Telma Luzzani | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 7 de marzo de 2019

Mi descubrimiento de América, comentado por Telma Luzzani

Mi descubrimiento de América
Vladimir Maiakovski
Entropía

Uno (mi comentario)

Viaje en prosa, de la mano de un poeta excepcional, “Mi descubrimiento de América” es uno de los más bellos libros de viaje que se hayan escrito. Vladimir Maiakovski -viajero, sociólogo, conquistador- narra su breve estadía en Cuba y México y su larga visita a varias ciudades de Estados Unidos a fines de 1925 y comienzos del 26. La Guerra Fría no estaba en la mente de nadie y la guerra mundial no tenía número ya que había habido una sola y única.

Maiakovski -cronista maravillado, analista político- descubre el “otro mundo”, el del capitalismo feroz. Recorre con su mirada de revolucionario soviético la América colonial y todavía prostibularia en Cuba; la América mestiza en México y la deslumbrante pujanza de Estados Unidos que ya exhibía claramente sus bellezas y atrocidades. Los ruidos que aturden, los trenes y subtes que asombran; el culto al dólar; la ley seca; los dobles discursos; la contaminación; el submundo obrero y sus luchas; su predilecta Broadway y los semáforos (que para él aún no tienen nombre y los llama “luces de tráfico”) todo pasa por el escrutinio agudo del escritor. La cuidada edición de “Entropía” –con tapa escarlata como el pasaporte soviético al que alude Maiakosvki en su poesía inicial- hace todavía más delicioso este viaje en prosa de la mano de un poeta excepcional.

Dos (la selección)

Estuvimos parados un día entero. Cargamos carbón. En Venezuela no hay y lo necesitamos para viajar durante seis días: la ida y la vuelta por el golfo de México. A los pasajeros de primera entregaron en los camarotes, sin demora, pases para bajar a tierra. Los comerciantes, en trajes de seda blanca, salieron corriendo, excitados, con docenas de maletines: llevaban muestras de tiradores, cuellos, gramófonos, fijadores y corbatas rojas para los negros. Regresaron de noche borrachos, presumiendo de los cigarros de dos dólares que les habían regalado.

De la segunda clase bajaron sólo aquellos seleccionados. Dejaron partir a la tierra a los que le caían bien al capitán. Casi todas eran mujeres. De la tercera clase no dejaron bajar a nadie: se quedaron plantados en la cubierta, subiendo ananás con sogas en medio de los chirridos y el estrépito de la succión del carbón, del polvo negro mezclado con el sudor pegajoso.

Tres

Un guachupín es un español. En los quinientos años pasados tras la invasión de Cortés, esta palabra se ha desdibujado, ha perdido su fuerza. Pero gringo Sigue sonando como una cachetada. Cuando las tropas estadounidenses invadían México, iban cantando

Green grow

the rushes, oh!

Era una antigua canción de soldados y sus primeras palabras han derivado en un apodo despectivo.

Una anécdota: un mexicano va con muletas. Acompaña a una mujer inglesa. Se encuentran con un hombre que la mira y grita:

-¡Gringa!

El mexicano deja la muleta y saca un Colt.

-¡Trágate tus palabras, perro, o te voy a llenar de agujeros ahora mismo!

Hizo falta media hora de disculpas para mitigar un insulto muy fuerte e inmerecido. Por supuesto, no es correcto que este odio a los gringos identifique a cualquier estadounidense con el explotador. Este concepto erróneo y perjudicial de la nación ha paralizado la lucha de los mexicanos en numerosas ocasiones.

Cuatro

Ante algunos pasaportes,

una sonrisita en los labios.

Ante otros,

un desprecio unánime. (…)

Y

de pronto,

como si quemara.

el señor tuerce la boca.

Es que…

el señor funcionario toma

mi pasaporte escarlata.

Lo toma

como una bomba,

lo toma

como a un erizo,

como si tomara una navaja afilada,

lo toma

como a una serpiente de cascabel de veinte aguijones.

Vladimir Maiakovski

Versos al pasaporte soviético

Cinco

La ciudad, que emerge desde el océano, con sus sofisticadas construcciones y avances técnicos sobrecoge más que la naturaleza extravagante de México con sus plantas y su gente. Entré en Nueva York por tierra, me di de frente con una estación pero, a pesar de venir preparado después de tres días de viaje por Texas, abrí los ojos como platos.

Durante muchas horas el tren fue volando al borde del río Hudson, a dos pasos del agua. Del otro lado se veían más vías al pie de las Bear Mountains. El flujo de vapores grandes y pequeños se hacía cada vez más denso. Los puentes saltaban por encima del tren con frecuencia. Las paredes -de astilleros, centrales de carbón, instalaciones eléctricas, fundiciones de acero y fábricas farmacéuticas- se alzaban delante de las ventanillas tapando la vista cada vez más seguido. Una hora antes de llegar a la estación, te adentras en un bosque interminable de chimeneas, tejados, paredes de doble altura y las vigas de acero de las vías del ferrocarril elevado. Los techos de las viviendas se van alzando un piso a cada paso. Al final, los edificios se elevan como si fueran los muros de un pozo, con ventanas como cuadrados, cuadraditos o motitas. Por más que levantes la cabeza, no se ven los tejados. Esto aumenta la sensación de estrechez, parece que estuvieras frotando la mejilla contra los muros. Confuso, te desplomas en tu asiento: no hay esperanza, tus ojos no están acostumbrados a ver esto; entonces aparece Pennsylvania Station.

Seis

En Nueva York muchas cosas sólo sirven de adorno, están ahí para impresionar. El Camino Blanco es para impresionar, Coney Island es para impresionar, incluso el Woolworth Building de cincuenta y siete pisos es para dejar con la boca abierta a los provincianos y a los extranjeros.

Chicago vive sin ostentación. El barrio de los rascacielos espectaculares es angosto, presionado hacia el borde del lago por el macizo de la Chicago fabril. Esta ciudad no se avergüenza de sus fábricas, no las esconde en los suburbios. No se puede vivir sin pan, así que McCormick exhibe sus fábricas de maquinaria agrícola con más naturalidad -no, incluso con más orgullo- del que muestra París cuando exhibe su Notre Dame.

No  se puede vivir sin carne y no tiene sentido pavonearse con el vegetarianismo; por eso en el centro de la ciudad está el corazón sangriento, el matadero.

Siete

Nueva York. que impresiona tanto a los que entran en la ciudad, que quedaba atrás agitando pañuelos.

El Metropolitano Building giró con sus cuarenta y tantos pisos. dejando pasar la luz a través de sus ventanas simétricas. El nuevo edificio de la central telefónica se dispersó como una pila de cubos. El nido de rascacielos de alejó y quedó visible en su totalidad: el Benenson Building de unos cuarenta y cinco pisos, dos cajas de corset más cuyos nombres desconozco; las calles, las hileras de trenes elevados, los agujeros del subterráneo se acabaron junto con el muelle del South Ferry. Después los edificios se fundieron en un risco almenado por encima del cual se elevaba, a modo de chimenea, el Woolworth Building de cincuenta y siete pisos.

La matrona estadounidense de la Libertad alzó el puño en un gesto amenazador, tapando con el culo la cárcel de la Isla de las Lágrimas.

Estamos en el océano, de regreso. Durante veinticuatro horas no hubo ni balanceo ni vino. Estábamos en las aguas territoriales de los Estados Unidos, donde se aplicaba la ley seca. Luego aparecieron ambas cosas. La gente se cayó y ya no pudo levantarse.


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