Santiago Llach | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 22 de febrero de 2019

Borges, una vida, comentado por Santiago Llach

Escritor y organizador de talleres de escritura creativa.

Borges, una vida
Edwin Williamson
Seix Barral (Planeta)

Uno (mi comentario)

Jorge Luis Borges fue un excéntrico que paradójicamente logró convertirse en el centro excluyente de la literatura argentina del siglo XX y en un escritor universal. Todo ha sido escrito sobre él. Edwin Williamson, académico estadounidense, publicó en 2004 esta biografía documentada, entretenida y polémica que es quizás la mejor entrada para relacionar su vida con su obra y que ofrece también una mirada sobre la historia argentina del siglo XX. (…)

La vida de Borges puede ser leída como una trayectoria feliz: el joven introvertido y torturado se convirtió en un escritor famoso y en el final de su vida encontró el amor. En apariencia, su vida fue bastante apacible, o sospechosamente apacible: después de una adolescencia nómade en Europa con su familia, vivió más de cincuenta años en un departamento con sus padres -treinta y ocho de ellos sólo con su madre y su empleada doméstica-.

Williamson recorre en Borges, una vida sus inseguridades como escritor, sus amores tormentosos, su depresión e ideas de suicidio, la sombra de sus abuelos heroicos, las figuras de su padre bohemio y su madre obsesionada con el pasado y sus controversias políticas, y los intersecta de manera amena y atrevida con sus textos, que siempre esconden elementos autobiográficos detrás de la máscara de la erudición y el exotismo.

Dos (la selección)

Las privaciones que soportó la familia de Borges durante la dictadura de Rosas fueron por cierto horribles y afrentosas. El coronel Suárez, héroe de Junín, fue obligado a exiliarse en Uruguay, donde murió en 1846. Uno de los hermanos del coronel fue fusilado contra la pared del Cementerio de la Recoleta por agentes de la Mazorca. El hijo de once años de Suárez fue obligado a contemplar la ejecución, después de lo cual el muchacho tuvo que encontrar trabajo en una pulpería, porque no había nadie que se hiciera cargo de él. A causa de Rosas, la familia del otro abuelo de Borges, Isidoro Acevedo, perdió sus propiedades al norte de la provincia de Buenos Aires, cerca de la ciudad de Pergamino. El padre de Isidoro se unió a una rebelión contra Rosas pero lo tomaron prisionero y lo pusieron a trabajar en los establos del tirano durante nueve años. Una noche la Mazorca asaltó la casa familiar, castigó con un látigo a la madre de Isidoro y saqueó la casa. Las dos hijas mayores lograron escapar pero perdieron contacto con su familia durante varios años y terminaron por vivir en Brasil. La madre de Isidoro llevó a sus tres hijos restantes a Buenos Aires, donde se vio obligada a ganarse la vida como costurera remendando pantalones de los soldados de Rosas. El abuelo Isidoro solía contar una historia truculenta acerca de cómo, a los diez años, se cruzó con un carro cubierto por una lona y, al dar un vistazo en su interior, descubrió las cabezas ensangrentadas de docenas de hombres asesinados por la Mazorca. Quedó tan impresionado que no pudo hablar por varias horas cuando llegó a su casa. Cuando creció, Isidoro se hizo unitario como su padre y se unió a la lucha por derrocar a Rosas.

Tres

Norah había llegado a la fiesta con Borges pero se fue con Girondo, y ese simple hecho traería una desdicha singular a la vida de Borges. Perder a Norah con otro hombre ya habría sido un desastre considerable, pero perderla justo con Girondo era una humillación desesperante. El disgusto que sentía por Girondo había surgido con respecto a un desacuerdo sobre la vanguardia, pero había también una marcada diferencia de temperamento: Borges era retraído, de modales suaves, vacilante; Girondo era una fuerza de la naturaleza, muy desenvuelto y enérgico, y un exhibicionista compulsivo. El resentimiento de clase también formaba parte de la cuestión. Aunque de linaje patricio, Borges provenía en realidad de la clase media urbana, mientras que Girondo pertenecía a la elite dirigente, los beneficiarios de la revolución económica en la pampa que los Acevedo y los Borges consideraban como aquello que había provocado su decadencia social. (Esto puede haber contribuido a que Girondo fuera retratado en la ficción de Borges ya fuera como un aristócrata autoritario o como un megalómano siniestro, como veremos.)

