George Soros | RED/ACCIÓN
Opinión | 15 de febrero de 2019

Foto: Tolga Akmen / AFP

¡Europa, despierta!

George Soros es presidente de Soros Fund Management, uno de los fondos de inversión más influyentes del mundo, y de la Fundación Open Society.

El sueño Europeo está en peligro y Europa no se da cuenta. El primer paso para defender a Europa de sus enemigos, tanto internos como externos, es reconocer la magnitud de la amenaza que presentan. El segundo es despertar a la mayoría pro-europea dormida y movilizarla para defender los valores sobre los cuales se fundó la Unión Europea.

Europa va como sonámbula a su aniquilación, y es necesario que el pueblo europeo despierte antes de que sea demasiado tarde. Si no lo hace, la Unión Europea correrá la misma suerte de la Unión Soviética en 1991.

Ni nuestros líderes ni la ciudadanía ordinaria parecen comprender que estamos experimentando un momento revolucionario, que el espectro de posibilidades es muy amplio, y que por ende el resultado final es muy incierto.

Solemos dar por sentado que el futuro se parecerá más o menos al presente, pero no siempre es así. En una vida larga y agitada, he presenciado muchos períodos de lo que denomino “desequilibrio radical”. Hoy vivimos uno de esos períodos.

El próximo punto de inflexión serán las elecciones para el Parlamento Europeo en mayo de 2019. Por desgracia, las fuerzas antieuropeas tendrán una ventaja competitiva en las urnas.

Esto se debe a varias razones, entre ellas el obsoleto sistema de partidos vigente en la mayoría de los países europeos, la imposibilidad práctica de modificar los tratados y la falta de herramientas legales para disciplinar a los estados miembros que infrinjan los principios fundacionales de la UE. Aunque esta puede imponer el acervo comunitario (el corpus de legislación de la UE) a los países que solicitan ingresar al bloque, carece de capacidad suficiente para fiscalizar su cumplimiento en el caso de los estados miembros.

Los partidos tradicionales están obsoletos

El anticuado sistema de partidos pone obstáculos a quienes quieren preservar los valores fundacionales de la UE, pero ayuda a quienes quieren reemplazarlos con algo radicalmente diferente. Esto se aplica en el nivel nacional, y todavía más a las alianzas supranacionales.

Los sistemas de partidos dentro de cada país reflejan las divisiones que importaban en los siglos XIX y XX, por ejemplo el conflicto entre el capital y la mano de obra. Pero hoy la divisoria que más importa es entre las fuerzas pro y antieuropeas.

El país dominante de la UE es Alemania, y la alianza política dominante en Alemania –entre la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y la bávara Unión Social Cristiana (CSU)– se ha vuelto insostenible. La alianza funcionaba mientras en Baviera no hubiera un partido significativo a la derecha de la CSU. Eso cambió con el ascenso de la extremista Alternative für Deutschland (AfD). En las elecciones del pasado septiembre para los länder, la CSU obtuvo el peor resultado en más de seis décadas, y AfD logró ingresar por primera vez al parlamento bávaro.

El ascenso de AfD eliminó la raison d’être de la alianza CDU-CSU. Pero la ruptura de esa alianza obligaría a llamar a nuevas elecciones, algo que ni Alemania ni Europa pueden permitirse. Hoy por hoy, la actual coalición gobernante no puede ser tan firmemente proeuropea como sería si AfD no amenazara su flanco derecho.

La situación no es, ni mucho menos, desesperada. El partido alemán Los Verdes, que hoy es el único decididamente proeuropeo del país, sigue subiendo en las encuestas de opinión, mientras que AfD parece haber alcanzado su cima (excepto en la ex Alemania del Este). Pero los votantes de CDU/CSU se encuentran ahora representados por un partido cuyo compromiso con los valores europeos es ambivalente.

Brexit parece ser un callejón sin salida

En el Reino Unido también hay una estructura partidaria anticuada que impide una adecuada expresión de la voluntad popular. Mientras los partidos Laborista y Conservador están internamente divididos, sus respectivos líderes, Jeremy Corbyn y Theresa May, están tan decididos a cumplir con el Brexit que acordaron cooperar para lograrlo. La situación es tan complicada que la mayoría de los británicos sólo quieren que se termine como sea, aunque será el hecho que definirá al país por las décadas venideras.

Pero el pacto entre Corbyn y May generó en ambos partidos oposición, que en el caso del laborismo linda con la rebelión. El día después de la reunión entre Corbyn y May, la primera ministra anunció un programa para ayudar a los empobrecidos distritos laboristas pro‑Brexit del norte de Inglaterra. Y a Corbyn se lo acusa de traicionar el compromiso que formuló en el congreso del Partido Laborista en septiembre de 2018, de apoyar un segundo referendo por el Brexit si no fuera posible llamar a elecciones.

La población también comienza a darse cuenta de las terribles consecuencias del Brexit. Parece cada vez más probable que el 14 de febrero el acuerdo negociado por May termine siendo rechazado, lo cual podría generar un reclamo masivo de que se celebre otro referendo o, mejor aún, de que se anule la solicitud de salida conforme al artículo 50 del Tratado de la UE.

