Tecnología | 13 de noviembre

El lado positivo de la disrupción digital

Durante gran parte de la historia moderna, la industrialización impulsada por las exportaciones y la riqueza de los recursos naturales fueron vistos como los únicos mecanismos para el crecimiento sostenido en los países en desarrollo. Pero hoy, las nuevas tecnologías están dando a los países más control sobre sus fortunas sociales y económicas.

A menudo la tecnología se presenta como una panacea de los problemas del mundo o una maldición persistente que causa alteraciones y desplazamientos a los más vulnerables, pero históricamente ninguna de estas caracterizaciones es precisa. Desde la máquina a vapor al ordenador personal, los inventos han transformado a las sociedades de maneras complejas. Sin embargo, en su conjunto la tecnología siempre ha creado más empleos y oportunidades económicas que las que ha destruido. Es probable que esta tendencia siga.

Hay razones para ser optimista

¿Por qué mi actitud animada? Porque veo que a mi alrededor los gobernantes están reposicionando sus economías para convertir el cambio tecnológico y la automatización en activos más que pasivos. Como observara hace poco la Comisión Caminos hacia la Prosperidad (Pathways for Prosperity), basada en Oxford, con “optimismo y acción colectiva” las llamadas tecnologías de frontera pueden empoderar hasta a los países más pobres.

Durante gran parte de la historia moderna, la industrialización para las exportaciones y la explotación de recursos naturales se vieron como los únicos mecanismos para un crecimiento sostenido en el mundo en desarrollo. Pero hoy, las nuevas tecnologías y la capacidad de combinarlas con innovaciones pasadas, han dado a la gente más poder sobre sus fortunas económicas.

Por ejemplo, el Servicio de Información de Suelos de África, financiado por la Fundación Bill y Melinda Gates, ha combinado datos de fuente abierta y software de sensores remotos para reducir el coste del mapeo de suelos en un 97%. Esto ha dado a los pequeños campesinos de África nuevas herramientas para tomar decisiones basadas en evidencia sobre sus operaciones, con lo que se aumentan los rendimientos de las cosechas y se reducen los gastos de operación.

De manera similar, en Kenia Twiga Foods está usando tecnologías para optimizar la cadena de suministro, haciendo coincidir los cultivos rurales de frutas y verduras con comerciantes pequeños y medianos de Nairobi. Su enfoque ha ayudado a los agricultores a acceder a mercados más lucrativos, mayor amplitud de consumidores y mucho menores pérdidas y desechos posteriores a las cosechas. La inclusión digital puede ser una potente fuerza, en especial para las mujeres. Go-Jek, un servicio de entrega de comidas y viajes compartidos de Indonesia, ha elevado en un promedio de 44% los ingresos de los conductores al conectar por primera vez a muchos de sus proveedores, por lo general mujeres, a servicios bancarios.

También hay que invertir en educación y salud

No hay lugar a dudas de que para aprovechar al máximo el potencial transformador se requiere invertir más en la gente, en particular en mujeres y niños. Como argumentamos en el Informe Goalkeepers de la Fundación Gates de este año, una mejor atención de salud y acceso a la educación –dos pilares del “índice de capital humano” del Banco Mundial- pueden destrabar la productividad y la innovación, reducir la pobreza y generar prosperidad. Son logros esenciales para la capacidad de los países de alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

Para aprovechar la tecnología también serán necesarias reformas económicas delicadas, mejor infraestructura, instituciones más capaces y estrategias para hacer llegar soluciones digitales a poblaciones marginadas. Algunos países ya están tomando estos pasos. Por ejemplo, Indonesia ha lanzado un ambicioso programa para conectar 100 millones de personas adicionales a la banda ancha, en lo que es un reconocimiento a la importancia que juega la conectividad para impulsar las oportunidades económicas.

Y, sin embargo, para la mayor parte de los países más pobres, los servicios básicos de telefonía e internet siguen siendo prohibitivamente caros. Por ello los gobiernos, donantes y el sector privado deben trabajar en conjunto para crear modelos comerciales y de precios para recuperar costes y, al mismo tiempo, prestar un nivel adecuado de servicios digitales a los consumidores más pobres. Una estrategia de reducción de la pobreza que merece ser explorada es el acceso comunitario a la tecnología.

La asequibilidad no es el único factor que mantiene la tecnología fuera del alcance de los pobres. La brecha digital refleja patrones mayores de discriminación social, especialmente para las mujeres. Donde sea que vivan, tienen cerca de 40% menos probabilidades que los hombres de haber usado la Internet alguna vez, lo que sugiere que las inequidades sociales también generar disparidades en el acceso digital. Es de crucial importancia cerrar esta brecha. Cuando las mujeres tienen acceso a toda la gama de servicios digitales, desde la banca móvil a la telemedicina, suelen ser más pudientes, saludables y mejor educadas.

A medida que las autoridades en los países desarrollados y en desarrollo toman decisiones e invierten en lo que dará forma al paisaje en que se desenvuelva el cambio tecnológico, resulta gratificante verlos dialogar de manera significativa acerca de sus futuros digitales. En tanto y cuanto se incluya en estas conversaciones a ciudadanos que comprenden la tecnología y sus ramificaciones, es posible diseñar soluciones que satisfagan las necesidades de todos y cada uno.

Las tecnologías de vanguardia de hoy evolucionan a una velocidad vertiginosa. Pero con visión de futuro y preparación, el mundo puede ir reduciendo la disrupción que inevitablemente causarán para asegurar un crecimiento duradero e inclusivo. Si coordinamos nuestras inversiones en personas con las que destinamos a la innovación, la nueva “era digital” no dejará a nadie atrás.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Mark Suzman es Director Estratégico y presidente de Política Global y Defensa en la Fundación Bill y Melinda Gates.

© Project Syndicate 1995–2018

Tecnología | 12 de noviembre

Foto: Scott Eisen / AFP

Cómo acercar ciencia y política para mejorar la sociedad de hoy (y de mañana)

El ilustre filósofo español de la primera mitad del siglo XX José Ortega y Gasset aseguró que el progreso de la civilización humana se debe fundamentalmente a dos razones:

  • La democracia, la adquisición de derechos sociales y civiles y el establecimiento y consolidación de instituciones que trasciendan generaciones humanas.
  • La generación del conocimiento en su sentido más amplio y el desarrollo científico y tecnológico.

Para conseguir y mantener lo primero es fundamental la política. Para conseguir y mantener lo segundo resulta crucial la ciencia.

De poner política y ciencia a hablar juntas es de lo que trata

#CienciaenelParlamento, una iniciativa ciudadana independiente nacida el 1 de enero de 2018 en España.

De momento, ha logrado el apoyo de miles de personas y más de 200 instituciones (como la Fundación Cotec y FECYT). También de la Presidencia y de la Mesa del Congreso de los Diputados y de todos los grupos parlamentarios.

