Jorge Castañeda | RED/ACCIÓN
Opinión | 5 de diciembre

AMLO, Bolsonaro, Trump y el futuro de la democracia en las Américas

El estreno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) como presidente de México pronto será seguido por la del presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, y por la culminación de dos años completos de mandato del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Aunque cada uno es un evento único, todos comparten algunas características esenciales. Lo más importante, cada uno representa un resultado político que podría haberse evitado.

Desde la caída del Muro de Berlín, la democracia representativa parecía estar rodando en gran parte del mundo. Los gobiernos democráticos reemplazaron a las dictaduras en América Latina, África y partes de Asia, y fueron apoyados por un frente unido de democracias más antiguas en el Atlántico Norte. Pero todo esto comenzó a cambiar en los últimos años.

Desde Hungría y Polonia hasta Italia e incluso Alemania, las fuerzas políticas emergentes están desafiando la gobernabilidad democrática. Aunque el resurgimiento del actual nacionalismo populista puede desvanecerse, por ahora debe verse como una amenaza grave. Gran parte de esto era previsible, y podría haberse evitado si aquellos que deberían haberlo sabido no hubieran permanecido pasivos.

Democracia de extremos

En ninguna parte es esto más cierto que en Estados Unidos, México y Brasil. Aunque AMLO proviene de la izquierda y Bolsonaro y Trump de la derecha, los tres son indiferentes, aunque no desdeñosos, a los procesos democráticos. Trump, por ejemplo, ya ha socavado las normas de gobierno democrático en EE. UU. Si no lo ha hecho a través de una política sustantiva, ciertamente lo ha hecho con su retórica.

A través de la imposición de cargos escandalosos de un fraude electoral inexistente, alentando abiertamente a sus compañeros republicanos a participar en la supresión de votantes e invitando a potencias extranjeras a lanzar ataques cibernéticos contra sus oponentes, Trump ha socavado la credibilidad de las elecciones estadounidenses. Sus intentos de debilitar las políticas de asilo, junto con su imposición de una prohibición de viajar por motivos religiosos, representan un rechazo de los valores estadounidenses fundamentales. Su politización del poder judicial y los ataques a la prensa están claramente impulsados por el deseo de eliminar todos los controles de su poder.

El caso mexicano

Por su parte, AMLO ha pasado su período de transición introduciendo consultas populares para revertir decisiones importantes como la construcción de un nuevo aeropuerto fuera de la Ciudad de México. Al celebrar ese referéndum, él y su partido se saltaron las instituciones oficiales que supervisan las elecciones mexicanas, no solo seleccionando los sitios de votación en sí mismos, sino también contando los votos. Cuando se anunció que la iniciativa había sido aprobada, nadie se sorprendió, y el peso mexicano se desplomó frente al dólar.

Más recientemente, los legisladores del partido de AMLO impusieron una medida a través del Congreso que militariza la única fuerza policial nacional civil de México. Mientras que AMLO había prometido previamente una nueva estrategia en la guerra contra las drogas, ahora ha doblado la apuesta de su antecesor. Los militares permanecerán en las calles, pero sus uniformes serán de un color diferente. Lo más amenazador de todo es que AMLO ha recurrido a una estrategia similar a la usada por Hugo Chávez para instalar proconsules seleccionados en cada uno de los 32 estados de México. Estos datos leales dejarán de lado efectivamente al gobernador debidamente electo de cada estado.

Lo que se vienen en Brasil

Bolsonaro, por su parte, ha anunciado que la policía brasileña tendrá “carta blanca” para matar criminales. Su objetivo es militarizar la aplicación de la ley en todo el país y hacer que las armas estén ampliamente disponibles para el público. Al igual que Trump, Bolsonaro prácticamente ha declarado la guerra a varios medios de comunicación, especialmente a Folha de S.Paulo, el periódico de mayor circulación en Brasil.

También como Trump, Bolsonaro ha desencadenado una letanía de comentarios racistas, sexistas, homofóbicos y nativistas que no deben ser descartados como simples fanfarronadas. Hay muchas razones para creer que al menos algunas de sus declaraciones se traducirán en políticas una vez que esté en el poder. Con cinco ex generales en el gabinete de Bolsonaro, el gobierno de Brasil tendrá más oficiales de alto rango que en ningún otro momento desde el final de la dictadura militar en 1985.

Aunque el ministro de justicia de Bolsonaro, Sérgio Moro, es un juez muy admirado que dirigió la campaña anticorrupción Lava Jato, él en solitario no puede equilibrar este nivel de militarización. Y, además, su credibilidad ha sido cuestionada por su papel en impedir que el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva se postule en las elecciones que Bolsonaro acaba de ganar.

¿Podría haberse evitado todo esto? En el caso de los EE. UU., recuerde que en el verano de 2016 los republicanos de “Nunca por Trump” pidieron un cambio de regla que hubiera permitido a los delegados en la Convención Nacional Republicana votar con su “conciencia” en lugar de hacerlo de acuerdo con los resultados preliminares del estado. Pero el comité de reglas del partido rechazó la propuesta por temor a enojar a la base republicana.