Italia está en las manos del populismo

Italia se halla en un brete similar. En 2017 la UE cometió un error fatal, al imponer en forma estricta el Acuerdo de Dublín, que es inequitativo con los países por donde ingresan los migrantes a la UE (como es el caso de Italia). Esto provocó en 2018 que el electorado italiano (predominantemente europeísta y favorable a la inmigración) diera su apoyo a la Liga (un partido antieuropeo) y al Movimiento Cinco Estrellas.

El antes dominante Partido Democrático está sumido en el caos, y la importante franja del electorado que sigue siendo proeuropea no tiene un partido al cual votar. Pero hay en marcha un intento de organizar una lista unida proeuropea. Un reordenamiento similar de los sistemas partidarios se está dando en Francia, Polonia, Suecia y probablemente en otros países.

En cuanto a las alianzas supranacionales, la situación es todavía peor. Los partidos nacionales al menos tienen raíces históricas, pero las alianzas supranacionales obedecen exclusivamente a los intereses de las dirigencias partidarias.

Esta crítica se aplica sobre todo al Partido Popular Europeo (PPE), que carece casi totalmente de principios, como revela el hecho de que esté dispuesto a seguir aceptando en sus filas al partido Fidesz del primer ministro húngaro Viktor Orbán, para conservar la mayoría y controlar la asignación de los puestos más altos en la UE. En comparación, las fuerzas antieuropeas hasta salen bien paradas, ya que al menos tienen algunos principios, aunque sean detestables.

La Unión Europea no quiere reconocer el problema

Es difícil ver de qué manera los partidos proeuropeos puedan salir victoriosos de la elección de mayo si no ponen los intereses de Europa por encima de los propios. Es posible todavía defender que se preserve la UE para poder reinventarla de raíz. Pero para ello es necesario un cambio de actitud en la UE. La dirigencia actual se parece al politburó de la Unión Soviética al momento de su derrumbe, que seguía emitiendo ucases como si todavía significaran algo.

El primer paso para defender a Europa de sus enemigos (internos y externos) es reconocer la magnitud de la amenaza que plantean. El segundo es despertar a la durmiente mayoría proeuropea y movilizarla en defensa de los valores fundacionales de la UE. De lo contrario, el sueño de una Europa unida puede convertirse en la pesadilla del siglo XXI.

Traducción: Esteban Flamini

Opinión | 28 de enero de 2019

La amenaza de la Inteligencia Artificial para las sociedades democráticas y abiertas

George Soros es presidente de Soros Fund Management, uno de los fondos de inversión más influyentes del mundo, y de la Fundación Open Society.

Quiero advertir al mundo sobre un peligro sin precedentes que está amenazando la supervivencia misma de las sociedades abiertas.

En una época de nacionalismo populista, las sociedades abiertas se encuentran cada vez más amenazadas. Pero la amenaza de los movimientos ideológicos palidece en comparación con la que plantean las nuevas tecnologías poderosas en manos de los autoritarios.

Los instrumentos de control de rápida evolución que el aprendizaje automático y la inteligencia artificial pueden producir les están dando a los regímenes represivos una ventaja inherente. Para ellos, los instrumentos de control que se perfeccionan son una ayuda; para las sociedades abiertas constituyen un peligro mortal.

Me centraré en China, donde el presidente Xi Jinping quiere que reine un estado unipartidario. Xi intenta consolidar toda la información disponible sobre una persona en una base de datos centralizada para crear un “sistema de crédito social”. En base a estos datos, la gente será evaluada por algoritmos que determinarán si plantea una amenaza para el estado unipartidario. La gente luego será tratada según corresponda.

El sistema de crédito social todavía no está plenamente operativo, pero es claro hacia dónde se dirige. Subordinará el destino del individuo a los intereses del estado unipartidario como nunca se vio antes.

El sistema de crédito social me parece alarmante y aborrecible. Desafortunadamente, a algunos chinos les resulta atractivo, porque ofrece información y servicios que actualmente no están disponibles, y también puede proteger a los ciudadanos que cumplen con la ley de los enemigos del estado.

China no es el único régimen autoritario del mundo, pero es sin duda el más rico, el más fuerte y el más desarrollado en aprendizaje automático e inteligencia artificial. Esto convierte a Xi en el opositor más peligroso de quienes creen en el concepto de una sociedad abierta. Pero Xi no es el único. Los regímenes autoritarios están proliferando en todo el mundo y, si tienen éxito, se volverán totalitarios.

En mi calidad de fundador de las Open Society Foundations, he dedicado mi vida a combatir las ideologías totalizadoras y extremistas, que sostienen equivocadamente que el fin justifica los medios. Yo creo que el deseo de libertad de la gente no se puede reprimir eternamente. Pero reconozco que las sociedades abiertas hoy en día están profundamente amenazadas.

Utilizo el término “sociedad abierta” para referirme a una sociedad en la que impera el régimen del derecho por sobre el régimen de un solo individuo, y donde el papel del estado es el de proteger los derechos humanos y la libertad individual. En mi opinión, una sociedad abierta debería prestar especial atención a quienes sufren discriminación o exclusión social y a quienes no pueden defenderse por sí mismos.

