La Ley de Parto Humanizado no devolvió a las mujeres el poder sobre sus partos | RED/ACCIÓN

La Ley de Parto Humanizado no devolvió a las mujeres el poder sobre sus partos

La Ley Nacional 25.929 establece, desde 2004, los derechos de las personas gestantes y de las personas recién nacidas. Derecho a ser informadas sobre las intervenciones médicas que puedan practicarles, a conocer sus opciones, a ser tratadas con respeto. Una década y media después, varias instituciones y profesionales de la salud no la respetan.

Foto: Anthony AsCer Aparicio

Desde que supo que su bebé no era compatible con la vida, Natalia Canga se sintió vulnerada por los médicos y médicas que la atendieron. Agustina fue inducida a parir en la semana 41, con un embarazo sin riesgo, porque la clínica no la esperaba ni un día más. Sonia Casco fue víctima de violencia obstétrica y vulnerada durante sus tres partos. Como la historia del parto de Natalia Mastrangelo, ellas hablan porque una ley no es suficiente. Hablan, para que se sepa.

Natalia Canga: embarazo interrumpido

Ocho meses después de dar a luz a su primera hija sin problemas –por cesárea, como era su deseo, porque la sola idea de tener que soportar los tactos vaginales le generaba escalofríos–, Natalia volvió a embarazarse. Sin embargo, un examen rutinario –la translucencia nucal, que mide el desarrollo del cerebro del feto– arrojó un grave problema. Luego de pasar por varias ecografías en las que se sintió agredida –nadie le explicaba nada, sus preguntas quedaban sin respuesta– le informaron que el feto que llevaba en su vientre no era compatible con la vida. 

Era candidata para una interrupción legal del embarazo (ILE) y optó por acceder a ella. Pero tampoco en esta instancia le explicaron en qué consistiría el procedimiento por el que pasaría en el hospital Santojanni. No le dijeron que, prácticamente, ella tendría que parir al feto. De haberlo sabido, dice ahora, hubiese juntado el dinero para ir a una clínica privada. Preguntó, preguntó, pero nadie le respondió.  

A las pastillas que le dieron, le siguieron horas de espera y contracciones, que se hicieron cada vez más fuertes. Preguntaba qué pasaría, pero nadie le respondía. En cambio, le hicieron tactos, esos que ella evitó siempre; le rompieron bolsa, le hicieron pujar, todo sin responder sus inquietudes, sin compañía de ningún familiar. En algún momento, presa del dolor, se dejó vencer por el cansancio y el personal médico tuvo que dejarla reposar. Al rato se levantó de la camilla a orinar. Completamente sola y padeciendo un frío invernal, se sentó en el inodoro, pujó y escuchó un ¡Glup! Así fue cómo se enteró de que, finalmente, había abortado. De que así tendría que decirle adiós a su bebé.


Natalia Canga
Foto: Anthony AsCer Aparicio

Agustina: la bendita semana 41

Soñaba desde pequeña con convertirse en mamá. Había escuchado los relatos que su madre repetía sobre los cuatro partos que tuvo. Todos vaginales, todos sin intervenciones. Eran otros tiempos, dice, cuando la medicalización no era la norma. Cuando finalmente salió encinta, en 2013, ya había investigado todo sobre fisiología del parto, el embarazo y la maternidad. 

Sabía, también, de los riesgos de un sistema médico con una elevada tasa de cesáreas. Estableció un fuerte vínculo de confianza con los padres de una amiga de su infancia –obstetra él, partera ella–, que formaban parte del Programa de Parto Sin Intervención del Hospital Austral, una institución privada y prestigiosa.

Llegó la semana 41 de embarazo, y le dijeron que acudiera ese domingo, pues no había tanta gente. A ella le sonó mal: «¿Y si mi bebé no quiere nacer el domingo?», pensó. Pero fue, y las evaluaciones que le realizaron salieron todos bien. Por eso, no entendía por qué querían hacerle una inducción. Preguntó qué pasaba si se iba y le respondieron que si lo hacía ya no podría parir allí. Y le recalcaron los peligros de parir en el sistema público. 

Accedió con desgano, dolor, miedo y tristeza. Recuerda haber golpeado la pared antes de que introdujeran las prostaglandinas en su cuerpo. Recuerda que horas más tarde le dijeron que al bebé le estaban bajando las pulsaciones. Recuerda que jamás sintió una contracción. Recuerda que le dijeron que iría a quirófano. Recuerda la anestesia y el pavor que le tenía. Recuerda, con dolor, esa cesárea que ella nunca había querido.

En 2019 Agustina tuvo un segundo hijo. Para evitar que robaran nuevamente su parto, decidió tenerlo en casa. Agradece haber vivido lo que siempre soñó y lamenta haber tenido que salir del sistema para lograrlo.

Sonia Casco: los que menos tienen la pasan peor

Mientras más hijos tienes, peor te tratan, sostiene. Y si eres pobre, aún más. Sonia tiene tres hijas y a todas las dio a luz en hospitales públicos. En cada uno de sus partos se sintió vulnerada por el personal médico. Además, fue testigo de agresiones a otras mujeres y hoy entiende que es una realidad de la que pocas escapan. 


Sonia Casco
Fotógrafo: Anthony AsCer Aparicio

Su primera hija nació en 2011 en el hospital Santojanni. En esa ocasión nunca le permitieron tener un acompañante que la apoyara, ni a ella ni a ninguna otra parturienta. Nunca le explicaron qué procedimientos o qué fármacos le aplicaban. Ni siquiera le avisaron que la cortarían durante el trabajo de parto . Se enteró de la episiotomía cuando la estaban cosiendo los puntos y hoy día duda de que haya sido necesario.

En 2015, cuando estaba embarazada de su segunda hija, sufrió complicaciones y continuas infecciones urinarias. Un día la fiebre estaba sobre los 40 grados; le dieron antibióticos y la enviaron a casa sin siquiera hacer un monitoreo a la bebé. Aún faltaban unas semanas para que se cumplieran los 9 meses, pero su suegra decidió llevarla a la Maternidad Sardá. Allí si la ingresaron y por lo gravedad de su estado decidieron adelantar el parto. 

En cuanto le bajó la fiebre empezaron con el goteo. Así le dice a la oxitocina que le suministraron para provocar esas contracciones y el parto. Pese al dolor, lo que más le angustió fue el después: una vez que sacaron a su hija se la llevaron sin decirle nada. Ella no la escuchó llorar y estaba muy preocupada. Nadie le decía nada. Fueron eternos esos minutos, recuerda. Hasta que una enfermera le dijo que estaba bien y se la entregaron. 

Su último parto, otra vez en el Santojanni, fue el peor. No la dejaron ingresar sino hasta tener los 9 cm de dilatación y una vez en sala de parto constantemente la retaban. Le decían que si era la tercera vez, no tenía por qué estar gritando.«Te dicen si vos tenés el quinto (hijo) no te podés quejar. Si vos tenés el tercero tampoco». 

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Este reportaje forma parte del proyecto “El parto robado: el lado oscuro de dar a luz en América Latina", liderado por la plataforma colaborativa Salud con Lupa, con apoyo del Centro Internacional para Periodistas (ICFJ). 

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