Ficción, no ficción, autoficción: ¿cómo se puede ir más allá de las etiquetas? | RED/ACCIÓN

Ficción, no ficción, autoficción: ¿cómo se puede ir más allá de las etiquetas?

Creo que lo que importa es, más que el género, una voz tentadora, un relato encantado. Y eso es ‘Libros chiquitos’, de Tamara Kamenszain.

¡Hola! Leer Libros chiquitos, de Tamara Kamenszain, me recordó a cuando le leía cosas a mis hijos. En algún momento, siempre, había uno que preguntaba: “¿Es verdad?”. Y mi respuesta era: “¡¿A quién le importa si es verdad?! La pregunta es otra: ¿Es verdad adentro tuyo?”.
¿Los libros dicen la verdad? No sé… pero ¡¿a quién le importa?!

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Foto: Marc Olivier Jodoin/Unsplash

Suspensión voluntaria reloaded. En la literatura (en general) no me interesan las tramas. Tampoco si un libro es una memoire o ficción. Como si se pudiera definir con tanta facilidad. Lo que realmente me interesa son las historias que se arman en mi cabeza con las voces de los personajes, con las texturas, los ambientes, las sensaciones que evocan. La famosa willing suspension of disbelief de Coleridge, que decía que peleaba por lograr, ante todo, una momentánea y voluntaria suspensión de la incredulidad que para él constituía la fe poética.

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Educación sentimental. Me di cuenta de que algo de eso también me pasa con la ópera y el ballet. Cuando empecé a ir a la ópera, de muy chica (ya conté: padres “especiales”), no había subtítulos. Cuando en la actualidad veo a todos leyendo los carteles que vinieron a salvar esa ausencia, pero que siempre están en lugares incomodísimos que atentan contra la escena, me sorprendo. ¡¿Para qué?! No puedo entender que a alguien le importe lo que se dice.

Yo entro en un trip en donde tampoco me importan demasiado los graves y agudos. Estoy en una. Lo que me guía son las voces hipnóticas de los cantantes, los bailarines, escritores, directores, actores y demases

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Libritos. Toda esta sarasa viene a cuento porque leí Libros chiquitos, de Tamara Kamenszain (Ampersand). Un libro divino en el que la autora mezcla lecturas con anécdotas. Y todo es tan precioso que, me sincero, un poco me importaba un rábano sobre lo que hablaba. La magia estuvo en dejarme arrullar por su voz.

En este libro, ella cuenta que en general sus lecturas preferidas son las que la impulsan a escribir, y ¡oh, feliz ensamble! su escritura, definitivamente, me impulsaba a leer, síntoma ineludible de que un libro me está embrujando. Muchas veces hace referencia a libros que no leí o que sí leí, pero hace muchos años, o peor, habla de libros que no me gustaron (uno, en particular, para nada) pero mientras lo leía, pensaba: “Todo me da igual, me hacés feliz leyéndote, sea cual sea tu tema”.

  • La otra vez, Ana Wajszczuk, editora y escritora, me decía: “Nunca en mi vida vi a Bruno Gelber, pero el libro de Leila Guerriero [Opus Gelber] me encantó”. Y yo pensé: ¿importa el fundamento de una obra? No. Creo que importa más un buen libro, una voz tentadora, un relato encantado.

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Tamara Kamenszain. Foto: Sebastián Freire

Supón. En ese tren, empecé a reflexionar sobre la imposición de los géneros literarios. Sobre la diferencia entre ficción, crónica y bla. La verdad, yo prefiero seguir el estribillo de la versión argentina de Imagine: supón que no hay fronteras. Supón que no hay, en realidad, géneros. Al final del día, hay escritura y hay lectura. Hay goce o no hay goce.

Por ejemplo, no me importa mucho si, cuando Kamenszain habla de Pezzoni (no hago hipervínculo porque ya estoy ploma; es una histórico profesor de Puan), lo que dice y cuenta es real o no, si lo que escribe es autobiográfico o crítica literaria o una no ficción con personajes de la vida real o una roman a clef un tanto explícita. Finalmente, me está hablando de su Pezzoni, que es bien diferente del mío y que podría ser un invento, y ese contraste con la realidad me importa todavía menos cuando habla de gente que ni idea. No me hace mella: cuando la escritura es tan personal y la lectura tan magnífica, me da igual.

