Junaid Nabi | RED/ACCIÓN
Opinión | 18 de febrero de 2019

La salud mundial frente a los trolls y la información falsa online

Junaid Nabi es investigador de salud pública en el Brigham and Women’s Hospital y la Harvard Medical School, Boston.

BOSTON – La parte más frustrante de mi trabajo como profesional de la salud pública es la difusión de información falsa, por lo general en línea, que suplanta a años de estudios empíricos. Ya es suficientemente difícil contrarrestar las falsedades en conversaciones presenciales con pacientes. Resulta incluso más complicado combatirlas cuando el medio de propagación es Internet.

Hace poco fui testigo de primera mano en Cachemira, donde crecí. Allí los padres de niños y niñas pequeñas creían en vídeos y mensajes publicados en Facebook, YouTube o WhatsApp que difundían falsos rumores de que las vacunas y los medicamentos modernos eran dañinos, o incluso que eran financiados por extranjeros con terceros motivos. Mis conversaciones con colegas pediatras locales me revelaron cómo un solo vídeo o mensaje instantáneo con información falsa bastaba para disuadir a los padres de confiar en algunas terapias médicas.

Médicos de otras áreas de India y Pakistán han reportado numerosos casos en que los padres, muchos de ellos con buen nivel educacional, rechazan las vacunas contra la polio para sus hijos. Ha habido rumores de que la CIA organizó una vez una falsa campaña de vacunación para espiar a militantes en Pakistán que exacerbaron la desconfianza al interior de la región. Considerando lo mucho que hay en juego, a veces los estados recurren a medidas extremas, como arrestar a padres poco colaboradores, para asegurarse de que las comunidades vulnerables reciban vacunas.

Este es apenas un ejemplo regional de la amenaza mundial que la desinformación online representa para la salud pública. En los Estados Unidos, un estudio reciente del American Journal of Public Health informó la manera en que los bots de Twitter y los trolls rusos han logrado desviar el debate público sobre la eficacia de las vacunas. Habiendo examinado 1,8 millones de tuits emitidos a lo largo de un periodo de tres años (2014 a 2017), el estudio llegó a la conclusión de que estas cuentas automatizadas tenían la finalidad de crear suficiente contenido antivacunas online como para generar una falsa equivalencia en ese debate.

Estos programas de desinformación tienen éxito por una razón. En marzo de 2018, investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts reportaron que las historias falsas en Twitter se propagan mucho más velozmente que las verdaderas. Sus análisis revelaron cómo la necesidad humana de novedades y la capacidad de la información de suscitar una respuesta emocional son vitales para la difusión de historias falsas.

Internet sirve de amplificador del daño que causan estos “hechos alternativos”, ya que puede diseminarlos a una escala y velocidad enormes: una pocas cuentas falsas o de troleo bastan para desinformar a millones. Y, una vez se difunden, es prácticamente imposible deshacer lo hecho.

Está claro el papel de los bots y trolls de Twitter en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 y el referendo sobre el Brexit en el Reino Unido. Hoy han afectado la sanidad mundial también. Si no damos pasos sólidos y coordinados para enfrentar esta alarmante tendencia, podríamos perder un siglo de éxitos de vacunaciones y comunicación sanitaria, ambos de los cuales dependen de la confianza pública.

Podemos adoptar varias medidas para comenzar a revertir el daño. Para comenzar, las autoridades de salud de países desarrollados y en desarrollo tienen que entender el modo en que esta desinformación en línea está socavando la confianza pública en los programas sanitarios. Además, deben colaborar activamente con gigantes globales de las redes sociales como Facebook, Twitter y Google, así como con actores regionales importantes, como WeChat y Viber, trabajando estrechamente con cada uno para crear pautas y protocolos de diseminación segura de información de interés público.

Además, las compañías de redes sociales pueden colaborar con científicos para identificar patrones y conductas de las cuentas basura que intentan diseminar información falsa sobre asuntos de sanidad pública importantes. Por ejemplo, Twitter ya ha comenzado a usar tecnología de aprendizaje de máquina para limitar la actividad de cuentas basura, bots y trolls.

También una verificación más rigurosa desde el momento de registrarse servirá de potente disuasor para evitar el aumento de las cuentas automatizadas. La autenticación de dos factores, usando una dirección de correo electrónico o un número de teléfono al registrarse, es un comienzo prudente. La tecnología CAPTCHA, que pide a los usuarios identificar imágenes de coches o señales de tráfico –algo que por ahora, al menos, los seres humanos podemos hacer mejor que las máquinas-, también puede limitar los registros automatizados y la actividad de los bots.

Es improbable que estas precauciones infrinjan el derecho de expresión de las personas. Las autoridades de salud pública tienen que pecar por el lado de la precaución al ponderar los derechos de libre expresión frente a falsedades deliberadas que puedan poner en peligro el bien común. El abuso del anonimato que proveen la Internet, las cuentas basura, los bots y los trolls trastorna y contamina la información disponible y confunde a la gente. Es un imperativo moral tomar medidas prudentes para evitar situaciones en que haya vidas en juego.

La salud pública mundial ha dado grandes pasos en el siglo veinte. Los avances que se logren en el siglo veintiuno no vendrán solo de investigaciones de vanguardia y trabajo comunitario, sino también de la interacción online. Puede que la próxima batalla por la salud global se libre en la Internet. Y, al actuar con la rapidez suficiente para derrotar a los trolls, podemos prevenir enfermedades y muertes evitables en todo el planeta.

