Leila Guerriero | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 1 de marzo de 2019

Los que sueñan el sueño dorado, comentado por Leila Guerriero

Los que sueñan el sueño dorado
Joan Didion
Random House Mondadori

Uno (mi comentario)

Este es uno de los pocos libros que jamás está en mi biblioteca. Lo tengo a mano, en la mesa de luz o el escritorio, y recurro a él -como quien recurre al I-Ching- cuando, escribiendo, necesito atrapar un tono escurridizo o una atmósfera esquiva. Lo abro por cualquier parte y la prosa de Didion siempre tiene el mismo efecto benéfico: una combustión espontánea que se traduce en el deseo compulsivo de escribir.

Dos (la selección)

“Tres o cuatro tardes por semana íbamos a sentarnos en las sillas plegables del oscuro barracón de chapa de acero que hacía de cine, y fue allí, durante aquel verano de 1943, mientras fuera soplaba un viento tórrido, donde vi por primera ver a John Wayne. Lo vi caminar y oí su voz. Le oí decirle a una chica en una película titulada En el viejo Oklahoma que le iba a hacer una casa ” en el recodo del río donde crecen los álamos”. La verdad es que al crecer yo no me convertí en la clase de mujer que protagoniza una película del Oeste, y aunque los hombres a los que he conocido han tenido muchas virtudes y me han llevado a vivir a muchos sitios, nunca han sido John Wayne, y nunca me han llevado tampoco a ese recodo del río donde crecen los álamos. Pero en las profundidades de mi corazón donde cae eternamente la lluvia artificial, esa sigue siendo la frase que yo espero oír.”(John Wayne: Canción de amor, 1965).

Tres

“Es fácil ver los principios de las cosas y no tan fácil ver los finales. Por ejemplo, ahora me acuerdo, con una claridad que hace que se me encojan los nervios del cuello, de cuándo empezó Nueva York para mí, pero no puedo discernir con precisión el momento en que se terminó, nunca consigo saltarme las ambigüedades y los arranques en falso y las resoluciones traicionadas hasta llegar al punto exacto de la página en que la heroína ya no es tan optimista como lo fue en el pasado. Cuando vi por primera vez Nueva York yo tenía veinte años y era verano, y me bajé de un DC-7 en la vieja terminal provisional de Idlewild con un vestido nuevo que en Sacramento me había parecido muy elegante pero que ya no me lo parecía tanto, ni siquiera en la vieja terminal provisional de Idlewild, y el aire cálido olía a moho, y cierto instinto, programado por todas las películas que había visto y por todas las canciones que había cantado y por todos los relatos que había leído sobre Nueva York, me informó de que ya nada volvería a ser lo mismo. De hecho, nunca volvió a serlo”. (Adiós a todo aquello, 1967)

Cuatro

“Lo único que yo hice en aquel apartamento fue colgar cincuenta metros de teatral seda amarilla a modo de cortinas para el dormitorio, porque se me ocurrió que la luz dorada me haría sentirme mejor: el problema es que no me molesté en poner pesos a las cortinas, de manera que los largos paneles de seda dorada transparente se pasaron todo aquel verano volando por las ventanas y enredándose y empapándose bajo las tormentas vespertinas. Aquel fue el año, mi vigésimo octavo año, en que descubrí que no todas las promesas se iban a cumplir, que hay cosas que de hecho son irrevocables y que a fin de cuentas todo había contado: hasta la última evasión y postergación, hasta la última equivocación y la última palabra, todo” (Adiós a todo aquello, 1967).

Cinco

“Tres, cuatro y hasta cinco días al mes me los paso en la cama con migraña, insensible al mundo que me rodea. Y casi todos los días de todos los meses, entre ataque y ataque, siento esa repentina irritación irracional y ese flujo de sangre a las arterias cerebrales que me hacen saber que la migraña está de camino, y entonces me tomo ciertos fármacos para impedir que llegue. Si no me tomara esos fármacos, sería capaz de funcionar tal vez un día de cada cuatro. En otras palabras, ese error fisiológico llamado migraña es un hecho central en la vida que me ha tocado. Cuando yo tenía quince años, o dieciséis, o hasta veinticinco, pensaba que me podía librar de ese error simplemente negándolo, imponiendo el carácter sobre la química. “Sufre usted dolores de cabeza  a veces? ¿Con frecuencia? ¿Nunca?”, me preguntaban los distintos formularios de solicitudes. “Marque una casilla”. Recelando de la trampa, deseando aquello queme fuera a reportar el circunnavegar con éxito aquel formulario en concreto (un trabajo, una beca, el respeto de la humanidad y la gracia de Dios), yo marcaba la casilla “A veces”. Mentía. El hecho de que me pasara un día o dos por semana casi inconsciente por el dolor me parecía un hecho vergonzoso que no solo revelaba una inferioridad química, sino también todas mis malas actitudes, mi temperamento desagradable y mis ideas equivocadas”. (En la cama, 1968)

Seis

“Nos contamos historias a nosotros mismos para poder vivir. La princesa está enjaulada en el consulado. El hombre de los caramelos se va a llevar a los niños al mar. La mujer desnuda que está en la cornisa de la ventana del piso dieciséis sufre acedía, o bien es una exhibicionista, y sería “interesante” saber cuál de las dos cosas es cierta. Nos contamos a nosotros mismos que no es lo mismo si la mujer desnuda está a punto de cometer pecado mortal, o bien si se dispone a realizar una protesta política, o bien si está a punto, en la perspectiva aristofánica, de ser devuelta a la fuerza a la condición humana por el bombero vestido de sacerdote que se entrevé en la ventana de detrás de ella, el mismo que está sonriendo a la cámara fotográfica. Buscamos el sermón en el suicidio y la lección moral o social en el asesinato de cinco personas. Interpretamos lo que vemos, elegimos la más practicable de las múltiples opciones. Vivimos completamente, sobre todo los escritores, bajo la imposición de una línea narrativa que une las imágenes dispares, de esas “ideas” con las que hemos aprendido a paralizar esa fantasmagoría movediza que es nuestra experiencia real”. (El álbum blanco, 1968-1978).

Siete

“El día en que conocí a Linda Kasabian en el verano de 1970 ella iba peinada con raya en medio, estaba sin maquillar, llevaba colonia Blue Grass de Elizabeth Arden y ese uniforme azul sin planchar que les dan a las reclusas de la Penitenciaría para Mujeres Sybil Brand de Los Ángeles. Estaba encerrada en la Sybil Brand para su propia protección, esperando a que le llegara el momento de testificar por los asesinatos de Sharon Tate Polanski, Abigail Floger, Jay Sebring, Voytelk Frykowski, Steven Parent y Rosemary y Leno LaBianca, y en presencia de su abogado, Gary Fleischman, me pasé una serie de tardes hablando allí con ella. De aquellas tardes recuerdo sobre todo la aprensión que sentía al entrar en la cárcel, al abandonar aunque fuera durante una hora las infinitas posibilidades que de pronto yo percibía en el crepúsculo estival”. (El álbum blanco, 1968-1978)

Leila Guerriero es periodista y editora. Su trabajo se publica en diversos medios de América Latina y España. Publicó los libros Los suicidas del fin del mundo; Frutos extraños; Plano americano, Una historia sencilla, Zona de obras. En 2010, su texto “El rastro en los huesos”, publicado en El País Semanal y Gatopardo, recibió el premio CEMEX-FNPI. Algunos de sus libros han sido traducidos al inglés, el alemán, el francés, el polaco, el portugués y el italiano.


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