Martín Guzmán | RED/ACCIÓN
Opinión | 12 de abril de 2019

El problema de la economía argentina

En 2018 Argentina experimentó una crisis monetaria y una estanflación. La inflación anual alcanzó el 47,6%, el PIB cayó un 2,5% y aumentaron el desempleo y la pobreza.

Estos indicadores reflejan problemas crónicos. La economía argentina ha reducido su tamaño en cuatro de los últimos siete años. Y durante más de una década las deficiencias estructurales han creado fuertes restricciones en el crecimiento de la demanda real y han impedido que la economía crezca de manera sostenible.

Cuando el gobierno actual, dirigido por el presidente Mauricio Macri, asumió el cargo en diciembre de 2015, dijo que sus políticas económicas atraerían inversiones extranjeras directas y conducirían a un aumento sostenido de la productividad. La crisis monetaria que estalló en abril de 2018 remarcó el fracaso de su enfoque de política.

Como respuesta, el gobierno recurrió al Fondo Monetario Internacional, obtuvo un préstamo de 57.000 millones de dólares, el más grande en la historia del FMI, y acordó un nuevo enfoque para abordar los desequilibrios macroeconómicos del país. Pero los términos del acuerdo de préstamo han seguido cambiando a medida que los inversores seguían nerviosos.

Cuando el FMI aprobó el nuevo acuerdo con Argentina en junio pasado, el gobierno dijo que en lugar de gastar los fondos, los usaría para aumentar su liquidez y restaurar la confianza del mercado. Pero cuando el peso cayó aún más, el gobierno y el FMI acordaron que Argentina podría utilizar el préstamo para cumplir con los pagos de su deuda y evitar un incumplimiento en 2019, un año de elecciones presidenciales. Y sin embargo las dudas persistieron.

El mes pasado, en medio de temores de otra corrida del peso, el Fondo autorizó al banco central a vender hasta 9.600 millones de dólares de sus reservas de divisas para ayudar a respaldar el tipo de cambio.

La situación sigue siendo delicada, sobre todo porque gran parte de la deuda pública de Argentina está denominada en monedas extranjeras. El FMI dice que la deuda del país “sigue siendo sostenible, pero no con una alta probabilidad”, aunque la prueba real de la sostenibilidad de la deuda de Argentina comenzará en 2020.

Con las elecciones a seis meses de distancia, hay otras preocupaciones más inmediatas. Por un lado, el plan macroeconómico respaldado por el FMI de políticas fiscales y monetarias contractivas ayudará a alargar la recesión actual. Además, el enfoque de política monetaria parece estar repitiendo algunos de los errores fundamentales cometidos antes de la crisis monetaria.

Mientras que la administración de Macri planeaba reducir gradualmente el déficit fiscal, el banco central adoptó un enfoque mucho más agresivo para frenar la inflación. Al hacerlo, se basó en dos asunciones: que las políticas del gobierno pondrían a la economía en un camino de crecimiento sostenible, y que las tasas de interés más altas serían efectivas para estabilizar los precios.

Ambas suposiciones demostraron ser desastrosamente erróneas. La inversión en la economía real en gran parte no se materializó. Además, las altas tasas de interés atrajeron el capital de la cartera especulativa a corto plazo, lo que hace que Argentina, y el peso, sean cada vez más vulnerables a un cambio de sentimiento repentino en el mercado.

Las autoridades deberían haber aprendido al menos dos lecciones de esto. La primera, combatir la inflación crónica requiere esfuerzos políticos sostenidos y coordinados en lugar de un mero endurecimiento de la política monetaria. Y la segunda, la inflación en Argentina continuará en el corto plazo sin importar qué tan estricta sea la política monetaria. Sin embargo, las autoridades están persistiendo con las mismas políticas.

La devaluación del peso y el consiguiente aumento de la inflación han intensificado el conflicto distributivo de Argentina, y los trabajadores demandan aumentos salariales que compensen la pérdida de poder adquisitivo durante el año anterior.

En este contexto, los anuncios de política monetaria no reducirán las expectativas inflacionarias, especialmente porque la administración de Macri no cumplió sus objetivos de inflación en los últimos tres años -en 15, 7,8 y 32,6 puntos porcentuales respectivamente. Como era de esperar, la inflación ha vuelto a subir en los últimos meses, a pesar del agresivo ajuste monetario.

