La soledad es contagiosa y puede matar, pero hay maneras de combatirla

Afecta a un tercio de los adultos y en muchos casos provoca depresión. Cuando salimos con gente feliz, tenemos más probabilidades de ser felices. Lo mismo pasa con la soledad. Pero hay opciones. Decirle adiós a la soledad es también decirle adiós al escepticismo y a la desconfianza en los demás.

Por Olivia Remes

11 de septiembre de 2018

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La soledad afecta a uno de cada tres adultos. Sentirse solo daña el cerebro y el sistema inmunológico, puede causar depresión e incluso provocar el suicidio. Además, esa circunstancia tiene los mismos índices de muerte prematura que el tabaco y mayores que la obesidad. Si te sientes solo, tiendes a reaccionar peor que otras personas en situaciones de estrés; y, aunque hayas dormido lo suficiente, te sientes cansado todo el día.

En las últimas décadas, el número de personas que vive sola ha ido aumentando progresivamente. En Estados Unidos, se ha incrementado un tercio desde los años 80. Cuando a los estadounidenses se les preguntaba en cuantas personas podían confiar, la respuesta era tres en 1985, pero en 2004, la respuesta se redujo a dos.

En el Reino Unido, entre el 21% y el 31% de las personas afirma que ha tenido sensación de soledad en algún momento. Encuestas realizadas en otras partes del mundo muestran resultados parecidos. Y no solo los adultos nos sentimos solos. Una décima parte de los niños de preescolar y de los alumnos de primer curso afirman sentirse solos en el ambiente escolar.

Hay mucha gente que se siente así hoy en día. Pero la soledad no se refiere necesariamente al número de personas con las que hablas o que te rodea. Uno puede tener mucha gente a su alrededor y aun así sentirse solo. Como el humorista Robin Williams dijo en la película El mejor padre del mundo:

“Antes pensaba que lo peor que te podía pasar en la vida era terminar solo. No lo es. Lo peor que te puede pasar en la vida es terminar con alguien que te hace sentir solo”.

¿Qué es la soledad?

La soledad es la diferencia que existe entre el número y la calidad de relaciones que queremos tener y aquellas que en realidad tenemos. Podemos tener solo dos amigos, pero si nos complementamos bien con ellos y satisfacen nuestras necesidades, no nos sentiremos solos. De igual manera, podemos sentirnos solos teniendo muchos amigos.

Pero la soledad no se limita a cómo nos sentimos. También puede provocar que actuemos de una forma diferente, porque tenemos menos control sobre nosotros mismos. Por ejemplo, es más probable que pidamos tarta de chocolate para comer en vez de un almuerzo de verdad, que pidamos comida a domicilio para la cena o que nos apetezca menos hacer ejercicio, algo que es importante para la salud física y mental. También es probable que bajo ese estado actuemos de manera agresiva con los demás.

A veces la gente piensa que la única solución a la soledad es hablar con más gente. Aunque eso pueda ayudar, la clave tiene que ver más con cómo vemos la realidad que con el número de contactos que tenemos. Cuando nos sentimos solos, empezamos a ver el mundo y a actuar de otra manera. Percibimos las amenazas con más facilidad, tememos que nos rechacen con más frecuencia y nos volvemos más críticos con las personas que nos rodean. La gente puede percibir eso y empezar a distanciarse de nosotros, lo que agrava aún más la espiral de soledad.

Los estudios muestran que las personas que no son solitarias tienen más probabilidades de volverse solitaria si sale con gente que lo es. La soledad es contagiosa, como la felicidad. Cuando salimos con gente feliz, tenemos más probabilidades de ser felices.

También hay un gen de la soledad que se puede heredar. Esto no implica que acabemos estando solos en la vida, pero afecta a lo afligidos que podamos sentirnos por la desconexión social. Las personas con este gen sufren más cuando no tienen las relaciones que desean tener.

Y hay malas noticias para los hombres. El índice de mortalidad por esta causa es mayor en los hombres que en las mujeres. Ellos son menos fuertes y tienden a ser más depresivos que las mujeres en las mismas circunstancias. La causa de esta diferencia es que, generalmente, los hombres no suelen expresar sus emociones en sociedad y, si lo hacen, son duramente juzgados. Por eso puede que ni ellos mismos admitan su situación y aguantan más tiempo antes de pedir ayuda. Esto puede acarrear graves consecuencias para su salud mental.

¿Cómo salir de la espiral?

Para superar la soledad y mejorar nuestra salud mental podemos tomar algunas medidas. Un estudio ha analizado las diferentes maneras de combatir esta condición, como ampliar el número de personas con las que hablamos, mejorar nuestras habilidades sociales o aprender a halagar a los demás. Pero parece que la mejor opción es cambiar la percepción que uno tiene de lo que le rodea.

Debemos ser conscientes de que, algunas veces, el motivo por el que alguien no queda con nosotros no es que hayamos hecho algo mal, sino que todo el mundo puede sufrir un imprevisto. Quizá la persona con la que queríamos quedar para cenar no puede aceptar nuestra invitación porque avisamos con poca antelación y ya había quedado con otra persona para tomar algo. La gente que no es solitaria se da cuenta de este tipo de situaciones y no se desanima ni se martiriza cuando alguien rechaza su invitación. Cuando no nos atribuimos los fallos a nosotros mismos, sino a las circunstancias, nos volvemos más fuertes y resistentes ante los golpes que nos da la vida.

Decirle adiós a la soledad es también decirle adiós al escepticismo y a la desconfianza en los demás. Así que la próxima vez que conozcamos a alguien debemos intentar deshacernos de ese escudo protector para que puedan conocernos también a nosotros. Uno nunca sabe qué puede depararle el destino.

Olivia Remes es candidata a PhD de la Universidad de Cambridge.

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