Declan Fitzsimons | RED/ACCIÓN
Harvard Business Review | 12 de marzo de 2019

Los personajes de Shakespeare nos muestran cómo debe suceder el crecimiento personal

Una vez, el novelista y periodista Norman Mailer escribió que hay una ley de la vida cruel, pero justa que dice que debemos cambiar o pagar un costo mayor por permanecer en las mismas condiciones.

Todos los días encuentro líderes para quienes esta ley es real. Saben lo que sucederá si no cambian su empresa, pero no están seguros de cómo respaldar esos cambios. ¿Se trata de aprender a organizar reuniones de equipo más eficaces? ¿Cómo escuchar mejor? ¿O adoptar un estilo de liderazgo diferente para producir un cambio en la cultura organizacional?


Aunque no hay una respuesta única a estas preguntas, existen ciertos aspectos fundamentales a tener en cuenta. Una fuente de conocimiento sobre esta cuestión es el trabajo de William Shakespeare.


En “Shakespeare: The Invention of the Human”, el profesor de Yale Harold Bloom sugiere que previo a la labor del poeta inglés, los personajes de las obras se desplegaban, pero no necesariamente se desarrollaban.


Si los personajes simplemente se despliegan, intuimos que ya sabemos todo lo que hay que saber sobre los mismos cuando aparecen por primera vez en escena. Sus autores les han arrebatado la única cualidad que los haría interesantes: la capacidad de autocuestionamiento. Nos enseñan poco porque no pueden sorprendernos, esencialmente porque ellos no pueden sorprenderse a sí mismos. En el mundo corporativo, este asunto equivale a cuando un gerente sale de una reunión de evaluación y piensa: “Nada nuevo, el mismo feedback que he escuchado antes”, y luego se dice a sí mismo: “supongo que soy simplemente así” o “tengo mi manera de hacer las cosas, y a algunas personas les gusta y a otras no”.


Shakespeare nos muestra que no somos simplemente quienes decimos ser, sino que estamos hechos de muchas partes desconocidas y en conflicto. Al brindarle mundos internos complejos a sus personajes, Shakespeare nos deleita con despliegues de autodescubrimiento. No hay un solo Hamlet, sino muchos. Después de enterarse del asesinato de su padre, descubre en soliloquios que no puede seguir siendo el mismo. Está tan torturado por sus conflictos internos, que considera los pros y contras del suicidio.

También Shakespeare nos enseña que, para cambiarnos a nosotros mismos, primero debemos descubrirnos -y nos muestra cómo se ve ese proceso. Al convertirse en rey, el joven príncipe Hal en “Enrique IV, parte 2,” se aleja de sus antiguos compañeros y comienza su transformación de personaje despilfarrador a héroe de Agincourt.


Los lectores observan que el cambio se trata de acercarse, y no de alejarse, a las ansiedades que provocan en nuestro interior los desafíos externos. Hamlet enfrentó su inercia y cobardía; Hal confrontó su disoluto estilo de vida y abrazó una nueva identidad. Sin embargo, ambas transformaciones fueron posibles sólo después de que los personajes estuvieron dispuestos a descubrir lo que había en ellos. 


Shakespeare nos enseña que, frente a un mundo incierto, el autoconocimiento, esa tan elogiada cualidad de liderazgo, sólo es verdadero cuando es revelador, y únicamente puede serlo cuando reconocemos que nos conocemos parcialmente a nosotros mismos.

Declan Fitzsimons es Profesor Adjunto de Comportamiento Organizacional en INSEAD.

©HBR, distribuido por The New York Times Licensing Group