¿Cómo se pueden proteger las sociedades abiertas si estas nuevas tecnologías les dan a los regímenes autoritarios una ventaja incorporada? Esa es la pregunta que me preocupa. También debería preocupar a todos los que prefieren vivir en una sociedad abierta.

En busca de una sociedad abierta

Mi profundo temor por esta cuestión surge de mi historia personal. Nací en Hungría en 1930, y soy judío. Tenía 13 años cuando los alemanes ocuparon Hungría y empezaron a deportar judíos a campos de exterminación. Yo tuve la gran fortuna de que mi padre entendiera la naturaleza del régimen nazi y consiguiera documentos de identidad falsos y escondites para todos los miembros de su familia, y para otros judíos también. La mayoría sobrevivimos.

El año 1944 fue la experiencia formadora de mi vida. Aprendí a una edad temprana lo importante que es el tipo de régimen político que prevalece. Cuando el régimen nazi fue reemplazado por la ocupación soviética, abandoné Hungría tan pronto como pude y encontré refugio en Inglaterra.

En la London School of Economics, desarrollé mi marco conceptual bajo la influencia de mi mentor, Karl Popper. Ese marco resultó ser inesperadamente útil cuando más tarde encontré trabajo en los mercados financieros. El marco no tenía nada que ver con las finanzas, pero se basa en el pensamiento crítico. Eso me permitió analizar las deficiencias de las teorías prevalecientes que guiaban a los inversores institucionales. Me convertí en un gestor de fondos de cobertura exitoso, y me enorgullece ser el crítico mejor pago del mundo.

Administrar un fondo de cobertura era muy estresante. Cuando había ganado más dinero del que necesitaba para mí o mi familia, atravesé una suerte de crisis de la mediana edad. ¿Por qué debería matarme para ganar más dinero? Reflexioné mucho tiempo sobre lo que realmente me importaba y, en 1979, fundé el Open Society Fund. Definí sus objetivos: ayudar a abrir las sociedades cerradas, reducir las deficiencias de las sociedades abiertas y promover el pensamiento crítico.

Mis primeros esfuerzos estaban dirigidos a intentar socavar el sistema de apartheid en Sudáfrica. Luego viré mi atención y me concentré en abrir el sistema soviético. Creé una empresa conjunta con la Academia Húngara de Ciencias, que estaba bajo control comunista, pero sus representantes empatizaban en secreto con mis esfuerzos. Este acuerdo tuvo un éxito que fue mucho más allá de mis sueños más descabellados. Y quedé atrapado en lo que llamo “filantropía política”. Eso fue en 1984.

En los años posteriores, intenté replicar mi éxito en Hungría y en otros países comunistas. Lo hice bastante bien en el imperio soviético, incluida la propia Unión Soviética, pero fue una historia diferente en China.

Dictadura con características chinas

Mi primer esfuerzo en China parecía bastante alentador. Involucraba un intercambio de visitas entre economistas húngaros que eran muy admirados en el mundo comunista y un equipo perteneciente a un grupo de expertos chinos recientemente creado, cuyos miembros estaban ansiosos por aprender de los húngaros.

En base a este éxito inicial, le propuse a Chen Yizi, el líder del grupo de expertos, replicar el modelo húngaro en China. Chen obtuvo el respaldo del premier Zhao Ziyang y de su secretario reformista, Bao Tong. En octubre de 1986 se creó una empresa conjunta llamada China Fund. Era una institución diferente de cualquier otra en China. En los papeles, tenía autonomía completa.

Bao era su paladín. Pero quienes se oponían a la reforma crítica, que eran muchos, aunaron fuerzas para atacarlo. Decían que yo era un agente de la CIA y le pidieron a la agencia de seguridad interna que me investigara. Para protegerse, Zhao reemplazó a Chen por un funcionario de alto rango en la policía de seguridad externa. Como las dos organizaciones tenían el mismo status, no podían interferir en los asuntos de la otra.

Aprobé este cambio porque estaba enojado con Chen por otorgar demasiados créditos a miembros de su propio instituto, y no estaba al tanto de las luchas políticas internas que transcurrían detrás de escena. Pero los postulantes al China Fund pronto se dieron cuenta de que la organización había pasado a estar controlada por la policía política y empezaron a alejarse. Nadie tuvo la valentía de explicarme los motivos.

Finalmente, un receptor de préstamos chino me visitó en Nueva York y me contó –corriendo un riesgo considerable- lo que había sucedido. Poco después, Zhao fue removido del poder y utilicé esto como una excusa para cerrar la fundación. Eso sucedió justo antes de la masacre de la Plaza Tiananmen en 1989 y dejó un “punto negro” en el registro de la gente asociada con la fundación. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que pudieron limpiar sus nombres, pero lo lograron.

En retrospectiva, es evidente que cometí un error al intentar crear una fundación, que operaba de maneras que no le resultaban familiares a la gente en China. En aquel momento, otorgar un préstamo creaba una sensación de obligación entre el donante y el receptor y obligaba a ambos a ser mutuamente fieles para siempre.

