Diego Jemio | RED/ACCIÓN
Sociedad | 8 de febrero de 2019

Foto: Remando Juntos | Intervención: Pablo Domrose

Una escuela de surf para todas las capacidades

Personas ciegas, sordas, cuadripléjicas, hemipléjicas. Personas que necesitan un bastón canadiense para moverse. Otros que llegan con andadores. Todos tienen lugar en la escuela de surf para todas las capacidades, que lidera Lucas Rubiño, en Mar del Plata. Y que tiene más de 300 alumnos con distintas patologías, que llegan de todo el país.

Todo comenzó hace 15 años, cuando Lucas era una promesa del surf y se animó a surfear en el mar con una joven con parálisis cerebral. La cara de felicidad que provocó esa experiencia en la chica fue un viaje sin retorno. Entendió que mientras para él el mar era una diversión, para niños, niñas y jóvenes con patologías que él no sabía cómo tratar, el mar era todo.

Foto: Lucas Rubiño

Hay momentos que marcan una vocación. Así fue para Lucas Rubiño, de 37 años. A los 20 años él era un surfista que ya convocaba a algunos sponsors en Mar del Plata. En un día de entrenamiento en la playa, durante una charla con un empresario que apoyaba su carrera y que además es padre de una chica con parálisis cerebral, se le ocurrió proponerle:

-¿No te animás a meterla al mar, así surfeamos un rato? –preguntó Lucas.

-¿Vos me estás cargando? Justo a ella le proponés un deporte de equilibrio –contestó él.

Luego de una consulta a la madre, Lucas y Evelin se metieron al mar con una tabla. Esa experiencia fue el punto de inicio de todo. Poco después, decidió hacer de eso un oficio y dejar de lado su carrera de surfista.

Desde hace 15 años, tiene la escuela de surf adaptado Remando Juntos, que funciona todo el año y de manera gratuita. El año pasado formó a más de 300 personas y espera que ese número llegue a 500 al finalizar 2019.

Foto: Remando Juntos

La felicidad de Evelin

“Todavía me acuerdo cuando metí a Evelin al mar con mi longboard, una tabla más larga y ancha que las convencionales. Y, por consiguiente, más estable. Ella iba agarrada a mis manos y yo corría al lado. Cuando la ola empezó a llevarla, puso una cara de felicidad que no me olvido más. Disfrutó de la fuerza del mar y de avanzar con una ola”, cuenta Rubiño.

Evelin les contó a sus amigos que surfeaba. Y el fin de semana siguiente, llegaron a la playa varios de sus amigos buscando a Lucas. Algunos con Síndrome de Down, otros con autismo… Ahí Lucas se dio cuenta de dos cosas: lo que hacía no era una “tontería” y debía formarse para ayudar a personas con patologías que él desconocía.

“Lo que para mí era divertirme en el mar, para ellos era todo. El surf es la excusa para sentirse como vos y como yo. Antes eran ‘los pobrecitos, que no pueden hacer nada’. Gracias al surf, se convirtieron en los héroes de la playa, a los que todo el mundo aplaude. Salieron de esa posición de inferioridad para escalar diez mil escalones”, explica, sentado en una de las playas donde da clase, en Constitución y la costa, en Mar del Plata.

Cuando llegaban a la playa chicos con autismo, Lucas no sabía cómo relacionarse con ellos. “No sabía si querían meterse o no al mar”, recuerda. Ésa fue una de las razones para estudiar el Profesorado en Educación Especial. Comenzó a familiarizarse con términos como inteligencia múltiple y aprender de psicología y pedagogía.  

Sin darse cuenta, ya había forjado un oficio, que le cambiaba la vida a muchos. “Nunca me imaginé siendo profesor en educación especial. Nunca pensé dejar de surfear olas para ayudar a otra persona. La alegría que les genera surfear su primera ola es como recordar la mía todo el tiempo. Siento la misma adrenalina que ellos al ver su sonrisa, los ojos llenos de lágrimas o el corazón que les late más fuerte. Cambié mi perspectiva: ahora disfruto viendo a otros”.

Tablas para todos

Lucas también se encargó de adaptar algunas tablas de acuerdo a las necesidades de sus alumnos. Las adaptaciones fueron puro ingenio: cortar caños de PVC para pegarlo a la tabla, modificar una silla de rueda para que quepa en el longboard, colocar respaldos, arneses y estructuras metálicas…

“Somos argentinos. Buscamos la forma de solucionar las cosas con lo que tenemos. Por ejemplo, fabricamos un andador con caños de PVC del desagüe de una pileta. Una persona amputada, alguien con secuelas de un ACV o lesiones de médula se siente mucho más segura con una baranda en la tabla”, ilustra Lucas.

El andador que realizó recibió una mención especial por innovación en el Mundial de Surf de California, en 2015. “Con algo que tuvo un costo de $300 hicimos algo que le cambió la vida a muchísima gente”.

