Cómo hablar de la división de tareas del hogar | RED/ACCIÓN

Cómo encarar una conversación sobre división de tareas del hogar que genere cambios reales y no termine en discusiones

Dónde y cuándo proponer la charla, cómo entablar un diálogo constructivo indispensable para llegar a acuerdos, por qué es importante escribir lo acordado y establecer qué pasa si no se cumple. Graciela Tapia, mediadora especializada en diseñar y conducir procesos de diálogo para la construcción de paz, explica las claves y el paso a paso para llevar adelante esta conversación.
23 de marzo de 2021

Ilustración: Denise Belluzzo

Ilustración: Denise Belluzzo

1. Sin recetas fijas

Hace tiempo que quería hacer esta nota. Tengo 51 años y casi 25 de convivencia con mi pareja. Está demás decir que la educación que yo recibí y la que él recibió hicieron que el reparto de tareas en el hogar fuera desigual desde un principio. Aunque, para la época, mi pareja hiciera muchas cosas que pocos varones de su generación hacían: mandados, juntar la mesa, cambiar los pañales de nuestros hijos y llevarlos al médico, por ejemplo.

Pese a esto, siempre sentí que el reparto de tareas era desigual; y en los últimos años, ya más consciente del valor de la igualdad, advertí que me faltaban herramientas para explicarle cómo me hacía sentir el hecho de que gran parte de la organización de la casa recayera sobre mí. Por lo tanto, a esta nota la produje y la escribí tratando de que fuera una guía para mí y para otras mujeres que quieren empezar a rever quién hace qué en sus hogares.

Lo primero que hay que saber a la hora de encarar una conversación sobre cómo dividir las tareas del hogar y que estas no queden delegadas en su mayoría en las mujeres es que “no hay una receta fija”, adelanta Graciela Tapia, abogada, mediadora especializada en diseñar y conducir  procesos de diálogo para la construcción de paz.


Para Tapia, depende mucho del contexto y de las personas: “No todos los varones son iguales, depende la generación. Los más jóvenes están más abiertos, vienen con otro ‘chip’, educados por madres que hemos lidiado más con estas cuestiones. En ese sentido, pareciera ser más fácil para las parejas jóvenes”.

Enseguida, aclara que cuando menciona un “chip”, alude a un "programa", una idea establecida, instalada por la cultura, información, formación —que no es siempre consciente—.

Por eso es fundamental ser conscientes de “que todos tenemos esos programas instalados, y coincidir en que no es culpa de nadie sino de lo que nos tocó vivir, de cómo nos educaron y del contexto social, cultural e histórico que se rige desde hace siglos por un sistema patriarcal que se volvió natural en todos los niveles de las instituciones”, explica Tapia.

Ilustración: Centa

2. Perderle el miedo al conflicto 

Una vez hecho consciente ese contexto del que ni una ni su pareja escapan, es importante hacerle frente al conflicto que eso genera. Para eso, en primer lugar, hay que perder el miedo al conflicto, entender que el conflicto es normal, natural. Y saber que el riesgo que tiene es la escalada.

El conflicto, agrega Tapia, “podemos verlo como un síntoma y puede ser una oportunidad para cambiar y resolver una situación que incomoda. Hay que entender que si el problema se tapa, no se podrá resolver”. 

Entonces, los conflictos no solamente son normales, sino que habilitan cambios. Y esa es una perspectiva más tranquilizadora a la hora de plantear la necesidad de cambiar. “Se podría decir que los conflictos son como el agua: si hay mucha te inundas, si no hay nada provoca sequía, el desafío está en cómo abrir canales para llevarla donde es necesaria”, ilustra la mediadora.

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Tapia es consultora de organismos internacionales como la Unión Europea, Naciones Unidas, el Banco Mundial y la Organización Estados Americanos, entre otros, y como tal lidia con conflictos entre países, entre gobiernos y grupos de poder o armados. Para ella hay algo positivo y relevante en la gestión de conflictos en las parejas.