En cuanto a Brasil, muchos habían advertido antes de la primera vuelta de las elecciones presidenciales del 7 de octubre que solo Lula podría derrotar a Bolsonaro en una segunda vuelta. Pero a principios de septiembre, el tribunal electoral de Brasil dictaminó que la condena anterior de Lula por cargos (dudosos) de corrupción lo descalificó para postularse. A pesar del hecho de que la corte le había dado a Bolsonaro un camino claro hacia la victoria, los demócratas de Brasil permanecieron en silencio, en lugar de unirse a Lula.

Finalmente, en México, fue obvio que AMLO ganaría de forma aplastante y obtendría una amplia mayoría en el Congreso si los otros partidos no se unían. Eso habría requerido que el contendiente en tercer lugar, José Antonio Meade, del Partido Revolucionario Institucional (PRI), abandonase y respaldase al candidato en segundo lugar, Ricardo Anaya, del Partido Acción Nacional. Pero ni el PRI ni la comunidad empresarial ni los intelectuales de México pudieron acordar proceder en consecuencia.

La amenaza del autoritarismo

Como resultado, EE. UU., Brasil y México enfrentan el mismo problema. Y los demócratas en los tres países no lo resolverán a menos que se unan en defensa de la democracia, incluso si no están de acuerdo en cuestiones políticas básicas. Eso significa enfrentarse a la deriva autoritaria a través de cualquier medio democrático disponible.

Ceder a los nombramientos judiciales, a los principales proyectos de obras públicas y a las propuestas para “armar a la gente” no es una estrategia ganadora. Aquellos que aún creen en la democracia deben llevar su caso a todas partes: a los votantes del país, así como a los amigos y aliados en el extranjero. En estos tiempos infelices, los demócratas se hundirán o nadarán juntos.

Jorge G. Castañeda, ex ministro de Relaciones Exteriores de México (2000-2003), es profesor de política y estudios latinoamericanos y caribeños en la Universidad de Nueva York.
© Project Syndicate 1995–2018

Actualidad | 3 de julio

México ya tiene su propio Trump

Ambos son populistas y sienten profundo desagrado por el país del otro y son complacientes con sus partidarios nacionalistas. Pero los dos saben que deben negociar, adaptarse y compatibilizar realidades prácticas.

El presidente estadounidense Donald Trump ha sido el peor dolor de cabeza del mundo por dieciocho meses, y es probable que ningún país lo haya sufrido tanto como México. De los tres principales contendientes en la elección presidencial mexicana que acaba de finalizar, ninguno era menos apto que el vencedor, Andrés Manuel López Obrador (conocido como AMLO), para manejar al matón que ocupa la Casa Blanca. Pero el pueblo mexicano lo eligió, y será él quien deba lidiar con Trump durante buena parte (o la totalidad) de los seis años de su mandato.

Las relaciones de México con Estados Unidos no fueron un tema central de la campaña, ni figurarán en las prioridades de AMLO. Pero es seguro que afectarán a los mexicanos más que la mayoría de las otras cuestiones.

Entre AMLO y Trump hay semejanzas. Los dos parecen nacionalistas sinceros en lo económico: Trump espera hacer a EE. UU. autosuficiente en aluminio y acero, mientras que AMLO busca lo mismo para México en cuestión de maíz, trigo, carne vacuna y porcina, y madera. Los dos son contrarios a tratados comerciales, aunque moderan su aversión con pragmática selectividad: Trump abandonó el Acuerdo Transpacífico, pero no el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (por ahora), mientras que AMLO dice que seguirá renegociando el TLCAN con EE. UU. y Canadá según las líneas trazadas por el presidente en ejercicio, Enrique Peña Nieto.

Ambos sienten profundo desagrado por el país del otro y son complacientes con sus partidarios nacionalistas, que en ocasiones llevan sus arraigadas pasiones hasta los extremos. Pero los dos saben que deben negociar, adaptarse y compatibilizar realidades prácticas.

Se vienen años de tensión en la relación

Pese a estos parecidos (o precisamente por ellos), es casi seguro que Trump y AMLO llevarán las relaciones entre EE. UU. y México a nuevos abismos de sospecha y tirantez, conforme factores objetivos y fervores subjetivos agraven viejas tensiones y alimenten otras nuevas. La agenda bilateral seguirá dominada por el comercio, la inmigración, las drogas, la seguridad y temas regionales, y en todos estos frentes, AMLO tendrá ante sí al presidente estadounidense más hostil en casi un siglo.

En cuestión de comercio y aranceles, no se conocen posturas concretas de AMLO, pero muchas de sus propuestas económicas contradicen la letra o el espíritu del TLCAN. La idea de fijar precios mínimos a numerosos productos agrícolas y garantizar que México produzca lo que consume se contradice con muchas cláusulas del TLCAN y con el objetivo de Trump de reducir el déficit comercial bilateral de Estados Unidos.

