Soledad Dominguez | RED/ACCIÓN
Sociedad | 25 de febrero de 2019

Foto: Maria Eduarda Lessa | Intervención: Pablo Domrose

La costurera detrás del Carnaval de Río de Janeiro

Mónica no duerme con su marido y su hijo menor desde el 28 de enero. Y lo más probable es que no vuelva a su casa hasta el 4 de marzo, día en que la escola de samba Paraíso do Tuiuti va a desfilar en el Sambódromo de Río de Janeiro. Mónica es una de las costureras a cargo de producir los 450 disfraces que lucirán los participantes de esa gigante comparsa de 3.200 personas. “En casa andan deprimidos sin mí. Pero ¿qué voy a hacer? Es más práctico dormir en los talleres de la escola, al menos de lunes a sábado. Aprovecho las noches para acelerar el trabajo sino, no llegamos”, explica.

Mónica tiene 45 años y las uñas cortas. A sus 14, su madre la llevó a una fábrica de ropa interior. “La costura entró a mi vida por necesidad. Mis padres querían que aprendiera a sobrevivir”, dice. Durante el año, cuando no cose para el carnaval, Mónica atiende su local de confección en el mismo barrio donde vive desde que nació: Vila Rosario, en un suburbio de Río de Janeiro, cerca de Gramacho, donde hasta el 2012 se encontraba el basural más grande de América Latina.

Mónica, en el taller sobre la Cidade do Samba. Foto: María Eduarda Lessa

Anoche, Mónica se acostó a las 4 de la madrugada, cuando terminó 54 piezas de bikinis amarillas. “Nadie me presiona pero si no entregás a tiempo, te quemás como profesional”, explica. Ahora son las 8 de la mañana, y ya está bañada para empezar el día. Se recoge el pelo. Sonríe y le pide a la fotógrafa que no le haga un primer plano porque no se ve linda. En ayunas, se sienta con metros interminables de tul dorado que en unas horas se convertirán en tutus. Los pasa por las minúsculas sierras. “Compré esta máquina por 4.000 reales brasileños. Valió la pena. Hace todo: corte, costura y sobrehilado”. Tiene unos platitos que parecen suspendidos en el aire y sobre ellos hay ovillos de hilos blancos que suben y bajan a medida que ella presiona el pedal.  

Todo se mueve a su alrededor. Cae el día y el calor no da tregua. Dudu, uno de los costureros, va por las mesas juntando dinero para ir al mercado y cocinar la cena. Desde el ventanal, se escucha a un grupo de gente que está alineada en cuatro filas, ensayando el samba enredo de la Paraíso do Tuiuti. Están sobre el asfalto de la Cidade do Samba, donde funcionan los talleres de las principales escolas, en la zona portuaria. “Esto es mágico, siempre digo que no voy a volver, y al año siguiente, aquí estoy” dice Mónica mirando los carros alegóricos donde cuelgan cabezas gigantes de moscas y ranas.

La Paraíso do Tuiuti es una de las 14 escolas de samba del grupo especial. El año pasado fue vicecampeona. Hizo una sátira política y crítica social osada: Leonardo Moraes, su actual jefe de costura, desfiló vestido de vampiro con la banda presidencial, representando al ex presidente de Brasil, Michel Temer. “El carnaval es para cuestionar. Si no, no es carnaval”, cuenta Leonardo, que después de marzo volverá a su profesión de maestro de historia.

Un disfraz puede pasar por hasta 15 profesionales. Foto: María Eduarda Lessa

Los colegas de Mónica fruncen el ceño cuando les pregunto qué piensa de Crivella, el intendente de Río que redujo el presupuesto de las escolas de samba desde 2017. “En vez de recortar, debería invertir el retorno del carnaval en los jardines de infantes, que es lo que él quiere financiar”, dice Leonardo. Es ingenuo no asociar la medida a la religión del político, obispo de la Iglesia Universal. “Una cosa es ser pastor y otra, intendente”, remata Mónica.

El piso de cemento de los 900 m2 del galpón de costura está lleno plumas apiladas, tejidos color vino tinto, estampados celestes con espejos recortados en círculos, tules, cabezas de cabrito en goma-espuma naranja y sombreros de paja. Los ventiladores no dan a vasto: tiran aire tibio a los seis grupos de hombres y mujeres que de pie alrededor de mesas, cortan, cosen y finalizan los detalles. Trabajan casi en silencio, concentrados, a base de técnicas de precisión que parecen pura inspiración. Los dibujos de los trajes están pegados en las paredes. Un disfraz –de acuerdo a su complejidad– puede pasar por 15 profesionales.

