David Flier | RED/ACCIÓN
Salud | 25 de marzo de 2019

Diagnóstico: adicción a Netflix. Tratamiento: parpadear 10 veces… y otros ejercicios

En la primera semana de octubre, un hombre de Bangalore, India, se acercó a una clínica especializada con un pedido inédito de ayuda: no podía parar de mirar Netflix. “Adicto a Netflix”, fue el diagnóstico que le dio la clínica SHUT (Servicio para el uso saludable de tecnología, por sus siglas en inglés), que depende del Instituto Nacional de Salud Mental y Neurociencias.

El caso se difundió a través de los medios del mundo mientras el paciente seguía su tratamiento de rehabilitación. A cargo de él estuvo el doctor Manoj Sharma, profesor de Psicología Clínica y líder del equipo profesional de SHUT, donde llegan por semana unos 10 casos de jóvenes y adolescentes con problemas con la tecnología. “Las series le ayudaban a relajarse, a abstraerse del entorno”, cuenta en su consultorio, de paredes llenas de carteles con advertencias sobre el uso excesivo de dispositivos electrónicos.

El paciente tiene 26 años, es soltero y vive con sus padres y su hermana mayor, quien trabaja en una empresa del rubro tecnológico. Él mismo buscó ayuda profesional luego de más de 3 años sin trabajar: tras graduarse en el nivel terciario en Humanidades, no logró insertarse en el campo laboral.

“Su familia le demandaba que consiguiera trabajo. Él se comparaba con sus amigos o parientes, a quienes les iba bien. Todo contribuía al estrés”, dice Sharma. “Encontró seguridad y relajación al mirar Netflix. Empezó con 2 a 3 horas por día, pero de a poco aumentó la cantidad. Menos de un año y medio más tarde miraba entre 6 y 7 horas diarias. Incluso alguna vez llegó a estar 10 horas seguidas frente a la pantalla”.

Para él, en los casos de adicción a la tecnología pasa lo mismo que con la adicción a sustancias: “la gente se automedica, usa la tecnología como una droga para estar relajado”. El paciente lo pone en estas palabras: “Estaba perdiendo el control al mirar Netflix”.

“Está bien mirar Netflix por recreación; el problema es cuando afecta al estilo de vida de la persona”, remarca Sharma. Dice que algunas áreas que se modifican con el exceso de tecnología son el descanso, el cuidado del aspecto físico (“algunos pasan 2 semanas sin bañarse”), las actividades al aire libre y las relaciones interpersonales.

Para el paciente, Netflix se había convertido en el eje de su vida. “Cada vez que estaba en casa sentía una urgencia que me empujaba a encerrarme en mi habitación a mirar”, dijo. A su familia le daba “cualquier excusa” para aislarse en su cuarto y fijar su vista en la pantalla (casi siempre la de su celular). “Me dormía a las 2 o 3 de la madrugada, al otro día me despertaba tarde. Estaba inquieto y posponía trabajar en mi carrera profesional” dijo.

El joven había llegado a establecerse objetivos. “Se decía, como si fuera una tarea: ‘Tengo que mirar esta cantidad de episodios’”, explica Sharma. Su paciente le contó que llegó a mirar 60 horas de contenido en 30 horas reales, saltándose las partes que no le interesaban. Esto le generaba una especie de orgullo. En un día, “solía mirar más de 15 o 20 shows”, los cuales iban “de historias románticas hasta acción o cualquier otro contenido”.

En qué consistió el tratamiento

La rehabilitación comenzó con métodos de relajación y terapia psicológica, enfocada en formas de disminuir el estrés. Más tarde se trabajó en controlar la irritabilidad y las emociones y en reforzar la motivación.

“Le recomendamos que el horario de irse a dormir no se vea afectado por el uso de Netflix. También hacer un corte a los 30 minutos”, dice Sharma. En ese corte, aconseja “parpadear 10 veces, mover la cabeza hacia los lados, mover las muñecas e interactuar con alguien”, ya que “eso reduce los efectos físicos de uso excesivo y promueve el control”.

