El bitcoin y lo que vendrá | RED/ACCIÓN

El bitcoin y lo que vendrá

Desde la creciente atención a Bitcoin y las "finanzas descentralizadas" hasta la última emoción impulsada por los tokens no fungibles, la criptoeconomía llegó para quedarse. Pero, ¿desarrollará el consenso social y los arreglos institucionales necesarios para integrarse plenamente?

¿Qué es el dinero? Hay quien lo llama una ficción compartida, o una forma de memoria colectiva. Con el propósito de documentar y facilitar transacciones, hemos apelado a una variedad de objetos, desde conchas y metales escasos hasta papeles impresos y (ya en tiempos recientes) entradas en registros digitales.

Todas estas tecnologías facilitan la creación, transferencia y destrucción de valor; y el funcionamiento de cada una de ellas es posible gracias a un acuerdo básico alcanzado entre sus usuarios (miembros de una «tribu») respecto de lo que posee valor monetario.

Dicho acuerdo permite usar el dinero para expresar deudas y acreencias, y para registrar intercambios entre los participantes del mercado. Los usuarios del dinero deben confiar en que podrán seguir cambiándolo por bienes y servicios; y cuanto mayor sea el grupo de usuarios, mayor la utilidad del dinero.

Una pregunta crucial respecto de cualquier sistema monetario es quién tiene el poder (si alguien lo tiene) de crear dinero, sacarlo de circulación y determinar sus usos aceptables.

Solemos dar por sentada la fungibilidad del dinero, pero todas las sociedades modernas restringen la oferta y el uso del dinero en aras de objetivos más amplios; por ejemplo mantener la estabilidad de precios y combatir el delito financiero.

De modo que en la práctica, las sociedades apelan a una combinación de tecnología e instituciones para crear un consenso en relación con el dinero y mantenerlo. La tecnología puede habilitar nuevas formas de dinero mejoradas, pero el momento y el modo de su adopción dependerán de la presencia o ausencia de ciertas instituciones complementarias.

Como explica Jacob Goldstein en su libro reciente Money: The True Story of a Made-Up Thing [Dinero: la verdadera historia de un invento], pasaron siglos antes de que las instituciones creadas por Genghis Khan (quien introdujo en 1227 el primer ejemplo de papel moneda) convirtieran la tecnología de imprenta y unos billetes impresos en el dinero de la actualidad. Antes hubo que romper la intercambiabilidad de esos billetes por plata o bronce.

La revolución del bitcoin

Las criptomonedas son un paso más en este largo proceso histórico. Desde su concepción en un documento técnico de 2008 publicado por Satoshi Nakamoto (un seudónimo) hasta el pico de cotización de este año, el bitcoin ha ido ganando adherentes, a la par de un período de desconfianza inédita en las instituciones monetarias tradicionales en el mundo desarrollado.

Además de una idea tecnológica brillante, lo que Nakamoto (o quienes se oculten tras el seudónimo) realmente estaba proponiendo es un nuevo tipo de modelo institucional. El bitcoin permite llegar a un acuerdo respecto del valor del dinero sin tener que recurrir a terceras partes de confianza (por ejemplo, bancos centrales o intermediarios financieros).

En vez de eso, el bitcoin utiliza una combinación de criptografía y teoría de juegos para que sus poseedores puedan llegar a un consenso respecto de la oferta, las tenencias individuales y las transferencias de lo que, según esperan, se convertirá en una nueva forma de dinero.

Para crear, actualizar y proteger el registro digital en el que se basa el bitcoin se necesitan las inversiones de una red descentralizada de proveedores de infraestructura: los «mineros». Como forma de incentivarlos a realizar las operaciones de cómputo necesarias para la protección y el procesamiento de las transacciones, el protocolo los recompensa con comisiones y una cantidad decreciente de los nuevos bitcoins generados.

Esta modalidad reduce a un mínimo la dependencia respecto de terceros de confianza; pero también provoca un importante costo ambiental, por la enorme cantidad de electricidad que consumen las operaciones de cómputo.

Además, en la medida en que las sociedades apelan a instituciones para garantizar que el dinero se use en forma compatible con sus valores y principios, el diseño del bitcoin puede ser una de sus mayores fortalezas o una debilidad importante. Allí donde las instituciones son débiles, antidemocráticas o abiertamente represivas, los usuarios del bitcoin pueden hallar en él una reserva de valor más igualitaria y sólida que cualquier instrumento al que tengan acceso a través del sistema financiero local.

Pero en sí mismo, el bitcoin no contiene mecanismos de recurso legal ni protecciones contra robo, pérdida o delitos financieros. La inexistencia de terceros deja a los usuarios librados a sus propios medios. Además, un resultado inevitable de su neutralidad es que pueden usarlo por igual actores honestos y malintencionados.

Para resolver estos problemas han surgido nuevos tipos de intermediarios, por ejemplo las billeteras de custodia. Pero estos actores reproducen algunas de las características del sistema financiero tradicional para cuya superación se inventó el bitcoin.