Esta semana, el Parlamento ha abierto sus puertas dentro de los actos conmemorativos del 40º aniversario de la Constitución. Científicos y políticos han aprovechado la oportunidad para debatir sobre temas de interés social.

Ciencia para la política: el asesoramiento científico

A menudo, cuando políticos y científicos se reúnen, el debate gira en torno a las políticas para la ciencia. Es decir, sobre el presupuesto con el que cuenta el sistema de I+D+I y cómo debería gestionarse.

Este ejercicio es necesario, pero ya existen numerosas organizaciones que se dedican a él. Por ello, #CienciaenelParlamento se propone trabajar en una dirección complementaria: hablar de ciencia para la política.

El objetivo es que el conocimiento científico se ponga a disposición de los legisladores en torno a temas de interés para la sociedad en general. Inteligencia artificial y big data, prevención del suicidio, enfermedades infecciosas, cambio climático y futuro energético y conciliación son algunos de los temas que se han tratado estos días.

Este asesoramiento científico independiente, neutral y ofrecido por igual a todos los grupos parlamentarios está implantado en parlamentos de países de nuestro entorno desde los años 80. Son las llamadas oficinas de asesoramiento científico y tecnológico, con las que cuentan Reino Unido, Francia, Alemania, Suecia, México e incluso el propio Parlamento Europeo.

Las Cortes Generales en España carecen de una oficina con esas características. Su meta, además de enriquecer las vías existentes por las que el conocimiento llega a los políticos, sería la de abrir otras nuevas y englobarse en el ecosistema internacional de oficinas de asesoramiento científico parlamentario.

Pero, ¿cómo funcionaría esa oficina? ¿Qué utilidad tendría para los políticos? Para responder a estas preguntas hemos llevado a cabo un piloto durante las jornadas #CienciaenelParlamento 2018:

Se están preparando informes breves de evidencias científicas. Estos se están redactando mediante la revisión exhaustiva de cientos de informes, artículos científicos y de decenas de entrevistas a expertos.

Se han organizado debates públicos y reuniones a puerta cerrada entre diputados y científicos.

Para facilitar que la conexión entre ciencia y política sea fluida y constructiva, se requiere del trabajo de técnicos de asesoramiento científico. Estos profesionales con formación científica y habilidades para la comunicación son los mediadores del conocimiento.

Su trabajo consiste en preparar los informes de evidencias y organizar las reuniones. Para ello, tienen que mantener un contacto continuo con los políticos y con los expertos científicos de la academia, la industria, el gobierno y el tercer sector. #CienciaenelParlamento ha formado, entre julio y septiembre, a 24 de estos técnicos.

Las jornadas #CienciaenelParlamento 2018

Los 4 debates públicos del 6 de noviembre en el Congreso de los Diputados han atraído a más de 225 asistentes y han podido seguirse en directo por los canales del Parlamento y por redes sociales. #CienciaenelParlamento fue trending topic nacional. Las 8 reuniones a puerta cerrada del 7 de noviembre han propiciado más escenarios donde profundizar en las relaciones entre ciencia y política.

Estas jornadas han creado un espacio de interacción entre mundos tan diferentes como el de la ciencia y la política con el fin de mejorar la sociedad. La principal sensación vivida por los allí presentes durante estas jornadas ha sido la de consenso.

Consenso en la comunidad científica sobre la necesidad de que este sea un espacio que permita transferir el conocimiento a la gestión pública y, por ende, a la sociedad. Como dice uno de los firmantes de este texto y promotor de #CienciaenelParlamento, Andreu Climent, “aunque la ciencia no es infalible, la toma de decisiones políticas informadas en el conocimiento existente aumenta las posibilidades de acertar”.

Consenso en la comunidad política, en todo el arco parlamentario, sobre la necesidad de una oficina de asesoramiento científico que le ofrezca información veraz y contrastada, señalándole las evidencias, los aspectos en los que todavía no hay unanimidad científica y las lagunas del conocimiento.

Esto mejoraría su actividad parlamentaria y, por lo tanto, su servicio a los ciudadanos. la Presidenta del Congreso, Ana Pastor, consideró crucial que los legisladores tengan “una fuente de información independiente a la que acudir a la hora de legislar, para tener el mejor conocimiento en cualquier materia compleja”.

El resultado fue su compromiso a establecer una oficina científica “antes de que termine esta legislatura”. Estas palabras recibieron el apoyo de políticos de todos los grupos parlamentarios y el respaldo del ministro de Ciencia, Innovación y Universidades Pedro Duque.

Retomando las palabras de Ortega y Gasset, democracia y conocimiento han facilitado el progreso de la civilización humana. Políticos y científicos hemos de comunicarnos hoy para tener los máximos canales de colaboración posibles.

Solo así podremos resolver los retos actuales y futuros, garantizar el progreso del país y, sobre todo, propiciar que las futuras generaciones puedan beneficiarse de las acciones emprendidas hoy.

El asesoramiento científico es solo una de las muchas acciones por acometer para cumplir ese objetivo. Como dijo la química Rosalind Franklin: “La ciencia y la vida ni pueden ni deben estar separadas”.

Lorenzo Melchor, Coordinador de #CienciaenelParlamento, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

@The Conversation

The Conversation
Tecnología | 9 de noviembre

De qué forma Tinder modifica los modos en los que nos relacionamos

Un nuevo documental explora la forma en que Tinder y las apps de citas están provocando mutaciones en nuestro modo de relacionarnos: Swipe: Citas en la era digital (Swipe: Hooking up in the digital era) estrena en HBO esta semana.

Escuchar a Sean Rad, uno de los fundadores de Tinder y CEO de la compañía durante dos períodos, decir que tomó cursos de gerencia y de psicología para desarrollar mejor su app puede resultar inspirador y tranquilizador. O, quizás, un poco aterrador.

En el documental, Rad se presenta como el creador del botón de swipe en Tinder: gracias a este hijo de una familia de inmigrantes iraníes de Los Ángeles, estamos aceptando o rechazando gente con un solo movimiento de nuestro dedo gordo.

A esta altura se ha vuelto una acción tan usual (Tinder sola registra 1,5 millones diarios de swipes) que parece mentira que alguien la haya diseñado.

Pero el documental no te deja con una idea inspiradora o tranquilizadora sobre las aplicaciones de citas (también OKCupid, Grindr, Bumble, Hinge y, aunque no está mencionada en la película, podríamos incluir a happn): te deja con una idea aterradora.

