Mark Suzman | RED/ACCIÓN
Tecnología | 13 de noviembre de 2018

El lado positivo de la disrupción digital

Durante gran parte de la historia moderna, la industrialización impulsada por las exportaciones y la riqueza de los recursos naturales fueron vistos como los únicos mecanismos para el crecimiento sostenido en los países en desarrollo. Pero hoy, las nuevas tecnologías están dando a los países más control sobre sus fortunas sociales y económicas.

A menudo la tecnología se presenta como una panacea de los problemas del mundo o una maldición persistente que causa alteraciones y desplazamientos a los más vulnerables, pero históricamente ninguna de estas caracterizaciones es precisa. Desde la máquina a vapor al ordenador personal, los inventos han transformado a las sociedades de maneras complejas. Sin embargo, en su conjunto la tecnología siempre ha creado más empleos y oportunidades económicas que las que ha destruido. Es probable que esta tendencia siga.

Hay razones para ser optimista

¿Por qué mi actitud animada? Porque veo que a mi alrededor los gobernantes están reposicionando sus economías para convertir el cambio tecnológico y la automatización en activos más que pasivos. Como observara hace poco la Comisión Caminos hacia la Prosperidad (Pathways for Prosperity), basada en Oxford, con “optimismo y acción colectiva” las llamadas tecnologías de frontera pueden empoderar hasta a los países más pobres.

Durante gran parte de la historia moderna, la industrialización para las exportaciones y la explotación de recursos naturales se vieron como los únicos mecanismos para un crecimiento sostenido en el mundo en desarrollo. Pero hoy, las nuevas tecnologías y la capacidad de combinarlas con innovaciones pasadas, han dado a la gente más poder sobre sus fortunas económicas.

Por ejemplo, el Servicio de Información de Suelos de África, financiado por la Fundación Bill y Melinda Gates, ha combinado datos de fuente abierta y software de sensores remotos para reducir el coste del mapeo de suelos en un 97%. Esto ha dado a los pequeños campesinos de África nuevas herramientas para tomar decisiones basadas en evidencia sobre sus operaciones, con lo que se aumentan los rendimientos de las cosechas y se reducen los gastos de operación.

De manera similar, en Kenia Twiga Foods está usando tecnologías para optimizar la cadena de suministro, haciendo coincidir los cultivos rurales de frutas y verduras con comerciantes pequeños y medianos de Nairobi. Su enfoque ha ayudado a los agricultores a acceder a mercados más lucrativos, mayor amplitud de consumidores y mucho menores pérdidas y desechos posteriores a las cosechas. La inclusión digital puede ser una potente fuerza, en especial para las mujeres. Go-Jek, un servicio de entrega de comidas y viajes compartidos de Indonesia, ha elevado en un promedio de 44% los ingresos de los conductores al conectar por primera vez a muchos de sus proveedores, por lo general mujeres, a servicios bancarios.

También hay que invertir en educación y salud

No hay lugar a dudas de que para aprovechar al máximo el potencial transformador se requiere invertir más en la gente, en particular en mujeres y niños. Como argumentamos en el Informe Goalkeepers de la Fundación Gates de este año, una mejor atención de salud y acceso a la educación –dos pilares del “índice de capital humano” del Banco Mundial- pueden destrabar la productividad y la innovación, reducir la pobreza y generar prosperidad. Son logros esenciales para la capacidad de los países de alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

Para aprovechar la tecnología también serán necesarias reformas económicas delicadas, mejor infraestructura, instituciones más capaces y estrategias para hacer llegar soluciones digitales a poblaciones marginadas. Algunos países ya están tomando estos pasos. Por ejemplo, Indonesia ha lanzado un ambicioso programa para conectar 100 millones de personas adicionales a la banda ancha, en lo que es un reconocimiento a la importancia que juega la conectividad para impulsar las oportunidades económicas.

Y, sin embargo, para la mayor parte de los países más pobres, los servicios básicos de telefonía e internet siguen siendo prohibitivamente caros. Por ello los gobiernos, donantes y el sector privado deben trabajar en conjunto para crear modelos comerciales y de precios para recuperar costes y, al mismo tiempo, prestar un nivel adecuado de servicios digitales a los consumidores más pobres. Una estrategia de reducción de la pobreza que merece ser explorada es el acceso comunitario a la tecnología.

La asequibilidad no es el único factor que mantiene la tecnología fuera del alcance de los pobres. La brecha digital refleja patrones mayores de discriminación social, especialmente para las mujeres. Donde sea que vivan, tienen cerca de 40% menos probabilidades que los hombres de haber usado la Internet alguna vez, lo que sugiere que las inequidades sociales también generar disparidades en el acceso digital. Es de crucial importancia cerrar esta brecha. Cuando las mujeres tienen acceso a toda la gama de servicios digitales, desde la banca móvil a la telemedicina, suelen ser más pudientes, saludables y mejor educadas.

A medida que las autoridades en los países desarrollados y en desarrollo toman decisiones e invierten en lo que dará forma al paisaje en que se desenvuelva el cambio tecnológico, resulta gratificante verlos dialogar de manera significativa acerca de sus futuros digitales. En tanto y cuanto se incluya en estas conversaciones a ciudadanos que comprenden la tecnología y sus ramificaciones, es posible diseñar soluciones que satisfagan las necesidades de todos y cada uno.

Las tecnologías de vanguardia de hoy evolucionan a una velocidad vertiginosa. Pero con visión de futuro y preparación, el mundo puede ir reduciendo la disrupción que inevitablemente causarán para asegurar un crecimiento duradero e inclusivo. Si coordinamos nuestras inversiones en personas con las que destinamos a la innovación, la nueva “era digital” no dejará a nadie atrás.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Mark Suzman es Director Estratégico y presidente de Política Global y Defensa en la Fundación Bill y Melinda Gates.

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