El tratamiento dio sus frutos. En un mes, el paciente miraba no más de 2 capítulos en forma consecutiva (siempre con pequeños cortes a los 30 minutos). A mediados de febrero, tras 4 meses de tratamiento, podía mantener la moderación: veía no más de 2 horas diarias y nunca más de 2 capítulos seguidos.

Esto mejoró la comunicación del paciente con su familia y lo ayudó a reenfocar su carrera: se unió a un curso de negocios por correspondencia. Y, mientras continúa las sesiones de terapia cada dos semanas, escribe un libro con su experiencia para concientizar a otros.

“Aprendí a reemplazar Netflix por otras actividades. Ahora priorizo mi carrera y me veo más con gente”, resumió el paciente. El rápido progreso, aclara Sharma, no es algo habitual: “Su caso es especial porque él vino por su cuenta. En chicos que no reconocen el problema, y son traídos por sus padres, un cambio así puede llevar unos 3 a 6 meses”.

Un fenómeno en crecimiento

Aunque el caso apareció en los titulares del mundo como el primero de un adicto a Netflix a escala global, el rótulo es difícil de establecer. “Es el primero que se da cuenta y pide ayuda. Mucha gente está en esa situación pero no se puede diagnosticar porque no se da cuenta”, dice Leticia Luque, psicóloga e investigadora de la Universidad Nacional de Córdoba y especialista en adicción a la tecnología.

Luque señala que “el fenómeno de la adicción a la televisión ha aumentado”. En 2016, una investigación de la UNC que ella codirigió -con una muestra de 628 personas de las ciudades de Córdoba y de Villa del Totoral (también de la provincia mediterránea)- arrojó que el 12,7% de los casos analizados hacía un uso “patológico” de la televisión y un 23,1% un uso abusivo. A fines del siglo pasado, un estudio similar mostró un porcentaje del 1,8% para uso patológico.

Luque relaciona el aumento de la teleadicción con la propagación del streaming, que da al usuario un alto grado de control y la posibilidad de mirar ininterrumpidamente sin esfuerzo. “A diferencia de otras adicciones, como a las compras, el uso excesivo del streaming no genera costos extras”, aclara. Y enfatiza que “en general el adicto no relaciona los cambios en su comportamiento con mirar tanta TV”.

“Es la familia o el entorno el que debe advertir excesos de este tipo, pero a veces la familia se comporta de la misma manera”, advierte. “Es un problema socialmente tolerado”, se leía en el informe de 2016.

La psicóloga no demoniza la tecnología. “Lo malo es el uso que se hace de ella”, aclara. “Ahora uno se puede dar un ‘atracón’, mirar por varias horas sin parar (en la jerga se lo conoce como binge watching)”. Luque advierte que si bien esto no representa necesariamente una adicción, es algo que puede llevar a la misma.

Sociedad | 28 de febrero de 2019

| Intervención: Pablo Domrose

La confitería de la escucha

El hombre luce calmo, y mientras conversamos toma un largo trago de té verde. Estamos en Bangalore, India, donde nació y hoy dirige Chai 3:16, “la confitería de la escucha”. Benny Prasad –43 años, tez negra, pelo largo, sonrisa apacible– hace algunos años alcanzó un récord: en 6 años, 6 meses y 22 días recorrió 245 países alrededor del mundo, llevando su música cristiana. Hoy, en esta urbe de 12 millones de habitantes al sur de la India, atiende una casa de té que, además de infusiones, da contención.

Chai 3:16 es un lugar que rompe un paisaje monótono. Por su estructura moderna (sus blancos, azules, rojos y violetas) y su tamaño imponente, se destaca en un barrio de las afueras de la ciudad, donde abundan las casas bajas y los caminos de tierra. Allí, un staff de 10 voluntarios sirve gratuitamente variedades de té a jóvenes que atraviesan soledad, la tristeza o principios de depresión y que llegan en busca de alguien que les preste atención. “Estamos acá para ofrecer nuestro tiempo y escucharlos”, resume Benny.

“Me di cuenta de que India, en términos de salud mental, es bastante pobre. En particular, hay muchos estudiantes que atraviesan muchas presiones, desafíos y miedos”, explica. Y cuenta que abrió Chai 3:16 hace tres años, luego de tener “una visión de Dios”. En ese momento comenzó a realizar conciertos para vender sus CDs y juntar el dinero que le permitió empezar su nuevo sueño. Hoy, el lugar recibe un promedio de 50 estudiantes por día.