Los costos corren por cuenta de Rubiño y la escuela se financia con rifas y otras acciones dedicadas a comprar insumos. Aunque el Concejo Deliberante de General Pueyrredón declaró de interés su escuela, no recibe apoyo económico. A fuerza de mucho trabajo, por ejemplo, crearon un “vestuario móvil”, algo indispensable para el invierno.

“Yo no cobro las clases. Los alumnos me llaman, acordamos los horarios y voy. Este es mi placer y no mi trabajo. Soy cajero y encargado en un boliche, que me deja los días libres para dedicarme al surf adaptado. Siempre soñé con una escuela municipal. El vestuario móvil que inventamos es una casilla rodante, que adaptamos con asientos reclinables y un baño preparado. En el invierno, vos y yo nos podemos poner un traje de neoprene muy rápido, pero ellos no. Necesitábamos un lugar cerrado con calefacción. Tenemos también sillas anfibias, sillas preparadas y hasta un desfibrilador, que no posee ningún balneario de la ciudad. Tenemos muchas cosas. Esta sociedad sólo necesita ser más solidario con el otro”.

Foto: Lucas Rubiño

La necesidad de playas inclusivas

Lucas no trabaja solo. Mientras prepara una de sus clases, se acerca Gabriela Farase, profesora de danza y expresión corporal, y quien acompaña la actividad desde la estimulación sensorial y motriz antes de meterse al mar.

“Afuera del agua, hacemos esferodinamia para trabajar la confianza corporal. Es importante para ellos soltar el cuerpo, poder entregarlo y confiar. Lo primero que aparece es la defensa del cuerpo a la tensión y contracción del músculo”, cuenta Farase, que también trabaja con personas con discapacidad en actividades artísticas.

Aunque muchas playas tienen rampa de acceso, ella cree que todavía no son espacios amigables. “Por ejemplo, muchos de ellos se quejan de la falta de un estacionamiento prioritario. Tienen que dejar el auto lejos. Muchas veces la rampa no llega al mar”.

En un recorrido por la playa, Lucas invita a Yolanda Román a su primera clase. Ella es de Berazategui y tiene parálisis cerebral espástica. Llegó acompañada por su pareja Sergio Quintero. “Tiene un gran miedo, pero se anima”, dijo Sergio, cuando Lucas llegó con la tabla.

Ya en el mar, Gabriela acompaña a Yolanda a la tabla y la ayuda para darle seguridad. Lucas sostiene la tabla y la empuja cuando viene una ola, muy cerca de la orilla. Cuando la fuerza del mar las empuja, una sonrisa inmensa ilumina la cara de Yolanda. La segunda vez suelta un grito, hijo de la emoción.

Después de la clase, Yolanda cuenta a RED/ACCIÓN cuál fue su sensación. “Cuando me invitó, le dije que yo tendía a irme para un lado. Me dijo que me iban a sostener bien y que iban a estar conmigo en todo momento. Lucas y Gabriela me sugirieron que vaya acostada, pero yo preferí sentada. Al principio, sentí como un mareo, pero después fue hermoso y divertido. Después grité como una loca, pero de pura emoción”.

Cuando cae el sol, Lucas guarda las tablas, las sillas anfibias y se pone a tomar mate con unos amigos. Mañana será otro día de surf adaptado y de sonrisas que le confirman su vocación.

Sociedad | 26 de diciembre de 2018

Foto: Emilia Racedo

Cómo la música le cambia la vida a niños de un barrio pobre de Tucumán

Desde hace diez años, la Orquesta Popular Chivo Valladares forma a niños desde los 7 años en un barrio popular de la ciudad de San Miguel de Tucumán. Su director apunta a la música como herramienta de transformación social. Y lo logra. La orquesta no sólo es una red de contención. También es un espacio que tuerce destinos.

Emilia Racedo es un ejemplo. A los 7 años se acercó al Centro de Trabajo Popular Mate Cocido, se enamoró del sonido del violín y hoy, con 17, estudia en el Conservatorio Provincial de Música.

El Barrio ATE se volvió conocido en 2002. …

Las imágenes dieron la vuelta el país y fueron replicadas por los medios del mundo. En 2002, el programa de televisión “Detrás de las noticias” mostró a una nena tucumana que lloraba de hambre. Sus lágrimas se convirtieron en el emblema de un país devastado, con millones de personas que no podían -y aún hoy no pueden- cubrir sus necesidades básicas.

Bárbara Flores -la chica de la tele- y cientos de otras personas como ella aún viven en el Barrio ATE, un conglomerado pobre del sudoeste de San Miguel de Tucumán.

En algún momento, la idea de los dirigentes estatales era construir casas para sus afiliados. El barrio nunca se terminó y, finalmente, las viviendas fueron usurpadas.