Una imagen de Swipe

Lo que a lo largo de 127 minutos muestra la directora Nancy Jo Sales es la escasa profundidad a la que estas apps llevan nuestros noviazgos, las mutaciones que le dieron a lo que entendemos por “cita”, la gamification que generan en las relaciones (y la ludopatía que nos ensombrece), la fugacidad de nuestra atención a otros humanos e incluso cómo evoluciona una nueva dimensión de los asuntos de género (¿existe alguna chica que, en estas apps, no haya recibido nunca la foto –no solicitada– de un pene?).

“Mi opinión es que debemos mirar las intenciones corporativas detrás de estas aplicaciones”, dijo Nancy Jo Sales en una entrevista. Unos 40 millones de estadounidenses pasan en las apps 10 horas cada semana. “Nunca atribuiría ninguna culpa a los usuarios. Veamos cómo esta industria está configurando nuestra cultura y cuáles son los objetivos de la gente que diseña estas plataformas: el objetivo de estas plataformas es lograr que las personas las utilicen tanto como sea posible”.


Una imagen de Swipe.

En Swiped hay entrevistas con varios de los líderes de la industria, con académicos e investigadores, y con muchísimas personas que swipean a diario. En una parte del documental, Jonathan Badeen, uno de los directivos de Tinder, habla con franqueza sobre el modo en que el diseño de la acción de swipe se inspiró, en parte, en un experimento con palomas y granos realizado por el psicólogo conductual B.F. Skinner. El experimento concluyó que si las recompensas de granos no eran predecibles ni regulares, las palomas se quedaban repitiendo y repitiendo la acción que eventualmente podía conducirlas a esas recompensas.

En una entrevista con RED/ACCIÓN, Didier Rappaport, el creador de happn, decía que su app no está remoldeando los vínculos. Quizás los protagonistas de la industria no lo puedan vislumbrar, pero lo interesante de Swipe es que reflexiona en torno a todo esto.

Han pasado seis años desde que Tinder apareció y las apps de citas ya ocupan el segundo modo en el que las parejas hetero se conocen (y el primero entre las homo). Todo se ha dado tan rápido que aún nadie logra entender por completo de qué se trata… y qué nos espera en el futuro.

Swipe: Citas en la era digital se puede ver en HBO el lunes 12 de noviembre a las 22:00; el martes 13 a las 20:30; el jueves 15 a las 14:30; y el domingo 18 a las 24:00. También estará desde el lunes 12 de noviembre en HBO Go.

Tecnología | 7 de noviembre

La promesa de la Inteligencia Artificial para los países en desarrollo

La tecnología puede revolucionar la entrega de atención médica, ayuda para desastres, educación y servicios financieros, logísticos y empresariales.

Un error habitual de quienes observan las tendencias digitales es suponer que los avances tecnológicos no benefician a los consumidores en países en desarrollo: ya sea poseer el último teléfono inteligente o tener robots de limpieza como “empleados”, el acceso a las últimas innovaciones es una de las diferencias más visibles entre los países ricos y los pobres.

Esta divergencia se ha vuelto aun más pronunciada con la llegada de la inteligencia artificial (IA). Por ejemplo, la inmensa mayoría de los “altavoces inteligentes” (asistentes personales hogareños controlados mediante la voz, como Alexa de Amazon) se comercializa en países ricos. En 2017, más del 80% de los envíos mundiales de estos dispositivos tuvo por destino América del Norte.

El potencial para mejorar la vida de los países en desarrollo

Pero aunque la tecnología puede profundizar la desigualdad global, también tiene potencial para mitigarla. Esto es así porque la Inteligencia Artificial  puede hacer mucho más que controlar electrodomésticos: también puede revolucionar la entrega de atención médica, ayuda para desastres, educación y servicios financieros, logísticos y empresariales en los mercados emergentes.

La IA ya está transformando a países en desarrollo de todo el mundo. En Nepal usan aprendizaje automático para cartografiar y analizar necesidades de reconstrucción después de terremotos. En toda África, tutores artificiales inteligentes ayudan a los estudiantes a ponerse al día con las tareas. Organismos de ayuda humanitaria usan análisis de macrodatos para optimizar el envío de suministros a refugiados que huyen de guerras y otros padecimientos. Y en mi país (la India), pequeños agricultores usan IA para mejorar las cosechas y aumentar las ganancias.

Innovaciones como estas pueden acercarnos al logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas en temas como erradicar la pobreza, poner fin a la desigualdad sanitaria, aumentar la escolarización y combatir el calentamiento global. Pero el mundo apenas está empezando a vislumbrar lo que la IA puede hacer por el progreso humano. Para aprovechar al máximo el poder de la IA al servicio del desarrollo, debemos encontrarle nuevas aplicaciones.

Por ejemplo, con el debido apoyo, los cielos de los países en desarrollo podrían ser surcados por drones para el envío de suministros médicos a hospitales remotos. Ya se está haciendo en las áreas rurales de Ruanda, donde un exclusivo acuerdo de colaboración entre el ministerio de salud y Zipline (una startup tecnológica de Silicon Valley) permite a médicos que trabajan en clínicas de difícil acceso pedir sangre para transfusiones por mensaje de texto: el pedido les llega en cuestión de minutos en paracaídas. Desde el inicio del programa en octubre de 2016, los tiempos de entrega se redujeron a la quinta parte, y fue posible salvar cientos de vidas.

Hay que combatir los miedos

Pero aunque usos innovadores de la IA como estos son impresionantes, no están asegurados. A menos que combatamos los temores (indebidos pero muy publicitados) a que las disrupciones provocadas por la IA sean peores que las ventajas, el increíble progreso que las empresas tecnológicas están logrando en el mundos subdesarrolladose frenará.

Hay diversas formas de evitarlo. Para empezar, las autoridades deben dar pleno apoyo a programas como la campaña “AI for Good” de Naciones Unidas, que busca fomentar un diálogo sobre aplicaciones útiles de la tecnología al trabajo humanitario. Quienes nos dedicamos al desarrollo tecnológico también debemos seguir identificando proyectos, iniciativas, think tanks y organizaciones a los que la cooperación con empresas de IA beneficiaría (como en el caso de Zipline en Ruanda).

Pero ante todo, no es posible un diálogo sobre el desarrollo de la Inteligencia Artificial con fines humanitarios en el que sólo participen organismos de ayuda, entidades de beneficencia y gobiernos: también deben estar presentes quienes invierten en tecnología.

Los emprendedores tecnológicos llevan demasiado tiempo centrados en resolver los problemas del Norte Global, sin prestar atención a las cuestiones generalmente asociadas con los países en desarrollo. Pero la tecnología móvil está generando nuevas oportunidades; y ahora tiene sentido, en lo humanitario y también en lo empresarial, apuntar a soluciones de IA fuera de los países occidentales.

