Stella Bin | RED/ACCIÓN
Tecnología | 17 de octubre de 2018

Google cumple 20 años y mira al futuro desde el machine learning

El buscador por excelencia celebró su aniversario. Directivos de Latinoamérica explicaron que para la compañía los desafíos a futuro están en desarrollar la inteligencia artificial, la realidad aumentada, la realidad virtual y sobre todo el machine learning.

Google logró lo que todas las marcas sueñan: convertirse en un verbo. Y muy usado. Basta recordar el sin número de veces que googleamos al día. Pero como si eso fuera poco, con el tiempo el verbo sumó acciones: en Estados Unidos, por caso, el 20% de las búsquedas no se escriben, se preguntan por medio de la voz.

Por eso, para los que nacimos hace más de 20 años nuestra vida se podría dividir entre antes y después de Google. Es que hace algunas semanas el buscador por excelencia festejó sus 20 años de existencia. Lo hizo reuniendo a periodistas y especialistas en distintas ciudades del mundo. RED/ACCIÓN fue invitado a celebrarlo en Bogotá, Colombia.

Cuando Google nació, en 1998, “sólo tenía 25 millones de páginas indexadas. Hoy ya contamos con 400 mil millones de páginas en nuestro índice”, sostuvo Adriana Noreña, Vicepresidente para Google Hispanoamérica.

La compañía fue creada por Larry Page y Sergey Brin, dos amigos y estudiantes de la Universidad de Stanford, con el objetivo de organizar la información que había en Internet para volverla accesible y útil.

En las dos décadas que siguieron su fundación Google desarrolló, lanzó y adquirió innumerables innovaciones relacionadas a la tecnología. Desde las más conocidas como Gmail o YouTube hasta los globos superpresurizados que planea colocar en la estratosfera para garantizar señal de internet continua a regiones del planeta que hoy no la tienen.

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A eso hay que sumarle en lo que Google está trabajando a futuro. Aclarando que cuando hablamos de futuro, para la cultura de la compañía hablamos de los próximos 4 o 5 años. Por caso, la inteligencia artificial aplicada a la salud que permita detectar enfermedades antes de lo que un médico puede hacerlo. También el machine learning y su búsqueda por encontrar formas para que las computadoras aprendan. Más el impacto que pueda tener en el futuro cercano la realidad aumentada y virtual.

Para no dejar dudas hacia dónde está mirando la multinacional, Adriana Noreña, sostuvo: “nuestro CEO, Sundar Pichai, hace 10 años decía ‘mobile first’, hoy decimos ‘machine learning first’”.

Pero según Berthier Ribeiro-Neto, director del único Centro de Ingeniería de Google en Latinoamérica con base en Brasil, no hay que confundirse, “Google es una empresa con muchos productos pero la máquina de búsqueda sigue siendo clave”.

Por eso, explica, “hoy Google ya completa las palabras de búsqueda, trata de entender las intenciones de los usuarios a la hora de buscar y ofrece la búsqueda por voz porque a veces es difícil escribir. Ahora, ante una búsqueda proponer una serie de link consideramos que no es una buena respuesta y damos un texto ya elaborado. Si busca la receta del pollo asado, primero el buscador le devuelve un carro de videos y luego recetas. Sabemos que la dimensión humana que ofrecen los videos es muy importante en las búsquedas”.

Ahora, ¿qué buscan las personas cuando googlean? Buscan información sobre algo que les despertó interés. Por eso cada año, Google muestra qué términos y temas fueron los más populares, aquellos que marcaron y acompañaron la agenda de la sociedad.

Las palabras más buscadas de los últimos 10 años en Argentina

  • 2008 – Gran DT
  • 2009 – Facebook
  • 2010 – Mundo Gaturro
  • 2011 – Facebook
  • 2012 – Sube
  • 2013 – Padrón electoral
  • 2014 – Mundial 2014
  • 2015 – Padrón electoral
  • 2016 – Juegos Olímpicos Río 2016
  • 2017 – Padrón electoral

Las palabras más buscadas de los últimos 10 años en el mundo

  • 2008 – Obama
  • 2009 – Michael Jackson
  • 2010 – Chatroulette
  • 2011 – Rebecca Black
  • 2012 – Whitney Houston
  • 2013 – Nelson Mandela
  • 2014 – Robin Williams
  • 2015 – Lamar Odom
  • 2016 – Pokémon Go
  • 2017 – Hurricane Irma

Ante cada búsqueda Google devuelve las respuestas que sus algoritmos consideran más apropiadas. Para lo cual almacena de cada usuario datos específicos, como la geolocalización, las palabras que busca, las páginas que navega. De esta manera ajusta las respuestas al usuario.

Por eso también, las preguntas sobre la privacidad y seguridad de los datos fueron ineludibles durante el encuentro en Bogotá. De responderlas se ocupó Giovanni Stella, Country Manager para Colombia, Centro América y el Caribe: “Google invierte mucho en la seguridad y privacidad de los datos”, sostuvo. Y agregó: “cualquiera puede desactivar ‘compartir el historial con Google’. Eso sí, luego tendrá que aceptar que los resultados no sean tan precisos”.

Más allá de las controversias que generan las noticias falsas propagadas vía Youtube, que en muchos países ya es el segundo buscador más usado, Google sigue innovando con el objetivo de mantener su liderazgo en la organización de la información del mundo para hacerla universalmente accesible y útil.

