Celebrando los 75 años de las Naciones Unidas | RED/ACCIÓN

Celebrando los 75 años de las Naciones Unidas

La ONU encarna lo mejor de la humanidad: la creencia de que todas las personas merecen la dignidad básica y que trabajar juntos es la única forma de lograrlo. Setenta y cinco años después de su nacimiento, el mundo, comenzando por Estados Unidos, debe revivir esa creencia y volver a comprometerse con el multilateralismo que exige.

Foto: ONU

En el momento en que las Naciones Unidas celebran su 75º aniversario, el mundo se encuentra en un estado de confusión. La pandemia de COVID-19 ha provocado hasta ahora casi un millón de muertes y está lejos de haber sido contenida. La economía mundial está experimentando su peor recesión desde la Gran Depresión de los años 1930. Los graves desastres naturales, desde inundaciones hasta incendios forestales, están causando estragos en muchos países. Y Estados Unidos, durante mucho tiempo el principal defensor de la cooperación multilateral, la rechaza e incluso antagoniza a sus amigos y socios. La ONU, y la creencia en la solidaridad global que encarna, nunca han sido más esenciales.

La ONU se construyó sobre tres pilares. El primero fue la paz. Su objetivo primordial fue tener éxito donde su predecesora, la Sociedad de Naciones, había fracasado: evitar otra guerra mundial. Establecida en los albores de la Guerra Fría, la ONU se convirtió en un foro esencial para el diálogo; desde la caída del Muro de Berlín, ha desempeñado un papel importante en la consolidación de la paz en varios países.

El segundo pilar fueron los derechos humanos. En 1948, la Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que estableció, por primera vez, los derechos fundamentales, incluidos los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, que todos los países estaban obligados a defender. Aunque los mecanismos creados por la ONU para proteger esos derechos tienen un historial variable, no hay duda de que la Declaración fue un hito que colocó a los derechos humanos como una prioridad internacional.

El tercer pilar fue el desarrollo. Según la Carta de la ONU, los países miembros están comprometidos a “promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad”. La agenda de desarrollo también incluyó el objetivo de reducir las desigualdades entre los países, incluso mediante la descolonización, que también formó parte de la agenda posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Para promover el desarrollo, la ONU creó cinco comisiones regionales entre 1947 y 1973, y apoyó a los países en desarrollo mediante la asistencia técnica, una actividad que se institucionalizó con la creación del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en 1965. Además, en enero de 1961, la ONU resolvió que la década de 1960 sería su primera “década del desarrollo”, una iniciativa promovida por el presidente estadounidense John F. Kennedy.

Como elemento esencial de esa agenda, la ONU buscaba apoyar un sistema económico global más justo que permitiera el progreso de todos los países. A medida que avanzó el proceso de descolonización y un número creciente de países en desarrollo se hicieron miembros de la ONU, la organización se convirtió en el foro más importante del mundo para discutir y adoptar cambios en el orden económico mundial. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, creada en 1964, apoyó este proceso. Entre sus primeros logros se encuentra la introducción en el principio del “trato especial y diferenciado” para los países en desarrollo en el comercio mundial.

Posteriormente, la ONU amplió su enfoque para garantizar que los países en desarrollo tengan acceso al financiamiento que necesitan. La Conferencia Internacional sobre la Financiamiento para el Desarrollo de 2002, que se celebró en Monterrey, México, con el apoyo del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, fue un hito en este sentido. Desde entonces se han celebrado dos conferencias adicionales para promover esta agenda, en Doha, Qatar, en 2008, y en Addis Abeba, Etiopía, en 2015. De manera similar, la ONU ha desempeñado un papel central en los debates sobre la financiación de los países en desarrollo para responder a la crisis del COVID-19.

Pero el progreso económico representa solo una parte de la ecuación del desarrollo. Este reconocimiento surgió por primera vez en 1978, cuando la Organización Internacional del Trabajo publicó un estudio que definía las “necesidades básicas” de las personas en los países en desarrollo: alimentación, vestuario, vivienda, educación y transporte público. Esto allanó el camino para el concepto de “desarrollo humano” que el PNUD puso posteriormente en el centro de sus “Informes sobre desarrollo humano”.

Después de la caída del Muro de Berlín, una serie de conferencias mundiales ampliaron aún más la agenda de desarrollo humano. Por ejemplo, la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en 1995, adoptó la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing, el modelo más progresista adoptado para promover los derechos de la mujer. En enero de 2011, se estableció una entidad especializada, ONU Mujeres, para promover estos objetivos.

ONU Mujeres es solo la más reciente de una densa red de agencias especializadas que refleja el compromiso de las Naciones Unidas con el desarrollo social. Estos incluyen a la UNESCO (la institución educativa y cultural de la ONU), la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). La OIT también se integró al sistema de las Naciones Unidas.

Otro nodo esencial de esta red es el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, establecido en la Conferencia de Estocolmo de 1972 sobre el Medio Ambiente Humano. Desde entonces, una serie de conferencias patrocinadas por la ONU, desde la Cumbre de la Tierra de 1992 de Río de Janeiro hasta la Conferencia sobre el Cambio Climático de 2015 (COP 21) de París, han producido acuerdos ambientales históricos para combatir el cambio climático, proteger la biodiversidad, y detener la desertificación. Representan nuestra mejor esperanza para mantener nuestro planeta habitable. En un momento en el cual los efectos del cambio climático son cada vez más evidentes, no se puede subestimar la importancia de tales esfuerzos.

De hecho, la ONU ha defendido un concepto amplio de “desarrollo sostenible”, que reconoce que un desarrollo adecuado a largo plazo debe tener en cuenta los aspectos económicos, sociales y ambientales. En 2000, la ONU adoptó los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que fueron sucedidos en 2015 por los Objetivos de Desarrollo Sostenible, los cuales constituyen hoy el marco principal del mundo para hacer avanzar esta agenda.

La ONU sigue siendo una institución muy influyente. Aún más, encarna lo mejor de la humanidad: el reconocimiento de que la dignidad de las personas debe ser respetada y que trabajar juntos es la única forma de lograrlo. Setenta y cinco años después de su nacimiento, el mundo, comenzando por los Estados Unidos, debe revivir esa creencia y volver a comprometerse con el multilateralismo que encarna.

José Antonio Ocampo, ex-ministro de hacienda de Colombia y ex-subsecretario general de la ONU, es profesor en Columbia y presidente de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional (ICRICT, de acuerdo con sus siglas en inglés).

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