Mariana Arias | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 18 de marzo de 2019

La dificultad, comentado por Mariana Arias

La dificultad
Tomás Abraham
Random House

Uno (mi comentario)

El magnetismo de Tomás Abraham siempre me atrajo. Lo seguí durante un tiempo, casi un año, con la intención de entrevistarlo. Finalmente aceptó cuando publicó su autobriografía novelada La Dificultad. Tomás (Nicolás en la ficción), define este singular libro (el más personal de toda su rica bibliografía) de la siguiente manera: “Escribir sobre una experiencia de la vida que no entendía y que había sido muy importante para mí. Narrar quirúrgicamente una historia propia desde afuera, de manera impersonal, sobre recuerdos vivos. Iluminar cómo uno se enamora, el tiempo de la escuela, los viajes, la relación con el padre (determinante). Mirar, desde afuera, cómo Nicolás resuelve situaciones. Escribir para entender cómo es posible que la vida tome un curso y que, de repente, haya un cambio total, y un día, por un gesto de distracción, uno está afuera del atolladero”.

La tartamudez era su más evidente dificultad, aunque no la única. La voz, esa manera de comunicarse, un puente hacia los otros, estaba roto. “La vida del que tiene la comunicación cortada lo hace sentirse muy cerca del abismo”, dice. Y sigue: “Para ser miembro de una sociedad tenés la obligación de hablar; cuando no es posible expresarse de manera fluida, aparece la torpeza, se pueden percibir las miserias.”

A los 15 años ya sabía quién quería ser; sin embargo, el camino fue sinuoso hasta llegar a cumplir su deseo. Los mandatos del “Big man” (su padre), un hombre exigente, admirado, seductor, creador de Hilos Tomasito, que fabricaba las famosas medias Ciudadela, eran difíciles de esquivar. Esa fue otra dificultad: enfrentar a un señor tan respetado y llegar a ser como él. Y revelarse en el camino. Viajar, volar, con la insolencia de la juventud, hasta destinos remotos, en busca de una identidad propia. Y tras la vuelta al mundo, la calma, la obediencia, la necesidad y la obligación de hacerse cargo de la herencia, de esa fábrica de medias que funcionó para Tomás como una nueva iniciación. Aprender a trabajar, a situarse en el mundo real. De Tokio a Ciudadela, Tomás ha recorrido un largo camino hacia sus propios orígenes, como una suerte de parábola que lo trajo de vuelta, pero con más experiencia y sabiduría. Aunque la filosofía, su gran pasión, siempre estuvo del otro lado del puente, al acecho, a mano. Ese sería su próximo destino.

Tomás Abraham hipnotiza con su prosa, a veces desarticulada y casi siempre desgarradora. Los sentimientos en bruto que expresa y el descenso a su lado más oscuro tocan su dolor de quien ha trabajado incansablemente por encontrarse a sí mismo. “Escribir no es vivir, ni revivir, por eso la autobiografía es un género de ficción, de inventiva, de creación”, expresa en sus últimas páginas. Pero es también una manera de descubrirse a uno mismo, de contarse quién fue y quién es.

Elegí algunos párrafos al azar, a los que nombré desde lo personal.

La Dificultad. El amor del padre. La indefensión. La pareja. El fracaso. El amor y el cuidado.

Dos (la selección)

La pareja. No es el matrimonio ni el noviazgo. Ser dos. Entrar en una confitería juntos. Ir al cine juntos. Salir juntos. Compartir el signo de la dignidad adulta del nuevo ideal de completud. La nueva sociabilidad argentina. La pareja se escapaba por la tangente de la tutela familiar. Todavía eran tiempos en los que el divorcio era una rareza. Además las parejas de jóvenes mantenían la virginidad mutuamente consentida. Las calenturas no tenían desahogo sino recarga. Recorríamos la ciudad solos los dos. Íbamos a Gotán a escuchar a Gelman y Cedrón. Al Lorraine a descubrir a Bergman, Fellini y Truffaut. Leíamos a Sartre y Simone de Beauvior. A Cortázar. Arlt. El sueño literario.