De planear su suicidio a recorrer el mundo

Benny sabe empatizar con el dolor de quienes llegan a Chai 3:16. Su padre, un destacado científico aeroespacial, depositó sobre él la carga de continuar un legado de gran prestigio intelectual, ante lo cual Benny respondió con un pobre desempeño académico. A ello se sumó un diagnóstico de asma y un error en la medicación que le proveían: a los 16 años, con el 60% de sus pulmones dañados, los médicos le dieron 6 meses de vida. Se considera un sobreviviente.

“Para entonces había fallado en mi educación y no tenía esperanza para mi futuro. Entonces empecé a planear mi suicidio”, recuerda Benny. Dice que fue entonces cuando tuvo un “encuentro personal con Jesús”, quien le dijo que no era un inútil, que había grandes planes para él y quien, más tarde, lo inspiraría a recorrer el mundo con su música.

Tres años más tarde, al cumplir los 19, Benny empezó a tocar la guitarra. Si bien nunca tuvo facilidad para la música su persistencia lo llevó a practicar 7 horas diarias. A los 25 consideró que podía hacer de la música la vía (y la excusa) para compartir su experiencia espiritual.

Durante su primer año dedicado a la música trabajó para un grupo de jóvenes misioneros cristianos, y hasta entonces no había salido de India más de 5 veces. Sin embargo, en 2002 comenzó a planear sus viajes a escala global: recorrería el mundo para compartir las melodías de su guitarra y las experiencias de su corazón.

Su entorno consideró aquel sueño una locura. Benny, para entonces, ya había recibido respuestas negativas al aplicar para los visados de Estados Unidos y de Gran Bretaña. El primer viaje de su travesía global también comenzó mal: con 545 dólares se embarcó en Moscú para comenzar una gira por Europa. Pero, tras negarse a dar un soborno y ser retenido 30 horas en la capital rusa, fue deportado y enviado nuevamente a India.

Sin embargo con el tiempo su determinación lo llevó a viajar a 50 países por año, a veces hasta 4 en un día. Siempre para dar un concierto gratuito organizado por comunidades cristianas locales. Y en lugares tan remotos como la isla Pitcairn, una colonia británica considerada el país menos poblado del mundo (en 2016 tenía 57 personas) y al que Benny llegó tras viajar dos días en un bote disponible una vez al trimestre.

En Argentina, solo visitó Buenos Aires. En total, estuvo en 194 países soberanos, 51 países dependientes y en la Antártida (cuyo frío era toda una amenaza para sus frágiles pulmones). Fue entre el 1ro de mayo de 2004 y el 22 de noviembre de 2006. Su raid musical incluyó los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, y el mundial de fútbol de Alemania 2006. Fue en esa época en la que diseñó y creó una guitarra con un bongo incorporado, y el bentar, una guitarra de 54 cuerdas.

En el camino, estima haber tomado alrededor de 2 mil vuelos y señala que perdió muy pocos. También aclara que, confiado en la provisión de Dios y orgulloso de su nacionalidad, nunca quiso tomar atajos: cuando ya había hecho varios viajes, tuvo ofrecimientos para obtener la nacionalidad australiana, británica, estadounidense y holandesa, algo que hubiera facilitado más de un visado. A su vez, se prometió, desde un principio, nunca tomar un préstamo para costear un viaje.

El récord lo completó con una escena digna de ficción. Solo le faltaba visitar Pakistán, un país vedado para cualquier indio que no tuviera familiares o una invitación oficial de ese país limítrofe. Pese a no contar con ninguno, telefoneó hasta el cansancio (contó 334 llamadas en 4 días) para obtener una excepción, pero no tuvo respuestas positivas. Ya con pocas esperanzas, coincidió con dos diplomáticos pakistaníes en el ascensor de un hotel en Corea del Norte. Les explicó su situación, y ellos intercedieron por él.

Escuchar, la clave

Más de ocho años pasaron desde que Benny aterrizó aquella vez en Karachi, la ciudad más grande de Pakistán. Ahora, sus energías están puestas en Chai 3:16.