Además, los mercados financieros no permitirán que el tipo de cambio real del peso se aprecie significativamente en el corto plazo. Esto significa que el tipo de cambio nominal estará bajo presión a la baja, lo que a su vez alimentará una mayor inflación. Romper este círculo vicioso no será fácil, porque requiere que los políticos resuelvan el conflicto distributivo en una economía lenta.

Mientras tanto, el banco central sigue dependiendo de las altas tasas de interés para respaldar el peso. Si bien el banco tuvo que actuar agresivamente para contener la crisis monetaria, ha persistido durante demasiado tiempo con una política costosa de altas tasas de interés que ahora no solo prolonga y profundiza la recesión, sino que también, al atraer el llamado dinero caliente, aumenta inestabilidad en el tipo de cambio.

Y mientras que las intervenciones en el tipo de cambio pueden estar justificadas en circunstancias extremas, la venta de reservas en moneda extranjera prestada para apuntalar el peso hará que la economía sea aún más frágil.

En 2020, la situación de la deuda pasará al centro del escenario. El próximo gobierno intentará recuperar el acceso a los mercados internacionales de crédito con el país ya muy endeudado.

Si la economía no muestra signos de un despegue rápido para entonces, habrá un problema de deuda. En ese escenario, un mayor costo de traspaso de deuda sería letal para la economía, ya que las autoridades tendrían que asignar una mayor proporción de los estancados ingresos del país en moneda extranjera para pagar la deuda.

El nuevo gobierno enfrentaría dos opciones desagradables: una camisa de fuerza con mayores pagos de deuda, más austeridad y más recesión, o una reestructuración dolorosa de la deuda con un resultado incierto.

Una cosa está clara: para poder evitar otra crisis de deuda, Argentina necesitará un crecimiento económico sostenido. Aunque no hay recetas mágicas para poner a la economía en un camino más estable, cambiar las políticas macroeconómicas actuales al menos le daría una oportunidad al país.

Martín Guzmán es investigador de la Universidad de Columbia en Nueva York Profesor de economía de la UBA.

© Project Syndicate 1995–2019.

Actualidad | 9 de mayo de 2018

La fragilidad invisible de Argentina

Para estabilizar su deuda, Argentina deberá lograr superávits comerciales. La forma óptima de hacerlo es aumentando la producción de bienes exportables y no mediante una recesión.
Para el presidente Mauricio Macri, representa un desafío económico que no se puede ignorar.

A primera vista, las perspectivas macroeconómicas de Argentina aparentan ser brillantes. El crecimiento ha repuntado después de un período de estanflación; el año pasado, el PIB aumentó un 2,9% en términos interanuales, mientras que la inflación anual cayó al 24,8%, desde un nivel de casi el 40% en el año 2016.

Pero, hay nubarrones en el horizonte. La reciente recuperación ha sido impulsada por deuda, con un déficit en cuenta corriente en el año 2017 que alcanza el 4,6% del PIB – déficit que equivale al 39% de las exportaciones totales de Argentina. Si bien la deuda externa argentina sigue siendo baja en general, su rápido crecimiento es motivo de preocupación. De hecho, para el presidente Mauricio Macri, representa un desafío económico que no se puede ignorar.

Para estabilizar su deuda externa, Argentina deberá lograr superávits comerciales. La forma óptima de hacerlo es aumentando la producción de bienes exportables, en vez de que dichos superávits se alcancen mediante una recesión que deprime las importaciones. Pero, si bien el objetivo puede ser claro, no está clara la capacidad de las políticas actuales para lograr dicho objetivo.

Se han propuesto diversas soluciones. Un primer abordaje involucra mantener el statu quo. Este abordaje parece ser la estrategia preferida del gobierno de Macri, ya que la misma refleja la opinión gubernamental de que el gran déficit de cuenta corriente de Argentina se constituye en una prueba del apoyo que brindan los mercados al camino que recorre el país. La fuerte demanda de bonos argentinos denominados en dólares, cuyos rendimientos son de hasta 7,9%, ha sido interpretada de manera similar, como una señal de la confianza que tienen los inversionistas en el país.

Sin embargo, un segundo y más cauteloso abordaje cree que son necesarias intervenciones macroeconómicas adicionales. Este punto de vista, respaldado por una lectura más escéptica de los hábitos de endeudamiento de Argentina y de la historia de la dinámica del ciclo de marcha y contramarcha, también llamado el ciclo de frenar y andar, merece especial atención.