Por eso fundé Rewired, un vehículo de inversión con cien millones de dólares que apoya a empresas embrionarias de IA y robótica dedicadas a la solución de cuestiones sociales importantes. Trabajamos con quienes están a la vanguardia de la percepción artificial (la capacidad de los robots para comprender e interpretar el mundo físico). Hemos invertido en empresas que buscan replicar el sentido humano del olfato, desarrollar prótesis inteligentes económicas y crear máquinas portátiles que sirvan para mejorar los procesos de fabricación.

Nuestro objetivo es financiar tecnologías con potencial para mejorar la calidad de vida en todos los países del mundo. Y creo que esa será la característica unificadora de la IA. Las máquinas que creamos hoy no sólo serán rentables: también nos acercarán a la solución de algunos de los mayores desafíos del mundo.

Traducción por Esteban Flamini

Tej Kohli es un emprendedor, empresario y filántropo del área de la tecnología, y fundador de Kohli Ventures, una empresa de capitales de riesgo centrada en soluciones tecnológicas.

© Project Syndicate 1995–2018

Tecnología | 5 de noviembre

Pierpaolo Barbieri: “El sistema financiero estuvo muy cerrado y sin competencia. Venimos a cambiar eso”

El creador de Ualá es el millennial que quiere revolucionar la manera en la que se hacen las transacciones financieras en la Argentina. La aplicación cumplió un año y ya tiene casi medio millón de usuarios, dos tercios de los cuales nunca tuvieron cuenta bancaria.

El economista e historiador acaba de levantar US$ 34 millones para seguir creciendo, dice que no le asusta la crisis y está apostando crear un proyecto de inclusión financiera para llegar a toda esa gente que no tiene acceso al sistema formal.

Tecnología | 5 de noviembre

Ilustración por Pablo Domrose

Supervisores virtuales: cómo convertir cualquier minuto libre en una changa (y cuáles son los riesgos)

Una app permite a sus usuarios hacer mandados para empresas a cambio de dinero. Funciona de manera parecida a apps como Rappi pero no está pensada para ser un trabajo full time sino para convertir el tiempo libre en una entrada de dinero. A las empresas a su vez les sirve para tener gente que trabaje para ellos en amplios territorios sin necesidad de contratarla.

¿Cómo funciona? Necesito un celular con internet y una cuenta en Mercado Pago. Y algo más, claro: la voluntad para convertir cualquier acción frugal del día a día en una forma de trabajo. La empresa calcula que de acá a dos años estarán facturando 5 millones de dólares por año.

Abro el celular. Me registro. Pongo mis datos y después de algunos pasos estoy sentado en un bar recibiendo misiones. Eso: misiones como si fuera un juego.

La cosa sigue así: tomo una misión. Tengo que ir al kiosco de la esquina y pedir cigarrillos, escuchar la respuesta del vendedor y felicitarlo o reprocharlo según cómo me responda.

Eso, en el mundo pre economía colaborativa, se llamaba ser mistery shopper, o cliente de incógnito. Para muchos, significó por años el trabajo soñado. El imaginario indicaba: te pagan por ir a un hotel cinco estrellas y chequear que efectivamente te traten como los dioses.

Por supuesto, eso sigue existiendo, pero ahora fue bajado a tierra por una app chilena que desembarcó este año en la Argentina y que propone la versión uber del mistery shopper.

Quiero decir, RocketPin (tal es el nombre de la app), se inscribe entre las aplicaciones de la sharing economy que proponen el aprovechamiento del tiempo de manera tal que todo tiempo libre genere un ingreso. Así, uno maneja un Uber los fines de semana si necesita plata extra, otro alquila su casa unos días en Airbnb si se va de viaje, y otro recorre la ciudad en bicicleta haciendo deliverys. Buenos, ahora hay que sumar la posibilidad de hacer misiones para empresas que buscan emisarios en cada rincón del país.

Hay una diferencia, sin embargo: mientras las apps antes nombradas se establecieron como fuente principal de ingresos, Rocket Pin propone un objetivo más modesto: ser apenas un ingreso extra. Es decir, no es que uno vaya a un barrio tal a realizar una misión, sino que estando en determinado lugar uno de pronto puede dedicar diez minutos para completar una misión y ganar unos pesos.

Pero claro, por más simpáticas que se presenten las asignaciones, no dejan de tener sus requisitos. Para saberlos en carne propia, la usamos brevemente. La misión de los cigarrillos era fácil pero suponía una cualidad molesta: estar dispuesto a decirle al vendedor que hizo las cosas mal en el caso de que no responda como describía la misión que debía responder. Dicho en criollo, hay algo de buche. Dicho en términos empresariales: está la exigencia lógica e inmanente de cualquier trabajo.

La app en números

Según informa la propia empresa, se creó con una inversión inicial de 150.000 dólares y luego recibieron inversiones por medio millón de dólares por empresas como Wayra Chile, Wayra Argentina y el fondo argentino Alaya Capital Partners.

RocketPin le cobra a sus clientes, las empresas, de acuerdo al número de visitas que les solicitan. Es una ecuación sencilla: RocketPin calcula cuánto le tiene que pagar a quien realice la misión y le suma un 20% por el trabajo operativo. Las proyecciones de la empresa son vender este año $1 millón de dólares, en el 2019 llegar a los 3 millones de dólares y en el 2020 alcanzar los 5 millones.

La app está en Chile, Argentina y Uruguay y entre sus clientes están CCU, AB InBev, Unilever, Kimberly Clark y P&G, entre otras. Ninguna de ellas tiene un contrato a largo plazo sino que pagan por campañas.

Primeras misiones

Los primeros pasos para ser aceptado como un agente Rocket Pin es hacer misiones desde el teléfono que básicamente son encuestas. Hay que leer atentamente las instrucciones y después responder un multiple choice. Algo así como el examen teórico del registro de conducir. Precio por las primeras encuestas: cero pesos. Requieren muy poco tiempo y son el requisito para pasar a ligas menores.

Uno arranca con puntaje cero. Recién al llegar a los 1000 puntos puede empezar a tomar misiones pagas, que pueden ser ir a un lugar como cliente incógnito, sacar fotos de algo o responder encuestas.

Después de dos misiones teóricas -aunque fuera una pavada, se siente lindo aprobar un examen otra vez- aparece el mercado de tareas más interesante. La primera que tomo: ir a comprar cigarrillos a un kiosco.

Foto: RocketPin

Para realizar una misión como esa hay que estar dentro de una radio de 200 metros del local al que hay que ir. Hay que tener el GPS activado y un teléfono con internet. Ser mayor de 18 años y tener una cuenta de mercado pago. El premio por una misión sencilla son aproximadamente 30 pesos. Las más difíciles (para las que se requiere mayor puntaje), pueden llegar a pagar 200. Es el valor que se empieza a configurar alrededor de este tipo de changas digitales: un repartidor de Rappi suele ganar entre 40 y 60 pesos por entrega, dependiendo de la propina. Las ventajas, claro, son la flexibilidad. La desventaja, no hay a quién reclamar. Es la paradoja del mundo de las apps: en el paradigma de la economía colaborativa, todos juegan para sí mismos.