El ambiente huele a pegamento que exhalan latones sobre mesas de trabajo de 5 metros de largo.

Mónica se acostumbró tanto a coser que si no tiene nada para hacer, se inventa un dobladillo. Desde que se casó, a los 20 años, trabajó para marcas de ropa en fábricas y luego desde su casa. Le encargaban el trabajo y ella les devolvía las prendas hechas y planchadas. Hizo de todo para sostener a la familia de 3 hijos. Gessy, su marido, 60 años, es vidriero. “Yo pago el 80% de los gastos de todo”. Pero con el tiempo cuenta que se fue cansando de los impuestos de pequeña empresaria y sin ningún beneficio.    

Se calcula que el carnaval da trabajo a 250.000 personas. Foto: Fernando Grilli | Riotur

La idea de hacer disfraces de carnaval siempre le dio vueltas en la cabeza, desde que conoció los festejos carnavalescos siendo pequeña. Era a fines de los años ’80. “Pero mi padre, que venía del interior, no dejaba que me disfrazara. Decía que era cosa de gente loca”. Ella nunca le desobedeció pero su prima, sí. Y un carnaval desapareció y volvió el miércoles de cenizas con cara de contenta y se armó un escándalo familiar. A los 18 años, Mónica se fue de la casa porque quería poder ir a la playa y disfrazarse en carnaval.

Hace dos años llegó a los galpones de la Cidade do Samba. “Vi un chico de pelo largo que cargaba una máquina de coser y me acerqué a preguntarle si precisaban a alguien”. Le hicieron un test y quedó seleccionada. “Trabajar en esto es ser lo que uno quiera: una bailarina, una colombina”, dice.

Entre noviembre y marzo, el mundo de Mónica cose esas y otras fantasías. Ni lleva celular. Y si hay alguna emergencia en su casa, llaman al teléfono de Dudu, el costurero de al lado. “A veces quisiera ser menos proveedora y recibir más de los demás”, dice cuando habla de su familia. Una noche de febrero del año pasado, Pedro, su hijo del medio, no fue a dormir a la casa. Mónica ya estaba en la recta del carnaval y pasaba los días en el taller. Su marido la llamó y ella atendió en medio de ajustes de vestidos de Baiana. “Salí corriendo. Pensé lo peor: un accidente, la bala perdida de un policía, o de bandos”. Pero Pedro se había quedado en lo de su novia, sin avisar. Cuando Mónica volvió al taller, no tenía más trabajo. La incertidumbre de qué le habría pasado hizo que sus colegas terminaran sus piezas.

En el taller todos trabajan para la escola Paraíso do Tuiuti. Foto: Maria Eduarda Lessa

Mónica está contratada a través de un costurero tercerizado. No dice cuánto gana pero lo suficiente como para poner entre paréntesis la vida por estos meses. Y en 2020 quiere hacer su propio acuerdo independiente con la escola. También espera en el futuro crear una marca de ropa y venderla en ferias de comunidades. Y algún día, ser profesora de portugués. Llegó a empezar la facultad de letras. “Coser es parecido a combinar palabras en una frase”, compara.

Pasan dos bailarinas exuberantes en minifaldas diminutas que lucen cómodas mientras conversan con un hombre grandote de anteojos y pantalones de flores por debajo del ombligo.

Mónica le da unos materiales a su colega Renata, que es travesti. “Ni le cuento a mi marido porque diría que es una vergüenza. Pero el carnaval es así, incluye lo que la sociedad rechaza: gays, travestis y marginales.”

El carnaval recibe unos 850.000 turistas. Foto: Fernando Grilli | Riotur

Después del carnaval, en marzo, Mónica retomará su vida normal. Y la sensación que tiene es la de volver de un viaje en donde extrañaba todo. “Cuando entre a casa voy a sentarme a escuchar a Andrea Bocelli, mi preferido; y hablar con mi marido sobre el auto que queremos comprar”. Durante la cuarentena va a confeccionar túnicas para el coro de señoras de la iglesia evangélica del barrio. Y luego, ropas para grupos de Umbanda. Entre celebraciones religiosas, Monica lee la biblia y pasará el año hasta las plumas del próximo carnaval.