Prasad explica que Chai, además de ser la palabra para “té” en India, significa “vida” en hebreo, uno de los idiomas bíblicos. Los números, 3:16, hacen referencia a uno de los versículos más populares del Nuevo Testamento, Juan 3:16, que habla sobre la vida eterna.

El lugar cuenta con 400 sillas, en mesas suficientemente distanciadas para que quienes asisten en busca de compartir sus problemas puedan hablar tranquilos.

“Las personas celebran tus éxitos, pero cuando llegan los problemas, muchos no quieren compartirlos, así que la gente no sabe dónde ir. Tienen miedo de la respuesta que otros puedan darles”, es el cuadro que aprecia Benny.

“Nuestra meta es 80% de escuchar y 20% de hablar”, destaca. Dice que escuchan “hasta que la persona termina de hablar”. En una ocasión fueron 8 horas. Luego de la escucha, intentan aconsejar.

Benny dice que en Chai 3:16 se ofrecen “primeros auxilios” en materia de salud mental. Y en ellos incluye las tendencias suicidas. Como esa que logró superar en su adolescencia, antes de que sus sueños lo llevaran a infundir esperanza, en Bangalore y en cada rincón del mundo.

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Actualidad | 22 de octubre de 2018

Muerte perinatal, el duelo no permitido

“Un día me levanté llorando y se me prendió la chispa: ‘¿Por qué todo el mundo tiene fotos de sus hijos y en mi casa no hay nada?’”. Luego de hacerse la pregunta, Verónica Álvarez agarró un pendrive y, “con el nudo en la garganta”, salió a imprimir las ecografías que guardaba de las dos hijas que, en los tres años anteriores, habían fallecido en su vientre. Ese día de 2013, cuenta, comenzó a sanar una herida tan profunda que la había llevado a sopesar la idea del suicidio.

Según la Organización Mundial de la Salud, la muerte perinatal se refiere a la muerte del feto o recién nacido entre las 22 semanas de embarazo y la primera semana de vida. En base a esta definición, según los datos más recientes, en Argentina hubo 8.724 muertes perinatales en 2015 (unas 11,4 por cada 1.000 nacidos vivos con más de 7 días). Sin embargo, al hacer el duelo, muchas de las madres que pierden embarazos antes de la semana 22 comparten los problemas de quienes lo hacen en las semanas posteriores. Octubre es el mes internacional de la concientización sobre esta problemática.

Por ese 2013 Verónica también comenzó a nombrar a Milagros (su primer bebé, quien murió en 2006 con 6 semanas de gestación, de ese embarazo no tenía ecografía), Aixa (2010, 6 meses de gestación) y Zoe (2012, 6 meses) gracias al espacio de desahogo que le ofrecía la fundación Era en Abril. No era algo menor. No solo su entorno le impedía mencionar a sus hijas muertas: el nombre de quienes fallecen en el vientre materno no figura en ningún certificado de defunción. Y el mensaje, para muchas madres y padres, es claro: “ustedes nunca tuvieron un hijo”.

Si la muerte ocurre antes de la vigésima semana o si el feto pesa menos de medio kilo, sus padres no se llevan ningún papel que compruebe la defunción y sus restos se desechan como residuos patológicos. Para los bebés que mueren en el útero con más de 20 semanas y 500 gramos, el tratamiento no es mucho más sutil: una bolsa -como las de basura- con el cuerpo y un certificado que lo trata como si nunca hubiese sido, ya que dice “NN” en lugar del nombre elegido por sus padres.

A su vez, al intentar mitigar el dolor, muchas veces el entorno minimiza la pérdida con frases como “ya vas a buscar otro” o “mejor que pasara antes de que naciera”.

“Las madres en esta situación sienten que están locas. Lloran algo que los demás desestiman. Hay una falta de validación de la emoción que hace que muchas mujeres sufran en silencio”, explica la psicóloga Carolina Mora, quien acredita un posgrado en psicología perinatal del Centro Interdisciplinario de Investigaciones en Psicología Matemática y Experimental del CONICET.

Los padres varones, en tanto, también sufren, aunque en general no lo exteriorizan. “Ellos crecen con el mandato de que llorar no es de hombres, de que es un signo de debilidad. Y sienten que deben sostener a la mujer”, apunta Mora.