“En la búsqueda de solución a un problema o una simple disputa en el ámbito de una pareja existe un ‘supuesto’: estas personas se han elegido por algo y seguramente será algo valioso, hay algo en común que los conecta, amor, historia, hijos, pueden ser un ‘interés común’ a preservar, lo cual facilita una negociación si ese supuesto está siendo remarcado”, aclara. Es decir, hay mayor motivación a hacer acuerdos que con aquellos que vemos como desconocidos o adversarios.

3. ¿La igualdad es un valor?

Ya tomamos consciencia de que tenemos un problema y decidimos hacerle frente. Es momento de saber si se comparte un principio básico: ¿estamos de acuerdo en que la igualdad es un valor?

“Si el otro no considera que condiciones de justicia, de equidad, son valiosas en una pareja, ese diálogo fracasará hasta no conseguir asegurar esa convicción de parte de los negociantes”, sostiene Tapia. Y alerta: “No obstante, si las desavenencias no se canalizan de una manera constructiva van a ir escalando”.

Ilustración: Centa

4. Aprender a conversar de manera constructiva

Ya sabemos, entonces, que canalizar el conflicto a través de conversaciones constructivas es indispensable. Pero, “lamentablemente nadie nos enseña los principios de la comunicación humana, ni las técnicas de comunicación efectiva, que deberían ser incluidos en las currículas educativas”, dice Tapia.

Eso significa que hay que conocer cuáles son las habilidades para comunicarse de manera constructiva, entendiendo a lo constructivo como la famosa mención a que “ser duro con el problema no implica no ser suave con la persona”. Ser dura con el problema involucra no perder de vista lo que queremos lograr, pero no hace falta una dinámica de confrontación permanente para expresarnos. “Tengamos en cuenta que si nosotras preferimos escuchar a quien nos habla bien, con respeto, al otro le pasa igual”, subraya la especialista.

El problema, según ella, está en que como no estamos entrenados, estamos acostumbrados a hablar acusando, lo cual genera una dinámica automática de defensa y escalada. Por eso, la comunicación constructiva nos sugiere hablar desde “mi necesidad”, no desde el lugar de “mi reclamo”.

“No es lo mismo reclamarle a tu pareja lo que no hace o hace mal, que contarle lo que vos necesitas de él para que convivan mejor. Sin acusarlo de que no sabe dónde están tus derechos. Eso implica un arduo trabajo con una misma, conocer nuestro carácter, nuestras emociones, nuestras reacciones, y aprender a usarlas de manera estratégica y constructiva”, explica.

Ilustración: Centa

5. Qué digo con los gestos y los tonos de voz

Para seguir construyendo esa comunicación constructiva que nos lleve a buscar una solución a ese conflicto que nos provoca malestar, hay que ser consciente de nuestros canales no verbales, no solo gestuales sino también los tonos de voz.

Así lo explica Tapia: “La ironía es una forma sutil de lenguaje violento. A veces usada para atacar, otras para defendernos. Hay que saber que el canal verbal es el que menos impacto tiene en el receptor del mensaje. El mensaje pasa además por esos canales no verbales, que no manejamos conscientemente, el tono de voz y los gestos, cómo nos decimos lo que decimos”.

No hay que perder de vista qué es más importante: si obligar al otro a que reconozca que tenemos razón imponiendo argumentos de manera confrontativa, o persuadirlo a cambiar de comportamientos partiendo de la base de escucharnos y reconocer que necesitamos acordar reglas que preserven la igualdad, un “valor” reivindicado por ambos.

“Lograr que el otro comprenda qué me pasa, por qué tengo esta indignación, es importante. No puedo guardarme la bronca, callarme la boca, porque ese malestar puede ir a un lugar que nos enferme”, destaca la mediadora. Además, si no podemos salir de la ira y generar canales de diálogo, la dinámica puede hacer que el conflicto escale y sea más difícil volver atrás.

