Edoardo Campanella | RED/ACCIÓN
Actualidad | 16 de octubre

El impacto político del aumento del número de jubilados es un fenómeno global

El populismo de derecha que ha surgido en muchas democracias occidentales en los últimos años podría terminar siendo mucho más que un incidente en el paisaje político. Más allá de la Gran Recesión y de la crisis migratoria, que crearon un campo fértil para los partidos populistas, el envejecimiento de la población de Occidente seguirá alterando la dinámica del poder político en favor de los populistas.

Resulta ser que los votantes de más edad son bastante simpatizantes de los movimientos nacionalistas. Los británicos de más edad votaron desproporcionadamente a favor de abandonar la Unión Europea, mientras que los norteamericanos de más edad le entregaron la presidencia de Estados Unidos a Donald Trump. Ni el partido Ley y Justicia (PiS) en Polonia ni Fidesz en Hungría estarían en el poder sin el respaldo entusiasta de la gente mayor. Y, en Italia, la Liga ha triunfado en gran medida al explotar el descontento de la gente de edad avanzada en el norte de Italia. Entre los populistas de hoy, sólo Marine Le Pen de Reagrupación Nacional de Francia (anteriormente el Frente Nacional) –y posiblemente Jair Bolsonaro en Brasil- tiene una base de votantes más jóvenes.

El próximo test será en la primavera europea

La próxima primavera, este patrón de votación relacionado a la edad podría decidir el resultado de la elección del Parlamento Europeo. Según estudios recientes, los europeos de más edad –especialmente los que tienen un menor nivel de educación- sospechan más del proyecto europeo y confían menos en el Parlamento Europeo que los europeos más jóvenes. Esto es sorprendente, porque las generaciones de más edad deberían tener más frescos los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial y su legado. Sin embargo, su escepticismo frente a las instituciones democráticas de la Unión Europea puede explicar su inclinación por líderes autoritarios.

La atracción del populismo

Muy probablemente una creciente sensación de inseguridad esté empujando a los adultos mayores a los brazos de los populistas. Dejando de lado las peculiaridades específicas de cada país, todos los partidos nacionalistas prometen contener las fuerzas globales que afectarán desproporcionadamente a la gente mayor.

Por ejemplo, la inmigración tiende a generar más miedo entre los votantes de más edad, porque estos suelen estar más vinculados a valores tradicionales y comunidades autónomas. De la misma manera, la globalización y el progreso tecnológico suelen alterar las industrias tradicionales o heredadas, donde es más probable que haya empleados trabajadores de más edad. El ascenso de la economía digital, dominada por gente de veintitantos y treinta y tantos años, también está empujando a los trabajadores de más edad a los márgenes. Pero, a diferencia de lo que sucedía en el pasado, los sistemas de pensiones que se desmoronan ya no pueden absorber estas sacudidas del mercado laboral. La consecuencia es que los trabajadores de más edad que pierden su empleo están condenados a un desempleo de largo plazo.

Es más, los jubilados ahora tienen motivos para preocuparse sobre las amenazas a sus beneficios de retiro de parte de sus propios hijos. La gente joven, frustrada por los sistemas socioeconómicos que claramente están inclinados a favor de los jubilados, cada vez más reclaman una redistribución intergeneracional más justa de los recursos escasos. Por ejemplo, el Movimiento Cinco Estrellas de Italia, que gobierna en una coalición con la Liga, recientemente reclamó una “renta ciudadana” disponible para todos los desempleados sin importar su edad. De manera que, mientras que los populistas de derecha han atraído a votantes de más edad, los populistas de izquierda han ganado seguidores entre las generaciones más jóvenes.

La derecha les ofrece un retorno a un pasado que nunca existió

Al respaldar a los populistas de derecha, los votantes de más edad esperan regresar a una época en la que los asuntos domésticos estaban aislados de las fuerzas globales y las fronteras nacionales eran menos porosas. En el centro de la política nacionalista de hoy existe una promesa de preservar el status quo –o inclusive restablecer un pasado mítico.

