Homi Kharas | RED/ACCIÓN
Educación | 24 de septiembre de 2018

La educación es el factor transformador al que tienen que apostar los países en riesgo

Aunque el número de niños matriculados en la escuela primaria en África aumentó de 60 millones en 2000 a unos 250 millones en la actualidad, la calidad de la escuela sigue siendo desigual. El desafío ahora es garantizar que todos los niños, incluidos los que están en la escuela, en todos los niveles, aprendan lo que necesitan para prosperar.

A fines de este mes, la Fundación Bill & Melinda Gates harán público su informe anual Goalkeepers, que evalúa los avances hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU. Entre las conclusiones esperadas está la predicción de que para 2050, cerca de un 90% de la pobreza mundial se concentrará en el África Subsahariana, y dos tercios de los más pobres del planeta vivirán en apenas diez países.

En teoría, la capacidad de identificar zonas conflictivas para el desarrollo humano (lo que llamamos “países seriamente rezagados” o SOTC, por sus siglas en inglés) debería hacer más fácil aplicar soluciones. Por desgracia, algunas agencias de ayuda tienden a evitar a los estados frágiles por temor a dilapidar sus recursos. En la actualidad, menos de un cuarto de la ayuda programable de los países de la OCDE se asigna a países frágiles.

Invertir en capital humano es siempre una apuesta segura

Sin embargo, la percepción de que la fragilidad presagia un fracaso es equivocada. Con un planeamiento adecuado es posible implementar proyectos que mejoren vidas incluso en los lugares más riesgosos. Lo mejor de todo es que sabemos dónde comenzar: invirtiendo más en capital humano, y especialmente en educación.

Según el informe Goalkeepers, la cantidad de niños matriculados en la escuela primaria en África se elevó desde 60 millones en el año 2000 a cerca de 250 millones en la actualidad, y el ritmo de aumento se repartió equitativamente entre chicos y chicas. Pero si bien la asistencia a clases es mayor, la calidad de la educación sigue siendo irregular. El desafío es ahora asegurar que todos los niños, incluso los que están yendo a la escuela, y en todos los niveles, aprendan la gama completa de habilidades que necesitarán para prosperar.

La educación secundaria es clave para acceder al mercado laboral

Para dar a los jóvenes la mejor oportunidad de tener éxito, los dos “extremos” de la escuela primaria (educación preescolar y educación secundaria) también deben ir bien amarrados. La educación preescolar prepara a los niños para la secundaria enseñándoles cooperación, perseverancia, control de sí mismos y otras habilidades esenciales. Esos años formativos son fundamentales para la educación infantil, porque según la UNESCO más de la mitad de los niños y adolescentes del mundo nunca desarrollan las competencias fundacionales que son cruciales para convertirse en educandos de por vida.

Al otro lado del espectro, la educación secundaria ayuda a los adolescentes a prepararse para el mercado laboral. Para lograrlo, los estudiantes deben adquirir un dominio mínimo de la comprensión lectora, las matemáticas y numerosas habilidades no cognitivas. Pero incluso aquí los resultados educativos son desalentadores. En países de bajos ingresos, nueve de cada diez jóvenes carecen de un dominio básico de nivel de educación secundaria en un conjunto de habilidades esenciales, desde la alfabetización y el pensamiento crítico hasta las matemáticas y la resolución de problemas. Se estima que solo en el África Subsahariana 200 millones de jóvenes (cerca de un 90% de la población escolar de nivel primario y secundario inferior) son incapaces de leer textos básicos.

La educación es transformadora

Los especialistas en desarrollo saben que una buena educación tiene un efecto transformador para los estudiantes, así como sus familias, comunidades y países. Un estudio de 2008 determinó que la calidad del sistema educativo de un país, y las habilidades cognitivas de sus egresados, influencia positivamente el crecimiento económico. Ese hecho por sí solo debería convencer a los estados frágiles y sus donantes para invertir en la ampliación del acceso a una educación de calidad.

Pero hay otros beneficios más indirectos, especialmente para las mujeres y niñas. Para comenzar, si una mujer ha recibido una mejor educación, es probable que posponga el embarazo y tenga familias más pequeñas. Los expertos en desarrollo, demógrafos y defensores de la educación reconocen que en muchas partes del planeta el empoderamiento femenino es proporcional al tamaño de la familia. Por ejemplos, nuestros estudios han concluido que una mujer con cero años de escolarización tendrá un promedio de 4 a 5 más hijos que una con al menos 12 años de escolarización.

El aumento de las oportunidades de educación para las niñas también beneficiaría al planeta. El International Institute for Applied Systems Analysis ha proyectado que si cada niña del mundo completara la educación secundaria, se reducirían las tasas de fertilidad y el crecimiento demográfico global se ralentizaría en al menos dos mil millones de personas para 2045, y más de cinco mil millones para 2100. La desaceleración sería incluso mayor si las 214 millones de mujeres que en todo el mundo desean evitar el embarazo pero no pueden adquirir anticonceptivos pudieran acceder a servicios de planificación familiar. No es ninguna coincidencia que muchas de ellas vivan en países donde la asistencia a escuelas es mayor entre niños que niñas.

En su conjunto, la escolarización y la planificación familiar se podrían traducir en una reducción de 120 gigatones de emisiones de dióxido de carbono a lo largo de las próximas tres décadas, ya que menos personas consumirían menos recursos. No es de sorprender que ambientalistas como Paul Hawken crean que la educación –y educar a las niñas en particular- esté entre los pasos más eficaces que se pueden tomar para luchar contra el cambio climático.

