Stephen Roach | RED/ACCIÓN
Opinión | 28 de noviembre de 2018

Foto: AFP

Lo que Trump y Xi Jinping deberían negociar en Buenos Aires

Antes de la reunión entre el presidente de Estados Unidos y el líder chino  en la cumbre del G20 en Argentina, es difícil ser optimista de que se está logrando un avance significativo entre los Estados Unidos y China. Pero una agenda de sustancia debe usarse como una lista de verificación contra cualquier acuerdo que los dos líderes puedan alcanzar.

Teniendo en cuenta las acusaciones que van y vienen entre Estados Unidos y China antes de la muy esperada reunión a celebrarse el sábado, la resolución del conflicto ha cobrado gran urgencia. Las alternativas plantean graves riesgos para ambos países: una guerra comercial en constante  escalada, una guerra fría, o incluso una guerra caliente. Estos riesgos pueden evitarse, pero sólo si ambos líderes están dispuestos a comprometerse de manera fundamental.

No hay ninguna duda sobre que durante mucho tiempo se ha estado montando un conflicto serio. Contrariamente a la narrativa de Estados Unidos, el problema no es el enorme déficit comercial bilateral entre las dos economías más grandes del mundo. Dicho déficit es, en gran parte, una consecuencia de los desequilibrios macroeconómicos que afligen a ambas partes: China ahorra demasiado y Estados Unidos ahorra muy poco. Estas disparidades de ahorro dan lugar a desequilibrios comerciales multilaterales que no pueden resolverse mediante esfuerzos bilaterales.

Una relación desequilibrada

Estados Unidos registró déficits comerciales en mercancías con 102 países en el año 2017, mientras que China tuvo excedentes comerciales con 169 países en el año 2016. Si se realizan ajustes para disminuir una parte del desequilibrio multilateral en un país deficitario o uno ahorrador en cuanto a excedentes, lo ajustado simplemente se asigna a otros de los socios comerciales de dicho país. En el caso de Estados Unidos, esto daría lugar a mayor costo de importaciones – el equivalente funcional de un aumento de impuestos a los consumidores. En el de China, significaría una mayor penetración de sus exportaciones dentro de otros mercados.

La obsesión con el juego de culpabilizarse por los desequilibrios comerciales bilaterales pasa por alto la posibilidad de que esta sea una lucha clásica dentro de una relación de codependencia. Sí, es cierto que China ha dependido durante mucho tiempo de Estados Unidos, como el país que se constituye en su la principal fuente de demanda externa para la economía china liderada por las exportaciones.

Pero, también es cierto que Estados Unidos necesita de las importaciones de bajo costo provenientes de China para que sus consumidores con ingresos limitados puedan hacer que sus ingresos les alcancen para subsistir; Estados Unidos también depende de China para ayudar a financiar los déficits presupuestarios crónicos de su gobierno, ya que China es el principal comprador extranjero de bonos del Tesoro de los Estados Unidos. Y, China – en su calidad del tercer mercado de exportación más grande y de mayor crecimiento para Estados Unidos – se ha convertido en una fuente cada vez más importante de demanda para las empresas estadounidenses.

El marco de la codependencia es importante debido a que subraya la necesidad de un acuerdo y compromiso conjuntos. Al igual que en las relaciones interpersonales, la codependencia económica puede ser desestabilizadora y, en última instancia, destructiva. Cuando uno de los socios cambia de rumbo, el otro, sintiéndose despreciado, arremete en respuesta.

China, en este caso, es el agente de cambio – ya que China está desplazando su modelo de crecimiento desde la manufactura a los servicios, desde las exportaciones al consumo interno y desde la tecnología importada a la innovación nativa. Paralelamente, China también está pasando del ahorro excedentario a la absorción de ahorros, dejando menos ahorros libres para prestar a su socio deficitario, Estados Unidos.

