¿Es posible la solidaridad climática global? | RED/ACCIÓN

¿Es posible la solidaridad climática global?

Aunque muchas personas en todo el mundo todavía se niegan a aceptar la ciencia del clima, la negación no es el principal obstáculo que impide la acción global urgente necesaria para salvar el planeta. El problema más grande es que las medidas económicas que podrían prevenir el cambio climático catastrófico son políticamente inviables.

A pesar del ajetreo sobre las medidas ambientales en la reunión del Foro Económico Mundial de este año en Davos, Suiza, las perspectivas climáticas del mundo son sombrías debido a tres obstáculos: el negacionismo del cambio climático, la inconveniencia económica de reducir las emisiones de gases de invernadero y las políticas migratorias, que tienden a ser altamente regresivas.

De acuerdo con el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, las emisiones de dióxido de carbono se deben reducir en un 45% con respecto a los niveles de 2010 para 2030, y luego eliminarse por completo para 2050, para tener incluso una posibilidad razonable de evitar un calentamiento global de un 1,5ºC sobre los niveles preindustriales. “Necesitamos resultados exitosos, y rápido”, advierte el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente en su último Informe sobre la Brecha de Emisiones, “o no lograremos el objetivo de un 1,5ºC del Acuerdo de París”.

Eso es un eufemismo. Incluso si se cumplieran las contribuciones determinadas a nivel nacional (CDN) en el marco del acuerdo de París de 2015, para las 2030 las emisiones superarán en un 38% su nivel necesario. El promedio global de temperaturas irá en camino de elevarse unos desastrosos 2,9 a 3,4ºC para 2100, con constantes alzas después. Los objetivos de CDN casi se tendrían que triplicar solo para limitar el calentamiento a 2ºC, y se tendrían que quintuplicar para lograr la meta de los 1,5ºC.

Eso no va a ocurrir. La única vez en la historia reciente en que las emisiones de CO2 parecía que iban a alcanzar un nivel plano fue en 2014-2016, a causa de la debilidad del crecimiento global. Según el Proyecto Carbono Global, desde entonces las emisiones han vuelto a aumentar, en 2,7% en 2018 y 0,6% en 2019. Para empeorar las cosas, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP25) fue un triste fracaso, sin que haya habido compromisos por el clima ni mensajes de intenciones claros para la cumbre COP26, que se celebrará este año en Glasgow.

¿Por qué la humanidad duda tanto a la hora de salvarse? Primero, mucha gente simplemente no acepta las predicciones de los climatólogos. Pero el negacionismo es el menos serio de los tres obstáculos principales. Siempre habrá una minoría para la que los hechos y la lógica son distracciones inoportunas. Sin embargo, incluso el Presidente estadounidense Donald Trump debe haberse dado cuenta a estas alturas cómo socavará el cambio climático la viabilidad y rentabilidad futuras de Mar-a-Lago.

A medida que los costes en el mundo real de los desastres climáticos se acumulen, el negacionismo irá perdiendo peso como problema. De hecho, un estudio realizado en 2019 por la Universidad de Yale determinó que un 62% de los votantes registrados en Estados Unidos apoyarían a un presidente que “declarara el calentamiento global como una emergencia nacional si el Congreso no tomara las medidas del caso”.

El segundo gran desafío es que las emisiones de gases de invernadero son la quintaesencia de la externalidad económica global. El cambio climático no respeta fronteras; los gases emitidos en cualquier punto del planeta tarde o temprano terminarán por afectarnos a todos, lo que significa que existe un problema de polizontes de dimensiones mundiales. En las actuales circunstancias, siempre será racional en lo individual dejar que otros reduzcan sus emisiones en lugar de hacerlo uno mismo. La única manera de corregir este problema es una racionalidad colectiva o un interés propio bien entendido. Pero dado el estado actual del multilateralismo, no es muy sensato esperar un esfuerzo verdaderamente global en aras del bien común.

El tercer obstáculo es que las medidas efectivas para reducir las emisiones de gases de invernadero afectan desproporcionadamente a los pobres (tanto a nivel planetario como al interior de los países). El Fondo Monetario Internacional calculó hace poco que el precio efectivo global de las emisiones de CO2 es apenas $2 por tonelada. Sin embargo, para limitar el calentamiento global a menos de 2ºC, se requeriría un precio efectivo promedio de $75 por tonelada para 2030.

Concuerdo con el economista de la Universidad de Harvard Kenneth Rogoff en que un impuesto uniforme global a las emisiones de carbono probablemente sea la mejor solución al cambio climático, al menos desde una perspectiva ambiental.

Pero con un impuesto así, el promedio de los precios de la electricidad de los hogares aumentaría a lo largo de la próxima década un 45% y los de la gasolina un 15%. En consecuencia, incluso en los países ricos, las consecuencias distribucionales serían difíciles de manejar, como lo ha visto el gobierno de Francia tras la introducción de un modesto impuesto a los combustibles en 2018. Para agravar las cosas, desde la década de los 80 los mecanismos fiscales redistributivos eficaces en las economías más avanzadas se han visto seriamente recortados.

Más aún, la mayor carga distribucional de un impuesto global al carbono caería desproporcionadamente sobre países pobres que esperan un rápido desarrollo en las próximas décadas. Solo en el África subsahariana cerca de 570 millones de personas carecen de acceso a electricidad básica, y la cifra se acerca a los 1,2 mil millones a nivel mundial.

No es necesario decir que un crecimiento largamente merecido en las economías en desarrollo y emergentes conllevará masivos aumentos en el consumo de energía y emisiones de gases de invernadero. En India, China y muchos otros países, es probable que se sigan construyendo plantas energéticas a carbón en los años venideros.

En estos países, la energía solar y eólica renovable y limpia complementará a los combustibles fósiles, pero no los reemplazará. A pesar de los grandes avances realizados en la tecnología de almacenamiento en baterías, los problemas de intermitencia de la energía solar y eólica implican que los combustibles fósiles y la energía nuclear seguirán teniendo un papel protagónico.

Considérese a la India, que representa un 7% de las emisiones anuales de gases de invernadero, es decir, resulta ser el cuarto país emisor del mundo, después de China (27%), EE.UU. (15%) y la Unión Europea (10%). Eso, a pesar del hecho de que su consumo de energía per capita se acerca a un décimo del de Estados Unidos. E incluso si esa cifra se duplica para 2030, seguirá siendo solo la mitad de lo que China emitía en 2015.

Países como la India y los del África subsahariana no van a sacrificar su desarrollo económico para reducir las emisiones. La única manera de cuadrar el círculo es ampliar la ayuda financiera a las economías en desarrollo y emergentes que pasan por un inevitable desarrollo con alto consumo energético, de manera que se puedan permitir internalizar la externalidad de los gases de invernadero a través de un impuesto sobre las emisiones lo adecuadamente profundo.

Por desgracia, los programas de ayuda internacional sostenidos y a gran escala son profundamente impopulares. Y dado que la solidaridad fiscal interna ya está escaseando, la solidaridad fiscal transfronteriza parece una ilusión. A menos y hasta que eso cambie, la crisis existencial creada por nosotros mismos no hará más que empeorar.

Willem H. Buiter, ex economista en jefe de Citigroup, es profesor visitante en la Universidad de Columbia.

© Project Syndicate 1995–2019.

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