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Dentro de un centro de acogida, en Sicilia

Por Mori Ponsowy

Templos griegos, catedrales romanas, palacios árabes, mezquitas normandas. Eso es Sicilia, tan antigua como Roma, pero tan distinta. En Palermo, la capital de la isla, al borde del mar, la Catedral fue primero una basílica paleocristiana, luego mezquita árabe y después, de nuevo, templo cristiano. “En el norte de Italia no es así, pero nosotros tenemos una tradición milenaria de acogida porque aquí siempre han llegado personas de todas partes,” me dice Alfonso Cinquemani. “En el siglo III fue la diáspora de los hebreos, en el 850 tuvimos la invasión árabe. En Sicilia, los árabes, los cristianos y los hebreos han vivido en paz durante siglos. Hoy, llegan personas que huyen de la guerra y otras que huyen del hambre. Se trata sólo de una distinción política: el que abandona su país es alguien que no está bien. Nosotros tenemos el deber de recibirlos.”

Cinquemani es el presidente del Centro Astalli de Palermo, la primera institución de acogida a la que logro entrar desde que estoy en Italia. El “Sistema di Protezione per Richiedenti Asilo e Rifugiati” (SPRAR) es el servicio del Ministerio del Interior que gestiona los proyectos de acogida, asistencia e integración de los inmigrantes que piden asilo. Funciona de manera descentralizada y opera con fondos públicos, pero también depende en gran medida del tercer sector. Aunque las siglas “SPRAR” se refieran a todo el sistema, se suele llamar así a los lugares en donde viven los inmigrantes desde que llegan a Italia hasta que se les concede –o no- el asilo político o humanitario. El proceso suele durar entre uno y dos años.

Yo había imaginado los SPRAR como galpones, como barracones enormes, en donde los refugiados dormían en pequeñas cuchetas, una al lado de la otra. Había imaginado baños comunitarios, comedores inmensos y patios llenos de inmigrantes. Nada más lejos de la realidad que eso.

El Centro Astalli de Palermo opera en un edificio de tres pisos construido hace 400 años en una esquina de la Piazza di Santi Quaranta Martiri. Cuando llegué, a las diez de la mañana de un sábado, había más de cincuenta inmigrantes amontonados en la pequeña entrada. Algunos esperaban por las duchas, otros hacían cola desde esa hora para el almuerzo y algunos otros esperaban ser atendidos por el médico. “Nosotros tenemos dos realidades: una es este centro diurno al que cada día vienen entre setenta y noventa personas a comer o buscar algún tipo de asistencia y; la otra es el SPRAR que alberga a treinta personas que viven aquí mientras esperan que el Estado reconozca su condición de refugiados”, dijo Cinquemani, cuando me recibió en su oficina. El centro diurno está gestionado íntegramente por voluntarios y todos sus servicios son gratuitos: desayuno y almuerzo, duchas, servicio médico y legal, escuela de italiano, máquinas para lavar y secar la ropa. El SPRAR, en cambio, es subvencionado por el Estado italiano y en él trabaja un coordinador, un asistente legal, un asistente social, una traductora, cuatro operadores diurnos y dos nocturnos. En total: diez italianos para dar acogida a treinta inmigrantes africanos.

Alfonso Cinquemani es ingeniero y, desde que se jubiló en 2006, trabaja al frente del Centro Astalli como voluntario. Mientras subimos por una escalera al primer piso, me explica que Sicilia es un lugar de paso. “Los inmigrantes no quieren quedarse aquí porque nuestra economía es pequeña. Los que se quedan viven en situación de pobreza. La mayoría está sólo un tiempo y luego viajan a otros lugares de Italia. Aquí hay poco trabajo, pero mucha tolerancia, incluso por parte de la policía”.

Estamos en un pasillo ancho y luminoso en el que un niño negro de poco más de un año corre mientras su madre va detrás de él. “Este pequeño nació en un hospital, aquí cerca, y ya lo han operado dos veces. La semana que viene será la tercera. Espero que sea la última”, dice Alfonso. “La madre llegó desde Eritrea con ocho meses de embarazo”.

A diferencia de lo que yo había imaginado cada vez que pensaba en las condiciones de vida dentro de estos centros, estamos dentro de un espacioso edificio con un patio y un jardín central. Las habitaciones son enormes, con dos camas de plaza y media cada una, y grandes ventanas que dan a la plaza. En cada habitación duermen dos refugiados. Los baños de los hombres y de las mujeres están separados. Alfonso me muestra un salón con una televisión, otro de juegos y, otro, destinado como lugar de plegaria. “Decidimos que este fuera un lugar de plegaria porque la mayoría de los refugiados que viven aquí son musulmanes, pero por alguna razón que nunca entendí, prefieren rezar en los pasillos”.