La mirada de la empresa

Sebastian Bernadette es Jefe de Revenue Management en CCU Argentina (Cervecerías Unidas). Son uno de los clientes principales de RocketPin. “Nosotros usamos la aplicación para auditar la ejecución de precios y promociones en los autoservicios tanto nuestros como de la categoría de bebidas en general”, cuenta.

Los principales beneficios según él son la agilidad y la posibilidad de hacer mediciones y auditorías específicas en distintas zonas y provincias de la Argentina. “La velocidad de implementación es algo diferencial que permite tener una respuesta rápida a un cambio en el mercado”, explica.

La utilidad para la empresa es clara. Ahora bien, ¿qué es lo que le ofrece al usuario de a pie? La respuesta también parece evidente: dinero. ¿Pero vale la pena utilizar cada minuto libre para ganar unos pesos? Por supuesto, no siempre se elige, y menos en tiempos de crisis. ¿Pero cuál es la naturaleza de un trámite? ¿Tiene alma una visita al supermercado? Me pregunto por el verdadero precio de convertir hasta el último resquicio de frugalidad en un método de supervivencia. Porque a veces, digo, no hay mejor paga que la gratuidad.

No obstante, otra vez, las crisis pulverizan el lujo de hacerse algunas preguntas. En Argentina ya hay 45.000 clientes incógnitos registrados en la app. Hay días en que hay 500 misiones para hacer disponibles, y otros en los que hay 5000. Es difícil estimar cuánto dinero se puede hacer por mes. O recargas de celular, el otro método de recompensa que ofrece RocketPin.

Pongamos que lo único que se necesita para ser parte de esta comunidad de supervisores virtuales es tiempo. Pongamos que el tiempo es oro. Quién no lo recuerde bien haría repasar el video en el que Pepe Mujica lo deja claro: “cuando compras algo, no lo compras con plata, lo compras con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener esa plata. Pero con esta diferencia: la única cosa que no se puede comprar es la vida. La vida se gasta, y es miserable gastar la vida para perder libertad”.

Nadie puede discutir que todo rebusque es válido en el país en que vivimos. En ese sentido, bienvenida sea la nueva salida laboral que plantea la aplicación. Un peligro debe ser mencionado, nomás: el riesgo de olvidarse que, como también dijo Pepe, “la felicidad está en ese cachito de tiempo que uno logra para gastarlo en aquellas cosas que a uno le gustan. Ahí eres libre”.

Tecnología | 24 de octubre

Qué es “¡Háblalo!”, la app argentina que le da voz a quienes no la tienen

Está presente en 45 países y la usan más de 40 mil personas con problemas auditivos o dificultades para expresarse verbalmente. La aplicación registra lo que quieren decir los usuarios y le pone voz.  Es gratis, funciona sin conexión y la creó un joven argentino de 19 años, campeón internacional de robótica.

¿Qué es? ¡Háblalo! es una aplicación que les facilita la comunicación a las personas con problemas auditivos o con dificultades para comunicarse verbalmente. Lo que hace es traducir a voz lo que el usuario quiere decir, y luego traducir a texto lo que el interlocutor responde hablando. De esta forma permite desenvolverse en la vida cotidiana a personas con diferentes dificultades de interlocución.

¿Quiénes la pueden usar? Está pensada para que sea una app no solo inclusiva sino también accesible. Es decir, no solo es fácil de usar sino que también es gratis y no necesita de internet para funcionar, ya que en muchos casos los usuarios están en zonas vulnerables y no tienen acceso a una red. Además, para que sea más accesible aún, funciona hasta en teléfonos con seis años de antigüedad.

¿Cómo funciona? Básicamente es un puente entre el usuario y el mundo exterior. La app se baja al teléfono y su uso es intuitivo. Utiliza el mismo traductor de Google para interpretar la voz y pasarla a texto. Para más detalles pueden visitar su web. Respecto al funcionamiento, este video lo explica fácilmente.

¿Quién la inventó? Su creador se llama Mateo Salvatto, un chico de 19 años nacido en Buenos Aires, especialista en programación y campeón internacional de robótica en el 2016 (en el campeonato Robotraffic, organizada por la universidad israelí Technion). No es un proyecto aislado: Mateo creó Asteroid Technologies, una empresa dedicada en su mayor medida a ¡Háblalo! pero con distintos proyectos en carpeta.

¿En qué países está? Según su creador, está presente en 45 países (cada uno en su idioma), y tiene más de 40 mil usuarios. Está en los cinco continentes, pero todavía no logró entrar a China, donde hay muchas restricciones. De todas formas, Mateo expuso su app en una convención en el gigante asiático.

Mapa de los países en los que está presente la app.

Mapa de los países en los que está presente la app.
Tecnología | 24 de octubre

Mi experiencia jugando Fortnite y los valores que no enseña

Dado que Fortnite se ha convertido rápidamente en uno de los videojuegos más populares del mundo —jugado por más de 125 millones de personas— decidí jugar yo mismo en un intento por comprender su atractivo.

Como padre y como polítólogo centrado en la educación y en su efecto en la sociedad democrática, me di cuenta de que el juego parece no enseñar a los niños los valores adecuados respecto a cómo se comportan e interactúan los adultos entre sí. De mi experiencia, salí pensando que el juego alienta a los jóvenes a ser egocéntricos en vez de buenos ciudadanos.

Algunos pueden preguntarse por qué un teórico político desea evaluar el efecto de un videojuego. No obstante, los filósofos políticos —ya en los tiempos de Platón— siempre han reconocido la influencia que los juegos tienen sobre el ámbito político. En el siglo XVIII, por ejemplo, el filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau observó que los juegos establecen hábitos y vínculos que determinan el tipo de actores políticos que los niños llegan a ser.

Por ese y otros motivos, creo que vale la pena examinar seriamente la influencia que podría tener Fortnite en cómo los niños ven a la sociedad y al mundo.

Una educación de Fortnite

Pero primero, hablemos un poco sobre la historia del juego en sí.

En la versión más popular de Fortnite, Battle Royale, nuestro personaje cae a una isla desde un autobús flotante junto a otros jugadores. El objetivo es ser el último superviviente. Se corre a través de bosques, paisajes urbanos y campos, se recolectan armas y pócimas, se mata a los otros jugadores, se construyen estructuras e incluso se puede bailar.

Como pasé varias semanas jugando, puedo asegurar que el juego acelera el ritmo cardíaco, te hace reír, permite la comunicación con otras personas y enseña estrategia, todo ello dentro de un mundo de fantasía.