Sintiendo incomodidad consigo mismo, Estados Unidos se juzga amenazado por un socio que está cambiando las reglas de esta relación. Si bien Trump ha actuado en respuesta a esas amenazas de manera mucho más agresiva que sus predecesores, es inconfundible el sentimiento bipartidista en Estados Unidos que en la actualidad se alinea en contra de China.

La urgencia de llegar a un acuerdo

Según una encuesta de Axios de septiembre de 2018, el 80% de los republicanos – cuyo partido político desde tiempo atrás es el que más apoya el libre comercio – es de la opinión de que el aumento en los aranceles sería bueno para Estados Unidos. Los principales republicanos, como el vicepresidente Mike Pence y el ex secretario del Tesoro Henry Paulson, han advertido sobre una nueva guerra fría con China, mientras que los principales demócratas han llegado a la conclusión de que China ha invalidado su papel como un actor mundial responsable.

En un momento de amenazas y contra amenazas perennemente crecientes, el imperativo de arribar a un acuerdo negociado no puede ser subestimado. La próxima reunión entre Trump y Xi brinda la oportunidad de replantear el conflicto como un desafío estratégico para las dos principales economías del mundo.

Existen cuatro posibles vías que se deben considerar:

Acceso a los mercados: Después de diez años de tortuosas negociaciones, está muy cerca el momento de un avance importante con respecto a un tratado de inversión bilateral entre Estados Unidos y China (TBI). Ambas partes tendrían que ofrecer concesiones.

Un tratado levantaría los límites máximos a la propiedad relacionados a la inversión extranjera directa de las corporaciones multinacionales en ambos países, eliminando la polémica estructura empresarial de la sociedad de riesgo compartido (joint-venture) en China que Estados Unidos continúa tildando de manera insistente – e incorrecta, en mi opinión – como un mecanismo para la transferencia forzosa de tecnología. Un TBI también permitiría una expansión de la propiedad china de activos domiciliados en Estados Unidos – lo que representa un desafío para el impulso anti-China de la reciente legislación que amplía los poderes de supervisión del Comité de Inversiones Extranjeras en Estados Unidos.

Ahorro: Ambos países deben comprometerse a realizar ajustes macroeconómicos responsables. Estados Unidos necesita ahorrar más, revirtiendo la imprudente trayectoria que destruye el presupuesto, misma que se vio reforzada por los imprevistos y sobredimensionados recortes de impuestos del año pasado. Volver a edificar el ahorro, en lugar de los aranceles, es la estrategia más efectiva para reducir los déficits comerciales con China o con cualquier otro socio comercial. Al mismo tiempo, China necesita ahorrar menos, poniendo a trabajar su vasto conjunto de capitales para financiar la red de seguridad social del país, que a su vez es esencial para un reequilibrio económico impulsado por el consumidor.

Seguridad cibernética: El ámbito digital es el campo de batalla de la Era de la Información, y el acuerdo de septiembre de 2015 entre el presidente Barack Obama y Xi claramente no fue lo suficientemente lejos como para calmar las tensiones persistentes sobre espionaje, piratería y disturbios vía Internet. Los dos países deben tomar la iniciativa para forjar un acuerdo cibernético mundial, completo con métricas combinadas con respecto a incursiones cibernéticas, objetivos de reducción de ataques, y un mecanismo sólido de resolución de controversias.

Diálogo: Es fantástico que los dos presidentes se reúnan nuevamente después de sus conversaciones amigables e íntimas previas en Pekín y Mar-a-Lago. Esas reuniones llegaron después de compromisos más formales, como el Diálogo Estratégico y Económico. Pero, todos estos esfuerzos han sido eventos episódicos que son de largo alcance en cuanto a su brillo y de corto alcance en cuanto a su sustancia. Sería más productivo tener una secretaría permanente que se involucre a tiempo completo en esfuerzos de colaboración relativos a temas clave de política (incluyendo entre ellos el intercambio de datos, la investigación conjunta y la consulta público-privada).