Esto pone de manifiesto un hecho fundamental: el contrato social subyacente al bitcoin es menos atractivo allí donde las instituciones son sólidas. Cuando la gente tiene una política monetaria razonable, leyes de protección de los consumidores y mecanismos públicos de garantía (por ejemplo, seguros de depósito contra la insolvencia bancaria), el diseño desinstitucionalizado del bitcoin tiene menos argumentos a su favor, y sus costos ambientales se tornan mucho más escandalosos.

Pero dejando a un lado la resistencia que han mostrado algunas instituciones tradicionales frente a condiciones políticas y de mercado adversas durante las últimas décadas, el bitcoin y otras criptomonedas siguen siendo una alternativa para cuando esas instituciones resulten más frágiles de lo previsto. Además, las criptomonedas pueden ser un modo de restaurar condiciones de competencia allí donde los intermediarios acumularon demasiado poder de mercado.

Decisiones de diseño

En la provisión de cada criptomoneda, se le otorga diferente importancia relativa a factores clave como la tecnología, las instituciones y las creencias de la tribu de respaldo. Esas diferencias constituyen decisiones de diseño; de allí la explosión de experimentos criptomonetarios que hemos visto. Y hasta ahora, cada nuevo diseño prometedor fue seguido por la aparición de intermediarios complementarios que contrarrestan sus debilidades principales.

Por ejemplo, normalmente los dueños de criptomonedas que se olvidan la clave privada ya no pueden acceder a sus tenencias. Por eso muchos las consignan a intermediarios centralizados (criptobilleteras) que les ofrecen herramientas de recuperación de contraseñas y protección de acceso similares a las de la banca electrónica.

En tanto, la preocupación por el consumo de energía llevó a los desarrolladores de criptomonedas a explorar otros sistemas de incentivos y soluciones tecnológicas que permitan reemplazar las costosas operaciones de cómputo con modelos de mayor eficiencia energética. Por ejemplo, para reducir el tiempo que demanda llegar a un consenso respecto de las transacciones, algunos sistemas basados en prueba de participación (proof of stake) ponderan el voto de los participantes según la cantidad de criptomoneda que posean. De modo que mientras la mayor parte de la criptomoneda esté en manos de participantes honestos, la exactitud de la información del sistema estará garantizada; como contrapartida, los grandes poseedores tendrán influencia desproporcionada en el proceso.

La decisión de usar los saldos individuales como criterio de ponderación obedece a que es un dato fácilmente verificable a través de un registro digital sin necesidad de acceder a información externa. De modo que para evitar que los sistemas basados en prueba de participación se conviertan en plutocracias criptomonetarias y acercarlos a un modelo de gobernanza representativo se necesita información adicional. Una posibilidad, por ejemplo, sería verificar la identidad de los participantes de modo de asignarle a cada uno un voto. Pero establecer un vínculo confiable entre la identidad real de una persona y su representación virtual es algo que por el momento sólo pueden hacer terceras partes (por lo general, gobiernos).

¿Desintermediar Wall Street?

La ola de innovaciones iniciada por las criptomonedas no se limita al «dinero» en sí. En poco tiempo, nuevos diseños trascendieron el almacenamiento y la transferencia de valor para incursionar en modelos financieros más complejos. Las finanzas descentralizadas (DeFi), como su nombre indica, usan la tecnología de registro digital para crear mercados financieros descentralizados.

Por ejemplo, las plataformas de intercambio descentralizadas («DEX») reúnen a compradores y vendedores de criptomonedas sin que los usuarios deban confiar sus activos o la custodia de los mismos a un intermediario tradicional. La eliminación de intermediarios regulados permite a las DEX mejorar la competencia, la eficiencia y la transparencia, pero también conlleva importantes desafíos en áreas como el cumplimiento normativo. Es posible que al madurar las necesidades de los usuarios de DeFi, aparezcan nuevos intermediarios para satisfacerlas (como ya ocurrió con las criptobilleteras). Pero mientras eso no suceda, proteger a los consumidores y asegurar la estabilidad financiera será extremadamente difícil, y es posible que las autoridades deban apelar a otros medios para lograr sus objetivos, entre ellos la difícil alternativa de regular directamente el acceso de los usuarios o las transacciones.

De modo que así como el modelo DeFi puede generar más transparencia, automatización y competencia, también puede hacernos más difícil garantizar la conformidad de los mercados financieros con valores y principios que no sean solamente la búsqueda de lucro. Hay quien ve en esto un avance, pero otros temen que estos sistemas no puedan evitar que algunos actores exploten información privilegiada, manipulen el mercado o desestabilicen el sistema en beneficio propio.

Una sociedad de dueños de tokens

Si se nos hubiera pedido predecir el siguiente paso de los criptoentusiastas, el arte digital no hubiera sido nuestra primera opción. Pero visto en retrospectiva, el surgimiento del token no fungible (NFT), en un momento en que los inversores están desesperados buscando nuevos activos en los que invertir, es algo totalmente lógico. El arte puede ser expresión del entusiasmo de una tribu, y ese entusiasmo puede canalizarse hacia una plataforma (y los modelos institucionales asociados) que funcione como ámbito para la participación descentralizada y el discurso social y para las transacciones económicas relacionadas.