De ahí que los políticos nacionalistas recurran con frecuencia a una retórica nostálgica para movilizar a sus seguidores de más edad. Por su parte, Trump ha prometido recuperar los empleos en el Cinturón Manufacturero norteamericano, alguna vez el centro de la industria y economía de Estados Unidos. De la misma manera, no podría existir un símbolo más claro de la resistencia al cambio que el muro que Trump propuso construir en la frontera entre Estados Unidos y México. Y las medidas enérgicas contra la inmigración ilegal y la prohibición a los viajeros de países predominantemente musulmanes marca su compromiso con una nación norteamericana “pura”.

De la misma manera, en Europa continental, los populistas de derecha quieren regresar a una época anterior a la adopción del euro y del sistema Schengen de viajes sin pasaporte dentro de gran parte de la UE. Y suelen apelar directamente a los votantes de mayor edad prometiendo bajar la edad de jubilación y expandir los beneficios de pensiones (dos políticas emblemáticas de la Liga).

En el Reino Unido, la campaña a favor de “Brexit” prometió una reivindicación para aquellos que han quedado rezagados en la era de la globalización. No importa que también pregonara la idea de una “Gran Bretaña Global” libre e independiente. Los defensores del Brexit no son conocidos por su consistencia.

En cualquier caso, en la medida que la ola populista de hoy esté impulsada por la demografía, es poco probable que llegue a su punto más alto en lo inmediato. En las sociedades que envejecen, el peso político de los adultos mayores crecerá de manera sostenida; y en las economías de rápido cambio, su capacidad de adaptación decaerá. Como consecuencia de ello, los votantes mayores exigirán más y más seguridad socioeconómica, y los populistas irresponsables estarán esperando entre bastidores para complacerlos.

Es urgente un nuevo contrato social

¿Se puede hacer algo? Para frenar la ola nacionalista, los partidos tradicionales necesitan con urgencia diseñar un nuevo compacto social que aborde la creciente sensación de inseguridad entre los votantes de más edad. Necesitarán encontrar un mejor equilibrio entre la apertura y la protección, entre la innovación y la regulación; y tendrán que hacerlo sin caer en una trampa populista regresiva.

La respuesta no es sofocar a las fuerzas globales, sino hacerlas más tolerables. Los ciudadanos de todas las edades necesitan estar equipados para enfrentar las disrupciones actuales y futuras. En este sentido, es mejor empoderar a la gente mayor que simplemente protegerla. La mayoría de las economías avanzadas no pueden afrontar el enorme volumen de nuevos beneficios para un grupo de interés sobredimensionado. Y, además, una política que haga que la gente dependa de alguna forma de respaldo externo es, cuando menos, moralmente cuestionable.

En cambio, los gobiernos deberían centrarse en mejorar las habilidades de los trabajadores de más edad, creando más oportunidades para que las generaciones mayores y más jóvenes trabajen juntas, y responsabilizando a los agitadores por las consecuencias socioeconómicas que generan. Los subsidios a los más vulnerables deberían seguir siendo un último recurso.

En muchos sentidos, el encaprichamiento de los votantes de más edad con los populistas es un grito de ayuda. Corresponde a los políticos esclarecidos encontrar una respuesta constructiva.

Edoardo Campanella es un miembro Future of the World en el Centro para la Gobernanza del Cambio en la Universidad IE de Madrid.

© Project Syndicate 1995–2018

Sociedad | 10 de julio

El desafío para los trabajadores: seguir vigentes ante la amenaza de los robots

El 65% de los niños que ingresan hoy a la escuela primaria terminarán trabajando en empleos que aún no existen. Para tener éxito en el mercado laboral y enfrentar el desafío de la automatización, se espera que los trabajadores sean estudiantes de por vida. Pero hay que entender que existen barreras psicológicas e intelectuales del aprendizaje permanente.