Cultura | 14 de septiembre de 2018

En su primer film, Agustina Macri busca su voz y su mirada

El 20 de septiembre se estrena Soledad, su ópera prima. En ella, la directora eligió contar la historia de una joven de Barrio Norte que termina suicidándose en Turín, acusada de ser la terrorista anarquista más peligrosa de Italia. El guion está basado en el libro de Martín Caparrós, Amor y Anarquía.

Agustina parece tensa: la sesión de fotos la incomoda. Reconoce que estar frente a la cámara no es lo que le gusta. Las sonrisas que ensaya se disipan rápidamente. Es que a pesar de ser la hija del presidente de la Nación y la nieta de uno de los empresarios más conocidos del país, Agustina Macri siempre eligió el bajo perfil. A diferencia de su padre y su abuelo, en Google hay pocas fotos que la muestran, y mucho menos datos de su vida privada.

Ella prefiere el detrás de cámara, dirigiendo sus creaciones cinematográficas, para ser más precisa. Y para presentarse en sociedad eligió una historia que según reconoce busca mostrarla como Agustina, más allá de Macri, su apellido, su familia.

La historia elegida no es un detalle menor. Soledad, como se titula el film, relata la vida de Soledad Rosas, una chica que disconforme con su vida de clase media de Barrio Norte, en 1997, a sus 23 años, emprende un viaje a Europa. En la ciudad italiana de Turín su vida da un giro de 180 grados. Su malestar se transforma en rebeldía, se suma al movimiento anarquista y se manifiesta con fervor contra las instituciones y el mundo capitalista. Allí también conoce al amor de su vida: Edoardo “Baleno” Massari.

Pocos meses después es arrestada junto a Baleno y otro compañero anarquista. La justicia italiana los acusó de perpetrar un atentado que luego no quedó demostrado judicialmente. Pero que terminó con el suicidio, primero de Baleno y luego de Soledad, en julio de 1998.

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Agustina Macri conoció está historia recién en 2015, a través del libro Amor y Anarquía, que Martín Caparrós investigó y publicó en 2003. “Lo empecé a leer en mi tiempo libre, le hice muchas anotaciones y ví todo lo que había en Internet sobre la historia de Soledad. Fue literalmente un viaje de ida, sentí que no me podía bajar”.

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Poco después, adquirió los derechos del libro para hacer la película y se contactó con la familia de Soledad. Se reunió dos veces con Marta, la madre, y le escribió una carta de puño y letra a Gabriela, la hermana, con quien se encontró más tarde.

Ya más suelta, sin el foco de la cámara buscándola, aunque sin llegar a mostrarse relajada en su rol de entrevistada, Agustina comienza a desandar el recorrido que la lleva a presentar su primer largometraje el próximo 20 de septiembre.

Cuenta que descubrió su vocación por el cine mientras estudiaba sociología en la Universidad de Buenos Aires. Se formó como cineasta en Barcelona, España, y trabajó en programas de televisión de ficción como asistente de dirección y en postproducción. Dirigió videos de grupos de rock nacional y el documental del histórico show que fusionó Soda Stereo con Cirque du Soleil. Y fue asistente de dirección y producción de Oliver Stone.

¿Qué te motivó de la historia de Soledad a tal punto que decidiste hacer la película?

–Siento que en estos tres años Soledad fue como un espiral en mi vida. A medida que avanzaba en el proyecto entendía más el motivo de mi elección y por qué ella en algún punto me eligió a mí. Yo creo que ella era una amante de la libertad, una valiente que como muchos jóvenes a esa edad, emprenden viajes iniciáticos, llenos de dudas pero también de sueños. Ese hambre que tenemos a esa edad, que a mí me resulta maravilloso, y con el que mucha gente se identifica.

–Me enamoró el personaje, me enamoraron sus sentimientos y sus búsquedas. Además está mi vínculo con Italia, que es muy profundo, muy emotivo y muy familiar. Italia es mi segundo país y me fascinaba la idea de poder filmar ahí. Filmar en otro idioma me dio una libertad artística espectacular, porque me liberó de los yeites propios de la lengua propia.

¿Te identificás en algo con Soledad?

(Se entusiasma y responde animada, alegre) –Sí, con la búsqueda en el viaje, de la libertad, de hacer tu propio camino, de no tener miedo y tener miedo pero igual ir para adelante, muchas veces sin medir las consecuencias. También me provoca mucho amor todo lo que ella escribió, todo lo que ella peleó. Me enseñó mucho Sole, y me enseñó mucho la película. Fue un proceso emocional y humano muy importante como persona.

Soledad, a través de su activismo anarquista cuestionó a las instituciones políticas y económicas, es decir, al mundo del que tu familia forma parte. ¿Qué significó eso para vos?