En ese barrio, el Centro de Trabajo Popular Mate Cocido funciona desde hace 21 años, con un extenso trabajo territorial en áreas como teatro, comunicación y música. Los uruguayos Sergio Osorio y Soledad Barreto fueron los impulsores del proyecto, que aún hoy encabezan.

Foto: Mauricio Suárez

Hace diez años, a la murga existente se sumó la idea de la Orquesta Popular Chivo Valladares, en homenaje al músico tucumano autor de joyas del folclore como “Subo” y “Bajo el sauce solo”. La iniciativa fue motorizada inicialmente por el Programa Social de Orquestas y Bandas Infantiles y Juveniles, aunque hoy el centro no recibe un peso de Nación.

En este tiempo, la orquesta dirigida por el músico Rony López formó a más de 700 chicos de distintas generaciones a partir de los siete años, que aprenden a tocar un instrumento y forman parte de un grupo, que apunta a la música como herramienta de transformación social.

“La orquesta es una red de contención. ¿Es la solución para los problemas de los chicos? Por supuesto que no, pero genera un espacio. Aquel que tenga la suerte de aprovecharlo y usarlo, puede salvar su vida. Le sucedió a muchos que pasaron por la orquesta en estos años. En este barrio es muy fácil fumar paco a los 13 años o dedicarse a robar. En ese contexto de mucho riesgo y situaciones familiares complicadas, la orquesta es una posibilidad de rescate. Muchos chicos, después de pasar por acá, decidieron estudiar en el conservatorio o ser profesores de música. Vi a chicos entrar de una forma e irse de otra, con un oficio y otra actitud ante la vida. Se llevan de acá la huella de la orquesta”, cuenta Rony, que vivió 15 años en el Barrio ATE.

Él no trabaja solo en la orquesta, que actualmente tiene unos 50 alumnos de entre 7 y 20 años. Lo acompañan cuatro docentes, uno por cada área de instrumentos (violín, cuerda punteada, percusión y viento), más una coordinadora de territorio.

La importancia de escuchar

Cuando un chico se acerca, lo invitan a un ensayo -son los jueves y sábados- para que conozca al grupo y elija un instrumento, aunque después puede cambiar en el camino. Además, en la semana, hay clases de distintos instrumentos y lenguaje musical.

Foto: Mauricio Suárez

No es fácil hacerse de instrumentos para el Mate Cocido. En estos diez años, sólo recibieron tres partidas de diferentes instrumentos, que fueron sufriendo el desgaste natural del uso.

En su historia de una década, la Orquesta Chivo Valladares dio decenas de conciertos en escuelas, plazas y eventos de todo tipo. No cobran ni un peso. Piden una colaboración, que puede ser la donación de instrumentos o insumos para la orquesta.

El Centro de Trabajo Popular Mate Cocido necesita sillas, ventiladores, instrumentos musicales, un amplificador y otros insumos para continuar con su trabajo. Allí, el contacto es Sergio Osorio. (+54 9 0381-6047951)

¿Querés ayudar?

Rony López, su director, cree que la orquesta no es solamente un proyecto musical. Habla de un colectivo de arte. Y recuerda las palabras de José Antonio Abreu, el venezolano creador del sistema de orquestas populares en Venezuela; el hombre que llevó Mozart a los barrios carenciados de ese país.

“Abreu plantea de qué manera influyen estos proyectos en los individuos. La orquesta te enseña valores. Cuando uno toca colectivamente, necesita escuchar al otro. Si no lo hacés y no esperás tu momento para intervenir, es imposible tocar. La solidaridad es un valor muy importante. Quizá lo más maravilloso es que, como docente, no tenés que hacer nada para transmitir esas cosas. Sólo estar ahí te las enseña”, cuenta López.

Foto: Mauricio Suárez

En tanto, Sergio Osorio, coordinador general del Mate Cocido, aporta su mirada sobre la función de la orquesta en un barrio carenciado como el ATE. “Esto no es una academia de música. No vienen a estudiar guitarra o instrumentos de viento. Son parte de un proyecto artístico colectivo, que tiene un gran poder socializante para los chicos y las familias. El año pasado, cuatro chicos se sumaron al Conservatorio de Música de la provincia y otros seis fueron a la Escuela Superior de Educación Artística. Se sienten orgullosos de pertenecer a la orquesta y de hacer música popular”, dijo.

La chica enamorada de un sonido

Emilia Racedo es una de las chicas que comenzó en la orquesta y ahora está en el Conservatorio Provincial de Música. A los siete años, se acercó al Mate Cocido. Le dijo a su mamá que quería estudiar guitarra, pero se terminó enamorando del sonido del violín. Hoy, a los 17 años, esta chica -hija de un herrero y de una empleada administrativa- forma parte de la Orquesta Popular Chivo Valladares, de otra juvenil en formación en el Mate Cocido y de otras dos agrupaciones externas, además de sus clases en el conservatorio.