A la luz de los recientes acontecimientos contenciosos entre Estados Unidos y China, es difícil ser optimista sobre que un avance significativo está al alcance de la mano. Una agenda sustancial debe usarse como una lista de verificación que se contraste con cualquier acuerdo que Trump y Xi puedan alcanzar. El mundo entero observa con atención.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

Stephen S. Roach, académico de la Universidad de Yale y ex presidente de Morgan Stanley Asia, es el autor de Unbalanced: The Codependency of America and China.
© Project Syndicate 1995–2018

Actualidad | 2 de julio de 2018

Cuando la política le gana a la economía y por las razones equivocadas

Se trata de apostar al poder por sobre la formulación de políticas basada en hechos. La guerra comercial con China puede ser una escaramuza temprana en una batalla mucho más difícil, durante la cual la economía terminará doblegando a Trump.

Con cada día que pasa, cada vez se torna más evidente que a la administración del presidente norteamericano, Donald Trump, le preocupa menos la economía y más el ejercicio agresivo del poder político. Esa, obviamente, es una causa de enorme frustración para quienes practicamos el arte y la ciencia de la economía. Pero, a esta altura, el veredicto es obvio: Trump y su equipo siguen despreciando prácticamente todos los principios de la economía convencional.

Una política comercial poco convencional

La política comercial es un ejemplo obvio y esencial. El presidente no muestra ningún aprecio por el vínculo de larga data entre los déficits comerciales y los desequilibrios macroeconómicos entre ahorro e inversión, y sigue obsesionado con las soluciones bilaterales para un problema multilateral. El mejor ejemplo es responsabilizar a China por los déficits comerciales de Estados Unidos con 102 países.

De la misma manera, su reticencia a firmar el reciente comunicado del G-7 se basó en el argumento de que Estados Unidos es como una “alcancía de la que todos están robando” a través de prácticas comerciales injustas. Pero las alcancías están hechas para ahorrar y, en el primer trimestre de este año, la tasa neta de ahorro doméstico de Estados Unidos representó apenas el 1,5% del ingreso nacional. ¡No hay mucho para robar allí!

Lo mismo se puede decir de la política fiscal. Los recortes impositivos y los incrementos del gasto fiscal de Trump que impulsan el déficit no tienen sentido para una economía que está cerca de un pico de su ciclo comercial y con una tasa de desempleo del 3,8%. Es más, el circuito de retroalimentación a través del canal de ahorro no hace más que exacerbar los propios problemas comerciales que Trump dice estar resolviendo. La Oficina de Presupuesto del Congreso proyecta que los déficits presupuestarios federales promediarán el 4,2% del PIB de ahora hasta 2023, con lo cual el ahorro doméstico sufrirá una mayor presión, alimentando una mayor demanda de ahorro excedente del exterior y hasta mayores déficits comerciales para llenar el vacío. Sin embargo, Trump ahora sube la apuesta con los aranceles, en efecto, mordiendo la misma mano que le da de comer a la economía de Estados Unidos.

De manera que lo que Trump está haciendo no tiene que ver con la economía. O, por lo menos, no con la economía como la mayoría de los académicos, los líderes políticos y los ciudadanos la conocen. Sin duda, Trump se ha apresurado a echar mano a algunas mutaciones marginales de la economía. Un ejemplo son las lamentables reflexiones del lado de la oferta de Arthur Laffer escritas en una servilleta de papel-, pero ninguna que haya superado la prueba del tiempo y una validación empírica rigurosa.

Políticas formuladas sin prestar atención a los hechos

Ahora bien, ¿por qué destacar la economía? La misma queja se podría hacer de las opiniones de Trump sobre el cambio climático, la inmigración, la política exterior o inclusive el control de armas. Se trata de la política del poder por sobre la formulación de políticas basada en hechos.

El verdadero desafío de China

Esto no debería llamar tanto la atención. La batalla de Trump con China no hace más que subrayar su deseo, transparente desde el principio, de utilizar la economía como un contrapunto en su discurso de “Hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande”.