–Yo creo que Sole, en los años previos a viajar estaba en una búsqueda constante. Se hacía muchas preguntas, no se sentía cómoda en su casa, en su colegio. Creo que ella abraza una causa cuando llega a Italia, sin ser algo premeditado. Ella entra a fondo ahí, cae ahí. Hay una frase muy linda de ella: ‘Tuve que cruzar todo un océano para llegar al otro lado del mundo y encontrar mi lugar’. Y te soy sincera: yo creo que a ella le tocó ser anarquista porque a todos nos tocan las cosas por algo. Pero siento que también le podría haber tocado otra cosa, porque su búsqueda era mucho más profunda. Es decir, ella se embanderó con el anarquismo porque necesitaba una bandera. Cuando releo sus cartas, percibo una necesidad de encontrar su lugar, que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Me encanta haber sido el canal que cuenta la profundidad de su búsqueda. Ella elige un determinado enemigo, pero en el fondo, lo que ella quería era que nadie le dijera más qué hacer, ni su papá, ni su mamá, ni su hermana, ni una sociedad, ni un gobierno, ni nadie.

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20 años después de sus muertes, Soledad y Baleno aún son venerados con vehemencia en Turín. Hay pintadas en las calles que los recuerdan. En ese contexto, tras una semana de ver que su trabajo era permanentemente obstaculizado por los anarquistas, el equipo de filmación debió abandonar la ciudad y mudar el set de filmación a Génova.

Los anarquistas consideraron que Agustina Macri no podía entender lo que significaba esa causa. Y mucho menos contar con precisión la vida de Sole, como la llaman ellos. Su rechazo por el film que se estaba rodando se tradujo en ruidosas intervenciones alrededor del set de filmación, en publicaciones en blogs, en los panfletos que tapizaban las calles de Turín.

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–Fue inesperado para nosotros ver que el mismo movimiento no entendió la intención con la que nosotros queríamos hacer esta película, habló de que sus héroes son suyos y que nosotros no teníamos el derecho a contar esta historia. Fue como vivir una película dentro de una película, una mezcla de ficción con realidad que puso en jaque un montón de ideas, de intenciones.

Y esa reacción de los anarquistas hacia ustedes la terminas incluyendo en la película, en una escena que transcurre en una radio…

–Sí. Se llama Radio Black Out y la tienen los anarquistas en Turín. Nosotros tratamos de contactarlos pero ellos no quisieron dialogar. Nos negaron el permiso de usar el nombre de la radio y para mí era muy importante la radio en la historia, porque en esa época ellos le hablaban a Soledad, a Edoardo y a Silvano (el otro compañero detenido) a través de la radio. Le hicieron escuchar tangos a Soledad, también Matador, como muestra la película. La radio era un personaje más de la película y cuando pasó todo esto decidí reescribir toda la escena. Era una escena donde ellos hablaran desde el corazón, desde la entraña, y cuando vi que todo eso estaba sucediendo en la realidad entonces reescribimos la escena que se ve en la película.

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Respecto a la financiación, Agustina señala que no contó con aportes locales. Sino que el film es una apuesta de Buena Vista International, una compañía estadounidense de distribución de películas y series de televisión subsidiaria de The Walt Disney Company.

Soledad es “un antes y un después en mi vida”, reconoce la cineasta. “Descubrí en el cine no solo placer estético, sino además un proceso muy humano”.

La narrativa de la película apuesta a obviar detalles de la historia en pos de la emoción y la agilidad. Mientras que la actuación de Vera Spinetta, que encarna a Soledad Rosas, crece a medida que el film transcurre. Su interpretación es de una versatilidad que emociona hasta estallar en la última escena.

Agustina y Vera casi no se conocían. “Pero lo que nos pasó nos hermanó profundamente. Para mí, el desafío estaba en equilibrar lo que habíamos escrito, pensado, y ensayado, con lo visceral que tenía la historia, con lo visceral que Vera tenía para dar. Gran partre de mi trabajo fue llevarla hacia esa profundidad, para ver qué era lo que ella podía ofrecer sobre todo en las escenas más dramáticas. Tanto ella como Giulio (que encarna a Baleno) entraron realmente en los personajes. Se propusieron consignas: Giulio se hizo vegano y empezó a dormir cuando quería dormir, sin importar los horarios, tal como hacía Baleno. Entonces había ensayos a los que llegaba de muy mal humor y había que lidiar con esa energía. Hubo días de rodaje donde Vera estaba totalmente rayada, pero yo ya no lidiaba con Vera, lidiaba con Soledad. Laburar con Vera fue una de las mejores cosas que me pasaron”.

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Francisco, tu hermano, también trabajó en la película…

–Sí, yo trabajo con Fran desde hace muchos años. Sabíamos que en el momento del rodaje íbamos a necesitar todo de mí dirigiendo a los actores. Por eso trabajamos un guión técnico muy detallado que él se ocupó de cuidar y recordarme. Eso me dio mucha tranquilidad durante el rodaje.

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¿Tu papá vió la película?

–Sí.

¿Qué dijo?

–Le gustó, le gustó mucho. Estaba muy emocionado, orgulloso, impresionado. Me decía que me imaginaba todo el tiempo a mí atrás de la cámara y que se emocionaba por eso. También porque había trabajado mucho con mi hermano.

¿Él conocía la historia?

–No. La conoció a través mío, por las cosas que yo le iba contando y cuando miró la película. Me acompañó mucho en el proceso, a la distancia.

¿Y tu abuelo la vio?

–No, no la vio.

¿Qué pensás que va a pasar cuando la vea?

–No sé, yo creo que va a estar muy contento. Me pregunta. Él para mí es Italia. La película también es mi pequeño homenaje para él, un regalo.