El proyecto para cambiar las cosas

Era en Abril, con 80 mil miembros conectados virtualmente en el mundo, trabaja desde hace 11 años en el acompañamiento terapéutico de quienes perdieron a su hijo durante el embarazo o al poco tiempo de nacer. La fundación impulsa el primer proyecto de Ley de Identidad de América Latina para bebés fallecidos en el vientre materno. El mismo fue presentado en marzo de 2018 por segunda vez, en ambas ocasiones por María Emilia Soria, diputada del Frente Para la Victoria.

La iniciativa tiene tres ejes: que los padres tengan la opción de reconocer con nombre y apellido a su hijo fallecido antes del parto; optimizar el registro de muertes intrauterinas para generar estadísticas que ayuden a prevenir muertes evitables; y que se entregue el cuerpo a los padres con fines póstumos, sin importar el peso o la edad gestacional.

Actualmente, el proyecto tiene estado parlamentario y giro a las comisiones de Legislación General y de Acción Social y Salud Pública (esta última nunca lo puso en agenda tras su primera presentación, en 2016). En 2018, ninguna de ambas comisiones programó tratarlo aún.

Por su parte, la senadora  Silvina García Larraburru (Frente para la Victoria), preparó un proyecto para que el 15 de octubre se convierta en el día nacional del duelo por muerte perinatal y gestacional.

Mientras tanto, Chile está cerca de convertirse en pionero en la región. El Presidente Sebastián Piñera promueve el proyecto de la Ley Mortinato, iniciativa muy similar a la argentina.

El proyecto de ley

“El registro del chico con nombre y apellido es el primer paso para que la muerte de un hijo comience a ser validada en la sociedad”, considera Agostina Bianconi, abogada y vicepresidenta de Era en Abril, quien perdió a Sofía, su hija de 3 meses. Con esto no buscan dar al bebé fallecido el carácter de “persona”, explica, sino que se respete su derecho a la identidad (más allá de su edad gestacional). Así, a su vez, aclaran que su iniciativa nada tiene que ver con el debate sobre el aborto legal.

“Duele mucho ver el ‘NN’, es desgarrador. Es una negación de su vínculo con el ser”, explica Mora. “Algunos te dicen: ‘ya se murió, ¿para qué querés el papel?’ Pero no es un papel: es el símbolo de que mi hijo tenía su nombre. Estuve 9 meses buscándoselo”, reclama Lorena Rodríguez, quien perdió a Teo Gabriel tras 38 semanas de embarazo. “Era un bebé de casi 9 meses, de 3,4 kilos, me parecía una bestialidad que no lo reconocieran”, recuerda.

Según Verónica Pingray, investigadora obstétrica del Instituto de Efectividad Clínica y Sanitaria (IECS), “en los certificados de nacimiento el 50% de los casos no tienen causa o tienen una muy poco específica (hipoxia intrauterina)”. Verónica Álvarez sufrió este déficit: recién tras perder tres embarazos fue diagnosticada con trombofilia. Hoy, consciente de los cuidados que debe tener, espera gemelas.

Para la revista científica The Lancet, que estudió a nivel global el tema en 2015, “la mayoría de las muertes fetales son prevenibles mediante un adecuado cuidado de la salud durante del embarazo, el parto y el inmediato control del recién nacido”. Verónica erigió un altar con las ecografías y otros símbolos alusivos a sus hijas. En sus momentos más duros, miraba aquel rincón y se alentaba: “Me tengo que levantar. Por ustedes, un día más”.

Junto al proyecto de ley, Era en Abril redactó un protocolo médico para casos de muerte perinatal. Uno de sus 13 puntos es “crear recuerdos agradables”, como fotos del bebé solo y con la familia.

“La sensación más espantosa es salir del hospital con los brazos vacíos”, apunta Jessica Ruidiaz, fundadora y presidenta de Era en Abril y counselor especializada en duelo perinatal. Mora, a su vez, destaca: “Es muy difícil el duelo por alguien que nunca se vio o que solo se vio en una ecografía”. La psicóloga también explica que los rituales de despedida “ayudan a validar que la persona existió y fue importante”.