Contrariamente a su bravata sobre los déficits comerciales injustos, el verdadero desafío que le plantea China a Estados Unidos no tiene tanto que ver con la economía como con la carrera por una supremacía tecnológica y militar.

Por cierto, el péndulo del liderazgo geopolítico hoy está en movimiento. El gigantesco plan de infraestructura pan-asiático, junto con su comportamiento muscular en el Mar de la China Meridional, plantean amenazas mucho mayores para la hegemonía estadounidense que una pieza bilateral de un déficit comercial multilateral mucho más grande. Al mismo tiempo, los recientes esfuerzos de China por crear las instituciones de una arquitectura financiera alternativa -liderados por el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y el Nuevo Banco de Desarrollo del BRICS- se contraponen marcadamente a un Estados Unidos cada vez más encerrado en sí mismo.

Mucho se ha escrito sobre la trayectoria histórica de las grandes potencias y los conflictos militares que suelen surgir durante su ascenso y caída. Allí es donde la economía finalmente vuelve a entrar en juego. El poder geoestratégico y el poder económico son inseparables. Como destaca desde hace mucho tiempo el historiador de Yale Paul Kennedy, una condición de “extralimitación imperial” surge cuando la proyección del poder militar supera los cimientos económicos tambaleantes de un país.

Han pasado 30 años desde que Kennedy advirtió que Estados Unidos, con su excesivo gasto en defensa, era cada vez más vulnerable a este tipo de extralimitación. Pero los potenciales herederos de Estados Unidos en aquel entonces se desvanecieron: la Unión Soviética colapsó, el milagro económico de Japón se desmoronó y Alemania se abocó a la reunificación y la integración europea. Un Estados Unidos sin amenazas a la vista avanzó lentamente.

China, por supuesto, apenas estaba en el radar en aquel momento. Es más, en 1988 Estados Unidos tenía una tasa neta de ahorro doméstico de 5,6% del ingreso nacional, cifra apenas por debajo del promedio del 6,3% de los últimos treinta años del siglo XX, pero casi cuatro veces más que la tasa actual. En aquel momento, Estados Unidos gastaba 270.000 millones de dólares en defensa -menos de la mitad de los 700.000 millones de dólares autorizados en el presupuesto actual, que hoy supera los gastos militares combinados de China, Rusia, el Reino Unido, India, Francia, Japón, Arabia Saudita y Alemania.

Mientras tanto, China ha ascendido. En 1988, su PIB per capita era de apenas el 4% del nivel de Estados Unidos (en términos de paridad de poder adquisitivo). Este año, ese ratio está cerca del 30% -casi un incremento de ocho veces en apenas treinta años.

¿La política del poder puede compensar los fundamentos cada vez más tenues de una economía estadounidense escasa de ahorros que sigue representando un porcentaje desproporcionado del gasto militar global? ¿Puede la política del poder contener el ascenso de China y neutralizar su compromiso con una integración y globalización pan-regional?

La administración Trump parece creer que Estados Unidos ha alcanzado un momento propicio en el ciclo comercial como para jugar un juego de poder. Sin embargo, su estrategia tendrá éxito sólo si China capitula sobre los principios centrales de la estrategia de crecimiento que enmarca las grandes aspiraciones de poder del presidente Xi Jinping: innovación autóctona, supremacía tecnológica y militar y liderazgo pan-regional.

Al igual que Trump, Xi no capitula. A diferencia de Trump, Xi entiende el vínculo entre el poder económico y el poder geoestratégico. Trump dice que las guerras comerciales son fáciles de ganar. No sólo corre el riesgo de subestimar a su adversario, sino que puede incluso correr un mayor riesgo de sobreestimar la fortaleza de Estados Unidos. La guerra comercial bien puede ser una escaramuza temprana en una batalla mucho más difícil, durante la cual la economía terminará doblegando a Trump.

Stephen S. Roach, miembro del cuerpo docente de la Universidad de Yale y ex presidente de Morgan Stanley Asia, es el autor de Unbalanced: The Codependency of America and China.

Project Syndicate, 2018.