El informe Goalkeepers anual es un recordatorio de que problemas como la desigualdad de género, la desnutrición, la violencia y la inestabilidad política asolarán a los más pobres del mundo en las décadas venideras. Si los estados frágiles y los donantes internacionales destinaran más recursos al fortalecimiento de los tres pilares de la educación (preescolar, primaria y secundaria) los países más rezagados podrían tener una oportunidad de recuperar lo perdido.

Traducido por David Meléndez Tormen

Homi Kharas es Vicepresidente Interino y Director del programa de Desarrollo y Economía Global en The Brookings Institution. Rebecca Winthrop es investigadora sénior y Directora del Centro para la Educación Universal en The Brookings Institution.

© Project Syndicate 1995–2018 | Foto: Saidu Bah – AFP

Tecnología | 13 de junio de 2018

El enorme potencial de la tecnología para hacer que las ciudades sean menos desiguales

Existe el riesgo de que la desigualdad se profundice, a menos que los gobiernos locales reconozcan que las soluciones impulsadas por la tecnología son tan importantes para los pobres como para los más ricos.

En todo el mundo, los gobiernos están creando ciudades “más inteligentes” mediante el uso de datos y tecnología digital que contribuye a construir entornos urbanos más eficientes y habitables. Esto tiene sentido: con el crecimiento de la población urbana y la infraestructura bajo presión, las ciudades inteligentes estarán mejor posicionadas para gestionar el cambio.

Pero a medida que los sistemas digitales son cada vez más penetrantes, existe el riesgo de que la desigualdad se profundice, a menos que los gobiernos locales reconozcan que las soluciones impulsadas por la tecnología son tan importantes para los pobres como para los más ricos.

Aunque la población que no está online puede beneficiarse de las aplicaciones que se ejecutan en la vida cotidiana -como las señales inteligentes que mejoran el tráfico-, no tendrán acceso a toda la gama de programas que ofrecen las ciudades inteligentes. Siendo los teléfonos inteligentes la principal interfaz para la ciudad moderna, un primer paso crítico es cerrar la brecha digital y ampliar el acceso a redes y dispositivos.

Los planificadores urbanos pueden implementar tecnología de manera que las ciudades sean más inclusivas para los pobres, los discapacitados, los ancianos y otras personas vulnerables. Existen abundantes ejemplos al respecto.

En Nueva York, la Unidad de Participación Pública del Alcalde usa plataformas de datos interinstitucionales para coordinar iniciativas de puerta a puerta para residentes que necesitan asistencia. En el condado de Santa Clara, California, el análisis predictivo ayuda a priorizar los espacios de refugio para las personas sin hogar. En el metro de Londres, una aplicación llamada Wayfindr usa bluetooth para ayudar a los viajeros con discapacidad visual a navegar por las serpenteantes vías y escaleras mecánicas del metro.

Y en Kolkata, India, una startup con sede en Dublín, llamada Addressing the Unirdressed, ha utilizado el GPS para proporcionar direcciones postales a más de 120,000 habitantes de barrios marginales en 14 comunidades informales. El objetivo es brindar a los residentes un medio legal para obtener tarjetas de identificación biométricas, la documentación esencial necesaria para acceder a los servicios del gobierno y registrarse para votar.

Pero si bien estas innovaciones son ciertamente significativas, son solo una fracción de lo que es posible.

La salud pública es un área donde las pequeñas inversiones en tecnología pueden aportar grandes beneficios a los grupos marginados. En el mundo en desarrollo, las enfermedades prevenibles representan una parte desproporcionada de la carga de enfermedades. Cuando los datos se usan para identificar grupos demográficos con perfiles de riesgo elevados, las campañas de mensajería móvil de bajo costo pueden transmitir información de prevención vital. Las llamadas intervenciones de M-health en temas como vacunas, sexo seguro y cuidado prenatal y postnatal han demostrado mejorar los resultados de salud y reducir los costos de atención médica.

Otra área madura para la innovación es el desarrollo de tecnologías que ayudan directamente a los ancianos. Aquí, la creación de redes sociales locales podría ayudar a las personas mayores a mantenerse conectadas, tal vez atrayéndolas a programas de mentoría y tutoría que forjen lazos intergeneracionales. Las plataformas de e-career también podrían codificarse para vincular a los jubilados con oportunidades fuera del hogar. Y más ciudades podrían ofrecer consultas de telemedicina y video a los residentes ancianos que no pueden viajar fácilmente para ver a los médicos.

Salud, seguridad y medioambiente: tres áreas con potencial

De hecho, las ciudades de bajos ingresos que adoptan una planificación inteligente tienden a estar mejor posicionadas porque están construyendo infraestructura desde cero. De acuerdo con próximas investigaciones del McKinsey Global Institute, las soluciones de gobierno inteligente pueden mejorar entre un 10 y un 30% la salud, la seguridad, el medio ambiente y otros indicadores que miden la calidad de vida. De acuerdo a la investigación, las ciudades en el extremo superior de ese rango suelen ser las más pobres. Sin embargo, para hacer realidad este potencial, las ciudades pobres primero deben superar un problema más básico: las brechas en la infraestructura digital.

En ocasiones se acusa a los planificadores urbanos de promover conveniencias digitales que favorecen a los ricos y excluyen a los pobres. Pero como están demostrando las ciudades de todo el mundo, es posible implementar tecnologías que sirvan a todos, incluso a los que están al margen de la conectividad. A medida que el mundo urbano se vuelva “más inteligente”, las ciudades tendrán la oportunidad de ser más inclusivas. La alternativa -persistencia y profundización de las divisiones digitales entre las comunidades- no será fácilmente remediable.

Homi Kharas is Interim Vice President and Director of the Global Economy and Development program at The Brookings Institution.
Jaana Remes is a partner at the McKinsey Global Institute.

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