El problema en números

La reglamentación argentina exige registrar con causa todas las muertes intrauterinas (en cualquier momento del embarazo). Según Pingray, aunque el país “tiene un muy buen nivel de estadísticas vitales, cuanto menor es la edad gestacional al nacer aumenta el número de casos no registrados”, sobre todo antes de las 28 semanas. “Las cifras reportadas podrían no reflejar apropiadamente la realidad”, concluye.

En este contexto, en 2015 el Ministerio de Salud registró 6.164 muertes intrauterinas (en cualquier momento del embarazo). Desde las 22 semanas de embarazo fueron 5.038; desde la semana 28, 3.785.

Este último dato es cercano al estimado por The Lancet para 2015. Con 3.500 muertes de bebés de más de 28 semanas en el vientre y un 0.45% sobre el total de nacimientos, Argentina fue el 43° país con mejor índice entre los 186 estudiados por la revista científica.

El rol clave del personal médico

La investigación de The Lancet señala que “el comportamiento del equipo de salud (…) es crucial y puede contribuir enormemente para aliviar el trauma vivido por los padres”.

Sin embargo, según destaca Mora: “Las instituciones, en su mayoría, no tienen protocolos para estos casos. Cada médico lo maneja como le parece, con más o menos tacto. Las mujeres se encuentran en escenarios muy desoladores”. “Las enfermeras ni miraban la historia clínica y me decían ‘¿tu bebé dónde está?’”, cuenta Lorena sobre la pesadilla que vivió en un hospital de Once.

Noelia Severo, como muchas otras, pasó las horas posteriores a su pérdida en una sala llena de mamás con sus hijos recién nacidos. Allí, una enfermera, señalando “un tacho como de esos de helado de tres litros”, le preguntó a la doctora: “Tengo material de Severo ¿querés que te lo traiga o lo preferís en un tacho nuevo?”. Más tarde, otra enfermera llevó la ironía al extremo al preguntarle: “¿Ya te sentís mejor?”

Cuando, 3 meses después, pidió el cuerpo de su hijo, la secretaria le contestó:  “No, esos fetitos van a parar a la basura”. “Me lo dijo como si hablara de tirar un papel higiénico”, recuerda Noelia. Ella dice que se sintió un “bicho raro”.

Duelo y soledad

“Vivimos en una cultura en la que parece que, a más tiempo compartido con el ser querido, hay más razones para demostrar tristeza o angustia”, explica la psicóloga Mora. “Yo sentía la necesidad de recordarlo, de aprender de lo que pasó, pero mi familia, mis amigos, y hasta mi marido me decían: ‘ya está, seguí con tu vida, vas a tener otros hijos’”, cuenta Noelia. Y se descarga: “Como si los hijos se reemplazaran con otros”.

“Volví a casa y tuve que desarmar la cuna. Tuve ganas de suicidarme. Sufría en silencio. Necesitaba nombrar a mis hijas y que mi familia me contuviera”, recuerda Verónica a quien, años después, su familia contiene. A su vez, Ruidiaz, cuya hija Sofía murió con 45 días, aprendió que “en el camino de la recuperación, a veces se rompen vínculos”.

En su consultorio, Mora conoció a muchas mujeres que se acercaban años después de perder un bebé en su vientre. En Era en Abril cuentan que reciben “mamás cuyos hijos murieron hace 30 o 40 años”.

Para Mora, el proceso de duelo es muy personal y es esperable que lleve meses. Pero, además, “está marcado por vaivenes emocionales”: una persona puede aparentar haber dejado atrás la muerte de un hijo pero en fechas especiales rompe en llanto y angustia.

En estos casos, las experiencias de quienes pasaron por Era en Abril enseñan que la escucha es el mejor tratamiento. “Comencé a desahogarme y darme cuenta de que no era la única con un problema así”, recuerda Lorena, quien tras poder abrirse comenzó a colaborar en la fundación y contener a otros. Además, con el padre de su hijo fallecido, sigue un ritual terapéutico: en cada aniversario de la muerte de Teo Gabriel, reparten ropa y pañales a distintos hospitales. Ella resume el pensamiento de muchas:  “Me propuse transformar el dolor en algo más positivo”.