El cambio climático también es una crisis sanitaria | RED/ACCIÓN

El cambio climático también es una crisis sanitaria

Las emisiones de combustibles fósiles no solo generan el calentamiento global por el efecto invernadero, sino que también son contaminantes que envenenan el aire que respiramos y amenazan a los más vulnerables entre nosotros.

La crisis climática es también una crisis sanitaria. Las mismas emisiones que provocan el calentamiento global son en gran medida responsables de contaminar el aire que respiramos, lo que genera enfermedades cardíacas, accidentes cerebrovasculares, cáncer de pulmón, infecciones y daños a todos los órganos del cuerpo.

La contaminación del aire es el nuevo tabaco, y causa tantas muertes como los cigarrillos. Y aunque es una amenaza para todos, el mayor riesgo es para los niños, los ancianos, las mujeres embarazadas y los adultos con el sistema inmunitario debilitado.

Ya es bien sabido que el tabaquismo provoca graves daños al fumador y a quienes lo rodean. Por eso la publicidad de la industria del tabaco y su influencia sobre las autoridades están estrictamente reguladas en todo el mundo, y se han tomado medidas para proteger las políticas sanitarias y obligar a esas empresas a decir la verdad: que el producto que venden, mata.

Pero nuestra respuesta es muy diferente ante la contaminación del aire y el cambio climático derivado de los combustibles fósiles, aunque son igual de letales. ¿Dónde están las políticas para impedir presiones de la industria de los combustibles fósiles a los gobiernos, o para poner fin a los 370 000 millones de dólares en subsidios que se regalan cada año a empresas del carbón, el gas y el petróleo? ¿Por qué seguimos pagando por un producto que nos mata?

Igual que la fuerte respuesta mundial al tabaco, el abandono del nocivo uso de combustibles fósiles demanda intensificar las intervenciones políticas actuales y los esfuerzos de movilización social. Felizmente, algunos organismos financieros multilaterales ya se dieron cuenta de la oportunidad implícita en ese cambio. Hace poco, el Banco Europeo de Inversiones anunció que dejará de financiar proyectos de explotación de combustibles fósiles sin reducción de daños ambientales y que usará su posición para canalizar capitales públicos y privados hacia las energías renovables.

La elección entre abandonar los combustibles fósiles o continuar por la senda actual es clarísima: es una cuestión de vida o muerte. Se trata de decidir entre depurar el aire y proveer fuentes de energía limpias para evitar siete millones de muertes prematuras al año o no hacerlo; entre evitar cuatro millones de casos de asma infantil al año derivados del humo de los motores o no hacerlo. En cualquier caso, la salud durante toda la vida de un niño que nazca hoy resultará profundamente afectada por las decisiones que tomemos en relación con el cambio climático ahora y en los próximos años. Por eso la Organización Mundial de la Salud adoptó el cambio climático como una prioridad institucional de primer nivel.

También debe ser prioridad para las empresas, los gobiernos y los organismos multilaterales. Mantener la cuestión bien alta en la agenda creará la motivación necesaria para tomar decisiones difíciles. Actuar ahora para reducir las emisiones de dióxido de carbono y limitar el calentamiento global a no más de 1,5 °C respecto de los niveles preindustriales no sólo es necesario para que el planeta siga siendo habitable para las generaciones futuras; también puede salvar al menos un millón de vidas al año (según cálculos de la OMS).

Además, en países como Estados Unidos y el Reino Unido, eliminar la contaminación del aire le ahorrará a la economía costos sanitarios por un valor del 4% del PIB al año. En China y la India, los beneficios sanitarios de reducir las emisiones lo bastante para limitar el calentamiento global a 1,5 °C alcanzan para compensar el costo. Asimismo, transformar los sistemas de alimentación y transporte salvará todavía más vidas, al hacer posible una dieta más sana y alentar más actividad física, a la par de la depuración del aire y la estabilización del clima.

El derecho humano a una vida sana y a un futuro sostenible genera cada vez más demandas legales, para obligar a rendir cuentas a los funcionarios que no lo promueven. Por ejemplo, en Francia un tribunal determinó que el gobierno no había hecho suficientes esfuerzos para reducir la contaminación del aire en los alrededores de París; por la misma razón, residentes de Yakarta en Indonesia también iniciaron acciones legales contra las autoridades.

En la Asamblea General de las Naciones Unidas de este año, muchos gobiernos respondieron el pedido de la OMS de “una calidad del aire que sea segura para la ciudadanía, y compatibilizar las políticas referidas al cambio climático y a la contaminación del aire de aquí a 2030”. Es un primer paso alentador. Ahora es necesario que muchos de los países con la mayor carga sanitaria derivada de la contaminación del aire comiencen a abandonar el uso de sus fuentes de energía más contaminantes.

En la OMS, seguiremos impulsando esta lucha y colaborando con otros actores que trabajan por lo mismo. El 7 de diciembre, durante la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP25) en Madrid, la OMS y la Alianza Mundial para el Clima y la Salud celebrarán una cumbre de un día sobre el clima y la salud, donde representantes de la sociedad civil, del sector sanitario y de todas las partes interesadas podrán manifestar la importancia de esta cuestión crítica.

Como la contaminación que lo causa, el cambio climático no respeta fronteras nacionales ni reserva sus efectos a los que contaminan. Por el contrario, un aspecto fundamental de la crisis climática es la desigualdad: los que menos responsabilidad tienen por el problema (niños, comunidades desfavorecidas y el Sur Global) soportan una cuota desproporcionada de la carga sanitaria.

Un nuevo estudio mundial de la OMS que se presentará en la COP25 muestra que muchos países están muy expuestos, son vulnerables y carecen de apoyo para enfrentar los riesgos sanitarios del cambio climático y de la contaminación del aire. Es evidente que necesitamos una respuesta internacional y justa a esta presión creciente sobre la salud pública. Las acciones futuras deben reflejar los costos reales de la economía basada en combustibles fósiles y dar ayuda a los más afectados.

Para lograrlo, es necesario que todos los firmantes del acuerdo climático de París se comprometan a intensificar sus planes nacionales de acción climática de aquí a 2020. También tenemos que crear nuevos mecanismos eficaces para la protección de los más vulnerables y para ayudar a las comunidades a adaptarse a las realidades del cambio climático. La salud debe ser un tema central en nuestros compromisos conforme al acuerdo de París. La contaminación que nos asfixia y que calienta el planeta lleva generaciones acumulándose. No podemos darnos el lujo de tardar tanto para arreglar el problema.

María Neira es la directora del Departamento de Salud Pública, Medio Ambiente y Determinantes Sociales de la Salud en la Organización Mundial de la Salud.

© Project Syndicate 1995–2019.

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