Brisa terminó el bachillerato con notas sobresalientes e ingresó a la facultad para estudiar Filosofía: peligro. Sentí el peligro. Sabuesos intelectuales merodeaban por las aulas y hacían ostentación de bibliografía seleccionada. El mercado era difícil. Todavía me debatía en la secundaria mientras ella era parte del mundo filosófico. Rostros con bigote en gancho, lentes prominentes, volúmenes pesados bajo el brazo, voces cavernosas, conversaciones cultas frente a pocillos de café, la armada letrada no carecía de artilugios para seducirla. Tantas cosas interesantes descubriría cada día.

Tres

Amar es cuidar. Cuando amaba cuidaba. Este amor-cuidado se daba con las personas y con todo lo que pudiera llegar a ser personificado como los animales y ciertos juguetes. Por eso sentía que mi mamá no me amaba, porque no me cuidaba, y que mi papá sí porque me cuidaba, a su modo, claro, como todos lo hacen, de un cierto modo.

Cuatro

Es la civilización la que ha generado la idea de la madre santa y la del padre proveedor. La indefensión infantil nos demora en un estado psicolactante un cuarto de nuestra vida, si es que no deriva en una estructura obcecada que lo perpetúa hasta la muerte.

Cinco

Pero el momento llegó. Apareció mi padre, al mediodía. Comieron en silencio, serios. Luego al living. Que fuera invitado al living era la antesala de la muerte. Como ser invitado una tarde a dormir en un ataúd. Todo era tan dramático. Una insoportable pesadez del ser. Las situaciones terminales abundaban. No se bromeaba. Nadie se burlaba de nadie. Mi padre sentía que siempre estábamos al borde de una crisis. Ante la frustración doméstica bramaba. Hambre de inmigrante que le dicen. Vivir bajo amenaza para un judío que no pudo tener juventud. En todo caso, ya no estábamos en Rumania sino en la generosa Argentina, y la opresión ya no era hitleriana ni estalinista sino meramente porteña.

Ingresé a la sala del juzgado en la que el juez dictaría la temida sentencia. Se precibía la aparición de algo rotundo, de un castigo doloroso, difuso, incierto. La silla eléctrica judía. ¿Qué pasaría una vez que mi padre se sentara con su porte de empresario joven, diestro en asumir todas las funciones de la autoridad, aun las más desagradables como despidos, suspensiones, regateos salariales, pago de proveedores, exigencias disciplinarias y conducta de los hijos?

Seis

Se dice que la tragedia se define por los amores prohibidos que se desencadenan en las familias. Los amores incestuosos. En las comedias estos amores se dan por malentendidos y picardías lícitas. En los culebrones, con las mucamas y las cuñadas. Pero en las tragedias, entre padres e hijos, o entre hermanos. Entre un padre y un hijo. Es fácil echarle la culpa a un padre por enamorarse de su hijo. ¿Qué culpa tiene el padre de no poder sacarle la vista de encima a un hijo?

Siete

Era tartamudo. No podía leer en clase. En realidad, lo hacía por pedido de la “señorita”. La quijada endurecida y la lengua pegada al paladar se resolvían más bien en gemidos. Tampoco escribía. Era un zurdo contrario. Varias sesiones con las manos atadas lograron acostumbrarme a aceptar que la otra mano estaba muerta para la escritura. Era como volver a nacer pero al revés. Alguien le había dicho a mi padre que si dejaba que su hijo escribiera con la mano izquierda se convertiría en un ser infeliz toda su vida.

Mariana Arias es periodista, licenciada en comunicación (UCA). Conductora en La Nación Más. Escribe en Lanacion.com y Perfil.com. Es productora y conductora en Radio Milenium #dimelotuaire (Martes a las 23 hs). Escribió: Dimelo tu, una conversación Íntima. Una recopilación de su programa Dimelo Tu, que condujo durante 14 años como entrevistadora de más de 500 personalidades. Y Una Mujer en La Mitad de La Vida, entrevistas sobre la problemática femenina.


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