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"Estaría muerto si no me hubiera ido de Camerún."
Bryan. 24 años.
(Camerún)

Por Mori Ponsowy

Creo que ya antes de encontrarnos por primera vez, los dos sabíamos que no sería un encuentro cualquiera. Dos días antes, nos habíamos hablado por Facebook. Yo le había escrito tarde por la noche diciéndole que Emilio me había hablado de él y preguntándole si aceptaba verme. "Sí, gracias," contestó, casi inmediatamente. Y antes de que yo dijera nada más, escribió: "Tengo 24 años. Estudiaba primer año de economía en una ciudad que se llama Bamenda. Vengo de una familia de 4: mi papá, mi mamá y un hermano menor. En Camerún viví el infierno."

Yo estaba contenta. Esos primeros días en Roma lo único que me importaba era encontrar refugiados dispuestos a hablar conmigo y ahora Bryan, que era paciente de Emilio, había aceptado que nos viéramos. Estaba por preguntarle cuándo nos podíamos encontrar, pero no había terminado de escribir la pregunta, cuando él me mandó una foto: bajo un cielo azul, sobre un piso de tierra, yacía muerto un adolescente negro. En primer plano: el cuerpo ensangrentado del chico. Algo más lejos: cuatro soldados con fusiles. El cadáver estaba boca arriba. Tenía puesto el pantalón en una sola pierna; la otra estaba desnuda. Remera blanca. Calzoncillo rojo. Y un gran agujero sobre el muslo izquierdo. Los brazos abiertos a los lados. Las piernas separadas formando una "V". Yo no sabía qué decir, pero no hizo falta que dijera nada porque enseguida Bryan me envió otra foto. Y luego otra más, hasta llegar a cinco.

"Yo estaría así si no hubiera huido de Camerún," dijo, después de la última. "Todos esos eran estudiantes de mi escuela."

La segunda foto mostraba seis cadáveres. Las siguientes eran peores.

Un minuto antes yo no conocía a este muchacho y, ahora, era testigo de las muertes que él había visto: los cadáveres de sus amigos estaban en mi celular, sobre la palma de mi mano. Del otro lado del teléfono, en algún lugar de Roma, el chico que me las acababa de enviar esperaba que yo dijera algo. Yo no sabía nada de él, salvo que Emilio le había preguntado si querría hablar conmigo.

"Gracias por contestar, Bryan,” escribí. “Lamento mucho que hayas tenido que pasar por todo eso."

Los puntitos de Messenger se movían mientras él tecleaba su respuesta.

"De nada. Todo eso es parte de mi vida. Feliz de conocerte."

Bryan me preguntó si me gustaba Roma y me dijo que a él le gustaba porque la gente de esta ciudad le había hecho sentir que podía tener una segunda vida. Me preguntó mi edad. Cuando le dije 50, contestó: "WOW!". Me preguntó cuánto tiempo me iba a quedar en Italia. Me preguntó si estaba casada. Me preguntó si tenía hijos. Le conté que tengo un hijo de 22 que vive en Japón y que hacía un año que no lo veía. "WOW!", volvió a decir. Me preguntó si lo extrañaba. E inmediatamente: "¿Vas a ir a visitarlo para su cumpleaños?" Yo quería hablar con Bryan para escuchar su historia, pero desde hacía quince minutos era él quien me hacía una pregunta tras otra. Que desde cuándo escribía. Que si ya había entrevistado mucha gente. "¿Te vas a quedar a vivir aquí?" quiso saber. Le dije que estaba sólo por algunas semanas trabajando. "Yo ahora sólo voy a la escuela," respondió. “Es lo único que puedo hacer hasta que me den el documento. Sin el documento no puedo hacer nada." "¿Qué te gustaría hacer cuando te den el documento?" le pregunté. "Tratar de encontrar un pequeño trabajo para tener donde vivir y para seguir estudiando y que me den un título que haga feliz a mi papá. Ese era su sueño." Usó el verbo en pasado y tuve miedo de lo que intuí. "¿Tienes amigos aquí?" le pregunté. "Por ahora no," dijo. "Debe ser difícil, ¿no?" dije. "Sí. Muy difícil," contestó.