Mientras caminamos, varios refugiados se acercan e interrumpen nuestra conversación: uno quiere entrar a la oficina de Alfonso para usar la computadora, otro le dice que no se siente bien y que necesita un doctor. Alfonso me presenta a Valeria, una de las coordinadoras del Centro, y me deja con ella. Valeria tiene 25 años, estudió Idiomas y empezó a trabajar aquí como voluntaria los fines de semana, luego como maestra de italiano y ahora, un par de años después ya tiene un cargo oficial. Me explica que, a diferencia de otros SPRAR, en este no hay una cocina, sino que le pagan a un restaurante multiétnico que queda a un par de cuadras para que los refugiados vayan a comer allí. “A muchos de ellos no les gusta la pasta y allí pueden comer comida de sus países,” dice. “Durante un tiempo les dábamos plata en efectivo para que se compraran las cosas personales que necesitaban, pero las madres gastaban el dinero en caramelos para sus hijos, así que ahora les damos tickets que pueden usar en el supermercado a cambio de determinados productos. En realidad, preferiríamos darles dinero porque uno de los objetivos de los SPRAR es lograr la autonomía de los refugiados, pero todavía tenemos que ver cómo controlar que no lo malgasten.”

Otro objetivo de los SPRAR es la integración de los refugiados a la vida italiana. De allí el énfasis que se hace en que aprendan el idioma y en que tomen cursos de distintos oficios que les facilite conseguir trabajo. "Lamentablemente, muchos chicos se dan cuenta demasiado tarde de la importancia de aprender italiano,” dice Valeria. “Cuando entran a un SPRAR firman un pacto según el cual se comprometen a ir a la escuela y nosotros nos comprometemos a darles por lo menos diez horas semanales de clase. Pero con frecuencia no cumplen con su parte y es difícil obligarlos. Muchos de ellos ni siquiera han ido a la escuela en su país. Piensan que pueden aprender italiano trabajando en la calle.” En el caso de inmigrantes enfermos o débiles psicológicamente y también en el caso de madres que acaban de dar a luz, los maestros de italiano vienen al SPRAR a darles clases particulares.

Valeria me lleva a su oficina y se sienta detrás de un escritorio. Al lado, detrás de otra mesa, hay un joven africano que me mira de reojo mientras usa una computadora. “Lamentablemente muchos chicos entienden la importancia de estudiar después de que se van. Cuando ya están fuera del circuito de acogida se dan cuenta de que para conseguir trabajo es importante haber terminado la escuela media y hablar italiano,” dice Valeria. “Pero también están quienes lo entienden a tiempo. Él, por ejemplo”, dice, y sonríe al chico que ocupa el escritorio de al lado. “Algunos utilizan el tiempo que pasan con nosotros de un modo inteligente. Nosotros tenemos dinero que podemos destinar para ellos, pero no los podemos obligar a nada. Algunos piden hacer cursos de formación, pero otros se quedan en la cama y se limitan a comer y dormir. Quizás sólo después, cuando se encuentren librados a sus propios medios, se den cuenta de que yo tenía razón cuando les tocaba la puerta cada mañana para despertarlos para ir a la escuela”.

El chico del escritorio de al lado ha dejado de mirar la pantalla de la computadora y escucha atentamente nuestra conversación. Una joven negra entra a la oficina con el ceño fruncido y pide algo que no alcanzo a entender. Habla con tono urgente. Más que pedir, parece estar exigiendo. Valeria abre un cajón, saca un manojo de llaves y se las da.

Desde que llegué a Italia he visto sonreír a muy pocos de los chicos y chicas que he entrevistado. “¿Vale la pena que vengan aquí?” le pregunto a Valeria. “Después de haber dejado todo lo que tenían, ¿son más felices aquí de lo que lo eran en sus países?”

El chico del escritorio de al lado me mira. “Muchas veces he querido preguntarles eso mismo,” dice Valeria. “Algunos chicos no aceptan hacer las pasantías que se les ofrecen porque dicen que les pagan poco. Son 300 euros al mes, pero dicen que en sus países ganarían más. No piensan que, si lo hacen bien, podrían quedarse con un contrato de trabajo y con un sueldo mejor. Muchos de los que vienen quizás llevaban una buena vida en su país, pero sus padres los han enviado a Europa pensando que aquí estarían mejor. Otros realmente escaparon de situaciones muy difíciles.”

La madre del chiquito de dos años entra a la oficina y pide algo en un inglés que no alcanzo a entender. Valeria le pregunta si puede esperar cinco minutos hasta que termine de hablar conmigo. La mujer dice que no.

- ¡Ahora! ¡Ahora! –dice.

Valeria me pide disculpas.

-Todo siempre es urgente –dice, sin enojo, pero resignada, al salir de la oficina.

Me gustaría hablar con el chico, pero no me mira ni una sola vez. Me gustaría saber qué piensa de lo que hemos hablado. Si es más feliz aquí que en su país o si preferiría regresar. Cuando Valeria vuelve, retoma el hilo de la conversación. Me explica que esos 300 euros de las pasantías no los ponen las empresas, sino los SPRAR. Es decir, el Estado italiano. Se les paga a los chicos mientras hacen la pasantía porque se considera que es una manera de estudiar y prepararse para el trabajo mientras aún están dentro del sistema de acogida y tienen sus necesidades básicas cubiertas. Cada persona que vive en un SPRAR recibe 45 euros al mes para los pequeños gastos extras que puedan tener. “El objetivo de su estadía en un SPRAR es que aprendan italiano y que salgan preparados para conseguir trabajo”, explica Valeria. “Algunos lo entienden y lo saben aprovechar. Otros no. Quizás sólo cuando se hayan ido de aquí y tengan que vérselas solos, se den cuenta de que estábamos aquí para ayudarlos”.

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"Los pescadores recibimos todo lo que viene del mar"

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