Foto: Emilia Racedo

Cuando cuenta su experiencia con la orquesta, al escucharla, da la impresión de que la música es sólo un vehículo; una puerta para otros mundos. “Con la orquesta empecé a conocer más del folclore y de la música andina. Cuando entré era muy chica, pero me acuerdo que me quería destacar. La orquesta terminó siendo mi segunda familia. El clima es de mucha confianza. Todavía hoy me parece raro cómo terminó siendo mi prioridad. Y me terminé enamorando de la música”, cuenta.

En la Orquesta Popular Chivo Valladares, los chicos tocan de oído, sin usar partituras. Y esa formación hoy le es de gran ayuda a Emilia, cuando toma clases en el conservatorio y aborda las obras de música clásica. “La música clásica y la popular son dos mundos totalmente distintos. En el Mate Cocido todo se toca de memoria. Hoy en día, en el conservatorio, siento que si me olvido una parte de la obra puedo tocar igual. Ese conocimiento me ayuda un montón”, reconoce la jóven artista.

La tarde va cayendo en San Miguel de Tucumán. El “profe” Rony López tiene que partir para preparar una muestra en el Mate Cocido. Al final, dirá que a él también la orquesta le cambió la vida y que descubrió la pasión por la docencia. Y se pone orgulloso cuando cuenta lo bien que están tocando los chicos. Se despide con una sonrisa instalada en la cara, mientras parafrasea a Arquímedes (“Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”)aunque su punto de apoyo es otro. “Me gusta traer esa frase y modificarla un poco. Yo digo: ‘Dame una guitarra y cambiaré el mundo”.

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Sociedad | 21 de noviembre de 2018

Ilustración por Pablo Domrose

Una comunidad calchaquí, que elabora vino hace 300 años, fundó la primera bodega gestionada por indígenas

En la Bodega Comunitaria Los Amaichas, los productores tuvieron su primera vendimia en 2015 y buscan que el proyecto impulse el turismo en una región olvidada de Tucumán.

Con la creación de la bodega incorporaron la cepa Malbec y comenzaron a producir vino fino. Ahora, están desarrollando su estrategia de venta.

“Me voy pa los cerros altos…” escribió Rolando “Chivo” Valladares en la vidala “Subo”. Cuando el ómnibus remonta la Ruta 307 camino a los valles, la canción del poeta tucumano cobra real dimensión. El vehículo es apenas una mancha blanca; el camino, una lengua de asfalto entre tanta inmensidad de montañas, cardones y una luz clara que ciega.

Rodeada de montañas, a 165 kilómetros de la capital tucumana, está Amaicha del Valle, una comunidad rural de cinco mil habitantes que nunca interrumpió su gobierno indígena. Los comuneros poseen una Cédula Real de 1716, que los convierte en dueños de las tierras desde que los españoles pactaron con sus antepasados, los amaichas, quienes no adhirieron a las guerras calchaquíes.

Foto: Ente Tucumán Turismo

Desde la presencia de los españoles, hay algo que se mantuvo inalterable en este poblado: la producción de vino. Un gran número de familias amaicheñas mantiene su parral, con el que producen patero y mistela. Desde 2015, a partir de un programa de Economías Regionales de Nación, la comunidad decidió aunar esos saberes y producciones en un proyecto. Así nació la Bodega Comunitaria Los Amaichas, la única del país administrada por una comunidad indígena.

Como en todos los proyectos comunitarios, nadie ocupa solamente un rol. Gabriela Balderrama trabaja en el área administrativa y de atención al público, pero también colabora en el proceso de molienda y envasado del vino. Los Amaichas es una de las ocho bodegas que forman parte de la Ruta del Vino de Tucumán, que se distribuye a lo largo de los Valles Calchaquíes.

“Trabajando en grupo y unidos se pueden lograr muchas cosas. Queríamos un proyecto que sea de la comunidad y que pueda ser manejado por nosotros. Desde Nación, nos sugerían que armáramos un hotel o un museo. Nosotros decidimos apostar a la bodega”, cuenta Balderrama, integrante del proyecto que reúne a unas 50 familias y de la comunidad, que aún conserva instituciones ancestrales como el cacicazgo y el Consejo de Ancianos.

Foto: Bodega Comunitaria Los Amaichas

Con el dinero que recibieron, construyeron la bodega en el Km 115 de la Ruta 307, en una de las tierras comunitarias. El lugar tiene una capacidad para producir 50 mil litros de vino. La construcción respondió a los principios que solían usar sus antepasados. “Fue pensada por la gente de la comunidad y los productores, junto con el cacique y el Consejo de Ancianos. Es circular porque así eran las viviendas en nuestra cultura ancestral. Además de la construcción principal, se hicieron otras dos en forma de semicírculo de cada lado. La piedra nos ayuda a lograr una temperatura óptima para estacionar el vino naturalmente, sin la necesidad de refrigeración”.