Ilustración: Centa

6. Dónde y cuándo proponer la conversación

El contexto en el que se transmite el mensaje es fundamental. Para Tapia, no es efectivo reaccionar o pretender escuchar en el momento incómodo, cuando el otro está ocupado o preocupado por algo que considera crucial. Por eso, enfatiza, “el lugar y el momento son claves, es necesario buscar o construir momentos y espacios donde podamos estar con capacidad de escucharnos y no estar apurados”.

De hecho, en cualquier diálogo, a nivel político o social, esto se toma en cuenta, es parte del diseño estratégico del proceso, para que la comunicación funcione mejor.

7. La conversación

Una vez que logramos el espacio ideal para poder hablar constructivamente, la mediadora propone seguir los siguientes pasos:

1. Acordar que tenemos un objetivo común y que queremos vivir más felices los dos. Y que en la medida que sintamos que vivimos de manera igualitaria será más fácil. “En este punto vale aclarar que tanto varones como mujeres tenemos que poder abrirnos a una conversación sobre derechos y formas de convivencia más equitativas”, afirma la especialista.

2. Empezar a sentar las bases de “reglas” que acordamos entre ambos, incluyendo cómo nos vamos a tratar, sobre todo cuando necesitamos hablar de cosas difíciles o que nos sacan la paciencia muy pronto. “Personalmente me ha pasado tener que escribir estas reglas de convivencia porque a veces nos olvidamos. Por ejemplo, ‘ambos lavamos la ropa, uno cada día’. Y después, no es lo mismo reclamar: ‘Cómo puede ser que no sepas poner el lavarropas’ a preguntar: ‘Cómo te ayudó a que aprendas a manejar el lavarropas’”, puntualiza Tapia. E insiste: “No hay recetas fijas. Yo prefiero que mi marido cocine porque es mejor cocinando que limpiando, pero hay otras mujeres que aman cocinar… O quieren ocuparse del dinero, un tema muy ligado al manejo del poder”.

3. Una vez acordadas y escritas las reglas, hay que trabajar para que se cumplan, establecer cómo haremos para que se cumplan. “Esto siempre es lo más difícil, porque hay que pautar qué pasa cuando nos olvidamos, cuál será la sanción: un grito: ‘Ahora que vos no hiciste eso yo no hago esto’ o conversar sobre qué pasa que no pudiste cumplir”, propone la mediadora. A esta altura, Tapia hace un paréntesis e invita a tener muy en cuenta que la comunicación no es algo menor: hace milagros y/o escala hasta lugares de los que no hay retorno fácil. Por eso, dice: “No hay que tener temor a pedir perdón porque ‘tal vez percibiste algo que dije como una crítica mal intencionada, pero no fue mi intención, si te sentiste mal, lo siento mucho’”. No hay que olvidar que a comunicar se aprende practicando. Por ejemplo, es importante “legitimar” al otro antes de hacerle un reclamo: “Entiendo que estás agotado con todo lo que pasaste hoy, pero necesito que podamos tener un espacio para hablar de esta cuestión donde creo que no me pudiste escuchar”.

“Tenemos que saber que todos tenemos luces y sombras, que nos enamoramos de las luces y no nos gusta reconocer que el otro también tiene sombras, como las tenemos nosotras”, explica Tapia.

4. Por último, si para conversar no podemos hacerlo entre los dos, se puede buscar ayuda. Desde alguien cercano en quien confiemos hasta un profesional con capacidades para esa asistencia, alguien que medie, que traduzca lo que el otro no puede escuchar. Y también que me ayude a ver qué necesito yo para que me escuche y qué necesita el otro para escucharme. Una tercera persona puede ayudar a clarificar mis necesidades y las del otro. Siempre tratar de encontrar terrenos en común, lo que nos conecta. Porque cuando peleamos sale lo que nos divide. Y algo que ya dijimos pero es muy importante no perder de vista: “hay situaciones de inequidad que vienen de muy atrás, son ancestrales y lleva tiempo hacerlas conscientes y reconocerlas, sobre todo para quienes son favorecidos por esas situaciones”, concluye.

Si crees que estás viviendo una situación de violencia por razones de género y necesitas contención o asesoramiento, llamá al 144. Si estás en riesgo inminente de ser atacada llamá al 911.

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