La traición de la reforma

Hasta ahí la historia. Pasemos a los acontecimientos que se han producido apenas el año pasado. Algunos me sorprendieron.

Cuando empecé a visitar China por primera vez, conocí a muchas personas en puestos de poder que eran fervientes creyentes en los principios de la sociedad abierta. En su juventud, habían sido deportados al campo para ser reeducados, y muchas veces sufrían padecimientos mucho mayores que los míos en Hungría. Pero teníamos mucho en común. Todos habíamos estado en el extremo receptor de una dictadura.

Estaban ansiosos por escucharme hablar sobre los pensamientos de Popper sobre la sociedad abierta. Si bien el concepto les parecía muy atractivo, su interpretación seguía siendo un tanto diferente de la mía. Ellos estaban familiarizados con la tradición confuciana, pero no había tradición de voto en China. Su pensamiento seguía siendo jerárquico, no igualitario, y tenían un respeto incorporado por los cargos altos. Yo, en cambio, quería que todos pudieran votar.

No me sorprendió cuando Xi se topó con una oposición fuerte en el país; pero sí me sorprendió la forma que adoptó. En la convocatoria de líderes del año pasado en la localidad balnearia de Beidaihe, Xi aparentemente fue reprendido. Si bien no hubo ningún comunicado oficial, el rumor fue que la convocatoria desaprobó la abolición de los límites a los mandatos y el culto de la personalidad que Xi había construido en torno suyo.

Los defensores comprometidos de una sociedad abierta en China, que tienen aproximadamente mi edad, en general se han retirado, y la gente más joven, que depende de Xi para una promoción, han tomado su lugar. En verdad, fueron los líderes retirados como Zhu Rongji los que, aparentemente, plantearon las críticas a Xi en la reunión de Beidaihe.

Es importante tomar conciencia de que estas críticas sólo fueron una advertencia para Xi sobre sus excesos, pero no revirtieron la abolición del límite de dos mandatos. Es más, el “Pensamiento Xi Jinping”, que él mismo promovió como su compendio de la teoría comunista, fue elevado al mismo nivel que el “Pensamiento Mao Tse Tung”. De modo que Xi sigue siendo el líder supremo, posiblemente de por vida. El resultado definitivo de las luchas políticas internas de hoy sigue sin resolverse.

La sociedad abierta y sus defensores

Me he estado concentrando en China, pero las sociedades abiertas tienen muchos más enemigos –la Rusia de Putin es el principal entre ellos-. Y el escenario más peligroso es aquel en el que esos enemigos conspiran entre sí, o aprenden unos de otros, para oprimir a su pueblo de manera más efectiva.

¿Qué podemos hacer para frenarlos?

El primer paso es reconocer el peligro. Esa es la razón por la que estoy hablando públicamente. Pero ahora viene la parte difícil. Quienes queremos preservar la sociedad abierta debemos trabajar y formar una alianza efectiva. Tenemos una tarea que no podemos dejar en manos de los gobiernos. La historia ha demostrado que hasta los gobiernos que quieren proteger la libertad individual tienen otros muchos intereses, y también dan prioridad a la libertad de sus propios ciudadanos por sobre la libertad del individuo como un concepto abstracto.

Mis Open Society Foundations están dedicadas a proteger los derechos humanos, especialmente los de quienes no tienen un gobierno que los defienda. Cuando comenzamos hace cuatro décadas, muchos gobiernos apoyaban nuestros esfuerzos. Desafortunadamente, hoy son menos. Estados Unidos y Europa, que en algún momento eran nuestros aliados más sólidos, están preocupados por sus propios problemas hoy.

Por lo tanto, quiero centrarme en lo que considero la pregunta más importante para las sociedades abiertas: ¿qué sucederá en China?

Sólo el pueblo chino puede responder a la pregunta. Lo único que podemos hacer nosotros es trazar una distinción clara entre ellos y Xi. Como Xi ha declarado su hostilidad hacia la sociedad abierta, el pueblo chino se convierte en la principal fuente de esperanza.

Y, en verdad, hay motivos para albergar esperanzas. Como me han explicado algunos especialistas en China, hay una tradición confuciana según la cual se espera que los asesores del emperador expresen su opinión cuando están en fuerte desacuerdo con una de sus acciones o decretos, siendo plenamente conscientes de que esto puede resultar en el exilio o hasta en una ejecución. Esto fue para mí un gran alivio cuando estaba al punto de la desesperación. Significa que ha surgido una nueva elite política que está dispuesta a defender la tradición confuciana y también que Xi seguirá teniendo opositores en China.

La disolución de la ruta de la seda

Xi presenta a China como un modelo de rol para que otros países imiten, pero también enfrenta críticas en el exterior. Su Iniciativa Un Cinturón, Una Ruta (BRI por su sigla en inglés) ha estado vigente el tiempo suficiente como para revelar sus deficiencias. Por un lado, estaba destinada a promover los intereses de China, no los intereses de los países receptores. Es más, sus ambiciosos proyectos de infraestructura estaban financiados principalmente por préstamos, no subsidios, y las autoridades extranjeras muchas veces recibían sobornos para aceptarlos. Y muchos de estos proyectos terminaron siendo económicamente poco sólidos.