Gabriela muestra todas las instalaciones de la bodega: las máquina, los tanques de acero inoxidable, el proceso de etiquetado manual y se detiene en la cava. “Es una excavación que le hicimos a la loma donde estamos. Se pretendía que la cava fuese más grande, pero nos encontramos con una piedra inmensa que abarcaba este sector y rompió tres máquinas. ¡Era durísima! El cacique nos dijo: ‘La Pachamama nos pide que la construcción no avance más allá de esto’”.

El proceso para profesionalizar la producción no fue fácil. Aunque ya llevan cinco moliendas, los productores, que son dueños de la bodega y se comprometen a entregar la totalidad de su producción, aprenden día a día. Actualmente, tienen dos líneas de vino: Sumak Kawsay Criolla y Malbec; el nombre significa “Buen Vivir”.

La decisión del precio que se debe pagar por las uvas de cada productor la toma un Comité de Viñateros; algunos entregan sólo 200 kilos anuales y están los que aportan unos tres mil. La visita a los productores no es tarea fácil porque están dispersos en toda la región en un radio de 30 kilómetros rodeados de montañas.

Foto: Ente Tucumán Turismo

La Bodega Comunitaria Los Amaichas cuenta con el apoyo del área de de Agricultura Familiar de la Secretaría de Agroindustria. El ingeniero agrónomo Vicente López Curia conoce el proyecto de cerca. Vio cómo se fue sumando a los viejos parrales de uva criolla, la “uva fina” del Malbec con espalderos. Y fue asesorando en todo el proceso desde el vino patero al vino fino, con la incorporación de máquinas moledoras, despalilladoras, prensas y llenadoras.

“Ellos hacen vino desde hace 300 años. Saben el proceso y el cultivo del parral, pero quizá no conocían tanto del manejo y del acompañamiento que necesita la cepa fina. ¿Cómo acompaño el proceso? Convoco a los productores a distintos lugares para una reunión técnica y luego visito los viñedos del lugar, además de estar en la cosecha y la poda”, cuenta el agrónomo, que también se mostró preocupado por los recortes presupuestarios de su área en Tucumán.

Orgullo calchaquí

López Curia dice que el proyecto va mucho más allá de la producción y comercialización de botellas. “El vino de la bodega es un orgullo para todos ellos porque significa una carta de presentación ante la sociedad. Llevar su vino implica llevar su cultura. Todos los años lo presentan en la Casa de Tucumán en Buenos Aires, con un rito que incluye a la Pachamama. Con el pretexto del vino, muestran su cultura”, analiza.

En la actualidad, Gabriela Balderrama combina su trabajo en la bodega con su oficio de docente, al igual que los otros integrantes del proyecto. Con entusiasmo, cuenta que su sueño es poder vivir de un emprendimiento propio. “Sería óptimo que esto no sólo sea una pequeña ayuda sino algo propio. Y nos gustaría poder manejarlo exclusivamente nosotros. La bodega no sólo impactó en la economía de los productores. También tuvo una repercusión en el turismo de nuestra comunidad”, contó.

Foto: Bodega Comunitaria Los Amaichas

Amaicha del Valle siempre fue un lugar de paso dentro del mapa turístico del norte argentino. Los  viajeros pasan por el Museo Pachamama y por la Ruina de los Quilmes y luego siguen hacia Tafí del Valle o Cafayate en Salta.

Sebastián Pastrana tiene un doble rol. Por un lado, es director de Turismo de la comuna y además participa como productor de la bodega. Califica a la bodega como el “caballito de batalla” para el desarrollo turístico de Amaicha del Valle. “Es un emprendimiento comunitario único en el país y el tercero en su tipo en el mundo (los otros dos están en Canadá y Australia). La instalación de la bodega hace que mucha gente ingrese al pueblo. En el mismo predio, estamos desarrollando un centro de informe turístico y un paseo de artesanos. Hay una revalorización de la actividad, que estaba siendo desplazada por lugares fuertes como Cafayate. Y la gente se engancha con esta forma más justa y equitativa de distribución”, analizó.

Aunque la Bodega Comunitaria Los Amaichas tiene una capacidad para 50 mil litros, sólo está produciendo alrededor de 16 mil anuales, de los cuales alrededor de un 80% corresponden a Malbec y el resto a Criolla.

El próximo gran desafío es la comercialización, que por ahora tiene poco desarrollo. “Recién estamos arrancando en ferias y presentaciones. Por ahora, nuestros vinos sólo se pueden comprar en el stand de venta de la bodega. Recién estamos armando nuestro sitio de venta en Internet. Incluso el vino todavía no se consigue en San Miguel de Tucumán”, informa Balderrama.

El sol es un disco dorado que se esconde detrás de las montañas y nuestra guía abandona el salón central de la bodega porque allí darán una capacitación. La vendimia de Malbec se hará a mediados de febrero. En un poblado con economía rural y primaria, la bodega genera esperanza en Amaicha del Valle. Buscan el “buen vivir” y quieren hacerle honor al nombre de su vino.