AMLO, que no asumirá hasta el 1 de diciembre, se comprometió a defender el tratado y continuar conversaciones para modificarlo. Pero incluso en el mejor de los casos, el cambio de guardia demorará cualquier acuerdo final y la ratificación de los tres países. En tanto, las constantes amenazas de Trump de retirarse del TLCAN o imponer nuevos aranceles (por ejemplo, a las exportaciones de autos mexicanos a EE. UU.) no harán más que irritar a la nueva dirigencia de México.

Inmigración, el tema más polémico

Probablemente más espinoso todavía será el tema de la inmigración. No ayudarán en esto la insistencia de Trump en levantar un muro a lo largo de la frontera, el aumento de las cifras de mexicanos deportados desde el corazón territorial conservador de los EE. UU., el cruce de migrantes centroamericanos por México, la detención por separado de niños inmigrantes y la presión diplomática y retórica de Trump en todos estos frentes. Es previsible que la actitud sumisa de Peña Nieto ante los EE. UU. en la mayoría de estos temas (desde el momento mismo en que invitó al entonces candidato Trump a Ciudad de México en plena campaña presidencial) llevará a AMLO a tratar de diferenciarse enfrentando a Trump lo más que pueda (aunque sea simbólicamente).

Peña Nieto advirtió que usaría la inmigración y la seguridad como monedas de negociación dentro de una estrategia holística para todas las cuestiones incluidas en la agenda bilateral, pero nunca lo hizo. En cuanto AMLO trascienda sus ideas simplistas y comprenda la complejidad de las cuestiones involucradas, tal vez se sienta atraído hacia aquello que Peña Nieto no se atrevió a hacer. México tiene a su disposición diversas herramientas migratorias, por ejemplo relajar los controles en la frontera sur con Guatemala o negarse a recibir deportados desde EE. UU. si las autoridades estadounidenses no pueden demostrar que son nacionales mexicanos. Con la cercanía de las elecciones intermedias de noviembre y la campaña presidencial de 2020 a la vuelta de la esquina, es difícil que Trump se abstenga de azuzar la animosidad nativista de sus seguidores.

El narcotráfico será parte importante de la agenda

La guerra a las drogas se encuentra en una encrucijada similar. La crisis de opioides en EE. UU. no muestra signos de amainar, y una proporción significativa de la heroína y el fentanilo que se consumen allí procede de México, directamente o como país de tránsito. A la inversa, son cada vez más los estados estadounidenses que legalizan la marihuana para uso médico o recreativo (lo mismo que Canadá). AMLO es sumamente conservador en estos temas y se opone a cualquier clase de legalización, pero le será difícil mantener los niveles previos de cooperación con EE. UU. en control de drogas, debido en particular a la animosidad de la opinión pública contra Trump y a su resentimiento por la naturaleza encubierta, intrusiva y probablemente ilegal de la colaboración instituida por sus dos predecesores.

AMLO insinuó que apoya alguna clase de amnistía para los pequeños cultivadores de marihuana y amapola, pero no para los grandes narcos. Sin embargo, la línea entre ambos no siempre es clara. Los campesinos de Guerrero cultivan amapola para los carteles, no para su propia subsistencia. Y la Administración para el Control de Drogas de los EE. UU. no verá con buenos ojos que se reviertan los compromisos de presidentes mexicanos anteriores de seguir librando esta costosa, sangrienta y vana guerra electiva contra las drogas en México.

Pero en la agenda bilateral hay otras cuestiones, desde la puesta en común de datos de inteligencia y el contraterrorismo hasta crisis regionales como las de Venezuela, Nicaragua y tal vez Cuba. Es casi seguro que AMLO mantendrá la cooperación mexicana en el primer conjunto de temas y se refugiará en la tradicional y arcaica postura antiintervencionista de México en asuntos de diplomacia regional. Pero para Trump la cuestión de los presidentes de Venezuela Nicolás Maduro o de Nicaragua Daniel Ortega no es tan importante como la seguridad, así que en esto tal vez se pueda evitar una ruptura real.

Es probable que la victoria de AMLO fuera inevitable, por el hambre de cambios en México y la incompetencia y pérdida de credibilidad de la administración saliente. Ahora los mexicanos tendrán que enfrentar las consecuencias de su decisión, así como su país (más que la mayoría de los otros) debe enfrentar las consecuencias de la decisión que tomó EE. UU. en 2016.

Traducción por Esteban Flamini

Jorge G. Castañeda, ex ministro de asuntos exteriores de México entre 2000 y 2003, es profesor de Ciencias Políticas y Estudios Latinoamericanos y del Caribe en la Universidad de Nueva York.

Copyright: Project Syndicate, 2018. | Foto: Goran Tomasevic – Reuters