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“La primera vez que vi a Bilal”

Por Mori Ponsowy

La primera vez que vi a Bilal fue de lejos y casi sin querer. Yo había ido a buscar a Rita a la salida de su trabajo en Via di San Gallicano y el plan era encontrarnos con Paolo en San Lorenzo. Desde que había llegado a Roma, tres días antes, no había parado de llover. Ahora, hacía más de treinta minutos que Rita y yo esperábamos el tranvía 3 acurrucadas bajo un paraguas, pero el tranvía no pasaba y ella llamó a Paolo para cambiar el lugar de encuentro. No se me ocurrió preguntar a dónde iríamos. Subimos al H en vez de al 3, cruzamos el río Tevere por el puente Garibaldi y bajamos en Esquilino. Desde ahí caminamos bajo la lluvia a paso acelerado por Via Gioberti hasta llegar a Via Giovanni Giolitti. Recién cuando dejamos atrás la calle, recién cuando entramos por una puerta lateral de Stazione Termini, recién cuando vi las letras rojas que decían Mercato Centrale, me di cuenta de que cenaríamos en el mismo centro de gastronomía en donde estaba la pizzería en la que trabajaba Bilal.

Yo había conocido a Rita esa misma tarde. Mi amigo Paolo nos había puesto en contacto cuando yo todavía estaba en Buenos Aires y ella se había entusiasmado tanto con el proyecto que desde que decidí viajar a Roma hablábamos casi todos los días. Rita trabaja en el Instituto Nazionale per la Promozione della Salute delle Popolazioni Migranti y había preparado toda una semana de entrevistas. Nuestro plan esa noche era revisar la agenda de los próximos días antes de que llegara Paolo y, luego, cenar con él.

Rita eligió una mesa frente a un local de vinos. Sacó un cuaderno de la cartera y empezó a hablarme de los refugiados a quienes veríamos esa semana. Sin embargo, yo había dejado de escucharla: en ese momento estaba pasando exactamente aquello que había deseado desde que decidí viajar a Roma: sin que yo forzara nada, sin que yo tomara ninguna iniciativa, un azar me había llevado al lugar donde trabajaba Bilal. Sólo faltaba que él estuviera ahí a esa hora.

Rita me hizo una pregunta. Quizás la pregunta tenía que ver con si tomábamos vino blanco o tinto. O quizás tenía que ver con Paolo o con alguna de las entrevistas. No tengo manera de recordarlo. Miré a esa mujer que me estaba ayudando tanto sin conocerme y me quedé callada. No quería contarle lo que estaba pasando porque lo que estaba pasando era demasiado importante como para ponerlo en palabras en ese momento.

Nos habíamos sentado frente a una mesa alta y yo había quedado dándole la espalda a la mayoría de los locales.

- Rita, discúlpame –dije, al fin. -No te estoy escuchando.

Giré sobre mi banqueta. A mi derecha había un local de quesos, uno de pan, uno de chocolates, uno de ramen, una heladería y un sushi bar. Ni un solo local de pizzas. A mi izquierda: uno de pescados frescos, uno de trapizzini, uno de alcachofas y hongos, un local vegano, uno de comida siciliana y un café.

- ¿Qué pasa? -preguntó Rita, alarmada.

Pescados. Alcachofas. Helados. Ramen. Café. ¿Y Bilal? Trapizzini. Chocolates. Quesos. ¿Bilal? Panes. Sushi. Finalmente… sí: allá, al fondo de todo, una pizzería. La única del lugar.

Sin explicarle nada a Rita, me levanté de la mesa.

***

Que Bilal fuera tal como yo lo había imaginado, que la pizzería también fuera igual a como la había imaginado, que él estuviera vestido de blanco lavando platos detrás de un vidrio que separaba el área pública del área interna de la pizzería tal como yo lo había visto en mi imaginación desde hacía meses, nada de eso hizo que mi conmoción fuera menor cuando lo vi.

Ahí estaba. Ahí estaba ese hombre negro, un mauritano de dos metros de altura, oscuro como el carbón más oscuro, un hombre robusto vestido enteramente de blanco con las manos sumergidas en agua y espuma, ahí estaba él lavando platos, fuentes, bandejas y sartenes. Lo hacía con rapidez y, sin embargo, en calma. Lo hacía concentrado pero, al mismo tiempo, como si también estuviera en otra parte. No sentí vergüenza por el hecho de que yo estuviera afuera, entre los clientes, y él adentro lavando platos. Había tal dignidad en su postura que yo no podía sentir pena. Al contrario, me sentí cómoda.

Si tuviera que elegir una sola palabra para explicar lo que sentí cuando vi al hombre que había estado buscando durante meses, la palabra sería asombro. Ahí estaba él y aquí estaba yo. Yo sabía quién era él y lo miraba, y él de mí no sabía nada y tampoco sabía que lo estaba mirando. Ese hombre que pasaba una esponja a los platos, que los enjuagaba y los ponía a secar, había sido esclavo veinticinco años, había atravesado un desierto rocoso con los pies descalzos y un brazo roto. Ese hombre había estado escondido en un pequeño barco, sin ver el sol, luchando entre la vida y la muerte, durante meses.

Yo conocía detalles de su vida que muy pocos conocían y él no sabía nada de la mía. Pero lo más asombroso de todo era que, esa noche, yo estaba ahí por él. Lo más asombroso era que, sin saberlo, ese hombre había cambiado mi vida. Él me había traído hasta aquí exactamente. Él me había sacado de golpe del ensimismamiento en el que yo vivía y me había mostrado que el mundo es ancho y es ajeno, pero que aun así nos pertenece. Ancho y ajeno, pero cercano y nuestro.

Y allí estaba yo, mirándolo como si mirara el mundo. Como si mirara la historia. Bilal de un lado del vidrio y yo del otro. Yo conservando una distancia suficiente como para que él no viera que lo estaba mirando... aunque si me veía no sabría quién era esa mujer que lo miraba.

Mientras tanto, Rita me esperaba en la vinería. Yo podía o bien volver y seguir con nuestro plan de revisar la agenda, o bien acercarme al vidrio y hacerle una seña a Bilal para que se acercara.

Podría haber hablado con él esa misma noche si hubiera querido.

¿Pero qué derecho tenía a hacerlo?

¿Acaso él no había dicho que no quería contar su historia?

Se lo veía absolutamente en paz. Una paz como nunca antes había visto en nadie.

¿Qué derecho tenía yo, y quién era yo, y qué fuerza superior me autorizaba a irrumpir en la vida de un hombre que había llegado hasta aquí con el alma marcada de una manera que yo no alcanzaba a imaginar?

Hubiera querido hablarle. Claro que hubiera querido hablarle. Pero en ese momento me di cuenta de que, si lo hacía, ya no sería para escuchar su historia sino sólo para darle las gracias

Gracias, Bilal

Eso le habría dicho si al fin me hubiera decidido a hablar con él

Gracias.

Y él no habría entendido por qué. Y explicárselo hubiera sido demasiado largo. Y Rita me estaba esperando. Y a él se lo veía en paz. Y yo pensé que también en esa paz de un hombre enorme y negro que había atravesado mares y desiertos tenía algo para aprender. Algo que todavía no sabía nombrar pero que quizás podría poner en palabras algún día.

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"No le desearía a nadie pasar por lo que yo he pasado"

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