Exportaciones estancadas

Las exportaciones de Argentina se han estancado desde el año 2011. Los críticos juzgan que para que el país aumente sus exportaciones, se necesitan nuevas políticas dirigidas a acrecentar la productividad y fortalecer la competitividad. Por el momento, sin embargo, la combinación preferida de remedios está impulsando el déficit de cuenta corriente, en lugar de reducirlo.

Dos estrategias básicas rigen el abordaje del gobierno para estabilizar la economía: la fijación de objetivos de inflación que se basan en las tasas de interés y la reducción gradual del déficit presupuestario primario (que excluye los pagos de intereses). Pero esta combinación de políticas plantea varias inquietudes.

En primer lugar, hay poca evidencia para respaldar la suposición del banco central sobre que un tipo de cambio flotante garantizará la consistencia macroeconómica. Las políticas monetarias influyen en los tipos de cambio, incluso cuando no están dirigidas al mercado de divisas. De hecho, si bien se necesita reducir la inflación para estabilizar la economía, los intentos de Argentina por lograr una rápida desinflación a través de objetivos excesivamente ambiciosos sólo exacerbarán los desequilibrios externos. Y, debido a que una gran parte del déficit fiscal está financiado por deuda denominada en moneda extranjera, los desequilibrios externos aumentan el riesgo de que la deuda pública se torne en insostenible en el futuro.

Finalmente, la convicción que tiene el banco central sobre que un tipo de interés más alto se traducirá de inmediato en una inflación más baja es errónea; el mecanismo es indirecto y no está garantizado. Además, la fijación de objetivos de inflación suele ser efectiva sólo cuando se aplica a economías que experimentan un crecimiento estable y sostenido – que es el caso opuesto al camino que recorre Argentina hoy en día.

El Banco Central de la República Argentina puede intentar compensar estas deficiencias demostrando que está dispuesto a “hacer lo que sea necesario” para contener la inflación – haciendo eco de la estrategia que usó el Banco Central Europeo para salvar al euro en el año 2012. Pero, en el caso de Argentina, puede que eso no sea posible, debido a que “hacer lo que sea necesario” está más allá de la capacidad que tiene la autoridad monetaria. Un ejemplo son las negociaciones salariales anuales, que han superado los objetivos de inflación dos años seguidos – en 15 puntos porcentuales en el año 2016 y 7,8 puntos en el 2017.

No es necesario el Shock

En medio de estos desafíos, algunos críticos han argumentado que la mejor forma de abordar los desequilibrios externos es con un shock masivo de ajustes fiscales. Lamentablemente, ese abordaje equivaldría a conceder la derrota; se asemejaría a un reconocimiento por parte del gobierno de que es imposible impulsar el crecimiento mediante la expansión de las exportaciones. Y, sin embargo, los críticos no se equivocan cuando abogan a favor de una nueva línea de pensamiento.

Si las perspectivas de crecimiento económico fueran tan prometedoras como lo ha sugerido el gobierno de Macri, nada de esto importaría. Pero, la realidad es que el “equilibrio” de Argentina puede ser realmente un castillo de naipes económico, construido por la narrativa positiva del gobierno y posteriormente reforzado por la aceptación de los mercados de esa trama narrativa. Por lo tanto, las autoridades deben considerar la posibilidad de que el pronóstico optimista puede enmascarar un futuro más turbulento.

Por el momento, la estrategia del gobierno requiere de un aumento en las exportaciones, a pesar del fuerte tipo de cambio provocado por las altas tasas de interés. Sin embargo, para impulsar las exportaciones, es probable que Argentina tenga que comenzar por cambiar su estrategia de política monetaria.

Aunque pensándolo bien, ningún camino estará libre de situaciones de ‘toma y daca’. Desplazarse con dirección a un conjunto de políticas que haga uso del financiamiento del banco central podría aumentar la inflación en el corto plazo. Sin embargo, también contribuiría, en cierta medida, a corregir los crecientes desequilibrios externos y ayudaría a evitar que se agríen en cualquier forma las expectativas del mercado.

La prudencia puede parecer innecesaria ahora, pero cuando se trata de navegar con el objetivo de superar difíciles desafíos macroeconómicos, el camino más seguro generalmente es el camino correcto.

Martín Guzmán, investigador asociado en Columbia University Business School y profesor asociado en la Universidad de Buenos Aires, copreside la Columbia Initiative for Policy Dialogue Taskforce on Debt Restructuring and Sovereign Bankruptcy y es miembro sénior en el Center for International Governance Innovation (CIGI).

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.
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