El caso icónico es Sri Lanka. China le prestó al pueblo de Sri Lanka el dinero para pagarle a China para que construyera un puerto que satisficiera los intereses estratégicos de China. Pero el puerto no logró atraer el suficiente tráfico comercial como para que el pueblo de Sri Lanka pudiera pagar la deuda. Esto le permitió a China tomar posesión del puerto. Existen varios casos similares en otras partes y están generando resentimiento.

Malasia está liderando la campaña en contra. El gobierno anterior, liderado por Najib Razak, le entregó todo a China. Pero, en mayo de 2018, una coalición liderada por Mahathir Mohamed sacó a Najib del poder. El gobierno de Mahathir inmediatamente frenó varios proyectos grandes de infraestructura que estaban a cargo de empresas chinas, y actualmente está negociando cuánto Malasia todavía tendrá que pagarle a China.

La situación no es clara en Pakistán, que ha sido el mayor receptor de inversiones chinas. El ejército paquistaní admira a China, pero la posición de Imran Khan, que asumió como primer ministro en agosto pasado, es más ambivalente. A comienzos de 2018, China y Pakistán anunciaron planes grandilocuentes de cooperación militar. Para fin de año, Pakistán atravesaba una profunda crisis financiera, pero algo se volvió evidente: China pretende utilizar la iniciativa BRI también para fines militares.

Todos estos reveses han obligado a Xi a modificar su actitud hacia la iniciativa BRI. En septiembre, anunció que se descartarán los “proyectos ostentosos” a favor de iniciativas concebidas con más cuidado, y en octubre, el People’s Daily advirtió que los proyectos deberían redundar en beneficio de los países receptores.

Los clientes hoy están advertidos y varios de ellos, desde Sierra Leona hasta Ecuador, están cuestionando o renegociando los proyectos. Xi también ha dejado de hablar sobre “Hecho en China 2025”, que había sido la pieza central de su autopromoción un año antes.

¿Contención 2.0?

Más importante, el gobierno de Estados Unidos ahora ha identificado a China como un “rival estratégico”. El presidente Donald Trump es notoriamente impredecible, pero esta decisión fue el resultado de un plan estratégico minuciosamente preparado. Desde entonces, el comportamiento idiosincrático de Trump ha sido ampliamente reemplazado por una política hacia China adoptada por las agencias de la administración y supervisadas por el asesor sobre Asuntos Asiáticos del Consejo Nacional de Seguridad, Matthew Pottinger, y otros. La política fue delineada en un discurso seminal del vicepresidente Mike Pence el 4 de octubre de 2018.

Aun así, declarar a China un rival estratégico es demasiado simplista. China es un actor global importante. Una política efectiva hacia China no se puede resumir en una generalización. Tiene que ser mucho más sofisticada, detallada y práctica; y debe incluir una respuesta económica de Estados Unidos a la iniciativa BRI. El plan de Pottinger no especifica si su objetivo máximo es nivelar el campo de juego o desvincularse de China.

Xi entendió plenamente la amenaza que planteaba la nueva política de Estados Unidos para su liderazgo. Apostó a una reunión personal con Trump en la cumbre del G-20 en Buenos Aires el 1 de diciembre. Mientras tanto, el peligro de una guerra comercial global escalaba, y se desató una liquidación pronunciada en el mercado bursátil, creando problemas para la administración Trump, que había centrado toda su energía y su atención en las elecciones de mitad de mandato el mes anterior. Cuando Trump y Xi se reunieron, ambas partes estaban ansiosas por llegar a un acuerdo. Y así fue, aunque lo que acordaron –una tregua de 90 días- es muy inconcluyente.

Sin embargo, existen claros indicios de que en China se está gestando una caída económica generalizada, que está afectando al resto del mundo. Una desaceleración global es lo último que quiere ver el mercado.

El contrato social tácito en China se basa en estándares de vida en constante aumento. Si la caída en la economía china y el mercado bursátil es lo suficientemente seria, este contrato social puede verse afectado, y hasta la comunidad empresaria puede terminar oponiéndose a Xi. Una desaceleración de este tipo también podría ser la sentencia de muerte de la iniciativa BRI, porque Xi puede quedarse sin recursos para seguir financiando tantas inversiones deficitarias.

Sobre la cuestión más amplia de la gobernanza global de Internet, existe una lucha no declarada entre China y Occidente. China quiere dictar las reglas y procedimientos que gobiernan la economía digital dominando al mundo en desarrollo con sus nuevas plataformas y tecnologías. Ésta es una amenaza para la libertad de Internet y de la propia sociedad abierta.