Cuando quedamos en vernos el sábado, le di las gracias y me respondió: "Soy yo el que tiene que darte las gracias." "Quizás los dos podemos decir gracias," dije. "Jaja. Qué graciosa eres," dijo él. Y agregó: "Ahora mejor ve a dormir porque es tarde y mañana tienes que trabajar."

***

Nos encontramos a la salida de la Stazione Termini y caminamos juntos hasta un restaurante popular en el que todos eran inmigrantes africanos.

"Vine porque no tenía alternativa. Cuando llegué lloraba todo el tiempo. No era yo. Estaba perdido. Estuve cuatro meses antes de darme cuenta de que estaba aquí."

Así empieza a hablarme Bryan. Así, sin que yo le pregunte nada. No empieza diciéndome cómo se fue, ni cuándo, ni por qué. No me habla de autobuses, traficantes y escondites. Bryan empieza su historia desde otro lugar. Desde un lugar que no tiene que ver con las fechas ni los días que tardó en cruzar el desierto, sino con la herida. Me mira como si quisiera encontrar en mis ojos la respuesta a una pregunta que desconozco. ¿Cuál es esa pregunta, Bryan?, hubiera querido decirle. ¿Qué puedo hacer para ayudarte? "Jamás había pensado dejar Camerún. Vivía con mi papá, mi mamá y mi hermano. Era feliz. Estudiaba economía y, de pronto, un día, tuve que escapar para salvar mi vida. ¿Qué puedo hacer ahora?" Bryan vive en un Centro di Accoglienza. "No tengo a nadie." Me mira como si se estuviera ahogando en el desierto. Y yo quisiera poder tenderle una soga para salvarlo, pero tampoco yo la tengo. ¿Cómo se nada en la arena? ¿Cómo se sale a flote de un pasado que no se puede cambiar?

Es un chico negro. Es un chico que lleva una gorra de béisbol roja y una campera roja y una remera blanca y jeans agujereados. Es un chico con zapatillas. "Tengo que aceptar. No me queda alternativa." Es un chico.

Es un chico que pidió una reunión con el gobernador.

Un chico cuyo nombre quedó anotado en una lista.

Un chico al que la policía fue a buscar a su casa cuando él no estaba.

Un chico huérfano: como Bryan no estaba, la policía le disparó a su padre.

Como Bryan no estaba, llevaron presa a su madre.

¿Cómo pueden pasar cosas así en este mundo?

"No puedo creer que ya no estén," me dice.

¿Cómo se nada en la arena?

La madre murió en la cárcel unos meses después.

***

Camerún fue una colonia alemana hasta que, terminada la Primera Guerra Mundial, Inglaterra y Francia se dividieron el control sobre el territorio. Cuando en los años 60 ambas potencias dejaron la zona, las áreas francesa e inglesa hicieron un referéndum. Los pobladores del norte votaron a favor de unirse a Nigeria, donde se habla inglés, pero ganó la mayoría francófona del sur y así formaron lo que ahora es Camerún. Bryan me cuenta algo de esto esa noche. Del resto me entero después, cuando investigo para entender su historia. Él me dice que aunque en Camerún el inglés también es lengua oficial, la población anglófona a la que pertenece es minoritaria y no tiene acceso o es excluida de los cargos públicos. "A nosotros nos están borrando de Camerún," dice. Obligan a la gente a trabajar en francés. Se usa el francés en los juzgados. En las zonas angloparlantes, contratan maestros que sólo hablan francés. "Nuestro presidente es un dictador." Paul Biya tiene 86 años. Está en el cargo desde hace 36.

Bryan era presidente de la Asociación de Estudiantes de habla inglesa de la Facultad de Economía. Los obligaban a estudiar en francés. Pidieron una reunión con el gobernador Adolphe Lele Lafrique. La primera vez los recibió. La segunda, la policía se los llevó antes de que entraran a su despacho. Los dejaron una semana encerrados, pero la presión popular fue tanta que los tuvieron que soltar. ”Cuando salimos de la estación de policía, había muertos por la calle, había protestas y los militares disparaban aunque la gente estuviera sin armas."