Un profesor le contó a la revista Education Week que todos sus alumnos “hablan sobre Fortnite” y que el juego “distrae de una forma excepcional” porque los niños que no juegan también quieren ver las partidas de los que sí. Incluso hay algunos padres que contratan a tutores para que ayuden a sus hijos a mejorar sus habilidades en Fortnite.

Se puede jugar en las plataformas de juegos más sofisticadas, así como en los ordenadores y teléfonos móviles que tenemos en casa. Yo mismo jugué utilizando un móvil.

Un popular gamer de Fortnite, Richard Tyler Blevins, también conocido como Ninja, apareció recientemente en la portada de la revista deportiva ESPN. Cientos de miles de personas ven sus partidas y otros tantos juegan en Twitch, una plataforma de retransmisión de vídeos en directo, lo que le permite amasar una fortuna de quinientos mil dólares al mes.

Un hábito que requiere mucho tiempo

Los estudiantes juegan a Fortnite o ven jugar a otros por la noche, durante los fines de semana, en la biblioteca e incluso en clase.

Según una encuesta realizada por la empresa de formación financiera Lendedu, el jugador promedio pasa jugando entre seis y diez horas a la semana y el 7% de los encuestados dice que juega más de 21 horas a la semana. Además, según Lendedu, el jugador promedio gasta unos 85 dólares en el juego.

The New York Times publicó un artículo con consejos sobre cómo criar a un adicto a Fornite. El artículo aconsejaba a los padres que sacaran provecho del juego y que se lo tomaran como una ventaja.

Sin embargo, la pregunta más importante es: ¿cuáles son las consecuencias a largo plazo de criar a una generación de adictos a Fortnite?

Efectos nocivos e individualismo

La sociedad también debería pensar en las consecuencias para la salud de tener niños que juegan a videojuegos violentos durante largos períodos de tiempo.

En 2011, investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Indiana analizaron los cerebros de un grupo de hombres que anteriormente habían estado poco expuestos a videojuegos violentos. Así, la mitad del grupo jugó a un videojuego bélico durante 10 horas a la semana, mientras que el grupo de control no lo hizo. Cuando los investigadores realizaron un nuevo análisis cerebral dos semanas más tarde, descubrieron que el grupo que jugaba a videojuegos violentos mostró menos activación en las partes del cerebro que controlan la emoción y el comportamiento agresivo. Según el investigador principal, Yang Wang, “estos hallazgos indican que jugar a videojuegos violentos tiene un efecto a largo plazo en el funcionamiento cerebral”.

Las personas que juegan a este tipo de videojuegos durante largos períodos de tiempo tienden a desarrollar depresión, ansiedad y disociación de la realidad.

En el libro Glow Kids, Nicholas Kardaras explica que cuando un jugador logra un kill shoot o disparo mortal en este tipo de juegos, su cerebro libera una sustancia química que causa placer llamada dopamina. A su vez, esto hace que los videojuegos sean altamente adictivos.

Ya hay matrimonios en todo el mundo culpando a Fortnite y a otros videojuegos de sus divorcios.

Opiniones alternativas

No debemos apresurarnos a culpar a los videojuegos por los actos violentos que puedan ocurrir, ya que obviamente la mayoría de los niños que juegan a Fortnite no van a representar el juego en la vida real. Los defensores han señalado que Fortnite tiene un aspecto más infantil que otros juegos de disparos tales como Call of Duty o PlayerUnknown’s Battlegrounds. Dicho esto, Fortnite permite cortar a otras personas con un hacha o apuntarles con un arma. Como mínimo, el juego no está enseñando a los jóvenes a resolver posibles disputas mediante el diálogo.

Por último, y más problemático, Fortnite acostumbra a los niños a pensar principalmente en ellos mismos y, como mucho, en su pequeño círculo de amigos.

Cuando juegan a Fortnite, entran en su propio mundo. Para disfrutar al máximo, los jugadores usan auriculares y mantienen sus manos pegadas al teclado y al ratón. A veces hablan con otros jugadores o les envían mensajes de texto. Además, pueden jugar en modo playground, que se parece más a Minecraft que a un juego de disparos. No obstante, cada vez es más frecuente que las personas jueguen solas a la versión Battle Royale, cuyo objetivo es ser el último superviviente en una guerra de todos contra todos.

Amenaza para la democracia

En un artículo de opinión de Education Week se argumentó que jugar a Fortnite “es muy similar a jugar a los soldados en el bosque y a construir fuertes”. Esto es, en mi opinión, falso. Jugar con los amigos en un bosque construyendo cosas reales y usar la imaginación es una cosa. En cambio, jugar solo frente a una pantalla, construir cosas virtuales y manipular imágenes ya confeccionadas es otra totalmente distinta. Uno no tiene que preocuparse por otras personas ni cooperar o hablar con ellas para jugar a Fortnite.

En el libro La democracia en América, el teórico político francés Alexis de Tocqueville advirtió que la mayor amenaza para la democracia es el ‘individualismo’, una disposición a aislarnos de todos los que no pertenezcan a un pequeño círculo de personas con ideas afines.

En Fortnite, la zona de combate se reduce cuando la tormenta te empuja, lo que te acerca a los otros jugadores. De esta forma, se convierte en una metáfora más que apropiada para el juego. Fortnite encoge tu mundo para que solo pienses en tu propia supervivencia y —quizás— en la de algunos miembros de tu pandilla.

Fortnite puede no ser el único videojuego violento que enfatiza el individualismo y la supervivencia. No obstante, dada su popularidad actual y su atractivo para todo el mundo, vale la pena examinar su efecto en los individuos que conformarán la sociedad del futuro.

Nicholas Tampio es Profesor Asociado de Ciencias Políticas de Fordham University.

Foto: Frederic J. BROWN / AFP

Conversation
Tecnología | 22 de octubre

La promesa de la revolución digital para la salud pública

En su reciente y exitoso libro Factfulness, el ya fallecido experto en salud mundial Hans Rosling muestra que horrores tales como los desastres naturales, los derrames de petróleo y las muertes en el campo de batalla siguen una clara tendencia descendente, mientras que la productividad de las cosechas, las tasas de alfabetismo y otros indicadores de desarrollo están en alza. Basándose en hechos y datos comprobados, Rosling sostiene que hay motivos para el optimismo, aunque el mundo parezca cada vez más caótico.

También los hay en el ámbito de la salud mundial, por una sencilla razón. Así como la Revolución Industrial produjo avances trascendentales en medicina, la actual revolución digital nos permitirá mejorar la atención de la salud en modos que hace apenas unos años hubiera sido difícil imaginar.

Los objetivos de las Naciones Unidas son ambiciosos pero alcanzables

Casi todos los países del mundo se han comprometido a cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas, una agenda internacional para la mejora del bienestar de la humanidad y del planeta que es su sostén. En relación con la salud mundial, los ODS apuntan a eliminar las muertes infantiles por causas evitables y las grandes epidemias, y alcanzar la cobertura universal de salud.