A medida que las nuevas tecnologías continúan cambiando drásticamente a las industrias, y asumen tareas que anteriormente realizaban los humanos, los trabajadores, a lo largo y ancho del mundo, temen por su futuro. Pero, lo que realmente impedirá que nosotros, los humanos, compitamos eficazmente en el mercado laboral no son los robots, sino nuestras propias mentes, con todos sus sesgos psicológicos y limitaciones cognitivas.

En el rápidamente cambiante mercado laboral de hoy en día, las ocupaciones más demandadas, como por ejemplo, los científicos de datos, los desarrolladores de aplicaciones o los especialistas en computación en la nube, ni siquiera existían como tales cinco o diez años atrás. Se estima que el 65% de los niños que ingresan hoy a la escuela primaria terminarán trabajando en empleos que aún no existen.

Para triunfar en un mercado laboral de este tipo es necesario que los trabajadores sean estudiantes permanentes durante toda la vida, que se sientan cómodos con la adaptación continua y estén dispuestos a desplazarse entre rubros industriales. Si una profesión se torna obsoleta, algo que puede ocurrir prácticamente de la noche a la mañana, los trabajadores necesitan tener la capacidad para desplazarse hábilmente hacia otra profesión.

Los límites al aprendizaje permanente

Se supone que el aprendizaje permanente brinda la flexibilidad intelectual y la adaptabilidad profesional necesarias para aprovechar las oportunidades en sectores nuevos y dinámicos a medida que los mismos surgen. También da la resiliencia para manejar las crisis en las industrias en declive. Los centros de capacitación, según dicta la lógica, simplemente necesitan identificar las competencias que las empresas buscarán en el futuro y diseñar cursos que concuerden con dichas necesidades.

No obstante, en Europa, solamente alrededor del 10% de la fuerza laboral emprendió algún tipo de capacitación formal o informal durante el año 2017, y esta proporción disminuyó drásticamente en el caso de personas con más años de edad. Si el aprendizaje permanente es la clave para competir en el mercado laboral, ¿por qué las personas son tan reacias a llevarlo a cabo?

La verdad es que revertir el proceso de obsolescencia de las habilidades requiere superar las barreras psicológicas e intelectuales que con demasiada frecuencia se ignoran.

De acuerdo con la economía del comportamiento, los seres humanos estamos predispuestos a quedarnos en nuestra zona de confort. A menudo sobreestimamos las pérdidas potenciales de habilidades y subestimamos los beneficios potenciales de seguir aprendiendo nuevas.

El aprendizaje permanente se considera extremadamente costoso en términos de tiempo, dinero y esfuerzo, y sus frutos se consideran como altamente inciertos, especialmente en medio de momentos de disrupción tecnológica. A eso hay que sumar los sentimientos de depresión y desesperanza que a menudo surgen cuando los trabajadores pierden sus empleos, o enfrentan una encrucijada en sus carreras profesionales.

Si la necesidad de “empezar de nuevo” después de años en un determinado empleo o campo es desmoralizante, después de décadas puede parecer un desafío insuperable. Y, de hecho, embarcarse en un cambio así de tarde en la vida va en contra de nuestros patrones naturales de desarrollo.

El declive mental comienza en los 20

Los seres humanos experimentan un declive en el rendimiento cognitivo relativamente temprano en la vida, ya que sus capacidades intelectuales fluidas, asociadas con la memoria operativa, el razonamiento abstracto y el procesamiento de nuevos conocimientos, comienzan a disminuir alrededor de los 20 años de edad.

Después de la edad madura, estas habilidades se deterioran sustancialmente, haciendo que la adquisición de nuevas habilidades sea un desafío cada vez mayor. Solo nuestras capacidades cognitivas cristalizadas, relacionadas con las habilidades de comunicación y gestión, mejoran durante etapas más avanzadas de la vida.