Desde la estación de policía, Bryan fue a una reunión con estudiantes francófonos. Querían sacar un comunicado conjunto. Fue cuando estaba ahí que se enteró de que lo habían ido a buscar a su casa, de que habían llevado a su madre presa y de que habían matado a su padre, a su amado padre, a su padre que le hablaba como un amigo y que hasta ese día había sido maestro de primer grado, maestro en inglés, claro, porque ellos nacieron hablando inglés. ¿Qué culpa tiene uno, qué mérito tiene uno, qué azar decide que uno nazca donde nació?

"Tienes que irte, Bryan," le dijo un compañero. "Tienes que irte, Bryan, tienes que irte," le dijeron otros más. Algunos estudiantes de familias más adineradas partieron en avión y hoy están en Alemania, Francia e Inglaterra. Qué ironía. Bryan tardó dos meses en llegar a Libia. Viajó con un camionero musulmán que transportaba ganado. "Me llevó sólo para ayudarme. Yo soy católico. Él es musulmán. No le tuve que pagar nada."

Y llegó a Libia.

Otra vez Libia. Como Aguibou. Como tantos otros que veré los días siguientes.

Libia. El infierno en la tierra. Así la llaman.

Bryan estuvo en un campo de trabajo forzado en Sabratah. No había trabajado nunca antes en su vida porque su padre, el maestro de escuela, quería que su hijo se dedicara a estudiar. No había trabajado nunca antes en su vida y lo hicieron trabajar en construcción. De seis a seis. “¿Te pagaban algo?” le pregunto. Él me mira y esboza una sonrisa. "No," responde. "Tienes suerte si te dan agua. Estábamos en una prisión. A algunos negros los venden. O trabajas o te matan. Los viernes nos daban arroz."

Un día un hombre le dijo que podía ponerlo en una barca en la que o bien podría sobrevivir y llegar a Italia o bien morir en el Mediterráneo. "¿Qué opción tenía? No tenía opción."

"La noche que subimos a la barca... No puedo explicarte lo que me pasó en el Mediterráneo. No puedo decírtelo porque esa parte mía está muerta. Sé que llegué a través del agua, pero no puedo contarte ningún detalle. Tres personas se murieron… Una mujer dio a luz al lado mío. Vi a alguien como yo...”

Bryan se queda en esa pausa y no vuelve a hablar.

“Bryan,” le digo, al fin. “Estás aquí.”

Quiero tenderle una soga, pero no sé dónde encontrarla.

¿Cómo se nada en la arena? ¿Cómo se sale a flote de un pasado que no se puede cambiar?

Le tomo la mano.

Él me mira con una bondad que me parte el corazón.

"Cuando llegué era como si estuviera loco. Estaba perdido. Gracias a los remedios que me dio el doctor ahora estoy mejor."

El doctor es Emilio.

"Sé que algo está mal en mí. Dependo de esas drogas para vivir," dice. “Este no soy yo.”

Suspira. Está molesto consigo mismo. En su pueblo la gente toma remedios naturales. Los hacen con plantas. Bryan también los sabe hacer porque se lo enseñaron en la escuela.

Cierra los ojos, se agarra la cabeza con las dos manos y se queda así, como en un acto de contrición.

¿Dónde está la soga?

"Yo tomé durante muchos años esos mismos remedios," le digo.

Bryan abre los ojos.

"Más de veinte," sigo diciendo.

No sé si esta es la soga que estaba buscando. Tampoco sé qué diría Emilio de que yo esté hablando de esta manera y de que empiece a contarle parte de mi vida a un chico de Camerún que se ha quedado sin nada en el mundo. ¿Quién soy yo para saber qué siente él? ¿Quién soy yo para intentar tender un puente entre su desgracia y las pequeñas desgracias de la mía? Pero en este momento Bryan me está mirando y no me importa la respuesta a esas preguntas. Yo le hablo y él me escucha atentamente y sus ojos están vivos y yo sigo hablando y él responde y me pregunta y luego soy yo quien le pregunta o quien vuelve a hablar y él se ríe y le digo, te estás riendo, y aunque estoy a punto de llorar, yo también me río y me doy cuenta, recién entonces me doy cuenta, ¿cómo no me di cuenta antes?, de que entre los dos se está tejiendo algo que tal vez no sea la soga que buscaba pero que, sea lo que sea, está hecho del mismo material del que están hechos los milagros.

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"¿Soy el hombre que viniste a buscar?"

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