Fotografía: Rodrigo Mendoza y Buena Vista International

Salud | 24 de abril de 2018

Cómo luchan contra la tentación del suicidio los jóvenes de Fiambalá

Los suicidios se han convertido en la segunda causa de muerte entre los jóvenes de Argentina. Por año, afecta a 14 de cada 100.000. Una ciudad catamarqueña logró revertir esa tendencia.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) sostiene que para 2020 el suicidio y la depresión serán epidemia en el mundo. Y el Centro de Asistencia al Suicida (CAS) alerta desde su página web que el suicidio juvenil se ha convertido en la segunda causa de muerte de ese grupo etario afectando cada año a 14 de cada 100.000 jóvenes en Argentina.

“Si bien el suicidio existe desde siempre, en las últimas décadas la cantidad de personas que optan por terminar con sus vidas ha acelerado su aumento. El alcohol, las droga, el bullying, el ciberbullying, la bulimia, la anorexia, la falta de contacto humano, de familia… hace que se camine hacia un sinsentido que acercan al suicidio”, explica la presidenta del CAS, la psicóloga Fernanda Azcoitía.

Este sinsentido afecta a las poblaciones más vulnerables: los adolescentes y jóvenes. Por eso, la OMS destaca que el suicidio es la segunda causa de muerte en los jóvenes de entre 15 y 29 años.

En ese contexto, cabe pensar que es necesaria una política pública para trabajar en prevención y asistencia. Sin embargo, detalla Azcoitía, “desde el estado nacional no se ha hecho nada integral. En 2015, se sancionó y promulgó la Ley 27.130, de Prevención del Suicidio. Pero aún no se reglamentó”.

Consultado el Ministerio de Salud de la Nación, organismo responsable de la reglamentación de la ley, respondieron vía mail que la ley “se encuentra en proceso, siguiendo los pasos administrativos del ministerio”.

Pero algunas provincias sí han legislado sobre el tema. Un ejemplo es Catamarca, que tiene la ley provincial 5262, sancionada en 2008 y reglamentada en 2010.

Tasas de suicidio por provincia:

Según datos del Ministerio de Salud de la Nación, en 2013, en Catamarca se suicidaron 43 personas. Ese año los habitantes de Fiambalá, una de las localidades más afectadas por esta problemática, contabilizaron 18 suicidios en jóvenes de entre 12 y 23 años.

Para ayudar a armarse una composición mental sobre el impacto del suicidio en Fiambalá, cabe contemplar que según el Instituto de Estadísticas y Censos (INDEC), en 2010, esta localidad del oeste de Catamarca tenía 4.639 habitantes y si se suma a los ciudadanos de las localidades linderas ascienden a 8.000

La historia de Ana

Ana es el nombre de fantasía que elegimos para preservar la identidad de esta menor de 16 años que vive en Fiambalá. Si bien Ana era una niña cuando se dió esa tasa de suicidios en su pueblo, pocos años después ella también pensaba en suicidarse.

Su mamá era la directora de una escuela de un pueblo cercano, pero no tanto como para ir y venir todos los días. Ana sólo la veía los fines de semana. “Mi papá también trabajaba mucho y yo estaba con una niñera. Me sentía sola”. El llanto y la voz entrecortada de Ana atraviesan kilómetros hasta escucharse en mí teléfono. No la interrumpo. Sigue llorando y hablando: “Sentí que la vida era una mierda, que cuando tenía problemas mi mamá no estaba y no veía salida posible”.

Logra calmarse cuando recuerda lo mucho que insistió su mamá para que ella fuera al retiro espiritual que organizaba cada año el grupo de misioneros de la porteña Parroquia Santa Magdalena Sofía Barat. Grupo que por entonces, ya habían desarrollado el Proyecto El Camino.

Ese día, Ana quería ir a la “Fiesta del Médano”, una fiesta popular que se realiza todos los años, al aire libre, sobre un médano. “Pero mi mamá, que me veía mal, no me dejó ir. Y me mandó al retiro. Yo no quería ir porque creía que me iba a sentir sola y me iban a hacer rezar. Yo sólo iba a la iglesia los domingos, por obligación. Llegué casi llorando a la escuela 314 donde se hacía el encuentro”.

Ese verano de 2016, durante el retiro, Ana no sólo se contactó con jóvenes a los que les pasaban cosas similares si no que pudo contar sus angustias. En ese marco, su mamá le escribió una carta. “Me dijo que la perdonara por no haber estado, que me quería”, Ana vuelve a llorar. “Cuando salí la abracé y todo comenzó a cambiar. Entonces, yo solo pensaba en mí. Ahora pienso en los demás también, en lo que otros necesitan”.

Pasaron un par de años de aquel encuentro y Ana ya era otra Ana. Observó que una conocida de cuando ella iba al jardín de infantes ponía en sus estados de WhatsApp que estaba mal. La llamó, la escuchó decir que quería matarse, la dejó hablar y le dijo que si la necesitaba ella estaba ahí. Y cada vez que la necesitó trató de estar. Poco a poco se fue recuperando y hoy es su compañera de secundaria.

Historias como la de Ana, contadas en primera persona, son frecuentes en Fiambalá. En parte porque Proyecto El Camino, que se conformó a partir de la situación que detectaron allí, trabajó duro para revertir el número de suicidios.

