Santiago Kovadloff | RED/ACCIÓN
Actualidad | 22 de octubre

Santiago Kovadloff: “Pesimistas y optimistas son igual de cobardes, los que importan son los esperanzados”

Brindo mi gratitud a los organizadores de este encuentro, que ya son veteranos de la búsqueda. Yo llamaría “Idea, empresa consagrada a la exploración”. Querría dar inicio a estar intervención breve con un epígrafe, que es de la presidenta de este encuentro. Ella dijo: es indispensable que tengamos el coraje de soñar. En principio este verbo, el soñar, aparece como verso, la antitesis social del realismo, de tener los pies en la tierra, de saber dónde se está. El sueño parece ser una claudicación ante la realidad.

Ahora bien, vamos a caracterizarlo en consonancia con lo que si duda ella quiso decir, para que sepamos a lo largo de este encuentro, cuál es el costo de la disociación entre sueño y realidad. Soñar no es abstraerse de la realidad, es ir a su encuentro desde un repertorio de ideales. Los hombres que tienen ideales no provienen del pasado. El pasado condiciona el presente en el caso de nuestra Argentina con una pasión dominante, que es la monotonía de la repetición. Soñar es venir desde el futuro hasta el presente con ideales que uno aspira a que insida sobre el presente y permitan transformar lo monótono en sinfónico. Lo sinfónico implica que se ha encontrado una melodía común que solo puede interpretarse a través de distintos instrumentos complementarios. Hay sinfonía donde todos tocan lo mismo sin ser iguales.

Soñar, en suma, es estar desvelado por un presente mejor, y no por un futuro mejor. Solemos incurrir, el corazón es débil, en la idea de que queremos un mundo mejor para nuestros hijos y para nuestros nietos. Generación tras generación queremos un mundo mejor para nuestros nietos… Yo he sido hijo, he sido nieto, yo también quiero para mis hijos, para mis nietos… Acá también hay monotonía mis amigos. ¿Quién no adora a sus hijos y a sus nietos? Pero yo no quiero un mundo venidero mejor para ellos, yo quiero que ahora ellos vivan en un mundo mejor. Porque ahora están vivos, y porque yo estoy vivo con ellos. Y porque es con ellos que quiero que el mundo en que vivamos evidencie que hemos entablado una relación de complementación y no de melancólica esperanza.

Empecemos con lo evidente: la Argentina es un país que está hipotecado con el fracaso en la medida en que tiene deudas contraídas e impagas desde el momento fundacional. Los ideales del federalismo estaban vivos en Belgrano, y siguen predominantemente incumplidos. Los ideales de la integración hemisférica estaban vivos en San Martín, y siguen siendo más materia de sospecha y disidencia que de acuerdo y sostenibilidad.

Vivir en el marco de la ley, haber supeditado el poder político a la ley para que la política sea política sigue siendo una hipoteca con la que aún no hemos cumplido.

Y podríamos seguir enumerando porque hay una fascinación extraordinaria en el relevamiento de lo que no se pudo hacer. Hay un gran consuelo: fíjense ustedes que buena parte del realismo está asociado a la tendencia a decir que dado que todo es como es, todo será como ha sido. Esto es una claudicación del pensamiento, es una renuncia a asumir el desafío del tiempo. Es una negativa a hacer tarea. El hombre es una tarea, no ha venido a este mundo a realizarla en el sentido de consumarla de una vez por todas. Ha venido para ponerla en movimiento: más y más y más y más. ¿Hasta cuándo? Hasta nunca. La tarea no es para terminar, es para perfeccionar. Infinitamente. Un hombre se realiza, una mujer se realiza cuando muere en tarea. Porque hay dos manera de nacer y convendría que hubiese una sola de morir. Nacemos dos veces: una, obviamente paridos por nuestra madre. Y la segunda por nuestros proyectos. Y es conveniente morir una sola, es decir, con nuestros proyectos y no después de la muerte de ellos. Porque es terrible durar. Durar es haber sobrevivido a los propios proyectos.

Está en nosotros decidir si seremos un mundo de espectros, muy parecidos a gente que está viva. O seremos un mundo de realizadores, es decir, de seres apasionados por lo inconcluso, por lo que nació para ser progresivamente desarrollado y nunca terminado. ¿O hay finalización en un vínculo amoroso? O uno alcanza en la amistad ese nivel de desarrollo que le permite decir: “no, nosotros ya somos amigos, ya está, no tenemos más que reiterar la calidad de lo alcanzado”. ¿O uno, con uno, tienen una relación tal que no necesita, al mirarse al espejo, tratarse cada tanto de usted? Es conveniente desconocerse. Pero para desconocerse hacen falta preguntas. Pero no las preguntas surgidas del interés, nacidas de la conciencia de estar hipotecados con el fracaso.

Hacer del fracaso una fuente de aprendizaje es el punto de partida para la reconstrucción de otro sentido del horizonte: ni optimistas, ni pesimistas. Optimistas no, porque el optimista es igual al pesimista, ya lo hemos dicho muchas veces, los dos creen que las cosas son así, uno dice: se van a arreglar; el otro dice: no se van a arreglar. Los dos saben, ya lo entendieron… Son miserables, son cobardes. El hombre y la mujer que importan son el hombre y la mujer esperanzados. Los que ven matices que impiden tener una visión uniforme de la realidad, monotemática. Monocorde. Esos que dicen: sí pero no. Allí donde todo parece igual demos un matiz que nos diga que las cosas son distintas. Allí donde todo parece previsible, demos a irrumpir el viento saludable de lo imprevisible. ¿Y dónde está ese viento imprevisible en la Argentina de hoy? ¿Dónde lo vemos? Lo vemos en la justicia. En el esfuerzo que la justicia en la Argentina de hoy está haciendo para que la política se supedite a la ley, para que volvamos a ser un país constitucional, un país donde la palabra ordena los límites de la acción política. Un país donde el poder no es nunca sinónimo de absoluto. Donde no sea posible ir por todo, donde las instituciones sean complementarias y se fijen límites mutuos para poder trabajar en colaboración.

Se me dirá que esto es muy difícil. ¿Pero qué razonamiento es ese? ¿Por qué tendría que ser fácil? ¿De dónde sacamos que tiene que ser fácil? ¿Lo llamamos a Sarmiento para preguntarle qué fácil le resultó la escuela pública? ¿A Belgrano a dirigir el ejército del norte? ¿A San Martín a cruzar los andes? ¿A Vélez Sarfield a trabajar con la ley en la mano? ¿Al fiscal Nisman le vamos a decir qué es lo fácil? Esos dos tiros están acá. Y sepamos que están ahí. Y sepamos lo que hemos pagado por desoír la ley. Se me dirá que quienes hoy están empujando el esclarecimiento de lo sucedido son hombres también sospechosos porque vienen de un pasado oscuro. Señores, el amor es sucio. Lo que importa en el que lleva adelante una tarea es si la lleva. El arrepentimiento es posible y necesario. ¿O los hombres que nos dieron a nosotros la emancipación eran ángeles? Sepamos advertir que hoy la justicia en la Argentina está cambiando. Estamos en una situación de riesgo, y la cobardía vuelve a preguntar: ¿pero usted cree que se va a llevar hasta el final? ¡Miserables! Corramos el riesgo de llevarlo a fondo, y si fracasamos fracasemos pero a fondo. Seamos alguna vez dignos de la Constitución Nacional.