Esto refleja siglos de evolución. En casi cualquier sociedad, la edad se asocia con la sabiduría, la experiencia y el crecimiento del estatus social. La juventud fue el momento de aprender los fundamentos de la profesión que la persona estaría destinada a practicar durante su adultez. Una vez en ese trabajo, un trabajador afilaría sus habilidades a medida que adquiriera experiencia, pero probablemente no tendría que aprender nuevas competencias desde cero.

Las políticas públicas están en deuda

Los programas de entrenamiento de hoy son inefectivos en parte debido a que, generalmente, se enfocan en habilidades intelectuales fluidas. Para las empresas, la conclusión parece ser que el reentrenamiento de la fuerza laboral es una tarea demasiado desafiante; por lo tanto, cuando se necesitan nuevas habilidades, dichas empresas deciden que es mejor buscar alternativas como la automatización, la deslocalización y la colaboración abierta distribuida (crowdsourcing).

El supuesto de que los trabajadores, sin importar su edad y antecedentes educativos, independientemente harán lo que sea necesario para mantenerse al día con el cambio tecnológico es una falacia que lleva a estar en riesgo de crear un ejército de desempleados.
Este abordaje puede esperarse sólo de los trabajadores más altamente educados y calificados, es decir, de aquellos cuyos trabajos incluso no suelen correr el riesgo de automatización.

Esto puede que cambie en el futuro, debido a que las generaciones más jóvenes están creciendo con la expectativa de convivir con el aprendizaje permanente. Pero, mientras tanto, los responsables de la formulación de políticas deberían tomar medidas para mitigar los complicados procesos mentales que se encuentran en la raíz de la inercia profesional de muchas personas.

Para empezar, los consejeros podrían ayudar a guiar a los trabajadores a lo largo del proceso tumultuoso de adquirir nuevas habilidades y buscar empleo. Para las personas de manera individual, obtener la ayuda de un consejero requeriría superar sentimientos de desaliento o vergüenza por necesitar cualquier tipo de ayuda.

Sin embargo, en caso de que los servicios de asesoramiento se conviertan en la norma, es mucho más probable que los trabajadores aprovechen y se beneficien de ellos. Con este fin, los sindicatos y las asociaciones empresariales deberían establecer programas formales de tutoría para asesorar a los trabajadores acerca de cómo progresar en sus carreras o en la transición a un nuevo sector. Los empleadores, por su parte, deberían establecer procesos formales de retroalimentación, no sólo para evaluar el desempeño de sus empleados, sino también para evaluar cuáles habilidades necesitan ser actualizadas o, siendo realistas, pueden ser adquiridas por dichos empleados.

Incentivos fiscales y flexibilidad laboral

Adicionalmente, las empresas deberían recibir generosos incentivos fiscales para impulsar la inversión en programas de capacitación. Reflejando la realidad de las capacidades cognitivas de los adultos, tales programas deberían tener como objetivo transferir nuevos conocimientos de manera gradual, mientras que al mismo tiempo se aprovechan las habilidades intelectuales cristalizadas. Los trabajadores con mayor experiencia podrían ser menos propensos a aprender nuevas habilidades en general en comparación con sus colegas más jóvenes; sin embargo, ellos pueden sobresalir en otras áreas valiosas, tales como la resolución de problemas, la autogestión y la automotivación.

A medida que desarrollemos robots con capacidades cada vez más humanas, deberíamos examinar más detenidamente nuestras propias capacidades. Solamente aprendiendo a superar, o al menos a eludir, nuestras limitaciones de aprendizaje podremos tener carreras profesionales largas y fructíferas en la nueva economía global.

Traducción por Rocío Barrientos

Edoardo Campanella es un Future of the World Fellow en el Centro para la Gobernanza del Cambio de IE University en Madrid.

Copyright: Project Syndicate, 2018. | Foto: Reuters