El año pasado, todavía creía que China tenía que estar involucrada más profundamente en las instituciones de la gobernanza global, pero el comportamiento de Xi desde entonces me hizo cambiar de opinión. Mi visión hoy es que, en lugar de entablar una guerra comercial prácticamente con todo el mundo, Estados Unidos debería centrarse en China; en lugar de permitir que ZTE y Huawei operen con libertad, tiene que tomar medidas enérgicas contra ellas. Si estas empresas llegan a dominar el mercado del 5G, representarían un riesgo inaceptable en materia de seguridad para el resto del mundo.

Lamentablemente, el presidente Trump parece estar encaminado en un curso diferente: hacer concesiones a China y declarar la victoria renovando al mismo tiempo sus ataques a aliados de Estados Unidos. Esto es susceptible de minar el objetivo político de Estados Unidos de frenar los abusos y los excesos de China.

Una conclusión esperanzadora

Como Xi es el enemigo más peligroso de las sociedades abiertas, debemos depositar nuestras esperanzas en el pueblo chino, y especialmente en la elite política, que está inspirada por la tradición confuciana. Esto no significa que quienes creemos en la sociedad abierta debamos permanecer pasivos. La realidad es que estamos en una Guerra Fría que amenaza con convertirse en una guerra caliente. Por otro lado, si Xi y Trump ya no estuvieran en el poder, se presentaría la oportunidad de desarrollar una mayor cooperación entre las dos ciberpotencias.

Es posible soñar con algo parecido al Tratado de las Naciones Unidas a fines de la Segunda Guerra Mundial. Ése sería el final apropiado para el ciclo actual de conflicto entre Estados Unidos y China. Reestablecería la cooperación internacional y permitiría que florecieran las sociedades abiertas.

© Project Syndicate 1995–2019

Actualidad | 30 de mayo de 2018

La receta de George Soros para salvar a Europa de su crisis existencial

Desde la crisis financiera la UE ha perdido el rumbo. Hoy los jóvenes la ven como un enemigo que los dejó sin futuro. Políticos populistas explotan el resentimiento. Hay que apuntar a una nueva Europa.

La Unión Europea está atrapada en una crisis existencial. Los últimos diez años, todo lo que podía salir mal salió mal. ¿Cómo es posible que un proyecto político que sostuvo la paz y la prosperidad de Europa durante la posguerra haya llegado a este punto?

Cuando yo era joven, una pequeña banda de visionarios liderados por Jean Monnet transformó la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, para convertirla primero en el Mercado Común Europeo y después en la UE. La gente de mi generación apoyó con entusiasmo el proceso.

Yo personalmente consideré que la UE era la encarnación de la idea de sociedad abierta. Una asociación voluntaria de estados iguales que se congregaron y sacrificaron una parte de su soberanía en aras del bien común. Esa idea de Europa como sociedad abierta sigue inspirándome.

Crisis financiera golpeó los cimientos de la Unión Europea

Pero desde la crisis financiera de 2008, parece que la UE hubiera perdido el rumbo. Adoptó un programa de ajuste fiscal que condujo a la crisis del euro y convirtió la eurozona en una relación entre acreedores y deudores. Los primeros impusieron a los segundos condiciones de cumplimiento obligatorio (pero imposible). Esto creó una relación que no era ni voluntaria ni igualitaria: todo lo opuesto al credo en el que se basó la UE.

Por eso hoy muchos jóvenes ven la UE como un enemigo que los dejó sin empleo y sin un futuro seguro y promisorio; y los políticos populistas explotaron el resentimiento y crearon partidos y movimientos antieuropeos.

Entonces se produjo el ingreso masivo de refugiados de 2015. Al principio, la mayoría de los europeos se compadecieron del sufrimiento de esas personas obligadas a huir de la represión política o la guerra civil, pero no querían que su vida normal fuera alterada por un colapso de los servicios sociales. Y pronto la incapacidad de las autoridades para hacer frente a la crisis los decepcionó.

En Alemania eso llevó a un veloz fortalecimiento de la ultraderechista Alternative für Deutschland (AfD), que ahora es el principal partido de oposición del país. Italia sufrió hace poco una experiencia similar, y las repercusiones políticas han sido todavía más desastrosas: el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga, ambos antieuropeos, estuvieron a punto de formar gobierno. Italia se enfrenta ahora a elecciones en medio del caos político.

De hecho, la crisis de los refugiados alteró a toda Europa. Líderes inescrupulosos la han explotado, incluso en países que casi no recibieron refugiados. En Hungría, el primer ministro Viktor Orbán basó su campaña para la reelección en acusarme falsamente de tener un plan para inundar con refugiados musulmanes toda Europa (incluida Hungría).

Orbán ahora se presenta como defensor de su propia versión de una Europa cristiana, que cuestiona los valores fundacionales de la UE. Está intentando asumir el liderazgo de los partidos democristianos que forman la mayoría en el Parlamento Europeo.

Estados Unidos, por su parte, empeoró los problemas de la UE. Con la retirada unilateral del acuerdo de 2015 sobre el programa nuclear iraní, el presidente Donald Trump destruyó en la práctica la alianza transatlántica y generó más presión sobre una Europa que ya tiene suficientes problemas. Decir que Europa corre peligro existencial dejó de ser una figura retórica: ahora es la cruda realidad.

¿Qué se puede hacer?

