Claudia Piñeiro | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 21 de marzo de 2019

Maniobras de evasión, comentado por Claudia Piñeiro

Maniobras de evasión
Pedro Mairal
Emecé

Uno (mi comentario)

Leer a Pedro Mairal siempre me resulta placentero. Sus novelas son de las que más he regalado y recomendado de autor o autora argentino. Pero este libro, Maniobras de evasión, va a parar a otro estante, uno destacado, el que reservo para libros de escritores que hablan de la escritura. Dicho esto, Maniobras de evasión podría parecer un libro de nicho, de esos que sólo leen autores.

Todo lo contrario, este también será un libro que regalaré y recomendaré. Porque si bien Marial se mete con el ser escritor, esa parte del relato no está escindida del ser padre, o ser pareja, o ser hijo. Nos descubre la trastienda de la escritura pero también nos cuenta esa otra parte, todo el mundo que lo completa. Así, el narrador es ese escritor que se levanta por las noches a darle agua a su hijo en un vaso de Dragon Ball Zeta, el que llora porque su madre se ha hundido en el silencio, o el que nos enseña cómo escaparse de los cocteles sin saludar a nadie. Maniobras de evasión es un libro exquisito, de esos a los que uno quiere volver, una larga conversación con un narrador generoso, honesto, con un gran sentido del humor, un observador perspicaz que encuentra las palabras justas.

Dos (la selección)

Hasta acá llegué cuando de pronto apareció mi hijo en el marco de la puerta tomándose lo que quedaba del agua en su taza de Dragon Ball Z. Tengo mucha sed, pa. Me levanté, él me siguió a la cocina y abrimos la heladera. Saqué el botellón y le serví. Mientras se tomaba el agua helada a grandes sorbos, lo miré y lo vi como por primera vez, porque estábamos metidos dentro de un poema breve y simple que decía que a mí me gustaría escribir así, como dándole agua a mi hijo en medio de la noche.

Tres

Se me ocurren varias cosas que me dan vergüenza, por ejemplo: despedirme de alguien con un gran abrazo a la salida de una fiesta y después ir caminando los dos para el mismo lado. Que un mago me elija como voluntario. Los diálogos de ascensor. Salir del cuarto oscuro y poner el voto en la urna. Ganar. Contestar preguntas sobre el oficio de escritor en los períodos en los que no estoy escribiendo. El fútbol. O, mejor, el desinterés por el fútbol. Ese desinterés te vuelve un poco menos argentino, un pocos menos hombre. Yo padecí eso toda la vida. Me hubiese gustado ser parte de la gran hermandad futbolística, poder integrarme a la memoria colectiva de cada domingo y hablar después durante la semana, como los porteros, de vereda en vereda, como los oficinistas, de escritorio a escritorio, burlándose por derrotas y rivalidades, insultándose de esa manera tan colorida y ocurrente. Pero el fútbol siempre me expulsó.

Cuatro

Vuelvo. Ya cae la noche. Estoy cansado. Quiero un dios que tenga culo. Los perros de la Trapa no ladran, me hacen notar Roberto. Vemos el cielo rojo. Tomamos un té y entramos para el último oficio. Éste es a oscuras y es el más largo. Los monjes se congregan frente al vitral de la Virgen. Le cantan. Yo tenía hace tiempo una estampita de la Virgen Desatanudos con una errata. Decía: «Madre, desata los mudos», con eme. Yo no quiero enmudecer como mi madre. Quiero decir y cantar. Podría creer en la Virgen, no en dios que me parece muy abstracto. El vitral de la Virgen es alto y rosado y amarillo. La Virgen sostiene a su hijo con un brazo y en la otra mano sostiene una luz o una flor. Los cánticos se elevan hacia ella. ¿Alguien sabe adónde está mi mamá?

Cinco

Si las cosas pierden su nombre, entonces el límite de las cosas se desdibuja: el plato no tiene nombre, no tiene borde, es una sola cosa con el individual que tampoco tiene nombre. Por eso ella agarra todo para levantarlo, agarra lo levantable, agarra lo individual y lo levanta junto con el plato, para llevar todo a la cocina. Quería hacer un licuado con las frutas que tenía en el plato. Las cosas pierden su nombre y se pegan a las cosas vecinas. Se funden y se confunden.

Seis

Al retirarse de un cóctel conviene no saludar. Puede retirarse en paz. Ir hasta el compacto corazón del cóctel para saludar el anfitrión no sólo sería trabajoso, sino también incómodo para el anfitrión mismo, que puede hasta recibir con alarma (probablemente fingida) la noticia de nuestra partida. Esto sin contar con las múltiples posibles intercepciones en trayecto, esa sucesión de diálogos breves, graciosas y disculpantes, como un viacrucis de simpatía, hasta llegar al centro. La situación incluso se podría repetir al hacer el camino inverso tratando de salir. Por eso lo mejor es irse con un decidido silencio, aplicar el yo y desaparecer, restarse importancia, regalar las valencias sobrantes, transparentarse un poco para irse y aceptar, por fin, la soledad.

Siete

Señor, déjame seguir así, siempre joven. Sigue haciendo envejecer a mis colegas. Haz que echen canas y panzas y peladas. Déjalos volverse solemnes y tomarse cada día más en serio hablando bien de sí mismos en los programas culturales. Déjame estar siempre con la nueva generación, inmortal, enamorado de las poetas y las escritoras más hermosas, aunque nunca me den bola. No permitas jamás que yo diga: «Los nuevos escritores no saben escribir», «hay que ver quiénes quedan con el tiempo.» Y cuando la nueva generación tome el poder, déjalos ir con su gloria, sus fugaces novedades tecnológicas, sus manifiestos amarillos, sus bibliotecas, sus alianzas, sus futuras lápidas de obras completas, su queja de que nunca los canonizaron como corresponde. Déjame hablar siempre de lo que todavía no es considerado literatura y, cuando eso pase a ser literatura, sálvame, y deja entrar a los nuevos, los que se ríen, los que todavía tiene curiosidad. Señor, permíteme habitar en la energía de la constante construcción y deconstrucción del arte.

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