Educación | 20 de septiembre de 2018

Es maestra de primer grado y utiliza el yoga en el aula para combatir el bullying

Celeste Rodríguez, maestra de primer grado en Federación, Entre Ríos, creó el “Rincón de Paz” en su aula, y aplicando los principios del yoga logró excelentes resultados en el rendimiento, la capacidad de atención y concentración, y hasta la lucha contra el bullying. La iniciativa contagió a toda la ciudad y fue elegida “Maestra Ilustre” del departamento.

La escena se repite todos los días en la Escuela Nº 1 Carlos Pellegrini, de Federación (Entre Ríos). Tanto, que ya forma parte de la rutina, como los actos en los días patrios, la Feria de Ciencias y la muestra de Educación Física. Los recreos son, como en toda escuela, una explosión de energía y juegos, pero hay uno que es especial: el Recreo de Yoga. La iniciativa comenzó en esa escuela de 500 alumnos, una de las más concurridas de esa ciudad entrerriana. Y luego se extendió por otras de Federación, que quieren tener también su espacio para que los chicos trabajen sus emociones y encontraron en la práctica además una forma de combatir el bullying.

Detrás de esta historia está Celeste Rodríguez, una docente que habla con entusiasmo del proyecto y de los chicos. Es maestra de primer grado en la Escuela Pellegrini y profesora de yoga, nacida en Concepción del Uruguay. Lleva más de dos décadas formando chicos y fue directora del Colegio Los Naranjos, de Concordia. Cuando decidió mudarse a Federación, volvió al aula.

“El yoga aparece en mi vida hace unos años por una cuestión de salud. Después, comencé a estudiar yoga para niños en Rosario y Santa Fe, con la idea de aplicar esos conocimientos en el aula. Al tiempo presenté un trabajo en la Feria de Ciencias de Federación, con la idea de utilizar el yoga para combatir el bullying”, cuenta Celeste.

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Fotos: Celeste Rodríguez – Municipalidad de Federación

Desde principios de este año, la docente comenzó a desarrollar la idea en el ámbito más pequeño, en su lugar de incidencia. Instaló en el aula de su primer grado el “Rincón de la paz”, al que equipó con plumas, distintos aromas, una manta, almohadones, mandalas, sahumerios y música. La “seño” no da órdenes y son los propios chicos los que van cuando sienten que lo necesitan. Y en poco tiempo, se encontraron con resultados excelentes.

“Es sólo ofrecerle al chico la posibilidad de mirarse. Trabajamos las emociones, identificamos qué nos está pasando -le ponemos un nombre al sentimiento- y vemos cómo podemos canalizarlo de otra manera. Eso resulta fundamental para poder reencontrarnos con lo que nos sucede y elegir la acción más adecuada. Si sé que me está pasando y sencillamente respiro, probablemente no voy a agredir a nadie. Por eso creo que sirve para combatir el bullying”, explica.

La Escuela Pellegrini es de gestión estatal y su población está formada por chicos de distintos estratos sociales, con diferentes problemáticas. La ciudad de Federación todavía recuerda con dolor el traslado de su población en 1979, a raíz de la construcción de la Represa de Salto Grande. Y todos hablan con nostalgia de “la vieja”, como llaman al antiguo emplazamiento de la ciudad, que quedó inundada. Romina Mariana Goya es comerciante y mamá de Ernestina, una de las alumnas de la “seño Celeste” en la escuela. Ella dice que fue una “gran suerte” para su hija tener a Celeste de docente. Y cuenta una escena que pinta cómo es el escenario escolar cotidiano.

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Fotos: Celeste Rodríguez – Municipalidad de Federación

“Hace poco, tuve que pasar por el colegio en horario de clases. ¡Había tanta paz en el aula! Vi a 16 chicos, todos sentados en círculo y escuchando a Celeste con los ojos cerrados. Fue increíble observar a esos nenes de seis años vivenciando el aquí y el ahora. Mi nena va a la escuela feliz y no quiere faltar ni cuando llueve. Además, nos enseña mucho a nosotros. Cuando ven que mi marido y yo andamos acelerados y no le hablamos bien, nos dice: ‘Me hace mal que me hables así y me pone triste’. Eso, evidentemente, lo aprendió del yoga. Cuando tienen un problema con un compañero, piensan antes en hablarlo con él o ella para saber cómo se siente”, dice Goya.

El siguiente desafío de Celeste Rodríguez fue cómo pasar del ámbito del aula a una instancia institucional: “no quería que ningún gurí se pierda los beneficios del yoga” explica. A raíz de la buena recepción de los padres de primer grado, toda la escuela pasó a tener uno de los recreos dedicado a la actividad, y aunque la asistencia no es obligatoria, casi todos van.

