María Sonia Cristoff | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 10 de diciembre de 2018

Un ensayo determinante sobre una fecha definitiva

1917
Martín Kohan
Godot

Comentario y selección de párrafos por María Sonia Cristoff, escritora. Ha publicado narrativas de no ficción -Falsa calma, Desubicados- y novelas -Inclúyanme afuera, Bajo influencia, Mal de época. Da clases en dos universidades. Camina compulsivamente.

Uno (mi comentario)

Siguiendo los pasos ya prefigurados en otro gran libro suyo, El país de la guerra, acá, en 1917, Martín Kohan hace un recorte de lecturas muy preciso a partir del cual va pensando, imaginando, narrando, casi cercando un tema. La fecha consagratoria de la Revolución Rusa, en este caso. Y, entre esas lecturas, hay textos de Gramsci, de Lenin, de las secretarias de Lenin, de Trotski, del guardaespaldas de Trotski. (…)

(Sigue mi párrafo)

(…) No me extiendo en la enumeración porque están todos citados en la página final. ¿Significa esto que van a encontrarse con un listado exhaustivo, con la bibliografía total acerca del tema? No, para nada. Y precisamente ahí radica el gran hallazgo de 1917, que es un libro acerca de la Revolución, sí, o más bien acerca de algunos momentos de algunos de los personajes ligados a la Revolución, pero sobre todo es un libro acerca de los modos en los que un escritor de literatura puede abordar el ensayo como género. ¿Y en qué radican esos modos? ¿En plegarse a la prosa y a la exhaustividad del especialista, cuando no a su aburrimiento? Muy por el contrario. Martín Kohan reafirma un abordaje en el cual es condición indispensable la literatura como práctica constante. ¿Y cómo se evidencia eso en 1917? En los modos más variados: en la desestimación de jerarquías consabidas para elegir los libros con los que se conversará; en el ojo de águila lectora para descubrir, en esos libros, el pasaje exacto a partir del cual desentrañar un dilema personal, una batalla intelectual, un movimiento en el tablero de la contienda política; en el oído para dar con la frase justa, tanto en el libro que se escribe como en el que se lee; en el resto de animismo tan típico entre escritores que permite tratar a los autores que están en la bibliografía como a figuras vivas con las que se entablan diálogos y discusiones con todas las marcas de lo cotidiano. Podría seguir enumerando evidencias, pero prefiero remitirme a la otra condición implícita en este abordaje: la descolocación. Martín Kohan habla de eso –de la descolocación, del fuera de lugar del escritor como paradójico modo de estar en el mundo- en el primero de los párrafos que seleccioné acá y también habla de eso inmediatamente después del último, cuando analiza el momento Breton-echado-del-auto. A través de esa figura del descolocado, Martín Kohan está hablando fundamentalmente de las (im)posibilidades de la literatura frente a la acción, algo a lo que se refiere en el cuarto de los párrafos que siguen. A mí me gusta esa figura para hablar también de lo que en este libro extraordinario subyace: de la descolocación del escritor -frente a la propiedad del especialista- no solo como una nueva forma de pensar el ensayo en tanto género sino también como posibilidad de pensar otra configuración del mundo.

Dos (la selección)

“Francés entre los rusos, moderado entre los maximalistas, disidente entre los aliados: Jacques Sadoul, en cierta forma, estaba solo. En Francia terminarían acusándolo de traición por su sospechada proximidad con los dirigentes bolcheviques. Henri Barbusse, en juli de 1919, definió como “un hombre que ha resultado ser demasiado perspicaz y demasiado sincero”. Y dijo de él: “Y es que está aislado”. Para narrar una revolución, sobre todo mientras está transcurriendo, puede que sea la mejor colocación. Aunque hablar de descolocación sería más atinado y más justo”.

Tres

“No es lo único que a Lenin le falta en el destierro de Munich. En una carta a su madre, M. A. Uliánova, reclama otra cosa que, a diferencia de ese invierno y ese río, no es rusa. Lenin extraña lo que llama “mis” plumas, las plumas inglesas con las que escribe habitualmente, y se queja porque “aquí no se las encuentra. Gente tonta, esos checos y alemanes. No hay plumas inglesas, tienen solo las de fabricación propia, que no sirven para nada”. Reclama así, una vez más, un instrumento de escritura. Antes, a su hermana, desde la prisión, el lápiz de grafito, por fuera de la requisa de armas; ahora, a su madre, desde el destierro, la pluma que va a procurarle (siendo, en sí misma, extranjera) una necesaria sensación de familiaridad, de reconocimiento, hasta de pertenencia”.