“Nosotros íbamos a misionar a Fiambalá y los pueblos de alrededor desde 2007. Cuando nos enteramos del número de suicidios en 2013, entendimos que teníamos que cambiar. Nuestra propuesta no era suficiente para las necesidades de los jóvenes”, explica Joaquín Casaburro, uno de los fundadores de El Camino.

Al proyecto, hoy los expertos lo miran con mucha atención, viendo la posibilidad de replicar su accionar en otros lugares.

Cómo trabaja El Camino

Los misioneros visitaban la zona desde 2007. Para los que no saben, “misionar es compartir la vida desde una mirada creyente”, explica casaburro. Y profundiza: “Visitábamos a la localidad durante 15 días en verano y en invierno. Nos hospedábamos en escuelas o clubes. Por la mañana tomábamos mate y charlábamos en alguna casa, por la tarde organizábamos juegos con los más chicos y por la tardecita-noche charlas y actividades con los jóvenes”.

Pero el invierno de 2013 fue diferente. Mientras estaban en Fiambalá se suicidó Hugo, “un chico de 16 años que jugaba muy bien al fútbol y al que conocíamos bastante”. A partir de esa muerte comenzaron a averiguar y descubrieron la alta tasa de muertes por suicidios entre los jóvenes.

“Ese año leímos mucho sobre los suicidios en Catamarca y empezamos a tejer redes”, cuenta Casaburro. Se contactaron con José Lumerman, un psiquiatra especializado en suicidios que trabaja en el Instituto Austral, en Neuquén. Y él los ayudó a comprender el fenómeno.

“Entendimos que la pobreza y la injusticia llevan a la depresión, la violencia, el desgano, el no querer vivir. También la adoración a San La Muerte, muy difundida en la zona, impactan sobre la mirada que se tiene de la vida y la muerte”, explica Casaburro.

Lumerman los alentó a que siguieran haciendo las misiones, profundizando la escucha, la charla y la celebración: comer rico, cantar, jugar. “El nos remarcó que con las misiones podíamos generar un vínculo de cercanía rápidamente. Algo que a un profesional de la salud o al Estados le costaba mucho tiempo construir”, dice Casaburro.

El psiquiatra también les explicó que “el primer responsable es el Estado y que no se puede abordar esta problemática sin incluirlo”.

En 2015, El Camino comenzó a funcionar en Fiambalá con el objetivo de empoderar a jóvenes con potencial de liderazgo. Cuando arrancaron eran 12 jóvenes. Hoy, son más de 120.

Reunión de jóvenes de Fiambalá, en marzo pasado. Proyecto "El Camino".
Reunión de jóvenes de Fiambalá, en marzo pasado. CRÉDITO: Proyecto “El Camino”.

Empezaron haciendo un retiro en una escuela, con 50 chicos y chicas, que duró 4 días. El primer día los invitaron a pensar en quiénes eran, su identidad, su propia historia. Se escucharon relatos de violencia de género, abusos e injusticia social.

El segundo día les propusieron reflexionar sobre quiénes eran ellos con los demás, cómo eran sus vínculos, sus amigos, sus noviazgos y la familia. “Esa noche les entregamos a cada uno una carta que le habían escrito sus padres”, detalla Casaburro.

El tercer día, “buscamos pensar quiénes somos frente a Dios y cómo sanar nuestros dolores”. Y el cuarto y último día, “tras ese recorrido introspectivo trabajamos en qué querían hacer, aclarándoles que nosotros estábamos dispuestos a acompañarlos en los proyectos que decidieron hacer y que no queríamos que los jóvenes se siguieran quitando la vida”. Resolvieron hacer un grupo misionero.

De ahí en más, todos los meses, dos jóvenes de El Camino viajan desde Buenos Aires para ayudarlos a organizarse. Casaburro cuenta que los acompañan en reuniones con el personal de la Intendencia para explicar la importancia de que el Estado trabaje con profesionales, psicólogos o psiquiatras. “También los apoyamos en la organización de juegos y actividades especiales para los más chicos durante las vacaciones de invierno y los retiros que hacemos los veranos”.

Así, en el recorrido que exige la organización de estos eventos, “los jóvenes comenzaron a involucrarse con la comunidad, a entablar otras relaciones. Pidieron colaboración a los comerciantes, al hospital, a la intendencia, al cura y las familias. Ellos mismos fueron armando un programa de prevención al suicidio. A tal punto que en 2016 la tasa fue de cero, en 2017 se produjeron dos suicidios y en 2018 ninguno”, sostiene Casaburro.

Como parte del mismo proyecto, en 2017 trajeron a 50 jóvenes de entre 12 y 22 años a Buenos Aires. La mayoría nunca había salido de Fiambalá.

Los llevaron a Ciudad Oculta, nombre con el que se conoce a la Villa 15,​ localizada en el barrio porteño de Villa Lugano, donde pudieron ver cómo sus habitantes se organizan bajo distintos objetivos. A las canchas de Boca y River; a comer a McDonald’s y cuatro días de campamento en Villa Gesell.

El objetivo del viaje era mostrarles herramientas de gestión, empoderamiento y liderazgo. Fueron 8 días fuera de sus casas, de su pueblo. ¿Lo que más les impactó? “Las personas en situación de calle entre tanta gente esquivándolos, sin detenerse”, describe Casaburro.