La UE enfrenta tres problemas urgentes: la crisis de refugiados; la política de austeridad que puso trabas al desarrollo económico de Europa; y la desintegración territorial, representada por el Brexit. Tal vez el mejor punto de partida sea poner bajo control la crisis de los refugiados.

Siempre defendí que la distribución de refugiados dentro de Europa fuera enteramente voluntaria. No hay que obligar a los estados miembros a aceptar refugiados que no quieren, ni obligar a los refugiados a radicarse en países a los que no quieren ir.

Este principio fundamental debe guiar la política migratoria de Europa. También es urgente que Europa reforme la “Convención de Dublín”, que generó una carga inequitativa sobre Italia y otros países del Mediterráneo, con consecuencias políticas desastrosas.

La UE debe proteger sus fronteras externas, pero mantenerlas abiertas a las migraciones legales. Los estados miembros, por su parte, no deben cerrar las fronteras internas. La idea de una “Europa fortificada”, cerrada al ingreso de refugiados políticos y migrantes económicos, no sólo viola el derecho europeo e internacional, sino que además, está totalmente reñida con la realidad.

Europa quiere ofrecer asistencia sustancial a regímenes de orientación democrática en África y otras partes del mundo en desarrollo. Es una estrategia acertada, ya que permitiría a esos gobiernos dar educación y empleo a sus ciudadanos, que entonces tendrán menos motivos para iniciar el viaje, a menudo peligroso, hacia Europa.

Es urgente tener una política migratoria unificada

Al fortalecer los regímenes democráticos de los países en desarrollo, un “Plan Marshall para África” dirigido por la UE también ayudaría a reducir la cantidad de refugiados políticos. Europa podrá entonces aceptar migrantes venidos de estos y otros países, y satisfacer sus necesidades económicas a través de un proceso ordenado. Así, las migraciones serán voluntarias tanto para los migrantes cuanto para los estados receptores.

Pero la realidad actual está muy lejos de ese ideal. Primero y principal, la UE todavía no tiene una política migratoria unificada. Cada estado miembro tiene una política propia, a menudo incompatible con los intereses de otros estados.

El segundo problema es que el objetivo principal de la mayoría de los países europeos no es fomentar el desarrollo democrático en África y otras partes, sino cortar el flujo de migrantes. Esto implica el desvío de una gran parte de los fondos disponibles hacia sucios acuerdos con dictadores, a quienes se soborna para que no dejen pasar migrantes por el territorio de sus países o para que empleen métodos represivos contra los ciudadanos que quieran emigrar. A largo plazo, esto sólo puede generar más refugiados políticos.

En tercer lugar, hay una escasez tremenda de recursos financieros. Para funcionar, un Plan Marshall para África necesita al menos 30.000 millones de euros (35.400 millones de dólares) al año, durante varios años. Los estados miembros de la UE sólo pueden contribuir una pequeña fracción de esta cifra. ¿De dónde saldrá el dinero faltante?

Es importante entender que la crisis de refugiados es un problema europeo que demanda una solución europea. La UE tiene muy buena calificación crediticia, y la mayor parte de su capacidad de endeudamiento está sin utilizar. ¿Qué mejor momento para usarla que en una crisis existencial? Históricamente, los países siempre se han endeudado en tiempos de guerra. Es verdad que aumentar las deudas nacionales va contramano de la ortodoxia imperante que promueve la austeridad; pero la austeridad es en sí misma un factor que contribuye a la crisis en la que se encuentra Europa.

Europa tiene que reinventarse

Hasta hace poco se podía argumentar que la austeridad funciona, que lentamente la economía europea está mejorando y sólo es necesario perseverar. Pero ahora Europa se enfrenta al fracaso del acuerdo sobre el programa nuclear iraní y a la destrucción de la alianza transatlántica, y eso tendrá necesariamente un efecto negativo sobre la economía europea, además de provocar otras alteraciones.

El fortalecimiento del dólar ya comenzó a generar una huida de capitales de los mercados emergentes; es posible que vayamos rumbo a otra crisis financiera importante. Un Plan Marshall para África y otras partes del mundo en desarrollo puede proveer un estímulo económico en el momento justo, y tengo una propuesta inmediatamente aplicable para su financiación.

Sin entrar en detalles, quiero señalar que mi propuesta contiene un mecanismo ingenioso (un instrumento especial) que permitiría a la UE aprovechar la financiación de los mercados a tasas muy ventajosas, sin incurrir en obligaciones directas para sí misma o para sus estados miembros; además, ofrece importantes beneficios contables. Aunque es una idea innovadora, ya se usó con éxito en otros contextos: en concreto, los bonos municipales garantizados con ingresos en Estados Unidos y las intervenciones de provisión masiva de fondos (“surge funding”) al combate de enfermedades infecciosas.

Pero la cuestión principal que deseo recalcar es que para sobrevivir a esta crisis existencial, Europa tiene que hacer algo drástico. En síntesis, la UE debe reinventarse.