Cuatro

“El 6 de marzo, Lenin remite una carta dirigida a Stalin. En ella le reprocha haber maltratado por teléfono a su esposa, le exige que se retracte y que se excuse, le advierte que está dispuesto a romper relaciones con él si no lo hace. La Unión Soviética no conocerá esta carta secreta sino muchos años después; pero su secretaria la conoce ese mismo día, la oye para ponerla en el papel. Stalin la recibe y dicta, a su vez, una respuesta. Volodícheva registra: “La carta no ha sido entregada todavía a Vladímir Ilich porque él ha empeorado””.

Cinco

“La literatura, en cambio, por su parte, incluso la revolucionaria, la de agitación, la de compromiso, ¿qué otra cosa es, sino espera? Nada mejor que su voluntad de incitación para probarlo, para poner en evidencia la ineluctable dilación de su condición mediatizada. György Lukács dirá “realismo”; Bertolt Brecht, “distanciamiento”; Jean-Paul Sartre, “situación”: para todos será evidente, a sabiendas o a su pesar, que, como diría más adelante Adorno, “nada de lo social en arte es inmediato ni aun cuando lo pretenda”. Mediaciones: la conciencia, las formas artísticas, la institución-arte, las propias palabras, no expresarán otra cosa que eso: la imposible inmediatez, o lo imposible de la inmediatez, precisamente porque se fundan en esa ambición tan enorme: ser impulso para el paso a la acción, traspasar desde el lenguaje hacia la plenitud de la revolución política”.

Seis

“Atrincherado, o poco menos, en su casa blindada del Distrito Federal, Trotski vuelve a abocarse ante todo a los trabajos intelectuales, la salida a la que apela en sus días de prisión. “Trotski así se ganaba el pan para la casa, con sus escritos, como lo hizo toda su vida”, consigna Rosmer. ¿Y de qué excusa se valió, en última instancia, su solapado asesino, sino la de acercarle un artículo propio para someterlo a su consideración? ¿Qué otra cosa, sino leer, estaba haciendo Trotski, cuando el asesino le asestó su golpe de muerte? ¿Qué otra clase de distracción, sino la que es propia de todo lector concentrado, le impidió advertir a tiempo el ataque que le lanzaba? El testimonio que brindó Joseph Hansen, director de seguridad en la casa, y que recoge Rosmer, especifica que la sangre de Trotski salpicó las últimas páginas que había escrito para una biografía de Stalin”.

Siete

“En un artículo sobre el surrealismo publicado en 1929, Walter Benjamin proponía: “Hay que ganar las fuerzas de la ebriedad para la revolución”. Era su manera de abordar esa cuestión tan decisiva, la de la relación entre vanguardias artísticas y vanguardias políticas. Años después, en 1938, en el DF, se unen León Trotski (máximo referente, junto con Lenin, de la revolución Bolchevique) y André Breton (máximo referente, junto con Louis Aragon, de la revuelta literaria surrealista) para elaborar, junto con Diego Rivera, un Manifiesto por un arte revolucionario independiente. La declaración tenía menos que ver con una exigencia artística de asumir un compromiso político que con una exigencia política de respetar la independencia artística, y así favorecer sus posibilidades de contribuir con la revolución (es un tiro por elevación, si es que puede hablarse de elevación, a la política artística del stalinismo, tan dirigida como represiva, tan pautada como persecutoria).

La redacción del documento quedó mayormente a cargo de Breton, y no estuvo del todo exenta de algún percance, alguna desavenencia. No obstante, el asunto prosperó y el Manifiesto se dio a conocer, firmado junto con Rivera, por André Breton y por Trotski. Y ahí van los dos, en el auto de adelante; Breton al lado del conductor, y Trotski junto a su mujer, en el asiento trasero. De pronto, el coche se aparta hacia la banquina, deja la ruta, se detiene. ¿Qué pasa? Se abre la puerta, Breton se baja. Es Trotski quien lo hace bajar, es Trotski el que lo echa; no lo quiere más ahí, lo quiere lejos, lo quiere afuera: que se vaya. Es preciso entonces hacer un enroque: hay uno que iba en el auto de atrás, y tiene que pasar al auto de adelante; en tanto que Breton, que iba en el auto de adelante, tiene que pasar el auto de atrás. Hecha esa redistribución, la marcha se retoma.

¿Qué pasó? No se sabe, y nunca se sabrá. Porque Trotski no dirá ni una sola palabra sobre el incidente. Ya en otras ocasiones se había revelado como un campeón del hermetismo, invencible en la parquedad. Lo ratifica ahora.”


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