Los jóvenes recorren los pueblos cercanos a Fiambalá. Proyecto "El Camino".
Los jóvenes recorren los pueblos cercanos a Fiambalá. CRÉDITO: Proyecto “El Camino”.

“Así, vimos que después de esta experiencia los chicos se vuelven otras personas. Muchas veces se convierten en líderes convocantes dentro de sus familias, las organizan. Por eso, nosotros creemos que el suicidio se puede trabajar con dispositivos simples, de alto impacto”, sostiene.

Precisamente, Proyecto El Camino busca ser una usina generadora de estos dispositivos. Hace pocas semanas los jóvenes de Fiambalá votaron a sus referentes. Cada comunidad eligió al suyo por uno o dos años. La idea a mediano y largo plazo, revela Casaburro “es empoderar a los jóvenes para que ellos se conviertan en los futuros líderes sociales y políticos”.

El trabajo de El Camino no es para soslayar. Menos cuando desde el Centro de Asistencia al Suicida se resalta que las estadísticas nos muestran que más de la mitad de los alumnos tienen pensamientos suicidas antes de terminar la escuela secundaria.

Por eso el CAS tiene online una guía para el docente, además de dar charlas y capacitaciones de prevención.

Por último, vale aclarar que los suicidios o intentos de suicidios pueden depender no sólo de cuestiones socio ambientales, sino además de una estructura psíquica descompuesta. En esos casos, el amor al prójimo no cura la enfermedad mental, de modo que no alcanza para tocar los resortes ni las causas del problema mental. Sólo la ayuda de profesionales logra revertir la dolencia.

Para el resto de los casos, las misiones religiosas y escuchar al que sufre alivian la angustia y la soledad humana, previniendo el suicidio.

Salud | 23 de abril de 2018

Cómo trabaja el equipo que salva vidas del suicidio

En Argentina se suicidan 3.000 personas por año. En ese mismo lapso, 31 voluntarios del Centro de Asistencia al Suicida atienden más de 1.000 llamados. Si todos pusiéramos en práctica sus técnicas básicas, habría mucha menos personas con pensamientos suicidas.

En una época en la que la vertiginosidad cotidiana dificulta la escucha y el encuentro con el otro, cuando Pedro se suma a una reunión impone otro ritmo. Él mira a los ojos y escucha de manera atenta. No sólo no interrumpe en ningún momento mientras se le hace una pregunta, si no que se calla apenas otro comienza a hablar. Tal vez es un hábito adquirido producto de su actividad como voluntario en el Centro de Asistencia al Suicida (CAS).

En Argentina se suicidan unas 3.000 personas por año. 3.139 en 2016 para ser más exactos, según datos del Ministerio de Salud de la Nación, que RED/ACCIÓN abre a la comunidad a través de este link. Y Pedro es uno de los 31 voluntarios que con su escucha intenta que cada vez haya menos personas que decidan terminar con su vida. Él atiende los llamados que las personas hacen desde la Ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires al 135 o desde el resto del país al 011-5275-1135.

La cantidad de personas que decidieron terminar con sus vidas no ha variado sustancialmente desde 2007, cuando el organismo oficial registró 2.996 suicidios.

Made with Flourish

Pedro tiene 57 años, es ingeniero químico y trabaja en una pequeña empresa a la que entra a las 8.30 hs.. Sale a las 17 hs. y el día que le toca cumplir su turnos de cuatro horas semanales como voluntario anónimo tiene una hora para llegar a su casa o a la oficina del CAS y sentarse frente al teléfono y la computadora.

A esas herramientas sumará sus años de entrenamiento y con ellos tratará de convencer a la persona que lo llama de que a él su padecer le importa. Puede parecer que el objetivo es pequeño al lado de una decisión tan enorme como el suicidio. Sin embargo, los especialistas coinciden en que es uno de los factor determinante.

Pedro vive en el Gran Buenos Aires junto a su mujer y como su trabajo es anónimo son muy pocas las personas que saben de su tarea en el CAS. Por eso, Pedro no es su verdadero nombre, sino uno elegido al azar para proteger su identidad. Su esposa, su hija, su yerno y dos o tres amigos son los únicos que saben de su obsesión por salvar vidas del suicidio.

El CAS se creó hace 50 años y funciona en una oficina prestada, de 1,50 por 2 metros, en el centro de la ciudad de Buenos Aires. El lugar está equipado con un escritorio, dos sillas, una computadora y dos líneas telefónicas. Una en la que reciben las llamadas y otro para contactar al 911 o 107, en los pocos casos que es necesario hacerlo y que la persona lo autoriza.

A cada persona que llama, el voluntario le pregunta el nombre de pila, con el objetivo de establecer un diálogo más personal. Luego, “se le pregunta o se lo deja hablar de su problema. Cuando manifiesta tener pensamientos suicidas se le permite hablar libremente sobre ello”, explica Pedro.

El anonimato, tan celosamente cuidado por los voluntarios del CAS, y la confidencialidad tienen el propósito de generar un clima íntimo en el que el consultante realmente se sienta cómodo para hablar.

De hecho, hace algunos años una de las voluntarias era una actriz muy conocida a la que solían preguntarle si esa voz era la de la actriz. “Siempre me dicen que mi voz se parece a la de ella, pero no, nada que ver”, respondía la voluntaria.