Pese a ser sumamente ambiciosos, los ODS son claramente alcanzables. Sólo necesitamos aprovechar las oportunidades ofrecidas por Internet, los dispositivos móviles y otras tecnologías digitales, que ya están ampliando el acceso a la atención médica y mejorando su calidad en comunidades remotas.

Una gran oportunidad mejorar los servicios a lugares remotos

Tomemos por ejemplo la India. Hace unos meses, el gobierno del primer ministro Narendra Modi presentó el “Modicare”, el programa de seguro médico con financiación estatal más grande del mundo, que cubrirá a más del 40% de los 1300 millones de ciudadanos indios. El gobierno apunta a detener el incremento de enfermedades no transmisibles (ENT) como la diabetes y el cáncer, y al mismo tiempo ahorrar a las familias gastos en salud causantes de pobreza. En un país del tamaño de la India, un programa de esta naturaleza depende en gran medida de la tecnología, para conectar a la gente con los servicios sanitarios, almacenar y analizar datos de los pacientes, y evitar errores catastróficos por la mezcla de historiales médicos.

La tecnología digital también habilita el acceso de pacientes en áreas remotas a los profesionales médicos más capacitados. El programa de telemedicina de la Fundación Novartis en Ghana logró que el 70% de las consultas médicas se gestione por teléfono, lo que ahorra a los pacientes trabajosos traslados a centros de atención primaria.

Las tecnologías digitales también están revolucionando la capacitación médica. En regiones aisladas, es común que los trabajadores sanitarios deban hacer largos trayectos a pie para recibir capacitación, e inevitablemente muchos terminan sin la formación que necesitan. Pero ahora los proveedores de atención médica pueden recibir capacitación por medio de teléfonos inteligentes y tabletas. Una de nuestras entidades asociadas, Last Mile Health, creó una plataforma digital enteramente dedicada a la capacitación comunitaria en salud. Estas y otras iniciativas están descentralizando la provisión de atención médica y la capacitación relacionada, y empoderando a los profesionales locales (todo lo cual es esencial para alcanzar la cobertura universal de salud).

No hace falta decir que las tecnologías digitales también impulsarán la próxima ola de terapias revolucionarias. En el campo de los ensayos clínicos, la tecnología de redes sociales mejoró la eficiencia de los procesos de reclutamiento, en tanto que la inteligencia artificial y el análisis predictivo han permitido acelerar la realización de los ensayos.

La gran promesa de la Banda Ancha

Pero de todas las tecnologías del espectro digital, la que producirá algunas de las mejoras más significativas será la banda ancha. En los países de bajos ingresos, el acceso a Internet de alta velocidad puede generar cambios en todos los niveles del sistema sanitario.

Pero la construcción de infraestructuras de banda ancha en países escasos de recursos es un desafío complejo. Muy a menudo, los servicios sanitarios digitales están fragmentados entre diversos organismos estatales, empresas y organizaciones no gubernamentales, lo que lleva a una gran duplicación de esfuerzos y a que se desaprovechen oportunidades de colaboración. Un caso ejemplificador es Uganda, donde en 2012 había tantos proyectos sanitarios digitales incompatibles, que el gobierno tuvo que poner una moratoria temporal a todos ellos.

El Grupo de Trabajo sobre Salud Digital de la Comisión de Naciones Unidas sobre la Banda Ancha, copresidido por la Fundación Novartis, está trabajando con especial énfasis en el uso de la tecnología para mejorar la atención de las ENT. Durante la Asamblea General de Naciones Unidas en septiembre, la Comisión publicó un informe titulado The Promise of Digital Health: Addressing Non-communicable Diseases to Accelerate Universal Health Coverage in LMICs [La promesa de la salud digital: el tratamiento de las enfermedades no transmisibles para acelerar una cobertura sanitaria universal en los países con ingresos bajos y medios]. El objetivo es ofrecer a las autoridades y demás partes interesadas recomendaciones pragmáticas que las ayuden a reimaginar modos de aplicar las tecnologías digitales al tratamiento de las ENT.

Es evidente que los gobiernos deben esforzarse en aumentar la integración interministerial de las iniciativas de salud digital y coordinar el trabajo con entidades privadas y sin fines de lucro en la medida de lo posible. Una colaboración de ese tipo ya se da en lugares como Filipinas, donde hay un comité nacional específico encargado de supervisar diversas iniciativas en digitalización de servicios sanitarios, lo que crea un entorno ideal para la innovación digital.

Pero la tecnología digital no es una panacea, así que hay que elegir bien las prioridades. La primera debería ser dar más importancia a los resultados. En muchos países, a los proveedores sanitarios se los recompensa por las tareas que realizan, no por los resultados finales; esto puede cambiar, con el uso de tecnologías digitales orientadas a los resultados.

Una segunda prioridad es mejorar el alfabetismo en datos. Las tecnologías digitales permiten capturar y analizar datos para extraer conocimiento en todos los niveles, desde la biología individual hasta las pautas mundiales de las enfermedades. Los programas de estudio destinados a proveedores y administradores de servicios sanitarios deberían incluir formación en estadística, gestión de datos y análisis de datos, para que puedan seguir el ritmo de los avances digitales.

Una prioridad final es tener presente que la tecnología digital sólo es valiosa cuando se la usa para mejorar el funcionamiento de los sistemas. Los médicos no deberían pasar más tiempo ingresando datos que atendiendo a los pacientes. Felizmente, cuando se la aplica bien, la tecnología digital ayuda a automatizar el proceso, liberando a los profesionales para que hagan lo que mejor saben hacer.

Han pasado tres años desde que el mundo ratificó los ODS, que incluyen como metas a corto plazo alcanzar la cobertura universal de salud y el acceso universal y asequible a Internet. Los avances recientes muestran que hay motivos para confiar en que lo lograremos, pero eso depende de que sepamos aprovechar la revolución digital en beneficio de todos.

Traducción por Esteban Flamini

Ann Aerts es la directora de la Fundación Novartis. Harald Nusser es director de Novartis Social Business.

© Project Syndicate 1995–2018 | Foto: Jean-Francois Monier – AFP

Tecnología | 19 de octubre

Ojo con enamorarse de la Inteligencia Artificial

Hay una lección en un mito de la antigua Grecia. Quienes advierten sobre los peligros potenciales y las consecuencias no deseadas de la inteligencia artificial y el aprendizaje automático tienen razón al invocar a Pandora y su jarrón de miserias. De hecho, el mito de Pandora es en realidad más apropiado de lo que muchos creen, no por lo que dice sobre la curiosidad ingenua, sino por lo que nos dice sobre la relación de la humanidad con la tecnología.

