Julia Szejnblum | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 12 de abril de 2019

Las malas, comentado por Julia Szejnblum

Las malas
Camila Sosa Villada
Tusquets

Uno (la selección)

Las charlas TED nos hacen creer que ponerle chips en el cerebro a gente y cambiar vidas es una cosa fácil; que se puede ser cancherx en público al hablar sobre nuestro pasado, sus alegrías y tragedias. Muy lejos de esa lógica norteamericana, la charla TEDx de Camila Sosa Villada en 2014 mostraba algo real: una persona en un escenario nos contaba sobre su pasado como trabajadora sexual, lloraba, se auto retaba por llorar, les pedía perdón a sus compañeras de aquellas épocas por no haberlas llamado más y seguía en discusión imaginaria con cosas que le había dicho su padre en la adolescencia. Ver esa charla genera mucho alivio y amor porque rompe las estructuras del formato TED, pensado para “exitosxs”. Camila inspira admiración por su honestidad y, sobre todo, inspira muchas ganas de escucharla más, de que no termine nunca más de contar.

Las malas es ese “más” que pedimos, es esta misma historia de su charla, pero más larga, más poética, más al corazón y más genial. Es una narración sobre sus primeros años de independencia, cuando Camila se mudó a Córdoba a los 18 años a estudiar Comunicación Social y empezó a parar en la plaza con otras travestis. Cuenta de ellas, de todo lo que se rieron, de toda la compañía que se hicieron. De cómo aprendió a combatir la vida con humor, de todo lo que lloró, todo lo que sufrió y todo lo que se defendió. Camila es una reina maga que nos trae de regalo su historia. Aceptemosla con alegría y emoción, como ella enseña.

Dos (la selección)

Un día me desmayé en la calle, no supe por qué. Desde la adolescencia tenía desvanecimientos ocasionales. Esta vez me desperté con el brazo aterido, confusa y dolorida. Me había caído sobre mierda de perro y nadie me había levantado; la gente esquivaba el cuerpo de la travesti sin atreverse a mirarla. Me puse de pie, untada en mierda, y caminé hasta mi casa con la certeza de que lo peor había pasado: el padre estaba lejos, el padre ya no incidía, no había motivo para tener miedo. La desidia de la gente ese día me ofreció una revelación: estaba sola, este cuerpo era mi responsabilidad. Ninguna distracción, ningún amor, ningún argumento, por irrefutable que fuese, podían quitarme la responsabilidad de mi cuerpo. Entonces me olvidé del miedo.

Tres

La tía Encarna nos decía que lo menos importante del mundo era el pene de los hombres. Que nosotras teníamos el nuestro propio entre las piernas y bien podíamos agarrarnos de él cuando atravesáramos momentos de cane débil. Que había que trabajar para nosotras, no para pagarle ningún caprichito al chongo. Y que, cuando nos acostáramos con un garrón (así le decíamos al que nos cogíamos por gusto y no por dinero), le hiciéramos pagar de alguna manera por nuestro cuerpo.

Cuatro

El Brillo de los Ojos, bautizado en primavera, fue el favorito de las travestis, el niño que más obsequios recibió de las reinas magas, para quienes hasta lo más simple y barato tenía el aura de lo sagrado. El niño encontrado en un zanja, hijo de todas nosotras, las hijas de nadie, las huérfanas como él, las aprendices de la nada, las sacerdotisas del goce, las olvidadas, las cómplices. Bautizado por una puta paraguaya vestida enteramente de depredadora, que le sopló bendiciones sobre el rostro, que alzó con sus unñas postizas las lágrimas que habíamos derramado algunas y con esas lágrimas bendijo la frente del niño, y El Brillo en ningún momento lloró. Al contrario, sonreía, y a la mitad del ritual se tiró un pedo insolente que a todas nos hizo despanzurrar de risa, y luego vino el brindis y las charlas de siempre, y María parecía haber olvidado su tristeza por devenir pájaro.

Cinco

El calor travesti era igual. La pasta de maquillaje que se hacía como pegote, una máscara de barro caliente que tapaba todos los poro, para que no se escapara el alma por ahí cada vez que recibíamos una agresión. Con la cara hecha máscara, la más bella de todas las máscaras, esos rasgos travestis más reales que nuestros propios rasgos, concebidos para otro mundo, un mundo mejor, donde poder ser esa máscara.

Seis

Sólo una vez la vi llorar. Ella no soportaba llorar ni ver llorar, y eso era un problema porque en ese tiempo las travestis éramos muy lloronas. Cuando alguna de nosotras estaba triste, Angie te invitaba a tomar algo caliente en algún bar abierto y te decía: “Ser travesti es una fiesta, mi amor, mirá a todas las que nos miran”, y señalaba a las chicas espantadas que nos miraban desde las otras mesas como si fuéramos extraterrestres. “Ya quisieran dar lo que nosotras damos, mi vida. Porque nosotras damos amor”, decía, y a mí el corazón se me encogía como una pasa de uva porque adoraba y admiraba la determinación con que vivía Angie.

Siete

El cielo de las travestis debe ser hermoso como los paisajes deslumbrantes del recuerdo, un lugar donde pasar una eternidad sin aburrirse. Las lobas travestis que mueren en invierno son acogidas con especial pompa y alegría, y en aquel mundo paralelo reciben toda la bondad que se les mezquinó en este mundo.
Mientras tanto, las que aquí quedamos bordamos con lentejuelas nuestras mortajas de lienzo.

Julia Szejnblum nació en Buenos Aires en 1993. Es licenciada en Letras (UBA) y Magister en Políticas Culturales (University of Groningen). Trabaja en el Centro Cultural Recoleta.


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