“El voluntario va conociendo al consultante, sus problemas y lo que él está reclamando. Aunque muchas veces su reclamo no se condiga con lo que realmente necesita”, revela Pedro.

Lo más importante, repetirá varias veces durante la entrevista, es que el consultante se sienta escuchado y se escuche a sí mismo. En este “reflexionar juntos” suelen aparecer alternativas de acción, muchas veces propuestas por él mismo.

Si la persona está en riesgo inminente y acepta ayuda, el voluntario le solicita la dirección y el teléfono para enviarle una ambulancia o la policía. Siempre con el consentimiento del consultante. “Las pocas veces que anotamos estos datos, una vez pasado el pedido de ayuda el papel se rompe para preservar, en lo que a nosotros respecta, el anonimato del llamado”, detalla Pedro.

Los voluntarios tampoco dan ningún dato sobre ellos y se comprometen a no hacer públicas las historias que escuchan, ni siquiera en forma anónima.

Escuchar al otro

En 2017 el CAS recibió unos 1000 llamados efectivos y estiman que al ritmo que vienen este año alcanzarán los 1500. “Esto es porque sumamos más voluntarios, ya somos 31, y hemos difundido nuestro trabajo en las redes y en los medios”, explica Alberto Fernández, secretario de la organización sin fines de lucro.

A esos 1000 llamados hay que sumarle unos 1000 más por año, provenientes de unas 30 personas que se comunican con asiduidad. “Es gente que encontró en nosotros un espacio de escucha para calmar su ansiedad”.

“Los voluntarios se forman para abrazar con una ternura que no se ve en otro lugar”, dirá Juan, un ciudadano que hizo la capacitación pero que no se sumó como voluntario. Por año, el Centro de Asistencia al Suicida forma a 20 voluntarios. La mayoría no se suma a la atención en las guardias. De hecho, aún no tienen cubiertas las 24 horas de atención. Sin embargo, para el CAS, en esos casos enseñar a escuchar a las personas es un valor que aporta salud a la sociedad.

Cada voluntario hace por lo menos una guardia semanal de cuatro horas. A esto se suma una supervisión quincenal, una reunión de una o dos horas con todo el equipo en la que se aúnan criterios porque el trabajo es muy solitario. “La mitad de las guardias se hacen fuera de la oficina del CAS. Quienes cuentan con las condiciones mínimas que tiene la guardia realizan su labor de manera externa”, cuenta Fernández.

La escucha activa de los voluntarios implica mucha concentración y compromiso emocional. “Uno se prepara anímicamente para estar disponible para el otro. Pero no somos impermeables al dolor del otro. Hay días que resultan agotadores. Una guardia puede no recibir ningún llamado, o recibir cuatro o cinco”, describe Pedro.

De los datos relevados por el Ministerio de Salud, llama la atención que siempre la cantidad de varones que se suicidan superen tres o cuatro veces, dependiendo la edad, al número de mujeres.

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Esta relación entre los suicidios por género es compartida con la mayoría de los países del mundo. Tal vez por eso, los llamados al CAS siguen una proporción inversa. Reciben tres o cuatro veces más llamados de mujeres que de varones.

¿Por qué ocurre esto? “Se han ensayado varias explicaciones desde la psicología, la cultura y la biología. La más sencilla es que los hombres se suicidan más porque piden menos ayuda. Y ¿por qué piden menos ayuda? Eso sí hay que explicarlo desde lo cultural. En países como Nueva Zelanda o Argentina, donde la cultura exalta un modelo masculino autosuficiente, los suicidios masculinos son aún mayores”, explica Fernández.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en el mundo se suicidan 800.000 personas al año, lo que equivale a un suicidio cada 40 segundos. Y por cada adulto que se suicida, estiman hay 20 que lo intentaron. 78% de esas muertes ocurren en países de bajo-medio ingreso.

Para la región, los datos encienden una alarma sobre Uruguay, un país al que los argentinos sabemos mirar como ejemplo de calidad de vida.

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La OMS, en un informe elaborado en 2014 reveló que en América, América Latina más Norte América, se suicidan unas 65.000 personas por año.

La creencia indica que la gente se suicida por una causa. Sin embargo, los que trabajan con esta problemática la desmienten. “El que se suicida no lo hace por una causa. Es más, existe esta suposición incluso en personas con ideas suicidas, de que el suicidio acontece por una causa específica: un duelo, una separación, una enfermedad o una crisis económica. La falsedad de esta idea se hace evidente cuando vemos que la mayoría de las personas que atraviesan esas situaciones no se suicidan”, describe Fernández.

Por eso, ellos no hablan de causas, si no de “disparadores” en un proceso que es mucho más amplio. Así lo explica la psicóloga Fernanda Azcoitía, presidenta del CAS: “Detrás de cada suicidio hay una historia y el desarrollo de una personalidad que acepta al suicidio como alternativa válida”.

Los que conforman el CAS entienden que el suicidio es un proceso que tiene varias etapas. “Tal vez empieza con un problema, que se transforma en crisis y que pasa a ser fantasía suicida y se transforman en idea y plan suicida. Muchas veces escuchamos: ‘Yo no me quiero matar, pero…’”, relata Pedro.

Como la idea suicida es vergonzante las personas no la cuentan, por eso es importante el anonimato. En los llamados, dice Pedro, “hay gente que nos cuenta que hace 20 años hace terapia, pero nunca le contó a su psicólogo sus ideas suicidas. Otros nunca fueron al psicólogo. Por eso es importante que uno muestre interés e invite a hablar al otro”.