A diferencia del bitcoin, cuyas monedas deben ser fungibles para servir como dinero, los NFT están pensados como objetos únicos. Es así que ofrecen una solución a un viejo dilema: en un mundo en el que es posible producir sin ningún costo copias digitales indistinguibles de los originales, los artistas no pueden controlar la venta y el uso de ninguna copia después de la primera sin apelar a la fiscalización externa mediante las leyes de derechos de autor. Peor aún, con el mero hecho de exhibir en la web una obra de arte inalterada, facilitan la creación de copias gratuitas.

Pero al vincular obras artísticas digitales de fácil reproducción con un token único que representa la posesión autorizada («original»), los NFT devuelven a los creadores el poder de diseñar los contratos y derechos relacionados con el uso y la distribución de su obra.

Un elemento crucial de este sistema es la conexión entre un objeto fácilmente copiable y su token digital. Igual que las criptomonedas y el dinero fiduciario, que este vínculo confiera algún valor al token depende de que la tribu llegue a un acuerdo respecto del modo de establecer, mantener o, llegado el caso, destruir el vínculo. Si los usuarios pierden la fe o se van a otra parte, a quien posea el NFT le quedará un montón de bits sin ningún valor.

De modo que igual que las criptomonedas y el dinero fiduciario, los NFT derivan su valor de las creencias y el consenso del grupo. Tratándose de dinero, la utilidad del objeto intermediario crece con el tamaño de la tribu. Pero en el caso de un protocolo de NFT, la cuestión fundamental es hasta qué punto las decisiones de diseño se adaptan a las necesidades y preferencias propias de cada tribu.

Al agregar programabilidad a los activos digitales, los NFT permiten a un grupo de creadores y a sus audiencias llevar registro de la pertenencia de creaciones digitales, consumir y recombinar formatos diferentes en la forma de nuevos productos y servicios, y crear nuevos modelos de negocios en torno de ellos.

Así como las criptomonedas habilitan la provisión de servicios financieros por separado en vez de en paquete, los NFT crean oportunidades para nuevas formas de edición y distribución de contenidos, ya que un único NFT se puede dividir en «acciones» fungibles que permitan a los diversos poseedores repartirse los derechos económicos y de control respecto de un único objeto (trátese de una obra de arte, un meme, una lámina coleccionable digital o incluso un inmueble). Y como el código que sirve de base al NFT es abierto y programable, el potencial de recombinación en diferentes formatos y con diferentes estrategias de monetización puede ser similar a lo que se observó en los albores de Internet.

Por ejemplo, en un mundo donde es posible hacer valer los derechos sobre obras musicales por medio de reglas escritas en un NFT, una artista puede vincular una canción a un token y distribuirla a través de una variedad de plataformas diferentes (en vez de usar un único canal de streaming), con sólo otorgar licencias de acceso a través del token.

Además, el token mismo puede compartir el rédito económico con otros activos tokenizados, por ejemplo, si dentro de la pista hay otra canción sampleada o remixada. Y si una artista se hace famosa y graba una canción gracias al crowdfunding, sus microfinancistas podrán recibir una cuota de las ganancias futuras.

En el mundo que describimos, los diarios, las plataformas de streaming, las redes sociales y los sitios de compraventa tal vez enfrenten más competencia. Por la interoperabilidad de las redes basadas en NFT, el contenido electrónico (representaciones digitales de bienes físicos, perfiles sociales, interacciones) se vuelve más portable y modular sin distinción de proveedores.

Los consumidores pueden obtener más libertad respecto de la elección de los intermediarios en los que confiarán, y las empresas, la posibilidad de aprovechar otros modelos económicos. Las autoridades llevan mucho tiempo tratando de limitar el poder que conservan los arquitectos de las plataformas sobre los ecosistemas digitales; al promover la interoperabilidad, los NFT y las criptomonedas pueden ser una parte de la solución.

Un diálogo crucial

Aunque resulte tentador pensar que las criptomonedas son otro ejemplo de que «el software se está comiendo al mundo», el proceso que va del bitcoin a las DeFi a los NFT implica un diálogo mucho más sutil entre el código y las instituciones. Para que cualquier experimento con criptomonedas resulte duradero y en última instancia útil, la sociedad tiene que desarrollar instituciones complementarias que le den respaldo. La paradoja está en que la clase de restricciones que las instituciones pueden imponer a la tecnología cripto son precisamente las que le permitirán convertirse en vehículo de nuestros valores y alcanzar una adopción generalizada.

Christian Catalini es economista principal de la Diem Association y profesor asociado en la Escuela Sloan de Administración de Empresas del MIT. Ravi Jagadeesan, execonomista en Novi Financial (una filial de Facebook), es investigador posdoctoral en la Universidad Stanford. Scott Duke Kominers es profesor asociado en la Escuela de Negocios de Harvard y asesor en Novi Financial.

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