine Le Pen, que oscila cómicamente entre enorgullecerse o arrepentirse de su llamado a ocupar los Campos Elíseos el sábado pasado, volviéndose así responsable de lo peor de lo que allí se dijo y se hizo.

Y finalmente están los intelectuales que, como Luc Ferry y Emmanuel Todd, sugieren que tal vez no fue “por casualidad” que a los saboteadores les resultara tan fácil acercarse, asaltar y saquear el Arco de Triunfo. Esa retórica tiende la peor de todas las trampas para un movimiento popular: la trampa del pensamiento conspirativo.

El dilema de los líderes de la protesta

En otras palabras, los Chalecos Amarillos están en una encrucijada. O son lo suficientemente valientes como para parar y tomarse el tiempo necesario para organizarse, siguiendo un camino no muy diferente del propio La République en Marche! de Macron que, en retrospectiva, podría parecer el mellizo que nació antes que los Chalecos Amarillos.

El movimiento de Macron también tenía un ala derecha y un ala izquierda. Y sabía que era un nuevo espacio político, involucrado en un diálogo o inclusive en una confrontación que conduciría a una consideración honesta de la pobreza y el alto costo de vida. Si los Chalecos Amarillos construyen un movimiento que crezca a la altura del de Macron, pueden terminar escribiendo una página en la historia de Francia.

O pueden terminar careciendo de esa valentía y conformándose con el placer insignificante de ser vistos por televisión. Se dejarán conquistar hasta intoxicarse con el espectáculo de las luminarias y los expertos de la France d’en haut (la elite francesa) que parecen comer de su mano y aferrarse a cada una de sus palabras.

Pero si los Chalecos Amarillos permiten que el odio apasionado se imponga a la fraternidad genuina y eligen el sabotaje por sobre la reforma, sólo generarán caos, no mejoras, en la vida de la gente humilde y vulnerable. Se internarán a toda velocidad en el lado más oscuro de la noche política y terminarán en el basurero de la historia, donde podrán codearse con esos otros amarillos, los “Socialistas Amarillos” de comienzos del siglo XX del sindicalista proto-fascista Pierre Biétry.

Los Chalecos Amarillos deben elegir: reinvención democrática o una versión actualizada de las ligas nacional socialistas; voluntad de reparar o afán por destruir. La decisión dependerá de la esencia histórica del movimiento –si sus reflejos son buenos o malos y si, en el análisis final, posee coraje político y moral.

De manera que la pelota está en el terreno de los Chalecos Amarillos. Tienen iniciativa, tanta como Macron. ¿Dirán “Sí, creemos en la democracia republicana?” ¿Y lo dirán en voz alta y clara, sin equívocos? ¿O se ubicarán en la tradición del nihilismo paranoico y contaminarán sus filas con los vándalos políticos que Francia todavía produce en abundancia?

Bernard-Henri Lévy es uno de los fundadores del movimiento “Nuevos filósofos”. Sus libros incluyen Left in Dark Times: A Stand Against the New Barbarism, American Vertigo: Traveling America in the Footsteps of Tocqueville, y más recientemente, The Genius of Judaism.

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