© Project Syndicate

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Salud | 5 de noviembre de 2018

La atención quirúrgica es parte esencial de la cobertura universal de salud

Cinco mil millones de personas en todo el mundo carecen de acceso a atención quirúrgica y anestésica segura y accesible. Mejorar el acceso a la cirugía no solo es bueno para la salud de las personas; también es una de las mejores maneras de aumentar la productividad económica en países de ingresos bajos y medios.

En un reciente viaje a India, tomé una bici taxi pedaleado por un hombre con una pierna tullida. Dos semanas antes, había sido atropellado por un coche mientras navegaba las transitadas calles de Nueva Delhi. Aunque se las había arreglado para obtener medicamentos de una farmacia cercana para paliar el intenso dolor (probablemente porque se le había roto la pierna) no tenía ni el tiempo ni el dinero para ver un cirujano.

Este tipo de trágico cálculo es demasiado común. La Comisión Lancet sobre Cirugía Global estima que cerca de cinco mil millones de personas –casi un 70% de la población mundial- carece de acceso a cuidados anestésicos y quirúrgicos seguros y asequibles, mientras 33 millones de personas deben afrontar gastos de salud insoportablemente altos. No es de sorprender que los pobres del mundo sufran de manera desproporcionada: aunque la población de los países de bajos ingresos representa cerca de un 35% de la humanidad, en ellos se realizan apenas un 3,5% del total de los procedimientos quirúrgicos.

La financiación es uno de los mayores obstáculos para lograr una cobertura sanitaria universal, declarada por las Naciones Unidas un objetivo global. Y, aunque suene paradójico, una de las mejores maneras en que los gobiernos pueden obtener los fondos que necesitan para ampliar la cobertura es hacer que las operaciones quirúrgicas estén más ampliamente disponibles.

Los problemas de salud en el que tiempo de respuesta es uno de los factores cruciales, como lesiones de accidentes de tráfico y complicaciones del embarazo, se cuentan entre las principales causas de muerte y discapacidad en los países de ingresos bajos y medios. Pero las enfermedades subtratadas o no tratadas que precisan de cirugía también afectan la productividad económica. Por ejemplo, el estudio de Lancet estimó que no mejorar la atención quirúrgica en los países en desarrollo se traduciría en US$12,3 billones menos de producción económica para 2030. No mantener una sólida capacidad quirúrgica incluso podría socavar las ganancias económicas de los países de ingresos medios, reduciendo el crecimiento del PIB total en aproximadamente un 2% al año.

Un cálculo que no suma

La percepción común de muchos líderes es que suministrar atención quirúrgica no es sostenible ni rentable. Al enfrentarse a opciones presupuestarias difíciles, los gobiernos suelen preferir programas que luchen contra enfermedades infecciosas y crónicas, dejando en la estacada a gente como mi conductor del bici taxi.

Sin embargo, un creciente cuerpo de evidencias sugiere que estas visiones están erradas. Cuando los investigadores de la Escuela Médica de Harvard analizaron intervenciones quirúrgicas en países de ingresos bajos y medios, encontraron una notable desvinculación entre los supuestos económicos y la realidad. Por ejemplo, calcularon que el dinero destinado a cesáreas y cirugías de articulaciones tenía mayores retornos que el gastado en el manejo del VIH o las enfermedades cardíacas.

No hay dudas de que las enfermedades crónicas e infecciosas también merecen nuestra atención: no podemos reestructurar los sistemas de salud de la noche a la mañana, ni dar la espalda a quienes reciben tratamiento para enfermedades que no exigen cirugía. Pero las reformas que presten especial atención a la importancia de las intervenciones quirúrgicas impulsarían la productividad económica, ayudando a crear una atención sanitaria más equitativa para todos.

Cirugías y anestesias tienen que ser parte de la cobertura universal

Para comenzar, los ministerios de salud y las organizaciones médicas deben reconocer formalmente que la atención quirúrgica y anestésica son parte esencial de la cobertura universal de salud. Para ejemplificarlo, los proveedores sanitarios deberán mejorar su recolección y análisis de datos sobre resultados quirúrgicos, lo que aumentaría la transparencia sobre mortalidad y morbilidad y fortalecería la rendición general de cuentas. Las decisiones sobre expansión de servicios podrían tomar como guía los indicadores centrales de la comisión de Lancet sobre la “preparación”, “provisión” e “impacto” de la atención quirúrgica.

En segundo lugar, para agrupar los riesgos y proteger contra sobrecostes, los países que estén considerando adoptar políticas de cobertura universal deberían poner la atención quirúrgica bajo planes de financiación pública. Si bien parte de los fondos para ampliar los servicios quirúrgicos deberían venir de la tributación, los proveedores sanitarios también podrían explorar opciones de financiación más innovadoras, como los “modelos de justicia social”, en los que la gente paga según sus medios.

Por último, para combinar recursos y aumentar la capacidad quirúrgica, los hospitales podrían explorar la realización compartida de tareas, por la cual los casos no urgentes se refieren a enfermeras licenciadas y asistentes médicos. Entre las estrategias de más largo plazo habría que invertir más en educación médica para elevar la cantidad de doctores y cirujanos.

El enorme progreso económico experimentado por muchos países en desarrollo en las últimas décadas se ha debido en gran parte a personas vibrantes, jóvenes y ambiciosas. Una de las maneras más eficaces de mantener este crecimiento y desarrollo es garantizar el acceso seguro y asequible a la sanidad, incluidas las intervenciones quirúrgicas. Si bien puede que el costo de prestar este servicio sea alto, no hacerlo resulta más caro aún.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Junaid Nabi es físico e investigador de la salud pública y miembro de Aspen New Voices 2018.

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