  • Me recuerda a cuando le leía cosas a mis hijos. En algún momento, siempre, había uno que preguntaba: “¿Es verdad?”. Y mi respuesta, paciente pero enfática, era: “¡A quién le importa si es verdad! La pregunta es otra: ¿lo estás disfrutando? ¿Está bien escrito? ¿Es verdad adentro tuyo?”.

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Composiciones. Carolina Sanín, de la que hablé bastante por acá, escribió un libro magnífico, Somos luces abismales. Cuando uno lee sus cuentos, inmediatamente se pregunta: “¿Esto es un cuento? ¿De qué género es esto? ¿Esto es una autobiografía? ¿Es un ensayo?”. Y seguís leyendo y te das cuenta de algo evidente, que en realidad ni importa: lo que estás leyendo es literatura. Estás leyendo una voz que te vuelve loca. Sanín, ante las preguntas reiteradas lo resolvió con elegancia. Son composiciones, dice.

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Osvaldo Baigorria. Foto: Ana Portnoy

Indiada. La semana pasada Osvaldo Baigorria fue entrevistado por Malena Rey para el Malba literatura. Ahí, Baigorria (que publicó hace poco Indiada, un librito precioso) contaba algo que viene a cuento.

Decía, reproduzco de memoria, que cuando escribe sobre su vida (y esto podemos verlo en Indiada) de golpe se le cuela una palabra o una frase que lo saca de registro y lo aleja de lo documental. Y ahí, en donde él pensaba que estaba dejando asentada una crónica, aparecía algo del orden de lo poético, de lo lírico y de lo existencial que no puede ser atrapado por ningún género en particular. ¿Y qué hacemos con eso? En su caso, calculo, seguir escribiendo. En el nuestro, leyendo.

  • En fin, mi propuesta de la semana es que dejemos de encorsetarnos en géneros. Que dejemos de secarnos el alma por el afecto a los hechos y a la realidad, a los que, en todo caso, nunca vamos a dominar.

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Florencia Etcheves. Foto: Alejandra López

Tres preguntas a Florencia Etcheves [por Javier Sinay]. La autora de Cornelia y Errantes no desacelera su máquina de escritura: luego de dejar Canal 13 y TN, el trabajo literario se convirtió en su modo de vida. “Estoy escribiendo, no me queda otra opción”, dice.

  • Pasaste del vértigo de trabajar en la televisión a la calma de organizar tu rutina en torno a la escritura. ¿Qué ganaste y qué perdiste?
    Haberme animado a tomar una decisión tan difícil que puso en juego mi vida laboral entera me preparó para tomar, sin que se me mueva un pelo, cualquier otra decisión en ese plano; ninguna va a tener la vara tan alta. Y perdí el clima de laburo colectivo. Me fascina trabajar en equipos grandes y las redacciones y los estudios de televisión son mis lugares laborales favoritos. Eso lo perdí.
  • ¿Cómo es escribir en cuarentena? ¿Lo estás haciendo?
    Sí, estoy escribiendo, no me queda otra opción. Mi ritmo de escritura no cambió, hace dos años que trabajo en mi casa. La primera semana de la cuarentena quedé congelada; sólo podía hacer tareas mecánicas: limpiar, cocinar, hacer gimnasia, nada más. No podía leer ni mirar series ni escribir. La desconcentración era total y el impacto fue grande. Con el correr de los días, semanas y meses me fui adaptando a este espanto. No queda otra.
  • ¿Qué fue lo mejor que leíste últimamente?
    Inundación, de Eugenia Almeida. Es más que un libro: es un manual, una hoja de ruta, una brújula. Todas las personas que escriben deberían leerlo. Y las que no escriben, también.

Espero que te haya gustado el envío de hoy. Yo me retiro a seguir buscando libros. ¿Dudas? ¿Sugerencias? ¿Lecturas? Escribinos, a mí o a Javier Sinay, a [email protected]

Va un fuerte abrazo,
Flor

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Sobre libros y escritores. Todos los martes, por Flor Ure.

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