En los debates sobre las implicaciones de la inteligencia artificial (IA), tarde o temprano alguno evoca el antiguo mito griego de la caja de Pandora. La versión popular moderna del cuento retrata a Pandora como una mujer trágicamente curiosa que al abrir una pequeña urna libera por error todos los males de la humanidad. Como aquello del genio que salió de la botella, el caballo que se escapó del establo o el tren que ya se fue de la estación, el mito de Pandora se ha convertido en un lugar común.

Sin embargo, en los debates sobre la IA y el aprendizaje automático, el cuento de Pandora real es mucho más pertinente de lo que muchos perciben. Nos enseña que es mejor oír a los “prometeicos”, preocupados por el futuro de la humanidad, que a los “epimeteicos”, que se dejan llevar muy fácilmente por la perspectiva de beneficios inmediatos.

Lo que dice el mito

La historia de Pandora es uno de los mitos griegos más antiguos, con primeros registros que datan de hace más de 2500 años, en tiempos de Homero. En el relato original, Pandora no era una muchacha inocente que no puede evitar la tentación de abrir un recipiente prohibido. En cambio, según nos dice el poeta Hesíodo, era una criatura “creada, no nacida”: un androide de apariencia real, hecho por Hefesto (dios de la invención) por encargo del todopoderoso Zeus y según sus crueles especificaciones, que debía comportarse como una cautivante doncella, para tenderles una trampa a los mortales, como manifestación del kalos kakon: “el mal oculto en la belleza”.

El nombre Pandora quiere decir “todos los dones”, y se debe a que todos los dioses aportaron algo a su composición. Una vez salida de la fragua de Hefesto, Hermes escolta a la encantadora “jovencita” hasta la Tierra y se la ofrece como prometida a Epimeteo; la dote que llevaba era la fatídica urna sellada, llena de otros “dones”.

Epimeteo era hermano de Prometeo, el titán rebelde defensor (y según algunos relatos, creador) de la humanidad. Preocupado por la evidente vulnerabilidad de los humanos, Prometeo enseña a hombres y mujeres el uso responsable del fuego y otras herramientas. Pero esto enfurece a Zeus, un despiadado tirano que custodia celosamente su acceso exclusivo a toda tecnología maravillosa. Como castigo, Zeus encadena a Prometeo a una roca y envía a su “dron”, un águila (también creada por Hefesto), para que le coma el hígado.

Por su parte, Pandora había sido pensada deliberadamente para castigar a la humanidad por aceptar el don del fuego recibido de Prometeo. Básicamente un seductor fembot con IA, no tenía padres, ni recuerdos de la infancia, ni emociones de ningún tipo, ni estaba destinada a envejecer y morir. Estaba programada para ejecutar una única misión malévola: ganar aceptación en la Tierra y luego abrir la urna.

La importancia de la previsión

Pero hay más en esta historia. Como nos dice Platón, el nombre Prometeo (“el que piensa antes”) es sinónimo de “previsión”; Prometeo siempre tenía en cuenta el futuro, a diferencia de su despreocupado hermano Epimeteo (“el que piensa después”). Siendo el más racional y justificadamente paranoide de los dos, Prometeo trata de advertir a su hermano para que no acepte el peligroso regalo de Zeus. Pero Epimeteo, fascinado con Pandora, la recibe imprudentemente en su vida. Sólo más tarde se dará cuenta de su terrible error.

De modo que la imagen popular que muestra a Pandora retrocediendo horrorizada mientras un enjambre de males sale de la urna es una creación moderna, lo mismo que la empalagosa imagen de la Esperanza que sale última del recipiente para traer alivio a las almas de los hombres. Las representaciones griegas clásicas muestran a Pandora como un astuto autómata: en su imagen más famosa pintada en una vasija aparece como una joven mujer muy erguida y con una inquietante sonrisa.

Además, en la antigüedad, a la Esperanza se la personificaba como una joven mujer llamada Elpis, considerada por lo general sinónimo de imprevisión. No era una bendición, sino símbolo de la incapacidad de anticipar el futuro o evaluar prudentemente las alternativas; no representaba el optimismo vital sino el pensamiento ilusorio. Y para los griegos era otra manifestación del kalos kakon: un mal hermoso desatado entre los humanos. Por eso al menos un artista antiguo retrató a Elpis/la Esperanza, casi igual que Pandora, con una sonrisita satisfecha.

Ahora que las tecnologías de IA y aprendizaje automático están convirtiéndose a pasos acelerados en “cajas cerradas”, el símbolo de la urna sellada de Pandora adquiere un nuevo significado. Pronto la lógica operativa de los sistemas de decisión basados en IA será inescrutable no sólo para sus usuarios, sino también para sus creadores. Entre otras amenazas, hay un claro riesgo de que los sistemas de IA sean “hackeados” por actores malignos o empleados por terroristas y tiranos.

Las advertencias de Hawkins y Gates

Cuando el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, Andrew McAfee (del MIT), Lili Cheng (de Microsoft) y otros optimistas de la IA nos aseguran que esta tecnología aportará grandes beneficios, es imposible no pensar en Epimeteo y Elpis. ¿Debemos realmente confiar en que la humanidad será capaz de ajustar y solucionar los problemas planteados por la IA conforme surjan?

Parece más prudente prestar atención a modernos pensadores prometeicos como el difunto Stephen Hawking, el fundador de Microsoft Bill Gates y otras 115 importantes figuras del ámbito tecnológico que en 2017 denunciaron la amenaza de las armas robóticas e inteligentes, y advirtieron: “No nos queda mucho tiempo. Una vez abierta esta caja de Pandora, será difícil de cerrar”. Estas inquietudes prometeicas también hallaron eco en Sergey Brin (cofundador de Google) y otros especialistas en ética aplicada a la IA, como Joanna Bryson y Patrick Lin, quienes alertan contra una aceptación irreflexiva de los “dones” de la IA antes de haber concebido el modo de controlarlos.

Encuestas recientes señalan que el optimismo sobre los beneficios potenciales de la IA se redujo considerablemente entre los profesionales del área. Al parecer, la comprensión de cómo funciona la IA se correlaciona con expectativas más realistas. Nuestro manejo del futuro de esta tecnología y de nuestra relación con ella debe guiarse no por la ciega esperanza, sino por la previsión basada en el conocimiento y la experiencia.

Traducción por Esteban Flamini

Adrienne Mayor, investigadora en Clásicos e Historia y Filosofía de la Ciencia en la Universidad Stanford, es becaria Berggruen para 2018‑2019 en el Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Conductuales de dicha universidad, y autora de Gods and Robots: Myth, Machines, and Ancient Dreams of Technology [Dioses y robots: mitos, máquinas y antiguos sueños tecnológicos], que se publicará en noviembre de 2018.

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