Cuatro

Después de su rechazo definitivo por Norah Lange, Borges estaba asediado por las pesadillas y el insomnio y estuvo a punto de matarse. Trató de sobrellevar ese sufrimiento dedicándose por entero a su trabajo en Crítica. Dos cuentos que iba a publicar en Crítica nos dan cierta perspectiva sobre la gravedad de su crisis personal. Los dos fueron escritos con el seudónimo “Alex Ander”, y su estilo melodramático, crudamente escrito, es difícil de reconciliar con la elegancia de la escritura posterior de Borges, pero era consonante con el populismo amarillista de Crítica y tiene que haberse debido en no poca medida a la angustia extrema de su autor en ese momento.

Cinco

Nada cambiaría la opinión de Borges sobre los talentos de Girondo, sin embargo. En una ocasión lo descartó como “el Peter Pan de las letras argentinas”, insulto que enfureció a Girondo, que confesó a sus amigos que nunca le perdonaría esa burla a Borges. En opinión de Borges, los experimentos tan alabados de Girondo no lo habían llevado mucho más allá de las greguerías de Gómez de la Serna; y le diría a un entrevistador años más tarde que Girondo era “un hombre voluntariosamente extravagante”, “un trabajoso imitador de Gómez de la Serna”; nunca la había gustado nada que Girondo hubiese escrito, y citaba una línea de Girondo sobre Venecia, “Bajo los puentes gondoleros fornican con la noche”, que le parecían “una miseria”, “horribles”. “Si uno puede admirar unos versos así, es difícil saber qué no debe admirarse”. Cada año, Borges y sus amigos votaban por el escritor más estúpido de la Argentina, y el voto de Borges siempre era por Girondo.

Seis

Aunque el relato que hacen Salinas y López puede haber tenido la intención de exonerar al régimen peronista, hay que reconocer que Borges por cierto no estaba por encima de ese tipo de maniobras, porque había un costado quisquilloso, agresivo en su carácter, y le gustaba dar tanto como le daban. De hecho, los dos relatos pueden no ser irreconciliables después de todo, porque lo que podía haberse pensado genuinamente como un favor para Borges, o como el mal menor, bien podría haber sido tomado por el propio Borges como un insulto calculado. Borges sabía que tenía enemigos en la Secretaría de Cultura, así que cuando se enteró de su traslado a Apicultura puede haber estado predispuesto a interpretar ese movimiento como un castigo. Bajo estas circunstancias, él y sus amigos de la Unión Democrática podrían haber decidido sacarle el jugo a la situación convirtiendo el incidente en un ejemplo notable de persecución política. Y en vez de cuidar abejas pueden haber dado con la idea de cambiar apicultura por avicultura y hacer saber en el mundo literario de Buenos Aires que Perón se proponía hacer de Borges un inspector de aves. (En su Autobiografía, Borges incluso agregó “conejos” para mayor verosimilitud.)

Siete

La obra de Borges había alcanzado una cima de aclamación popular en esa época. La antología de sus cuentos y ensayos que Penguin publicó en Gran Bretaña en 1970 con el título Labyrinths tuvo una recepción de culto. El nombre de Borges, por otra parte, ya había llegado a asociarse con la nouvelle vague después de que varios directores franceses famosos –Jacques Rivette, Jean-Luc Godard, Alain Resnais– habían citado su obra en una cantidad de films de los años sesenta. Pero en 1970 esta asociación de Borges con el cine había llegado a alturas inesperadas con la distribución de dos películas que se habían convertido en éxitos internacionales de taquilla. La estrategia de la araña, del director italiano Bernardo Bertolucci, era una versión del cuento de Borges “Tema del traidor y del héroe”, y la película fue aclamada por la crítica en los festivales de cine de Venecia y Nueva York de ese año. Otro film, Performance, dirigido por Nicolas Roeg y Donald Cammell y protagonizado por Mick Jagger de los Rolling Stones, iba a convertir a Borges, de modo bastante improbable, en una especie de icono de la vanguardia cultural del swinging London. El film le rendía homenaje a Borges en distintos aspectos: se oye a Mick Jagger citar fragmentos de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” y “El Sur”, la fotografía de Borges aparece dos veces en la cubierta de su Antología personal y, en el final mismo, cuando Jagger muere baleado por el gangster interpretado por James Fox, una imagen de Borges relampaguea sobre la pantalla por una fracción de segundo. Performance, además, debía su trama intrincada a algunos de los temas más insistentes de Borges, como el laberinto, el doble y el enigma de la identidad personal, aunque extrañamente traspuestos a un mundo de sexo, drogas y rock and roll. Debe decirse que el film no era para el gusto de todos: el crítico de The New York Times, por ejemplo, atacó “su estúpida pretensión” y se quejó de que “incluso ese gran escritor que es Jorge Luis Borges de ve arrastrado a esa cloaca”.


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