“Cantamos alguna canción y nos sentamos en el piso formando un círculo. Les invento cuentos y cantamos mantras, que incorporamos a las historias. Vienen chicos de todos los grados. El que no se acerca es por algún impedimento físico o por una cuestión religiosa de la familia”, cuenta Celeste.

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Fotos: Celeste Rodríguez – Municipalidad de Federación

Federación es una ciudad de apenas 20 mil habitantes, de modo que la historia de la señorita que da yoga en el aula no tardó en conocerse, y rápidamente otras instituciones comenzaron a interesarse por la iniciativa. Ahora Celeste no sólo da talleres en los turnos mañana y tarde de su escuela, sumó otra más en Federación y está disponible para “las que me llamen”.

“En mi grado no tuvimos problemas de bullying, pero sé que en otros sí. Una de mis alumnas manifestó el problema en unos chicos que conocía en la escuela secundaria. Entonces, con alumnos de tercer grado, salimos a compartir una tarde de convivencia con pibes y pibas del primer año de la Escuela Sagrada Familia y la Escuela Técnica. Fue una hermosa experiencia porque los más chiquitos les dieron charlas a los más grandes, con técnicas de yoga”, contó.

Este año, Celeste Rodríguez fue elegida “Maestra Ilustre” de Federación, a raíz de la iniciativa. El premio se otorga a un docente de cada uno de los 17 departamentos de la provincia. “El yoga mejora el rendimiento escolar del niño, ayuda a controlar el nerviosismo, reduce la agresividad, desarrolla la capacidad de atención y concentración e incrementa la capacidad de la memoria, además de fortalecer la autoestima”, decía el documento que la Escuela Nº 1 Carlos Pellegrini de Federación mandó al Ministerio de Educación de la provincia para justificar la candidatura de Celeste al premio, que finalmente obtuvo.

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Fotos: Celeste Rodríguez – Municipalidad de Federación

Mónica Masetto, directora departamental de Educación de Federación, fue una de las que impulsó la postulación de Rodríguez en la capital Paraná. “Nos interesó la idea del autocontrol del niño, con el Rincón de la Paz y luego con los recreos dedicados al yoga. La escuela tuvo muy buenos resultados de disciplina y se lograron calmar situaciones de bullying. Incluso tuvo incidencia en otros aspectos, como la alimentación. Hay chicos que tienen ansiedad y necesitan estar comiendo todo el día. Ella hace todo el trabajo ad honorem. La idea es que Celeste ahora pueda ser un agente multiplicador en otras instituciones. Y estamos trabajando para que eso suceda”, señaló.

Mientras tanto, Celeste sigue dictando yoga y llevando a las familias a la escuela para compartir ese espacio de aprendizaje, en el que todos se divierten y relajan. “Me gustaría capacitar a los docentes”, dice. Y repite, casi como un mantra, su sueño. “Que ningún gurí se pierda los beneficios del yoga”.

Sociedad | 11 de septiembre de 2018

Una muestra destaca el rol de la carne en la Argentina

Un domingo cualquiera miles de turistas caminan sobre la calle Defensa. Buscan alguna reproducción de Mafalda, un mate, algo de cuero, un objeto para llevarse a casa que condense de algún modo la idiosincrasia argentina. En una de las calles, en la pared de entrada al Museo de la Ciudad, aparece grande la palabra Carne. Y quizá ése sea el punto central para conocer una particularidad de  la historia de este país.

En una de las paredes de la sala que aloja la muestra, hay una línea de tiempo, que arranca en 1555, cuando el militar español Juan Nuñez del Prado arrea desde Potosí a Tucumán los primeros ejemplares introducidos en la Argentina.  A partir de ahí, la historia llega a nuestros días y no sólo muestra la importancia de la carne como alimento -nos comemos siete mil vacas por día- sino también como factor político y económico en nuestro país.

“El de la carne parece un fenómeno invisible pero cruza nuestra vida cotidiana. Fijate en la ciudad que tiene un barrio que se llama Mataderos, pero los mataderos también estuvieron en todos los rincones de Buenos Aires. A partir de 1880, el eje de la expansión económica es la carne”, cuenta Ricardo Pinal, director del Museo de la Ciudad y curador de la muestra.

A medida que habla, la mirada se pierde en el museo, que en octubre cumple medio siglo. Además de la línea de tiempo, hay algunas obras de arte relacionadas con la carne: un grabado de Carlos Alfonso, algunos originales de Patoruzú y, por supuesto, los afiches de la recordada película “Carne”, con Isabel Sarli como protagonista. Al fondo del salón, se recrea una vieja carnicería, con elementos que todos tenemos en la memoria, pero que hoy son difíciles de encontrar: balanza mecánica, una lámpara matamosquitos con luz azul y las clásicas gancheras, además de una placa original de la Junta Nacional de Carnes, el organismo que reguló el mercado desde la década del 30, bajo el gobierno de Agustín P. Justo, hasta su disolución, en los ‘90.