Tiene que ser una iniciativa surgida realmente de las bases. La transformación de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero en la Unión Europea fue una iniciativa dirigida desde arriba (y generó resultados espectaculares). Pero corren otros tiempos. La gente de a pie se siente excluida e ignorada. Ahora se necesita un esfuerzo colaborativo que combine la estrategia dirigista de las instituciones europeas con las iniciativas de base necesarias para involucrar al electorado.

De los tres problemas acuciantes, ya me referí a dos. Me falta hablar de la desintegración territorial, representada por el Brexit. Es un proceso inmensamente nocivo que perjudica a ambas partes. Pero es posible convertir esta situación mutuamente dañina en otra mutuamente ventajosa.

Un nuevo voto para cancelar el Brexit

El divorcio será un largo proceso, que probablemente llevará más de cinco años; eso parece una eternidad en política, especialmente en tiempos revolucionarios como el presente. En última instancia, la decisión depende del pueblo británico, pero sería mejor si llegara a ella más temprano que tarde. Tal es el objetivo de una iniciativa que apoyo, llamada Best for Britain [Lo mejor para Gran Bretaña]. Esta iniciativa promovió y ayudó a conseguir que el parlamento británico vote una medida que incluye la opción de cancelar el Brexit antes de que se concrete.

Gran Bretaña le haría un gran servicio a Europa rescindiendo el Brexit, y evitando así que su salida de la UE genere en el presupuesto europeo un faltante difícil de cubrir. Pero los ciudadanos británicos deben expresar su apoyo a esta idea por un margen suficientemente convincente para que Europa los tome en serio, y Best for Britain está tratando de movilizar al electorado en pos de ese objetivo.

Una Europa de varios carriles

Los argumentos económicos para permanecer en la UE son contundentes, pero sólo se han hecho evidentes en los últimos meses, y tardarán un tiempo en arraigarse. Mientras tanto, para reforzar los argumentos políticos, es necesario que la UE se transforme en una organización a la que países como Gran Bretaña quieran unirse.

La nueva Europa tendría dos diferencias fundamentales respecto del sistema actual. En primer lugar, habría una distinción clara entre la UE y la eurozona. En segundo lugar, se reconocería que todavía hay muchos problemas sin resolver en relación con el euro, y que es preciso impedir que destruyan el proyecto europeo.

La eurozona se rige por tratados obsoletos que prevén que todos los estados miembros de la UE adoptarán el euro cuando estén listos para eso. Esto creó una situación absurda en la que países como Suecia, Polonia y la República Checa, que han expresado claramente que no tienen intención de adoptar la moneda común, siguen siendo descritos y tratados como “pre-ins” (candidatos a ingresar a la eurozona).

El efecto no es meramente cosmético. El marco actual convirtió la UE en una organización centrada en la eurozona, donde los otros estados miembros están relegados a una posición inferior. El supuesto implícito en esto es que aunque los diversos estados miembros pueden ir a diferentes velocidades, todos se dirigen al mismo lugar. Esto implica ignorar la realidad de que varios estados miembros de la UE han rechazado explícitamente el objetivo de una “unión cada vez más estrecha”.

Es necesario abandonar ese objetivo. En vez de una Europa de varias velocidades, hay que apuntar a una “Europa de varios carriles”, que ofrezca a los estados miembros una variedad más amplia de opciones. Esto traería amplios beneficios. En la actualidad, hay una actitud negativa hacia la idea de cooperación: los estados miembros quieren reafirmar su soberanía, no entregar una cuota mayor de ella. Pero si la cooperación produjera resultados positivos, tal vez eso cambiaría, y se lograría participación universal en algunas cuestiones (por ejemplo, la defensa) que ahora están a cargo de coaliciones voluntarias.

Es posible que la dura realidad obligue a los estados miembros a dejar de lado sus intereses nacionales en aras de preservar la UE. Es lo que el presidente francés Emmanuel Macron enfatizó en el discurso que pronunció en Aquisgrán al recibir la Medalla Carlomagno; y su propuesta obtuvo un cauto aval de la canciller alemana Angela Merkel (que conoce muy bien la oposición que enfrenta en su país). Si a pesar de todos los obstáculos Macron y Merkel tuvieran éxito, serían los continuadores de Monnet y su pequeña banda de visionarios. Pero en vez de ese reducido grupo de promotores, se necesita una oleada de iniciativas proeuropeas surgidas de las bases. Quien escribe y la red de instituciones de la Open Society Foundations haremos todo lo que sea posible para colaborar con esas iniciativas.

Felizmente, Macron (al menos) es muy consciente de la necesidad de ampliar el apoyo popular a la reforma europea y la participación en ella, como deja bien sentado su propuesta de “consultas ciudadanas”. Entre el 31 de mayo y el 3 de junio tendrá lugar el Festival Económico de Trento, una gran reunión que organizaron agrupaciones civiles cuando Italia todavía no tenía gobierno. Espero que sea un éxito y siente un buen ejemplo para otras iniciativas similares de la sociedad civil.

George Soros, presidente de Soros Fund Management y de Open Society Foundations, es autor de The Tragedy of the European Union: Disintegration or Revival? [La tragedia de la Unión Europea: ¿desintegración o renacimiento?].

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