“Esto no significa que no le pueda pasar a cualquiera, pero no por un hecho puntual sino por toda una historia que nosotros llamamos proceso suicida y suele abarcar años”, amplía Azcoitía. Por lo mismo, la recuperación de esta condición de riesgo tampoco puede ser inmediata. Exige un compromiso con la vida y una actitud de lucha frente a los problemas que es lo que los voluntarios buscan incentivar en los consultantes.

Por eso, generalmente es el consultante el que corta la llamada. “Muchas veces, entusiasmado por poner en práctica lo que descubrió”, cuenta Pedro.

Pocos voluntarios son psicólogos. “No necesitamos serlo porque lo que hacemos es algo más primitivo, que es la asistencia. La capacidad de consolar al otro que tiene un millón y medio de años de historia. Es sólo un ser humano escuchando a otro ser humano., generando un espacio íntimo de confianza mutua para hacer lo que es más distintivo de nuestra especie, brindar consuelo desde la escucha y la palabra. Por eso también es tan agotadora la tarea”, detalla Pedro.

Los días que tiene guardia en el CAS, Pedro termina a las 22 hs. Suele pasar que los llamados lo afectan y le cuesta desengancharse. “Pero intentamos no seguir pensando sobre el tema una vez que terminó el turno. De nada sirve darle vuelta al tema. Eso se logra con entrenamiento. Porque al comienzo uno se queda enganchado con las historias, con lo que podría haber dicho y no se le ocurrió”.

Por eso, cada voluntario tiene un padrino al que puede llamar y con el que analiza por qué se queda enganchado. En estos casos siempre se resalta que lo realmente importante es lo que se hizo: detenerse y escuchar al otro de manera atenta, interesado por ayudarlo a encontrar otra mirada para las cosas que lo angustian.

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REDACCION | 14 de abril de 2018

Stella Bin / Editora General

Mi infancia en el campo estuvo atravesada por el deseo de tener una enciclopedia y un planisferio para ver los lugares que soñaba conocer. Crecí en una casa sin libros a pesar de que la lectura estaba muy bien vista, donde el conocimiento de otros lugares era valorado aunque no viajáramos. Con el retorno a la democracia y el comienzo de la escuela secundaria descubrí mundos que el planisferio de papel no me hubiese podido mostrar nunca, mundos atravesados por la inequidad, por el sufrimiento de hombres, mujeres y niños invisibilizados. Y supe que no volvería al campo, que quería cambiar la realidad de esas personas y que el periodismo era la herramienta que usaría para lograrlo.

Me gradué en periodismo, viajé y me formé consciente de la opción que había hecho. Trabajé durante 24 años en el diario Clarín como periodista y editora de temas económicos, políticos y sociales. Formé parte del primer equipo de infografía del país y comencé a obsesionarme por la exactitud de los datos. Promoví y formé parte del equipo de datos del diario Clarín, entre 2014 y 2016. Desde 2017 coordino el Área de Capacitación e Investigaciones del Media Lab del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA).

Me gustan los desafíos, el trabajo en equipo y que los datos estén atravesados por historias humanas que permitan hacer un periodismo con propósito. Soy editora en RED/ACCIÓN.

REDACCION | 12 de abril de 2018

Presentación 100 Mujeres

En los últimos años hemos leído y visto el empoderamiento conseguido por las mujeres. Comenzamos a denunciar situaciones de discriminación, violencia y abuso, nos organizamos y logramos incidir en decisiones políticas y jurídicas. Cada vez somos más mujeres liderando organizaciones o acciones que modifican profundamente nuestras comunidades.

Ahora, ¿qué historias hay detrás de esas mujeres que con sus acciones mejoran a la sociedad y cuán profunda es su incidencia? Intentando responder, decidimos contar las historias de 100 mujeres desconocidas para la mayoría de la sociedad, con el fin de visibilizarlas y que sus historias puedan inspirar a otros.

Para producir la serie armamos un equipo con el que analizamos los temas a trabajar y cómo abordar los perfiles. El proceso tuvo sus idas y vueltas. Debatimos cómo hacerlo y hasta nos atrevimos a experimentar con la obra literaria de Gioconda Belli y su novela “El país de las mujeres”, donde imagina cómo sería el mundo si fuera gobernado por este género, cómo se tomarían las decisiones y qué problemáticas importarían.

Consideramos que las historias que conforman esta serie aportan una riqueza fundamental que necesitamos valorar e incorporar a la sociedad. Ellas nos revelarán maneras de ver el mundo y de accionar en consecuencia, que son novedosas por su enfoque, su creatividad, tesón y coraje.

La serie contará con cinco capítulos: Corajudas, Resilientes, Creativas, Transformadoras y 20 en sus 20. Cada uno de ellos reunirá a 20 mujeres que fueron atravesadas por experiencias en esos sentidos.

Para cada capítulo, daremos el puntapié inicial con las 10 primeras e invitamos a la comunidad a que postulen otras, entre las que, con criterio periodístico y editorial, seleccionaremos a las 10 restantes. Así, buscamos construir esta serie desde un periodismo con una mirada constructiva que escucha y habilita la participación de la comunidad en el proceso editorial.