Pinal dice que la muestra es sólo un vuelo de pájaro a una historia que “merecería un museo propio”. Y que se podría contar la historia de las crisis a través de la carne y sus diferentes cortes. “No es lo mismo el loma que la aguja, así como tampoco el asado o el guiso. Éste último está dentro de las comidas de olla, que se pueden agrandar. Además de la cuestión económica, vamos reduciendo mucho nuestra elección gastronómica. ¿Cuándo fue la última vez que viste a un chico de hoy comer hígado? La gente va a un restaurante y pide lo mismo que come en su casa: milanesa”, agrega.

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La carne barata como forma de gobierno

Para montar la muestra “Carne”, el Museo de la Ciudad tuvo que salir a la caza de diversas colecciones, que están dispersas en manos privadas y públicas, como el Museo de los Corrales en el Mercado de Liniers. El Instituto Argentino de Carnes hizo su aporte, con una maqueta en la que se explica todo el proceso, desde la cría al transporte en pie, pasando por los mataderos y la distribución a las carnicerías de toda la ciudad.

Segundo Acuña, agrónomo y director ejecutivo de esa institución, piensa que el acceso a la carne fue un factor fundamental para gobernar la Argentina y para la construcción del país. “En nuestra patria, la dota fueron, de alguna manera, la vaca y el caballo. La primera representa al poder económico, mientras que la segunda es el militar. Acá vinieron con la ilusión de encontrar oro y plata, que no se cumplió. Finalmente, las vacas generaron fortunas, colonizaron el continente y se convirtieron en nuestras embajadoras. Creo que gobernar la Argentina fue, en líneas generales, procurar carne barata para la población”, apunta.

Quizá reducir el bienestar económico al acceso a la carne sea algo reduccionista. Pero se pueden sacar algunas conclusiones a través de la curva de consumo de kilos de carne por año y por persona, de acuerdo a los diferentes gobiernos. En la década del 50 y posteriores -hasta los 80-, el consumo rondaba los 80 kilos por persona. En 2002 y 2016, los dos peores años con registros, el consumo cayó a 59 y 55 kilos, respectivamente. El año pasado fue de 57 kilos. Aunque la carne vacuna sigue mandando, los argentinos incorporan cada vez más el pollo y el cerdo a sus platos. El consumo avícola rondó los 45 kilos en 2017, según el Centro de Empresas Procesadoras Avícolas. Mientras tanto, el de cerdo trepó a 14 kilos en el mismo año, pero significó el más alto en la década, según el Ministerio de Agroindustria.

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La vaca y la soja

El escenario de la producción cambió drásticamente hace algunos lustros, con la explosión de la soja. No hubo más rotación entre agricultura y ganadería y comenzó a reinar la siembra directa. “Ese escenario no sólo expulsó a las vacas del campo -agrega Acuña- sino que también lo hizo con la gente. La agricultura es poner el cultivo y, en muchos casos, sólo cobrar. En la ganadería hay que buscar la vaca, preñarla con un toro, estar atento a la inseminación y esperar unos 20 meses. Tenés que estar. La agricultura es delegable. La ganadería no. Y nadie quiere vivir en el campo si no hay asfalto ni wifi de alta velocidad. La soja tiene mucho que ver en esa transformación”.

Mientras Acuña habla, los turistas y curiosos pasan por la puerta del museo, que tiene una de esas cortinas plástica y multicolores de la carnicería. Pasamos de un alimento riquísimo en proteínas a un lote de animales en feedlot. Tanto tiene que ver la carne con nuestra identidad que, antes de venir a Buenos Aires, Juan de Garay mandó con anticipación un arreo importante de vacunos, con la idea de no tener problemas de comida. Primero la vaca, después la fundación. Pero no siempre fue así. Mario Silveira, licenciado en Química y en Antropología (UBA) y especialista en Zooarqueología (disciplina que tiene como fin estudiar los restos animales procedentes de los sitios arqueológicos), recuerda que muy cerca del Museo de la Ciudad, allá por 1810, se comían otras delicias. “El lugar de pesca más concurrido estaba muy cerca de la Casa de Gobierno. Los vendedores se metían al río con caballos y redes y sacaban una redada de peces de variedad abundante. Había armado, dorado, surubí, pejerrey, lisa y boga, entre otras especies. ¿Sabés cuál era la comida rápida, el fast food de la época de 1810? El pescado frito en grasa. Por una moneda de cobre, te daban una posta de pescado”, recuerda. Mientras tanto, cae la tarde y los turistas, que siempre cenan temprano, buscan las parrillas que recomiendan sus guías de viaje.

Información. La muestra “Carne” se puede ver hasta mediados de octubre en el Museo de la Ciudad. Todos los días de 11 a 18 horas.